lunes, diciembre 26, 2005

BIopics: Servicio Militar Nacional


1970-71 también fue el año en que realicé mi Servicio Militar. Lo hice como adelantado, a la edad mínima posible. Tres argumentos sostenían mi decisión: sería más fácil hacerlo en la prepa que en la Universidad, por razones de exigencia académica; mejor me cortaba la escasa greña ahora y me la dejaba crecer libremente después; los adelantados tenían automáticamente bola negra, y no podían ser encuartelados.

Elegí correctamente la sede para mi servicio: la Universidad La Salle, a donde tenías que acudir los sábados por la tarde y a la que se podía llegar a pie desde la casa. Fui a inscribirme un día de septiembre y noté que había muy pocos conscriptos, así que decidí esperarme otras tres semanitas y no marchar de balde. En octubre fui, con Rafael Pérez, nos reclutaron (yo tenía el número 67) y nos pusieron a marchar. El cupo no se llenó hasta la primera semana de noviembre.

El Servicio era una güeva, una obligación a la que todos acudíamos de mala gana. Marchar, correr un poco, marchar todavía más. Soportar los regaños gratuitos de mi mayor Reyero y mi teniente coronel Barreto. Sentir que el tiempo, cuatro horas semanales, corría muy despacio, tener unas ganas locas de largarse. Los primeros meses fueron en la propia Universidad La Salle; la segunda mitad, en la calle de Palomas, cerca del Campo Militar Número Uno (y allí había grupos de muchachas que pasaban en sus carros, nos veían marchar, se burlaban abiertamente y nosotros no podíamos hacer nada: “¡Reprímase, hijo!”, espetaba mi teniente coronel Barreto).

¿Qué aprendí en el Servicio? Aprendí que los fusiles tienen diez piezas, entre las cuales están caja, cañón y gatillo (no aprendí a desarmarlo porque me hice pato el día que me tocaba hacerlo). Aprendí que la granada defensiva pesa más que la ofensiva, que el seguro no se saca con los dientes, que no se lanzan como bolas de béisbol y que hay que parapetarse antes de tirar. Aprendí que los mexicanos somos xochimilcas, no comunistas. Aprendí los grados del ejército y a obedecer las órdenes del clarín. Aprendí que si vas con una prostituta y luego orinas bien duro, disminuye la posibilidad de contraer una enfermedad venérea. Aprendí a ser la parte intermedia de una pirámide humana. Aprendí que, aún vestidos de civil, los conscriptos tienen que saludar militarmente a sus superiores. Aprendí que se sentía bien padre cómo vibraba el Zócalo entero, el día de la Jura de Bandera, cuando el clarín daba la orden de “En Descanso”. Aprendí que a las botas militares del COVE (obligatorias) se les salían los clavos por dentro y era útil y necesario aplicarles una suela interna de zapato tenis. Aprendí que no se toleraba un largo de pelo en el que el mayor Reyero te pudiera agarrar un puño con la mano, so pena de tusada con peluquero militar. Aprendí que los cuatro batallones que hicimos el Servicio en La Salle éramos en realidad “señoritas de la Academia Maddox”.

Mitos Geniales I : Lalo del Mazo (biopics)

Los curas del Patria decían que en el cielo jugabas futbol todo el día y nunca te cansabas. Eso quería decir que Pelé era el Sumo Pontífice, el coach Lorenzo García era nuestro párroco y Lalo del Mazo, el más grande candidato a la beatificación.

Lalo del Mazo tenía todo para ser una estrella mundial del balompié. O al menos, así lo veíamos. Era tres años más grande que yo, pero estaba sólo una generación arriba porque su papá, quien en una época fue Secretario de Recursos Hidráulicos, lo había mandado a estudiar ¡futbol! a Inglaterra, según contaba la leyenda escolar. Del Mazo tenía una cancha para practicar futbol, en pleno Polanco, a la que invitaba a unos cuantos elegidos (yo fui elegido una vez: atestiguo que era una cancha de pasto perfecto, como para Futbol-7). Era buenísimo. Un mago para el drible y la gambeta, ponía pases con telémetro y, sobre todo, era contundente en el ataque. Era tan bueno para el fut que una vez nos retó a un partido: él solito contra once “regulares”. Nos bailó y nos ganó. Por supuesto, era la estrella de la selección del colegio.

Aunque se llevaba con sus similares, los riquillos de la escuela (a quienes apodé “Los Pistons” por su amor a los automóviles), Lalo era un cuate sencillo y desmadrosón. Bromeaba con Pablo Medina Mora: “Quihubo Mora”, le decía, y Pablo, respondía: “Quihubo Mazo, ¿nos echamos una carrera de motos”. “Pues ponte los tenis”, replicaba Del Mazo.

En el primer Torneo de los Barrios, organizado por El Heraldo de México, el equipo que se armó alrededor de Lalo Del Mazo llegó a la final. Como era obvio, el América se fijó en él, lo contrató y en la tele y los periódicos se dijo que era un joven sensación, destinado a ser campeón de goleo.

En el cielo jugabas fut y no te cansabas, pero en la tierra la condición física no era el fuerte del reventado Del Mazo, siempre confiado en su habilidad. Habrá sido el sino, o la mala leche del entrenador, el caso es que Lalo debutó en Primera División un domingo de primavera en la campaña 1970-71 en el Estadio Coruco Díaz de Zacatepec, también conocido como “la jungla cañera”.

El Zacatepec era un equipo pobre, el verdadero heredero de aquellos “prietitos” del Atlante de antaño; baste decir que su jugador emblema era El Harapos Morales. Como buen equipo chico, dependía de sus resultados como local, donde era dificilísimo derrotarlos. Se cuenta que, media hora antes de comenzar el juego, los empleados del estadio lo regaban, para que el tremendo calor convirtiera a la cancha en un enorme sauna. Tenían el pasto alto, para que el campo de juego fuera más pesado. Al público, que constaba casi totalmente de trabajadores cañeros notoriamente bebidos, tras las rejas, a dos metros de la línea de banda. Y los jugadores contaban con que el árbitro les perdonara alguna falta, aunque fuera artera, con tal de no enfurecer al Respetable. La Jungla Cañera, pues.

Allí debutó Lalo Del Mazo. Allí se despidió del futbol de primera división. Falló dos goles hechos en la derrota del América, se coció de calor, demostrando su escasa condición física y lo cosieron a patadas. A sus cuates “pistons” que fueron a verlo les llovieron cervezas, meados y mentadas. Allí terminó un mito genial. Ese mismo año desapareció el Necaxa y comencé a irle al Zacatepec.

lunes, diciembre 05, 2005

Diario de un Votante Indeciso II

Soy un votante indeciso para las presidenciales y también para la jefatura de gobierno del DF.

Ayer, las huestes de Bejarano y compañía facilitaron un tramo de mi decisión. Al triunfar Marcelo Ebrard en la interna del PRD, me queda claro que no votaré por ese partido para el gobierno de la capital. Chucho Ortega estaba lejos de tener mi voto, pero no estaba automáticamente descartado, como sí lo está Marcelo, representante de la peor combinación de priísmo y perredismo.

¿Qué otros candidatos hay? A Beatriz Paredes la considero inteligente, con ideas, progresista y preparada. Gobernó bien Tlaxcala y es uno de los pocos priístas respetables. Pero hay tres cosas de su candidatura que no me gustan: su silencio cómplice durante los sainetes Madrazo-Montiel-Elba, su campañita de jingles zonzos que apelan al corazón y no tienen propuesta y su partido.
Demetrio Sodi, a pesar de sus cambios partidistas, me parece una persona honesta y con ideas. Es el único de todos los candidatos en liza que ha hecho propuestas concretas sobre los problemas de la ciudad. Un hombre que, por lo menos, da la impresión de que sí conoce la urbe que lo vio nacer y en la que vive. No me gusta su lógica de venta de su candidatura.
Jesús Galván y los otros precandidatos del PAN-DF demostraron su fracaso cuando no supieron detener a la aplanadora de AMLO en el periodo 200-2003 cuando pasó por encima de ellos -que tenían una buena representación en la Asamblea-. Después de conocerlos un poco de cerca, los del PAN-DF me dejaron la fuerte impresión de ser unos inútiles y vividores.
Así las cosas, Sodi puntea en la búsqueda de mi voto, pero Beatriz o algún otro se puede colar. Estaré atento a las encuestas: si hay alguien capaz de darle un susto a Ebrard, para ese candidato será mi "voto útil".

lunes, noviembre 21, 2005

Algunos textos de Palabra 1970-71

Esta es tal vez la primera entrega, tal vez la única, de una selección personal de textos publicados en Palabra en el año escolar 1970-71. Añadiré que dos de los autores, mis amigos Raúl Trejo y Hermann Bellinghausen, obtuvieron de adultos el Premio Nacional de Periodismo.


El Juego que todos jugamos

Raúl Trejo D.

Eres un hombre pequeño y común. Quieres ser libre sólo para ser esclavo de quien tú elijas. Sabes recibir pero no sabes dar. Sólo aplaudes cuando otros hombres pequeños lo hacen. No eres tú mismo.
Estás enfermo, hombre pequeño, muy enfermo, y a todo el que no tiene tu enferma normalidad lo llamas anormal.

Cada paso que das hoy es tu vida de mañana. Tu debes proponer, aceptar y rechazar por ti mismo. ¡Hazlo y dejarás de ser pequeño!

No nos conocemos, estamos solos dentro de nuestras propias jaulas. La sociedad actual nos ha aislado de los demás, hemos perdido la verdadera noción del afecto, tenemos miedo del contacto personal, tenemos miedo de amar. Nos han enseñado a ser agresivos, tenemos que vivir sólo para nosotros: nos aburrimos.

El concepto tradicional de los medios de comunicación tiene que acabar. Deben expresar necesidades reales, existentes. El teatro, como lo conocemos, se vuelve obsoleto. “El teatro no necesita acción, necesita verdad”.
Habiendo comenzado como un intento de renovar sistemas improcedentes, la obra “El Juego que Todos Jugamos”, de Alexandro Jodorowski es una muestra de cómo puede la realidad comunicarse al público. “Hay que darle al espectador algo más de lo que paga por su dinero”.
La obra es una constante crítica de una realidad que tiene que ser cambiada. Crítica irónica, apabullante por reveladora, nos prepara poco a poco para recibir una andanada de verdades y un mensaje.
Es una obra extraordinaria. Los actores no “actúan” porque los personajes son ellos mismos diciéndote algo que siente. Los espectadores la recomiendan porque les ha llegado muy dentro. Te la recomiendo, tienes que verla. Estamos rodeados de espectáculos mediocres y esta es una afortunada excepción. Cuando vayas, no pienses en los melodramas que crees son teatro. Prepárate a encontrarte con la realidad. Y en cierta forma, hay que ser valientes para aceptarla,. Está en el Teatro Ofelia. Ve y luego vuelve a leer este artículo. Lo entenderás mejor.

Estamos en vísperas de la tercera guerra mundial, necesitamos cambiar. ¿Qué vas a hacer los días que te quedan por vivir? ¿Vamos a seguir jugando como siempre lo hemos hecho? Cada quien juega a ser algo. Cree que es suficiente con cumplir mediocremente su ocupación, sin pensar más que en sí mismo.

Nacen diez niños por cada adulto que muere. Amontonamiento-miseria-desastre-hostilidad-discordia...
El mundo es horrible pero yo no tengo que vivir una vida horrible. El mundo es horrible pero... ¡tú eres la solución! ¡Asume tu responsabilidad!
El mundo es horrible pero yo no lo voy a destruir, voy a vivir en él.
Le dará lo mejor de mí, lo voy a cambiar, pensaré y construiré mi propia vida y no me dejaré abatir: lucharé, tendré fe. Si yo mejoro, la sociedad mejorará.

Alguien tiene que comenzar y voy a ser yo.
Ahora mismo.


“El que lance la primera piedra”

Pablo MedinaMora

“El que lance la primera piedra es que no ha pecado”.
Si no la lanzo, es que he sido un cobarde. Si la aviento, lo soy más.
Está dicho: soy cobarde: y es lo que más me duele decir.
No soy capaz de cerrar el puño y con todas mis fuerzas sujetar a la realidad.
No soy capaz de vivir ni sentir un ideal, y por eso vivo espantado.
No soy capaz de juzgarme, y por eso juzgo a los demás.
No soy capaz de inquietarme, prefiero estar tranquilo.
No soy capaz de comprender. Tengo miedo a verme reflejado.
No soy capaz de amar, prefiero ser cobarde, y no lo quiero aceptar, pero los hechos son los que hablan.
Sólo hay dos caminos: coraje o cobardía; inquietud o comodidad; valor o temor; búsqueda o castillos en el aire; virtud o pasión.
Pero me he atrevido a decir, me ha costado trabajo, ya no soy tan cobarde.


De la Juventud como Fuente de Actitud

Raúl González Rodarte

Partiendo de las últimas referencias, tales como el movimiento de mayo en París, el de octubre en México y otros movimientos de guerrillas urbanas y rurales, tomando en cuenta también los movimientos urbanos y el movimiento hippie politizado que cundió cuando se creo la semiutópica Woodstock, se concibe que la juventud ha partido de la crisis en que se encuentra el Establishment y ha querido destruirlo por completo.
Es así cómo, por ejemplo, los Panteras Negras en los EU quieren constituir una nación negra de tipo marxista. Se ha hablado de drogadicción y de promiscuidad sexual de los grupos que, paridos por una sociedad burgueso-decadente, se han unido por un ideal de verdadera innovación – o más bien de destrucción.
Pero ¿qué es lo que se merece una sociedad asesina y con la promiscuidad dentro de sus asquerosas alcobas blancas y olorosas a perfumes abortados por el tecnicismo mal llevado, así como multitud de objetos que sirven a los pequeños puercos que, deambulantes en las calles, creen que siempre será lo mismo: siempre será la oficina, la mujer, los hijos estudiosos que seguirán sus mismos pasos, la prostituta que satisfará sus desviaciones morales producidas por la publicidad sexual?
El sistema político abstracto, represivo, sucio; el sistema ahoga a sus individuos en un mar de porquería. Emergente de éste, la revolución en todos los campos, producida por la juventud que ya no cree en la década de los 50s. Esa juventud por lo menos trata y tratará de mejorar las cosas, y de ahí se desprende el sentido crítico que todo joven debe tener para desenajenar el medio. Ese es el caso, aunque quizás el engrane socio-político se los tragará para llevárselos al río pseudo-blanco y pseudo-verdadero.
La actitud es buscar en los escombros de una civilización en ruinas (o casi) para tratar de que el cambio surja por sí solo, casi imperceptible a los ojos de la historia. No vendarse los ojos y ver lo que conviene y no conviene –quizás la causa de la violencia sea la sobrepoblación-. “¿Serán las drogas, la sexualidad? ¿Cuál será la causa de la revolución juvenil?”, dijeron los enanos del sistema.
¿Cuántas veces has oído decir “Nixon me da lástima”? ¡Nunca llegaremos a la utopía sobre nuestra blancas nubes de la sociedad de consumo!
Piénsalo positivamente.

Poemas-con-los-Cuales-Resulta-Imposible-Preparar-Gelatina-de-Pollo
(fragmento)

Hermann Bellinghausen

Quién eres tú?

Eres hielo
Eres agua
Eres deseo

Fuego voraz
Devoradora de mis entrañas
Trastorno nocturno.

Tu eres volcán
Y nube de montaña

Eso eres tú
Niña de hielo y agua,



Había Una Vez Una Coladera Tienda

Hermann Bellinghausen

Hace un tiempo hubo un tiempo. Claro que por supuesto no había tiempo. Pero en ese tiempo vivió un rey alto, rubio y barbado, luchador en las guerras y siempre triunfante. Tenía fama de ser invencible. Redegundo, se llamaba.
Redegunda era su esposa. Mujer noble y callada, de ojos verdes, mirada verde y jardines verdes. Le decían La Reina Verde, aunque a ella le gustaba más el rojo.
Redegundo a veces parecía niño. Jugaba a las canicas en las trincheras y saltaba a la cuerda en los jardines.
Una vez el rey salía a una guerra muy importante y fue a despedirse de su reina consorte:
-Amada señora, voy a la guerra a matar enemigos.
-¿Por qué a matarlos y no a darles de comer? –dijo ella, chupando una paleta roja.
-Qué los monjes les den comida; a mí que me den sangre,
Redegunda lloró como nunca porque su esposo iba por sangre. Qué pena, qué pena, qué pena.
-Pero si la sangre es roja –decía el rey para consolarla- y ti te gusta mucho el rojo.
“No seas tonto”, pensó ella, pero no le dijo nada y siguió llorando.
El rey se puso a cantar: “Melusina Melusina/ Reina de los caracoles/ Reina Crinolina” en el balcón para despedirse de su esposa, pero estaba tan emocionado que se hizo pipí en los calzones bordados que le hizo la reina para el día de su cumpleaños.
A Redegunda le dio tanta risa que se tragó la pelota y ya mero se ahoga. A Redegundo le dio mucha pena y ya no fue a la guerra.
Desde entonces ya no hay guerra, y todo el mundo juego a las canicas y salta la reata.


10 Mandamientos del Sistema Burgués

Luis Pío

1.- Amarás al sistema (gobierno, Estado, sociedad) más que a los hombres.
2.- Apoyarás a los líderes impuestos por el partido oficial.
3.- La Revolución será tu Dios, el partidazo y el presidente, los profetas.
4.- No pensarás, pues todo el que piensa es subversivo
5.- No criticarás, ya que la crítica es la madre de los cambios político-sociales.
6.- Oirás La Hora Nacional y creerás en los informes presidenciales.
7.- Adorarás, glorificarás y rendirás pleitesía a los pastores en turno.
8.- Te enajenarás al sistema y despreciarás la dignidad y libertad humanas,
9.- Aplicarás por lo menos tres veces al día la Ley del Talión y la de Herodes. Tus virtudes deberán ser: demagogia, monólogo, enajenación, servilismo, violencia, venalidad y felonía.
10.- Repetirás de noche, antes de acostarte, las máximas de nuestro gremio: “No pienso, luego no soy subversivo”, “Mejor un fin espantoso que un espanto sin fin”.


México 71

Luis Pío

Para calmar tu hambre
Te cortaron un brazo y los verdugos
Lo cocieron en tinta y en palabras
Y te lo dieron crudo.

Mordiste tu propia carne,
Tu propio hueso,
Tu propio nervio.
Al hambre se unió el dolor.

Probaste tu propia sangre
Servida en vaso-discurso
En vaso-cambio-presidencial
En vaso-todo-lo-anterior-es-malo...

Y sentiste que ni siquiera
Tenías el valor de restregar
Tu muñón ensangrentado
En el rostro cruel y perfumado
De quien cínicamente te prostituía.

Biopics: Palabra

Al regresar de Miami iniciaba un año que recuerdo como particularmente intenso, por la cantidad de actividades que tuve y de ideas y conocimientos nuevos que entraron en mi cabeza. Coincidió con el último de la preparatoria y la espera para entrar a la universidad.

Una de las cosas más representativas de ese año ferviente fue el periódico “Palabra”, órgano no oficial de los estudiantes del Instituto Patria. El año anterior, Palabra había estado de capa caída, porque todo lo hacía un solo alumno con vocación de periodista, Alfredo Domínguez Muro. Lo heredó una troika, formada por Raúl Trejo, Pablo Medina Mora y yo. Nuestro primer número fue una hojita de mimeógrafo, con un tiraje de 50 ejemplares. Llegamos a tirar números de doce páginas, con hojas de colores; mil 200 ejemplares, distribuidos en 13 escuelas. Fue muy divertido y formativo.

Pablo, Raúl y yo hicimos un buen equipo, en el que uno servía de equilibrio a los otros. Medina Mora era el clásico tipo popular, con amigos de todo tipo en todos los salones y en varias escuelas. Su principal tarea era la distribución. Los ejemplares se “encuadernaban” (palabra de Trejo, en realidad se engrapaban) en su casa. Pablo, además, hacía que el periodiquito fuera aceptado por todos, evitando pretensiones excesivas, ya que recordaba la necesidad de publicar algunas notas ñoñas. Trejo era el único que sabía medir los textos y su influencia era determinante para definir las prioridades, en la reunión de los martes después de clases, en la cual conveníamos el dummy de Palabra, que realizaba el propio Raúl. Era el más rígido adversario de los textos malos, que Pablo solía defender por razones “comerciales”. Yo me ponía del lado de Pablo, sobre todo si el texto lo firmaba alguna mujer. A mí me tocaba armar el periódico. Lo hacía en casa, tecleando, sin cinta, con mi máquina de escribir Olympia, sobre las hojas de stencil. Ahí hacía correcciones de ortografía (no siempre: una vez, por ejemplo se me chispó “emfermedad”), enmiendas de redacción, trabajo de edición (las mediciones de Trejo, sobre textos casi siempre escritos a mano eran buenas, pero no perfectas) y rellenado de espacios vacíos, cuando los había. También intentaba añadir un poco de humor. Invité a Víctor para que diseñara un logotipo y para que hiciera unas cuantas ilustraciones (como para las invitaciones a fiestas de paga, en las que no se nos ocurrió cobrar por la inserción).

Los martes por la tarde me la pasaba armando Palabra. Los miércoles en la mañana entregaba los stenciles a un señor que trabajaba en la escuela; recogía las hojas impresas a eso de las cinco de la tarde (pagábamos una pequeña cantidad por esa labor). De ahí me iba en camión, cargando en mi morral oaxaqueño los bonches de hojas, a casa de Pablo, en donde, en la medida en que fue creciendo el periódico, se fue armando una suerte de cadena de montaje para eliminar hojas mal impresas y para engraparlo. A menudo me quedaba a cenar ahí.

Si los Saddy representaban la familia “alternativa” de esa época, los Medina Mora eran como la familia tradicional perfecta para mis ojos. La formaban ocho hermanos (Pablo era el quinto) y sus padres católicos practicantes. Vivían en una casa grande, con muebles antiguos y cuadros oscuros con motivos religiosos. Pero había en esa casa una luminosidad alegre en los corazones. La unidad familiar y el cariño que se percibían podían más que las lógicas diferencias entre hermanos, las cuales eran tratadas de forma por demás civilizada. A menudo había amigos de visita, y las cenas en la gran mesa redonda (la comida se colocaba en un círculo giratorio en el centro) eran siempre amenas, así como los minicampeonatos de ping-pong. Pablo compartía su cuarto con un hermano mayor; en su escritorio siempre había una Coca familiar y, enfrente de su silla, un clavo solitario en el que Pablo “se clavaba” para meditar. Con su hermana, primero; y luego con una banda cada vez más grande, forjábamos los distintos paquetes de Palabra que, al día siguiente, llegarían al Patria y un par de escuelas más, y el viernes –a través de las ligas amistosas de los MedinaMora- a una decena de instituciones educativas.

Palabra tuvo un papel muy activo en la vida estudiantil de ese año. Con un cuestionario, organizamos los debates de los aspirantes a dirigir la Sociedad de Alumnos, a la que luego criticamos. Criticamos profesores y actitudes. Impulsamos la votación para elegir presidente de la generación saliente. Organizamos un concurso literario (Trejo ganó en ensayo; Hermann, en poesía y yo en cuento; lo digo con pena, pero fue con toda legalidad), otro de carteles, una feria del libro y una serie de conferencias. Salvo las pláticas, todo tuvo un gran éxito.

También jugamos un papel importante cuando, en 1971, la Sociedad de Jesús decidió cerrar el Instituto Patria, con el argumento de que estaban faltando a su misión con los pobres (en corto, los jesuitas decían que era porque estaban reproduciendo la ideología burguesa). En esa circunstancia, fuimos la principal vía de información para estudiantes y padres de familia. También para los curas, porque levantamos una encuesta (censo, más bien) sobre las opiniones de los alumnos y sus padres acerca del programado cierre de la escuela.

En el camino que recorrió el periodiquito, aprendimos a negociar con los jesuitas, que eran bastante abiertos y de entrada no nos censuraban, pero que vivían con cierto miedo a los políticos y a sus superiores.

Como en aquel entonces, yo tengo una opinión más positiva que Raúl acerca del papel que jugó Palabra, a pesar de sus grandes limitaciones técnicas y de nuestra débil formación. Él siempre dijo que nos faltó ser más críticos y que, en ese sentido, no cumplimos cabalmente nuestra misión. Me queda la satisfacción de que, cuando al final de cursos, nos dieron un premio especial, el aplauso de los compañeros fue unánime, espontáneo y entusiasta.

miércoles, noviembre 16, 2005

Piggies

H0y escuché por radio la batalla campal de lodo entre Elba Esther Gordillo y Roberto Madrazo. Mientras más mierda se echaban, más animados se les notaba. Esto me recordó un aforismo:

"Hace mucho que aprendí a no pelear con un cerdo. Te ensucias. Y, además, al cerdo le gusta."
Cyrus Ching.

martes, noviembre 08, 2005

Diario de un Votante Indeciso I

Faltan ocho meses para las elecciones presidenciales y no sé por quien votaré. Utilizaré este espacio para algunas reflexiones.

Roberto Madrazo. En algún momento del sexenio me penetró una duda. ¿Votaría por el PRI? Al menos los priistas saben lo que quieren, están más preparados que los panistas y perredistas; además, tienen experiencia: saben tomar decisiones. Confieso que ver, desde adentro, la ineficiencia de los panuchos ("confunden nuestra pendejez con mala fe", frase histórica -a sabiendas de que "nuestra" no nos incluía- de mi compañero de trabajo, Arturo Ramos) me hizo titubear. Un priísta no se culea tanto, un priísta conoce el país, un priísta sabe escuchar a los expertos. A cambio, suele ser un campeón para el robo, la transa y mañas afines. Pensé entonces: tal vez sea un mal menor.
Luego de ver a Madrax y a Montiel en acción, las ñánaras me ganan. El mexiquense tenía a su favor una gestión exitosa en el Edomex, y -ya resignados- una gran proclividad al gasto publicitario, que heredó a su sucesor Peña Nieto. Que robara, todos lo sabíamos. Pero ver sus propiedades (o, típico, las propiedades a nombre de su familia), las megatransas superobvias (el Santuario de Valle de Bravo, propiedad en buena parte de la señora de Montiel, es uno de los lugares con mayor plusvalía en esta era de Acuario, luego de que el Dalai Lama afirmara que es una gran fuente de energía), sus nervios al responder al escándalo (¿qué más esconde?) y la facilidad con la que renunció (a cambio de la omertá siciliana), regresó en mi la sensación de asco.
¿Y quién le puso el cuatro? Roberto Madrazo, but of course. El que hizo un golpe de Estado dentro de su propio partido, para asegurar la candidatura. Si hizo un putsch interno, valiéndose de todas las mañas, para ser juez y parte, ahora que es dirigente de un partido en bancarrota, ¿qué no haría este supertransa de llegar a Los Pinos?

Felipe Calderón derrotó en las primarias panistas a Santiago Creel. Tras cuatro años y medio de trabajar para Creel en la Secretaría de Gobernación, el resultado me parece entendible. Creel es un convencido de la democracia, un hombre trabajador y una buena persona, pero esos valores no son suficientes para ganar una campaña (tampoco para gobernar). Bombón trabajó demasiado en función de sus aspiraciones a futuro, pero sin conocer a fondo a su partido (dicen que el amor es ciego, y creo que Creel ama al PAN), sin conocer a fondo sus propias debilidades personales (frivolidad, amiguismo, desconocimiento de la economía, vanidad, inteligencia limitada) y sin conocer en lo absoluto la realidad nacional. Calderón, en cambio, sí conoce a su partido y sabe lo que piden. Está dispuesto a cumplirlo, a mentir y a aliarse con el diablo en persona con tal de ganar la presidencia. Lo que pide su partido está muy a la derecha de lo que ha sido Fox (que ya es decir).
Aquí hay una contradicción: quiere aliarse con sectores menos conservadores, pero blandiendo los puntos de vista retrógados del panismo clásico. Además, Calderón carece de la cultura y de la gran inteligencia de su mentor Carlos Castillo Peraza.
En lo personal, me he topado dos veces con Calderón. En ambas me ha atacado personalmente, por razones facciosas, por mi relación con Crónica. Eso no me ha sucedido ni siquiera con los perredistas más recalcitrantes.
Más allá de lo personal, esa actitud revela una personalidad poco liberal. La que supone que quien no está de acuerdo con ella, es porque tiene una agenda en su contra. No me gusta imaginar una personalidad así en la Presidencia de la República.

Andrés Manuel López Obrador, lo saben hasta sus partidarios más cercanos, es un tipo peligroso. Poco respetuoso de la ley, a la que se ha pasado por el arco del triunfo (el típico que dice que la ley está bien mientras me convenga), autoritario (o "decisionista", según se le quiera ver), ha coqueteado con el chavismo y se ha aliado, entre otros, con lo peor del PRD y sus alrededores (Bejaranistas y Camachistas). Es moralino, no tiene sentido del humor y, en su libro, dedica apenas unas cuantas páginas superficiales al que debería ser un tema toral para un mandatario de izquierda: la relación con Estados Unidos.
Su autoritarismo y su suficiencia preocupan, porque da la impresión de ser una persona que difícilmente acepta sus errores.
A cambio, ha sido un hombre de obras, interesado -a su manera interesada- en el bienestar de la gente. Un tipo que, aunque sea siempre buscando agua para su molino político, sabe escuchar. Es hábil, es listo y le gusta el beisbol. Parecen virtudes insuficientes.
No creo que AMLO, si gana, vaya a incendiar la pradera. Me preocupa más si pierde.

Bernardo de la Garza. Dicen los que lo conocen que es de las personas pensantes del PVEM, si no es que la única. Eso, por supuesto, no basta para pensar en serio en él: de seguro catafixiará su candidatura para que sus amigos del Verde sigan teniendo huesos.

Jorge Castañeda es un tipo listo y ambicioso como Andrés Manuel, sólo que más culto y con una visión más realista del papel de México en el mundo. Ahí se acaban sus gracias. Desde su amistad con Elba Esther, hasta sus caprichos y veleidades, pasando por la obsesión de quedar bien con los gringos, El Güero tiene características que hacen dudar a cualquiera. Además, no tiene partido. Bajo las condiciones del sistema mexicano, eso es garantía de que no podría gobernar.

Patricia Mercado ha abanderado causas con las que simpatizo. Coincido en la necesidad de formar en el país una alternativa socialdemócrata. Coincido en la necesidad de reformas económicas estructurales, en el cuidado de las libertades individuales y la cultura de respeto a la diversidad. Sin embargo, en su partido hay un tufo a vieja, muy vieja izquierda minoritaria. Y además, está el chisme de que anduvo con Marcelo Ebrard (yuck!).

Dicen los franceses que el sistema de segunda vuelta es muy bueno, porque en la primera votas por el candidato que quieres; y en la segunda, votas en contra del candidato que no quieres. Desgraciadamente, en México sólo hay una vuelta. Así las cosas, decidiré mi voto dependiendo de cómo se realicen las campañas y se muevan las encuestas.
En este momento López Obrador va tranquilo a la cabeza con 39% de la intención de voto, a diez puntos porcentuales del competidor más cercano. Estoy seguro de que las cosas se moverán (algún candidato se desplomará y será competencia de dos). Mientras tanto, si llega un encuestador y me pregunta: "¿Por quién votarías si las elecciones fueran hoy", respondería, sin convicción, que por Patricia Mercado.
Ya veremos después qué pienso.

viernes, octubre 28, 2005

Viñetas de San Diego

A fines de agosto estuve en San Diego, con mi cuate Robert, alias Craven de Kere. Estas son algunas impresiones de la ciudad.

Bajo el calor californiano, junto a la playa de Belmont, está la montaña rusa más vieja del mundo. Los maderos truenan al paso del cochecito. Es uno entre muchos parques de atracciones de la ciudad, cada uno con su montaña rusa, sus puestos de algodón azul de azúcar y cheap thrills al mayoreo.
Por la calle, junto a uno de los bares que está enfrente del parque de diversiones, pasan las rubísimas chicas bronceadas. California girls. Dice Craven que se aburrió rápido de verlas. La mesera, en cambio, se parece a Sandra Bullock.

Es cada vez más difícil, lo compruebo, disfrutar de una comida verdadera fuera de casa, en San Diego. El imperio abrumador del fast food que es, antes que nada, fake food. Simulacros de comida en simulacros de restaurante, con mucha harina, mucha sal y mucha, pero mucha azúcar.

La ciudad duerme temprano. Después de las nueve de la noche, encontrar abierto un restaurante que no sea de comida rápida puede convertirse en una odisea, absolutamente imposible de recorrer sin un automóvil.

Será por el tipo de turismo (el zoológico, Seaworld, las playas), pero San Diego es, a los ojos del visitante, tierra de niños, de cristianas familias numerosas, con sonrisas Kodak a toda prueba. Tan grandes, tan nucleares y tan risueñas, que parecen venir de los años sesenta. Son grandes consumidores de fast food.

Se ve que es una ciudad rica, aún para los estándares de Estados Unidos. Una ciudad de barrios bajos que no lo son. Dicen que estás en el slum y no lo crees. No es el de Houston, Nueva York o St. Louis. Son clasemedieros disfrazados de pobres.

Es una ciudad atravesada por un bosque, que los pobladores han sabido respetar a lo largo de las décadas. Una ciudad que, por sapiencia, planeación o suerte, no parece haber sido atravesada por la especulación inmobiliaria. Una ciudad sin peatones, salvo por un estrecho espacio del centro. A pie se hace jogging, no se va de un lugar a otro.

El zoológico, mundialmente famoso, vale el boleto, el largo ascenso a la zona africana y los recorridos por los diferentes vericuetos. Vi animales cuya existencia desconocía. Bueyes gigantes, okapis, ofidios de todos los tamaños y colores imaginables, un kiwi al que le inventan una noche americana para que podamos husmear. Vi koalas, canguros y puercos de Borneo. Hipopótamos desde el fondo del estanque. Monos chilladores y gorilas en pose de estatua de Rodin. Pero el mejor lugar son los aviarios. Enormes, de jaulas elevadísimas, con senderos por los que el visitante transita, o se sienta a escuchar los sonidos de los diversos pájaros que creen que están en su hábitat, que son libres y que el mundo les ofrece, opíparo, sus bondades. Por un instante, el visitante también se siente en la selva, hasta que voltea y una reja lo delata.

Otra atracción es el Parque Balboa, que a ojos vista es el centro de una ciudad colonial mexicana con espacios abiertos muy gringos. Pero es una antigüedad falsa, hecha para una exposición mundial en los años treinta. Es un set hollywoodiano con catedral falsa, casitas típicas falsas, ayuntamiento falso. El parque tiene varios museos (de ciencias, de deporte, de botánica). En uno de ellos, el Museo del Hombre, se monta una exposición con estelas mayas (copias), momias egipcias (verdaderas, pero en sarcófago de imitación), unos tejidos interesantes de etnias panameñas y un espacio para los indígenas originales de la región, que –por lo visto- estaban demasiado atrasados para ser considerados chichimecas.

La insistencia en esta pobre tribu me hace pensar en la obsesión de tener una raíz propia, californianiana y no mexicana, porque Balboa, aunque bonito, da la sensación de ser un intento monumental de presentar una historia robada.

Esa misma sensación se percibe en la visita al Pueblo Viejo, que guarda lo más representativo del primer asentamiento en San Diego. Allí están, de entre lo relevante, la catedral verdadera, la vieja escuela de una sola aula (en ella, las fotos de los maestros, las distintas banderas que han ondeado en California y el código de conducta de hace 140 años, que especificaba con claridad el número de latigazos por travesura, y la más castigada era jugar con naipes), la que fue estación de Wells Fargo (me quedó claro, al fin, que Juárez viajaba en carroza de gran lujo) y el viejo cementerio, donde descansan los restos, entre otros, de José Estudillo, fundador de la ciudad. Todo, en medio de restaurantes supuestamente mexicanos, casas solariegas de patio interior y casas más pequeñas, parecidísimas a las que forman, hoy en día, el centro de Mexicali. Pequeños museos –todos privados, por supuesto, el museo público es una especie en extinción en Estados Unidos-, tiendas de souvenirs y un ambiente como de Oestelandia.

Pasando el Pueblo Viejo hay un “sendero histórico”, bastante empinado y bueno para hacer ejercicio. Durante la subida voy reconociendo plantas, olores, la misma tierra, y siento profundamente –a diferencia de San Francisco, a diferencia de Anaheim, a diferencia de Texas y de Albuquerque- que es mi tierra, tierra mexicana que nos fue robada.
En la cima hay dos monumentos. En uno ondea la bandera de las barras y las estrellas, en homenaje a una brigada mormona, que fue traída a defender el lugar para Estados Unidos, a cambio de tolerancia religiosa. Desde ahí se divisan los nudos del freeway.
El otro está a un costado de un amplio parque en el que las familias hacen día de campo. Es Miguel Hidalgo, lo reconozco. Pero lo que se lee muy claramente en la placa es el nombre del presidente que hizo la donación del pueblo mexicano al pueblo de los Estados Unidos: Gustavo Díaz Ordaz.

Redescubro en San Diego que los gringos de verdad se divierten comprando. Es parte integral de su felicidad. Para ellos un mall, como un parque de atracciones, es un lugar divertido y feliz (que en su visión vendrían a ser la misma cosa).

Petco Park, el parque de beisbol, es también un gran mall. Limpio, amplio, abierto a tus dólares. Es también un lugar en el que se ve que los gringos tienen perfectamente desarrollado el sentido del espectáculo popular. Encuentran la manera de mantener siempre interesado al espectador: hay un ritmo paralelo al del partido, el espacio entre innings se hace pequeñito con la ayuda de la gran pantalla y sus patrocinadores (Bimbo incluido). Hay continuidad en la diversión, se cumple el precepto de que no haya un minuto sin nada que ofrecerte (a fin de cuentas, para que no haya un minuto para ti mismo, en el que disfrutes el simple hecho de ser y de ver y sentir el campo de juego).

“En este lugar se permite la emisión de sustancias tóxicas conocidas por provocar cáncer y bajo peso al nacer”, dice un aviso cincelado en la puerta de vidrio del hotel. Es la manera californiana de decir: “aquí se permite fumar en algunas áreas”.
Sin embargo la gente fuma, y mucho, cuando va de un lugar a otro. Consume toda la nicotina que puede mientras es legal, para aguantar el rato que tendrá que estar sin ella. La criminalización del tabaco continuará: es posible que en el mediano plazo se prohiba fumar en las calles californianas.

La Jolla parece caro. Seguramente es más caro de lo que parece. Craven y yo rondamos por las vitrinas de las galerías de arte: cosas bonitas, aunque muy poco arte. Buen tema para una discusión especiosa, envuelta en humo. El conoce un lugar desde donde hay una vista espectacular de la bahía de San Diego. Casas casi tan espectaculares, de grandes ventanales, están a nuestras espaldas. Noto que, si llevamos la vista más allá, apenas cruzando el puente, está una realidad completamente diferente: Tijuana, México.

lunes, octubre 24, 2005

Biopics: Miami y la Boda de Martha

En ese verano del 70 ocurrieron otras cosas. Una es que nos cambiamos de casa. Fue todo menos dramático. Nos pasamos a Milton 45, a dos casas de donde vivíamos. El grueso de la mudanza fue hecho por los vecinos. Parecíamos hormiguitas yendo en fila de una casa a la otra con algo cargado. Sin duda, en aquella época, la Anzures tenía todavía alma de barrio.

La otra noticia fue que se casaba Martha, mi media hermana. La boda era en Miami, y yo iría “a entregarla”, en representación de mi papá (quien no podía ver a la mamá de Martha ni en pintura). Lo curioso es que mi mamá y mi hermano fueron conmigo.

En migración, el agente gringo se la armó de pedo a mi mamá. Supongo que porque tenía pasaporte cubano y no había puesto dirección a la que llegaría. Mi mamá se puso a temblar y a intentar sacar, entre los papelitos de su desordenadísima bolsa, alguno que tuviera la dirección de algún familiar lejano. Yo le increpé al agente que hubiera puesto así a mi mamá, que era una persona decente. Le dije que nos íbamos a quedar con el señor Frank Campos, gerente de Avis Rent-a-Car en Miami, quien nos estaba esperando a la salida. Le pedí que pusiera el nombre de referencia y la compañía. El gringo así lo hizo. Eran otros tiempos.

Eso no quita que, al igual que mi mamá, yo le tenga una gran aversión a los trámites burocráticos. Como a ella, me mortifican muchísimo. Los hago de malas, y siempre los pospongo hasta que de plano no queda de otra. Lo peor es que los tengo siempre presentes. Vivo eternamente con el pendiente del trámite que no he hecho. Con la sensación de culpa por no haberlo realizado, con el temor de que algo terrible va a suceder por mi omisión y con el enojo de sentir que cada trámite es una carga injusta sobre la humanidad. Esta sensación sólo se compara con su equivalente: cuando termino un trámite siento que me embarga levemente la felicidad y yo mismo me siento leve. Supongo que es algo hereditario, porque mi mamá se ponía peor que yo y mi papá de plano les tenía una fobia total.

En Miami nos quedamos en casa de los Campos. Janette, a quien trajo su papá desde Boca Ratón, se quedó en casa de mi hermana. Los Saddy regresarían a México, porque el señor se había asociado con unos inversionistas mexicanos para hacer una empresa de cosméticos vendidos de casa en casa. El nombre de la línea de cosméticos era Laura Elizabeth, el mismo de su hija menor.

En Miami hacía mucho calor. Pero también una suerte de frío, que encontró mi mamá, al buscar a algunas personas, refugiados cubanos que vivían en la ciudad. Sucedía que respondían los hijos o los nietos, quienes afirmaban no saber español. O que visitaba a las personas, y éstas se la pasaban hablando mal de los que se habían quedado en la isla, y mal de los que habían hecho más dinero, y mal de los vecinos, y mal de Estados Unidos.

La mejor conversación a la que yo asistí durante ese viaje, fue a la que tuvo mi mamá con su mejor amiga de la facultad, Clara Luz Martí (pronúnciese Clara Lu’ Madtí). Clara Luz era famosa por su lenguaje barroco (entre cubanos significa que era barroca entre los barrocos). El ejemplo más preclaro de dicho lenguaje fue una vez que fue con mi mamá a visitar a un profesor que estaba enfermo. Cuando llegaron a la casa del maestro, un perro las recibió a ladridos y Clara Luz exclamó: “¡Poned coto a la furia de ese can!”

Clara Luz era hija y nieta de maestras de escuela y, durante su estancia en la Facultad de Derecho de la Universidad de La Habana, decía insistentemente que no quería terminar como ellas, que no iba a ser “la Maestra Ciruela”. Era muy brillante, y para el triunfo de la Revolución, ya era jueza. La Revolución la dejó sin trabajo y decidió emigrar a Miami. Allí empezó siendo afanadora de hotel. Cuando tuvo algo de dinero, pudo traer al marido, quien era, a decir suyo, un hombre muy guapo, que había trabajado de detective privado (a su descripción, me imaginaba un Sam Spade de guayabera y bigotito recortado). Ella ya había subido de puesto y le consiguió el de afanador del hotel. El hombre dijo que aquello era una bajeza para su categoría y no quiso trabajar. Se divorciaron y Clara Luz siguió luchando por cuenta propia. Nunca más se casó. Cuando platicamos con ella era maestra de High School. “Ya ven, fui cautiva del destino: la Maestra Ciruela”.

En otra ocasión, fuimos a la playa con los Campos. Tomamos dos mesas para el picnic. Una mujer cubana, que llegó horas después, nos pidió que desalojáramos una para ellos. Le dijimos que éramos dos familias (y sí, éramos un montón para mesas tamaño familia nuclear). Después de comer, pensamos en quedarnos con una sola, y dejárselas, pero unos gringos se adelantaron y la tomaron. Entonces vino la mujer a reclamarnos: “Por eso perdimos nuestra patria”, dijo. Mi mamá le respondió: “Yo ya tengo mi patria adoptiva”. Aída Campos la siguió: “Yo también”. En los ojos de aquella mujer se advirtió que no entendía: se había topado con dos cubanas en Miami, y ninguna era refugiada.

Fuimos al ensayo de la boda y después a una cena íntima, donde conocimos más de cerca a Mario, el futuro esposo de Martha. Eran una extraña pareja: él, regordete, artificioso y afectado; ella, como una niña, muy delgada, con brackets, sin figura de mujer. “Martha tiene el cuerpo así porque es maestra de baile”, pensé.

Alcancé a escuchar a Edgar, mi hermano, cuchichearle en voz audible a mi mamá: “¡Mamá, mi hermana se va a casar con un maricón!”, y a ella responderle: “¡Cállate, niño!”. Ya en casa de los Campos, mi mamá me preguntó qué me parecía el novio. Entendí su preocupación y le dije: “Pues se ve amanerado, pero seguro que ya se acostaron. Estamos en Estados Unidos”. Ella respiró con tranquilidad.

La ceremonia estuvo equis. Lo rico fue la pachanga, amenizada por la Sagüesera Bugalú, que llevaba ese nombre por South West Miami, por supuesto. Al día siguiente, medio crudos y a punto de tomar el avión, recibimos las llamadas lagrimosas de algunas viejecitas a las que hijos y nietas habían negado. Ya no había tiempo de verlas.

Llegando a México, nos recibe mi papá. Lo primero que le dice Edgar es: “¡Papá, mi hermana se casó con un maricón!”. Lo primero que le responde mi papá es “¡Cállate, niño!”, pero más tarde nos pregunta acerca del novio. Le decimos que es amanerado, pero no homosexual. Se queda inquieto.

Un año después nos visitarían Mario y Martita. Whiskey en mano, en la sala de la casa, Mario habló hasta por los codos (recuerdo vagamente algo acerca de lanchas de motor, creo que él era vendedor). Esa noche, al irnos a dormir, mi papá nos reprendió a mi mamá y a mí: “Ustedes son unos groseros. Apenas ven una persona educada, y ya dicen que es homosexual”. Le había encantado el yerno.

No por mucho. Apenas había pasado otro año cuando mi mamá recibió una afligida llamada de Martita, pidiendo consejo. La recomendación fue que se divorciara. Aquel hombre tenía novio y llevaba meses sin tocarla. Edgar había tenido razón desde el principio.






Un servidor, la novia, mi mamá y Edgar, el niño con visión

martes, octubre 11, 2005

Victorias en el Disco Duro

Dice Chucho Ramírez, el entrenador de la selección Sub-17, recién campeona del mundo de futbol, que una diferencia substancial entre estos muchachos y sus predecesores, es que ellos no tienen en su disco duro la memoria del México eterno perdedor. Tiene razón.

Quienes hoy tienen 17 años no tienen memoria en vivo de los cachirules que nos impidieron ir a Italia, y siempre han visto que la Verde califica y pasa a la siguiente ronda.

Quienes hoy tienen menos de 25 años nunca han visto a México ser eliminado en la primera ronda. Algunos -recuerdo uno en particular- lloraron amargamente cuando Alemania nos derrotó en los malditos penales, allá por el 86. "¿Cómo, llorar por una derrota de México ante una potencia futbolística? ¡Si eso es de lo más normal!", pensé. Me respondí mentalmente: "Es que está chiquito. Luego se acostumbrará". Afortunadamente no ha sido así.

Hay que ser treintañero para acordarse, aunque sea vagamente, que una vez perdimos ante El Salvador y empatamos con Honduras y Canadá para ser vergonzozamente eliminados. Acercarse a los cuarenta para recordar al inefable Roquita, su equipo que todavía jugaba de zona, las derrotas ante Túnez y Polonia, y la frase del guardameta Soto, quien sustituyó a Pilar Reyes en el medio tiempo contra Alemania: "¡Empatamos, Pilar ! A tí te metieron tres goles y a mí también". Casi es requisito tener los cuarenta cumplidos para rememorar con incredulidad aquel empatito a cero ante Guatemala y la goliza de 4-0 que nos propinó Trinidad-Tobago para no ir a Alemania 74.

¿Qué podemos decir de generaciones todavía mayores? Cuando yo era niño pequeño no había un sólo campeón mundial mexicano de box, en las olimpiadas se obtenía un solitario bronce y los que hoy se conocen como jugadores del Tri tenían el mote despectivo de "Ratones Verdes".

¿Y antes? (Porque, créase o no, hubo un antes). Antes hubo una propuesta para inmortalizar en bronce a Belmonte, un extremo del Irapuato, por haber logrado la hazaña de anotar el gol del empate de México ante País de Gales y conseguir un punto en un Mundial.

Quienes tienen menos de 15, en cambio, pudieron sentirse algo decepcionados porque Ana Guevara "sólo" consiguió plata olímpica y les parece normal que, en futbol, México le pueda ganar a Brasil, a Argentina o a Holanda.

A veces tengo la impresión de que el bueno de José Ramón Fernández (quien tenía 12 años cuando aquel gol de Belmonte) se quedó circulando con las placas de Manuel Seyde (el periodista de Excelsior autor del tenebroso concepto de "Ratones Verdes") y que todavía entiende aquel periodismo como "ejemplo de crítica". No haría mal en escuchar a Chucho Ramírez.

Todo esto me hace pensar que, en aproximaciones sucesivas, avanza la mentalidad triunfadora en México. Que las glorias del Gran Púas, la incansable marcha de Raúl González, los goles de Hugo y cada medallita, cada victoria por pequeña que haya parecido, han contribuido en esta importante construcción.

martes, octubre 04, 2005

Biopics: Música, futbol y Angel

Poco antes de la visita de Diane se celebró el Mundial de futbol en México. Fue pretexto perfecto para que mis papás compraran una tele a color, que inauguramos con el partido México-Unión Soviética. Invitamos a los Valle al cuarto de la tele, y disfrutamos el cero-cero escuchando como fondo las disquisiciones de mi mamá con doña Pepita Valle, que andaba en un día particularmente hipocondríaco.

Como la población estaba metidísima en el fut, las autoridades permitieron graciosamente un concierto gratuito de rock en Ciudad Universitaria. Tocó Canned Heat, un aceptable grupo de blues, muy conocido en México por la presencia del baterista Fito de la Parra. Fui con Víctor, Tina y Janette. Éramos como tres mil chavos en la explanada de las islas, y hasta el conjunto telonero, llamado The Rocking Foo, era bueno. Canned Heat estuvo pocamadre. Bob, el Oso, Hite era, además de todo, un gran animador. Blind Owl Wilson estaba muy pirado, pero era un músico sensible y extraordinario. Los organizadores nos pedían a cada rato que nos portáramos bien (“Nos están mirando. Esta es la oportunidad para que haya más conciertos como éste”), y les obedecimos. Al final, varios se metieron a los ojos de agua de CU, entre ellos Víctor y Paloma, la que no quiso ser mi novia. Iba con Alejandra, mi ex, quien me dijo, preocupada, que su amiga andaba mal: “le gusta comer muchas yerbas”. Regresamos a casa contentos, sintiéndonos, aunque fuera un poquito, ciudadanos jóvenes del mundo.

Poco tiempo después nos enteramos de que Canned Heat estuvo en México cortesía de Alfredo Díaz Ordaz Borja, porque fue el conjunto que amenizó la boda del hijo del presidente.

Después de ver el partido en el que México derrotó 4-0 a El Salvador, Víctor y yo nos dirigíamos a la Zona Rosa cuando vimos algo inédito. Una veintena de personas ondeaba banderas mexicanas (y una salvadoreña) junto al monumento del Angel de la Independencia. Fuimos al chisme. Gritamos “Mé-xi-co, Mé-xi-co”, tal y como nos lo impuso el anuncio de Viana. Seguimos a la gente que coreaba “Mé-xi-co-Bra-sil-Sal-va-dor-Pe-rú-U-ru-guay”, en febril latinoamericanismo. No llegamos a juntarnos cien personas, pero habíamos inaugurado una tradición.

El juego que todos esperaban era Brasil-Inglaterra. Los medios desarrollaron una abierta campaña brasileñista (cosa fácil, con el jogo bonito de la verde-amarelha) pero sobre todo anti-británica. Sucede que los medios ingleses, previo al Mundial, publicaron artículos en los que se denunciaban males como la corrupción, la represión y la simulación de los inversionistas prestanombres (el nacionalismo impedía a los extranjeros ser propietarios mayoritarios de las empresas, pero la inventiva nacional es inagotable). Tal vez porque entre esos medios estaba la BBC, y el gobierno mexicano actuó como el león que cree que todos son de su condición, todo el tiempo escuchábamos que los ingleses decían mentiras sobre México, que escupían en el plato del anfitrión y otros golpes de pecho. La fobia llegó a tal grado que mi mamá decidió no ponerse durante varios meses un vestido que tenía estampado el Union Jack (lo que aquí conocemos erróneamente como “bandera de Inglaterra” y que era parte de los dictados de la moda de Barnaby Street), no fueran a pensar que le iba a Inglaterra.

Ese era el único partido que le interesaba a Tina, convertida en rabiosa fan del equipo de la rosa por razones políticas. Nosotros coincidíamos en que había una manipulación del gobierno, pero los ingleses habían ganado con trampas el Mundial anterior y los brasileños tenían la magia de Tostao y de Pelé (O Rei). Tina se la pasó quejándose de la parcialidad del narrador de la tele (pues sí, era un brasileño) y de nuestros gritos cuando, en los albores del segundo tiempo, Jair hizo el gol que dio lugar a la posterior sambinha.

El partido clave para México era contra Bélgica. Un claro penal y una serena ejecución del Halcón Peña nos dieron el pase a cuartos de final. Como por inercia, fuimos al Angel, a ver si pasaba algo. Había cientos de personas, que luego fueron miles. Tengo grabada la imagen de Janette, su amiga Robin, González Rodarte y yo corriendo por Reforma, tomados de la mano, Raúl haciendo la “V” de la victoria con los dedos índice y medio, y sosteniendo un toque de mota con el anular, el meñique y el pulgar. Como con Víctor en el 68, nada más llegamos al Caballito. De regreso, en vez de militares malencarados, nos encontramos, en plena verbena, que los aficionados habían arrancado un enorme balón de futbol que adornaba la entrada del Hotel María Isabel y lo rodaban rumbo al Zócalo, donde amaneció.

Luego, el breve lapso de esperanza que nos dio el Calaca González frente a Italia, antes de que Calderón se convirtiera en Coladerón, el vibrante “partido del siglo” cuando Italia derrotó a Alemania en una batalla épica, en la que el Kaiser Beckenbauer fue el auténtico héroe y la final que coronó, con marca perfecta, al Scratch de Oro. Pero si me preguntan qué es lo que más recuerdo del Mundial del 70, responderé que fui a un concierto de Canned Heat, porque el rock empezaba a dejar de estar prohibido.

martes, septiembre 27, 2005

Biopics: Pancho & Janette/ sitting on a tree...

Poco tiempo después de que empecé a andar con Janette, los Saddy cambiaron a una casa vieja en la calle de Hamburgo, en la colonia Juárez.

Eso significó tres cosas. La primera es que se generó una distancia agradable entre mi casa y la de ella. No estaba, como antes, a la vuelta, pero se podía recorrer a pie. La segunda es que, dada la cercanía a la Zona Rosa, veíamos bastante más a González Rodarte, quien la rolaba bastante por ahí. La tercera, derivada de esa misma cercanía, fue que a casa de los Saddy se acercaron personajes bastante raros.

De la primera, el mejor recuerdo es una vez que caminábamos de casa de Janette a la mía y nos agarró un aguacero. En mi recámara, empapados, nos echamos un faje diferente, y tuve un orgasmo explosivo que me sorprendió. Diría que fue el primer éxtasis sexual verdadero que tuve en mi vida.

De la segunda y tercera, más bien detalles chuscos. González Rodarte nos invitaba a casas extrañas, con cuates que vivían bajo las escaleras, donde se rodaban filmes caseros con pretensiones eróticas apenas sugeridas. Janette, yo y algunas amigas de ella de la escuela, participamos en alguno, para escándalo del señor Saddy, preocupado porque se nos viera fumando mariguana. Otra anécdota es cuando vimos a González Rolante entrar al cine de arte con Carlos Monsiváis. Pensamos, en nuestra ingenuidad: “!Ah, qué intelectual es Raúl!”. Pero igual me tocó encontrarme con situaciones complicadas en aquella Zona Rosa mítica, de happenings, de cuando José Luis Cuevas era candidato independiente a la presidencia, con el lema de tirar el “neoporfirismo”. Habrán sido peras o manzanas, pero el que yo a menudo me encontrara acompañado de varias gringas era ocasión para que pretendidos conquistadores se entrometieran y se encabronaran (especialmente conmigo) cuando mis amigas los despreciaban. Peor que los galanes de petatiux resultó una tipa que se hizo amiga de Tina en la zonaja. Una dizque hippie radicalosa, sin oficio ni beneficio, llamada Anne Wald. Era como la caricatura de una hippie realizada por el gringo más conservador. Fea, sucia, intrigosa, oportunista, guevonsísima, gandaya y superdroga. Su novio era un pusher conocido como Sonora. Diferíamos prácticamente en todo.

Yo hacía un montón de cosas con Janette. Era divertido. Pero ella era demasiado pegosteosa, y eso me sacaba de onda. Una vez íbamos hacía su casa y recitó: “Pancho & Janette/ sitting on a tree/ k-i-s-s-i-n-g/ first comes love/ then comes marriage/ then comes Panchito on a baby carriage”. Me separé de ella y le dije que estaba loca; lloró, me pidió perdón, la abracé y seguimos el camino. Otra vez la quise tronar, pero llegó a mi casa a regalarme, “de despedida”, el disco Waiting for the Sun, de los Doors. Platicamos, quedamos que ella no sería tan empalagosa, volvimos y yo me quedé sin remordimientos con el disco.

Poco a poco fui descubriendo que Janette prefería un “hombre fuerte” del cual colgarse. Que no le gustaba mucho que yo expresara cualquier tipo de vulnerabilidad. Si yo era cabrón, y a veces protector, ella era feliz. Se fue así creando una relación de co-dependencia. Ella era abiertamente dependiente de mí; yo lo era a escondidas, puesto que dependía de su dependencia.

Para mí, esa sensación de ser Pancho (no Francis, el niño protegido; tampoco Francisco, todavía), un Pancho como Pancho Villa apuntalaba mi identidad sexual y social. En mi visión interna, Pancho, a diferencia de Francis, si podía hacer cosas, realizar proyectos, tomar riesgos, ser infiel a un destino que supuestamente se le había marcado, rebelarse. No me daba cuenta de que no era necesario hacerme el fuerte. De que, en el fondo, hacerlo era de una suerte de impostura de mí mismo.

Cuando iniciaba el verano del 70, visitó a Janette su mejor amiga de Nueva York, Diane Carr. Aunque Víctor se apuntó para acompañarla durante su estancia, pensamos en un cuate guapo y que supiera inglés. El escogido fue Pablo MedinaMora, un amigo inteligente y buena onda que yo había hecho en el equipo de atletismo del Patria. Pablo, además, era funky-dunky, según Janette (a diferencia, por ejemplo, de Trejo, que era fuddy-duddy).

El caso es que llegó Diane de Nueva York, Janette la llevó a mi casa, yo invité a Pablo, quien lucía perfecta barba de candado a sus quince años, escuchamos un disco de Cream y luego nos fuimos, estúpidos, a la función de la tarde del Cine Polanco, donde proyectaban Let it Be en medio del escándalo semi-infantil de los adolescentes ligadores de la zona. El caso es que Pablo le gustó a Diane, pero no a la inversa. Alguna vez recurrimos a Víctor, pero a fin de cuentas Janette prestó poquísima atención a su amiga, porque estaba todo el tiempo conmigo, llena de melaza, y la pobre de Diane se ha de haber sacado mucho de onda (esa falta de tacto de Janette con su amiga y la asidua presencia de Anne Wald con los Saddy estaban creando una atmósfera que no era la misma en esa casa).

Una noche, el señor Saddy llevó a su familia, al novio-pegote y a Diane a cenar a un restaurante francés muy bueno en la Plaza Melchor Ocampo. Estuvo muy contento y especialmente cariñoso con su esposa. Al otro día nos enteramos de que había perdido su trabajo en Fuller Brush, y tendría que dejar México. Fue una sorpresa muy gacha.

Los Saddy partieron. La primera carta de Janette me llegó cuando estaban en San Juan del Río; la segunda estaba fechada en Matehuala; en la tercera, desde Texas, me decía de una nueva canción que sonaba insistentemente en la radio de Estados Unidos, y que le recordaba a mí: “Why do birds/ suddenly appear/ every time you are near?/ Just like me/ they long to be/ close to you”. Yo no le pude escribir al principio porque ella, como Kerouac, estaba on the road. Al final recaló en Boca Ratón, Florida. Cuando escuché "Close to You", semanas después, me dije, en voz altísima: “¿Qué pedo?”.

Yo me quedé a preparar extraordinarios, porque por primera vez en mi vida había reprobado dos materias: ética y matemáticas. Etica fue relativamente sencillo. El maestro, con total falta de ética, nos hacía estudiar en apuntes suyos, que eran la versión chafa de un libro de texto. Trejo consiguió el libro y pudo pasar el final. Me prestó el bookcito para el extraordinario. Matemáticas fue complicado. La geometría no se me da fácilmente y tuve que estudiar mucho. El día del extraordinario, me dio chorrillo y sólo tuve tiempo para contestar tres de las cinco preguntas, antes de salir corriendo, no encontrar dónde, tomar mi Juárez-Loreto, correr entre retortijones a la casa y casi casi llegar a tiempo.

domingo, septiembre 18, 2005

Encuestas Maniacas II

Tema: prendas usadas por las mujeres en las calles de la Ciudad de México.
Fechas de Levantamiento: 2 al 8 de septiembre de 2005.
Método de muestreo: Aldunciniano (observación directa en calles y lugares públicos del Distrito Federal).
Tamaño de la muestra: 1616 mujeres (oséase, bastantitas).

Resultados:

Pantalones no de mezclilla: 52%
Pantalones de mezclilla: 32%
Falda: 16%

Desgraciadamente, el levantamiento ya estaba en marcha cuando me dí cuenta de que "pantalones no de mezclilla" es una categoría demasiado amplia (incluye desde el pantalón de un traje sastre hasta unos pants bastante madreados). Solamente señalo que, del total, los pantalones de vestir son la mayoría, especialmente en los días laborables.
Hay que hacer notar que la proporción de faldas disminuyó el viernes, fue todavía inferior el domingo y bajó hasta 5% el sábado (día en que los pantalones de mezclilla superan a los otros).

Otros datos:
Hay una correlación negativa entre edad y uso de jeans. A menor edad (adolescentes y mujeres jóvenes), mayor uso de mezclilla.
Hay una correlación negativa entre nivel aparente de ingresos y uso de falda y una correlación positiva entre edad y uso (al menos público) de dicha prenda. En otras palabras, mujeres mayores y de bajos ingresos son las que usan normalmente falda.

Conclusiones:

Las mujeres de la Ciudad de México prefieren, de lejos, el uso del pantalón. Salvo en raras excepciones, la falda es usada por mujeres jóvenes y de clase media, exclusivamente por razones laborales. Además, al asociarse su uso a la edad mayor y un nivel bajo de ingresos, pierde cada vez más prestigio.
La mezclilla es la tela favorita para vestirse, particularmente los fines de semana, probablemente asociada a sensaciones tales como "comodidad" y "juventud".

Eso quiere decir que, para los hombres capitalinos, se hace cada vez más difícil apreciar, en las calles de la ciudad, la figura de una guapa joven en vistosa falda (suspiro nostálgico).
También, probablemente, que el Distrito Federal no es un lugar apropiado para el uso de la falda. Quiero pensar que por razones de comodidad (y, por lo tanto, "culpa" del Peje).

martes, septiembre 06, 2005

Biopics: Extraño Coloquio y otros pininos

Las clases en segundo de prepa eran una güeva. Sólo me interesaba Historia de México. Había un día horrible, el miércoles, que era para biomédicos: Anatomía, Matemáticas, Biología, Laboratorio de Biología, Química, Laboratorio de Química. Un tormento.

Además de los entrenamientos de atletismo, mi refugio escolar era el cubículo de Brehm, donde a menudo recalaban los Raúles, Hermann y otros cuates con pretensiones intelectuales, a los que apodamos “Los Turrunes” (Marcelo Uribe, Juan José Huerta, Pancho Arce, “Cocoa” Alvarez), y platicábamos de literatura y filosofía.

Yo seguía escribiendo. Hice varios cuentos y empecé mi primera novela (la primera de muchas inconclusas). Era acerca de nuestras chocoaventuras y tenía un nombre ridículo: “Encerrados en el Círculo Cuadrado”. Hoy la hubieran llamado “blog”.

Mucho más desarrollado fue el proyecto que hicimos los dos Raúles y yo para una obra de teatro, que presentamos en un “retiro espiritual” en el ex seminario de San Cayetano. Tenía un nombre muy chistoso, pero adecuado: “Extraño Coloquio”. Se trataba de una reunión de cuatro chavos muy diferentes, cuatro arquetipos que discutían de todo y de nada: las drogas, el sexo, la desigualdad social y el papel de la iglesia. Tomé dos de los nombres de una novela de Sáinz: Menelao (Raúl Trejo) hacía de chavo fresa (en el sentido antiguo de la palabra), conservador, antimariguana y borracho; Balmori (Kycho Chávez) hacía de hippie. Mi personaje se llamaba Adán y era un marxista. Raúl González Rodarte se hizo su personaje a la medida: se llamaba Marcio y era epicúreo. Adán se burlaba de él: “¿No te maquillaste hoy?”. En la escena final, luego de que Menelao se había ido asqueado porque se iba a fumar mariguana y de que Balmori hablara acerca de sus contradicciones (Adán no tenía, era el bueno de la obra, el proscenio se apagaba, alumbrando sólo a Marcio/González Rodarte, quien decía: “Yo soy el semen perdido en las entrañas” y hacía la señal de paz y amor.

De los cinco actos de que constaba la obra, yo escribí uno (el más malito), y cada uno de los Raúles escribió dos. La presentación fue un éxito: le dimos 20 minutos de conciencia social a los chicos del Patria. Luego unos profes nos pidieron que la representáramos en casa de uno de ellos, frente a los que no fueron al “retiro” (que era más bien jugar fucho de día, escuchar un rollo en la tarde y echar desmadre en la noche, sobre todo apostando en una ruleta).

Otro proyecto que realicé con Trejo fue un periódico ilegal y contracultural. El nombre, Subterráneo, correspondía al propósito. No se puede decir lo mismo del contenido, que era bastante adolescente y ligerito. Lo hacíamos en un mimeógrafo de alcohol que Raúl tenía en su casa.

El gesto personal era importante, y por lo que el periodiquito valió la pena. La sensación cuasirevolucionaria de caminar por las calles del centro para comprar los stenciles. El miedito al distribuirlo por la Zona Rosa, los alrededores de Prepa 4 y en C.U. Creo que lo único realmente epatante de Subterráneo eran los poemas asqueróticos de González Rodarte (“cenizas, semen y sangre”: tenía fijación por el semen).
Lo dejamos de publicar luego de tres números (en el último no teníamos con qué llenar media plana y se me ocurrió un dibujo de “Pico”, la mascota del Mundial del 70, así de subterráneo era).

A pesar de lo light que éramos, hay una anécdota de la época que me encanta: un día escuché a Felipe Ortiz Monasterio y Ugarte, el cuate más fresa, reaccionario y mamón de la prepa decirle a otro: “No que juntes ni con Trejo, ni con González Rodarte, ni con Báez”. “¿Porqué?, pregunta el otro. Ortiz Monasterio y Ugarte responde: “Porque Trejo es comunista, González Rodarte es mariguano... ¡Y Báez es las dos cosas!”.

domingo, septiembre 04, 2005

Biopics: La mota, el rock, las lecturas

Tal vez porque la casa de los Saddy era muy abierta, hacíamos frente a los adultos cosas que los adolescentes no solían hacer ante los adultos. Por eso al señor Saddy le preocupaba que Janette iniciara demasiado temprano su vida sexual, y no estaba muy desencaminado. Ella quería, y yo también.
En una ocasión los papás de Janette fueron al Cine de Arte (unas salas pinches y caras que tenía Gustavo Alatriste en la Zona Rosa) a ver “Teorema”. Tina estaba arriba leyendo. Los chavos estaban arriba jugando. Janette y yo nos metimos al comedor, empezamos a fajar y pronto estuvimos desnudos. En eso, escuchamos el auto que regresa y que se abre la puerta de la entrada. Se habían agotado los boletos para el film de Pasolini. Nos vestimos en un santiamén, tiempo récord, suficiente para que no nos atraparan en cueros, pero no para que se dieran cuenta que estábamos dándonos un faje tamaño caguama. A partir de entonces, Mister Saddy fue más cuidadoso.
Hubo, poco después, una época en la que nos quedamos erizos (Rafa y Memo ya no conseguían mota, porque Jorge Bush andaba “enmendando su camino”) y Tina me sugirió que yo comprara la maría. Presumí que podría fácilmente, con mi cuate Raúl González Rodarte y ella me dio 50 pesos para pagar un huato.
Le dije a González Rolante y él respondió que cómo no, que fuéramos. Así que un día fui con Raúl al Parque Hundido, que era donde sus cuates pachecos de la Colonia Nápoles la rolaban, y que entonces no tenía reproducciones de obras prehispánicas ni senderos asfaltados, ni juegos infantiles, ni ambulantes, pero sí un chingo de árboles.
Ahí nos encontramos a varios amigos de González Rodarte en pleno viaje psicodélico. No sé si con hongos o con ácido lisérgico, pero la neta se veían muy mal. Para colmo, también estaban erizos de lo mero principal (pensé: “esta hambruna de mota es para que se pasen a drogas fuertes”; hoy estoy convencido de que tenía razón).
Tras el fracaso del Parque Hundido caminábamos por Insurgentes, cuando Raúl se topó con otros cuates suyos, de más edad, que se veían bastante pachequines y a quienes les preguntó si tenían mora para vender. Le contestaron que sí y nos fuimos a un cuarto de azotea en la calle de Chicago. Me ofrecieron un cigarro y respondí: “No gracias. No fumo... tabaco”.
En el cuartito sacaron un huato más bien chico y nos preguntaron si queríamos ese u otro más grande, que tenían en una bolsa de papel de estraza. Me olí una trampa y respondí que ese huatito estaba bien. Se carcajearon, y abrieron el contenido de la bolsa: una mota bien secona, con hartos cocos y ramitas. “Se hubieran retacado de guarhumo”, ridiculizaron.
Salimos con el huato y González Rodarte me recomendó que me lo metiera entre los calzones y los güevos. Le obedecí, y aunque en el oscuro camión de regreso a la Anzures, sentía como la bolita de mota me apretaba físicamente los testículos, en verdad los tenía subidos hasta la garganta.
Llegué a casa de los Saddy y entregué, victorioso, mi tesoro a Tina y a Janette.
La motita combinaba bien con el rock extraordinario que escuchábamos todo el tiempo las Saddy, Víctor, Rafael y yo, además de otros cuates de ellas, del Colegio Americano. Con ellas conocí a The Who (¡Puta, qué fabuloso es Tommy!), H.P.Lovecraft, Moody Blues, Ten Years After, MC5. Y también otro tipo de música, más ligada al folk, con letras muy poéticas que me hacían vibrar, cuyos autores son muy importantes en mi formación sensible. Anoto aquí a los más relevantes: Pentangle, Leonard Cohen e Incredible String Band, que merecen apartado propio.
Con el humo y la música también estaba la literatura, pero ahí en la colonia sólo estábamos clavados en serio Víctor, Tina y yo (en la prepa, también Raúl Trejo y otro cuate que se nos juntó en la oficina de Mauricio Brehm, y que también sabía de rock; un tipo con cara de vikingo y cuerpo de chiapaneco: Hermann Bellinghausen).Yo estaba descubriendo la literatura del boom latinoamericano, a Kafka, a Orwell y a Huxley; Víctor se había clavado apasionadamente con las novelas clásicas de Hermann Hesse, se sentía el lobo estepario, se encerraba por días en su cuarto a leer, a tomar cerveza y a llorar por una francesa para la que él fue un simple ligue vacacional, pero que se le grabó tanto que puso su nombre en la firma de su pasaporte (ese nombre con los años hubo de ser camuflado y se convirtió en un garabato); Trejo leía mucho más, con bastante desorden, y rapidez envidiable (se chutó “Papillón” en un día); Tina andaba en seis libros al mismo tiempo y las lecturas de Hermann eran diferentes, obras escritas por autores de cuya existencia no sospechábamos: húngaros, japoneses, cosas así. Y todos nos sentíamos escritores (aunque Trejo nació periodista y nunca quiso ser otra cosa).

jueves, septiembre 01, 2005

Encuestas Maniacas I

Tema: Promoción de Equipos Deportivos Profesionales en Ropa y Accesorios.
Fechas de levantamiento: Agosto 15-31 de 2005
Lugares de levantamiento: Distrito Federal, estados de Hidalgo, México, Puebla, Querétaro y Veracruz.
Método de muestreo: Aldunciniano (observación directa en calles, plazas, mercados, estaciones del metro, carreteras, centros comerciales, etc).
Tamaño de la muestra: 272 personas que portaban ropa/accesorios de equipos deportivos profesionales o tenían estos accesorios en sus vehículos.

Resultados:

América: 13%
Pumas: 12%
Chivas: 7%
Dallas Cowboys: 6%
Real Madrid: 5%
Cruz Azul: 5%
Tri (selección nacional mexicana): 5%
New York Yankees: 5%
Denver Broncos: 3%
Pittsburgh Steelers: 3%
Green Bay Packers: 3%
Oakland Raiders: 3%
Miami Dolphins: 2%
Italia, Manchester United, Barcelona, Argentina, Chicago White Sox, Juventus, Cleveland Indians, San Francisco 49ers, Atlas, Pittsburgh Pirates y Tampa Bay Buccaneers: menos de 2%
34 equipos: menos de 1%.

Hay que hacer notar que la encuesta se levantó con diversos climas, que tienen efectos sobre la ropa usada. Las chamarras de la NFL predominan en las mañanas frescas y lluviosas del Distrito Federal; las camisetas de equipos locales de futbol en los días soleados de Hidalgo o Veracruz.
Otro dato de importancia es la predominancia deportiva. El futbol se lleva casi todo en el Estado de México, Querétaro e Hidalgo, mientras que el beisbol tiene su fuerza especialmente en Puebla y Veracruz. La mayor parte de la ropa con logos de futbol americano se presentó en la ciudad de México.

Por deporte, la distribución es la siguiente:

Futbol mexicano: 47%
Futbol americano (NFL): 24%
Futbol internacional: 14%
Beisbol (MLB): 12%
Basquetbol: 2%
Beisbol (Liga Mexicana): 1%

En el D.F. se ve más ropa y accesorios con el logotipo de Pumas que de cualquier otro equipo (la proporción es 3 de Pumas por cada 2 del América). En provincia, la ropa del América es la que tiene más adeptos (la proporción es 2 del América por 1 de Pumas).

El uso de ropa y accesorios con logos deportivos es más común entre la clase media, lo que favorece a equipos con afición de mayor poder adquisitivo. Por ello, no se puede deducir el tamaño de la afición por un equipo a partir de la abundancia de gente que porta su emblema. Sin embargo, en la encuesta se observó que:

6% de quienes portaban ropa o accesorios del América eran limosneros.
14% de quienes portaban ropa o accesorios del América eran ambulantes.
5% de quienes portaban ropa o accesorios de Pumas eran ambulantes (uno de ellos, vendedor de semáforo).
25% de quienes portaban ropa o accesorios de Cruz Azul eran albañiles.

lunes, agosto 22, 2005

Biopics: Meet The Saddys

Janette se unió a nuestro grupo cuando yo estaba tronando, por segunda vez, con Alejandra. La tarde del 2 de octubre de 1969 fuimos en bola al cine. De regreso, unos chavos lanzaban desde sus coches volantes que recordaban lo sucedido en la Plaza de las Tres Culturas hacía exactamente un año. Era tal el miedo, que no se atrevían a entregarlos a mano.
Cuando llegamos a Milton, vimos que Tito tenía unos boletos para el futbol de esa noche. Hubo rebatinga entre los chavos y Tito, en un ademán histriónico -y también histérico- se subió al portón de mi casa y, tras declarar solemnemente: "o todos, o ninguno", rompió los boletos en cachitos.
Ante las protestas ruidosas de muchos, apareció Paco, el hermano de José Luis, y nos dijo: "Yo consigo el palco de un amigo; si quieren, vamos todos". Aplausos. Fuimos todos, menos Tito.
En el camino al Estadio Azteca, yo iba junto a Janette. Acomodé, nomás por acomodarme, mi brazo sobre sus hombros y, al instante, ella me pasó para luego posar su cabeza en mi pecho. Olía a musgo y a Clearasil. El 2 de octubre de 1969, Necaxa y León empataron a un gol en el Estadio Azteca. No recuerdo casi nada de ese partido.
Así empezó una larga relación sentimental en la que -típicamente- creía yo estar al volante, cuando en realidad era lo contrario. Tal vez allí se generó un patrón. En cualquier caso, Janette dejó huella y, si soy honesto, fue mi primera novia de verdad.
Dicen -y tienen razón- que cuando uno se casa, no lo hace solamente con la pareja, sino también con la familia de la pareja. Puedo afirmar que uno de los lazos que hizo duradera mi relación con Janette fue su familia.

Los Saddy eran unos gringos totalmente atípicos, sin dejar de ser muy gringos. De entrada, eran un chingo: los papás y cinco hijos. Ed, el señor, de origen árabe, era gerente de ventas de Fuller Brush en México; Flora, la señora, descendiente de los colonos del Mayflower, novelista y pintora eternamente inacabada. La casa era un desorden total, con libros, discos y pinturas a medio terminar regados por doquier. Cada quien comía lo que había a la hora que le daba la gana. Discutían todo el tiempo y lo hacían con pasión. Igual sobre quién había ensuciado una toalla que sobre política, literatura, religión o costumbres. La niña de ocho años daba su opinión sobre la homosexualidad y, algo inaudito, se le escuchaba. No tenían televisión. Nunca le ponían llave a la puerta de entrada. Su casa era, para nosotros, como una bocanada de oxígeno. Cualquiera de las nuestras parecía, en comparación, una iglesia en el momento del rito más solemne.
Junto a Janette, quien entonces tenía 13 años, conocí a Caroline de 11 y a Eddy, de 10. Más tarde, a Laura, de ocho. Un día estábamos escuchando a Santana en el tocadiscos, bajó el señor Saddy y nos dijo: "Esta eis Tina, mi hija maior; es la intelectual de la familia; fuei a Woodstock, pero no fumou mariguana". Junto a él estaba una chava alta, de pelo ensortijado, que se acariciaba el muslo -llevaba unos jeans acampanados, con dos tonos de azul- y nos miraba con ojos rojos y semicerrados. De inmediato me gustó muchísimo.
(Soundtrack de Led Zeppelin II y Spooky Two)
Había montañas de libros en casa de los Saddy, y casi todos habían sido leídos. Flora y Tina eran las más voraces. Literatura, en primer lugar. Pero también historia, sociología, arte. Yo acababa de leer el Manifiesto del Partido Comunista; Tina lo había leido a los 12 años, ahora estaba aprendiendo las fuentes a través de la lectura de Hegel y presumía ser la más radical. Ed, que era un centrista, hacía las veces de la voz conservadora. Flora a menudo tenía una posición excéntrica, capaz de ver ángulos que los demás no sospechábamos. Los más jóvenes, sin querer queriendo, hacían las veces de provocadores. Todos eran antisionistas y estaban, si bien por razones diferentes, en contra de la guerra de Vietnam.

Típica discusión Saddyana:
Ed: "Acepto que Midnight Cowboy (Perdidos en la Noche) es una gran película. Pero estoy seguro que los soviéticos la van a presentar como ejemplo de la decadencia que existe en Norteamérica, a causa del capitalismo".
Tina: "Pues es porque dice la verdad. El capitalismo en Norteamérica es decadente y causa esas terribles contradicciones sociales".
Flora: "Los soviéticos van a prohibir esa película. No quieren darles ideas a su gente".
Laura: "Pero no todos los cowboys que van a Nueva York son homosexuales, ¿verdad?"
El contexto: Perdidos en la Noche fue clasificada Para Mayores de 21 Años. Yo pude entrar haciéndome pasar por gringo (decenas de chavos protestaban que porqué a mí sí y a ellos no). Si mis papás hubieran sabido que vi esa película, me hubieran regañado, aunque ellos -por supuesto- tampoco la vieran.

Flora tenía un carácter difícil (hoy hubieran descubierto que era depresiva y le hubieran recetado medicamentos para su cerebro) y era muy voluble. Ed la adoraba. Discutía y se encabronaba, pero la adoraba. Hay una imagen de él abrazándola en el sillón, reconciliados, luego de un arranque histérico de ella. Me pareció, y me sigue pareciendo, la quintaesencia de ese oximoron que llaman amor matrimonial. Ella era la que dotaba de desorden, pasión y creatividad a esa casa. Era para mí una suerte de enorme ángel enfermo. Él, quien brindaba el mínimo de estabilidad necesario para la supervivencia.
Tina y Caroline iban por el camino de Flora, pero con la pujanza de su juventud (o niñez). Janette era muy dulce. Eddy era hiperactivo y simpático. Laura, aunque muy sensible, tenía pinta de que sería más calculadora.
En casa de los Saddy fumábamos mota -y en alguna ocasión la compartimos con Flora- . La señora Saddy decía que era mejor que lo hiciéramos allí, en un ambiente controlado, y no afuera, donde nos podrían apañar.
En una ocasión, escuchábamos a Savoy Brown (Janette tenía casi tantos discos como yo; Tina tenía como el triple); yo le explicaba a Tina el uso de la regla de cálculo, Memo Rosillo y Janette se extasiaban con la portada (una especie de monstruo café que se derretía), Rafael nomás miraba y Laura exclamó: "Tengo una idea: ¿Por qué Pancho no se hace novio de Tina y Memo de Janette. Tienen más en común."
La lógica de Laura era intachable, pero Tina y yo saltamos como resorte. "¿Cómo se te ocurre eso?", dijimos. Era obvio que Tina y yo nos atraíamos. Era obvio, también, que a pesar de tanta libertad que se respiraba donde los Saddy, todavía existían los tabúes. Pasar de una hermana a otra lo era.
Y es que, como todas las familias disfuncionales (es decir, todas), los Saddy habían asignado características a sus críos. A Tina le tocaba ser la intelectual, sabionda y medio jefa. A Janette, la dulce y bonita, pero no tan lista. Como sucede a menudo, eran exageraciones: Janette no era tonta, pero tampoco bonita, aunque tuviera un lindo cuerpo; y Tina, aunque geniuda, no era un genio, pero sí me parecía bella.

jueves, julio 28, 2005

Los XV Años

Este es un cuento "crítico" que escribí a mediados de agosto de 1969. Para poner en contexto su fresez extrema (en el sentido antiguo de la palabra fresa), vale recordar que esa misma semana se llevó a cabo el legendario festival de Woodstock.


Los XV Años

Iba yo muriéndome de calor hacia casa de Ardnajela. Caminaba rápido para evitar el sol de la tarde, sin darme cuenta quizás de mi incipiente sudor. Es que el traje cerrado me estaba asfixiando. Yo me moría de ganas de ir a la fiesta, no me imaginaba gran cosa, pero se me hacía muy buena onda porque como quien dice al fin iba a salir con Jela; ya le caí y ella nomás se está dando su taco orita. Por lo pronto ya le dijo a todo mundo que es mi novia. Pero dejémonos de filosofar y volvamos a la realidad.
Me vine temprano porque luego salen a la hora que uno menos se espera, o le dicen a los cuates que van por ellos a sus casas... y se quedan a esperarlos. Por eso más vale prevenir que lamentar.
Al llegar frente a la casa me encontré con Mike, dijo que no iba a poder asistir porque había perdido sus llaves. Seguro, lo que pasa es que no tenía ganas.
En lo que hablamos, salió el papá de Ardnajela. Me inquirió, casi me ordenó que me metiera a la casa. Ese señor me cohibe como él solito, y no nada más a mí, sino que a todos los cuates, sus hijos inclusive.
Me metí sin saber qué hacer. Como movido por la inercia repasé las estúpidas fotos de las bodas de la familia y la de los quince años de Claudia. Las fotos del señor cuando no estaba calvo y gordo y los diplomas de la National Prick Society y los recuerdos del bistatarabuelo de la señroa y los ceniceros de mariposita y la cagada del perro en la alfombra y un sinfín de cosas más que mejor no apunto porque no acabo.
Sophía me despertó de mi sueño. La acaricié y le dije que se fuera porque le iba a dar de cuerazos en cuanto vieran su cagada, pero la estúpida no me entendió. La muy perra siguió moviéndome el rabo y lamiéndome las manos. Para alejarla tuve que recurrir a una patada. Al fin se fue, meneando la cola, ignorante de lo que le esperaba cuando descubrieran su pecado.
Siguiendo la silueta de Sophía vi a Gualberto movilizándose de un lado a otro como papá de caricatura esperando su primer hijo. Me fui para allá porque como que se supone que es mi cuate ¿no?
-¿Qué paso bato, ya tan pronto? -dijo Gual a manera de saludo.
-N'ombre, pues luego ves como es Antonio y se va al amanecer.
-Ah poos claaaro, no lo había pensado.
-Como los pochos no piensan -bromeé mamonamente.
-¿Qué tú crees que porque soy gringo agüevo tengo que ser un idiota?
-Nomás no se me enoje mi Gualazo.
-¡No me digas Gualazo!
-Está bien Guayabera. ¿Dónde está Fermín?
-Poos quién sabe -dijo Gualberto con ese singular movimiento de alzar los hombros y poner cara de máscara triste de teatro-, yo creo que se fue a cambiar.
Ante tales vocablos, saqué como conclusión que mejor me iba a buscar al Mermio. Tuve suerte al hacerlo, porque a los pocos instantes llegó a mis oidos una frase conocida.
-¿Tás fermio, ferfermio?
-Dirás: "¿Estás fermio ferfermio?" -palabreé para empezar la chorrogésimonovena conversación en el idioma que inventamos por mamada.
(Este diálogo en mermiúrico quiere decir cualquier jalada que quienquiera quiera que quiera decir):
-Ven a la mermia, riflármico.
-Nelflamio, sinflama la riflermia.
-Es que tu fuférmica eufermística se astolfa marfémicamente.
-Ya verás, pero bueno, es tu plirmérmica mata.
Subí a acompañar a Fermín a vestirse y a olvidar nuestro pendejismo idiomático -es de notarse que ya se habla en español (cuando menos se trata de).
Honey -se llama Lourdes, pero yo le digo Honey por mafufadas estrofodélicas de mi mente- me dijo que mis jefes me llamaban por teléfono para algo superimportante y confidencial, por lo que bajé a toda velocidad las escaleras para llegar al único teléfono que conocía en la casa, mas para mi mala suerte -y peor pata- topeme con el señor Patiño, quien con mirada inquisitiva preguntome a bocajarro, como mentándome la madre:
-¿Qué hacías allá arriba hijo de la chingada*?
(a falta de globitos como en los comics pongo en negritas lo pensado pero no dicho)
-Es que Fermín me pidió que lo acompañara a vestirse -tartamudeé.
-Ah bueno -dijo el señor semiconvencido.
Me dirigí al teléfono filosofando sobre los cochambres en la mente de Mr. Cohibición. Ni que se fueran a morir porque uno está allá arriba. Pensar esas cosas es totalmente ilógico y de mal gusto. Además el güey qué pela, ni siquiera duerme en su casa y se las da de muy fresota el hípócrita.
Mi jefa me llamó preguntándome la hora de regreso. Aunque yo no la sabía, creo que se quedó tranquila.
Los minutos corrían y Claudian se estaba desesperando, porque Antonio no llegaba y ya iban a ser las ocho. Todos estábamos listos, pero Antonio brillaba por su ausencia. Claudiafligida decidió irse con sus padres, Ardnajela y Fito -¿Ese cuate a qué va? Yo cuando menos tengo el pretexto de Jela-, mientras qeu Fermín, Gualberto y yo nos quedamos a esperar a Antonio.
A las ocho en punto -hora fijada para el tedeum- llegó Antonio hecho la madre, nos subimos a la misma velocidad y enfilamos rumbo a la iglesia. Yo ya me imaginaba a Claudia lloriqueando esperando a su chambelán, y a todos los invitados nerviosísimos viendo que Toño se hacía esperar.
En el camino, Antonio nos explicó que se ponchó una llanta y etcétera etcétera.
Al llegar a la iglesia, en un rumbo bastante pinchón, después de bajarnos apresuradamente, mandar por un tubo a un chavo que se ofreció a cuidar el VW de Antonio y correr como degenerados, nos encontramos conque la quinceañera -hija de la secretaria del señor Patiño- todavía no llegabba, y para colmo había una boda en la capilla. Tanto pedo para cagar aguado.
Buscamos a Claudia y los demás. Jela me dijo que su papá se había ido. "No me es noticia", me dijo con la sonrisa más pinche que tiene, la misma sonrisa triste con la que me veía cuando yo andaba tras la tarada de Sol, la misma sonrisa melancólica con la que me dijo que su papá nunca dormía en casa. Ojalá no vuelva a reirse así.
Cada vez había más gente afuera de la iglesia. Casi todos los invitados vestidos a la última moda de hace unos diez años, pero creyéndose de la "high society". La neta, se veían ridículos.
Le pasé esta onda a Ardnajela. Ella dice que cuando cumpla los XV va a hacer una fiesta hippie. Es una chamaca a todo dar, pero sé perfectamente que su papá la va a "introducir en sociedad" de la misma manera idiota con la que otros padres quesque "introducen" a sus hijas "en sociedad".
En eso llegó un fotógrafo de ínfima categoría y empezó a tomar fotos a lo pendejo, sin ton ni son. De la quinceañera, de los padrinos, de los invitados más tarolas, de una señora que pasó por ahí con su bolsa de pan. Luego se puso a juntar a la gente en las escaleras para hacer una foto masiva y con ello vender más fotos, pero nones, hubimos varios que no le entramos.
Se ha de haber media hora en reclutar invitados tarolas y poner la cámara en foco. Por eso, alguién desesperado se decidió y le gritó:
-¡Ya tome la foto y no se haga pendejo!
Obedeciendo a mentadas, el fotógrafo se apuró y, ni tardo ni perezozo acabó su misión. Lo hizo apenas a tiempo, porque en ese instante empezó a salir la avalancha de invitados a la boda, lo cual indicaba que el tedeum iba a comenzar.
Fermín no quería entrar, bajo el argumento especioso de que es ateo. Lo convencí, aunque en realidad nomás entré por Ardnajela. Su mamá dice que la mujer debe ser muy religiosa -la Gran Pendejada: las viejas mochas existen por sus complejos de inferioridad sexual, inventados por la Gran Iglesia de los Hombres- y usa velo aunque ya no sea obligatorio.
Entré al tedeum poniendo cara de "niño bueno de primaria que ofrece su ramillete espiritual" poco antes de que el organista diera principio a la marcha de Haendel y empezaran a desfilar damas y chambelanes, Claudia y Antonio destacando por su personalidad -ya parezco cronista de sociales-. Luego vinieron los padrinos y la mamá vestidos de la forma más dispareja posible. Al final, Zulelba, la quincearaña y su chambelán, al que de inmediato apodamos "Patillas de Jicamero". Mientras tanto, yo le sonreía a Jela, y ella me contestaba con una sonrisa padre, que me mata.
Salió el Padre Ruco, se dirigió a la quinceañera en modo bastante clásico y con notable acento español. Esto es lo que pude sacar en limpio del sermón:
"Carísima Hija Zulelba:
"Hoy es día para ti de gran regocijo, al igual que para tu familia. Hoy llegas a la florida y deseada edad de las quince primaveras, o sea que hoy llegas a la edad de los sueños. A tus años se ve un mundo color de rosa, en el que no existen sufrimientos ni penares. A tu edad, la vida es sólo un cúmulo de ilusiones que serán llenas de una u otra forma. Debes acordarte, sin embargo, que más allá de las ilusiones, hay peligros que existen y seguramente existirán en tu vida, especialmente en ésta tu juventud. Peligros que te alejan de la cristiandad y de una vida recta, como lo son las malas compañías, las malas lecturas -pues no hay peor compañero que un mal libro- y otras cosas del mundo de las que seguramente te ha hablado tu madre, a quien tanto estimo.
"Debes también acordarte, querida Zulelba, que este mundo no es sólo alegría, sino sufrimiento para alcanzar las metas. Sufrimiento de la carne para gloria del espíritu en este valle de lágrimas. Gemir y llorar nos abrirá las puertas del paraíso. Acuerdate que sufrir para llegar a algo -como por ejemplo, algún día, el Sagrado Matrimonio- lo hace más valioso, como una joya. Así lo decía aquel monje franciscano de Santiago de la Compostela (¡Rudencindo Caldeiro y Escobiña! grité en silencio, para recordarle al cura otro nativo del ilustre pueblo gallego, que lo llevó a la fama en "La Tremenda Corte)..."
Pensé también en Ardnajela, quien me sonrió por enésima vez. Ya no saqué nada más del sermón en limpio. En un vistazo rápido, me encontré conque varias personas (con absoluta falta de respeto) se habían dormido. Esto no me impresionó, porque el padre chocheaba a un ritmo aproximado de 2.5 palabras por minuto y la güeva había hecho su nido en la nave de la iglesia.
Luego dirigí mi vista hacia los chambelanes, quienes parecían estarse contando chistes, muy quitados de la pena. De hecho, oí a Toño citar partes de uno de Pepito censuradísimo, y vi a varios casi orinarse de la risa ante la inventiva de mi cuate. Las damas parloteaban por su cuenta, los padrinos ya estaban cabeceando y la festejada despojaba a su vestido de lentejuelas, una a una.
Mi conclusión, rápida y contundente: yo había sido el que más aguantó el sermón del padrecito. Le aventé la enésimoprimera sonrisa a Jela y seguí escuchando a Don Ruco:
"...pero no pensemos en esas cosas, hoy que es día de tan grande felicidad. Te voy a dar un consejo, y éste es que nunca olvides esto: a tu muerte recogerás lo que hayas sembrado en vida. Sea para ti, pues, querida Zulelba, mi bendición y que sea tu vida llena siempre de gracia y de felicidad."
El anciano se inclinó, persignó, besó el altar y masculló algo así:
"Suschipiat dominun sacrificum et manibus tui, ad laudem et gloriam nominis sancte ecclesiae, rerum novarum, simón que yes, verga volant, scripta manent, per omnia secula, ardorum seculorum".
Y el mono del órgano, a todo pulmón:
-¡Aaaaaaamén!
El cura tomó la hostia y la ofreció en comunión a Zulelba. Nadie más comulgó.
Acabó la misa y la gente se apresuró para tomar la salida. Entre ese bonche me encontraba yo. Al salir vimos al fotógrafo pendejo con sus idem fotos -la mamá de Zulelba decía que era de El Heraldo, para mí tenía pinta de ser del Alarma!-. Como las fotos eran pésimas, con las cabezas de los invitados tarolas apenas asomando, casi nadie las compró. Mas como Toño salió "con unos dientes divinos", según Claudia, él, caballeroso, compró la obra de arte para regalársela a su novia. Mientras el mago de la cámara tomaba placas de los tarolas disconformes, nosotros cortamos por lo sano y nos devolvimos pa' la house, no sin antes mandar a volar al pobre escuincle cuidacarros, ahora acompañado por su hermanito menor. Antonio dijo que el coche ya estaba grandecito para cuidarse solo, Ardnajela les pintó un violín -qué poca jefa- y unicamente así dejaron de insistir. Pobres, la culpa es de los güevones de sus padres. Bueno, ya estamos de regreso.

Al regresar nos entró hambre y unas tortas de frijoles fríos nos ayudaron a sofocarla (estas tortas resultarían primordiales para los cuates). Para estas horas ya estaban listos Corina y Fernando, además de Mister Cohibición, quien se reincorporó al grupo. A las diez y media -recordad la lentitud de palabra del Padre Rucasiano- nos jalamos al fiestongo.
El señor quería que Corina se watcheara a Toño, pero se le negó. Agüelita que Mr. Patiño se la estaba prolongando por millonésima vez. Después de llegar y pasar la boletiza, nos internamos en el seudonice-place rentado para la ocasión.
Un conjunto con tipo de malo, con melenudos de poca melena, instrumentos regulares y uniforme de botones de hotel amenaza con empezar a tocar por medio de estridentes afinaciones. El señor Patiño, por su parte, se acomoda en la primera silla vacía que ve y enciende su puro. Pero su alegría no podía ser más efímera, pues la hermana de la festejada llega y nos corre cortésmente, alejándonos hacia las mesas de la orilla. En la mesa de junto está Pedrito El Bonito -adoración de Sol, quien a su vez es admirada por Ardnajela. Por supuesto que Jelita tenía que encontrar en Pedrín CaradeNiña un pretexto para hablar de sol. Fermín y la Guayabera buscan chamacas para ligar, yo nel lo hago porque hoy especialmente hay que ser gran cuate de Ardnajela, se supone que estoy archi-superenculadísimo y cacheteando el pavimento ¿no? Fermín dice que nomás vio puro feto, mientras que el señor, ya a gusto, goza de su habano, Fernando se entretiene contando los foquitos del techo, Antonio y Claudia están en el ensayo del cuarto para las doce -en realidad lo son-. Para desgracia de los amantes del lujo, no hay manteles, ni servilletas, ni cubiertos, ni vasos. Tampoco acción.
A las doce y cinco empieza a oirse algo que se supone es música, un gordito sudoroso carga un tocadiscos y yo me voy con Gualberto a echar una miradita a las damas y chambelanes dirigidos por un maestro homosexual.
Son las doce y diez y la hermana de Zulelba -crreo que se llama Irasema- toma el micrófono, saluda a todos los asistentes y se avienta un discurso algo prolongado acerca de lo importante del día. Ella se siente gran maestra de ceremonias, pero no se le oye porque los instrumentos del conjunto -que no ha dejado de "afinar"- suenan a estática y a otros sonidos clásicos de los amplificadores.
A las doce y media empieza a rodar el disco sucio del vals noruego de Quiensabequé Mugre Músico. Al salir Antonio y Claudia, al final de las parejas, el Sr. Patiño se la vuelve a jalar diciendo:
-Cuidado Antonio, que desde aquí los estoy viendo.
Voy voy, ni que se la fuera a violar durante el vals.
Un gato de por ahi empieza a recitar los nombres de damas y chambelanes, pero no se entiende ni madre porque el sonido de taller de electricistas del Poli empasta la voz, además del disco del vals. Los del conjunto no respetan nada y siguen afinando, lo cual implica peor audición. Cuando los del uniforme se callan, apenas si se oye: "Y ahora, Claudia Patiño y Antonio Robles Mesta". Después le toca a la quinceañera y aunque no se oiga nada, pues se le da su merecida clapeada, a pesar de que yo no entiendo para qué se hace, ni que llegar a los 15 años fuera tan difícil. La ovación debería ser para sus padres, por aguantarla.
Luego de que las parejas repitieron miles de veces el mismo pasito, Zulelba empezó a hacer arabescos y Patillas de Jicamero a hacer lo propio, aunque un poco más torpemente. Por desgracia, el disco se rayó y el maestro maricón tuvo que correr a organizar las acciones mientras lo cambiaban de curso.
Acabó el vals, pero Irasema, no conforme con lo que había hecho sufrir a los concurrentes, anuncio otro, éste con dos galanes. Dicho vals al rato terminó cuando los ya antes mencionados -oséase los galanes- haciendo gala de su fuerza (válgase la redundancia) elevaron a Zulelba. Ella alzó la mano en señal de victoria y los seudopopis aplaudieron y aullaron hasta la locura.
Luego, el caos: los chavos del conjunto empezaron a destrozar In-A-Gadda-Da-Vida. Un sonido asqueroso. El requinto rasgaba la cuerda a lo criminal, el organista se acostaba sobre el órgano y otras payasadas por el estilo, que por cierto en nada ayudaban al sonido, el bajo nomás se sabía un círculo y el baterista se alocaba y daba de baquetazos por doquier, sin gota de ritmo.
Al oir las notas del "Lousy Group Fuckers", el Sr. Patiño me indicó con señas que sacara a Jela a bailar. Lo hice, pero por compromiso. Me gusta estar con ella, pero no saltar cual vil tarolas al compás de alguien que además de parecer idem, lo es. Antonio le ponía cara de feo a lo que sus delicadísimos oídos estaban escuchando y efectuaba comparaciones innecesarias con su grupazo "The Electronic Squares". La mierdadelia terminó, no sin antes oirse una gran exclamación de "Ooooh!" ante la jalada que el baterista ofreció en un ridículo intento de copiar el solo de la canción original. Yo me retaché a mi place a ver qué tal estaba la comida y a descansar los oídos.
La comida estaba servida. En bonitos platos de cartón, decorados con florecitas de muchos colores. Adentro hay algo parecido a pathé, un sandwich de "sandwich spread" y dos empanadas miniatura de mermelada de fresa.
Fito le empezó a dar diente a la comida, mientras los demás nos mirábamos consternados. Al fin Corina se preguntó: "¿esto es la comida?". Contesté que sí y ella le puso ojos de gatita en melaza a Fernando, quien sonrió benevolente. El señor, sin inmutarse mucho y a manera de empujarnos el plato, saca una sonrisa a jalones y dice:
-Bueno, a ver qué se le puede hacer a esto.
No dije nada, pero me comí mis empanaditas de mermelada, y las de Jela también.
A los pocos minutos llegó la madre de la quinceañera a preguntar del modo más fino y atento posible:
-¿Están, ustedes, muy, a gussssto?
Gualberto puso cara irónica, como con ganas de decir algo feo, pero el señor Patiño, diplomáticamente, sonrió con el mejor "sí, como no, Lupita" que conoce. Por mi parte, trataba de cotorrrear con Ardnajela. Momentos después, Fernando avivó nuestros sentidos con su descubrimiento: había 740 focos en el techo del salón: 557 buenos y 193 fundidos, la señora le comentó que iba a amanecer con tortícolis de tanto ver el techo. El prestó más atención cuando me vi obligado a sacar de su error, estableciendo una suma de tercero de primaria (y eso que me saqué 3 en el mensual de matemáticas).
La sed invadía el ambiente. El único mesero había desaparecido. No hay cubas sin cartilla -ni con cuartilla, porque ya se acabó el ron- y la coquiza no llega. Fermín va hasta el bar y trae cinco cocas que son compartidas cual debe. Nos dejan a Fito, Gualberto, Fernando y a mí sin ciclamatos, por lo que voy al bar con el pocho en busca de refresco.
Se nos olvida destapar las cocas y me tengo que regresar. Las cocas se toman a pico de botella porque los meseros ya recogieron los vasos de unicel y no hay más. Cuando salgo en infructuosa búsqueda de vasos, veo a Claudia y Toño abrazadísimos y besándose en la mesa de Zulelba. ¡Qué bueno que el señor no los ve!
Pedrito el Bonito empieza su show-off cuando el conjunto sigue destrozando canciones. Es el turno de "Enamorada de um Amigo Meu" y Pedrito está en el centro de la pista, se pone un dedo en la cabeza, en donde se juntan los parietales con el frontal, para ser más exactos, y gira sobre sí mismo.
Las señoras se escandalizan y la chaviza aplaude tal audacia. Gual está meándose de la risa. Jela aprovecha la ocasión para contar las hazañas de Pedrín en la exagerada versión de Sol. Alguien quiere poner orden en el salón, lo callan, alguna chamaca aventada decide bailar con Pedrito, quien después de hacer una que otra mueca sale corriendo desaforadamente en lo que grita "¡elefantito, elefantito! ¿Adonde vas?" -qué pelado.
Pasada la diversión, me dedico a darle fijón a lo que pasa en la mesa: el señor admira los celajes, Corina y Fernando discuten sobre Jodorowsky, Jela busca incautos para narrar la historia de Pedrito el Bonito, Fermín y Gualberto se hacen güeyes buscando niñas, Fito discute con la señora acerca de la mejor manera de tejer chambritas para bebé y yo me fijo en lo que hace el resto.
De pronto una luz nos ciega momentáneamente. Es Tarolo, el superfotógrafo de quinceaños, bodas, bautizos, convenciones y toda clase de agasajos, quien, confundiéndonos, hace trabajr su flash con la maestría que lo caracteriza. "Muy bien, muy bien", va diciendo mientras pone sitio a la mesa. Luego se despide con un humilde "al rato se las traigo, patrón".
No me queda otro remedio que sacar a Ardnajela a bailar. Me vale que ahora estén tocando "Jamaica Ska". Cuando termina la pieza, Jela sale con la clásica:
-Estoy cansada.
Abatido, trato de entablar conversación. Hablo de teatro, de cine, deportes, política, historia, geografía, civismo y cosmonaútica. No encuentro eco, siento como si estuviera frente a paredes multicolores que no captan mis ideas. Luego veo a mis amigos transparentes. Me siento solo.
Festivo codazo con colocación llega a mi mentalmente menguada humanidad:
-Mira, parece que estoy pasada. ¡Qué buena onda!
Me doy cuenta, entonces, que las fotografías artísticas de Tarolo ya están en la mesa. Mister Cochambres las abre ceremoniosamente con la secreta esperanza de que se vayan a pegar. Ardnajela está divertidísima con la cara que puso (de seguro le va a enseñar la foto a Sol), Fermín y Gualberto se pelean a jalones por la posesión del hermoso trabajo del fotógrafo, quien no se da color de que lo hacen por burla, Fernando y Corina se miran como si estuvieran enamorados, la señora acaricia con melancolía su foto -es que la sacaron con el míster.
A todo esto, Don Cochambroso saca a relucir los de a diez mil en lo que paga a Tarolo, éste cuenta y recuenta el dinero, alejándose finalmente agreciendo repetidas veces nuestra disposición.
Bajo pretexto de analizar la calidad de las fotos, busco afanosamente una que me muestre junto a Jela. En cambio, y para mal, me doy cuenta de que fui tomado al lado del mariquetas de Fito. Chingaá.
Fuerza invisible me empuja de nuevo al baile. Tema de película vieja horrorosamente interpretado. El requinto de los Lousy se desgañita haciendo de las suyas, ni quien lo pele (yo). Zulelba pasa ahorita por la era más feliz de su tierna existencia abrazada del Patillas de Jicamero, la atenta madre sigue rondando y sudando por las mesas, preguntando si estamos, todos los invitados, muy, a gussssto.
Vuelvo a la mesa y tomo asiento junto a Jela. Entonces Patiño Senior jala aire y exclama:
-Bueno, pufff, ya cumplimos, ya nos vamos.
-¡Qué fiesta, querido!
El padre de Ardnajela alza semi-imponente (y a la vez semi-impotente) los brazos regordetos atrayendo la atención de Toño y Claudia, los que no esperan lo que les espera.
-Ya nos vamos -ordena.
-Lo que tú digas, papacito -dice Claudia; Antonio no oculta su disgusto.
Y nos vamos. El señor Patiño se adelanta con Toño, Claudia, Corina y Fernando. La mamá de Jela, dulcemente acompañada por Fito, agradece amabilidades. Estoy feliz, del brazo con Jelita.
Pocos pasos después de salir del local, alguien jala del brazo a Gualberto, quien, extrañado, voltea:
-¿Qué te pasa bato?
Es Patillas de Jicamero, el chambelán de mierda de Zulelba. Ha de estar medio borracho y mira al pocho con ojos rojos de odio y de rencor social. Está acompañado por cinco cuates gigantescos y con tipo de gañán, uno se guarda una botellita de tequila en la bolsa interior del saco.
-¿Qué le veías a Irasema, pendejo? A ver, díme pinche niño popis, no me digas que no dijistes esas perradas.
-Muy gata estará tu puta madre -lo secunda otro mono.
La señora Patiño, Fito y Jela contemplan la escena petrificadas. A lo lejos se ven las espaldas de los otros del grupo.
-¡Nnno dije nada, palabra! -alcanza a decir Gualberto antes de que se avienten a madrearnos los cinco amigos de Irasema. Me dieron una patada en la boca del estómago, a Fermín lo tiraron de un madrazo y se dió un cabezazo contra la banqueta. Gual tira un par de buenos trancazos y quiere seguir la bronca. "Son más, nos ganan", le digo para calmarlo. Segundos más tarde, indignados en parte, tomamos a las mujeres del brazo y nos retiramos hacia el estacionamiento.
Adentro, Patillas de Jicamero, sus amigos y los invitados beben y siguen riendo con su risa tan particular y algo orgullosa.