martes, mayo 14, 2013

Biopics: Una semana de eclipse y muerte



A mediados de 1984 hubo una semana particularmente terrible, densa, malvibrosa. Tres días fueron particularmente dramáticos.


El eclipse y el asesinato de Manuel Buendía

El 30 de mayo por la mañana, un eclipse anular de sol sería visible en buena parte de la república mexicana. Salí con Rayito al parque cercano a nuestra casa, mi intención era que viéramos el fenómeno entre el follaje de los árboles, para no estar demasiado tiempo mirando el sol. Salimos muy animados, pero ya en el camino me dí cuenta de que aquello sería un fiasco: de todas formas el sol no se veía porque el cielo estaba totalmente nublado, en capas superpuestas. A los pocos minutos de estar en el parque, cuando parecía que entre las hojas se abría un espacio para ver el sol tapado sólo por una nube ligera, comenzó a chispear, el cielo se encapotó totalmente y regresamos a casa. La luz había disminuido, pero era difícil siquiera saber qué tanto se debía a la nubosidad y qué tanto al efecto del eclipse.
Pocas horas después, recibí la primera de varias llamadas telefónicas para darme una noticia infausta. Manuel Buendía, el respetado periodista de Excelsior, acababa de haber sido asesinado, cuando salía de su oficina en la colonia Juárez. En ese momento no dudé en pensar que alguien en el gobierno lo había mandado matar: era lo que nos faltaba: a la crisis económica, la represión sindical y la disminución de espacios críticos en la prensa, se sumaba ahora la violencia contra un periodista muy reconocido, quien ese día nos representaba a todos.
Al otro día, asistí –puesto que ya me consideraba parte del gremio de los periodistas- al homenaje que le hicimos a Buendía en el monumento a Francisco Zarco. Recuerdo que uno de los oradores fue Miguel Ángel Granados Chapa.
El gobierno de De la Madrid quiso desviar las investigaciones del asesinato hacia temas personales y hasta pasionales. No tenía credibilidad. Fue hasta principios del sexenio siguiente –un lustro después- que se detuvo al autor intelectual del crimen: José Antonio Zorrilla, quien era director de la Dirección Federal de Seguridad, la policía política. En otras palabras, el trabajo del caso Buendía, en sus primeros años, fue encabezada por el criminal: la realidad superó a la ficción de la película Investigación sobre un ciudadano por encima de toda sospecha. Hay muchas versiones sobre los motivos (la narcopolítica es la más socorrida), pero nunca se sabrá, con certeza, por qué mandaron matar a Manuel Buendía.
No puedo dejar de apuntar que, en la época del asesinato de Buendía, la DFS dependía de la Secretaría de Gobernación, a cargo de Manuel Bartlett, hoy senador “de izquierda” bajo las siglas del Partido del Trabajo.

Doble Suicidio

Habían pasado dos días de la muerte de Buendía y yo me encontraba en el cubículo de mi amiga Maca Mora, platicando de las cosas de la vida, cuando llegó, visiblemente perturbado, Pepe Zamarripa. Nos dijo que nuestro cuate y compañero del MAP, Carlos Juárez, había muerto, aparentemente por suicidio. Al cubículo también llegó otro profesor y mapache, Xavier Cabrera Adame, con la misma noticia. Ahí mismo decidimos que iríamos a ver. Capaz que no había muerto.
Llegamos a casa de Carlos Juárez, que estaba en el sur de la ciudad, y ya había varios cuates allí. Nos confirmaron que en la recámara superior estaban los cadáveres de èl y de una chava muy joven, de 22 años, que había llegado al PSUM por la vía del Partido Comunista, y de la que se había hecho novio pocas semanas atrás. La planta baja, que era la típica casa de profesor universitario, con hartos libros y muebles baratos estilo colonial mexicano, estaba limpia y normal. Los vecinos habían escuchado dos detonaciones la tarde anterior, decían.
Yo no lo podía creer. Apenas el 1º de mayo había recorrido con Juárez y con Fernando Arruti el centro de la ciudad, luego de la marcha obrera –en la que estuvimos en el contingente del Sutin, para mentársela más a gusto a MMH-, y Arruti se le había pasado haciéndole comentarios jocosos a Juárez acerca de su joven novia.
Pasaron los minutos y la mayoría estábamos abajo, en el patio, como pendejos. Luego llegó Rolando Cordera, subió y, de regreso, además de describirnos con lujo de detalles la escena, caviló sobre algunas sospechas (es que así de enrarecido estaba el clima político, tras el asesinato de Buendía). Los dos cuerpos en la cama, uno sobre el otro: el corazón de ella y el cerebro de él, estallados. En el buró, dos tragos medio vacíos y una copia de Las Flores del Mal, de Baudelaire. A Rolando le parecía un montaje.
Llegó un agente del MP y luego gente de la funeraria. Estaba yo de baboso al pie de la escalera cuando los empleados de la funeraria empezaron a bajar, cargando en un catre de lona el cadáver de Juárez, cubierto con una cobija, trastabillaron un poco, y Pablo Pascual y yo nos ofrecimos a ayudarlos. Mientras bajaba, sosteniendo el peso (y entendí al empleado, el muerto estaba gordito), alcancé a ver la bota del cadáver que se bamboleaba. Apenas colocamos el cuerpo en la camioneta, me fui a paso veloz al primer lavadero que encontré y me lavé afanosa e insistentemente las manos sudadas y temblorosas. “La muerte es sucia”, pensé, sentí.

Pelotera en el túnel de CU

¿Qué mejor para quitar la mala vibra que ir a un buen partido de futbol al día siguiente? Más aún si se trata de la semifinal Pumas-Chivas en el estadio de CU, para la cual teníamos boletos mi amigo Eduardo Mapes y yo.
Acostumbrados a ir a partidos chicos de los Pumas, y –por tanto- desacostumbrados a ese tipo de clásicos, Eduardo y yo llegamos al estadio poco antes de las 11 de la mañana. Ya se veía lleno desde que estacionó su auto. Varios de los accesos a las gradas ya estaban cerrados y mucha gente se concentró en los pocos que permanecían abiertos. Allí, a las afueras del Universitario, nos encontramos con Pepe Zamarripa, Carlos Daniel García y Ramón Sosamontes, compañeros de partido, pero chivas de corazón, y con Fernando Calzada, mapache y profesor de la Facultad, quien había llegado con dos pequeños sobrinos.
Entramos todos, junto con decenas de personas más, al túnel que nos llevaba a las gradas, pero a la mitad del camino el avance se hacía cada vez más lento… hasta que nos quedamos atrapados. La gente que estaba parada detrás de las últimas filas de la parte baja del estadio estaba siendo empujada por quienes llegaban y casi no podía desplazarse. Se generó un tremendo tapón y ya nadie se podía mover. La masa humana tenía movimientos peristálticos, como de olas, pero no avanzaba. Empezaron los gritos histéricos; venían de atrás y se contagiaron hacia adelante, a una mujer embarazada junto a mí. Traté de ahuecar el tórax para no aplastarla. Aquello era desesperante.
De repente, escucho un grito. Es Calzada: “¡Pancho, te mando a mi sobrino!”, y veo que el niño, como de nueve años, viene hacia mí gateando por encima de las cabezas. Logro incrustrarlo delante de mí, mientras veo que Mapes –entonces todavía muy delgado- empieza a escurrirse en su camino del túnel a la luz. Lo voy siguiendo y a los pocos minutos estamos libres, y encontramos lugares hasta adelante, a la altura del manchón de penalti. Allí llegan poco después Calzada, el sobrino más pequeño y Carlos Daniel García. Zamarripa y Sosamontes no lo harían (eran los que iban más atrás y decidieron salir del túnel por el lado opuesto, renunciando al partido).   
Del partido puedo decir que fue una experiencia rara: la publicidad estática frente a nosotros evitaba que viéramos el pasto (y por lo tanto, los pies de los jugadores y la pelota) en una parte importante del terreno. Para colmo, el partido –a pesar de la victoria de los Pumas con un bonito gol del Tuca Ferreti- se fue a penales (que por supuesto se tiraron del lado contrario a la zona donde nosotros estábamos), Manolo Negrete falló y los Pumas fueron eliminados.
Queriendo huir de las experiencias mortecinas fui capturado por otra, con muy claros símbolos: la masa informe que va perdiendo humanidad, el túnel y la dificultad para atravesarlo y llegar a la luz-renacimiento. Por si hubiera alguna duda del parentesco de esa experiencia con la muerte, casi exactamente un año después fue la tragedia del Túnel 29, en el mismo Estadio Olímpico Universitario, que cobró 11 vidas.

miércoles, mayo 01, 2013

Siete abridores y un solo cerrador


Regresamos con los Mexicanos en GL.

Abril 2013

Durante el primer mes de la temporada de Grandes Ligas se dio algo de lo cual no tengo memoria: en una sola semana siete lanzadores mexicanos abrieron juego. En estricto orden alfabético: Alfredo Aceves, Jorge De la Rosa, Marco Estrada, Yovani Gallardo, Jaime García, Miguel González y Luis Mendoza. Pero quien más ha lucido es el cerrador de los Gigantes de San Francisco, Sergio Romo. De lado de los jugadores de campo, con el megaslump del Cochito Cruz, pareciera que después de Adrián González no hay más que un desierto.

Aquí, el desempeño del contingente nacional, de acuerdo con lo realizado en la temporada (como siempre, se incluyen los mexico-americanos que estuvieron en el equipo de México en el Clásico Mundial).


Sergio Romo. El californiano (“I just look illegal”) encabeza las Ligas Mayores en salvamentos, con 10. Ha sido sobreutilizado por los Gigantes, que en este principio de temporada parecen especializarse en partidos cerrados. En el primer mes, el chaparrito de la piocha acumula 1 ganado, 2 perdidos, 15 ponches y 2.13 carreras limpias admitidas por cada 9 entradas lanzadas.

Adrián González está, al parecer, en la transición de slugger a bateador de porcentaje. En eso influye que a menudo le toca batear en parques gigantescos. El primera base de los Dodgers se embasa con facilidad creciente, y lideró la NL en average durante buena parte del mes, antes de caer en un pequeño slump durante los últimos días. Su fildeo, como siempre, de guante de oro. Sus números de abril: .333 de porcentaje, 2 cuadrangulares y 18 carreras producidas.

Jaime García empezó 2013 como había finalizado su irregular 2012: a tambor batiente. Cinco de las seis salidas del zurdo de Reynosa pueden calificarse como de calidad (aunque en dos de ellas se quedó a un out de terminar la sexta entrada) y, de no ser por el desastroso bullpen de los Cardenales –que le tiró dos juegos que dejó ganados-, encabezaría las Mayores en triunfos. Su pitcheo es de gran economía: no muchos ponches, pero sí hartos roletazos, y pocos lanzamientos para dominar a los adversarios. Su marca en abril: 3-1, un magnífico 2.50 en PCL y 28 chocolatotes recetados.

Óliver Pérez, para decirlo brevemente, está convertido en uno de los mejores especialistas zurdos de las Mayores. Desde que dejó de ser abridor, el de Culiacán ha estado intratable. Los bateadores contrarios le batean para un minúsculo .156, y su PCL es igualmente microscópico: 0.79. Tiene en su haber un hold (que se otorga por sostener una ventaja en situación de salvamento) y 12 ponches.

Yovani Gallardo, es ya costumbre, comenzó un poco flojo la temporada, pero en la medida en que ésta avanza, el michoacano se va asentando. Sus tres primeras aperturas estuvieron entre lo mediocre y lo malo; sus tres siguientes fueron de calidad. Está ponchando a los rivales a un ritmo inferior al que nos tiene acostumbrados. Su récord de abril: 3-1, 4.25 en limpias y 22 strikeouts. Donde Yovani se ha visto espectacular es con el bat: los dos jonrones que lleva conectados hacen 12 en su carrera y lo colocan como el máximo pitcher-jonronero mexicano en la historia, superando a Fernando Valenzuela y como el máximo pitcher-jonronero en la vida de los Cerveceros de Milwaukee.

Jorge De la Rosa recuperó la forma perdida tras su operación Tommy John. Cuatro de sus seis aperturas, para los Rockies de Colorado, han sido de calidad. En dos de ellas no contó con suficiente apoyo ofensivo. El zurdo regiomontano ha mejorado en su control, pero parece haber perdido  su capacidad de abanicar bateadores. Lleva 2-3, con 4.18 de carreras limpias y 19 ponches.

Marco Estrada es, normalmente, un lanzador dominador. Su problema es que parece ser heredero de la tendencia de Rodrigo López (y del Oliver Pérez abridor) a recibir cuadrangulares. Esos, en ocasiones, deshacen una buena actuación. Su marca en abril, lanzando para Milwaukee, es de 2-1 (cuatro de seis aperturas, de calidad), 4.58 de limpias, 10 jonrones admitidos (con lo que encabeza a las mayores en ese desagradable departamento), pero –eso sí- 34 sopitas de pichón recetadas.

Miguel González. El Mariachi ha estado consistente, pero no brillante. Tres de sus cinco aperturas en el año califican, apenas, como “de calidad”; las otras dos califican, apenas, como mediocres. El resultado para el tapatío de los Orioles, en términos de números: 2-1, 4.60 de carreras limpias y 17 ponches recetados.

Fernando Salas podía ser parte de la solución, pero ha sido parte del problema del bullpen de los Cardenales de San Luis, sobre todo en la primera mitad de abril. El de Huatabampo tiene récord de 0-2 (una de esas derrotas iba a ser victoria de Jaime García), una ventaja sostenida y un rescate desperdiciado, con 4.22 de efectividad. En la segunda quincena del mes se le vio más asentado.

Luis Ayala ha tenido uno de los meses más traqueteados de su ya larga carrera en las Mayores. Inició con Baltimore, con quienes obtuvo una victoria y desperdició un rescate. Fue cambiado a los Bravos de Atlanta, con quienes perdió un juego. Su marca: 1-1 y 5.40 de PCL. Sorpresivamente, a finales de mes, se le diagnosticó al de Los Mochis un “trastorno de ansiedad” del que no se dieron detalles, por lo que ha pasado a la lista de lesionados y no sabemos cuándo pueda regresar Luis Ignacio al montículo.

Luis Mendoza, como quinto lanzador de los Reales de Kansas City, tuvo un debut magnífico –pero el relevo le tiró el juego- y una salida mala. Alternará entre apertura y bull-pen. Su marca, 0-1, con 5.14 de limpias.

Ramiro Peña sin duda está mucho más a gusto en la Liga Nacional, con los Bravos, que en la Americana, con los Yanquis, donde se pudría en la banca. El utility ha jugado preferentemente la segunda base, y participado en 18 juegos. Batea para .270, con un jonrón y 6 impulsadas. Y su guante y su velocidad son garantía.

Jerry Hairston Jr. El veteranísimo utility de los Dodgers ha jugado en cuatro posiciones distintas, en el infield y los jardines, en lo que va del año. Batea para .233, con un jonrón y 5 producidas.

Scott Hairston. El menor de los Hairston Arellano volvió a no jugar todos los días. Ahora está con los Cachorros de Chicago. Batea para un mísero .093, pero con poder: 2 vuelacercas y 4 producidas. Tiene también un robo de base.

Alfredo Aceves de seguro no tendrá los mejores recuerdos de los Medias Rojas de Boston. El Patón inició abril en el bullpen, con más pena que gloria. La lesión de John Lackey lo convirtió en el quinto abridor de los patirrojos. Tuvo 3 salidas. En dos de ellas estuvo bien a secas –en ambas lo aguantaron de más en la loma-. En la tercera, fue vapuleado sin misericordia. Los Medias Rojas lo enviaron a AAA, con la esperanza de venderlo –sin que hubieran hecho mucho esfuerzo para hacerlo-, o de que no se reportara –y así lo cortaban con todo y su sueldo millonario-. El Patón se reportó, disciplinado, a ver cuando lo regresan a Boston. Su marca: 1-1, con un feo 8.86 de efectividad.

Cèsar Ramos ha lanzado, sin la efectividad de otros años, en el relevo intermedio de las Rayas de Tampa Bay. Su marca 0-0, 7.11 de PCL y un hold.

Luis Cruz, luego de su año de ensueño en 2012, tenía asegurada la titularidad en la tercera base de los Dodgers. El Cochito cayó en un slump de bateo –acompañado de sólo un poco de mala suerte- de esos que hacen historia. Tras de que no pegó hit en sus primeros 17 turnos, empezó a repartirse la tercera y el short con Juan Uribe y Jerry Hairston Jr. El regreso de Hanley Ramírez al roster angelino, tras recuperarse de una lesión, pronostica larga banca al sonorense, si no enciende su bate. En abril: .089, con 2 empujadas.

Édgar González entró de panzazo al róster de Houston, pero antes de que lanzara un solo inning, el relevista fue cambiado a Toronto. Con ellos alcanzó a lanzar 3 entradas y 1/3, en las que aceptó 2 carreras, antes de ser enviado a Ligas Menores.

miércoles, abril 24, 2013

Biopics: La creación de La Jornada


Las reuniones de los tránsfugas del unomásuno para la creación del nuevo periódico se sucedieron rápidamente al inicio de 1984. Se llevaban a cabo en las oficinas que tenía entonces la revista Nexos y muy rápidamente en ellas se fueron acordando las características del nuevo rotativo (entre otras, la rotativa, que era una muy buena que el gobierno de Alemania Oriental había donado, años ha, al Partido Comunista), con especial atención a los aspectos editoriales y corporativos. Quedó claro muy pronto que la dirección sería ocupada por Carlos Payán, uno de los antiguos subdirectores del uno. También se decidió que habría cuatro subdirectores, que aquí pongo en orden alfabético: Héctor Aguilar Camín, Miguel Ángel Granados Chapa, Carmen Lira y Humberto Mussacchio. A estos subdirectores se agregaría más tarde José Carreño Carlón. No lo sabíamos, pero la historia de los primeros años del periódico también podría escribirse como la canción de los diez perritos, con la purga de un subdirector tras otro, hasta el encumbramiento de Carmen en la dirección.

La reunión más divertida fue aquella en la que quedamos en darle nombre al periódico. Se nos pidió a cada uno de los convocantes llevar una propuesta meditada. Yo nada más pensé un ratito la tarde anterior y propuse “La Víspera”, pensando en el doble juego de que el periódico daba noticias ocurridas la víspera y que estábamos –o en algún momento estaríamos- en la víspera de la revolución.
En la primera vuelta cada quien podía votar tres veces y bastaba con que una propuesta tuviera cinco votos para pasara a la segunda ronda. “La Víspera” pasó ese umbral, así como propuestas algo chuscas como “El Planeta” o “Rayuela”. Unas 30 propuestas se quedaron en el camino, como “Milenio” (lo que son las cosas) o “Dos” (por aquello de sumar uno más uno).
Para la segunda votación cada quien sólo podía votar dos veces; cuando se anunció “La Víspera”, Toño Ponce gritó “será el avispero” y le clavó el ataúd a mi propuesta. Quedaban una decena de nombres y ahora cada proponente podía alegar a su favor antes de la votación. El más vehemente fue Luis Ángeles, quien había propuesto “El Jornal” y se puso a leer las distintas acepciones que tenía la palabra “jornada” en el diccionario. El problema para Luis es que “La Jornada” era el nombre propuesto para el periódico por otro de los convocantes, Pepe Woldenberg.
A la penúltima vueltal quedaron seis nombres: “La Jornada”, “Nuevo Diario”, “El Correo”, “La Calle” “El Observador” y, sorpresivamente, “Rayuela”. Allí se abríó una discusión más amplia. Aguilar Camín argumentó en contra de “Nuevo Diario” (“la gente dirá: ‘quiero el nuevo’) y de “La Calle” (“¿cómo está eso de que las mejores plumas de México están en la calle?) y a favor de “El Observador” y “El Correo”, por neutrales. Yo alegué precisamente en contra de la supuesta neutralidad de esos títulos. Los más de izquierda argumentaban con vehemencia a favor de “La Calle” y los más institucionales, en contra de ese nombre “callejero”. Se ve que los alegatos en contra pesaron más que los de a favor, porque a la final pasaron “Rayuela” y “La Jornada”.
Los argumentos a favor de “La Jornada” fueron subiendo de espesor: hablaba del día a día, pero también tenía ese elemento de trabajo, ligado con la posición ideológica de los convocantes. “Rayuela” le gustaba a los más juguetones y literarios. Pero sólo hubo que quiso hablar en contra del nombre propuesto por Woldenberg. “Simplemente me parece horrible”, fue todo lo que dijo Chema Pérez Gay.
Antes de la votación, Payán, con visible cara de preocupación, dijo: “Si escogen ‘Rayuela’ yo no quiero ser director”. Entre varios lo calmamos. No iba a pasar. La Jornada ganó aplastantemente.

Los convocantes a La Jornada compramos acciones ordinarias, con derecho a voto y se realizó en el Polyforum Siqueiros un magno evento –el 29 de febrero de 1984- para que el público en general suscribiera acciones preferentes (que no tenían derecho a voto, pero que serían las primeras en recibir dividendos, je). Fueron varios miles de personas y decenas de famosos de la política (en una gama que empezaba con la izquierda del PRI), del espectáculo y la cultura. La figura más conocida entre los asistentes fue Gabriel García Márquez. A ese evento fui con Carlos Mársico, y se quedó gratamente impresionado con nuestra capacidad de convocatoria.
Allí se distribuyó el número “bajo cero” del diario. Carlos Payán afirmó que el diario contribuía a la lucha “por la defensa de la soberanía y la independencia nacional y la solidaridad con las luchas de otros pueblos por hacer realidad esos principios: por el diario ejercicio y el respeto irrestricto a las garantías individuales y sociales que recogen las leyes fundamentales de México… por la democratización de la vida pública, el ensanchamiento de la pluralidad política y el respeto a los derechos legítimos de las diversas minorías, y por la distribución igualitaria de la riqueza socialmente creada…”. Héctor Aguilar Camín dijo que sería “un instrumento de comunicación no subordinado a intereses particulares, sean oficiales o partidarios, ni a las decisiones mercantiles de un puñado de inversionistas”. Ustedes dirán si ha cumplido todos sus propósitos. Lo que yo puedo decir es que entre los convocantes originales de La Jornada quedan muy pocos en ese diario.

Tal vez no sobre decir que, casi dos décadas después, y ya alejado de ese periódico, vendí esas acciones “ordinarias” que había comprado en 1984, para hacer un negocio importante. Habían multiplicado varias veces su valor. No pasó lo mismo con las acciones “preferentes”, de suscripción popular.

lunes, abril 22, 2013

La pírrica victoria de Maduro



Las primeras elecciones tras la muerte de Hugo Chávez han traído una sorpresa. Según los datos oficiales, el opositor Henrique Capriles se quedó a un punto porcentual de la victoria. En otras palabras, y con independencia de un eventual e improbable recuento que no cambiará el dato fundamental: la nación sudamericana está totalmente dividida en dos.

En otras palabras, Nicolás Maduro ganó formalmente. Tomará apresurada posesión. Pero su victoria es pírrica: es el gran derrotado moral del 14 de abril. Ahora tendrá que gobernar no sólo con una oposición antichavista crecida en ambos sentidos de la palabra, sino también con un frente chavista menos compacto y más rijoso en su interior, tras la debacle electoral.

Al mismo tiempo –si es que Capriles no pierde el piso, enloquece y se autoproclama “Presidente Legítimo”-  es probable que la impugnación electoral termine hasta el Tribunal Supremo de Venezuela… donde es previsible que muera, dada la decreciente independencia de otros poderes frente al Ejecutivo.

Hay varias preguntas qué hacerse. La primera es ¿cómo le hizo Maduro para dejar que la ventaja de 20 puntos que traía a la muerte de Chávez se erosionara en menos de un mes de campaña? La respuesta tal vez la tenga un pajarito.

Una característica de los regímenes unipersonales es la deificación de los líderes. Juegan a ser vistos como personas con una visión y un destino históricos bien definidos, como expertos en todos los temas habidos y por haber, como dirigentes providenciales, que llegan a salvar el país cuando éste más lo necesita. Pero, en una sociedad medianamente moderna, no se atreven intentar a ser vistos estrictamente como enviados de Dios.

La campaña en Venezuela se trató precisamente de eso: de la deificación de Chávez cuando todavía no se acababa de enfriar. La anécdota del “pajarito chiquitico” no es menor ni fue aislada. Se trató de una campaña tan machacona y omnipresente como delirante. Y el delirio suele hacer más radicales a los fieles, pero también pierde a los moderados (como hemos visto en México).

El problema de Maduro era que el candidato era él, no Chávez. Y no importa que el anterior jerarca venezolano lo haya escogido, tenía que mostrar sus cartas. Sólo mostró un extraño apetito místico, y dio a entender que gobernaría mediante la iluminación revelada. Tal vez pensó que repitiendo miles de veces el santo nombre de Hugo Chávez, el mantra funcionaría. Quienes, aún chavistas, se resisten a ser tratados como disminuidos mentales, se alejaron de esa candidatura.

El resultado deja un escenario tremendamente complejo. Nicolás Maduro, con menos poder que su antecesor, tendrá que hacer frente a la inflación creciente, problemas de desabasto, deuda pública disparada, inversión escasa y criminalidad al alza. Son problemas que no se resuelven mediante subsidios o mediante la creación apresurada de plazas de trabajo en el sector público.

Las opciones, a grandes rasgos, son dos: o el ganador oficial de las elecciones modera lenguaje y actitud, intentando evitar una polarización extrema de la sociedad venezolana, o hace una fuga hacia adelante, radicalizándose y subrayando los aspectos socialistas del proyecto bolivariano.

En el primer caso, se topará con una oposición envalentonada, que querrá hacer valer su reencontrado peso político (con una burguesía dispuesta a recuperar influencia, dirán los radicales). En el segundo, con el sector nacionalista del chavismo, poco dispuesto a estrechar todavía más las desequilibradas relaciones políticas, ideológicas y económicas con Cuba.  En ambos, con el crecimiento de los problemas económicos y de seguridad que aquejan a la sociedad venezolana.

Ya el otro sector chavista ha dado señales de vida, luego de no haber sido elegido por el fallecido mandatario. Diosdado Cabello ha hablado de la necesidad de una “profunda autocrítica” y de buscar fallas “hasta por debajo de las piedras” para no poner en peligro “el legado de nuestro Comandante”.

Esto significa, lisa y llanamente, que se abre una lucha dentro del chavismo, con resultados impredecibles, que van desde un acuerdo hasta una purga, pasando por el enfrentamiento directo.

Adicionalmente, al nuevo presidente venezolano se le va a complicar la relación con Estados Unidos –que sigue siendo el principal comprador de petróleo venezolano-. Antes de los comicios, Maduro había enviado mensajes acerca de “normalizar” la relación bilateral. Tras los resultados, lo primero que ha hecho es negarse al recuento que pedía, entre otros actores políticos internacionales, el gobierno de Washington.

Para decirlo claro, a Nicolás Maduro –y, por lo tanto, a Venezuela- le espera una etapa difícil, quizá pesadillesca. Habrá un periodo extendido de tensión política. Es posible aventurar el pronóstico de que terminará sumamente acotado por lo poderes fácticos desarrollados durante el chavismo, si es que termina su mandato.

A Venezuela le esperan tiempos tormentosos. No podía ser de otra manera tras la partida de Chávez. Pensemos que una victoria de Capriles por un margen tan reducido que el obtenido por Maduro, hubiera generado una espiral de tensión todavía más fuerte.  

miércoles, abril 17, 2013

La Dama de Hierro del siglo pasado



La muerte de Margaret Thatcher, uno de los personajes políticos más significativos del último cuarto del siglo XX, es también signo de que los tiempos que ella ayudó a cambiar pertenecen al pasado. De los líderes de esa época, casi no queda nadie.

La señora Thatcher representó la cara más pura y dura, en lo político y lo económico, de la revolución conservadora que puso fin, con medidas draconianas, a la crisis fiscal de los Estados avanzados y que sentó nuevos paradigmas de política económica, que no entraron en crisis evidente hasta el crac del 2008.

Thatcher hizo del Reino Unido la primera nación desarrollada en la que se aplicaron las recetas monetaristas de Milton Friedman para retornar al mandato del mercado, que antes de ella, sólo se habían podido llevar a cabo en regímenes dictatoriales, como el de Pinochet, en Chile.

Durante su primer mandato, Thatcher incrementó las tasas de interés y el IVA (siempre prefirió los impuestos indirectos y generales a los directos y de tendencia redistributiva), con el resultado de duplicar el desempleo y reducir significativamente las utilidades de la industria manufacturera.

Pero, en la medida en que pasó el tiempo, la inflación se redujo y –aunque el desempleo siguió aumentando- se generaron condiciones para un nuevo despegue de la economía británica, ahora basada en sectores menos tradicionales de la economía. En esto ayudó la amplia gama de privatizaciones que puso en marcha, que implicaron también un cambio en las relaciones de poder.

Las políticas thatcherianas impactaron sobre todo contra los sindicatos, que en la Gran Bretaña habían adquirido un poder descomunal en años anteriores. Ni los líderes sindicales radicalizados ni la primera ministra ideologizada cedían un ápice. En vez de negociaciones hubo un choque de trenes. Thatcher ganó.

Fue el caso de la famosa huelga de mineros de 1984. Una verdadera prueba de fuerza. Thatcher hizo que se aprobara una ley que hacía que toda huelga fuera ilegal, si no había sido votada, en urnas por la mayoría de los trabajadores. El sindicato que dirigía Scargill se lanzó a huelga nacional, y aquello terminó en la “Batalla de Orgreave”, que contó con 123 heridos y la derrota de los mineros.

Si así fue el trato con los mineros, a los terroristas del Ejército Republicano Irlandés les fue peor. La Thatcher no les reconoció el carácter de presos políticos, que ellos exigían, y vio impasible como uno tras otro –empezando por el célebre Bobby Sands- los prisioneros del IRA fallecían en su huelga de hambre en las prisiones británicas. Tras el décimo muerto por inanición, los irlandeses se rindieron.

También fue conocida su decisión guerrera, cuando a los militares argentinos se les ocurrió intentar salvar su crisis interna mediante la ocupación (la efímera recuperación) de las Malvinas. Aquí, de nuevo, Thatcher no dudó y fue contundente en su ataque, aun a sabiendas de que la mayoría de los argentinos que iban a morir eran jóvenes reclutas adolescentes, sin experiencia. Su amigo Pinochet la ayudó con información de la inteligencia militar chilena.

Otra característica de la señora Thatcher fue su euroescepticismo.
Nunca fue favorable a la Unión Europea y mucho menos a la instauración de una moneda común. Tal vez lo segundo sea algo que hoy le agradezca la mayoría de los británicos.

El fin de la era Thatcher tuvo dos causas fundamentales. La primera, su idea peregrina de instaurar un poll tax, es decir, un impuesto general igual para cada residente en el Reino Unido, independientemente de sus ingresos. Era una medida estrictamente recaudatoria, que afectaba más a quienes menos ingresos tenían y que generó no sólo fuertes protestas populares, sino una caída vertical en la popularidad de la Dama de Hierro, aun entre las clases medias.

La segunda, y definitiva, fue que el euroescepticismo extremo de la Thatcher dividió a los tories, el Partido Conservador británico, al grado que la primera ministra estuvo a punto de perder las elecciones internas para el liderazgo del partido (con ello, perdería el puesto de jefa de gobierno). Antes de ir a segunda vuelta, la mujer que cambió el rostro de Gran Bretaña prefirió dimitir. Fue entonces cuando se le vio llorar.

Margaret Thatcher, junto con su aliado Ronald Reagan, pintó ideológicamente los años ochenta para el mundo. Fue exitosa en ello, como lo prueba que sus grandes adversarios de la época hayan sido prácticamente borrados de la historia. Logró hacer que Gran Bretaña saliera de una época de crecimiento mediocre y crisis fiscal creciente, pero a costas de debilitar severamente el Estado de bienestar y de crear una sociedad menos igualitaria y con alto desempleo.  Sacó a su país de una época de poder y prepotencia sindical, pero lo hizo con mano dura y sin negociar.

Le dio otro estilo a las políticas de postguerra. Fue indiferente a los sentimientos y, a veces, al sentido común. No le importaban los disturbios: parecía incluso buscarlos para reprimirlos. Está entre los más grandes popularizadores de la idea de que el éxito material lo es todo; de la riqueza como virtud. Fue una figura polarizadora: dividió como nadie a su país. Pero, hasta antes del poll tax, supo tener a la mayoría de su lado. Al día de su muerte, las opiniones están divididas a mitades, y en muchos sigue concitando pasiones: 25 por ciento de sus compatriotas piensa que fue “muy buena” para el Reino Unido, y 20 por ciento considera que fue “muy mala”.

Sus victorias obligaron a la izquierda británica a revisarse. No podía seguir siendo rehén de los sindicatos y sus prebendas. De ahí surgió el concepto de “la tercera vía”, con el que pudieron los laboristas regresar al poder. Descafeinados, tal vez; pero sin duda menos ineficaces.

El tiempo pasa factura. No regresaremos al siglo XX. Las recetas de Thatcher (y de Reagan) y su liberalismo económico encontraron su límite en la crisis reciente, que mandó al mundo entero a una recesión de la cual todavía no termina por recuperarse. Es impensable (o debería serlo) el regreso a esa línea política y económica. Pero es más impensable (o debería serlo) el regreso al viejo Estado de grandes corporaciones públicas, maniatado por los sindicatos e incapaz de financiarse de una manera sana. Margaret Thatcher fue uno de los instrumentos fundamentales en ese cambio.