Mostrando las entradas con la etiqueta España. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta España. Mostrar todas las entradas

viernes, mayo 03, 2019

(E)Lecciones españolas

El análisis del resultado de las recientes elecciones generales en España puede dejar varias lecciones políticas para el resto del mundo. La cuestión es ver si hay quién las quiere tomar.
 
Los datos generales son conocidos: los socialistas del PSOE se han alzado con la victoria, tras una debacle estrepitosa del partido histórico del centro-derecha, el Partido Popular; también se han reforzado los partidos regionales nacionalistas, mientras que la formación Vox, de extrema derecha, ha logrado representación en el parlamento, el partido Ciudadanos ha crecido un poco, menos de lo que esperaba, pero lo suficiente como para pisarle los talones al PP y la agrupación de izquierda Unidas Podemos, si bien ha caído en votación, tiene ahora más posibilidades de entrar al gobierno, si el PSOE decide hacer alianza con ellos.

Hay dos razones para el aparente vuelco a la izquierda del electorado español. La primera, los excesos de corrupción del PP, que ahora tiene más miembros notables en la cárcel que diputados. La segunda, a mi juicio la más importante, es que, tras la irrupción de Vox en las elecciones regionales de Andalucía, los partidos de derecha se escoraron todavía más a la derecha, dejando vacío el centro.

Tras la transición de España a la democracia, quienes se mantuvieron fieles a la ideología fascista pasaron a la marginalización, pero la mayoría de los antiguos franquistas buscaron adaptarse: se vieron obligados a no decir su nombre y, con las nuevas reglas del juego, hacerse pasar por demócratas.

Así, a través de una federación de partiditos conservadores, nació Alianza Popular, luego transformado en el Partido Popular, que llegó al poder en 1996, con José María Aznar, promovió políticas de liberalización económica y se fue acomodando como parte de la derecha moderna europea, aunque por dentro –y en parte de su base electoral- siempre hubo pulsiones de la vieja cultura franquista.

El desgaste del PP, sus escándalos de corrupción y el reto del independentismo catalán lo fueron minando. Al mismo tiempo aparecieron los cambios en la manera de hacer política en el siglo XXI, con el regreso del nacionalismo y el populismo de derecha, en la ola que va desde Trump hasta Bolsonaro, pasando por los extremistas de Italia, Francia y Escandinavia.  

Por un lado apareció Ciudadanos, que primero era un partido anti-independentista catalán, originalmente de centro, y luego descubrió que había mercado electoral para ello en el resto de España.

Después, hizo su irrupción Vox, agrupación nostálgica del franquismo, abiertamente racista, militarista, homófoba, antifeminista, islamófoba, ultranacionalista y autoritaria. En otras palabras, Vox son los fascistas que finalmente salieron del clóset.

Este grupo, envalentonado por sus buenos resultados en Andalucía, desarrolló una campaña virulenta, con mucha presencia en redes sociales. Lo interesante es que, en la breve campaña electoral, el PP en el afán de no perder parte de su base con Vox, coqueteó con los extremistas. Ciudadanos –cuya lógica hubiera podido ser la de recoger a los moderados del PP que estaban asqueados de tanta corrupción- decidió también correrse a la derecha, al grado que su dirigente no descartó entrar a un gobierno de coalición con Vox, mientras ponía un “cordón sanitario” hacia una alianza con el PSOE.

Ambas agrupaciones de centro-derecha escucharon con más atención los cantos de sirena de las redes sociales, con la vociferante militancia de Vox, que el pulso real de muchos españoles ajenos a la ideología socialista, pero conscientes del peligro del populismo de derecha, más en un país con una extrema derecha que ya una vez fue capaz de destrozar la democracia y ensangrentar todo el territorio.

En otras palabras, lo que consiguieron fue que el resto del país se decantara por los socialistas y por los partidos regionales menos radicales, vistos ahora como la opción moderada ante el peligro del autoritarismo fascistoide. El PSOE, sin moverse hacia su derecha, se llevó el centro; y sin moverse hacia su izquierda, también se quedó con una parte de los antiguos votantes de Podemos.

Si uno ve las cosas que decía la extrema derecha en la campaña electoral española, encontrará que algunas suenan perturbadoramente conocidas. Por ejemplo, que España se va a convertir en una nueva Venezuela, que los otros son amigos de los etarras y guerrilleros, que el socialismo esclaviza a la gente mediante el voto, que vienen el desempleo y la crisis, que lo que quiere el PSOE es subsidiar a los flojos con los impuestos de quienes trabajan, que la educación pública es marxista y un largo etcétera.

Este lenguaje polarizador, como es de fácil reproducción en las redes, puede parecer que avanza como bola de nieve. En realidad, lo hace en un grupo reducido de fanáticos y no va mucho más lejos. En esas condiciones, una mala lectura política, como creer que la bola de nieve será suficiente para generar una nueva mayoría, puede ser fatal.

Quienes abandonan la objetividad y hasta la verosimilitud para atacar con virulencia al adversario político le están haciendo un favor. Atacar a un gobierno con mentiras y exageraciones es, al final, defenderlo. Promover a ese gobierno con mentiras y exageraciones es, al final, minarlo. Cada extremo tendrá sus focas aplaudidoras, pero los ciudadanos saben mirar más lejos.


Hay un espacio en el centro político aparente, un espacio que bien puede estar realmente en la izquierda. Lo difícil es habitarlo y hacerlo crecer en medio de los vociferadores. Pero en España se pudo.

martes, enero 06, 2015

Biopics: Los Reyes en Valencia



El 5 de enero de 1987 cruzamos La Mancha (compramos un auténtico queso manchego, que es de oveja) y llegamos a Valencia. El clima era relativamente benigno. Nos hospedamos en un hotel junto a la playa, como nos había recomendado Fallo, y comimos una muy buena paella típica (pero no tan deliciosa como la que preparaba mi buen amigo), paseamos un ratito junto al mar, y nos fuimos a dormir con Raymundo todavía preocupadísimo porque los Reyes nomás no nos iban a encontrar.

A la mañana siguiente, despierta el Rayo y ve dos juguetes al pie de la cama. Un osito que se armaba con roscas, para Camilo, y un Transformer de Lego para él.

“¡Sí vinieron!”, gritó lleno de felicidad. “¡Sí vinieron!”

Para hacer la mañana más perfecta, bajábamos todos, con las maletas (los niños con sus juguetes, Rayo orgulloso y Camilo embelesado con el suyo), cuando el conserje del hotel, que nos veía desde abajo, dijo:

-Que anoche han venido los Reyes y han preguntado por ustedes. ¡Y mira lo que les han traído!

Raymundo traía una sonrisa de oreja a oreja.

El camino a Perpignan fue muy ventoso. Allí pasamos la noche. La siguiente parada para dormir (y dar yo una vuelta a pie por la bonita ciudad, porque los demás estaban fundidos) fue en Aix-en-Provence. De ahí, un trayecto un poco más largo que los otros, hasta Módena.

Llegamos muy a tiempo, porque al día siguiente cayó una nevada tremenda.

jueves, diciembre 11, 2014

Biopics: seis días en Madrid



Con los Cordera Mora pasamos seis días en Madrid. Los recuerdo con un cariño especial. Días felices. Sé que Maca también.

Durante esos días nos quedamos en el departamento que tenían en el sur madrileño, en una zona obrera. Era chiquitito, aún más que la vivienda que nosotros teníamos en Italia. En una recámara nos acomodamos nosotros y en la otra Fallo y Maca, junto con Santiago, mientras que el mayor, Diego, pasó esos días con sus abuelos maternos. A Rayo le encantó encontrarse un niño aproximadamente de su edad con el que podía conversar y jugar en español. Anduvieron los dos como uña y mugre durante esos días.

En año nuevo fuimos a cenar con los amables padres de Maca, ese matrimonio que sólo pudo existir porque perdió la República y un hombre y una mujer que nunca se hubieran conocido coincidieron en México. Recuerdo que tenían la calefacción a todo meter (cosa imposible en casa de Fallo y Maca, donde la calefacción sólo funcionaba de noche) y que cenamos besugo.

De los días posteriores son de comentarse una paella de pescado portentosa que preparó Fallo (y la plática que la acompañó, con la famosa frase de “vieja que no chinga es macho”), un agradable paseo familiar por el Parque del Retiro (también estaban Paloma la hermana de Maca y Luis Díez de Urdanivia), la obligada visita a la Casa Mingo, para comer pollo y sidra en un ambiente magnífico, y varias largas caminatas por el centro madrileño lleno de gigantescos belenes, entre gente alegre y próspera (se vivían los años de gloria de los gobiernos del PSOE), con paradas varias para tapas y cervezas, hasta bien entrada la noche: una suerte de “marcha” familiar. Diego no lo aceptará ahora, pero a sus quince recién cumplidos era forofo del Madrid (y ponía cara seria cuando Patricia lo trataba, para mi desesperación, como si fuera un niñito).  

Para fortuna del Rayo –ya se sabe que los niños de cierta edad requieren que las cosas tengan cierto orden-, en Madrid había gran revuelo con la próxima llegada de los Reyes Magos (hubiera sido algo problemático explicarle que, en Italia, los sustituía una bruja buena, la befana). Pero él estaba muy preocupado porque, de acuerdo a los planes, pasaríamos la noche del 5 en algún hotel de Valencia y los reyes orientales no podrían encontrarlo. Le expliqué que a la cartita que nos dictó le agregamos que estaríamos en uno de los hoteles de la playa y que nos encontraran por las placas del auto.

La semana se nos fue como un soplo, y pronto estábamos cruzando la planicie manchega rumbo a Valencia, primera parada de nuestro camino de regreso. Raymundo no podía esconder su preocupación, rayana en la angustia. “Quién sabe si nos encuentran los Reyes Magos”, le decía a su hermanito. Por supuesto, al pequeño Camilo la improbabilidad de ese encuentro lo tenía totalmente sin cuidado.

miércoles, noviembre 12, 2014

Biopics: Rumbo a Madrid (Barcelona y La Almudia de Doña Gudina)


Llegamos a Barcelona cuando anochecía y nos hospedamos en un hotel cerca de las ramblas. Luego salimos a cenar. El mesero nos trataba con cierto desdén hasta que pronuncié una palabra clave: camarones. 

-¿Mexicanos? –preguntó-.

Cuando asentimos nos trató de maravilla. Nos había confundido con castellanos que iban a pedir gambas, supongo.

La tele del cuarto de hotel no servía y mandaron un empleado andaluz, muy humilde, que le prometía a Raymundo: “En unos minutos vas a poder ver los dibujos”. La arregló cuando las caricaturas llevaban rato de haber terminado.

Al otro día paseamos por el barrio gótico, las ramblas y apenas un poquito por la zona de Diagonal (de esas ocasiones en que quedas de verte en un lado y no te encuentras y te encabronas), comimos unas tapas deliciosas y nos preparamos para salir al día siguiente muy tempranito, rumbo a Madrid. Sería toda una travesía.

De entrada, me perdí en la salida de Barcelona hacia Lleida, así que, en vez de tomar la autopista, me enfilé por una carretera de sólo dos carriles. Empezó a caer una niebla densa, una verdadera fumana modenesa, si no es que algo peor. Con todo y faros de niebla, apenas podía distinguir la parte trasera del auto que iba enfrente de mí. Todos en fila india, como a 40 kilómetros por hora, rodeados por las nubes bajísimas. Y de repente hay un loco que rebasa, entre claxonazos de protesta porque la verdad no hay ni cinco metros de visibilidad.

Tras llegar a Lleida, tomamos –ahora sí- la autopista rumbo a Zaragoza. Igual una niebla tupida, pero no tan trabada como en el trayecto inmediatamente anterior. Voy a 110 kilómetros por hora y de repente a mi izquierda un tráiler me rebasa: el cafre va como a 130.

Pasando Zaragoza se acababa la autopista y había que tomar una carretera de dos carriles hasta Madrid. El clima mejoró. Era poco más de mediodía y de repente, en una colina, aprieto el acelerador y nada, que el auto no responde. Por la sensación en el pie presiento que se rompió el chicote del pedal. Alcanzo a estacionar en la cuneta. Joder.

Acabábamos de atravesar un pueblito de nombre inolvidable: La Almudia de Doña Gudina. Así que pedí un aventón al pueblo, junto con el Rayito (Camilo se quedó con su mamá, esperando en el auto). En La Almudia de Doña Gudina era la hora de la comida, así que tuvimos que esperar un rato (y ordenar unos bocadillos para llevar) en lo que los mecanicos terminaban. Llegaron, coincidieron en que se trataba de la sirja –que es como le dicen al chicote en Aragón- y la sustituyeron. No cobraron muy caro, pero perdimos más de una hora.

Seguimos el trayecto con tráfico creciente. Me adelanto a otros autos y, al final del rebase, cruzo la línea contínua. Atrás viene una patrulla, hace señales para que me detenga. “Ya me chingué”, me dije. Habíamos librado la entrada a España sin el seguro, habíamos librado un accidente en medio de la niebla, habíamos tenido la suerte de que el chicote se rompió junto a un pueblito y no a media autopista –donde hubieran pedido los papeles que no tenía- y ahora venía esto.

Se baja el oficial. Yo también. Me pregunta, al ver las placas italianas, si hablo español. Le digo que sí, señor oficial, que soy mexicano, que me dí cuenta del error que cometí, que mire que vengo con la familia y estoy consciente de la importancia de respetar las señales…  El patrullero se queda como pasmado y me dice:

-¡Vaya, que hombre más decente y educado es usted! Aquí en España uno los para y le responden con injurias. Tenga más cuidado, y gracias.

Pues sí, pensé. En México, los indecentes y maleducados son los patrulleros.

Llegamos a Madrid bien entrada la noche (y el tráfico era tremendo, pareciera que media España quería pasar el año nuevo en la capital), así que decidimos tomar un hotel cerca de la Plaza del Sol y desde ahí llamar a los Cordera, para citarnos al día siguiente, que ya era 31. Maca nos citó a las 10 de la mañana, debajo del oso y el madroño.

  

lunes, marzo 24, 2014

El héroe sin carisma




El fallecimiento de Adolfo Suárez, anunciado con días de anticipación, fue anticlimático, como lo fue, en muchos sentidos, la vida de ese político español. Pero la conmoción internacional por esa muerte anunciada da cuenta de que sus logros fueron muchísimos.

Adolfo Suárez había sido un oscuro político que había subido escalones en la administración pública franquista y, sobre todo, en el Movimiento Nacional, que era la única vía de participación política en el régimen dictatorial. No se esperaba mucho de él cuando el rey Juan Carlos le encargó la formación de un nuevo gobierno, tras el fracaso de Carlos Arias Navarro, quien intentó sin éxito una suerte de “franquismo sin Franco”.

Pero Suárez resultó ser un político muy hábil, con un talante democrático que había escondido en el clóset durante el franquismo. Inició un complicado trabajo de generación de acuerdos con grupos de otras ideologías y, de manera paralela, de paulatina eliminación del sistema franquista, que estaba presente en una multitud de instituciones. Fue el conductor del proceso de transición democrática en España, que permitió a esa nación pasar, sin violencia, de un régimen totalitario a uno democrático y de estado de derecho.

La primera clave fue elaborar una ruta de tránsito democrático a través de una reforma política, que tendría que ser aprobada por las Cortes (que era el parlamento franquista y unipartidista). Tarea titánica, porque había que convencer a la oposición de las bondades de dicho proceso paulatino y, sobre todo, porque había que convencer al Ejército y a los sectores políticos y sociales que se habían beneficiado en la dictadura.

Para esto se necesitaba diálogo, mucho diálogo; se necesitaban acuerdos pequeños y concatenados; se necesitaba paciencia; se necesitaba discreción. En suma, se necesitaba hacer política, pero sin aspavientos. Todas estas características cabían en Adolfo Suárez.

El primer logro fue que el franquismo aceptara su autoliquidación, lo que no fue nada sencillo. El siguiente, promover la legalización de los partidos de oposición (con el caso más difícil, el del Partido Comunista, que fue legalizado en Semana Santa, cuando el ejército y la clase política tradicional estaban desmovilizados), para lo que se requirió, entre otras cosas, cambiar el Código Civil.

Todos estos cambios se dieron mientras una parte de la oposición política y sindical se movía en la lógica del maximalismo, había atentados terroristas de derecha e izquierda y el malestar entre los sectores más ultras del ejército español era creciente. Se requería mano fina para hacerlos.

Vino entonces la elección del Congreso Constituyente, la primera vez que los españoles acudían a las urnas en 41 años. Fue una elección seguida con atención en todo el mundo. Ganó la Unión de Centro Democrático, encabezada por Suárez, que no hizo una campaña brillante, seguida por el PSOE, liderado por el entonces muy joven Felipe González. La apuesta de los españoles fue por la moderación: entendieron que lo primero, lo importante, era salir de la noche negra que había durado cuatro décadas. Suárez ganó con ello.

El siguiente paso fue amarrar los acuerdos mediante un Pacto. O para ser exactos, mediante dos, conocidos históricamente como los Pactos de la Moncloa. Uno fue económico, porque había que convencer a los empresarios acostumbrados al corporativismo fascista, que ahora tendrían que negociar con sindicatos, e incluyó medidas como aumentos salariales, limitaciones al endeudamiento público, libre flotación de la peseta (que se devaluó) y medidas de control financiero contra la fuga de capitales (que era evidente).

En otras palabras, Suárez sentó a los empresarios y los convenció de que habían cambiado las reglas del juego. Se generó, a partir de este Pacto, una suerte de acuerdo social de distribución del ingreso, que duró más de tres décadas. También se limitó el alto grado de conflictividad sindical que había caracterizado los años inmediatamente anteriores.

El acuerdo político implicó el fin de la censura, el restablecimiento de los derechos de reunión y manifestación, el fin de la tortura, la derogación de delitos típicos de la lógica clérico-fascista (como el adulterio o el amancebamiento), amnistía a presos políticos,  límites al fuero militar y una serie de medidas para establecer un estado de derecho democrático.

Estos pactos sentarían las bases para el futuro progreso de España, su inclusión en la Unión Europea y un despegue económico y social que la puso en el primer mundo (donde no estaba cuando Suárez asumió el gobierno).

Adolfo Suárez nunca concitó a las masas. Era un hombre que caía bien, pero que no entusiasmaba para nada. La circunstancia requería de otras características, las que obligaban a un trabajo heroico de negociaciones en medio de tensiones de todo tipo, las que permitían ser interlocutor con todos, las que generaban certidumbre entre los actores políticos.

El gobierno de Suárez no fue de logros económicos o sociales visibles y se le fue cayendo el apoyo entre los miembros de su partido, por lo que anunció su dimisión. Cuando estaba de interino, a la espera de la formación de un nuevo gobierno, sucedió el evento que termina de dibujar su figura.

El 23 de febrero de 1981, un grupo de militares intentó dar un golpe de Estado. Como parte de la conspiración, el teniente coronel Antonio Tejero y un grupo de guardias civiles tomaron por asalto la Cámara de Diputados. El vicepresidente del gobierno, teniente coronel Gutiérrez Mellado, ordenó al golpista que se rindiera: la respuesta fue un balazo al aire, seguida de una ráfaga. Todos los diputados se tiraron al suelo, salvo Adolfo Suárez y el comunista Santiago Carrillo. Entonces Suárez se levantó y exigió al mílite que respetara el Congreso. Fue arrestado a punta de metralleta. Ya detenido y aislado en un cuarto, lo primero que dijo cuando vio llegar a Tejero fue: “¡Cuádrese!”.

El golpe falló gracias a las dudas de los complotados y a la intervención del rey, pero su fracaso fue total porque Suárez insistió en arrestar a todos los implicados, independientemente de su grado. Allí se consolidó la democracia española.

Sí, Adolfo Suárez no tenía carisma. Pero entendía la importancia de los pactos y las reformas. Entendía que se pueden cambiar muchas cosas si no se pretende cambiarlo todo. Y, como dicen los españoles, tenía un par de cojones bien puestos.