viernes, octubre 30, 2009

Dos años de estadísticas del blog

Han pasado dos años desde que se empezaron a medir las visitas a este blog, y este fan de la estadística no puede resistirse a hacer unos análisis muy generales.

A lo largo de estos dos años, el Blog de Piedras ha recibido 25,206 visitas, provenientes de poco más de 22, 000 cibernautas, que han abierto 35,182 páginas.
Los visitantes provienen de 80 países diferentes. Este es el top ten:

México 13,453 visitas
España 2,758
Argentina 1,294
Estados Unidos 1,209
Colombia 1,152
Perú 895
Venezuela 855
Chile 831
Ecuador 351
Reino Unido 257

Las diez páginas más vistas son:

Blog de Piedras (Página de Entrada): 4,754 entradas
Miniguía para discursos de XV Años: 4,277
Abril de 2008: 1,295
Diez novelas latinoamericanas: 1,209
Marcha Olímpica: 959
Cien películas italianas:849
Marzo de 2006: 711
Diez novelas italianas: 671
Mis (pocas) putas tristes: 599
Glorias olímpicas: Nadia Comaneci: 538

Utilizando la aplicación de "pivote", se puede constatar que -por la diversidad de intereses, pero también por la distinta prelación de las palabras clave en las diferentes versiones nacionales de Google- hay notables diferencias en las principales páginas de entrada por país. Mientras que México es, por mucho, el que más personas lleva a la miniguía quinceañera y a las putas tristes, España es el gran portador de visitantes a listas de novelas y películas, Argentina posiblemente tiene una obsesión por las galletas de la fortuna y a los ecuatorianos les sigue interesando la marcha olímpica, aun después del retiro de Jefferson Pérez.

En el año que termina hubo 37 por ciento más visitas y 31 por ciento más páginas vistas que el anterior. Uno diría "¡Qué bárbaro, cuánto crece la popularidad de este blog!", pero hay que matizar, y mucho. El 87 por ciento del aumento se debe a una sola página, publicada a mediados de octubre del 2008, y que el Abuelo de Miguel describe, tacaño, como la única cosa realmente útil que he escrito aquí: la Miniguía para Discursos de XV Años. Si la sacamos del conteo, el aumento de los lectores es marginal. Y si elimináramos a las putas tristes y las galletas de la fortuna, el efecto se desvanece casi por completo.
El efecto de la página de la miniguia hizo que la composición de los lectores en el último año se mexicanizara (las visitas desde México pasaron de 51 a 55%) y se provincianizara (los lectores chilangos pasaron del 22 al 17%, mientras que, por ejemplo, las visitas desde Oaxaca y Puebla se decuplicaron).
Si seguimos viendo la dinámica por países, en el último año, de manera aún más notable que en México, aumentó la proporción de visitantes de Argentina, Colombia y Perú, mientras que disminuyó la de los países caribeños.

Pasando a las páginas más vistas, la lista del último año coincide con la general, salvo por dos casos: "Galletas de la fortuna" ocupa el lugar número 8, y "Los diez deportistas mexicanos del 2008" está en el décimo, desplazando a "Marcha Olímpica", que se va al 12 y a "Glorias olímpicas: Nadia Comaneci", que se desliza hasta el 15, opacada por "Leyendas Olímpicas: las hermanas Press", que repuntó muchísimo, seguramente debido a la polémica sobre el sexo de la atleta sudafricana Caster Semenya.

Me queda claro que, a falta de una política dirigida a capturar un público determinado, la suerte de cada página dependerá de circunstancias azarosas y de la benevolencia del dios Google (no voy a ponerme a buscar palabras clave exitosas nada más para atrapar despistados).
Lo bueno, y lo bonito, es que hay una cincuentena de lectores atentos y más o menos constantes, y que también hay varias decenas más que llegan buscando algo interesante (un poema de Mauricio Brehm, un análisis del señoriaje del dólar, una viñeta sobre algún amigo que no ven hace décadas, una interpretación de Nessun Dorma, una lista de novelas o de deportistas) y lo encuentran.

Después de esta filosofía -y a pesar de ella-, espero para el año próximo ya haber completado todos los países europeos entre los que aportan visitas (me faltan Bielorrusia, Irlanda e Islandia), haber penetrado en Sudáfrica (aunque sea con una visitilla) y completar los 50 estados de la Unión Americana (me faltan cuatro).

Posdata: una revisión de los mapas me permite afirmar que la visita más al norte provino de Murmansk, Rusia; la visita más al sur, de Ushuaia, en la Patagonia Argentina; la más occidental, de Anchorage, Alaska y la más oriental de Brisbane, Australia (y eso quiere decir que nadie de Nueva Zelanda ha visitado el blog).

miércoles, octubre 28, 2009

Biopics: Un viaje al sur de Italia

En el verano del 77 presenté los dos últimos exámenes que me faltaban. El de español, al que una monserga burocrática nos obligó de todos modos y el de política monetaria, con Parboni. Yo quería quedar muy bien ante mi director de tesis, pero no lo logré. Me hice bolas al intentar explicar las razones detrás de una estructura irregular de tasas de interés en instrumentos a plazos diversos y me tuve que conformar con un 27. Tal vez la vorágine de mis sentimientos me distraía demasiado.

El romance entre Patrizia de Candia y yo tomó vuelo, de manera apasionada. Al mismo tiempo, nos cuidábamos mucho de pronunciar palabras que –lo sé de cierto- ambos teníamos en la punta de la lengua, pero que nos hubieran comprometido. Todo tenía que ser muy cool, aunque estuviera hirviendo. Físicamente, el nivel de entendimiento era altísimo, y eso impregnaba lo emocional. De manera simultánea, una parte de nosotros estaba agazapada, estudiando a la pareja, midiendo, resistiéndose a la entrega y paralelamente deseándola.

Eso significaba, por ejemplo, que de manera casi impensada, decidiéramos hacer un viaje. Ella me quería llevar a la isla de Ponza, situada en el archipiélago Pontino, al sur del Lazio. Tomamos un tren a Nápoles y nos quedamos un par de días en casa de Guido Fabbrini, quien estaba allí con un amigo mientras Antonia, su mujer, seguía chambeando en Módena. El departamento tenía una vista espectacular (“vedere Napoli e morire”) y rolamos alguito –lo que la pasión permitía- por la ciudad. También cenamos pescado con ellos en Portici.

Partiendo de Nápoles nos echamos dos tourcitos. Uno fue a la perfumada Capri, donde conocí por fín la mítica casa de Axel Munthe, que era una suerte de símbolo de la Europa que yo quería conocer y en el que no fuimos –por codos- a la Gruta Azul. El otro, a Pompeya, que volvió a impactarme. Esa ocasión, cuando caía la tarde, nos quedamos un buen rato admirando el teatro romano. Se hizo de noche y empezó a entrar gente. Se presentaba una compañía muy conocida y, quien sabe por qué magias, no se dieron cuenta de que nosotros éramos turistas rezagados y no asistentes al teatro con boleto pagado. Nos quedamos hasta el final, disfrutando de una muy buena puesta en escena de “El Burgués Gentilhombre”, de Molière y regresamos tardísimo a Nápoles.

Al día siguiente tomamos en Formia el barquito a Ponza, que resultó una isla encantadora (no por nada dice la leyenda que es la isla de Circe en La Odisea), con una pequeña parte turística, un pueblito tradicional y muchísimos rincones mágicos. Nos alojamos en una pensión familiar a las orillas del pueblito, y pronto encontramos nuestra playa bruja, una bahía minúscula de escaso oleaje rodeada por rocas bajas y negrísimas. Un escondite maravilloso en el que pasamos la mayor parte de las tardes de aquella semana.

A menudo, en las mañanas desayunábamos con lasitud y leíamos Il Corriere (De Candia era de esos italianos nice para los cuales periódico e Il Corriere eran sinónimos), para luego ir a una playa más concurrida. Una ocasión me quedé en esa playa mientras ella tomó un tour que recorría toda la isla. Regresó muy divertida: el guía decía, ante paisajes preciosos que eran “bellos como una tarjeta postal”, cuando no había nada que pudiera capturarlos en su majestad.

Pero Circe también hizo sus jugarretas. Durante esos días en Ponza –y después de tanta exaltación -, no hicimos el amor. Ella no quiso, y soltó la indirecta de que fue porque yo no le había preguntado en Nápoles sobre sus anticonceptivos. Pero igual la pasamos maravillosamente. Me complacía estar con ella, así de simple.

En el tren de regreso a Módena, nos tocó en compartimentos separados. Yo a cada rato me levantaba, iba al de ella y le guiñaba el ojo, recibiendo a cambio una magnífica sonrisa. Quiero suponer que ese detalle final (cada guiño quería ser una flor, cada sonrisa lo era), que le daba a entender que yo no quería imponerme y no estaba con ella sólo por el sexo, contribuyó a que, ya en nuestra ciudad (y después de que ella recuperara las pastillas olvidadas en el escritorio de su padre… Freud, otra vez), tuviéramos largas jornadas de arrebato.

Escribí en mi cuaderno aquellos días: “Dormir con ella, arrastrar dentro del sueño al sueño febril de su cuerpo, sentir cómo pica la antigua soledad, pero al mismo tiempo saber que no estamos solos, que ella nos ha comunicado ya su dulzura y su modo de ver la vida.

“No saber ya a qué atenerse. Ella conjuga firmeza e imprevisibilidad… es capaz de termuras insospechadas, de hieratismos atroces. Quizá también ella esté confundida. Mi interés por ella no se desvanece, no obstante los esfuerzos y los esporádicos encabronamientos. Me atrae un chingo.”

martes, octubre 27, 2009

El IEPS y la payasita de crucero

Regresaba ayer del trabajo, a las diez y media de una noche fría y con una llovizna pertinaz. El semáforo me detuvo en un alto y vi, a mi izquierda, a una payasita de crucero de unos trece años, con su traje de carácter y la nariz pintada de negro. Estaba acuclillada y por un momento pensé que era por el frío de la calle y su soledad. Pero no. Estaba absorta mandado mensajes de texto por su celular.

Lo siguiente que me vino a la mente fue que los senadores están discutiendo el IEPS en telecomunicaciones. El Impuesto Especial sobre Producción y Servicios grava aquellas actividades que por sus características específicas generan un costo social y externalidades negativas (como el tabaco, las bebidas alcohólicas, los juegos de azar y la gasolina). La tasa del impuesto extra depende de qué tan grandes sean los perjuicios causados por el consumo del bien o servicio y qué tan básico sea el artículo por gravar.

En su desesperación por hacerse de recursos, las autoridades han pasado del concepto original de externalidades negativas al de "consumo de lujo". En esa lógica, se ha pretendido incluir a teléfonos celulares, televisión de paga e internet. Todos estos servicios están controlados por grandes empresas, pero la pérdida que tendrían es marginal (una mínima disminución en la contratación), ya que -al igual que el IVA- el impacto del impuesto es sobre el precio final que paga el consumidor, lo que disminuye el ingreso disponible de las personas. Es decir, los consumidores son quienes pagan al fisco.

Regresemos a la payasita adolescente de crucero. A esta niña, el desempleo, la desigualdad social y la ignorancia la han privado del derecho a la infancia. Pero tiene celular y lo usa para chatear. El impuesto no le quitará el juguete, pero sí disminuirá su ingreso disponible, y todo en nombre de los pobres.

No pretendo aquí discutir la conveniencia o no de los impuestos a las telecomunicaciones (opino que son producto del ansia recaudatoria ante la inexistencia de acuerdos sobre una reforma fiscal a fondo, verdaderamente redistributiva). Lo que me impacta es la ignorancia de la realidad que se deja ver cuando se clasifican ciertas mercancías como "de lujo". Supuestos lujos en manos de mendigos.

Y esta reflexión me llevó a recordar -ya estaba yo cuadras más allá de la mojada payasita- una discusión entre economistas, a mediados los años ochenta. Era un trabajo que calculaba a qué tasa debía crecer la economía mexicana para que, en un determinado número de años, todos los ciudadanos tuvieran acceso a los "mínimos de bienestar". Evidentemente, la tasa de crecimiento o el número de años variaban según se moviera la distribución del ingreso. A menor Coeficiente de Gini (mejor distribución del ingreso), menos años para llegar a la meta o menor tasa de crecimiento requerida.

Entonces Carlos Tello señaló que, si la distribución del ingreso fuera perfecta, aún con una tasa negativa de 1 por ciento anual, todos los mexicanos accederían a esos mínimos de bienestar. Fue ahí cuando se me ocurrió preguntar qué se entendía por mínimos de bienestar. Me contestaron que alimentación y educación básicas, salud, vestido suficiente, casa, agua, electricidad y algunos electrodomésticos... por ejemplo, televisión en blanco y negro.

Respondí con dos preguntas. La primera era: ¿Qué nos garantiza que el costo productivo de llegar a una distribución totalmente igualitaria del ingreso será sólo de 1 por ciento del PIB? "Mínimo caería 25 por ciento", deduje, "y entonces nadie alcanzaría los mínimos de bienestar". La segunda era: "¿Y en la tele en blanco y negro van a pasar las caricaturas de Bolek y Lolek?". No me podía imaginar de otras.

En otras palabras, los burócratas de Hacienda y los políticos en el Congreso hacen su esfuerzo, pero no tienen la exclusividad del desconocimiento de la realidad nacional.


miércoles, octubre 21, 2009

Biopics: Patrizia de Candia y un programa de radio

Quien de verdad me movió el tapete fue Patrizia de Candia, una chava que conocimos a través de Claudio Francia, quien le había hecho conversación en la biblioteca de la Facultad (al parecer, ligar en las bibliotecas era una extraña especialidad de Claudio). Patrizia estudiaba historia contemporánea en la Universidad de Bolonia, luego de haber obtenido un B.A. en Chicago, y usaba a menudo nuestra biblioteca porque vivía muy cerca del edificio donde estaba la Facultad. Era una mujer bella, garbosa y diferente.

Hablaba el italiano con un ligero acento inglés, que ella negaba poseer. Nacida en Alejandría de Egipto, había vivido su infancia y buena parte de su adolescencia en la Sudáfrica del apartheid (insistía en que la zona angloparlante, donde ella residía, estaba en contra del sistema, a diferencia de los racistas afrikaaners de origen holandés; también subrayaba, muy a la defensiva, que su papá era profesor universitario, no el típico empresario italiano que emigraba para obtener grandes ganancias de bajos salarios). Además de estudiar, era maestra sustituta de inglés en una secundaria, pero no lo hacía por el dinero, porque su familia era acomodada.

Su maquillaje era suave; sus ropas, normalmente holgadas –Eduardo Mapes diría después que era para disimular sus atractivas formas-, eran de alta calidad; por su actitud, se sabía guapa; estaba –como todas- metida en la onda del feminismo, pero decía que no, tal vez porque no compartía el lenguaje radicaloso impregnado de marxismo. A mí me gustó de inmediato. Y mucho.

Yo también le gusté, porque pronto se convirtió en visitante asidua a nuestro departamento y aprovechábamos el tamaño de mi mesa de trabajo para estudiar juntos, cada quien su onda, durante largas horas, en las cuales no faltaban los guiños, las breves pláticas, la sensación de creciente calidez.

Esos fueron los días de explosión demográfica de las radios libres, un movimiento impulsado por el Partido Radical que pretendía que los ciudadanos le arrancaran al Estado el control de los medios de comunicación electrónica. Con una inversión mínima, se montaron decenas de estaciones pirata, que ocuparon el espacio (una de ellas, Radio Alice, incluso asesoraba a los autónomos en sus escaramuzas con la policía en Bolonia). Con el tiempo, la política cedió espacios al comercio y aquellas movilizaciones culturales terminarían por allanar el camino a los empresarios y sus jugosos negocios.

Pues bien, en Módena no podía faltar una radio libre, y los activistas nos invitaron a los estudiantes mexicanos a hacer un programa con música latinoamericana. Un día antes de la cita, nos enteramos por Il Manifesto y L’Unità que el movimiento sindical que unía a trabajadores académicos con los administrativos de la UNAM había sido reprimido y que habían sido detenidos mis profesores Eliezer Morales y Pablo Pascual (“Pascual Moncayo”, escribía la prensa, pero sabíamos que era Pablo), así como los que mi amigo Raúl Trejo había descrito como sus compañeros más cercanos en la grilla universitaria: José Woldenberg, Erwin Stephan-Otto y Alejandro Pérez Pascual. Decidimos entonces que el programa de radio sería en solidaridad con los compañeros reprimidos por el gobierno mexicano y con la huelga de la UNAM.

Al programa llevamos música de todo tipo, pero sobre todo guapachosas. De Celia Cruz a la Sonora Santanera. Edgar List leyó un poema suyo reciente, que yo traduje. También leí un rollito en el condenaba la detención de los sindicalistas. A la estación –guiado por la búsqueda de una antena- llegó un refugiado chileno, emocionado porque después de varios años había podido escuchar radio en español. También tuvimos una crítica: a Roberta, la entonces novia de Mapes, no le había parecido que yo tradujera la letra de “El Ladrón”, que cantaba Sonia López con la Santanera, porque era “evidentemente sexista”.

Patrizia de Candia había estado estudiando conmigo hasta minutos antes del programa, nos llevó a la estación de radio y se quedó con nosotros todo el rato. Luego se dio cuenta -¡bendito Freud!- que había olvidado su bolsa en nuestro departamento, así que allá fue también de regreso. Ya era muy noche y la convencí de que se quedara (le presté una camisa mía de manta, que usó a manera de baby-doll). Nos la pasamos en cama platicando, besándonos, conociéndonos, fajando, platicando más, acariciándonos, mirándonos tiernamente, descubriéndonos hasta las seis de la tarde.

Un par de días después nos enteramos que los sindicalistas mexicanos habían sido liberados.

lunes, octubre 19, 2009

La teoría de la estupidez humana


En su ensayo “Las leyes fundamentales de la estupidez humana”, dentro de su libro Allegro ma non troppo, el historiador y economista italiano Carlo Cipolla divide a los seres humanos en cuatro categorías: los desprevenidos (o incautos), los inteligentes, los bandidos (o malhechores) y los estúpidos. Los desprevenidos son personas que hacen cosas que benefician a otros y los perjudican a ellos; los inteligentes hacen cosas que los benefician y también aprovechan a los demás, los bandidos hacen cosas que los benefician a ellos, pero perjudican al prójimo y los estúpidos hacen cosas que no benefician a nadie, perjudican a otras personas y a menudo también dañan al propio estúpido que las hizo.

Esto se puede graficar con en un cuadrante, como se ve en el gráfico 1. En la parte superior, aquellos que benefician a los demás; en la inferior, los que los perjudican. En la parte izquierda, quienes se perjudican a sí mismos; en la derecha, quienes se benefician.

Según Cipolla, una persona inteligente puede a veces comportarse como una incauta o incluso como un malhechor. Un malvado puede a veces portarse de manera inteligente o incluso incauta. Un desprevenido puede a veces ser inteligente y en otras, incluso, llegar a actuar como bandido. Pero la mayor parte de las acciones de cada uno responderá a su característica fundamental. Al mismo tiempo todos ellos saben, en su fuero íntimo, a qué categoría pertenecen, y reconocen si han cometido alguna estupidez –lo que ocasionalmente sucede.

El estúpido es diferente, porque tiende a comportarse de manera coherente: es casi indefectiblemente estúpido, y porque es el único grupo que no se da cuenta a cual de las categorías pertenece.

A partir de ahí, Cipolla hace una gráfica, un cuadrante de costo-beneficio, del cual pretende –para fines didácticos- excluir cualquier tipo de imperativo moral. De ahí resulta que las acciones inteligentes tienen todas suma positiva, algunas acciones “desprevenidas” pueden, igualmente, tener suma positiva (pensemos, por ejemplo, en los actos de heroísmo en los que el personaje pierde la vida, pero salva muchas) y hasta algunas acciones de los malhechores resultan en suma positiva, porque la pérdida ajena es inferior a la ganancia del bandido (a éstos, Cipolla los califica de “deshonestos” , o "bandidos inteligentes", cuyos efectos se ven en la gráfica 2 como la zona Bi). Más a menudo, los malhechores hacen más daño que el beneficio que obtienen (es el caso típico de los criminales)., y sus acciones se ubican en la zona Be. Pero en el caso de los estúpidos, la suma siempre es negativa. Es gente que nos hará perder dinero, tiempo, tranquilidad, oportunidades a cambio de nada. Gente obstinada en entorpecer la actividad ajena.

Si analizamos la gráfica 3, resulta casi de manera automática que los estúpidos son más dañinos que los malvados. La suma negativa es el espacio que está debajo de la línea NOM. Cipolla dice, con todas sus letras, que son más peligrosos. ¿Por qué?

En primer lugar, porque siempre se subestima su número. Personas que uno ha considerado racionales e inteligentes en el pasado, se revelan como indiscutiblemente estúpidas: este predicado impide atribuir un porcentaje de la población a la categoría.

En segundo lugar, porque "la probabilidad de que una persona determinada sea estúpida es independiente de cualquier otra característica de la misma persona". Esto significa que la estupidez no distingue sexo, raza, nacionalidad, profesión o condición social.

En tercer lugar, no sólo se subestima la cantidad, sino también el potencial nocivo de las personas estúpidas. Una persona inteligente puede entender la lógica del malhechor, porque tiene cierta racionalidad, basada en la búsqueda del beneficio propio a costa de lo que sea. Esa racionalidad permite, hasta cierto punto, defenderse de ellos y, si se puede, pasar al contrataque. En cambio, a las personas razonables les resulta difícil imaginar y entender un comportamiento estúpido. Por lo mismo, es muy complicado defenderse de quien no tiene un plan preciso, y los ataques de los estúpidos suelen ser particularmente devastadores.

Como, además, los estúpidos automáticamente generan sumas negativas, Cipolla concluye que el estúpido es más peligroso que el malvado. Su capacidad de hacer daño depende de dos factores principales: del factor genético y del grado de poder o autoridad que ocupa en la sociedad.

Esto nos obliga a saltar de lo “micro” a lo “macro”. ¿A qué se debe que algunas sociedades estén en ascenso y otras en decadencia? Según el historiador, ambas tienen el mismo, elevado porcentaje de estúpidos. Pero en una sociedad al alza, hay muchos inteligentes en el poder, y tienen bajo control a los estúpidos, mientras que en una sociedad en decadencia, abundan los malhechores entre las personas que están en el poder, y éstos suelen ser más permisivos con los estúpidos. Al mismo tiempo, entre quienes no detentan poder alguno, crece la proporción de desprevenidos/incautos. Es la fórmula perfecta para dirigirse a la ruina.

Si damos un repaso a la situación nacional reciente, encontraremos algunos casos paradigmáticos. Por ejemplo, Juanito parecía, en sus primeros momentos como personaje público, un incauto en manos de un bandido. Posteriormente se reveló como un estúpido. Chucho Ortega y Germán Martínez Cázares se demostraron capaces de hacerle daño (no sólo electoral) a sus partidos y no se ve qué beneficios hayan recogido. Podríamos continuar la lista, pensando en los temas que han sobrecogido al país en el último año: la guerra contra el narco, la estrategia contra la influenza, las medidas contra la crisis económica, el conflicto del SME, el paquete fiscal-presupuestal…

Creo que lo inteligente es dejar a los lectores sacar sus propias conclusiones sobre quién se ubica en qué punto del cuadrante y sobre las razones por las cuales la percepción mayoritaria es que el país se encuentra en decadencia.

miércoles, octubre 14, 2009

Biopics: Cartas y periódicos

Conciertos

Si en el 76 lo más memorable habían sido las conferencias, aquel 77 fue de grandes conciertos. Además de los típicos con cantautores de protesta, hubo muy buen jazz: la presentación de Archie Shepp en el Teatro Comunale, varias de Don Cherry (era la época de Wild Rice), de los cuales la mejor fue en Reggio Emilia (y la banda siempre abucheaba a la mujer de Cherry cuando salía a bailar), y una magnífica serie jazzística en el Polisportivo de Bolonia –con Charlie Mingus, entre otros-. La cereza de esos conciertos fue uno de Mahavishnu John McLaughlin en Bolonia (y el sueco que estaba sentado atrás de mí traía un hash poderosísimo), que fue seguido de otro de Weather Report, del que perdí el boleto (y me pasé días tratando de explicar cuál de las muchas causas de la psicopatología de la vida cotidiana me había orillado a extraviarlo).

Cartas

En esos meses, le escribía a menudo a Patricia. Cartas extensas, prolijas, en las que le platicaba de manera muy abierta mis actividades y sentimientos. A cambio, recibía misivas igualmente afectuosas, pero breves, y fechadas en un lugar diferente cada vez. Me preocupaba, por ejemplo, que escribiera que, porque su madre estaba enferma, ella “tenía” que irse a “vivir” a Tijuana, y me quebraba la cabeza acerca de cómo se había dejado chantajear y sobre “el papel que pueda la señora tener en una relación con Patricia”. Tijuana resultó una estancia de tres meses, seguida de varios cambios más. Más tarde me dí cuenta de que aquello era resultado de una constante fuga neurótica que caracterizaba, desde hacía años, a su familia.

Anduve un tiempo con Ketti, una chava “con problemas de identidad y una fuerte necesidad de afecto” –según describí-, que llegó a decir que visitaba nuestro departamento “en busca del Santo Grial” (por lo que siempre olvidaba allí su encendedor) y que provocaba en mí mucha indecisión. A menudo la relación terminaba en un rollo larguísimo acerca de las dificultades de comunicación. Ya no andábamos, pero me acabó de hartar el día en que se dijo contenta de que las Brigadas Rojas le hubieran disparado en las piernas a Indro Montanelli, el derechista director del diario Il Giornale.

Periódicos

El atentado a Montanelli permite una necesaria digresión para volver a comentar sobre el papel que tenían los periódicos en Italia. En el contexto de un monopolio estatal sobre los medios electrónicos (que se traducía, en principio, en noticieros “rigurosamente vigilados” y grises), la influencia de la prensa escrita, que jamás escondía sus tendencias, era enorme. Había muchísimos cabezales y varios de ellos tenían tirajes masivos. En las ciudades –pero más notablemente en las pequeñas y medianas- se desperdigaban varios tableros públicos, en los que se colocaban con tachuelas páginas seleccionadas de cada periódico. Era común en Módena ver a alguien, montado en su bicicleta, leyendo alguna de estas páginas, que muy rara vez eran arrancadas –lo que para mí era gran muestra de civismo-. Fue en uno de esos tableros en Corso Canalgrande, yendo hacia la Facultad, cuando me enteré de la muerte del guerrillero Lucio Cabañas. Y si uno tenía, como yo de toda la vida, la manía de querer leer toda la letra impresa que se presenta en su perspectiva visual, acababa echándole un ojo a diarios que se vendían muy poco, como Avvenire (del episcopado), Il Popolo (de la DC) o Il Foglio di Modena (de izquierda cristiana, que publicaban unos cuates de Roberto Livi).

Los mexicanos nos combinábamos para comprar tres periódicos (Corriere della Sera, Il Manifesto y La Repubblica), además de que leíamos L’Unità en el bar (en casa, los domingos, cuando llegaban los militantes a venderlo) y, a veces, el Financial Times en la sala de lectura de la Facultad. Junto con L’Unità, el periódico más vendido en Módena era Il Resto del Carlino, un diario de derecha, bastante burdo y provinciano –y, por lo tanto, ilegible- que se distribuía bien por Emilia-Romagna.

Los vientos de la época soplaban hacia la izquierda. El diario más tradicional, el Corriere, se había movido en esa dirección, bajo la dirección de Piero Ottone (autor, una década más tarde, de un libro, Il buon giornale, que fue una Biblia en mi formación periodística) y buena parte de los redactores más conservadores, encabezados por Montanelli, al ver que ya no era contraparte de los diarios de izquierda, se salieron para fundar Il Giornale, un diario manipulador y no tuvo grandes tirajes hasta que intervino Berlusconi a rescatarlo, pero que era inteligente y estaba bien escrito, por lo que había que leerlo de vez en cuando. Montanelli escribía editoriales mínimos (el tipo de reflexión de cinco líneas que se hizo popular años después en varios países), que competían en profundidad y agudeza con los de “Fortebraccio”, en L’Unità.

En aquelos años, y en aquel contexto, fue que nació La Repubblica, de Eugenio Scalfari. Era un diario chiquito que rápidamente fue conquistando a un público entre el que yo me contaba. Claramente progresista, tomaba varios elementos libertarios del Partido Radical y los combinaba con un aliento de defensa de los intereses populares, propio de la izquierda y una incisiva crítica cultural. Su lenguaje carecía de los tropos marxistas de L’Unità, lo cual era refrescante.

El diario de Scalfari y el de Montanelli prefiguraban el fin de una época (la de los diarios partidistas), que no significaba, obviamente, el fin de la disputa ideológica entre las dos Italias.

viernes, octubre 09, 2009

La Balada de Deng Xiao Ping

Hace unos días se cumplieron 60 años del triunfo de la Revolución China, que todavía tiene a Mao como su figura emblemática. Durante buena parte de los años setenta, la izquierda discutió -a veces acremente- acerca de la Revolución Cultural, del papel de Mao y de las contribuciones de China a la construcción del socialismo en el mundo.
Aunque respetara la figura de Mao, a mí nunca me entusiasmó la famosa Revolución Cultural. Me sacaba de onda que los maoístas fueran acríticos respecto a Stalin, tampoco simpatizaba con el culto a la personalidad y me parecía deleznable que se utilizara el Libro Rojo, con citas sacadas de contexto, como si fuera la Biblia infalible. Para colmo, constaté que el brazo represor del maoísmo alcanzaba incluso a los estudiantes chinos que conocí en Perugia, y que tenían prohibido asistir a clases que no fueran de gramática y convivir con las demás personas. Ya en asuntos más cercanos a la militancia, había dos elementos que me parecían antimarxistas: uno, el papel central que se daba al campesinado -que, en mi visión más ortodoxa, no pasaba de ser un aliado de la clase obrera moderna, que es la que en verdad tiene el potencial revolucionario-; otro, la idea maoísta de que los militantes revolucionarios tenían que vivir como campesinos o como proletarios para tener una verdadera perspectiva de clase, que me parecía una suerte de pasión pobrista de inspiración franciscana, cristiana. Finalmente, desaprobaba el apoyo chino al grupo extremista que acababa de tomar el poder en Camboya -y que más tarde se revelaría como genocida-, bajo las consignas de la Banda de los Cuatro de la Revolución Cultural.
Sabíamos -a través, sobre todo, de la lectura cotidiana de Il Manifesto y de Monthly Review- que esa misma discusión que cómodamente llevábamos a cabo en Occidente, se reproducía en China al costo de miles de muertos y millones de vidas destrozadas. Yo de inmediato simpaticé con los reformistas contrarios a la Revolución Cultural, cuya figura principal era Deng Xsiao Ping.

A propósito del asunto, en 1977 escribí "La Balada de Deng Xsiao Ping", que debe ser cantada a la música de "Agujetas de color de rosa". Lo hice, entre otras cosas, porque para los ultras hasta el humor era calificado de "pequeño burgués". Esta es la letra:

Este es un chino que es un poco loco.
Se las da de mandarín.
Es un gran líder lo conocen poco.
Se trata nada menos que de Deng Xsiao Ping

Durururú
Deng Deng Xsiao Ping
Durururú
Deng Deng Xsiao Ping
Contigo hasta el fin.

Combatió a la Banda de Cuatro
y al legado del Gran Timonel.
No le importó el color del gato.
Si caza ratones, juguemos con él.

Durururú
Deng Deng Xsiao Ping
Durururú
Deng Deng Xsiao Ping
Contigo hasta el fin.

Wang, Zhang, Yao y Madame Jiang Qin
pidieron la cabeza de Deng Xsiao Ping
la Guardia Roja lo quería matar
porque sus excesos se negó a aceptar

Durururú
Deng Deng Xsiao Ping
Durururú
Deng Deng Xsiao Ping
Contigo hasta el fin.

Deng Xsiao Ping no siguió a Mao.
Se mantuvo con firmeza
a pesar de los dazebaos
de quienes no usan la cabeza.

Durururú
Deng Deng Xsiao Ping
Durururú
Deng Deng Xsiao Ping
Contigo hasta el fin.

La vieja de Mao enmudeció
el triste día que Zhou En Lai murió,
entonces el pueblo se enardeció
y a la plaza Tien An Men se dirigió...

Durururú
Deng Deng Xsiao Ping
(así cantaban)
Durururú
Deng Deng Xsiao Ping
Contigo hasta el fin.

Murió Mao, Deng Xsiao Ping ganó,
al bote fue a parar la madame Jiang Qin,
colorín colorao la historia terminó
y ahora en China cantan así:

Durururú
Deng Deng Xsiao Ping
Durururú
Deng Deng Xsiao Ping
Contigo hasta el fin.