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miércoles, julio 08, 2026

Política y Mundial de Futbol

Van dos textos sobre futbol y políticos (gringos, casualmente)


Kissinger, realpolitik y futbol


Henry Kissinger, artífice de la política exterior estadunidense durante el gobierno de Richard Nixon, e influyente consultor de distintas administraciones de EU durante décadas, era un apasionado del futbol, deporte que practicó de niño en su natal Alemania. Fue el principal promotor para que Estados Unidos obtuviera la sede del Mundial de 1994 (e intentó infructuosamente ganarle a México la de 1986, luego del fiasco de Colombia como organizador designado). Creía que Estados Unidos no podía ser reconocido como potencia culturalmente integrada al resto del mundo, si no jugaba futbol, y utilizaba ese deporte como analogía de muchas cosas, entre ellas, la política exterior.

Según Kissinger, cada nación jugaba al futbol de acuerdo con su cultura. Así, por ejemplo, describía a la alemana como una selección que priorizaba la disciplina, la planeación estratégica y la organización colectiva. Decía que los alemanes tomaban el partido como una guerra en la que no daban cuartel, pero, si algo se les salía del guion, entraban en una suerte de crisis filosófica existencial.

Brasil, en cambio, era expresión de la creatividad individual, del gusto por el juego, del deseo por la estética (eran los tiempos, hoy perdidos, del jogo bonito), pero apuntaba que esos elementos hacían que a veces a los brasileños se les olvidara la importancia de ganar los partidos.

De Italia (aquella vieja azzurra del catenaccio) subrayaba el orden defensivo y una capacidad, que Kissinger definía como maquiavélica, para de repente romper líneas y anotar en una jugada directa, una suerte de blitzkrieg. De Francia, ponderaba su futbol elegante. De equipos africanos, como Camerún, decía que tenían instintos naturales de juego, pero que no intelectualizaban su estrategia. Y criticaba seriamente a Inglaterra, a la que acusaba de practicar un futbol anticuado (era la época de los ponchazos ingleses: largos balonazos a ser disputados), y de estar demasiado atados a la tradición.

En otras palabras, en la visión de Kissinger, cada nación practicaba el futbol dentro de su estereotipo cultural. Quería que Estados Unidos desarrollara su propio estilo, cosa que apenas está sucediendo tres décadas después.

Más interesante es la aplicación de las estrategias del futbol a la política. Para Kissinger, los deportes tradicionales estadunidenses eran mucho menos útiles para la estrategia política que el futbol. Tanto en el beisbol como en el americano los momentos de ataque y de defensa están cortados, claramente definidos, así que las posibilidades de pasar de la defensa al ataque son muy escasas e improbables (en el americano) o de plano nulas (en el beisbol). En el futbol, en cambio, el flujo permite que de manera natural puedas pasar de la defensa al ataque, e incluso utilizar a tu favor la ofensiva del adversario. Ahí, el político estadunidense encontró un ídolo y un ejemplo: Franz Beckenbauer.

Kissinger comparó abiertamente la política exterior que diseñó con el papel táctico de Beckenbauer, que revolucionó la posición de líbero. El Kaiser de la selección alemana era capaz de transformar una posición claramente defensiva en una de medio campo, idónea para orquestar un ataque profundo e inesperado. Según el político estadunidense, esa revolución, dirigida por los pies de un jugador meticuloso como Beckenbauer, fue lo que permitió que Alemania derrotara a un equipo técnicamente superior y estratégicamente innovador, como el holandés, la original Naranja Mecánica, en 1974.

El asunto era trabajar con eficiencia calculada. El concepto de realpolitik entendido como enfocarse totalmente en la victoria, enfatizando lo práctico, el control y el resultado por encima de lo que pudiera percibirse como justicia o por la estética. Entender los balances de poder, y actuar pragmáticamente y con flexibilidad, sin los corsets de la moralidad o la ideología.

Esa estrategia significaba cerrar los ojos ante actitudes contrarias a los derechos humanos, e incluso promoverlas directamente, porque la cuestión era derrotar a los rivales en la Guerra Fría. Y también significaba pasar por encima de pueblos enteros, si ello traía la victoria a su “equipo”. El apoyo a Pinochet para el golpe de Estado que instaló una feroz dictadura militar en Chile fue entendido por Kissinger como “un faul táctico”, el que hace el defensa a medio campo para evitar que la escuadra contraria tenga un avance peligroso (en este caso, que los socialistas pusieran un pie en América Latina, vista como el área que Estados Unidos defiende como propia).

Así, otros ejemplos futbolísticos que servían para justificar la estrategia de un personaje tan brillante como siniestro: el catenaccio para desesperar a las otras, múltiples, partes en las negociaciones de paz en el Medio Oriente; el uso de un jugador estrella, pero agresivo, para abrir -vía Pakistán- un camino hacia las relaciones con China; la presión constante a la salida: el manejo permanente de crisis como algo superior a una paz duradera… y un largo etcétera.  

Los tiempos han cambiado, tanto en el futbol como en la política global. Es hora de hacerse algunas preguntas: ¿Refleja el agresivo estilo de juego de la selección de Estados Unidos la idiosincrasia de ese país? ¿Cuáles son las fortalezas y las debilidades de ese estilo?

¿Y si hubiera que describir las políticas de Trump con una táctica de futbol, cuál usaríamos? Para la segunda pregunta, lo que es seguro es que la respuesta no pasa por aquellos corsets de moralidad e ideología que con gusto desechó la realpolitik de Kissinger.


Ganar por encima de las reglas




En 1934, Benito Mussolini solía cenar con los árbitros el día anterior a los partidos de Italia durante el Mundial de futbol realizado en su país. No ha trascendido el contenido de las conversaciones en esas cenas, pero hay un patrón de comportamiento. En los cuartos de final, el árbitro suizo anuló dos goles legítimos a España y la propia Federación Suiza terminó suspendiéndolo de por vida. En la semifinal, el árbitro hasta intervino con un cabezazo en medio de un contrataque de Austria. En la final, el mismo árbitro, antes del partido, hizo el saludo fascista ante el Duce y le perdonó un penal a Italia, que resultó campeón.

Estos datos históricos vienen a cuento para señalar que el actual no es el primer Mundial de futbol en el que interviene directamente un jefe de Estado para cambiar las condiciones a favor de un equipo de su país, como lo ha hecho, de manera descarada, Donald Trump. También sirven para decir que hay un tipo de líderes políticos que se inmiscuyen en todo lo que pueden, y que buscan ganar por encima de las reglas.

En el partido contra Bosnia-Herzegovina, el delantero estrella estadunidense, Folarin Balogun, fue expulsado por una fuerte falta. A todo jugador expulsado de un partido se le aplica una suspensión y no puede participar en el siguiente partido. La FIFA revocó la sanción y permitirá jugar al atacante de Estados Unidos. Trump presumió que eso lo logró él a través de una llamada a Gianni Infantino.

Ante la lluvia de críticas, el mandamás del futbol se defendió afirmando que el cuerpo judicial de la FIFA es independiente, pero la UEFA afirmó que “cruzó una línea roja”. En una declaración sin precedentes, señaló que “el futbol se rige por reglas que constituyen la base de una competencia justa, honesta y transparente. A veces, las reglas son susceptibles de interpretación. En este caso, no”. Siguió una llovizna de comunicados que muestra la diferencia de puntos de vista entre la FIFA y la UEFA.

Trump puede presumir de haber doblado a Infantino (otra vez, recuérdese la tibieza de la FIFA ante la discriminación sufrida por la selección de Irán), pero de esa forma mancha ante el resto del orbe cualquier logro futuro de la selección de su país en el Mundial. De paso, las declaraciones del presidente de EU demuestran que la organización mundial del futbol ha roto su propio reglamento, que prohíbe el involucramiento de la política en su toma de decisiones.

Pasar por encima de las reglas ha sido el comportamiento habitual de Trump durante sus dos presidencias. Su lógica es la de Humpty Dumpty, el personaje de A Través del Espejo: "Cuando uso una palabra, significa lo que yo quiera, ni más ni menos”, le dice el huevo a Alicia, para concluir “La cuestión es saber quién manda, eso es todo”.

Lo hemos visto en la imposición de aranceles y sus cambios a contentillo, en la restricción de visas a partir de la nacionalidad, en la forma de darle la vuelta a las determinaciones judiciales, en distintas intervenciones bélicas internacionales (“fáules tácticos”, diría Kissinger), hasta en las maniobras recientes para no firmar un tratado de libre comercio de mediano plazo para América del Norte. El autócrata hace sus reglas y rompe las ajenas sin pudor.

Detrás de ello está uno de los pilares culturales de los Estados Unidos del último siglo, resumido en la frase del legendario coach de futbol americano Vince Lombardi: “ganar no lo es todo, es lo único”. Aunque luego Lombardi dijo haber sido malinterpretado, el hecho es que entró en la psique estadunidense como el mantra de ganar a cualquier costo en una sociedad ultracompetitiva, que divide a la gente entre “ganadores” y “perdedores”. Trump siempre se refiere a sí mismo como un “winner”.

A diferencia de las amenazas personales, veladas o directas, de Mussolini, el método Trump consiste en chantajes, uso del poder económico de Estados Unidos como arma de extorsión, la manipulación de los hechos y la presunción de que la cancha de juego -en todos sentidos- no tiene por qué ser pareja. He aquí otra distinción clave qué hacer entre fascistas y populistas. Los primeros simplemente desprecian e ignoran las reglas; los otros las distorsionan a su favor, mientras aseguran que están haciendo justicia. No es solamente, ni principalmente en Estados Unidos donde está pasando esto: es una epidemia política mundial, a la que México no es ajeno.

Aceptando que la vida es competitiva, las democracias tienen reglas “que constituyen la base de una competencia justa, honesta y transparente”. Cuando desaparece la certidumbre sobre el uso de las reglas, cuando se utilizan resquicios legales para favorecer a unos sobre otros, se desmorona el pegamento que hace funcionar a las instituciones. Tal vez de eso se trata, de mandar a las instituciones al diablo para que impere la ley de quien detenta el poder.

En el partido de Estados Unidos contra Bélgica, el entrenador Pochettino decidió alinear a Balogun, que no hizo nada por el equipo de Estados Unidos, que fue humillado. De todos modos, a Infantino le tocará navegar, merecidamente, por aguas tempestuosas.


lunes, abril 14, 2025

La decadencia del Imperio Americano


He escrito que “el gobierno de EU está en la tarea suicida de destruir el orden económico mundial de la segunda posguerra, que fue lo que lo convirtió en potencia hegemónica. Mientras hace eso, China decide aliarse comercialmente con enemigos políticos, como Japón y Corea del Sur, en pos de continuar su discreta búsqueda por ocupar el lugar que ha tenido Estados Unidos por casi un siglo”. Al día siguiente, Donald Trump anunciaba la “liberación americana” con una serie de aranceles a casi todas las naciones del mundo, con lo que confirmaba el propósito suicida de la hegemonía estadunidense.

Revisemos. Tras la II Guerra Mundial, los acuerdos de Bretton Woods establecieron un nuevo sistema financiero y monetario internacional, cuya intención era crear un sistema estable que favoreciera el comercio mundial y terminara con el proteccionismo que caracterizó el periodo de entreguerras y que contribuyó a la Gran Depresión económica mundial de 1929-33. Parte de la lógica de ese sistema era que Estados Unidos podía tener constantemente un déficit de cuenta corriente, que el resto del mundo financiaba –a través de la acumulación de reservas en dólares-, mientras que las demás naciones se veían obligadas a cuidar el equilibrio en su balanza de pagos. En otras palabras, que los estadunidenses podían vivir por encima de sus medios, porque las demás naciones financiaban su déficit comprando bonos del Tesoro.

En el orden de la inmediata posguerra, las naciones industrializadas (pero afectadas por la guerra) tenían que construir economías jaladas por las exportaciones, EU podía basarse en su demanda interna -con crecientes importaciones e inversiones en el extranjero, además-, y las naciones “en vías de desarrollo” optaban por la sustitución de importaciones: exportar materias primas y poner aranceles o cuotas a productos industriales importados para sustituirlos con bienes producidos por la industria nacional. En la medida en que esas naciones lograron industrializarse -como es el caso de México- fueron también abriendo sus economías.

Ese sistema permitió que el capitalismo mundial viviera décadas de prosperidad más o menos compartida: altas tasas de crecimiento económico estable, combinadas con una mejoría en la distribución del ingreso (si la vemos históricamente). 

El resultado de pleno empleo generó presiones salariales, que tuvieron dos reacciones. Una fue la disminución de las inversiones, que servía para crear el desempleo necesario para hacer manejable el mercado laboral. Pero esto se tradujo, sucesivamente, en freno al crecimiento económico y en inflación. La otra fue estrictamente política: la derecha encontró una puerta, a través del monetarismo, el Consenso de Washington y el aplastamiento de los sindicatos, para que la economía volviera a crecer, esta vez bajo condiciones sociales excluyentes y en otro ambiente financiero. Es lo que han dado en llamar “neoliberalismo”.

La falta de regulaciones al capital financiero llevó a la crisis del 2008, que se ha traducido en pequeños intentos de reforma, menores tasas de crecimiento, mayor desazón política y social y cambios en los sectores que jalan a las distintas economías.

Aun cuando la politización del mercado es solamente implícita, en realidad los comportamientos económicos derivan de las reglas fijadas por la potencia hegemónica. En este caso, Estados Unidos.

Ahora Estados Unidos quiere cambiar las reglas, con la malhadada idea de que el déficit comercial -que es precisamente lo que permite a sus ciudadanos vivir por encima de sus medios- es un cáncer que afecta su productividad y empleo, y que los países que tienen superávit se aprovechan de los EU. Ahora resulta que los estadunidenses son las víctimas de las reglas que ellos mismos impusieron, que dieron resultados positivos y que les han permitido, por tres generaciones enteras, gastar más de lo que generan.

Hay cosas curiosas en el asunto. Una es que, en el fondo, la idea de Trump es que Estados Unidos sustituya importaciones, como si fuera país en vías de desarrollo de la segunda posguerra. El mensaje es: si quieres vender productos industriales a EU, tienes que abrir fábricas en EU. Eso implica pensar que esa nación requiere reindustrializarse, cuando sus ventajas comparativas están en otro lado: el de la tecnología digital. Otra, que la intención sea política: tratar de complacer a la base electoral con la oferta de que habrá muchos empleos disponibles para gente con sólo estudios de High School. La tercera, es que hace eso aliado, precisamente, con los multimillonarios de las nuevas tecnologías, que son quienes menos necesitan esa reindustrialización (pero que tienen otras prebendas a cambio).

Lo grave es que, si, en la extraña búsqueda de una reindustrialización, la potencia hegemónica cambia sus reglas, atacando a sus aliados (y de paso, perdonando a Rusia), difícilmente va a poder imponer las nuevas reglas. Cuando las alianzas no están basadas en acuerdos, sino en chantajes, y desaparece la confianza, están destinadas a no prosperar. 

La política arancelaria de Trump y su aislacionismo tienen como efecto inmediato una disrupción en las cadenas de valor y de producción de todas las economías del mundo. Terminan con una serie de certidumbres que dieron el piso mínimo para que las inversiones fluyeran y las economías funcionaran. Afectan el funcionamiento de la economía global.  

Nadie gana con estos aranceles. Y mal hacen los políticos que creen que haber esquivado un golpe equivale a haber ganado: eso se llama perder menos, pero es perder de todos modos. De poco sirve intentar tapar el sol con un dedo.

En el corto plazo, Estados Unidos perdió el papel de socio confiable. Es particularmente difícil para las naciones, como México, que tienen gran interdependencia con EU, agarrarse a ella como clavo ardiente, porque, por el momento, no les queda de otra. Difícil también, porque, en el mediano plazo, EU va a salir debilitado de este lance y será necesario -insisto- deslizarse, diversificar el comercio, buscar lazos más estrechos con socios más fidedignos. 

Trump olvida que, cuando EU pudo poner condiciones al resto de naciones, acababa de ganar una guerra mundial y su PIB era el 50% del PIB mundial. Ahora es del 16%, a paridad de poder de compra. No podrá imponerlas esta vez, y menos comportándose como chivo en cristalería. Es el síntoma de la decadencia del Imperio Americano. 

Es posible que, ante las primeras reacciones de los mercados y las protestas de algunos empresarios, el presidente de Estados Unidos trate de moderar su estrategia. Pero es improbable que lo haga en serio. No es su estilo. Lo más que podemos esperar son nuevas posposiciones sobre la puesta en vigor de los aranceles, y eso sólo servirá para abonar a la incertidumbre, y extender la idea de que no se puede contar con un socio que cambia de pareceres sobre la marcha.  


lunes, enero 27, 2025

Trump y la Nueva Era Chapada en Oro

 



Donald Trump ha tomado posesión, de nuevo, como presidente de Estados Unidos y ha vuelto a anunciar todo lo que prometió. Su regreso al poder es muestra de la crisis profunda de las democracias liberales y reiteración de que, a nivel mundial, estamos ante una ola de nacionalismo antidemocrático.

Trump promete el regreso a una “era dorada” para Estados Unidos. Juega con ello con los sueños de grandeza que maman los estadunidenses desde pequeños en la escuela, que cotidianamente se repite en los medios y que es parte fundamental de la cultura de nuestros vecinos del norte. Para ello, como antes lo hizo, promete fortaleza militar, políticas proteccionistas “para proteger el empleo de los americanos”, aislacionismo nativista antiinmigrante y crecimiento económico. Como antes, expresa desconfianza no sólo ante sus rivales geopolíticos, sino también hacia los aliados históricos de Estados Unidos. Y ahora agrega deseos de expansión territorial.

El mensaje para los ciudadanos de su país es que serán parte de la nación más poderosa de la historia, y que se mantendrán los valores tradicionales que hicieron grande, años ha, a Estados Unidos. Esa es su idea de “era dorada”.

En realidad, lo que propone Trump es una suerte de regreso a la Gilded Age, la Era Chapada en Oro, que es como se denomina al periodo ocurrido entre las últimas décadas del siglo XIX y principios del siglo XX. La característica fundamental de esa época fue de crecimiento económico sin regulación alguna, acompañado por grandísimas desigualdades económicas y sociales, en la que la concentración de la riqueza y el poder fue enorme: la época de los monopolios, de los trusts.

Una parte importante del proyecto trumpista -ya expresada en algunas de sus primeras decisiones, como las referentes a energía- consiste en limar o acabar con las regulaciones que constriñen la lógica pura del capital. Regresar a la época anterior a la crisis financiera de 2008 (que detonó precisamente por la falta de regulación) e ir más allá. Para ello ha forjado una alianza con los multimillonarios de las nuevas tecnologías, que son los nuevos grandes capitanes de industria. Tiene trabajando con él a quienes encabezan la lista de hombres más ricos del mundo. Busca, como bien escribió en estas páginas Ricardo Becerra, la utopía de los ultracapitalistas.

En principio, el problema para establecer una nueva Gilded Age es evitar una rebelión de las mayorías que trabajan cada vez más para obtener lo mismo, mientras que un grupo pequeñísimo se hace de la mayor parte de la riqueza. Para eso siempre ha servido la ideología. Pero, por encima de ella, sirve la propaganda y la expansión de posverdades y teorías falsas. Y, si, supuestamente en defensa de la libertad de expresión, se da rienda suelta (en realidad, manejada) a toda suerte de desinformación, habrá mejor manera de acallar a quienes, con datos, afirman que el rey está desnudo (para luego perseguirlos, posiblemente).  Para eso son útiles las nuevas tecnologías. Por lo pronto, Trump ha decretado el “fin de la censura gubernamental”, que se traduce en que las redes sociales harán lo que quieran (más sus dueños que sus usuarios). La victoria final del Tonto del Pueblo, diría Umberto Eco; sólo que el tonto del pueblo es una marioneta del rico del pueblo.

Pero lo cierto es que la Era Chapada en Oro terminó, y no bien, con la Primera Guerra Mundial, la Revolución Bolchevique y el gran desorden de entreguerras. Esta, si se logra asentar, terminará con fuerza similar, aunque no sabemos de qué manera.

En el caso de la relación con México hay varias amenazas. Enumero las tres más importantes de menor a mayor, según mi criterio.

Por un lado, están los aranceles, que Trump ha usado como amenaza arrojadiza ante cualquier pretexto. La existencia del T-MEC, por una parte; y el hecho de que a Trump le importa mucho el comportamiento de Wall Street, por la otra, hacen improbable que -al menos en el corto plazo- el mandatario estadunidense se lance en serio sobre esa ruta. Habrá, sin duda, escarceos, pero es de esperarse que la parte mexicana pueda sortear los problemas.

Más relevante es la declaratoria de los cárteles del narcotráfico como organizaciones terroristas. Es una manera de presionar al gobierno de Claudia Sheinbaum para que México deje, de una vez por todas, de consecuentar a los grupos de la delincuencia organizada, que vivieron años muy buenos el pasado sexenio. El peligro es que esas presiones se traduzcan en intervencionismo directo, que es lo que es necesario evitar. La nueva administración está dando muestras aparentes de tomarse más en serio la amenaza social que representan los cárteles para la vida del país. Ahí puede y debe haber un empate de intereses: la clave es no ceder en materia de soberanía (y parece que Sheinbaum está dispuesta a no hacerlo).

Lo más preocupante en el corto plazo es el tema migratorio. Entre otras cosas, porque no se sabe bien a bien el tamaño del ramalazo. Es imposible que se cumpla la promesa de Trump de expulsar a todos los indocumentados, tanto por razones de logística como de necesidades de la economía estadunidense, pero es muy posible que exista una política más activa de persecución y deportación, que genere presiones serias en nuestra frontera norte (y que, de paso, sirva para disminuir los ingresos de los paisanos sin documentos y, por lo tanto, las remesas). Puede haber crisis humanitarias coyunturales, y el gobierno, aunque ya ha tomado cartas en el asunto, tiene que ser muy activo en la defensa de los derechos de los mexicanos en EU.

Finalmente, está la relación personal entre Trump y Sheinbaum. No será tan sedosa como con López Obrador, a quien el republicano veía como una versión Región 4 de sí mismo. Sheinbaum tiene otra formación política, otra historia personal, otra cultura y otro sexo. No es probable que haya química. Lo que sí debe de haber es diálogo, dentro de lo posible, y que México pinte claramente su raya. El peligro sería caer en la lógica de la política interna, y complicarle las cosas al país por querer complacer a la gayola. Ya veremos.

lunes, diciembre 02, 2024

Algunas claves en la victoria de Trump

 


Ahora que Donald Trump ha ganado las elecciones presidenciales en Estados Unidos, es hora de tratar de analizar algunas de las claves que pueden explicar su triunfo.

Este año, las encuestas preelectorales estuvieron bastante cerca del resultado final. En promedio, fallaron por poco menos de 3 puntos porcentuales. En los estados-bisagra, el error fue todavía menor: 2.2 puntos. Por tercera ocasión, las encuestas subestimaron a Trump; pero esta vez por menos que en 2016 y 2020. Y aunque queda claro que las encuestas de opinión tienen una incertidumbre inherente, también es cierto que sí sirven para medir el estado de la opinión pública. Por eso, es relevante escudriñar en las encuestas de salida -y otras-, para ver qué está detrás de las decisiones de voto.

El tema más importante para los electores de Trump fue, en general, la economía y, en particular, la inflación; para los votantes de Harris, fue la democracia.

Lo curioso del caso es que la tasa de inflación en Estados Unidos en 2024 es del 2.4 anual y el crecimiento del PIB es del 2.8 anual. Nada mal, en comparación con otras economías del mundo. ¿Qué pasó, entonces? De entrada, que una cosa es la inflación este año, y otra, la de los tres años anteriores. En 2021, fue de 7 por ciento, la más alta desde 1981. Aquí gana la memoria de mediano plazo. De salida, que los salarios medios han ido por detrás de los precios -aunque haya habido un crecimiento en el empleo-. Es decir, ha ocurrido un deterioro de los salarios reales.

El comportamiento del PIB, que usualmente se utiliza como proxy para ver si la economía va bien (cosa que ayuda electoralmente al gobierno en turno), en realidad mide la dinámica de la economía, no el bienestar económico de la población. Además, una cosa son los datos duros y fríos, y otra son las percepciones de la gente. Los números pueden decir que la economía va bien, pero una parte importante de los ciudadanos puede sentir lo contrario -como también se puede observar, en el sentido inverso, en México-. En Estados Unidos, la mayoría siente que gana menos que antes y muchos de ellos votaron por quien ofreció soluciones simples a un problema complejo: aranceles a las exportaciones para atraer inversión y expulsión del país de quienes compiten con bajos salarios. Si se aplicaran las medidas proteccionistas de Trump, la inflación crecerá y no habrá la recolocación de empresas prometida, pero eso es parte de la complejidad que la gente no quiere o no puede ver.

El que la mayoría de los votantes de Harris haya señalado que su principal preocupación es la democracia, nos dice dos cosas. La primera, corroborada por las propias encuestas de salida, es que votaron más contra Trump que a favor de la vicepresidenta. La segunda, que en el grupo de los electores demócratas sí hay gente que entiende el peligro autocrático que representa el magnate republicano. La tercera, que su preocupación por la situación económica no fue el motor principal de su decisión electoral.

Hay que decir que la preocupación por la democracia, en los tiempos que corren, es relativa. Un ejercicio en Estados Unidos presentó dos candidatos hipotéticos, con agendas de política económica y social completamente distinta. Luego se presentó a los entrevistados que quien tenía la agenda que ellos preferían haría una serie de medidas claramente antidemocráticas para imponerlas. Entonces se les preguntó si, tras conocer eso, cambiarían el sentido de su voto. Sólo 3.5 por ciento lo hizo. Hoy en día, en EU y en el mundo, la “satisfacción con la democracia” parece directamente correlacionada con la aprobación de gobierno.

Harris mejoró 9%, respecto a Biden, entre las familias que ganan más de 100 mil dólares al año; Trump ganó 12%, respecto a 2020, entre los que ganan menos que eso.

Este es, quizá, el cambio demográfico más relevante en términos de las votaciones. Significa el ocaso de la coalición que le otorgó a los demócratas la mayoría de los votos ciudadanos en todas las elecciones, menos una, de las elecciones entre 1992 y 2020. La clase trabajadora ya no percibe a los demócratas como sus adalides, a pesar de la evidencia de que los republicanos sirven a los intereses de las grandes empresas. Entre los sindicalizados (es decir, entre los trabajadores que hacen negociaciones colectivas y no están casados con el individualismo de la derecha estadunidense), la ventaja de Harris sobre Trump fue menor a 10 puntos porcentuales. Entre los no sindicalizados, Trump arrasó.

En particular, la caída entre los votantes blancos sin estudios universitarios ha sido precipitosa. Eran la mitad del voto demócrata en la primera elección de Clinton, en 1992; ahora son menos del 30 %. En sentido contrario, los electores blancos con universidad, que eran apenas la quinta parte de los votantes de Clinton, ahora fueron casi el 40% de los de Harris.

Los blancos con estudios universitarios se movieron 7 puntos porcentuales a favor de la candidata demócrata; los no blancos sin estudios universitarios, 13 puntos hacia el candidato republicano. Y los blancos sin estudios, que ya eran mayoritariamente trumpistas, ahora lo son más.

El cambio en el voto latino (o hispano), se explica más por el lado del nivel de estudios que por de la etnicidad, a pesar del perfil claramente racista del trumpismo. Hay que decir, al respecto, que un error de los demócratas fue considerar ese voto por descontado, en particular el de las comunidades mexicana y puertorriqueña (en las que sí ganó, pero con un margen mucho menor al histórico). Cuando pierdes en Brownsville, en Río Grande y en McAllen, es que la cosa es grave. Al parecer, a muchos tejanos de origen mexicano les molesta que los demócratas los consideren “gente de color” unida en la lucha antirracista; y dicen que los republicanos son racistas, pero los demócratas, también.

El tema del aborto, que supuestamente atraería muchos votos a Harris (la mayoría de los estadunidenses está a favor) resultó menos trascendente de lo esperado. La razón tal vez estriba en que, pasada la decisión a los estados, los electores pudieron votar sobre ese asunto, sin tener que pasar por el voto presidencial en el camino. El hecho de que haya sido aprobado en estados como Montana, Missouri, Nevada y Arizona, donde ganó Trump, así lo demuestra.

En resumen, el voto demócrata es, cada vez más, el de las clases medias ilustradas -esas que no siempre quieren la respuesta simple a los problemas complejos- y su coalición con las minorías étnicas y con la clase trabajadora se ha debilitado (notablemente, en el segundo caso). Siguen teniendo a la mayoría de las mujeres de su lado, pero no por mucho. El voto republicano fue, cada vez más, la combinación del voto de los plutócratas, las clases medias sin estudios y una mayoría de los trabajadores. Su coalición, que era 90% blanca, ahora lo es en 75%.

Y si nos fijamos un poco más, ese tipo de partición de coaliciones electorales se parece mucho a la típica que se da en estos tiempos de populismo.

martes, agosto 22, 2017

Fascismo corriente


Así como hay infecciones crónicas, virales o bacterianas, que cada determinado tiempo causan problemas –a veces severos– a las personas, también hay infecciones crónicas, políticas e ideológicas, que dañan fuertemente las sociedades.

Vivimos en estos años la recurrencia de una de esas infecciones sociales: el renacer del fascismo que, con distintos rostros, emponzoña mentes y corazones, alimenta ambiciones de políticos megalómanos y dificulta la convivencia humana. Lo acabamos de ver en los hechos de Charlottesville, Estados Unidos.
Hay que tener cuidado cuando se habla de fascismo, porque de manera facilona se ha dado ese calificativo a todo gobierno autoritario y de derecha o a toda persona con rasgos intolerantes. Un gorilato, como los que ha habido en América Latina, África o Asia no es, en sí, fascista: es simplemente una dictadura o tiranía de unos pocos en contra de sus pueblos. 

El fascismo es, en primer lugar, un movimiento de masas que busca conquistar el poder, sin importar la vía. Sin organización partidista que deshaga a los individuos y los convierta en masa al servicio de la causa, no hay fascismo. La causa, normalmente, empieza por el deseo de acabar con una sociedad que es considerada decadente, corrupta y mediocre, y sustituirla por otra, en la que prevalezcan el orden y la jerarquía.

Tras la destrucción del fascismo original, quedaron huevitos de la serpiente. Pero para romper el cascarón siempre es necesaria la existencia de un amplio grupo de gente frustrada por los resultados de la democracia, autovictimizada y dispuesta a la revancha (que es simplemente un cambio de víctima). Cuando las economías funcionan –es decir, cuando hay crecimiento y distribución- es prácticamente imposible que ese cascarón se rompa.

Tampoco se entiende el fascismo sin la necesidad de exclusión. Siempre es un “ellos” contra “nosotros”. Y “ellos” son todos los que son diferentes: por raza, por religión, por preferencia sexual y, sobre todo, por nacionalidad. Todo fascismo tiene como rasgos esenciales el nacionalismo y la xenofobia.

El “nosotros” de los fascistas por definición es colectivo y, al mismo tiempo, excluyente y jerárquico. Supone la existencia de un núcleo inicial –y de iniciados– dispuesto a moverse, y a atraer hacia sí lo que consideran como parte sana del pueblo. En los fascismos clásicos, ese grupo inicial estaba compuesto por una mezcla de jóvenes idealistas exaltados, delincuentes menores proclives a la violencia y políticos arribistas.

Entendido esto, el fascismo es elitista: primero la jerarquía, luego el pueblo “sano” y afuera los demás. En el discurso siempre será “el pueblo”, porque las clases sociales quedan difuminadas, y eso es indispensable para generar lo que sigue, que es el unanimismo.

La unanimidad forzada se da en torno a un líder carismático, que expresa la voluntad del pueblo (en el entendido de que quienes no compartan la ideología ya no son pueblo). El pueblo, por supuesto, está encima de parlamentos y politiquería. Esas construcciones democráticas pueden ser mandadas al diablo.

Y el líder se convierte en la cómoda vacuna contra todo pensamiento crítico. Basta con seguirlo, con identificarse con él –que al fin y al cabo es la representación viva del pueblo– y ya no es necesario pensar por sí mismo. Al líder se le sigue en todos sus virajes ideológicos, en todos sus cambios de aliados, en toda su transformación. Quien no lo haga comete el pecado de pensar. El gesto y la palabra deben usurpar a las ideas y, en esa zona de confort donde la política real no existe, se pierde el individuo y la única colectividad posible es alrededor del líder.

El último punto capital para definir el fascismo es su vulgaridad. Suelen ser hombres vulgares quienes toman los principales papeles en los movimientos fascistas, y la vulgaridad es necesaria para no discutir con argumentos –basta una mentada–, para despreciar toda actividad intelectual y para atacar físicamente al enemigo (al diferente). El fascismo siempre es corriente.

Con todos estos elementos, debería quedarnos claro que Estados Unidos es un país en el que hay barruntos de resurrección fascista. Y los grupos de extrema derecha, envalentonados por la elección de Trump, buscan crear las condiciones de polarización social para armar un movimiento digno de ese nombre. Tienen la parafernalia, la vulgaridad, la falta de ideas, el deseo de revanchismo y –piensan– el humus social para crecer.

Pero por fortuna, en EU hay pesos y contrapesos. Los hay sociales, los hay históricos y también políticos y constitucionales. A fin de cuentas, y aunque a muchos no les guste, es una nación de inmigrantes.

Esos pesos y contrapesos llegaron, por un día, a pesar más que las afinidades de Trump. Se vio obligado a condenar el racismo y a llamar a las cosas por su nombre. A final de cuentas, la provocación de Charlottesville resultó en una derrota para el neofascismo americano: el presidente Trump tuvo que rectificar su postura inicial y desmarcarse de los extremistas de derecha, a quienes él tal vez considera su base más fiel. Y tuvo que hacerlo ante una andanada de críticas desde los medios, incluso los más conservadores, y de su propio partido, que todavía tiene a las urnas como guía, y no quiere desangrarse. Luego volvió a desdecirse, porque su corazón está con los supremacistas blancos.

Una batalla no es lo mismo que una guerra. Y los fascistas estadunidenses siguen creyendo que el terreno del rencor y de la revancha está abonado. La serpiente ya salió de su cascarón, y no será sencillo exterminarla.  
Y en otras partes del mundo, con otros disfraces y otras máscaras, el fascismo corriente, que –si tomamos en cuenta sus características– está al alza, seguirá intentando infectar las diferentes sociedades. Será cuestión de estar atentos e impedirlo.

viernes, abril 21, 2017

Orwelliana 2017




Cuando estaba en la universidad, era común entre los jóvenes discutir sobre cuál mundo distópico era más actual, si la de Orwell en 1984 o la de Huxley en Un Mundo Feliz. Esas discusiones han rebotado por décadas en mi mente, con varios cambios de bando. Lo que es seguro es que a cada rato hay indicios de ambas. Y también que Orwell se ha apuntado buenos puntos en los últimos días, particularmente con su concepto de la neolengua: la creación de un nuevo lenguaje, simplificado, que tiene el objetivo de impedir que las personas piensen por afuera de los dictados del régimen.
Veamos algunos ejemplos.

La neolengua en la Casa Blanca
El vocero presidencial, Sean Spicer, creó un gran escándalo con la negación de que Hitler hubiera utilizado armas químicas en la II Guerra Mundial. Muchos atribuyeron el hecho a que el vocero tiene una ignorancia homérica de la historia. Yo iría más allá. Spicer, como buen miembro del Partido, no es capaz de entender más allá de la neolengua trumpiana.

En esa neolengua, el concepto “armas químicas” se refiere exclusivamente a las utilizadas por los regímenes enemigos contra la población civil. Las que usó Sadam Husein contra los kurdos; las que usó Bachar el Asad contra la oposición. Ni el sustantivo armas ni el adjetivo químicas significan lo que dicen los diccionarios comunes: van juntas y se refieren a las que lanzan los árabes malos.

Ante las preguntas incómodas de los reporteros sobre los crímenes de Hitler, Spicer evidenció su capacidad de doblepensamiento: dijo que el dictador nazi no había utilizado gas sarín, como el sirio. Por lo tanto, no eran armas químicas. El gas Zyklon B, que asesinó a millones en las cámaras de gas, no lo era. El vocero de Trump demostró que era capaz de sostener dos creencias contradictorias de manera simultánea, y aceptar ambas.

Cuando Spicer quiso arreglar las cosas, y empezó a recular, se fue a lo hondo. Dijo que Hitler no había utilizado las armas químicas contra su propio pueblo. Eso significa, si usamos la lógica, que el vocero de Trump no considera que los judíos alemanes asesinados por el régimen nazi hayan sido alemanes. Eran judíos. Un paso en falso bastante revelador.

Pero lo que en lo personal me pareció extraordinario fue que Spicer, ya algo nervioso, se refirió a los campos de exterminio nazi como “Holocaust Centers”, Centros de Holocausto.

La utilización de ese término es algo más que curiosa, porque nos dice que el subconsciente del vocero lo traicionó. En Estados Unidos muchos espacios se llaman “Center”: shopping center, convention center, detention center. A Spicer se le ocurrió colocar el término “Holocausto” a uno de estos centros: en otras palabras, americanizó el término, se lo apropió. Al mismo tiempo, evidenció, al suponer que ese era el nombre, no tener idea de lo que significa una palabra compleja como holocausto.

Por cierto, el nombre alemán era Konzentrationslager: campamento de concentración, que también es un eufemismo.


La neolengua corporativa
Otro momento alucinantemente orwelliano lo vivimos con el escándalo que se armó cuando un pasajero de United Airlines fue violentamente sacado del avión porque se negó a dar su lugar. Aquello fue la típica situación en la que todos pierden (aunque el hombre, luego de la fractura de su nariz tal vez gane una demanda multimillonaria a la aerolínea).

Las acciones de United Airlines no cayeron al día siguiente del incidente. Pero el valor de la empresa se desplomó por cerca de mil millones de dólares al otro día, luego de que el presidente de la compañía ofreciera disculpas de una forma que parecía más bien una justificación de los excesos. El uso de la neolengua corporativa lo delató.

Óscar Muñoz, en un comunicado vía Twitter, se disculpó por tener que “reacomodar” a los pasajeros debido a la sobreventa de boletos, pero no pidió perdón por cómo se gestionó la situación. La palabra clave fue “reacomodar”, cuando en realidad se trataba de una acción violenta (y nada cómoda) en contra de un cliente que había pagado su boleto de avión.

El hombre, creo que no por casualidad porque así se las gasta el mundo corporativo, acababa de ser premiado como el Comunicador del Año. Supongo que por ser el mejor hablante de corporatés, que es una forma particular de la neolengua.

Otro elemento fue el uso del término “voluntario”: según United, “nuestro equipo buscó voluntarios, un cliente se rehusó a dejar la aeronave voluntariamente y se pidió la intervención de agentes de la ley”. Aquí el término “voluntarios” actúa igual que la palabra “libre” en el mundo de Orwell. En 1984 sí existe la palabra “libre”, pero para decir que el perro está libre de piojos o el jardín está libre de yerbas malas.

El diccionario Merriam-Webster tuvo que salir en defensa del idioma inglés, antes de que lo ocupen empleados como los de la distopia, y aclaró que voluntario significa “alguien que hace algo sin ser forzado a hacerlo”. Precisamente lo contrario de lo que sucedió en aquel famoso vuelo.

Al final, luego de las pérdidas millonarias, el presidente de la empresa tuvo que dar disculpas en serio, y no en la neolengua corporativa (esa de “misión y visión” y otras barrabasadas): sólo así se pudo parar la sangría financiera.


Neolengua para todos.  
Si nos ponemos atentos en nuestra vida cotidiana, encontraremos un montón de ejemplos de neolengua y que a menudo van más allá del mero eufemismo (ese de los “ajustes”, las “reestructuraciones” y los “encharcamientos”) o la evidente estupidez (la “sal orgánica”). Haríamos bien en mantenernos en guardia. 

miércoles, febrero 01, 2017

Trump contra México (I)

Los primeros días de la administración de Donald Trump nos dicen claramente que vivimos tiempos nuevos, tiempos peligrosos.
Estas son dos columnas que escribí en enero para Crónica.

America First... y México


La presidencia de Donald Trump va en serio. Lo ha demostrado desde el día uno. Si logra sus propósitos, significará un cambio importante en el orden mundial, en la realineación de las naciones y en la redefinición del futuro, que definitivamente no será el que hace apenas un año podría haberse proyectado en una línea del tiempo. Para México puede ser un cataclismo si no sabemos, como sociedad, hacerle frente de una manera inteligente.
 
Las ideas que Trump expresó en su discurso inaugural dejan claro que el gobierno de Estados Unidos abandonará explícitamente varias de las grandes políticas que se establecieron después de la II Guerra Mundial, para apuntalar el papel de EU como principal potencia vencedora de aquel conflicto bélico.
El modelo de desarrollo económico mundial planteado tras la II Guerra, en los acuerdos de Bretton Woods, promovía una apertura comercial global: acelerada en Europa continental; paulatina en el resto del mundo. 

La crisis fiscal-presupuestal de los Estados y la necesidad de partirle el espinazo a las organizaciones de trabajadores generaron, a partir de mediados de los años setenta, una segunda ola: de creciente integración productiva. El neoproteccionismo de Trump pretende echar para atrás ese proceso.

El modelo político internacional estuvo durante años dominado por el enfrentamiento entre la democracia representativa y los sistemas socialistas de un solo partido. La guerra fría, caracterizada por el intervencionismo de las potencias rivales en otras naciones, terminó con la victoria de Occidente. El mundo unipolar trajo nuevos equilibrios y una estabilidad fundamental, una suerte de Pax Americana global, que ha mostrado resquebrajaduras, pero no fracturas importantes. La visión del nuevo presidente de EU es que eso no conviene, y deja claro que los intereses estadunidenses del momento importan más que las alianzas históricas o los valores democráticos presuntamente compartidos.

La idea de “Estados Unidos primero” en el terreno económico y en el político, equivale a un borrón y cuenta nueva en sus relaciones e intercambios con otras naciones (cuenta hecha a partir de los intereses de los grupos de poder más conservadores en EU).

En ese sentido, no es ocioso recordar que el lema “America First” es también el nombre del grupo que intentó que Estados Unidos se mantuviera neutral durante la II Guerra Mundial. Los aislacionistas gringos de entonces estaban, por supuesto, infiltrados por los nazifascistas.

El neoaislacionismo de EU –que a la postre dice que “cada quien se rasque con sus propias uñas y nosotros nos metemos sólo en lo que sea negocio” – obliga a nuevos acomodos mundiales. El neoproteccionismo, a una revisión profunda del modelo actual de desarrollo global, que está haciendo agua por distintos lados, tanto en lo político y social, como en lo productivo.

Esta nueva política necesariamente golpea más a las naciones más cercanas en lo político y en lo económico al modelo que Trump quiere desechar. Y México es el caso más evidente.

Nuestro país se ha presentado –y con claridad a partir de los años ochenta– no sólo como vecino, sino también como uno de los principales amigos y socios de Estados Unidos. En lo económico, pasamos del viejo modelo de sustitución de importaciones a uno de apertura global e integración subordinada a las economías más fuertes, empezando por la de EU. En política internacional, el camino fue de convergencia creciente, pero nunca total, con las posiciones de los vecinos del norte.

Ahora todas esas coordenadas, que nos permitieron por años estar en una zona relativa de confort, han cambiado.

Todavía no asimilamos del todo el tamaño del golpe, pero lo central es que nos obligará a movernos, a ya no ser los mismos. Si no cambiamos, la realidad nos forzará a hacerlo, y de manera más drástica.

Por una parte, y ya se ven los primeros pasos, estamos obligados a replantear nuestra relación bilateral con EU. Su gobierno nos ve como beneficiarios abusivos de un acuerdo, el TLC, que ha sido de beneficio mutuo. Su presidente, alérgico al multiculturalismo, ve con malos ojos a los mexicanos que han contribuido a engrandecer su nación, y los usó como chivos expiatorios en su campaña. Prácticamente todas sus iniciativas nos perjudican.

La relación hoy menos que nunca se puede trabajar tema por tema. Es necesaria abordarla de manera integral. Hacerlo de manera conjunta con Canadá, cada que se pueda. Y, si en la lógica de Trump no hay posibilidad de acuerdos ganar-ganar, al menos hay que intentar que México no pierda. Eso significa que hay que defender cada punto y, en todo caso, venderlo muy caro.

Lo que no se puede es empezar cediendo. Ya Trump tomó la iniciativa, pues hay que evitar que determine toda la agenda. Y no entregar prenda –como por ejemplo, las deportaciones “de forma coordinada y ordenada” – sin obtener nada a cambio. La clave de la negociación será que México tenga muy clara y en orden su lista de prioridades.

Y más allá de la relación bilateral, el nuevo marco obliga a diversificar aceleradamente relaciones políticas y comerciales. También, a revisar el modelo de una economía jalada por las exportaciones que, en esa obsesión, no ha dado al mercado interno la importancia que se merece.

No son temas menores. Europa y Asia son grandes mercados; los de América Latina ya están explorados y puede avanzarse en ellos. Las ventajas comparativas de México son muchas: es hora de dejar atrás la competitividad epidérmica, centrada en la baratura de la mano de obra, y hacer buen uso de nuestros acuerdos comerciales vigentes.
 
Los meses que vienen serán difíciles, pero la crisis siempre es oportunidad. Si seguimos con el viejo modelo, la perderemos y sobrevendrá el desastre. Si pensamos fuera del cuadro, y asumimos que los tiempos están cambiando, podemos atraparla. 


Trump, Bannon y el Reich de 50 años 




Muchos supusimos y afirmamos que era ingenuo suponer que Donald Trump presidente sería sustancialmente distinto al candidato. Lo que no alcanzamos a imaginar a cabalidad era la velocidad y la radicalidad con las que desplegaría su agenda. En una semana ha sido capaz de poner a su país y al mundo de cabeza.

Trump no sólo está encabezando un gobierno; está encabezando, principalmente, una revolución ultraderechista que tiene como propósito un cambio radical en Estados Unidos y en las relaciones de ese país con el resto del mundo. Un nuevo orden interno y mundial.

Hay una figura central en los nombramientos de Trump: es Steve Bannon, su jefe de asesores, quien también jugará un papel clave en el Consejo de Seguridad Nacional. Si Trump es la figura carísmática y el centro de poder, Bannon es el ideólogo, el estratega y el propagandista. Es también la figura más extremista del nuevo grupo en el poder.

La idea de Bannon es generar un movimiento político enteramente nuevo, desterrar el viejo stablishment republicano-demócrata y, a través del nacionalismo económico, forjar una sociedad distinta a la del cosmopolitismo, la globalización y la corrección política. De Trump dice que es “el vehículo ideal”; lo describe como “un gran orador, que habla en vernáculo no-político y se comunica con la gente de una manera muy visceral”. Y se describe a sí mismo: “Soy Thomas Cromwell en la corte de los Tudor”. De miedo.

Para Bannon, los medios son el símbolo de todo lo odioso. Dice él que porque no entienden lo que está sucediendo en la realidad y porque, en consecuencia, dan una visión distorsionada de las cosas. Para enfrentarlos, fundó Breitbart News, una agencia de noticias que está peleada con la verdad, pero que apela a “los hombres y las mujeres del mundo que están cansados de oír los dictados del partido de Davos”. No por nada dijo que los medios tradicionales deberían “callarse la boca”.

El alcance de la agencia de Bannon es muy grande, sobre todo en Estados Unidos, y queda claro, tras dar una vuelta por sus páginas web, que ha mandado la veracidad al cesto de la basura. Según Breitbart, por ejemplo, la cancelación de Peña Nieto a su reunión con Trump se debió a su enojo porque el nuevo presidente de Estados Unidos golpeó a los cárteles de la droga. Y las manifestaciones en los aeropuertos de EU, en contra de las detenciones de personas provenientes de países musulmanes vetados, acciones de un grupo ligado a los terroristas que promueve el caos “mientras Trump protege a la nación”.

Por cierto, fue Steve Bannon quien hizo que, al principio, se impidiera también la entrada a los nacionales de los países vetados, aunque fueran residentes legales en Estados Unidos. Se ve que la idea de satanizar a la oposición a Trump es parte de su estrategia. “Exacerbar las contradicciones”, decíamos en los años setenta.

La filosofía detrás de esta visión general, es la que entiende a Estados Unidos no como una nación que expande sus ideales democráticos y de libre empresa, sino como un Estado que debe velar, en primer lugar, por la seguridad y el bienestar de sus habitantes. En ese sentido, mira hacia dentro y el resto del mundo es visto con suspicacia. En realidad no hay amigos; algunos podrán parecer aliados pero sólo son menos enemigos que otros. El aislacionismo.

En ese contexto se inscriben tanto el muro de Trump como la idea de revisar y repudiar el Tratado de Libre Comercio de América del Norte. El primero tiene una fuerte carga simbólica y de humillación; la que importa de fondo es la segunda. El nacionalismo económico está en el centro del proyecto trumpista, particularmente en lo que se refiere a los empleos.

Se ha dicho, con razón, que la molestia de Trump con el déficit comercial de su país es bastante ilógica. A diferencia de las demás naciones, Estados Unidos puede darse el lujo de tener un gran déficit comercial estructural porque el dólar es la moneda de cambio internacional. Lo que llaman señoriaje.

El señoriaje del dólar permite que todo déficit en la balanza de pagos pueda ser arreglado mediante la creación de más dinero. Ellos no tienen qué apretarse el cinturón, a diferencia del resto de los mortales. Por décadas, los consumidores estadunidenses han vivido por encima de sus medios. Ahora Trump dice que eso está mal.

Resulta que tener un déficit comercial, aunque implique vivir por encima de los propios medios, significa creación de empleos en los países que tienen superávit. Y lo que importa en la visión nacionalista no es el bienestar, es el empleo. El trabajo dignificador.

El empleo, dice Bannon, es el tema central. Sí, como en aquellos exitosos experimentos de la Europa de la primera mitad del siglo XX: Italia y Alemania. Pleno empleo: cañones en vez de mantequilla. De poco importa que hoy los trabajos de más alta calidad estén en Estados Unidos, gracias a las cadenas de producción globalizadas. El chiste es la cantidad.

En esas condiciones, es difícil pensar que Estados Unidos va a sentarse con seriedad a revisar el TLC para llegar a una situación en la que tanto ellos como México sientan haber ganado. Es algo que sólo debería hacerse si hay propuestas serias del otro lado. No las habrá, y al final Trump echará al tratado por la borda. Hay que tomar previsiones desde ahora.

La circunstancia es delicada para México, país que se ha decantado por los valores que ahora abandona Estados Unidos. Debemos mantenerlos, y hacernos de aliados, sobre todo entre los estadunidenses que se oponen o pueden oponerse en un futuro cercano al nuevo mandatario. El gobierno federal de Estados Unidos no es el único sujeto con el que hay que dialogar.

La circunstancia es de unidad nacional, pero no puede ser confundida con unanimidad o carta blanca. Es para generar una estrategia nacional compartida. Las amenazas que se ciernen no son menores: sería irresponsable afirmar que sólo hay una política o una estrategia correctas, sin buscar los consensos que nos den fuerza interna y ante el exterior.

¿De qué tamaño son las amenazas? Bueno, Bannon afirma que “gobernaremos por 50 años”.
 
De ese tamaño.