martes, diciembre 11, 2018

AMLO: símbolos y emociones

Si algo hubo alrededor de la toma de posesión de Andrés Manuel López Obrador ha sido la proliferación de nuevos símbolos, que es parte integral de la transformación del país que pretende el nuevo gobierno.

Empecemos por lo primero. El nuevo logotipo del gobierno federal. Queda fuera el águila, y es sustituida por cinco héroes patrios, reconocibles para toda la población. Hidalgo, Morelos, Juárez con la bandera, Madero y Cárdenas. La intención es evidente: son los representantes de las anteriores tres transformaciones; López Obrador representa la cuarta. Y el logo no dice “gobierno federal” o “gobierno de la República”, sino “gobierno de México”. Tampoco es dato menor. El nombre de México llega más adentro.

No se trata de un logotipo al gusto moderno, sino de uno que recuerda los libros de la primaria, la historia de estampitas y de gestas heroicas. De hecho, el Juárez es el mismo de las portadas de los libros de texto de la década de los 90. Está dirigido a la mayoría de la población que tiene estudios básicos, no a la que se ha nutrido de otras estéticas. Por lo mismo no está estilizado. Y cuando dice “gobierno de México” hace al mismo tiempo una simplificación y una generalización. Al mismo tiempo que es más entendible para todos, deja claro que el gobierno federal es “el bueno”. El Supremo Gobierno. Un mensaje bien enviado a interlocutores bien definidos.

Otro símbolo fue la apertura de la residencia de Los Pinos, como presunto museo. Olvidemos que fue obra de uno de los héroes que aparece en el logotipo. Lo importante es que la gente común pueda pasearse por donde antes estuvieron los otros presidentes, constatar los lujosos acabados, los amplios espacios. Pensar en las diferencias con su propia vivienda. El juego simbólico es que sea como visitar el Castillo de Chapultepec y ver la tina de Carlota o el despacho de Porfirio Díaz. Con ello, constatar que se ha dado el cerrojazo a una parte de la historia.

Simbólico, sin duda, es el uso del auto blanco compacto y la ausencia del Estado Mayor Presidencial. Allí hay una diferencia radical con presidentes anteriores, pero muy especialmente con Peña Nieto, la camionetota y los convoyes llenos de personal del EMP. Lo que en uno era tomar distancias del pueblo llano, salvo si trataba de una selfie con admiradores en situaciones bajo control, en el otro es la búsqueda de identificación y el baño de masas.

Uno de los ejercicios que se hacen con grupos de enfoque en elecciones es identificar a cada candidato con un auto. En las condiciones sociales actuales, el que sea identificado con una Suburban está perdido.

Eso también significó que, en vez del jefe del Estado Mayor, esta vez estuvieron unos cadetes detrás del Presidente. En vez del oficial de alto rango, jóvenes bien escogidos por su porte, un hombre y una mujer. Al mismo tiempo que contrastaban con López Obrador, daban la idea de la juventud que apoya a la experiencia.

Luego están la ceremonia con representantes de pueblos indígenas y el acto en el Zócalo. La ceremonia ha sido criticada por diferentes razones, entre otras que no es algo novedoso. Al menos desde López Mateos ha habido entregas del bastón de mando. Evidentemente se trata de un acto sincrético, con elementos new age y tintes religiosos (ahí está AMLO con una cruz entre las manos, como el criticado Vicente Fox) y controlado desde arriba.

Al mismo tiempo, sin embargo, tuvo otras características que lo hicieron diferente. Hacerlo en el Zócalo, en el ombligo del país, y el día de la toma de posesión (no en campaña o en una gira, como sus antecesores) es un dato no menor. Arrodillarse ante un indígena también es fuertemente simbólico. Y al final, a la hora de la foto, aquello parecía una versión de un mural de Diego.

El propósito de lanzar un largo discurso en el Zócalo, así como la promesa de hacerlo cada año, después del Informe de Gobierno, también tiene su simbolismo. El Presidente le habla a los poderes de la Unión en el evento formal. A la democracia representativa. A los representantes de la justicia y a los poderes fácticos. Pero no se conforma con ello. Luego va y habla directamente con el Pueblo, así como mayúsculas. A la democracia directa. Y el Pueblo es lo mismo que los seguidores más fieles, que los participantes en la comunidad de la fe en el líder carismático. Ese pueblo que va a decirle que sí a todo.

El contenido de los discursos, lo han dicho ya varios, emana una clara nostalgia por un pasado mítico, en el que las condiciones del contexto internacional eran otras. Y tiene además la característica de ver al México de hoy como si fuera el de la juventud de Andrés Manuel: población y recursos naturales como sus activos más preciados. México es una nación industrial y la aspiración debería ser moverse hacia los servicios, la tecnología y la economía del conocimiento. Pero no es así, y en eso López Obrador coincide con la visión de las mayorías, que han aprendido a ver así el país, como el cuerno de la abundancia natural que nunca da sus frutos a la gente. Una versión falseada, pero bien enraizada entre la población. 

Finalmente, deshacerse del avión presidencial, otro ejemplo de lejanía, con todo y cama king-size. No importa si es o no un despropósito en términos económicos. La simbología está allí y es lo que cuenta.

En resumen, tenemos un Presidente que sabe utilizar los símbolos para consolidar su poder. De eso se trata, en sentido estricto. Puede parecer una obvia manipulación de sentimientos y emociones. Pero vale recordar que precisamente fueron sentimientos y emociones los que lo llevaron a ganar las elecciones, no un frío análisis racional de diagnósticos y propuestas. Si no, pregúntenle a Ricardo Anaya.




miércoles, noviembre 28, 2018

Biopics: Mi llegada a El Nacional (y la sección de deportes)

Iniciado su sexenio, Carlos Salinas de Gortari le encargó a Pepe Carreño la dirección de El Nacional, el periódico oficial. A finales de diciembre de 1988, Pepe me llamó a su oficina para hacerme una propuesta. La verdad, El Nacional era uno de los pocos periódicos que yo nunca leía: se me hacía retórico, anticuado y poco atractivo. Tenía yo la impresión, creo que no muy alejada de la realidad, que sólo se vendía por el póster que traía en las páginas interiores. De algún artista o deportista, de una vedette o de personajes como Topo Gigio. Pósters de taller mecánico.

Pepe me dijo que, tal y como estaba, El Nacional no le servía al gobierno de Salinas, y que su misión era convertir un periódico de gobierno en un periódico de Estado. Sabedor de mis prejuicios y de mis debilidades, Carreño me hizo la única oferta que me iba a interesar: que me hiciera cargo de la sección de deportes. Eso, pensé con toda ingenuidad, significaría que no me iba a meter en la parte política, que iba a hacer algo divertido que me había atraído toda la vida y que iba a ganar algo más de dinero, cosa muy necesaria a como estaban los tiempos. Acepté, e iniciando 1989 me apersoné en la redacción como nuevo coordinador de la sección.

Sucedía, sin embargo, que en la sección todavía estaba el jefe de antes, llamado Juan García Vázquez, y que mi tarea, al menos al principio, era intervenir para mejorarla y hacer un diagnóstico, para luego efectuar un cambio a fondo.

La redacción de El Nacional, en el edificio de la calle Ignacio Mariscal, era muy grande y ruidosa, distribuida en dos pisos, con muchas máquinas viejas de escribir. A algunas les faltaban teclas y los reporteros le picaban como si nada a las clavijas desnudas.

La sección de deportes tenía una cantidad de personal que ni La Jornada o el unomásuno hubieran imaginado en sus sueños más guajiros. Al menos cuatro reporteros de futbol, tres de boxeo, uno de beisbol, uno de automovilismo, una de natación, otro de ciclismo, uno de golf y tenis, dos de futbol llanero, otro para lo que surgiera, un jefe de redacción, tres o cuatro correctores, tres paginadores, varios cabeceadores, dos fotógrafos dedicados…  y entre todos hacían una sección horrible. La portada de la sección solía ser un collage espantoso, caótico, con grandes fotos rodeadas de halos, cabezas de todos colores, harta publicidad mal escondida y un gusto estético propio de El Sol de Irapuato de 1963. Al interior, mejoraba un poco, pero igualmente tenía un diseño payo, no había ninguna nota propia y se presentaban muy mal jerarquizadas.

Recuerdo que el primer día fue agotador, a pesar de que, en términos generales, simplemente había dejado hacer, para entender el método con el que trabajaban. Con quienes me llevé bien de inmediato fue con los correctores, sobre todo con David Guzmán, El Oaxaco y con Raúl Chávez, El Destroyer, porque eran los únicos que tenían lecturas. También de inmediato supe que Juan García Vázquez intentaría hacerme la vida de cuadritos. Era la época en la que un auxiliar enviaba el bonche de cables informativos impresos, y Juan tenía a bien tirar a la basura algunos importantes, en la idea de que yo no me iba a dar cuenta, el periódico perdiera la nota y fuera mi culpa.

A cada rato subía a la oscura oficina de Pepe (su antecesor Mario Ezcurdia la había querido así, con una tímida lámpara que estaba siempre al lado del visitante del director, una cosa de film-noir), le comentaba cómo iba y en su oficina también solía platicar con Fernando Calzada, a quien Carreño le había dado una encomienda similar a la mía en la sección de Economía y sobre todo con Luis Almeida, quien estaba haciendo, un paso tras otro, un cambio general en el diseño del periódico.

Al cuarto día cambié por completo la portada. Recuerdo que la principal era una victoria de Pumas sobre el Tampico-Madero. Lo hice de manera radical, para dejar claro que las cosas ya eran diferentes. Tan radical, que no había una sola foto en la mitad superior de la página. A partir de ahí empecé a coordinar la sección, y a jugar al gato y al ratón con García Vázquez, cuyas trampas al cabo de un tiempo me parecieron muy ingenuas.

Hice ajuste de fuentes, ordené información, limpié el diseño, hice propuestas de trabajos propios (recuerdo uno sobre Zague, el mexicano crecido en Brasil y Martuscelli, el argentino crecido en México) y fui generando alianzas, algunas que se transformarían en amistades. La sección cambió.

En el proceso me dí cuenta de que el equipo de Deportes era muy desigual. Los paginadores eran dúctiles, los correctores salvaban notas escritas con las patas y varios reporteros tenían conocimientos y contactos. El de beisbol, Abel Morales, sin embargo, era analfabeta funcional. Otros, se notaba, vivían de hacer negocio con las páginas: notablemente, el de automovilismo y el que se dedicaba a regentear –es la palabra correcta- las planas de futbol llanero, sobre el trabajo de una joven que llevaba meses como “meritoria” sin sueldo alguno.

Carreño estaba al tanto de esa situación, que también existía en otras secciones del diario. Me presentó a un amigo suyo, experto en deportes y en comunicación social, Rafael García Garza, El Tiburón, quien conocía bien a varios de los personajes de la sección y cuyo diagnóstico sobre ellos coincidía con el mío. Después de un par de reuniones con García Garza, hice una lista con quienes, según yo, sobraban. Eran unos seis reporteros y un par de cabeceadores, además de García Vázquez. También sugerí que le dieran plaza a la “meritoria”, Avelina Merino.

La decisión de sacarlos se dio poco después. El de beisbol no se fue, pero le dieron licencia sindical. El día antes Pepe me dijo que con eso ya había terminado mi labor en deportes, que la sección había mejorado mucho y que ahora había que hacer lo mismo en la sección Ciudad.  También me pidió que buscara un nuevo coordinador para la sección deportiva, alguien de mis confianzas y “que tenga güevos”. A quien se me ocurrió invitar fue a Fernando Cabral, hermano de mi amigo Roberto y compañero del futbol de Xochimilco, quien entonces dirigía las publicaciones de la Dirección General de Deportes de la UNAM.

El día del cambio fue tenso para mí –no estaba acostumbrado a eso de los despidos-, pero de gran felicidad para muchos de los que trabajaban en esa sección. Cuando supieron que se iba Jordá, el hombre del automovilismo, uno de los correctores, El Destroyer se levantó de su mesa, exclamó: “¿Promotodo? ¡Promonada!” e hizo lo que años después se conocería como “roqueseñal”. Promotodo era la agencia a la que el periódico le había hecho la publicidad gratis (bueno, a cambio de un embute).

Hubo una queja popular sobre uno de los que estaban en la lista y no debía estar, Javier Escamilla. Se le mantuvo en el puesto. Con el tiempo nos hicimos cuates, incluso muchos años después lo ayudé dándole espacios, luego de que perdiera la vista en un accidente de motocicleta. 

Cabral llegó con ganas, pero con un gran desconocimiento de los tiempos del periodismo diario, que son demoledores y vertiginosos, y en esa época eran todavía más trituradores. Con el tiempo se fue acostumbrando. De entrada, le dije que se apoyara en el jefe de redacción de la sección, un cuate profesional, Juan Carlos Vargas. En el fondo sabía que, a la postre, Vargas acabaría sustituyendo a Cabral.

No habían pasado dos meses. A pesar de que sumaba a mis clases matutinas una larga jornada de trabajo en el periódico, de 5 de la tarde a una de la mañana, estaba muy contento. Podía decirse que entusiasmado. Y había más que duplicado mis magros ingresos. Pero a Patricia le molestaba que llegara yo tan noche.

  

viernes, noviembre 23, 2018

Biopics: una huelga en mal momento

Terminaba el sexenio de Miguel de la Madrid y yo tenía múltiples chambas. Como profesor mal pagado de tiempo completo en la Facultad de Economía, asesor de Carlos Payán, editorialista y columnista en La Jornada, columnista en Punto y en una agencita fundada por Fernando Pineda, que colocaba los textos en periodiquitos de provincia, y comentarista económico dominical en Canal Once. Pero a la hora de la verdad, yo dependía del trabajo de la UNAM, los trabajadores administrativos decidieron irse a huelga, y a los profesores que éramos miembros del Stunam nos retuvieron la paga. Bonito fin de sexenio.

Como muchos, yo vivía al día, y no me iba a alcanzar con los piquitos de los trabajos pequeños. No había cobrado en el Once y descubrí que tenía que darme de alta en Hacienda. Lo hice, cuando las computadoras de SHCP sacaban los certificados con impresoras de puntos. Mi homoclave responde al oficio de locutor. Lo curioso, y típico de aquel entonces, es que cuando al fin terminé de hacer el trámite, todavía hubo que esperar como un mes para cobrar. Ya  para entonces, la dichosa e inútil huelga había terminado.

Por aquel entonces compartí con mi amigo el Tigre González Tiburcio una frase: “hay que dejar de usar calzones rotos”. Así andábamos los profes de jodidos.

Pero no todo eran tristezas. Por un lado, estaban los hijos, que suelen ser un bálsamo. Por otro, un par de febriles reuniones con Pepe Zamarripa y Chuy Pérez Cota. Había espacio para desarrollar encuestas de opinión en los próximos años. Decidimos que el “proyecto Datavox” se convertiría en una empresa.

Y lentamente se me estaba gestando una alegría, interrumpida por la huelga. Una de mis alumnas del Seminario de Desarrollo y Planificación, que me había demostrado en el segundo semestre de la materia que era una estudiante muy capaz, era ahora mi adjunta en Introducción a la Economía, con los chavos de nuevo ingreso. Sí, aquella Taide prendida de poco tiempo atrás.

Han pasado los años y me sigue recordando que le puse una calificación injusta en el primer semestre del Seminario. 

viernes, noviembre 16, 2018

Viñetas (y taxistas) de Miami

(Estuve en Miami por unos días, por un evento deportivo en el que participó Taide. Aquí algunas viñetas):

El centro
Para mí, que había ido a Miami sólo una vez, en 1970, el centro de la ciudad me pareció totalmente desconocido. Ya no era la ciudad chaparra –para los estándares norteamericanos- y un poco desastrada. Ahora uno tras otro se yerguen rascacielos dosmileros, todos de grandes ventanales verdes, con piscinas en el décimo de los cuarenta pisos. Por el río pasan los yates de todos tamaños y, en imagen de Metrópolis tropical, por sobre las autopistas pasa un monorriel. Pero igualmente es un centro estéril, sin tiendas en las partes bajas, dominado por los automóviles, que obliga a los peatones a hacer paradas que parecen interminables mientras sufre el fuego cruzado de los vehículos que le pasan alrededor.

El primer taxista (Centro-Wynwood)
Le preguntamos su nacionalidad al chofer del primer Uber que tomamos. Venezolano, con claro acento caribeño. De inmediato se pone a hablar de la situación de su país. Lleva dos años en Miami, y se trajo a su mujer y a uno de sus hijos. Otro, el mayor, está en Perú. Calcula en tres millones ya, la diáspora. Nos dice que era supervisor de una cadena de almacenes, “y ahora manejo un Uber”. Eran 28 los almacenes que supervisaba, ahora nada más quedan cuatro, “y sin nada qué vender, la empresa va a desaparecer”.  Su hermana murió de un aneurisma que no le pudieron curar, porque no había la medicina. Y en un momento dado le dijo a su madre: “yo desde aquí no te puedo ayudar”, y decidió la partida. Ahora le envía latas de atún, medicina, lo que se pueda.

Wynwood
Wynwood era una zona de Miami en absoluta decadencia. Almacenes que se vaciaban y casas desastradas, ocupadas en su mayoría, primero por puertorriqueños y luego por inmigrantes de América Central. Unos gestores de arte decidieron revitalizarlo promoviendo  el uso de grafitis, murales y diversos tipos de arte urbano. Se abrieron galerías, se hicieron exposiciones y el lugar se transformó. Dejó de ser un barrio peligroso y oscuro, para convertirse en un sitio atractivo para los turistas. Wynwood tira rollito buena onda, mientras se va poblando de restaurantes y lofts de lujo. En el proceso de gentrificación, expulsa a los habitantes originales, que irán a otro barrio descuidado. No deja de ser paradójico.

El segundo taxista (Centro-Miami Beach)
El segundo taxista resultó ser también venezolano, pero de madre ecuatoriana y con más de diez años en Estados Unidos. Al saber que éramos mexicanos, se puso a hablar acerca de la cancelación del aeropuerto en Texcoco, externando, primero de manera oblicua y luego directamente, su preocupación porque López Obrador llegara a ser otro Chávez. No quedó convencido de nuestras seguridades. “Nosotros estábamos hartos de los gobiernos corruptos de Caldera y Carlos Andrés Pérez, pero no sabíamos en qué nos estábamos metiendo”. Luego dice que Maduro es mucho peor que Chávez, pero que quien verdaderamente gobierna es Diosdado Cabello. “Que no se arregle el suyo con los militares, y menos con los que están metidos con los narcos”, advierte. Remata: “en Cuba están mucho mejor que en Venezuela, allí tienen una tarjeta de racionamiento y al menos comen; allí tienen una que otra medicina en los hospitales y al menos el enfermo cree que lo están curando. En Venezuela, ni eso”.

Miami Beach
En una parte de Miami Beach parece haberse detenido el tiempo. Uno tras otro se suceden edificios art-decó. Muchos son pequeños hoteles, también muy monos en su interior. Otros son comercios o edificios públicos. El lugar resulta atractivo porque, al mismo tiempo que es una zona de playa, parece tener el tamaño humano que en otras partes se está perdiendo. Además, el tipo de letras, los pequeños detalles ornamentales, el juego de las formas, se queda en la retina de una manera, que al final uno termina soñándolo. A veces es inquietante que lo onírico y lo real se confundan, pero eso es precisamente, algo que buscaba la estética de entreguerras.
Y uno no puede dejar de pensar en los destinos mexicanos de playa, dominados por hoteles-resort gigantescos, que arropan al turista de manera tal que casi nunca sale de ellos, y cierra los ojos y se imagina que en una situación como la de Miami Beach, un presidente municipal, un gobernador, un presidente mexicanos, bien pudieron haber sido convenientemente convencidos para derribar los hoteles “viejitos” y erigir en su lugar tremendas moles all-inclusive. O no. Ya vemos cómo se dejó podrirse al Acapulco tradicional. Se pierde así, también, la noción de estar de paso por un lugar e imaginarse sin problemas, sólo cambiando la moda y el lenguaje corporal de las personas, cómo era aquello allá por 1938. Algo que se puede hacer porque el distrito tiene protección federal (digamos que del equivalente del INBA).

En la explanada Lincoln, entre cafés, fumaderos y restoranes de todo tipo y nacionalidad, está una pareja de ancianos cubanos pidiendo limosna. Y uno piensa qué a veces el destino es atroz: en vez de vivir en la pobreza, quizás extrema, pero compartida en la isla, huyeron de ahí para vivir en la miseria y la soledad, ellos islas en el mar de prosperidad que bulle a su alrededor.

El tercer taxista (Miami Beach – Little Havana)
El tercer hombre del Uber nos preguntó de dónde éramos, para de inmediato decirnos que él era cubano, pero había vivido en México. Aquí estuvo 12 años, y llevaba 15 en Miami. Dijo que la decisión de ir a Estados Unidos fue la peor que tuvo en su vida. “Pensé que aquí iba a vivir como americano, pero qué va. Aquí uno vive como latino, que no es lo mismo… fui malaconsejado”. Luego pasó a decirnos que México es el mejor país del mundo para vivir, por la gente, las posibilidades, la comida. Dijo que entendía que hubiera mexicanos que se quisieran ir a EU, “pero para sobrevivir, porque aquí se sobrevive, pero en México se vive”. Se casó con una mexicana y tuvo hijos mexicanos, “que ahora están acostumbrados a lo de acá, y son más de acá que nada aunque mi hija quiere vivir en Europa”. Dijo conocer todos los estados de la República, como vendedor. Tiene una casita en Jiutepec, que usa un cuñado. Allá sueña con regresar, dentro de cuatro años, cuando haya conseguido lo necesario para la jubilación “porque trabajo en una empresa, el Uber es para completar, porque aquí uno no vive la vida, como en México, aquí uno vive para trabajar”. Nos recomendó un lugar para comer auténtica comida cubana, muy sabroso y con un café espectacularmente bueno, pero que no estaba precisamente en la Pequeña Habana.  

Little Havana
Tomamos un camión para la Pequeña Habana. O más bien habría que decir una guagua, porque el ambiente que traía era parecido a los relatos de juventud de mi madre. En una guagua todos hablan como si se conocieran de toda la vida, empezando por el chofer. Comparativamente, cualquier camión mexicano es una tumba. La gente te envuelve, en sus ganas de mover la sinhueso (que en Cuba es la lengua) y entonces ya no te parece tan raro ver al tipo que lleva a pasear a un pececito dentro de una copa de agua.

La Pequeña Habana es más pequeña de lo que imaginaba (en 1970 había estado en La Sagüesera, South West Miami, que es donde vivía la comunidad cubana, pero no en esa parte considerada como típica). Más allá de un tendajón y dos tiendas de buen café, no tiene nada de relevante, entre otras cosas porque, aunque todo mundo habla español, esa es ya una característica de toda la ciudad, que me pareció mucho más hispanohablante que Houston o Los Ángeles. Tal vez lo más representativo sea un monumentito que tienen a “los mártires de la brigada de asalto”, organizada por la CIA en 1961, que intentó invadir Cuba y recibió una derrota histórica de parte de los revolucionarios en Playa Girón (o Bahía de Cochinos, como dicen en Miami). Junto a ese, hay otro con uno como guerrillero que se enfrentó a los sandinistas en 1979 (es decir, uno que apoyaba a Somoza) y que resulta que es un sospechoso de haber participado en el asesinato de Kennedy. Monumentos tristes, derrotados y mohosos. Se me quedó la palabra “mártires”. Parece que se utiliza para aquellos que murieron sin paladear la victoria. Como nuestros pobres irlandeses. Como los de Tacubaya. Como los de Chicago.

El cuarto taxista (Little Havana – Miami Beach)
El último taxista platicador también era cubano. Usaba su apellido porque su nombre era de esos impronunciables que se pusieron de moda en la Isla. Había nacido en Santa Clara, pero se fue de niño a Estados Unidos, en el año 2000. Aclaró que él se fue en avión, pero su papá se fue de balsero “y todavía no puede ver el mar de noche, se pone nervioso, porque después de tres días de remar, llegó un momento en que tres tiburones rodearon la balsa y nadaban alrededor de ella, como esperando su momento”. Dijo que su padre los llegó a visitar y usaba a México como trampolín, que una vez le llevó dulces y una golosina enchilada “yo no sabía lo que era eso, yo sólo sabía de arroz y frijoles y puerco, me tuve que tomar un cubo de agua”. Tampoco maneja todo el día, su trabajo fuerte es de cantinero en un club nocturno. Tal vez el que hubiera tenido si en Cuba no hubiera habido la revolución que hubo.

lunes, noviembre 05, 2018

El que manda aquí soy yo


Hay quienes quieren leer el asunto de la consulta popular y la decisión sobre el aeropuerto capitalino desde un punto de vista técnico o económico. Creo que con Andrés Manuel López Obrador todo tendrá ser leído en clave política. Y el mensaje que envía a la sociedad y al mundo es uno solo: “el que manda aquí soy yo”.

En ese sentido, lo sucedido en estos días va mucho más allá de la cuestión aeroportuaria, que es un hecho aislado y de menos importancia de la que le ha querido otorgar. No es un tema de aeropuerto allá o acullá. Es un asunto de (re)definición de las redes, y las riendas, del poder.

Todas las voces sensatas del mundo de la aeronáutica civil se habían pronunciado por la continuación de la obra en Texcoco. Pero esa obra tenía el pecado original de ser un megaproyecto organizado por el gobierno saliente, y había sido criticada en campaña por López Obrador.

Tras las elecciones, existían distintas maneras de abordar el tema. Una era la aceptación de que Texcoco era la opción más viable, pero acompañada de un ejercicio de auditoría y depuración de los contratos, para evitar sobrecostos e irregularidades varias. Otra era la decisión abiertamente vertical de cancelar la obra, cumpliendo las promesas de campaña. La tercera, que fue la que utilizó, fue organizar un proceso dirigido de consulta para velar la decisión vertical y, con ello, inaugurar un mecanismo que puede servir para avalar, con un barniz popular, otras decisiones personales.

Todo mundo sabe que ese mecanismo estuvo amañado. La consulta fue organizada por el partido político hoy mayoritario, y  avalada formalmente por una fundación conocida por su falta de rigor. La distribución de las casillas tenía más relación con la implantación de Morena a nivel nacional que con la distribución de la población del país (no digamos con la de los principales afectados con la construcción del aeropuerto). Se trató, pues, de un ejercicio cuyos principales actores fueron los militantes afines a López Obrador.

Que se haya tratado, fundamentalmente, de un ejercicio militante es un dato no menor. Pero no, como se vería desde un cierto ángulo, para descalificar la consulta y evidenciarla como mascarada, sino para dotarla de significado político. Se trata de un ejército ciudadano dispuesto a seguir a AMLO de manera fiel y activa. Esta militancia toma el lugar del pueblo y obedece al mandar… porque manda lo que el caudillo le pide.

Si Andrés Manuel contaba con 30 millones de votantes el día de las elecciones, hoy ya puede afirmar que cuenta al menos con 750 mil ciudadanos dispuestos a avalar lo que él les pida. Y a hacerlo, en la mayoría de los casos, más allá de razones y argumentos. Esta masa crítica puede crecer en los próximos años, y servir para otras consultas –esperemos que mejor hechas- en diversos temas, en los que López Obrador considere que es necesario utilizar esa vía.

Cuando AMLO hace la pregunta “¿Quién manda, los mercados o el pueblo?”, está siendo clarísimo, salvo por el detalle de que al pueblo lo representa él solito. El mensaje que ha enviado a los dueños del capital es que no se va a plegar a sus deseos y necesidades, a veces disfrazados de “fuerzas del mercado”, sino que va a hacer lo que él considere correcto. Que el que manda es el Señor Presidente.

Por eso mismo, López Obrador se mostró confiado en que no va a haber pataletas ni denuncias de parte de los empresarios afectados, sino buena voluntad negociadora. Les ha mostrado que puede doblarles la mano. Y en eso hay una gran diferencia respecto a lo que ha vivido toda una generación de mexicanos. El mensaje de calma se puede traducir en “se van a alinear”.

Bajo esta luz, la reacción de los mercados tiene que interpretarse por partida doble. Por una parte, por supuesto que no les gustó que se haya tomado una decisión económicamente irracional y que mete incertidumbre sobre las inversiones. Por la otra, está quedando en evidencia que, a estas alturas, el capital es incapaz de encabezar una rebelión sin dispararse en el pie. Con mohines, pero se están alineando.

Tampoco parece haber claridad en la oposición política. Esos partidos denuncian lo que considera una farsa, pero se hacen a un lado, tal vez conscientes de su bien ganada debilidad. Oposición social, casi no la hay, y no la habrá en la medida en que López Obrador cumpla con sus propósitos redistributivos –lo que está por verse-. Queda sólo la crítica posible, pero limitada, de los medios. Y contra ellos ya se apuntan varios dardos.

El experimento de la consulta popular probablemente podrá repetirse pero, por lo visto, no servirá tanto como escuela de democracia directa, sino como barniz de participación social a las decisiones de AMLO y como método de apuntalamiento de su autoridad.


Nos queda más claro que nunca: Andrés Manuel va p’alante y no se quita. Bajo esas circunstancias, sólo queda tener la esperanza de que las próximas decisiones del líder tengan racionalidad social y congruencia económica, y no sean solamente para acumular más y más poder.  

jueves, octubre 18, 2018

¿Y si Santa Anna hubiera caído del caballo?


En enero de 2016 publiqué en este blog un texto sobre las ucronías, ejercicios literarios de ficción que reescriben la historia, especulando a partir de algunos hechos que la habrían cambiado. Cada una de ellas es la recreación de un mundo paralelo cuyas diferencias con el actual nos deben mover a la reflexión.

En aquel texto me quejé de la notable escasez de ucronías mexicanas que atribuí a que los mexicanos, en el fondo, le tenemos demasiada reverencia a la Historia, con mayúsculas.

Casi tres años después acaba de aparecer una ucronía mexicana, la novela Si tú quieres, moriré, de Gerardo Laveaga. En ella, el autor se imagina que, en uno de sus intentos tempranos por convertirse en el hombre indispensable, cuando va camino a retomar el poder, Antonio López de Santa Anna es expulsado por su caballo, se rompe el cuello y muere. Este suceso, que encumbra como presidente a Valentín Gómez Farías, desencadenará otros, en los que quien participa como principal partera de la historia no es la violencia, sino una bella y astuta mujer, totalmente ficticia.

El quid de la novela de Laveaga es una suerte de “compromiso histórico” entre los liberales y al menos una facción de los conservadores (no de todos: a los extremistas de ambos bandos terminan pasándolos por las armas) que permite, no sin contradicciones, la desaparición de los fueros, el desarrollo educativo y la promoción de la industria y el comercio. Ese país posible que Laveaga imagina pierde Texas –no a través de una guerra-, pero es capaz de conservar el resto del territorio que Estados Unidos se llevó, es una nación respetada, que dirime de manera pacífica sus diferencias internas y que se dirige con claridad a la prosperidad. Una nación que no tuvo guerra civil ni tendría intervención francesa.

La intención de Laveaga, tal vez tardía, es trazar paralelismos entre esa etapa de la historia nacional y la actual. Recordemos que la generación que consumó la independencia de México, que es la de los personajes de la novela, se caracterizó por el oportunismo. Salvo unos cuantos convencidos –que no casualmente son los personajes centrales: el liberal Gómez Farías, el conservador Lucas Alamán, el gran reformador Francisco García Salinas– la mayoría de la clase política de entonces se la pasaba en un vaivén constante de posiciones. En medio de la disputa entre centralismo y federalismo –que en realidad era una batalla en pro y en contra de los fueros– cambiaban de posición a conveniencia, mutaban alianzas y hacían del transformismo político práctica cotidiana. Esbozaban proyectos de nación, pero por encima de ellos a menudo pasaban los proyectos personales: el poder por el poder mismo. Y luchaban encarnizadamente, de espaldas al país, por obtenerlo o mantenerse en él. Todo ello, envuelto en una gruesa capa retórica: cada caudillo se declaraba dispuesto a derramar por la patria hasta la última gota de su sangre.

Esta falta de principios que pretende sustituir con demagogia la falta de rumbo, ese boato y ese gusto por el encono han sido características, también, de la generación de la “consumación de la democracia”. La diferencia, a favor nuestro y en contra de nuestros compatriotas del siglo XIX, es la existencia de instituciones democráticas, que algunos miembros de la actual generación contribuyeron a edificar. Estas instituciones son el valladar contra el caos.

Regreso a la novela. El México pujante de mediados del siglo XIX que pinta Laveaga es posible de imaginar porque se liberaron los detonantes de su desarrollo. Si atendemos las tasas históricas de crecimiento de la economía mexicana, veremos que durante el periodo inmediatamente posterior a la independencia, fue de la mitad del promedio mundial y que a partir de las Leyes de Reforma, que liberaron tierras y capital de “manos muertas”, fue uno de los más dinámicos del mundo: 60 por ciento más que el promedio global. La eliminación de fueros es la clave.

Si analizamos los datos históricos, encontraremos que hay una correlación positiva entre estabilidad político-institucional y dinamismo de las economías (en el caso mexicano, esa estabilidad ha tendido a ser autoritaria). La democracia en México ha sido socialmente ineficaz no por democrática, sino por la incapacidad de sus principales actores para generar acuerdos duraderos, y para acabar con los nuevos fueros, el boato y los privilegios, que siguen estando en el centro de todos los problemas nacionales.


Esto es también un asunto de valores. Los que no tuvo la generación dominada por Santa Anna (y ahí está tal vez la parte utópica de la ucronía de Laveaga: suponer que los hombres de principios eran capaces de imponerse, no sólo a sus pasiones ideológicas, sino a la caterva de oportunistas que les rodeaba). Es un asunto de poner por delante la solidaridad, la justicia, la honestidad, el trabajo como formador de riqueza material y espiritual, la educación integral… No es poco.

Agrego un par de apuntes: una debilidad y una fortaleza de la novela. La debilidad es que la época que aborda Laveaga tiene la desgracia de que, a pesar de su relevancia en el devenir del país, es poco estudiada y poco conocida por la mayoría de los lectores (por ejemplo, yo no sabía de la existencia de ese personaje real que fue Francisco García Salinas) y, como la historia verdadera es a veces tan absurda, es fácil que el lector confunda lo histórico con lo ficticio. La fortaleza es que Laveaga aprovecha bien los espacios que abren las ucronías para ser juguetón. Permiten, por ejemplo, jugar con la relación entre Alexander von Humboldt y Lucas Alamán, con el futuro de Estados (Des)Unidos, con Manuel Payno escritor de ucronías distópicas y con campañas electorales inverosímiles (Juárez contra Miramón) que de repente, en esa realidad alterna, llegan a ser creíbles.

Finalmente, una especulación. ¿Qué tal el mundo en el que vivimos es el alterno, ese mundo raro en el que en Estados Unidos ganó Donald Trump y Brasil vota por un fascista? ¿Si de verdad hay otro México cuya frontera llega a San Francisco y sus historiadores debaten acerca de las presidencias de Alamán y García Salinas?
   

miércoles, octubre 03, 2018

Sólo uno de élite

Mexicanos en GL.  2018

Terminó la temporada regular de las Grandes Ligas en 2018, y en el balance hay más arena que cal. Al final de la historia, queda claro que sólo uno de los peloteros mexicanos está estrictamente en la élite del beisbol organizado: el taponero Roberto Osuna. También, que la generación de abridores que algún día descolló está claramente a la baja.

Aquí el balance del contingente nacional en el año, ordenado de acuerdo con el desempeño de cada uno en la temporada (como siempre, incluimos a los paisanos que han jugado con México en el Clásico Mundial) 

Roberto Osuna hubiera tenido una temporada histórica de no haber sido por el problema legal en el que se metió y que le costó estar fuera la mitad de los juegos. Inició a tambor batiente con Toronto y terminó siendo la pieza que el trabuco de Houston necesitaba para llegar sin huecos a la postemporada.  Durante septiembre, estuvo sensacional, salvando la friolera de 10 juegos. En la temporada, su  marca fue 2-2, 21 partidos salvados, un solo rescate desperdiciado, 2 holds (ventajas sostenidas en situación de salvamento), 2.37 carreras limpias por cada 9 innings lanzados y 32 ponches.

Joakim Soria demostró que es un jugador muy valioso. En la primera parte de la campaña se llevó el puesto de cerrador con los Medias Blancas de Chicago y luego pasó para reforzar el tremendo bullpen de los Cerveceros, como preparador de cierre. Septiembre no fue su mejor mes, pero empezó octubre sacando un out clave en el partido decisivo para que los de Milwaukee se llevaran el título de su división. Su récord: 3-4, efectividad  de 3.12 y 75 ponches, con 16 salvamentos, 13 holds y cinco rescates desperdiciados.

Oliver Pérez, durante su carrera ha sido una combinación del Dr. Jeckyll y Mr. Hyde. En la pretemporada, Mr. Hyde fue echado de los Rojos porque no sacaba ni un out. Los Indios de Cleveland apostaron a que regresaría el Dr. Jeckyll y así fue. En términos de efectividad, 2018 ha sido el mejor año de su carrera, aunque –claro- no es lo mismo ser abridor que jugar como especialista zurdo en el relevo. Terminó con 1-1, 15 holds, 43 ponchados y un magnífico 1.39 de efectividad.

Sergio Romo inició dando tumbos y terminó la campaña de manera similar. Lo bueno fue que en medio estuvo intratable en la lomita. Se ganó el puesto de cerrador de Tampa Bay, aunque quién sabe si lo retenga para 2019, dada su medición de efectividad. Sus números del año: 3-4, 4.14 de limpias, 25 juegos salvados, 8 rescates desperdiciados, 8 holds  y 75 despachados por la vía de los strikes.

Víctor Arano se asentó como personaje importante en el bullpen de los Filis. El joven veracruzano fue de los pocos que no se cayeron cuando el equipo de Filadelfia se deslizó por un empinado tobogán al final de la temporada. Sus números: 1-2, tres juegos salvados, PCL de 2.73, 60 ponches y 10 holds.

Héctor Velázquez combinó aperturas spot con relevos largos en la fenomenal campaña de los Medias Rojas, y estuvo muy a la altura del equipo. Extrañamente –o, no tan extraño, por no dar la impresión de que invirtieron mal en otros peloteros- no entró al roster de la serie divisional de Boston. Terminó 2018 con marca de 7-2, 3.18 de PCL, 3 holds y 53 chocolates recetados.

Vidal Nuño llegó tarde y estuvo un rato largo en la lista de lesionados de Tampa, pero en lo poco que lanzó el relevista californiano fue muy eficaz. Sus números: 3-0, 1.64 de efectividad y 29 sopitas de pichón.

Christian Villanueva fue el novato del mes de la Liga Nacional en abril. El tapatío mostró poder con un partido de tres cuadrangulares y, más tarde, con tres juegos consecutivos volándose la barda. En la medida en que la temporada se hizo vieja, sus números fueron a la baja, hasta que decidió chocar la pelota y no intentar siempre el batazo grande. Excelente contra los zurdos, pobre contra los derechos, terminó con .236 de porcentaje, 20 jonrones, 46 impulsadas y tres robos de base. Jugó tres posiciones de cuadro, sobre todo tercera base.

Julio Urías salió de una operación que lo tuvo inactivo por más de un año a tomarse una taza septembrina de café con los Dodgers de Los Ángeles. El joven sinaloense no lo pudo haber hecho mejor en ese ratito. Demostró que sigue siendo una estrella en potencia. Lanzó 4 entradas, en las que sólo se le embasó un bateador y ponchó a 7.

Jorge De la Rosa pasó a los Cachorros de Chicago luego de que los Diamantes de Arizona lo dejaran ir. El regiomontano, convertido en especialista zurdo en el relevo terminó la campaña con  0-2, un juego salvado, 9 holds, 3.38 de PCL  y 51 ponches.

Fernando Salas estuvo cuatro meses con los Diamantes de Arizona, que le dieron las gracias. Para el de Topolobampo,  4-4, efectividad de 4.50, 30 ponches y 4 holds.

Adrián González vivió su última temporada de contrato y, probablemente, la final como pelotero profesional. El gran primera base, que jugó un par de meses con los Mets, acumuló en 2018 .237 de porcentaje, 6 cuadrangulares y 26 carreras empujadas.

Marco Estrada tuvo una de sus temporadas más flojas. Peleó por el dudoso honor de ser el lanzador con más derrotas en la campaña, pero estaba difícil con los pitchers de Baltimore. De sus 28 aperturas, apenas 10 fueron de calidad (6 entradas o más; 3 carreras limpias o menos). Sus números: 7-14, 5.64 de carreras limpias y 103 ponches 

Yovani Gallardo inició la temporada desastrosamente, en el relevo de los Rojos de Cincinnati. Tras un rato sin trabajo, el michoacano fue recuperado por los Rangers de Texas. Con ellos abrió 18 juegos, y sólo 4 de sus aperturas fueron de calidad (nunca pasó del sexto inning). Que se le cayera el soporte ofensivo en septiembre puso sus números finales en 8-8, 6.39 de carreras limpias y 58 ponches. Está a tres victorias de igualar a Esteban Loaiza en el segundo lugar de juegos ganados de por vida, entre los lanzadores mexicanos en Grandes Ligas. Falta que lo contraten el año próximo.

Giovanny Gallegos se la vivió entre AAA y las Mayores, primero con los Yanquis, luego con los Cardenales de San Luis: 0-0, un salvado, 3.97 de limpias y 17 ponches.

Luis Cessa, siempre con los Yanquis, funcionó como pelotero de reemplazo, con 5 aperturas (una de calidad), pero esencialmente como relevo largo. 1-4, 5.24 de limpias, un salvado y 39 ponches.

Alex Verdugo fue llamado por los Dodgers en julio y luego en septiembre. La joven promesa bateó para .260, con un jonrón y 11 anotadas.

Jaime García tuvo un mal año. Inició como abridor con Toronto, le fue mal y, tras un rato en la lista de lesionados, lo degradaron al bullpen. De ahí los canadienses lo soltaron y pasó a los Cachorros, donde también actuó como relevista. De sus 14 aperturas, 3 fueron de calidad. 3-7, PCL de 5.82, 4 holds y 73 ponchados.

Luis Urías debutó a fines de agosto con los Padres de San Diego, jugando la segunda base. Se suponía que sería titular durante septiembre, pero se lesionó pronto..208 de porcentaje, 2 jonrones, 5 empujadas y un robo.

Daniel Castro acumuló .176 de porcentaje, 1 cuadrangular y 6 impulsadas, para los Rockies en el ratito que estuvo.

Carlos Torres lanzó un rato para los Nacionales de Washington. 6.92 de PCL y 9 ponches.

Miguel González, operado del hombro de lanzar, tras una lamentable actuación con los Medias Blancas. Tristes, los numeritos del Mariachi: 0-3, 12.41 de limpias y 5 ponches.

Efrén Navarro, un hit en seis turnos, en la tacita de café que se tomó con los Cachorros, antes de emigrar a la pelota japonesa.