jueves, enero 05, 2017

El ciclo dólar-gasolina-tortilla




En el año 1983 escribí en el semanario Punto, un texto que se llamaba “Siete ciclos económicos”, que describía lo que, a mi entender, estaba pasando en el país. Uno de los ciclos lo titulé “T-G-D” (es decir, Tortilla-Gasolina-Dólar). Se refería a la espiral inflacionaria desatada a partir de la devaluación del peso, convertida en una bola de nieve.
 
Hoy, el ciclo T-G-D amenaza con volver a atenazar la economía mexicana, con la salvedad de que ha empezado al revés, con la depreciación de la moneda mexicana en los mercados cambiarios.

Cada uno de los bienes que dan nombre a este ciclo es representativo de un mercado estratégico. Veamos.

El dólar suele ser fundamental en los mercados financieros, ya que es común que las autoridades monetarias intenten evitar corridas especulativas contra el peso a través de la manipulación al alza de las tasas de interés, que luego golpean todo el sistema.

Las gasolinas, si bien son consumidas prevalentemente por el tercio más rico de la población, que se transporta en vehículos particulares, tienen la característica de guiar los precios de los energéticos, que son insumo en la producción y distribución de casi todas las demás mercancías. Son clave en la generación de electricidad y, con ello, de casi todo lo que se produce. Y además todos sabemos que los jitomates no se transportan solos al mercado.

La tortilla aquí funciona como el bien más representativo de la canasta básica de los mexicanos. Es un producto cuyo precio, en relación al salario, se convierte en un termómetro importante del nivel de bienestar de la población más pobre.

Cuando se gestó la crisis de los años ochenta, la disminución en el subsidio a la tortilla –derivada de la crisis fiscal del Estado– y un aumento a las gasolinas –nuestro desbalance entre producción de petróleo crudo y refinado es histórico– dieron la voz de arranque a las fases finales de la especulación que destrozó al peso y, de paso, a los sueños de abundancia que llegó a manejar el gobierno.

Lo que pasó a continuación fue la espiral T-G-D: la búsqueda de parte de empresarios y de no-asalariados para reponerse de pérdidas reales o previstas, en una carrera inflacionaria delirante; el desplome salarial generalizado, devaluaciones en cadena y, sobre todo, la ruptura del pacto social, que había determinado una distribución del ingreso en la que, aunque de manera desigual, todo mundo había obtenido beneficios.

Aquella espiral acabó con un tipo de distribución del ingreso e impuso otro, más inequitativo.

A diferencia de aquellos años, llevamos más de tres lustros con una inflación contenida. Ha habido, sí, pérdidas del peso frente al dólar, pero no han derivado en problemas macroeconómicos relevantes ni en un nuevo cambio en la distribución del ingreso. A cambio de esa estabilidad, la economía mexicana ha crecido muy lentamente. El “estancamiento estabilizador”.

Se sabía que la victoria de Trump iba a generar presiones contra el peso. Se sabía, también, que el Banco de México respondería a esas presiones de la única manera que sabe hacer: aumentando las tasas de interés (y, con ello, los costos financieros de las empresas). Se sabía, finalmente, que todo ello iba a generar incertidumbre en el área fiscal y obligar –en la lógica ortodoxa– a un presupuesto austero.

En ese contexto, que es también el de precios del petróleo al alza y de la incapacidad estructural de México para producir suficientes derivados, se toma la decisión de un aumento a las gasolinas del orden del 20 por ciento, previo a una liberación escalonada por entidades a lo largo de este 2017.

No se trata de un nuevo impuesto. Es el resultado inevitable de la combinación de la depreciación del peso y la imposibilidad de subsidiar el combustible. Pero el caso es que teníamos D, y ahora tenemos D-G.

El aumento al precio de las gasolinas ha provocado enojo. Enojo clasemediero, en primer lugar, porque el coche es templo. Pero también enojo social, por aquello de que se vendió que la reforma energética iba a bajar los precios de todo lo que ahora está subiendo. De estos enojos, no pocos políticos sacarán raja.

Pero más allá del enojo, lo preocupante es que se entienda el aumento a las gasolinas como la voz de “arrancan” para una escalada de precios. Que cada quien sienta que es su oportunidad para adelantarse a una aceleración inflacionaria. Si eso sucede, vivirán –viviremos todos– una profecía autocumplida.

Por eso, es hoy más importante que nunca evitar la tercera parte del ciclo: la T. Si el kilo de tortillas aumenta un 20 por ciento, y se  achaca el incremento a las gasolinas, entonces es el inicio del ciclo y que Dios nos agarre confesados.

Si al gobierno le interesa mantener el barco medianamente en rumbo, así sea entre tumbos, bien le vendría hacer política sectorial para frenar cualquier intento de aprovechamiento de la situación. Si se permite que un sector productivo lo haga, todos van a querer.  

El último de aquellos siete ciclos del texto de 1983 era el D-R-D (Declaraciones-Regaños-Declaraciones). Si, en vez de negociar y explicar con seriedad la gravedad de la situación, el gobierno se pone a regañar o intenta dar atole con el dedo quesque para que no nos sintamos mal, le va a pasar lo mismo que al de hacer tres décadas, y las urnas empezarán a cobrar factura desde este 2017.

No puede ser que, 34 años después, no hayamos aprendido ciertas lecciones. O, desgraciadamente, sí puede ser.

viernes, diciembre 23, 2016

Los diez deportistas mexicanos del 2016

1. Guadalupe González
2. Germán Sánchez
3. María del Rosario Espinoza
4. Ismael Hernández
5. Misael Rodríguez
6. Gustavo Ayón
7. Checo Pérez
8. Ignacio Prado
9. Roberto Osuna
10. Alejandra Zavala 

miércoles, diciembre 21, 2016

Adictos al clic

Hace años, la gente se enteraba de las noticias fundamentalmente a través de los periódicos. Los diarios eran, como decía Hegel, la oración matinal del hombre moderno.

En esa época, la lectura de noticias solía tener su momento del día y su orden específico. De acuerdo con los gustos, uno iba hojeando las distintas secciones, deteniéndose un rato en el texto de algún editorialista o en alguna crónica bien escrita, o se ponía a hacer cuentas con las estadísticas deportivas disponibles.

De hecho, muchos periódicos tradicionales –esos que tienes que desplegar ampliamente para leerlos– se dividían en secciones separables, que a veces se repartían entre los miembros de la familia, según sus preferencias.

Las personas también solían comprar revistas mensuales o semanales, casi siempre de acuerdo con sus intereses especiales. Había quien las compraba de política, quien de futbol o beisbol, quien de temas culturales. Y había revistas que tenían de todo, como en botica. Para leer en ratos libres, pero después del obligatorio periódico matutino.

Cuando la televisión se hizo masiva, no faltó quien pensara que desplazaría a los medios impresos. La gente iba a tener las noticias gratis.

No fue así. El hecho es que un diario tamaño tabloide tiene, en promedio, 40 veces más información escrita que un noticiero de 30 minutos, y suele ser leído en aproximadamente el mismo tiempo. No están, por supuesto, los videos, que –en determinadas ocasiones, pero no como regla– generan interés por su inmediatez y su espectacularidad. También resulta mucho más fácil para la TV grabar sucesos importantes que suceden en el momento: un diario tiene que hacer una edición especial y el suceso debe ser muy relevante (el ejemplo más reciente es el ataque a las Torres Gemelas). Pero nunca la pantalla chica ha podido sustituir a la prensa.

Sin embargo, el advenimiento de la televisión de masas provocó cambios importantes en el periodismo escrito. Ya no era tan atractivo salir con la nota que la televisión había manejado la noche anterior. Y si era de horas antes, todavía menos, sobre todo con la multiplicación de la radio noticiosa. Las noticias duras se convertían en “pan duro” con una rapidez antes no sospechada.

Eso obligó a la gente de prensa a hacer dos cosas: una, aprovechando que tiene más espacio, es dotar de contexto analítico o histórico a la nota del día; con ello se generaba un plus que la televisión era incapaz de ofrecer. Otra, generar notas de investigación, exclusivas de interés que ningún otro medio podía entregar.
De ahí surgió el método de competencia que todavía prevalece. Ya no es “ganar” la nota, sino quién la presenta de manera más interesante, o quién es capaz de fijar agenda. Al mismo tiempo, cobró más relevancia relativa otra zona en donde cada periódico es diferente: las plumas de opinión.

La irrupción masiva de la tele está ligada con cambios en las formas de comunicación y de control político. Si antes se trataba de convencer con argumentos, ahora –de manera creciente– se trata de seducir con ideas-fuerza. Si antes importaban la plaza, la escuela, la opinión publicada, ahora –cada vez más– importan la red social, la pantalla, la opinión pública medida en encuestas.

En los últimos lustros nos hemos estado moviendo, lenta pero consistentemente, del periodismo de información al periodismo de entretenimiento. Cada vez se piensa menos en informar y formar opinión (¡qué vieja suena ya la frase!) y cada vez más en complacer al cliente. Cada vez menos en la construcción de un nicho estable de lectores y cada vez más en la búsqueda frenética de compradores.

Lo último se ha hecho más que palpable con el advenimiento del internet como herramienta privilegiada de información. Con la red, todos hemos variado notablemente la forma en la que consumimos noticias, opiniones y cosas que parecen noticia o que parecen opinión.

Lo primero es que ya se perdió el orden. Para muchos –en especial para quienes ya no consumen la prensa escrita– el día comienza con una verdadera avalancha de información en las redes sociales. Esta avalancha no suele estar jerarquizada, y uno la va digiriendo a cómo puede. Se entrecruzan notas del momento, noticias del día anterior, análisis más o menos inteligentes, notas triviales que los buscadores de Silicon Valley piensan que pueden interesarte, discusiones más o menos baladíes entre tuiteros o amigos del Facebook, chistes varios, videos de perritos, vínculos a blogs, frases célebres, tests, encuestas y algo que se está grabando en Periscope. Un arroz con mango.

En medio de esa avalancha, la prensa escrita tiene que buscar su nicho. Tiene que insistir en su canon, en señalar lo que le parece relevante. Tiene que enviar el mensaje de la noticia que importa, de la opinión que considera que vale la pena. Y tiene que hacerlo de manera atractiva, que compita no solamente con los otros diarios, sino con todo lo demás que hay en la red, que es, literalmente, un mundo.

También, por supuesto, puede hacer otra cosa. Ponerse a buscar clics de manera frenética, pensando en mejorar sus métricas –que no su número de lectores– y, con ello, su posición en los buscadores y en los compradores de publicidad pública o privada, que utilizan ese criterio para definir pautas y precios.

Es una cosa lamentable ver cómo hay diarios, otrora serios, que se han vuelto, en sus versiones web, adictos al clic, junkies de lo viral. Noticias, opiniones, análisis, contexto, han dejado su lugar al envío de mujeres semiencueradas en los avisos en el celular, insistencia en los #Lores y #Ladies que hacen gala de su falta de civismo, largas disquisiciones sobre los XV Años de Ruby, noticias más triviales que el chisme más ligero de la farándula y videos de accidentes. Todo, envuelto en insinuaciones para hacer más tentador el clic que se multiplicará por mil. Lo de menos es ser leídos.

Hay hechos que se han vuelto virales en la red por el interés humano de la historia que tienen, o porque son de verdad espectaculares. Pero la mayoría lo son por el morbo de la gente. Hace rato que varios medios no lo distinguen. Están demasiado ocupados en su ansia, arrastrándose en pos de un pinchazo: el clic del internauta.

En el camino, la sociedad pierde. Hay más información, pero no está mejor informada.


Posverdades y pitufos asesinos




Cuando apareció la posverdad como nueva palabra (aunque yo digo que hubiera sido más elegante post-verdad), lo primero que se me vino a la mente no fue el bulo, difundido en internet, de que el Papa Francisco había apoyado a Trump, sino la declaración de una campesina serbo-bosnia, durante la guerra civil yugoslava, de que la gente había visto, flotando en el río, a niños cristianos crucificados por los bosnios musulmanes.

La posverdad es una confianza en afirmaciones que pueden parecen realidad, pero no lo son. Esa confianza parte de preconceptos y de sensaciones: en la práctica ni siquiera importa si quien la acepta asume la mentira como si fuera verdad o si, aún a sabiendas de que es mentira, la toma como si fuera verdad.

La palabreja es nueva, pero denota algo que ha existido, con otros nombres o sin nombre alguno, por muchos años. Los niños cristianos crucificados han flotado en los ríos de Europa desde la Edad Media. Es la creencia en información falsificada y manipulada con fines políticos o de otro tipo.  

Hay una enorme cantidad de ejemplos de posverdad a lo largo de la historia. Una de las más conocidas es el libelo antisemita conocido como Los Protocolos de los Sabios de Sión y la conspiración judeo-masónica, que fue usado por el gobierno zarista, primero, y por los nazis, después, para justificar ideológicamente la persecución de los judíos.  

Muchas otras imposturas han servido para reescribir la historia de los pueblos. Para hacer mitos fundacionales. Hay que admitir que una parte de la historia moderna está fundada en una plataforma de falsificación, que funciona gracias a la vorágine de irracionalidad con la que suele manejarse la política.

Durante siglos, las posverdades han servido para que los falsarios dirijan la frustración popular hacia enemigos externos, y obtengan, así, el control político de la población. Siempre será una voz autoritaria y paternalista la que nos advierta de la amenaza externa, que porta quien es diferente a nosotros.

Hay posverdades que emanan claramente de los centros de poder. En los regímenes totalitarios son fáciles de detectar, pero son tan pertinaces que acaban por funcionar. En los regímenes liberales requieren de cierta complicidad –consciente o no– de parte de los medios plurales, como fue el caso de las famosas Armas de Destrucción Masiva, que Saddam Husein estaba preparando para el mundo.

Hay otras posverdades que suelen venir también de los centros de poder, pero a veces tienen su origen en la frustración y la imaginación populares. Las hemos conocido toda la vida con una palabra más sencilla: rumores.

En México, hemos tenido rumores exitosos de todo tipo. Y la credibilidad de la población es de asustarse. Habrá quien recuerde que hace medio siglo miles de personas fueron a Paseo de la Reforma, porque habría una procesión de OVNIs a la Basílica de Guadalupe. O, más grave, cuando los padres de colonias populares evitaban la acción de las brigadas de vacunación porque eran “doctores cubanos que esterilizaban a las niñas”. Y en los años ochenta corrió la voz de alarma de que los pitufos de peluche estrangulaban a los niños en el sueño.

Los rumores (creo que habrá que definirlos como posverdades predigitales) han servido, entre otras cosas, para medir la capacidad de penetración de mentiras sobre cierto tema entre la población, y para manipular puntos de vista, para provocar estados de ánimo colectivo, para desarmar la potencial organización autónoma de la gente.

Con el advenimiento del internet, los rumores que antes pasaban de boca a boca, ahora son capaces de multiplicarse de manera exponencial. Sin embargo, lo que no se ha multiplicado de la misma forma es la capacidad de la gente para procesar la información, y distinguir la que tiene sustento de la que no lo tiene.

El internet ha sido un gran democratizador de la información. La red sustituye a la pirámide, a la visión prefabricada del mundo que viene de los medios tradicionales. Y da al usuario la posibilidad de elegir entre una gran cantidad de información. Lo que no le da es la capacidad de elegir críticamente, sobre todo si no tiene la escolaridad necesaria (en cantidad y calidad) para hacerlo.

Cuando no está clara la fuente de las noticias, uno no sabe en realidad con quién está hablando. Si no hay un filtro interno, no sabrá distinguir entre la realidad y la mentira. Y ni siquiera tiene que ser una mentira del tamaño del pitufo asesino: basta con crear una atmósfera de suspicacia, basta con sugerir, con insinuar, para que una posverdad tenga efectos duraderos en el prestigio de personas o instituciones.

Por eso es que hay una liga muy estrecha entre los promotores de las posverdades y los teóricos de la conspiración. Según éstos, todo acontecimiento relevante es resultado de una manipulación perversa de un grupo que tiene motivos oscuros. Al final de cuentas resulta que la manipulación verdadera es la de quienes denuncian una conspiración falsa, para el enardecimiento de los fieles.

He comentado dos cuestiones clave. Dos condiciones necesarias para el triunfo de la posverdad. La primera es un grado de instrucción insuficiente para discernir lo verídico de lo falso en la información. La segunda es una disposición no racional a considerar cierta la información distorsionada: una suerte de fe, guiada por los sentimientos (de enojo, frustración y vulnerabilidad, por lo general).

Nunca sabremos con exactitud qué tanto influyó la catarata de posverdades en la red en la elección de Donald Trump a la presidencia de Estados Unidos. Lo que sí sabemos es que de poco le sirvió a los medios tradicionales haber apelado normalmente a los hechos comprobados.

La prensa, en particular, y no solamente en EU, tiene el deber de repensar sus métodos y su papel. Si millones la ven con tanta desconfianza como para darle el mismo valor a su información que a los bulos interesados y a veces delirantes, es que algo anda mal. Es un activo de toda sociedad democrática, pero muchos la consideran un represente más de la “elite”, de los “expertos” que poco hacen por mejorar la vida de la gente común y corriente.
 
Por cierto, iba avanzado en este texto cuando decidí buscar en internet acerca de las mentiras que maneja el régimen dictatorial de Corea del Norte. Lo primero que encontré no fueron alabanzas a Kim Jung Un, sino una nota que dice que su gobierno crucifica a los niños cristianos en cruces de fuego.