viernes, diciembre 02, 2016

La muerte de Fidel... una noche en la redacción



Hay días por los que vive un periodista. Ratos de adrenalina, en los que hay que hacer muchas cosas, hacerlas rápido y hacerlas bien, mientras por tu cabeza van pasado muchas otras cosas. Y son momentos en los que en realidad no quieres que el tiempo pase más lentamente, porque estás gozando el trabajo a contrarreloj, porque es como una droga.
Uno de esos días fue el pasado viernes 25 de noviembre.

Eran poco más de las 10 y media de la noche. Yo estaba en casa, tenía poco de haber llegado y platicaba con mi mujer y mi hija. Terminado el café, me asomo a mi celular. Veo que en twitter alguien escribe que Fidel Castro ha muerto. Sin verificarlo siquiera, llamo de inmediato al periódico. Me contesta Geovanni De la Rosa, el auxiliar de redacción, la guardia. No sabe nada. Le pido que me pase a Carlos Patiño, quien está a cargo del cierre ese viernes. En lo que llega, reviso de nuevo mi TL: la BBC confirma la noticia. Cuando Patiño toma el auricular, le digo que ya está confirmado: ha muerto el líder histórico de la Revolución Cubana. En mi teléfono aparece un mensaje de Whatsapp; es Wendy Garrido, la coordinadora de la edición de Crónica en línea: "Se murió Fidel Castro", es el texto. Mientras leo, escucho a Patiño, que me dice:
-No hay paginadores. Ya se fueron todos. Jeovanni Nanni -el asistente de sistemas- está enviando las últimas planas.
-No importa -respondo-, ahorita rearmamos el diario.
Lo siguiente, hablarle a Rafael García Garza, subdirector y gerente general del periódico. Mi Rafa queda de llamar al taller para suspender el segundo tiro, a un horario indefinido (quedamos, en principio, que a la una de la mañana) en lo que se rehacían las páginas.
Una llamada fundamental: a Fran Ruiz, editor de la sección Mundo. Ellos tienen los archivos en los que estaba preparado el obituario de Fidel; un especial de seis páginas que empezamos a armar hace diez años y cuya última actualización (nos enteramos más tarde) era del 2010.
-¡Hostia! -reacciona Fran- Ahora mismo voy al periódico. Yo le llamo a Humberto (Flores, quien armó el paginado de ese especial).
Terminada la llamada, pienso: "Ojalá viviera mi madre para darle la noticia, ora sí de veras" (durante años la engañaba cada 28 de diciembre con que Fidel había muerto, y siempre cayó redondita).
Nuevo telefonazo: ahora es a Arturo Ramos, el Trosko, quien es mi mano derecha en varias cuestiones de trabajo. También él volverá a las instalaciones del diario.

Tomo el auto de regreso a la chamba. Me acompaña, solícita, mi hija Taide. En el camino, hablo de nuevo con Wendy. Me informa que Mariano Rojas, el que está de guardia nocturna para la edición web, ya subió una primera nota, con los datos de la muerte, el anuncio oficial, etcétera. Me dice que ella y Héctor Vieyra alimentarán la página y las redes sociales durante la noche.
Le comento a Taidita que, hace 20 años, en la redacción, me puse con los caricaturistas cubanos Carlucho y Boligán a hacerle a Fidel uno de esos tests que te dicen cuánto vas a vivir. Ellos conocían bastante bien la rutina y el estilo de vida del Caballo. El resultado fue que Fidel moriría a los 90 años, en 2016.
-¡Coño, faltan 20 años! -exclamó Carlucho.
Pues esos 20 años se habían cumplido.

Llegamos a Crónica al mismo tiempo que Humberto, que tiene fiebre. Fran Ruiz, que vive muy cerca ya está ahí. También ha llegado el ingeniero Fernando Paz.
Hay que hacer una labor de ajuste, porque hay que liberar planas de la sección Nacional, para que lo de Fidel vaya hasta adelante (además, un par de páginas de Mundo se fueron ya en el primer tiro). Fran necesita tres planas, por lo menos, para meter aunque sea la parte más inmediata del especial preparado hace años. Nos enfrentamos con un robaplanas de publicidad, pagado, en la página 5. Patiño ya decidió tirar la plana en la que venía un trabajo sobre las escuelas normales, pero hay que tirar por lo menos otras dos. Decido eliminar la última página de opinión, que tenía un largo artículo de Patiño y hacer que lo comprima en otro lado, sacando información menor. En la restante, habrá que hacer un trabajo de edición para que quepa en una plana lo que antes estaba en dos, sin que se vea mal. Así quedan libres las tres planas mínimas que requiere Fran. Surge otro problema: el especial, titulado "¿De verdad la historia lo absolverá?" está diseñado para ser desplegado en dos planas, y no podrá ser así, porque hay que abrir con la noticia.
En tanto, Geovanni -apenado por no haber capturado a tiempo la información, como guardia- ya hizo una nota más amplia, que es subida a la red. Mi hija Taide y Hugo Trejo, de scanner, buscan fotos del líder fallecido. Me presentan un titipuchal: escojo una en la que se ve a un Fidel no muy viejo, pero no joven, pensativo, con mirada triste, enfundado en su traje verdeolivo. Atrás se adivina la bandera cubana.
Ya llegó Arturo, está rehaciendo -porque entre sus gracias también está la de paginar- las páginas de interiores que han sido cambiadas.
Rehago con rapidez las partes periféricas de la portada: lo que estaba en el centro, lo paso a avisos superiores; uno de los avisos se convierte en la cachucha (la nota avisada hasta arriba); los avisos de abajo desparecerán por el peso de Fidel.
Ahora lo duro: qué titular darle a esta noticia. Ni modo que "Murió Fidel". Es el último del Siglo XX, lo tengo claro. ¿Pero el último qué? Peloteo con Fran, quien dice:
-Lo que es Fidel, es un mito.
Era la palabra perfecta, porque a Fidel lo rodeó un aura mítica toda su vida; y porque lo mítico tiene algo de fábula, de alteración de la realidad: "Murió el último mito del Siglo XX".
El espacio que queda, a como diseñé la plana, da apenas para algunos balazos que definan al líder: su muerte, la construcción de un socialismo con cerrazón política, su triple carácter de revolucionario, dictador y leyenda y, sobre todo, su doble condición de generador de grandes esperanzas y profundas decepciones. Por el mismo lado se fue la "esquina" editorial... y Taide me recordó que hay leyendas que no perduran. Así que incluí un "a veces".
Fran, en tanto, hacía a todo vapor una nota que fuera más que estrictamente informativa; y cambiaba sumarios y detalles del especial que habíamos armado cuando aún imprimíamos todo en blanco y negro. Para entonces, Taide lo auxiliaba con las reacciones a favor y en contra que encontraba en la red. Humberto, duro y dale a la paginación.
Entonces regresé a mi oficina. Y tuiteé: "¡Estos ratos frenéticos, con el tiempo encima, son maravillos en las redacciones!". Así, frenéticamente, por eso puse "maravillos".
Arturo Ramos, el Trosko, paginó la portada, con Patiño muy atento a que se fueran bien los pases (no fue el caso de todos). Trejo limpió la foto, para que luciera espléndida.
En lo que salían las páginas, verifiqué que el Granma todavía no había cambiado su portada en línea, (esperaban disciplinados, la línea oficial), posteé una foto en la que yo estaba en Varadero con mi mamá (yo tenía cinco años y un salvavidas con dibujos de Fidel, Camilo, Ché y la Sierra Maestra) y vi reacciones diversas a la noticia.

La más precisa de esas reacciones, fue un tuit de Viétnika Batres -quien trabajó en Crónica en los primeros años del diario-: "Eliseo Alberto decía que Fidel moriría un viernes x la noche para cortar la borrachera a la prensa y joder hasta el último momento al enemigo".
No cortó la borrachera -que no la había-, nos jodió la noche del viernes. Pero nos la jodió rico. En eso pensaba, a la una de mañana, cuando regresábamos a casa Taide y yo.
  

"Era un tirano, pero era mi padre" (algo sobre la muerte Fidel Castro)




Me lo dijo hace años un cubano: “Fidel es un hijo de puta, pero es mi padre”. Resumía en esa frase la contradictoria sensación de muchos de sus compatriotas ante ese hombre que les definió la vida entera, ese individuo que fue portento de la historia, y que ahora ha muerto.

El fallecimiento de Fidel deja a muchos en una extraña orfandad. Se ha ido quien les dio razón de vida y, al mismo tiempo, les hizo la vida imposible. Esa figura a veces sabia, pero siempre atrabiliaria. La guía que no los dejaba crecer y los castigaba si pensaban por sí mismos. El patriarca que daba, pero que exigía sacrifico constante y adoración. El mito viviente y aplastante.

En algún momento, Fidel declaró que había sido marxista toda su vida. Por lo menos lo fue en su obsesión con la Historia, esa que se escribe con mayúsculas y cuyo avance implacable vale más que cualquier vida humana. Lo trágico es que la Historia –su concepción maniquea de una Historia que absuelve o condena-  le importó más que sus millones de hijos.

En realidad, la formación de Fidel fue otra. Las fuentes de las que abrevó su generación revolucionaria estuvieron lejos del socialismo científico y cerca del idealismo retórico de hace un siglo. José Enrique Rodó y José Ingenieros. No fue El Capital; fueron Ariel y El Hombre Mediocre.

Rodó advertía contra la “nordomanía”, la penetración cultural estadunidense, y proponía la unidad 
latinoamericana frente al imperialismo, para hacer una revolución guiada por seres humanos educados moral e intelectualmente.

Ingenieros dividía a la población en inferiores, mediocres e idealistas. A estos últimos les tocaba la tarea de perseguir quimeras y, en esa tarea, quemar el pasado y abrir paso al porvenir. Les tocaba ser pastores de las masas, ese inmenso rebaño que aprendería a pensar con la cabeza del idealista.

Estos pensadores de hace un siglo no eran democráticos en el sentido moderno de la palabra. Imaginaban una casta superior –no por su clase social, sino por sus ideales– que guiaría a los pueblos a su dicha. A final de cuentas, prepararon el camino ideológico para el surgimiento del populismo latinoamericano, para la llegada de los caudillos, de los patriarcas, de los déspotas ilustrados. Fidel fue el máximo y más exitoso exponente de esa estirpe y el único que de verdad se enfrentó a la “nordomanía” y al imperialismo norteamericano.  Que haya aderezado su acción con una barnizada de marxismo aprendido a las carreras es resultado de la geopolítica del momento.

¿En dónde se juntan el idealista Fidel y el marxista Guevara (en versión trasnochada de Mariátegui)? En la idea grandilocuente del “hombre nuevo”, que desecha la condición humana y pretende una nueva construcción, totalmente ideológica, en la que la transformación de la conciencia convierte a las personas en apasionados seguidores del ideal revolucionario (en fanáticos o en feligreses, diría el crítico).

Tras la vorágine revolucionaria popular que derroca al dictador, Fidel encabeza a una casta de idealistas que –obligados rápidamente a enfrentarse al imperialismo de la época– dan un vuelco radical a su movimiento de masas, e intentan crear al “hombre nuevo”, sin que existan las condiciones objetivas para ello.

El resultado, más de medio siglo después, no deja dudas de que fue un fracaso. Los hijos, los millones de hijos de la Revolución del Comandante en Jefe Fidel Castro, lo intentaron, pero no fueron diferentes a las demás personas. Repitieron las consignas. Por algunos años incluso creyeron en ellas. Quisieron ser distintos, para complacer al padre. Hicieron trabajo voluntario. Aceptaron sacrificios (la tarjeta de racionamiento, el más representativo). Jalaron p’alante. Pero eran humanos, al fin y al cabo. Nunca podrían, y nunca pudieron, ser como lo exigía el padre (o el padrastro, que era más rígido, además era argentino y qué bueno que se largó al Congo y a morir a Bolivia).

Y Fidel siempre recordaba a los muertos. A sus compañeros del asalto al Cuartel Moncada. A los caídos en Sierra Maestra. A los de Playa Girón y la Ciénaga de Zapata. El cubano vivo tenía que rendir eterno homenaje a los muertos con trabajo, sudor, disciplina política. El padre a cada rato le decía a los hijos vivos lo buenos, lo generosos que habían sido sus hermanos muertos, con los que no se podían comparar.

Fidel era un padre que sabía de todo. Era experto en pesca, en finanzas, en industrialización, en agricultura, en cocina, en deportes, en lo que dijeras. Y si fallaba la Zafra de los 10 Millones, si fracasaba la Industrialización Instantánea, si el Sistema Financiero Presupuestado se convertía en un hoyo sin fondo, si la Revolución Energética significaba apagones de horas en toda la isla, por años enteros, no era culpa de Fidel, que sabía lo que ordenaba, sino de los hijos malagradecidos. Ya se sabe que las leyes objetivas de la construcción del socialismo son las leyes subjetivas del Comandante en Jefe.

Y era un padre que siempre te vigilaba. Que hacía que unos de sus hijos denunciaran a otros, a los que hubieran mostrado el más ligero signo de deslealtad y desobediencia. Esa vigilancia trastocó las relaciones sociales: generó un miedo mortecino a decir las cosas, porque el vecino podía ser chivato; generó una cultura de la simulación (los más ardientes revolucionarios de repente aparecían en el Mariel, en un bote que los llevaría a Miami), de la sospecha (es mi socio, mi amigo, ¿no será informante del Minint?), de las peores traiciones. Ningún antídoto mejor contra “el hombre nuevo”.

Fidel era un patriarca de largos sermones. Larguísimos. Discursos interminables que había que diseccionar para adivinar sus deseos, y poder cumplirlos.

Pero hablaba bonito. Era enorme orador. Sin retórica revolucionaria no habría habido Revolución. Era un padre que sabía hacer sentir orgullosos a sus hijos. Que les dijo que eran mejores que otros. Que les vendió con éxito –al menos por tres décadas– la idea de dignidad nacional. Que igualó sus condiciones materiales en la pobreza, pero no –casi nunca- en la miseria.

Y sí, con Fidel al frente, Cuba tuvo logros notables en educación, en salud, en deporte. Eso, a cambio de vivir en el Castillo de la Pureza revolucionaria.

El padre titánico y tiránico ha muerto. Hace rato que dejó el control de la casa al tío, un hombre pragmático que no tiene su carisma pero sí más sentido común. Aún así, el sentimiento de orfandad existe. Fidel, Fidel/ ¿Qué tiene Fidel/ que los americanos/ no pueden con él?

Cuando un patriarca de ese tamaño muere, hay un duelo necesario e imprescindible. Después de ello toca a las nuevas generaciones la tarea de madurar de prisa, de ser ellas las dueñas de su propio destino. Se acerca el momento de la reconstrucción política de Cuba y deben ser los propios cubanos, soberanos, y nadie más, quienes decidan las formas.

viernes, noviembre 18, 2016

El fín de la democracia liberal




La elección de Donald Trump a la presidencia de Estados Unidos marca el fin de una era, porque pone en crisis severa a las democracias liberales. Hay muchos indicios de que estamos ante el advenimiento de una nueva ola de nacionalismo antidemócratico, a nivel mundial.

Desmenuzando algunos de los datos de las elecciones del martes, hay varias cosas que quedan claras. Una es que el perfil sociodemográfico de los votantes de Trump es muy parecido al de los del Brexit, con el agregado de que atraviesa transversalmente las clases sociales. Otra, que entre los votantes del magnate republicano, fueron más los que lo hicieron en contra de Hillary Clinton que a favor de Trump, porque ella representaba el stablishment. La tercera, que el principal ingrediente entre las razones que dan esos votantes, es que Trump representaba  el “cambio”.

Se entiende mejor ahora el por qué, durante el tercer debate de los candidatos, Trump haya insistido tantas veces en la larga experiencia de gobierno de la secretaria Clinton. Al grupo de la población más informado y menos inclinado al populismo, el ataque nos parecía tonto y la respuesta orgullosa de Hillary nos parecía lógica. A muchos electores en EU, la insistencia de Trump se traducía en algo más simple: “Ella es la representante de la clase política”. Y sabemos que es mayoritaria la percepción de que la clase política se aprovecha de la gente común.

Visto eso, ya no extraña tanto que los medios tradicionales hayan sido otros grandes derrotados en la jornada electoral del martes negro. Clinton contaba con el apoyo de más de 150 periódicos de su país, frente a sólo tres de Trump. Diarios que toda la vida habían llamado a votar por los republicanos, ahora no lo hicieron. Articulistas de toda la gama ideológica, salvo la ultraderecha, dieron sesudas y ponderadas razones por las que Trump era inelegible. No convencieron a suficientes personas. No tienen la influencia que presumen. Son otra parte del stablishment puesto en jaque.

La elección de Donald Trump no es, desgraciadamente, un rayo en cielo sereno. Desde hace algunos años el ambiente político de las naciones ricas está encapotado, con el ascenso de personalidades y de formaciones políticas de corte populista. Algunas son de izquierda; la mayoría, de derecha. En otros países menos desarrollados tienen lugar fenómenos semejantes.

Sería, por lo tanto, ingenuo imaginar que se trata de una suerte de excepcionalidad estadunidense. Es muy sencillo descartar a los votantes de Trump como estúpidos, ignorantes y racistas, lo cual puede ser cierto para la mayoría de ellos, pero no sirve de nada. Se trata de un fenómeno mundial en marcha.

En el mundo se ha hablado a menudo de la crisis de los partidos socialdemócratas tradicionales: del laborista británico al PSOE español o el Pasok griego, pasando por el más importante de todos ellos: el SPD alemán. Su pecado, no haber podido dar una respuesta satisfactoria a los problemas actuales del lento crecimiento económico y la creciente desigualdad y exclusión social.

Ahora parece que es tiempo de hablar de la crisis de los partidos liberales. Los conservadores británicos, desafiados por el Brexit, son un ejemplo reciente, pero no el único. La candidatura de Hillary Clinton tuvo el apoyo de prácticamente todos los liberales del mundo. Y ahora el Partido Demócrata está a la vera de una discusión de fondo, que puede convertirse en una división, por el empuje del ala progresista que apoyó a Bernie Sanders en las elecciones primarias rumbo a la Casa Blanca.      

El caso es que ni socialdemócratas ni liberales han sido capaces de acotar el efecto disruptivo de los mercados del siglo XXI sobre el tejido social. Ni la “tercera vía”, que pareció funcionar un rato, ni el manejo ortodoxo de los mercados han servido para mitigarlo. En el camino, se ha generado una decepción muy amplia hacia la democracia, que ha perdido la eficacia social que una vez tenía.

Es momento de revisitar a Piketty. La tesis fundamental del libro es ya bastante conocida: la época de crecimiento económico socialmente incluyente, que caracterizó al mundo durante buena parte del siglo XX, es la excepción y no la regla. En el siglo XXI, y particularmente en las naciones ricas, estamos en una situación en la que el crecimiento del producto es y será inferior a la tasa de retorno del capital (ganancias, rentas, intereses, etcétera), lo que se traducirá en un incremento de la parte que le toca al capital en el pastel distributivo: en más desigualdad, que a su vez traerá severos desequilibrios sociales y crisis económicas recurrentes, cuyas salidas pueden ser falsas. En otras palabras, que la desigualdad amenaza la democracia y que, por lo tanto, es necesaria la intervención pública –sobre todo fiscal- para disminuir esta desigualdad y preservar las democracias.

Lo peor es que el asunto no es nuevo: la historia se repite. En términos de crecimiento y distribución del ingreso, vivimos una etapa más parecida a lo que pasaba hace cien años, que a lo que sucedía hace 50. Somos sociedades muy desiguales y con poca movilidad social. El proceso secular en el que se crearon poderosas clases medias en distintas naciones está siendo paulatinamente revertido. No es cosa menor.
Quienes más se han movido hacia las opciones populistas son quienes han perdido su antiguo estatus y nivel de vida. No son los más pobres, son los que se perciben como “nuevos pobres”. Reaccionan favorablemente cuando un demagogo los hace sentirse “el verdadero pueblo” (a diferencia de los otros, que igual pueden ser los migrantes, los de otra raza o religión, o los representantes de la clase política tradicional). Ya pasó, con un costo humano terrible, en el periodo de entreguerras.

Hay que tomarse este proceso en serio, y no pensar en que hay una oveja con piel de lobo. El que crea que las recetas de siempre –en lo económico, pero también en lo político- son suficientes para exorcizar los demonios, estará empedrando el camino del infierno y del fin de las democracias liberales.

sábado, noviembre 12, 2016

Joe Steele y los mundos paralelos



Así como me preparé para los Juegos Olímpicos viendo las películas oficiales de varias ediciones anteriores, hice lo propio para las elecciones presidenciales de Estados Unidos leyendo algunas novelas distópicas. Entre ellas, tras los resultados, destaca Joe Steele, del maestro de la historia alternativa, Harry Turtledove.

La línea de esta ucronía parte de que la familia de Stalin emigró a Estados Unidos antes de su nacimiento. El californiano de origen georgiano es un político del Partido Demócrata. La novela empieza durante la convención que nombrará al candidato que seguramente derrotará a Herbert Hoover en las elecciones de 1932; entre los aspirantes está Steele. Un incendio devastará la casa del gobernador Franklin D. Roosevelt, y acabará con su vida. Se abre una brecha para que Steele sea candidato, y presidente. Durante toda la novela quedará la sospecha de que Steele ordenó el incendio a través de sus adláteres (y sucede que también los estalinistas Mikoyan, Schiabin y Kaganovich son americanos).

¿Quiénes son los votantes de Joe Steele? Esencialmente la clase obrera blanca golpeada por el desempleo de la Gran Depresión. El demagogo les ofrece empleo y acabar con los privilegios de Washington y Wall Street. La coalición entre los partidos Demócrata y Granjero-Laborista gana aplastantemente -a lo largo del libro, los republicanos son pintados como unos completos ineptos. Steele gobernará Estados Unidos con un puño de hierro cada vez más duro, hasta su muerte, el 6 de marzo de 1953.

La historia está contada a partir de la experiencia de dos hermanos periodistas, Charlie y Mike Sullivan, quienes vivirán destinos contrastantes. Mientras el primero se acomodará a las necesidades del poder y acabará siendo un personaje importante en la Casa Blanca, el segundo mostrará una creciente temeridad en sus notas y artículos críticos y pasará varios años en el equivalente de un Gulag en Wyoming.

¿Qué hace Joe Steele para consolidar su poder? Ya que los republicanos son unos idiotas, tiene que deshacerse de las otras facciones de su partido: a unos los coopta -es el caso del texano vicepresidente Garner-; a otros, los manda matar (como a Huey Long, el populista de Louisiana, asesinado en la vida real el mismo día que en la ucronía). Como tiene en sus manos la mayoría del Congreso, el principal obstáculo es el Poder Judicial. Con éste arma juicios muy similares a los de las purgas de Stalin: tras de que los acusados se declaran culpables y traidores, son sumariamente ejecutados. Poco a poco aparece un personaje clave en toda la trama de terror, el director del General Bureau of Intelligence, un joven llamado Edgar J. Hoover. El GBI ayudará también a hacer una limpia en las Fuerzas Armadas para que queden en ellas hombres totalmente leales a Steele.

En la economía, en vez de New Deal, hay grandes proyectos estatales de infraestructura y algo de colectivización agrícola. En ellos participan los presos, que cada vez son más por motivos políticos, son los wreckers, enemigos del Estado. Los guardias en esas estaciones de trabajo son los gebbies, es decir, los agentes del GBI. Estados Unidos vive una suerte de democracia antiliberal, porque, con el despegue económico, Joe Steele es querido por las mayorías y gana las elecciones (en las que también hay fraude para que la victoria sea más amplia).

Como la novela, más que dedicarse a la historia política, narra la vida de los periodistas -con el sabroso agregado de que hablan con la jerga de los años 30, o al menos de las películas de los años 30-, vamos viendo cómo la prudencia popular ante el puño que se cierra suele convertirse en la mejor arma de la dictadura en ciernes. Las voces críticas se van apagando paulatinamente, hasta que tienes miedo de contarle al limpiabotas un chiste sobre Steele.

En la línea de tiempo, se da la II Guerra Mundial, Estados Unidos forma parte de los aliados, pero no desarrolla la bomba atómica antes que los soviéticos -liderados por Trotsky-. Esto se debe en parte a que los científicos refugiados en EU tienen miedo de lo que pudiera hacer Joe Steele con esa arma. La guerra dura más, y Japón es conquistado conjuntamente por soviéticos y gringos: hay Japón del Norte y del Sur. Cada uno recibe su bombazo atómico, porque hay cosas que no cambian.

A la muerte de Steele, el vicepresidente Garner se quiere deshacer de la camarilla steelinista, quedándose sólo con Sullivan, pero Scriabin maniobra en el Congreso, que destituye a Garner. Quienes se aprovechan del vacío de poder son Edgar J. Hoover y su segundo de abordo (un abogado californiano de pelo ensortijado y nariz de bola, curiosamente igualito a Richard Nixon). Al final de la novela, se perfila un Estado policial que ya no tiene el disfraz de una democracia representativa.  

Además de entretenida y juguetona, la obra de Turtledove hace reflexionar que, en la coyuntura de entreguerras, y particularmente tras la Gran Depresión, nada podía garantizar que en Estados Unidos sobreviviera una democracia liberal, dada la desesperación de los trabajadores. En las elecciones del 32 tienen que elegir entre Steele y la continuidad de las políticas liberales republicanas de Hoover, que no habían logrado ser socialmente satisfactorias. Las libertades importan menos que una maldita plaza de trabajo.

Comparado con el histórico Josif Stalin, Joe Steele es ligerito. El narrador resuelve el asunto sin que se desarrolle una dictadura totalitaria, al estilo nazifascista o bolchevique, pero sí una pseudodemocracia autoritaria guiada por un hombre fuerte que apela al nacionalismo, oscila, en lo económico, entre políticas de izquierda y de derecha, deshace los contrapesos tradicionales del sistema político americano y termina por instalar un régimen policíaco. Estas son precondiciones para una dictadura en todos sentidos, como la que se vislumbra con Hoover, en el oscuro final.

Porque ¿quién nos puede asegurar que Estados Unidos está vacunado en contra de una dictadura disfrazada? ¿O en contra de una dictadura tout court?

Y quién sabe. A lo mejor éste en el que vivimos, y en el que ganó Donald Trump, es un mundo paralelo, inventado por un Turtledove del mundo real.

 

viernes, octubre 14, 2016

El miedo al otro y el espejismo de la inseguridad



De unos años a la fecha, varias campañas políticas –algunas de ellas muy exitosas– se han basado en el miedo. En los países desarrollados se ha traducido, esencialmente, en el miedo a lo diferente, ya sea por otra religión, otro color de piel, hablar otro idioma o tener otras preferencias sexuales. En el fondo se trata, en el colmo del individualismo, del miedo al otro, a quien no es uno y en el deseo, imposible de cumplir, de una humanidad homogénea.

Resulta por lo menos sintomático que los temas sociales y de distribución del ingreso, que solían ser el asunto nodal de los debates políticos en todo el mundo, hayan dejado el centro del escenario a los temas de seguridad. Pareciera que en la medida en que los primeros no se resolvieron, la atención pasó a los otros. Ya que se dice que el Estado no tiene los recursos para asegurar servicios sociales suficientes para una efectiva igualdad de oportunidades, que al menos se encargue de nuestra seguridad personal. O que le haga la lucha.

Así, el tema más caro a los grupos conservadores ha cobrado preeminencia. Siempre hay una posible fuente de inseguridad a la que se debe combatir. Y siempre hay un combate, con un Enemigo Malo, que se puede convertir en motivo recurrente de un gobierno: contra el terrorismo, contra las bandas delincuenciales, contra los migrantes, contra los infieles, contra los perversos…

El caso es que los resultados nunca son positivos, incluso cuando son positivos. La insistencia en el tema es tal que la percepción de inseguridad personal es creciente, sin importar si realmente es mayor o no. Es el síndrome del mundo malo, el que está afuera, y que nos presenta la televisión. 

Así, de poco sirve que la incidencia delictiva disminuya, como es el caso de la mayoría de las ciudades de México. La percepción social sobre inseguridad pública va en aumento, y los datos de la Encuesta Nacional de Victimización lo atestiguan. Hemos llegado al extremo de que hay una suerte de nostalgia por la seguridad que había hace medio siglo… cuando las tasas de criminalidad estaban al doble o al triple (y la mayoría ni siquiera había nacido entonces).

¿Qué es lo que había diferente hace cincuenta años? Que la gente no tenía la seguridad como preocupación principal. Que, como el Estado todavía no tenía su crisis fiscal, no le habían inoculado el virus del miedo. Las preocupaciones centrales eran educación, salud, empleo, crecimiento económico, salario. Y democracia, que no había. Había más secuestros, asesinatos y violaciones que ahora, pero los niños jugaban tranquilamente en la calle.

Poner el tema de la seguridad en el centro no ha ayudado para que la gente esté más segura. Ha servido para que el Estado haya arrinconado temas que debían ser torales: los salarios, la seguridad social, los servicios, la creación de infraestructura, en donde los rezagos se acumulan.

En tanto, se acumulan también iniciativas y propuestas de exclusión de los diferentes, o de supuesta autodefensa. Lo vimos con las marchas “a favor de la familia” y con la malhadada idea de permitir la portación de armas (con lo difícil que fue la despistolización hace unas décadas). Ninguna de esas propuestas puede darle al individuo la seguridad anhelada, precisamente porque no se basan en la solidaridad o en la cohesión del tejido social, sino en lo contrario: la sensación de que el individuo está solo y contra todos. Son un espejismo.

Si en México esto es evidente, también lo es en Estados Unidos. De hecho, ese el elemento principal que –entre proyectiles de lodo– pudo apreciarse en el segundo debate entre candidatos presidenciales. La visión de Donald Trump es exactamente la de excluir por razones de raza, de nacionalidad, de religión y de estilos de vida. Es la del Estado que se retira de la esfera social y se dedica a combatir ciegamente a quien difiere de la mayoría, al otro: y hacerlo con furia similar sin importar si se trata de alguien peligroso o de alguien capaz de enriquecer a la sociedad.

Si hay alguien que puede por antonomasia definirse como “otro”, alguien ajeno a todos, ese es el refugiado, el que huye de las guerras y de la hambruna. En el debate de EU, ese otro tenía a Siria como país de origen. Y son sirios muchos de los refugiados que hoy fluyen por Europa y que no caben en ningún lado (recordemos que fueron usados, con éxito, por los demagogos que favorecían al Brexit).

En México están empezando a aparecer esos Otros totales. Están en Tijuana y Mexicali, provienen de Haití y del África subsahariana; se agolpan en la frontera tras huir de sus países. No se parecen a nosotros ni hablan nuestro idioma (como sí hacían los guatemaltecos que huían hace cerca de cuatro décadas de los kaibiles y que fueron integrados a la sociedad mexicana). Son una prueba de fuego para la conciencia nacional, tan alarmada por el maltrato trumpista a nuestros connacionales.

¿Qué vamos a hacer con ellos? No faltará quien diga, en la perfecta lógica de poner toda su preocupación en la inseguridad, que dejarlos aquí será alimentar las bandas criminales. Ni quien piense, a la europea, que lo conducente será crear un limbo, un campamento de refugiados para que allí se queden temporalmente (es decir, por muchos años) sin ser nadie. Y sin duda, tampoco el país está como para dejar que los traficantes de personas lo usen para sus fines (ya vimos lo que le pasó a Ecuador). Hay que encontrar una solución humana, solidaria e inteligente, en vez de cerrarnos.

miércoles, octubre 12, 2016

Relevo generacional



Mexicanos en GL. 2016

Al terminar la campaña regular en Grandes Ligas, empieza a quedar claro que estamos asistiendo a un cambio de guardia, un relevo generacional entre los peloteros mexicanos que actúan en la gran carpa. Veteranos consagrados por años de buenas actuaciones dan señales de que sus mejores años han pasado. Al tiempo, aparecen jóvenes promesas y otros peloteros novicios se consolidan.

Aquí el balance del contingente nacional, ordenado de acuerdo con el desempeño de cada uno en la temporada (como siempre, incluimos a los paisanos que han jugado con México en el Clásico Mundial, lo que significa que habrá nuevos nombres para 2017) 

Roberto Osuna fue el mexicano más destacado en las Mayores. El cerrador de los Azulejos de Toronto fue factor clave para que el equipo canadiense llegara a postemporada. ¿Qué se puede subrayar del sinaloense? ¿La velocidad de sus lanzamientos, que supera a menudo las 95 millas por hora? ¿La correcta utilización de un repertorio creciente de pitcheos? Más bien su capacidad de combatir los nervios traicioneros: su mentalidad a toda prueba. Sus números en la campaña: 4 ganados, 3 perdidos, 2.48 carreras limpias admitidas por cada 9 entradas lanzadas, 82 ponches y 36 salvamentos (en 42 oportunidades). Los 56 rescates que lleva de por vida lo colocan, a penas en su segundo año, en tercer lugar de todos los tiempos entre los relevistas nacidos en México (sólo detrás de Joakim Soria y de Aurelio López, empatado con Sid Monge).

Marco Estrada demostró en 2016 que 2015 no fue una casualidad. Muchos esperaban una regresión notable, luego de la enorme campaña del año pasado. La regresión fue mínima: el gran jefe del cambio de velocidad sigue ahí, y Marco repitió como el lanzador más difícil de batear de la Liga Americana: el porcentaje de los toleteros rivales fue apenas de .203, exactamente el mismo que en la temporada anterior. 19 de sus 29 aperturas fueron de calidad (6 entradas o más, 3 carreras limpias o menos).En cuanto a ganados y perdidos, los números no son tan buenos por razones de poco bateo o fallas en el bullpen: 9-9, 3.48 de limpias, 165 chocolates recetados.

Adrián González, el pelotero mexicano de mayor trayectoria, sigue siendo referente fundamental en el lineup y el infield de los Dodgers de Los Ángeles, pero empieza a dar signos de declive, sobre todo en lo referente al bateo de poder. Es seguro que su lesión crónica en la espalda es la principal causante. En el año, .285 de promedio, 18 cuadrangulares, 90 carreras producidas (muchas de ellas, a la hora buena) y 69 anotadas.   

Sergio Romo estuvo un buen rato en la lista de lesionados, pero cuando lanzó lo hizó por lo general muy bien. Primero, como preparador de cierre de los Gigantes de San Francisco; al final, como cerrador, en medio de los intentos de Bruce Bochy por ordenar un bullpen que le dio cualquier cantidad de dolores de cabeza. Los números del californiano: sus números del año: 1-0, 2.64 de efectividad, 33 ponches recetados, 14 holds (ventajas sostenidas en situación de rescate), y 4 salvamentos en otras tantas oportunidades.

Julio Urías tiene ante sí la difícil –si no es que imposible- tarea de hacer frente a las inevitables comparaciones con Fernando Valenzuela. Zurdo, jovencísimo, enfundado en la franela de los Dodgers. Su debut estuvo lejos de ser maravilloso, pero conforme avanzó la campaña, el chamaco de Culiacán demostró que tiene pasta para ser un grande. Dave Roberts lo llevó con calma, sin hacerlo comer demasiados innings. Terminó con marca de 5-2, 3.39 de PCL y 84 ponchados.

Miguel González tuvo un año raro, en el que le pasó de todo. Horrible pretemporada, que causó que lo dejaran los Orioles; la oportunidad de reivindicación que le dieron los Medias Blancas; salidas en las que parecía perdido, un rato en el bullpen, otro en AAA, un viaje a la lista de lesionados… y cantidad respetable de salidas de calidad, que no se transformaron en victorias por poco apoyo ofensivo o pésimo relevo, pero que dan la idea de que los O’s hubieran preferido al (más barato) Mariachi que a Yovani Gallardo, se hubieran ahorrado la ronda de comodines en la que fueron eliminados. Sus numeritos: 5-8. 3.73 de efectividad, 95 ponches y, atención, 14 salidas de calidad (de un total de 22).  

Luis Cessa tuvo paciencia y, en su primer año en las mayores, terminó en la rotación abridora de los Yanquis de Nueva York. El derecho veracruzano inició en el bullpen de los Bombarderos, para luego estar por unos meses en las puertas giratorias que pasan a los peloteros de las mayores a las menores y de regreso. Al final, logró quedarse, sin números espectaculares, pero con una consistencia que lo llevará lejos, porque embasa a muy pocos rivales (WHIP de sólo 1.11). Su marca: 4-4, 4.45 de limpias, 46 ponchados y 5 aperturas de calidad, de un total de 10.

Fernando Salas, siempre discreto, se desempeñó en el relevo de los Angels de Los Ángeles, hasta llegar, casi de rebote, al puesto de cerrador (que ya conocía de años atrás). Hacia el fin de la campaña fue cambiado a los Mets de Nueva York, con quienes estuvo impasable y ayudó a llegar a postemporada. Sus números en 2016: 3-7, 6 rescates, 20 holds, 3.91 de efectividad y 64 ponchados.

Joakim Soria vivió un año notablemente a la baja, en su regreso a los Reales de Kansas City. Cuando parecía que regresaba el Joakim histórico, venían un par de malas actuaciones. En el año, 5-8, 4.05 de limpias, 21 ventajas sostenidas, un salvamento y 68 sopitas de pichón.

Jaime García fue del día a la noche. Sus primeras actuaciones fueron brillantes, hacia el final, fueron lamentables, al grado que el zurdo fue relegado por un par de semanas al bullpen de los Cardenales de San Luis (lo hizo tan bien, que regresó a la rotación… para ser vapuleado): en la campaña, 10 ganados, 13 perdidos, 4.67 de PCL y 150 ponches.

Yovani Gallardo tuvo una campaña que puede calificarse sin chistar como mediocre. Tanto, que deja dudas sobre su futuro de mediano plazo (su contrato con los Orioles está vigente hasta 2017): cada vez poncha a menos rivales y dura menos en el terreno de juego. Sus números: 6-8, un feo 5.42 de PCL y 85 sopas de pichón. 8 de sus 23 salidas fueron de calidad. Eso sí, llegó a 108 victorias de por vida, colocándose en el tercer lugar entre los mexicanos.

Jorge De la Rosa está en situación similar a la de Gallardo: velocidad y resistencia a la baja; lo salva sólo su experiencia. Dejó de ser el as de la rotación de los Rockies, luego de muchos años de ser el punto de referencia. El zurdo regiomontano tuvo récord de 8-9, efectividad de 5.51 y 108 ponches. 10 de sus 24 aperturas fueron de calidad. También superó este año el centenar de triunfos en MLB.

Oliver Pérez termina nuestra serie de lanzadores veteranos a la baja. El especialista zurdo de los Nacionales de Washington no se destacó este año por ser confiable. Su marca: 2 victorias, 3 derrotas; 4.95 de limpias, 16 holds y 40 ponches.

Ramiro Peña estuvo un rato con los Gigantes de San Francisco, pasó a AAA, volvió a los Giants y de regreso a las menores. En general, el utility regiomontano no lo hizo mal, ni con el guante ni con el bate: .299, un vuelacercas y 10 impulsadas.

César Ramos estuvo tres meses en las Mayores, con los Rangers de Texas y fue de más a menos: su marca: 3-3, un horrendo 6.04 de efectividad y un salvado.

César Vargas dio de qué hablar a principios de año, cuando se lució en varios partidos –que no ganó- para los Padres de San Diego. El poblano tenía 0-3, 5.03 de PCL y 28 pasados por los tres strikes cuando pasó a la lista de lesionados.

Daniel Castro empezó en el roster de los Bravos de Atlanta, se ganó la titularidad en el infield, la perdió y pasó buen rato del año en AAA. El de Guaymas volvió al final, para subir su porcentaje de bateo a .200, con 7 impulsadas y un robo de base.

Arnold León se tomó una tacita de café en las mayores (0-0, 7.71, un rescate desperdiciado y dos ponches) antes de ir al beisbol de Corea.