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sábado, febrero 21, 2026

Acordeón para reporteros noveles


Ahora que los estudiantes de periodismo salen de sus facultades con mucha teoría y nula práctica, suelen tener problemas para encontrar trabajo, sobre todo porque distintos medios utilizan cada vez más las herramientas de la Inteligencia Artifical, con las que hacen notas y videos planos, sin chiste, pero cumplidores, y las empresas se ahorran la tarea de preparar a su personal.

Presento, para beneficio de los humanos, un pequeño acordeón que les permitirá dos cosas. Una, demostrar a sus empleadores que han mamado del auténtico periodismo mexicano de base. Dos, diferenciarse, por lo menos, de la sosa IA.

Este acordeón está hecho a partir de décadas comprobadas de experiencia en el trato con reporteros de todas las fuentes.


Acordeón 1:

Nada mejor que ponerle adjetivos a las cosas. Si alguien vive en una colonia de clase media para arriba, se trata de una "lujosa residencia". Si el auto que se accidentó no es una carcacha, hablaremos de un "vehículo de modelo reciente". 

Es posible que una de las primeras tareas que se le asignen al reportero novel sea la de reseñar en una nota breve la muerte de algún personaje no muy famoso, uno que no requiera un obituario largo o un trabajo especial con todo y reacciones. Aquí las claves:

 ¿Cómo fue la enfermedad?
-Penosa

¿Y cómo es el pésame?
-Sentido


Otra posibilidad es que al reportero le asignen alguna fuente metropolitana, y que no lo metan, de entrada, a asuntos políticos, sino vecinales, como el desabasto de agua o la nota roja. 

¿Cómo es el líquido que falta?
-Vital

¿Y la escena del desastre?
-Dantesca

Si se trata de un amiguito de provincia, es probable que la nota roja sea un poco más fuerte.

¿Cómo venía el comando?
-Fuertemente armado


Acordeón 2:

Tal vez los reporteros jóvenes no lo sepan, pero hubo un tiempo en que existían en las redacciones unos personajes llamados "correctores", que se encargaban de mejorar el estilo de las notas y reportajes. Una de las leyes de hierro de los correctores era evitar las repeticiones de palabras y, como buenas ratas de diccionario, se sabían todos los sinónimos posibles. Los reporteros, al ver la nota corregida, primero se enojaban, pero luego decidían que, para evitar nuevas correcciones, había que empezar con el último sinónimo que les endilgó el corrector. 


¿Dónde están los enfermos?
-En el nosocomio
¿Y quienes los atienden?
-Los galenos

Acordeón 3:

Los tiempos cambian, y el reportero novato a menudo quiere destacar en alguna sección que le permita pasar rápidamente de la palabra escrita a la pantalla, que es donde están la mayoría del público y la chuleta más jugosa. En otras palabras, las secciones de deportes y de espectáculos. Aquí les van un par de acordeoncitos.

¿Cómo fue el empate?
-Sufrido

¿Cómo es la estrella?
-Rutilante


Acordeón 4:

Es sabido que una de las razones por las que el novel reportero se inscribió en la carrera es porque las matemáticas no se le daban. Pero los jefes son capaces de enviarlo a una sección donde se requieren los números. No miento cuando digo que un reportero de la sección Nacional se quejó de que le pidiera sacar un porcentaje simple, con la frase "esas matemáticas son de doctorado". Pero hay maneras de sacarle el bulto al asunto.

¿Cómo son las inversiones?
-Millonarias

(La palabra "millón" tiene un efecto mágico en México. Para el lector es lo mismo una inversión -o un desfalco- de 15 millones de pesos, que una de 18,000 millones de dólares. De ahí que lo único importante sea introducir "millonario" como adjetivo)

¿Qué porcentaje es ese?
-Más del 50 por ciento (si es más de la mitad: vale del 50.1% al 99.9%)
-Más del 10 por ciento (si es menos de la mitad, pero más que si le quito un cero al total: va del 10.1% al 49.9%)
-Insignificante (si es menos que cuando le quito un cero al total)


Acordeón 5:

Supongamos que el reportero novicio ha llegado por fin a un medio audiovisual. Lo normal es que lo asignen a cuestiones de tráfico, en lo que va madurando. Esto es lo básico que hay que aprender:

¿Dónde queda el Zócalo?
-En las inmediaciones del Centro Histórico
¿Cómo avanza la marcha?
-Se desplaza por el arroyo vehicular

La palabra "inmediaciones" es fundamental. 

Acordeón 6:

El reportero ha crecido tanto que ya lo mandan a hacer entrevistas. Pero debe recordar sus orígenes, las lecciones de los desaparecidos correctores, lo aprendido en este acordeón y, por lo tanto, nunca escribir "dijo". No importa que los sinónimos que utilicemos para sustituir "dijo", en realidad no tengan el mismo significado y nos lleven a malinterpretar al entrevistado. Lo importante es no repetir. Así que...

¿Cuáles son los mejores sinónimos de dijo?
-Admitió, confesó, consintió y reconoció.


viernes, noviembre 08, 2024

Mitos geniales X: Rafael Castilleja (Biopics)


¿Cómo eran los periodistas de antes? Un buen ejemplo es Rafael Castilleja, de quien he comentado brevemente en las partes de los Biopics referentes a mi estancia en El Nacional. Van algunas viñetas.

El bazucazo y el director

Castilleja era un joven reportero que había iniciado desde abajo, como ayudante de redacción -hueso, se les decía- en El Nacional. Cuando tenía 24 años, lo mandaron a cubrir "los disturbios estudiantiles" de ese día, el 29 de agosto de 1968. Así lo contaba:
"Esa noche llegué muy emocionado a la redacción. Después del pleito entre los estudiantes y los granaderos, los chavos se encerraron en la Preparatoria Número Uno, entonces llegó el Ejército y de un bazucazo abrieron la puerta y entraron a madrearse y a detener a los estudiantes. Yo hasta había entrevistado al soldado que disparó y me dije: 'ahora sí me van a dar la de ocho'. La nota principal del diario.
Hice mi nota y al rato que me manda a llamar el director. Pensé que era para felicitarme por estar ahí en el momento (risas). Pero no, todo lo contrario.
-Oiga, Castilleja, usted está escribiendo puras mentiras.
-Noo señor, fue lo que vi. Hasta entrevisté al soldado que disparó la bazuca. Ahí está en la nota.
-Pues eso no es cierto. 
-Le juro que es verdad. Es lo que vi.
-Entonces usted vio alucinaciones. Aquí tengo la versión oficial, y es muy distinta a lo que usted escribe. Por ahí nos vamos a ir.
Nada más agaché la cabeza, hermano.
-Mire, le voy a dictar la nota con lo que verdaderamente pasó, usted no le va a cambiar ni una coma y la va a firmar. ¿Entendido?
-Entendido, señor director.
Me dictó el boletín, lo firmé y luego me fui al Palacio (así se llamaba la cantina cercana a la sede de El Nacional) a pasar el mal trago con unas cervezas. 'Ya me chingaron', me dije, ya se acabó mi carrera. Esa era mi preocupación.
Pero no. Al otro día me cambiaron a deportes, cubrí las olimpiadas y también el Mundial. Y en el Mundial entrevisté a Pelé."
Terminaba la anécdota con una sonrisa satisfecha.

El indispensable

Con el tiempo, Castilleja fue ascendiendo de puestos. Pronto fue jefe de redacción, y más tarde subdirector. Hay algunas claves que explican esos ascensos: una, que era un hombre muy trabajador, siempre pegado a la noticia; otra, que aprendió rápidamente algunas necesidades del periodismo de entonces: el uso de eufemismos, del "todo indica que" o "parece que", la capacidad para estar de acuerdo con el gobierno sin ser demasiado obvios y para pegarle a todo lo que parecía oposición sin ser muy directos, la obsecuencia con los encargados de prensa pero manteniendo las bases del oficio, de forma que los mensajes en cabezas y redacción siguieran las instrucciones, pero no fueran tan evidentes; una tercera clave, su buen trato personal. Castilleja era un hombre amable, que no solía levantar la voz, aun cuando fuera seco con alguno de sus subordinados. Prefería las alianzas y no daba ataques de frente, sino de lado.
Así, cuando Pepe Carreño Carlón llegó a la dirección de El Nacional, Castilleja aparecía como el personaje indispensable, el que tradicionalmente había fungido de bisagra y de hilo de conducción entre la redacción, el sindicato y la dirección del diario. Eso, sobra decirlo, le daba un aura de poder al que él fingía no aspirar, pero que usaba de manera cabal. Pero un director como Carreño, que tenía una visión transformadora y que no llegó al diario para administrar lo existente, no iba a utilizar a la correa de transmisión tradicional. 
Castilleja era un tipo listo y entendió rápidamente que eso sucedería.

Dos aventuras periodísticas que no fueron las esperadas

Consciente de que ya no tenía el poder de antes en El Nacional, y de que, en la factura cotidiana del periódico, se estaba formando una pinza entre Antonio Dávila y yo, que limitaba su accionar, Castilleja decidió que regresaría a reportear, y pidió ir a cubrir la inminente invasión estadunidense a Panamá contra el dictador Manuel Noriega. Allí, decía, iba a reseñar la resistencia de los panameños en una guerra que duraría algún tiempo. Llegó casi al mismo tiempo que los bombardeos, apenas pudo dar cuenta de la huida y captura de Noriega y, en contra de sus expectativas, de los festejos de los panameños por haberse librado del tipo y porque tomó posesión el presidente que sí había ganado las elecciones.
Tras esa experiencia, Castilleja decidió ir a cubrir las elecciones nicaragüenses de 1990, las primeras después de la revolución sandinista, que cumplía -tarde- su promesa de convocarlas. A pesar de que, informado por Carlos Mársico (quien vivía entonces en Nicatagua y decía que los sandinistas eran populares en el campo e impopulares en las ciudades), le advertí que podía ganar Violeta Chamorro, él estaba seguro de que el pueblo ratificaría el triunfo de quienes lo libraron de la dictadura somocista. Se equivocó (pero también Mársico, porque Daniel Ortega perdió igualmente en amplias zonas rurales). Regresó cabizbajo a México.

El affaire Castañeda

En la primavera de 1990, el presidente Salinas hizo una gira al extremo oriente, se llevó a Pepe Carreño Carlón, y Pepe me encargó informalmente que me hiciera cargo de las ediciones. Eso hice. Pero los sábados los dedicaba a mis hijos, y eran como un remanso, así que le dejé el diario a Castilleja. El domingo en la mañana me habla Héctor Aguilar Camín, indignado por el editorial del periódico. Sucede que hubo un atentado contra la secretaria de Jorge G. Castañeda y el editorial, tras una condena genérica, sembraba la cizaña de que Castañeda andaba en malos pasos: típica actitud de una prensa gobiernista acostumbrada a golpear a todo lo que, a su parecer, no se pliegue a la línea oficial. Es la marca del periodismo al servicio del autoritarismo. Evidentemente, Castilleja había escrito el editorial, armado de los viejos reflejos. Le costó trabajo entender que se había equivocado; vamos, Castañeda era "cercano a Cuauhtémoc Cárdenas, opositor al Señor Presidente, hermano". Para que entendiera, le dije que también era cercano a personajes importantes del gobierno, como Manuel Camacho. De inmediato, escribí un editorial que intentaba corregir el error y condenaba sin ambages el atentado. No fue suficiente para los agraviados. Al martes, Miguel Ángel Granados Chapa así lo hizo explícito en su columna. También recibí en mi casa una llamada de Camacho, con la extraña sugerencia de que comparara el malhadado editorial de Castilleja con aquellos que acusan a una mujer violada porque llevaba minifalda. Cuando finalmente me pude comunicar con Carreño (todavía no había teléfonos celulares y había que hablar al hotel a la noche de Japón), me instruyó: "echémonos más ceniza". Así lo hice, con otro editorial. Castilleja estaba pálido todos esos días, movido entre el temor de ser despedido y, sobre todo, la vergüenza de haberse equivocado en la línea editorial.
Al regreso del director Carreño, éste escribió, seguramente por instrucciones presidenciales, un tercer editorial de arrepentimiento, en primera plana y firmado por él, para zanjar el asunto. Ceniza como de exhalación del Popo. El gerente insistía en que había que correr a Castilleja, pero Pepe Carreño le respondió:
-Es lo último que haría.
El affaire Castañeda, que a mí me costó sólo un regaño por no entender que, cuando el Presidente sale de gira, no hay que hacer la más mínima ola, significó para Castilleja una ulterior disminución de su influencia. Se convirtió en una sombra de lo que era, y pedía que yo le revisara todo lo que hacía.
Pocos meses después, con el pretexto de que su hijo estudiaba en el ITAM y era muy caro, solicitó que se le liquidara. Trabajaría más tarde en Novedades, en El Sol de México y en proyectos de periodismo pagado ("con apoyo editorial", dice el eufemismo), con sus cuates del Club Primera Plana.

Doble chamba

A principios del Siglo XXI, conseguí -con la intercesión de Eduardo Medina Mora- los expedientes que tenía el CISEN sobre mí. Me pareció curioso que no hubiera información alguna de cuando yo estaba en el PMT en Sinaloa, muy poca sobre mi paso por el PSUM, algunita -y muy mala, esos orejas eran pésimos- como profesor "marxista" de la Facultad de Economía, y un montononón sobre mi paso por El Nacional. Mi primera reacción fue: "los gobiernos del PRI espiaban más a su gente cercana que a los opositores".
Un día le comenté eso a Toño Dávila, y me respondió:
-Pues claro que allí es donde había más información, si Rafael Castilleja era agente del CISEN. Hasta director de investigación fue. Y allí es donde se refugió cuando salió de El Nacional.

Una última plática

Por ahí de 2013 o principios de 2014, Castilleja, ya setentón, llegó a Crónica a sondear, sin muchas ganas y sin muchas esperanzas, la posibilidad de reintegrarse a la redacción de un diario. No había lugar para él, a pesar de su amplia experiencia. Como siempre, su trato fue muy amable. Fue la última vez que lo vi. Murió en 2023. 

  

jueves, agosto 10, 2023

Hollywood y el ludismo

 


La huelga de guionistas y actores en Hollywood no es un tema menor, aunque nos sintamos tentados a considerarlo así. Se trata de la primera gran definición del siglo XXI ante los efectos de la inteligencia artificial sobre los mercados de trabajo.

Se puede leer la queja de los huelguistas bajo un primer prisma: el del desplazamiento de personal de parte de la tecnología. Programas de inteligencia artificial sustituyen, al menos parcialmente, a los guionistas, e imágenes generadas por computadora sustituyen a actores (algunos llegaron a ceder, años atrás, derechos por su imagen), a dobles de acción y a centenares de extras.

Uno podría pensar que se trata de un nuevo ludismo; la repetición, con otras claves, del movimiento que se dio a principios del siglo XIX entre artesanos y obreros especializados, y que consistía particularmente en destruir las máquinas que los desplazaban (pero en realidad los sustituían por trabajadores menos calificados y peor pagados).

En cierto modo lo es, pero no en el sentido peyorativo que se ha dado al ludismo en tiempos actuales. Aquel movimiento, a falta de organizaciones sindicales -y dado que la maquinización se extendía por todo el Reino Unido- era una forma de presionar a los empleadores, y no veía a las máquinas como un enemigo; se trataba de mejorar la posición negociadora ante los patrones.

Al mismo tiempo, sobre todo entre los gremios artesanales, el ludismo era una forma de protesta contra lo que veían como una descalificación del producto. Las nuevas máquinas normalmente producían mercancía de peor calidad que las que fabricaban los artesanos con las máquinas tradicionales. Ese tipo de producción burda y masiva era visto como una afrenta al oficio.

La historia nos dice que el movimiento ludista estaba condenado desde el principio, y se llevó a cabo una maquinización masiva, que ha pasado por varias fases en los dos últimos siglos. Al mismo tiempo, la historia no deja mentir en cuanto que, en algunos oficios, la producción se mantuvo por dos carriles: el industrial y el artesanal, dirigidos a mercados diferenciados y que la artesanía de alta gama alcanza precios muy altos y es, incluso, base para algunas de las más grandes fortunas del mundo.

El segundo elemento de la huelga de Hollywood está ligado, hasta cierto punto, a este carácter de “artesanía de alta calidad” que se ufanan en producir actores y guionistas. Artesanía en el sentido de arte, de creación. El alegato fuerte, y no sólo de protección de las condiciones laborales, es que el desplazamiento de trabajadores por parte de la inteligencia artificial redundará en una notable baja de calidad del producto. Y al respecto hay que tomar en cuenta dos cosas: que el cine ha sido el arte por excelencia en el último siglo, desplazando a la novela, y que en ese siglo la influencia cultural de Estados Unidos (el llamado “poder suave”) se ha dado principalmente a través de las pantallas.

En otras palabras, se trata de un asunto humano y también de influencia política internacional.

La lógica de los estudios es la de maximización de ganancias en el corto plazo: con unos cuantos jóvenes informáticos ayudados por programas informáticos de calidad, pueden eliminar el trabajo en locaciones con CGI y sustituir a escritores reconocidos y a actores famosos o de reparto, y sacar a menor precio un producto vendible, masivo, que puede llenar salas y pantallas si es bien promocionado. No importa si el resultado es menos fino o hay imprecisiones evidentes. Importa si hay ventas y se abaten costos.

Tampoco les importa si, en el mediano plazo, hay una corrida hacia el cine independiente y extranjero. En el primero hay muchas productoras y mucha competencia, a diferencia del oligopolio del que gozan. El segundo tiene menos capacidad de penetración fuera de sus países… y también acabará tentado por la inteligencia artificial.

Quienes pierden, si las productoras ganan la partida, son el cine y su capacidad expresiva, los espectadores y, de paso, Estados Unidos en una parte fundamental de su exitoso “poder suave”.

Pero sabemos que la introducción de la inteligencia artificial se está dando en muchas ramas de la economía, de la información y la cultura. Y que es capaz ya de afectar la política también, como lo hace en la publicidad. Una tercera ola de revolución tecnológica puede tener muchos aspectos, capaces potencialmente de cambiar la construcción social.

Por una parte, esta introducción masiva de la inteligencia artificial, puede afectar severamente la estructura de los mercados ocupacionales, mejorando la oferta en algunos, pero perjudicándola en los más. Puede afectar empleo y uso del tiempo libre. Puede afectar la distribución del ingreso. Puede poner presión sobre el Estado, que necesitará garantizar ingresos mínimos a la población laboral desplazada, si no quiere que le hagan olas. Puede tener efectos sobre la demanda global y al rato los economistas estarán repitiendo el famoso debate entre David Ricardo y Thomas Malthus sobre el consumo de las clases improductivas. Y más.

Hasta ahora, lo único que ha habido de regulación es un acuerdo entre las grandes empresas de tecnología informática para generar códigos de seguridad que impidan las fugas de información. De seguro habrá necesidad de más acciones, pero por ahora habrá primero que ver cómo termina el pulso entre los sindicatos y los estudios de Hollywood. Es el primero de lo que, preveo, será una larga serie de conflictos sociales con la inteligencia artificial de por medio.

jueves, julio 06, 2023

Retrato del periodista adolescente: Raúl Trejo Delarbre


Acaba de publicarse el libro Raúl Trejo Delarbre: 70 años, una celebración. En él aparece la primera versión de un texto mío. Aquí publico la segunda versión, corregida y aumentada (que sí envié muy a tiempo a los coordinadores). Como mi texto fue sobre sólo una etapa de la vida de Raúl, publiqué en Crónica un breve homenaje, a guisa de complemento, donde hago referencia al libro. 


Retrato del periodista adolescente
 

Cuando estaba yo en primero de prepa, en la clase de literatura el maestro -un jesuita místico, y notable poeta, Mauricio Brehm- se puso a hablar de un fenómeno nuevo: la “literatura de la onda”, y en particular de un joven que escribía textos muy interesantes, llamado José Agustín. Preguntó si alguno de nosotros los había leído. Alzamos la mano tres estudiantes: uno era yo, otro era Luciano Peralta y el tercero, un chavo muy serio, muy formal, que respondía al nombre de Raúl Trejo.

El profesor nos recomendó que intercambiáramos los libros que habíamos leído -cada uno lo había hecho con uno diferente- y es la fecha que Peralta no me regresa la precoz Autobiografía de José Agustín. A pesar de ello, salí ganando, porque ese intercambio sirvió como pretexto para el inicio de una amistad con Raúl Trejo que dura ininterrumpida ya más de medio siglo.

Durante los recreos, Raúl y yo nos íbamos a una tortería cercana a platicar sobre mil temas. Él quería ser periodista y se interesaba por todos los asuntos: prueba de su vocación, es que también se interesaba por los asuntos que no le interesaban realmente. De lo que más hablábamos era de literatura, que él devoraba como buen latinoamericano: de manera desordenada. A los pocos días, se nos juntó otro cuate del grupo, una suerte de loner con ideas mafufas e iconoclastas. Se llamaba Raúl González Rodarte.
Un día, caminábamos por la calle de la escuela y yo veía cómo el ancho Trejo, poco expresivo, se movía como ajeno al mundo y a su propio cuerpo; veía cómo el escurrido González Rodarte se movía como con nervios de colibrí, enfundado en un pantalón ajustadísimo, y me parecía, él mismo, un colibrí detrás del escape de un camión. Fue cuando me dije: “Mis cuates son extraterrestres”. Así que de plano le pregunté a Trejo: “Oye, Raúl ¿De veras no eres marciano?”.

Y es que el adolescente Raúl era, de verdad, un tipo raro, que se salía de las normas. Era alguien que caminaba más rápido de lo que corría; un estudiante aparentemente modelo que, sin embargo, discutía con los profesores armado de una lógica filosa que los acababa desarmando; un tipo que, en su avidez por conocer de todo, estaba siempre al día; un cuate que no lo aparentaba, pero era totalmente de vanguardia; un amigo de mirada profunda, no sólo físicamente; un personaje circunspecto que en realidad es una persona muy cálida; una conciencia crítica que desde entonces ya no estaba en ciernes.

Un día Raúl me invitó a su casa. Vivía en Ciudad Satélite cuando todavía era periferia: eran los tiempos en que nos bajábamos del camión y recorríamos la ruta a su casa cruzando lotes baldíos. El cuarto de Raúl tenía dos características que lo hacían diferente: un radio de onda corta y un mimeógrafo de alcohol.

Mediante el radio de onda corta, Raúl escuchaba todo tipo de noticieros. Era un lector voraz d periódicos desde muy temprana edad y un apasionado de la información. Me platicó que su primer periodiquito lo hizo cuando estaba en primer año de primaria: copiaba notas del periódico y se lo vendía a sus papás.

Al mimeógrafo lo usamos para un proyecto de periódico ilegal y contracultural. El nombre, Subterráneo, correspondía al propósito. No se puede decir lo mismo del contenido, que era bastante adolescente y ligerito.

El gesto personal era importante, y por lo que el periodiquito valió la pena. La sensación cuasirevolucionaria de caminar por las calles del centro para comprar los stenciles. El miedito al distribuirlo por la Zona Rosa, los alrededores de Prepa 4 y en C.U. Creo que lo único realmente epatante de Subterráneo eran los poemas “asqueróticos” de González Rodarte. Lo dejamos de publicar luego de tres números (en el último no teníamos con qué llenar media plana y se me ocurrió un dibujo de Pico, la mascota del Mundial del 70, así de subterráneo era).

Otro proyecto que hicimos los dos Raúles y yo fue una obra de teatro, que presentamos en un “retiro espiritual” en el ex seminario de San Cayetano. Tenía un nombre muy chistoso, pero adecuado: “Extraño Coloquio”. Se trataba de una reunión de cuatro chavos muy diferentes, cuatro arquetipos que discutían de todo y de nada: las drogas, el sexo, la desigualdad social y el papel de la iglesia. Dos de los nombres provenían de una novela de Sáinz: Menelao (Raúl Trejo) hacía de chavo fresa (en el sentido antiguo de la palabra), conservador, antimariguana y borracho; Balmori (Kycho Chávez) hacía de hippie. Mi personaje se llamaba Adán y era un marxista. Raúl González Rodarte se hizo su personaje a la medida: se llamaba Marcio y era epicúreo. Adán se burlaba de él: “¿No te maquillaste hoy?”. En la escena final, luego de que Menelao se había ido asqueado porque se iba a fumar mariguana y de que Balmori hablara acerca de sus contradicciones (Adán no tenía, era el bueno de la obra), el proscenio se apagaba, alumbrando sólo a Marcio/González Rodarte, quien decía: “Yo soy el semen perdido en
las entrañas” y hacía la señal de paz y amor.

De los cinco actos de que constaba la obra, yo escribí el más malito, y cada uno de los Raúles escribió dos. Los actos de Trejo eran los que trataban con más detalle la coyuntura política y las preocupaciones sociales del momento: los más informados. Él hizo que los personajes discutieran sobre la guerra de Vietnam, el celibato de los sacerdotes o la relación entre sexos. La presentación fue un éxito: le dimos 20 minutos de conciencia social a los chicos del Patria en el “retiro” (léase cascaritas futboleras y pláticas de los curas) de San Cayetano. Luego unos profes nos pidieron que la representáramos en casa de uno de ellos, frente a los que no fueron al “retiro”.

Para tercero de prepa, nos embarcamos a hacer el periódico Palabra, órgano no oficial de los estudiantes del Instituto Patria. El año anterior, Palabra había estado de capa caída, porque todo lo hacía un solo alumno con vocación de periodista, Alfredo Domínguez Muro. Lo heredó una troika, formada por Raúl Trejo, Pablo Medina Mora y yo. Nuestro primer número fue una hojita de mimeógrafo, con un tiraje de 50 ejemplares. Llegamos a tirar números de doce páginas, con hojas de colores; mil 200
ejemplares, distribuidos en 13 escuelas. Fue muy divertido y formativo. 

Pablo, Raúl y yo hicimos un buen equipo, en el que uno servía de equilibrio a los otros. Medina Mora era el clásico tipo popular, con amigos de todo tipo en todos los salones y en varias escuelas. Su principal tarea era la distribución. Los ejemplares se “encuadernaban” (palabra de Trejo, en realidad se engrapaban) en su casa. Pablo, además, hacía que el periodiquito fuera aceptado por todos, evitando pretensiones excesivas, ya que recordaba la necesidad de publicar algunas notas ñoñas.

Trejo era el único que sabía medir los textos y su influencia y su criterio eran determinantes para definir las prioridades, en la reunión de los martes después de clases, en la cual conveníamos el dummy de Palabra, que realizaba el propio Raúl. Era el más rígido adversario de los textos malos, que Pablo solía defender por razones “comerciales”. Yo me ponía del lado de Pablo, sobre todo si el texto lo firmaba alguna mujer. A mí me tocaba armar el periódico. Lo hacía en casa, tecleando, sin cinta, con mi máquina de escribir Olympia, sobre las hojas de stencil. Ahí yo hacía correcciones de ortografía, enmiendas de redacción, trabajo de edición (las mediciones de Trejo, sobre textos casi siempre escritos a mano, eran impresionantemente buenas, pero no perfectas) y rellenado de espacios vacíos, cuando los había.

En uno de los textos que escribió para Palabra, una crítica a una obra de teatro, Raúl Trejo escribió: “El concepto tradicional de los medios de comunicación tiene que acabar. Deben expresar necesidades reales, existentes. El teatro, como lo conocemos, se vuelve obsoleto. El teatro no necesita acción, necesita verdad” Pedía a los lectores que fueran a ver la obra. “Prepárate a encontrarte con la realidad. Y en cierta forma, hay que ser valientes para aceptarla”. Su reseña tuvo tal éxito que en la prepa se organizó una ida colectiva para verla.

En aquel año, el periódico estudiantil se convirtió en una alternativa política a las organizaciones tradicionales de los preparatorianos, porque habíamos organizado distintos eventos. El cuarto poder. Entre lo que organizamos estuvo un concurso de ensayo. Raúl lo ganó a toda ley (de hecho, era el único texto digno de ser considerado como un ensayo). El título de aquel pequeño ensayo era “La Galaxia McLuhan”. El preparatoriano analizaba los textos del famoso teórico de la comunicación, la relación entre la información y la tecnología, los procesos de globalización (“la aldea global”), la diferencia entre “medios fríos” y “medios calientes”. Todos estos temas de impacto social, y los que se acumularon con ulteriores desarrollos tecnológicos, han sido materia fundamental de trabajo a lo largo de la vida y la fructífera obra de Trejo Delarbre.

En esa época, a Raúl Velasco, conductor del programa Siempre en Domingo, se le ocurrió hacer un concurso mensual de ensayo entre jóvenes menores de 18 años. Tema libre. Como premio, dos dotaciones de libros: una para el ganador; otra, para la institución que él quisiera. A Raúl se le ocurrió concursar con otro ensayo sobre medios de comunicación, así es esto de la vocación. Porsupuesto, resultó triunfador. Me invitó a ir con él a recoger el premio. Tomamos el Metro y recalamos en una oficina en Río de la Loza, donde nos esperaba, afable, Míster Televisión. Igualito que en la pantalla: camisa colorida de solapas anchas, lentes cuadrados de pasta, sonrisa perfecta. Nos recibió. Felicitó a Raúl. Se echó un rollo acerca de la importancia de que la juventud contribuyera al progreso del país. Y luego nos soltó una noticia. Se dirigió a Raúl:

Lo siento, pero, a diferencia de otros concursantes, tú no vas a poder recoger el diploma en el programa.

“Ustedes entienden”, dijo, a guisa de explicación, al ver nuestra cara de extrañeza. Era el viernes 18 de junio de 1971. Ocho días después de la matanza del Jueves de Corpus.

Raúl, con la calma y la cabalidad que le caracterizan, respondió, en voz suave pero firme: 

- Entonces usted tiene miedo de que yo diga algo.

Velasco soltó una risa-mueca: ¿Miedo? ¡No, cómo crees! Son las circunstancias. Comprende. No es momento para presentar a los jóvenes.

Raúl lanzó a su vez una sonrisa, que quise ver como irónica. “Somos peligrosos, entonces”, dijo. Le ofreció la mano a Velasco, que ahora sí sonrió con anchura y procedió a entregarnos los libros del premio. Unos 40, de saldos viejísimos, sacados de alguna bodega polvosa.

Saliendo de la prepa, Raúl se embarcó en otro proyecto protoperiodístico con su cómplice de siempre y con otro cuate nuestro, Hermann Bellinghausen. Un “periódico”, impreso en mimeógrafo, con pretensiones múltiples. Análisis de la guerrilla en México, de las costumbres de la clase media, de la situación internacional (un larguísimo ensayo titulado “El sionismo y los árabes”), crítica de cine, poesía, una suerte de columna crítica y varias cosillas de humor. Como pretendíamos haber superado nuestra etapa más lírica, el periodiquito se llamó Análisis.

Lo vendíamos –a un precio absurdo: 40 centavos, y nos costaba 30 el ejemplar- en escuelas y universidades privadas, en la UNAM, en la Zona Rosa y Coyoacán. Años después, en su libro La Prensa Marginal, Raúl describiría ese esfuerzo adolescente como un acto de catarsis. En efecto, así era. Pero catarsis individual o no, un policía me correteó en la Zona Rosa: intuyó que estaba distribuyendo material peligroso. Tiramos tres números de 300 ejemplares (de los cuales hemos de haber vendido menos de cien, en promedio).

Raúl, claro está, tenía razón en aquello de la catarsis, en el sentido de que, a través de ese y otros proyectos, sacábamos la inconformidad que traíamos dentro. Y hay que decir que Raúl siempre fue un gran inconforme. Un rebelde que escaneaba la realidad, la veía defectuosa e injusta, la describía con precisión y la criticaba. Así desde entonces.

¿Qué tan periodista era ese periodista adolescente? Una ocasión quisimos formar un grupo político-cultural con unos cuates de varios orígenes, y aquello acabó en una reunión en la que todos escuchábamos rock, varios fumábamos, otros fajaban, Pablo se le pasó clavado en un foco azul que tenía yo en la esquina de mi cuarto… y Raúl nos entrevistaba, preguntando acerca de las sensaciones de la pachequez.

¿Y por qué era tan periodista? Porque siempre se preguntaba el por qué de las cosas. Ante una realidad como la de aquel entonces (estoy hablando de los últimos años de Díaz Ordaz y los primeros de Echeverría), en donde la represión política era el pan de cada día y buena parte de la sociedad, aferrada a su conservadurismo, rechazaba a los jóvenes y sus apuestas culturales, entre ellos nacían naturalmente muchas preguntas, muchos “¿Por qué?”. Esas preguntas animaban siempre las inquietudes vitales de Raúl.

Ya cuando estábamos en la UNAM, se nos ocurrió otro proyecto editorial marginal: un periódico de crítica cultural y reseña de espectáculos, una versión proletaria (por no decir tercermundista) de la revista Cue. Para entonces ya éramos bien cinéfilos y Raúl llegó a aventarse más de diez películas por semana.

Los cómplices fueron los mismos. Raúl, quien para entonces ya había desarrollado una larga greña, había instalado con un par de cuates de Políticas una agencia informativa sobre los asuntos y las grillas de la UNAM, que se llamaba Inforuni, -y que ya tenía oficinas, en el edificio de Insurgentes 300- y Hermann, siempre dispuesto a soltar la pluma. A ellos se agregó un cuate mío de Economía, muy cinéfilo, José Luís García Agraz, quien dejaría economía por el cine y años después fuera el primero en darle chamba a Alfonso Cuarón.

La intención era hacer algo más serio que nuestros esfuerzos anteriores, con 300 pesotes de inversión. Esta vez venderíamos el producto al doble de su costo, e iríamos mejorando la impresión, número por número. El mimeógrafo de Inforuni era mejor y mucho más rápido que el personal de Raúl Trejo, pero soltaba demasiada tinta, lo que dio como resultado un número grande de hojas perdidas. Imprimimos varios cientos de ejemplares –no recuerdo cuántos-, pero muchos de ellos tenían hojas casi ilegibles.
El número uno de Lapsus tenía –entre otras cosas- una reseña de Trejo sobre “El Padrino”, yo escribí sobre “Simpatía por el Diablo”, la película de Godard y los Stones, y sobre “Ginecomaquia”, una obra de teatro de Hugo Hiriart; una crónica de Hermann de dos conciertos de Mercedes Sosa: en el Auditorio Che Guevara y en Bellas Artes (donde “se equivocó de choza”, según Bellinghausen) y la primera parte de un ensayo de García Agraz sobre el nuevo cine latinoamericano. Nuestro principal centro de venta fue la Casa del Lago, en Chapultepec. Nos fue más o menos bien, pero resultó demasiada chinga: casi una semana de trabajo y un día entero de distribución para salir a mano, si acaso. Nuestra vocación de promotores alternativos de la cultura no daba para tanto. El número uno de Lapsus fue el único.

Raúl dejaba la adolescencia. Dejaba también la casa paterna. Pero seguiría embarcado en una buena cantidad de proyectos periodísticos y en el análisis profundo del papel social de los medios de comunicación y su evolución tecnológica y de contenidos. A lo largo de su vida, Raúl caminaría más rápido de lo que ha corrido, con paso firme y dirección atinada. Este retrato da cuenta de una vocación y de un carácter crítico. Me hubiera gustado que diera cuenta también, o de mejor forma, de la persona siempre amable, siempre puntual, siempre solidaria que era el joven Raúl Trejo, de cómo esos valores de su persona han sido inmarcesibles.


Raúl Trejo, aniversario y justo homenaje

Tengo el privilegio de ser amigo de Raúl Trejo Delarbre desde hace más de medio siglo. Desde entonces, cuando era adolescente, dos cosas lo caracterizaban: una vocación muy definida por la comunicación y el periodismo, y una profunda convicción moral, de compromiso con la justicia y con la verdad.

A lo largo de las décadas, Trejo ha cumplido al menos tres tareas de gran relevancia para el país. Como luchador por la democracia, iniciando desde la izquierda sindical y pasando por la partidista. Como académico, docente reconocido por sus alumnos, e investigador, autor de una enorme cantidad de textos y libros que hoy son referencia necesaria para entender la evolución de los medios de comunicación en México y el mundo. Como periodista en distintos medios, ya sea como colaborador de opinión que como jefe de redacción o director de suplementos y revistas. En todas ellas lo ha hecho sin ceder un ápice en sus convicciones, pero siempre apoyándose en argumentos difícilmente rebatibles.

Hago sólo una selección de memoria de algunos de los libros que pueblan el “estante Raúl Trejo de mi biblioteca”. La Prensa Marginal, el primero, que habla sobre la prensa de la izquierda política, sindical y social en los tiempos en los que la libertad de expresión estaba sumamente acotada; la serie sobre poderes fácticos que empezó con los libros sobre Televisa, El Quinto Poder, Las Redes de Televisa, así como Mediocracia sin Mediaciones. Fue pionero en español en el análisis del impacto de internet sobre medios y nuevas formas de comunicación, con La Nueva Alfombra Mágica y Viviendo en el Aleph, en un tema sobre el cual ha seguido elaborando. Tiene varios sobre ética y medios, sobre la relación entre el poder político y la prensa, sobre historia del movimiento obrero, sobre asuntos de coyuntura política… y en todos domina lo que es el título de otro de sus libros: un Alegato por la Deliberación Pública, un bien necesario que se está perdiendo, como se pierde también el periodismo tradicional, situación que Trejo disecciona en su reciente Adiós a los Medios. Finalmente, hay varios libros y textos importantes suyos sobre el populismo: el más reciente, Posverdad, Populismo, Pandemia. De veras, toda una biblioteca.

Y en la prensa cotidiana destaco algunos hechos. Raúl empezó a escribir columnas de opinión en diarios nacionales cuando tenía poco más de 20 años (fue en El Sol de México, cuando lo dirigía Benjamín Wong), fue convocante y fundador de La Jornada, donde escribió cotidianamente varios años, dirigió -entre otros- el suplemento Política, durante los años más fructíferos de El Nacional, fundó y dirigió en su primera época la revista etcétera, fue columnista de Crónica en su fundación y -salvo un interregno- ésta ha sido su casa editorial por mucho tiempo. Sus artículos destacan por la claridad, por un cierto afán didáctico, pero, sobre todo, porque siempre están sustentados en datos. Trejo no vuela, ni tira dardos al aire.

Es para mí motivo de orgullo que escriba aquí. Todavía más lo es, que sea mi amigo.

Este lunes fue cumpleaños de Raúl, un número redondo. Para homenajearlo, amigos y colegas hemos colaborado para un libro colectivo, que lo describe desde muchos ángulos. Raúl Trejo Delarbre, 70 años, una celebración. De seguro nos quedamos cortos.

martes, junio 13, 2023

Reality shows: la fábrica del odio

 


Debería ser una obviedad: las participaciones de los concursantes de los programas de televisión tipo reality show no son espontáneas. Normalmente se ciñen a un guion, que busca generar en el público emociones que lo mantengan atado a las transmisiones sucesivas. Lo verdaderamente interesante es, como veremos, que la principal emoción a provocar es el odio o desprecio hacia alguno de los participantes.  

Esto nos lleva a preguntarnos si la polarización política vigente en casi todas partes del mundo no ha sido alimentada, a través de los años, por programas de este tipo. Si el mundo entero no está pagando otro tipo de precio por el hambre de rating de parte de productoras y cadenas de TV.

Hay programas de encierro colectivo (como el famoso Big Brother), de concursos de cocina (como las distintas versiones de Master Chef), de sobrevivencia (empezando por aquel Conquistador del Fin del Mundo), de citas (que van desde las versiones de The Bachelor, hasta La Pesera del Amor), de negocios (¿será casual que en una de ellas se hizo famoso Donald Trump), de búsqueda de talento (a veces combinada con la convivencia forzosa, como La Academia), y de otros tipos (vaya, en España hicieron uno de “Quiero ser Monja”). Pero todos tienen guion y algunos elementos en común.

El primer elemento clave es el casting: encontrar participantes con personalidades contrastantes, pero que sean lo suficientemente dúctiles y dóciles como para ir pasando de la persona que son al personaje que el show les exige ser. Aquí la mayoría de los concursantes deben responder a un prototipo: el gandalla, el flojo, la intrigante, la fresa… la idea es que haya una amplia gama de personalidades, aunque sean impostadas. Cuando los participantes son “famosos”, el asunto es más fácil, porque el público ya tiene una idea preconcebida de cada uno de ellos.  

El segundo elemento es la eliminación paulatina de concursantes, ya sea entre ellos, por decisión de los jueces o, más comúnmente, por una combinación con votación del público.

El tercero es la creación de conflictos, porque sin ellos no hay espectáculo. Aquí es donde tienen más peso los guionistas: deben ser capaces de generar una historia, y de saber lo que va a suceder en los siguientes capítulos. Ellos se encargan de “dinamizar la convivencia” y tratar de que las cosas exploten de una manera u otra. La polémica vende.

Y en prácticamente todos los programas hay uno o dos participantes-personajes que están ahí para ser odiados por el público. Tienen una característica que los hace odiosos: son prepotentes, o presumidos, o hipócritas, o tramposos, o excesivamente vulgares, o evidentemente manipuladores. El concursante acepta estar ahí, a pesar de la mala fama que le acarreará, porque lo importante es que hablen de ti, aunque sea mal. Tan es así que luego obtienen distintos tipos de contratos.

En la mayor parte de las temporadas, el personaje odiado permanece en el concurso muchos más capítulos de lo que uno supondría, dada su impopularidad. Si son los jueces o los propios concursantes los que votan, eso sucede por voluntad de los guionistas, que los necesitan ahí porque traen rating; si se trata de votación del público (que pocas veces es directa), los guionistas se las arreglan, a través de la edición, para que la opinión popular se lance contra otro participante.

En distintos análisis de grupos focales, se descubrió que el momento de mayor gozo de parte de los espectadores es cuando, finalmente, el personaje odiado es expulsado del juego. Ese, más que el final, suele ser el momento cumbre del show.

La palabra clave aquí está en alemán: Shadenfreude, la experiencia de placer que da el conocer la derrota o la humillación de otro.

A menos autoestima, más probable que ocurra el Shadenfreude; y es mayor cuando hay más identidad de grupo, rivalidad o sentimientos de enojo hacia la injusticia. “Ya le tocaba sufrir a esta persona mala, diferente a mí”.

Mientras mayor sea el rechazo al personaje odiado, mayor será el rating del programa, a igualdad de las demás circunstancias.

Los grupos focales también dan cuenta de que la persona favorita para quedarse con el título y el premio, es la que toma el papel de víctima, la que más ha sido sujeta del buleo o del desprecio de parte del personaje odiado.

Ahora, si tomamos en cuenta que la política es cada vez menos de proyectos y más de personajes, menos de plaza y más de pantalla (las campañas se vuelven una especie de reality show), puede parecernos menos extraña la llegada de políticos populistas al poder en distintas partes del mundo.

Una de las cosas que tienen en común estos políticos es la creación de figuras prototípicas de malos y buenos, en donde lo importante no son tanto las propuestas, sino darles su merecido a los malos que están o estaban en el poder.

Por eso importan menos los resultados mensurables de un gobierno populista que el gozo, la Schadenfreude, de ver cómo aquellos perdieron el poder, sus reales o supuestos privilegios, y ahora se quejan por todo. “Yo la paso igual de mal o peor, pero los que antes tenían poder ya no lo tienen. Eso me hace feliz”.

En la medida en el que el placer por la derrota ajena sea superior al desagrado por la circunstancia propia (en la medida en que el odio supere a la razón), no importará si un gobierno populista es parcial o totalmente fallido. Si sabe mantener la tensión contra el enemigo interno, tendrá a la Shadenfreude de su lado.

Como lo vio en TV.


jueves, febrero 09, 2023

Néstor Ojeda (y la Brigada Panzer)


Murió Néstor Ojeda. Le dio un infarto al día siguiente de cumplir 53 años. Néstor Lenin.

Yo lo conocí cuando él apenas tenía 19. Era parte del grupito de jóvenes que hacían el suplemento Post900, que se insertaba cada dos martes en El Nacional. El grupo estaba capitaneado por Julián Andrade, e incluía a Arturo Ramos, alias El Trosko, y a otros dos chavos que respondían a los motes de El Diablo y El Monstruo. Los que tenían célula para el periodismo eran Julián, Néstor y Arturo. Utilicé a varios de ellos en el suplemento UNAM-Congreso, que publicó el diario en 1990. Tenían la ventaja de provenir del CEU y conocían los intríngulis de la grilla estudiantil de aquel entonces.

Meses después, Néstor pidió la oportunidad de trabajar como reportero en El Nacional. La carrera no le interesaba tanto: lo que quería era ser periodista. Ahí rápidamente se destacó por su olfato periodístico y su redacción más que decente.

Pasaron años y cosas, y vino la fundación de Crónica. Yo había invitado a Julián (quien también prefirió dedicarse al periodismo) a hacerse cargo de la sección Academia, cuya intención no era meramente la de la divulgación científica, sino también dar cuenta de la política universitaria en varias instituciones. Julián se jaló a Néstor, quien luego pasaría a ser el más destacado de los reporteros de la sección Ciudad. 

Entre las secciones de Ciudad, Academia y Medio Ambiente se formó un equipo de editores que eran muy amigos entre ellos, desde los tiempos de su activismo estudiantil. A los tres de Post900 se sumaron Héctor Gutiérrez, El Negro, y el doctor Rigoberto Aranda. Llegaron a ser muy influyentes en el periódico y se les conocíó como la Brigada Panzer, porque -salvo El Trosko, que siempre ha sido delgado- todos tenían un sobrepeso notable, en particular Néstor y Aranda.

Un día fui a comer con la Brigada a El Horreo, un restaurante español que estaba cerca de la Alameda, que servía un menú tan vasto que la segunda entrada de cinco era un plato abundante de paella. Con dos tiempos un cristiano normal se daba por bien servido, pero el grueso de la Brigada se zampó los cinco.

Había dos cosas que caracterizaban a Néstor, además de ser un buen reportero, responsable y con conocimiento de sus fuentes de información (sólo recuerdo una vez que haya "volado", y eso fue porque lo cruzó la fuente): el inteligente sentido del humor (la acidez era una característica de aquella Brigada) y su buena disposición para el trabajo en equipo. No era de esos reporteros celosos y mamones. Y de su humor, decía, por ejemplo, que su hermana era el doble de Marilyn Monroe, "porque Marilyn pesaba 60 kilos y mi hermana, 120". También era un tipo solidario con sus compañeros.

Néstor dejó Crónica con el siglo, según mis cálculos, y trabajó muchos años en Milenio. Cuando fue ancla del noticiero de televisión de Milenio bajó súbitamente de peso. Después estuvo en Canal 40 y terminó en un proyecto, La Verdad, de Quintana Roo, que conocí poco. La última vez que lo vi, cosa curiosa, fue en la sala de espera de un otorrinolaringólogo. que también trataba a mi hija, Cotorreamos a gusto y nos despedimos sin saber que pasarían años, y que ya no nos veríamos más.

A pesar de su juventud, la Brigada Panzer ha sido más que diezmada. Falleció Héctor Gutiérrez, el Negro, quien llegó a ser editor de Ciudad en Crónica. El Negro no era tan riguroso como los demás compañeros de la Brigada, pero tenía escrúpulos: a menudo llegaba a la junta de redacción con un notón de ocho columnas, pero dos horas después se daba cuenta de que era una volada. El problema era rehacer la portada y su sección, luego del traspié. 

Falleció también Rigoberto Aranda, El Médico de la Salsa (o El Doctor Panzón, que así le puso mi hija cuando era pequeña y Rigoberto venía a revisarla y a recetarle por males menores). Rigoberto coordinó las secciones de Medio Ambiente y Academia en distintos momentos de la vida de Crónica. Su mayor momento de gloria fue cuando envió a análisis la famosa Leche Bety (la idea original del reportaje era criticar el uso clientelar de los alimentos) y se descubrió que no era leche, y además tenía restos de heces fecales. Fue liquidado a la llegada de Guillermo Ortega a la dirección. Pasó a trabajar a tareas de difusión del Foro Consultivo de Ciencia y Tecnología de Presidencia. Luego, ya conmigo al frente de la edición de Crónica, regresó para coordinar un suplemento mensual de Salud. Era veracruzano y beisbolero (valga el pleonasmo), con el único defecto de irle a los Yanquis, Bateaba bien, pero era tan lento que casi nunca llegaba safe a primera. Murió el mismo día que su sobrino Luis Cessa abría un juego para los Mulos de Manhattan.

Y ahora se fue el buen Néstor. 

   

  

 

 

jueves, octubre 27, 2022

BIopics: El suplemento UNAM-Congreso

 

En mayo de 1990 se llevó a cabo un congreso universitario en la UNAM. Ese congreso vino años después del movimiento del CEU y como consecuencia del mismo. Hubo un larguísimo proceso para organizarlo, con discusiones bizantinas acerca de la composición de la comisión organizadora y toda la cosa. Tenía la importancia de que la comunidad universitaria, representada de manera casi paritaria, iba a discutir democráticamente sobre las debilidades y fortalezas de la UNAM y tal vez, se pensó, podría sacarla de su marasmo, a falta de una reforma académica de fondo.

Desde fuera (porque yo ya prácticamente estaba fuera, aunque diera un par de clases en Economía), se veía como algo que no tendría más consecuencias que la existencia misma del congreso, que hablaba de una universidad menos polarizada que cuando el movimiento del CEU., una universidad abiertamente dialongante. Los universitarios iban a agitar la eterna placa de Petri y, si llegaban a algún lado, este sería bastante etéreo.

Pero para El Nacional renovado de Pepe Carreño, esa era una buena oportunidad para entrar a un mercado que le había sido vedado, así que armamos una estrategia mixta: por un lado, informativa; por el otro de distribución.

Toco primero el tema de la distribución. Los puestos dentro del campus de CU estaban dominados por un miembro de la Unión de Voceadores apodado El Tortas. Casualmente, el hijo del Tortas jugaba en el mismo equipo de Pumitas de mi hijo Raymundo. La oferta que le hicimos fue subir de 200 a mil el número de ejemplares de El Nacional a distribuir en el campus, y él no le tenía que dar comisión al expendio por los 800 de diferencia, que le pasaríamos debajo del agua. La mayor parte de esos 800 se distribuirían en las sedes de las once mesas de discusión que había en el congreso, antes de la plenaria.

El tema informativo pasaba por la creación de un suplemento especial, UNAM-Congreso, que coordinaría yo, y que tendría que tener un estilo fresco, para nada acartonado, para dar cuenta a los universitarios de que El Nacional era ya totalmente una cosa diferente que la que dictaban sus prejuicios (no tan injustificados, dada la historia del diario).

Para ello, armé un equipo casi totalmente ajeno a la estructura del diario. Además del reportero de la fuente universitaria (de nombre Octavio Raziel, y que tenía el pésimo gusto de llamarme “Paquirri”) y de su eficaz asistente, la cobertura de las mesas correspondió, por una parte, a varios de los muchachos del suplemento Post900 que habían mostrado muy buenas aptitudes: Julián Andrade, Néstor Ojeda, el Trosko Arturo Ramos. Por la otra, a estudiantes conocidos de economía, de los que recuerdo a Penélope Juliá y Mauricio López Velázquez. Alguno más, como Ciro Murayama, contribuyó con algún artículo de opinión y, encima, tuvimos varias cartas a la redacción. En la diagramación y diseño me traje a Arturo Parra, Parreishon, que había mostrado sus capacidades en la sección Ciudad.

El suplemento resultó bastante lúdico y fue muy exitoso. En el primer número, pusimos fotos y perfiles cotorros de varios estudiantes delegados, de la extrema izquierda, con el título “Los ultras que usted quería conocer”. Pusimos, durante todo el congreso, pies de fotos juguetones. Y el día anterior a la clausura, fotos de las delegadas más guapas (que salieron horribles, con el CMYK desfasado, porque los de fotomecánica eran malhechotes a más no poder: las bellezas tenían dos ojos en cyan y dos en magenta). Eso no obstó para que El Nacional tuviera la más completa cobertura informativa del congreso, entre todos los diarios del país. Se volvió lectura obligada.

Por supuesto, no nos salvamos de algunas críticas. En el día que se publicó el número 1 del suplemento, me llamó indignado Gilberto Guevara, porque no estaba tomando el congreso con la seriedad que ameritaba, le estaba dando protagonismo indebido a los ultras, me estaba fijando más en las personas que en las tesis de discusión, y un largo etcétera en el que, en realidad, me decía que iba yo exactamente por el camino que quería recorrer. El otro tipo de crítica vino del departamento de comunicación social de la UNAM: querían que diéramos más peso a las versiones de Rectoría (y aliados); amablemente nos solicitaban ser más institucionales y gubernamentales, porque -no lo decían abiertamente- al fin y al cabo éramos el periódico oficial (pero no: nuestra pretensión era ser un diario de Estado, no de gobierno).  

En resumen, me divertí mucho haciendo UNAM-Congreso, apoyado por Pepe Carreño y por un equipo joven e inteligente. Visto con la lupa del tiempo, creo que el director quedó bastante complacido con el resultado y que fue algo que ayudó a que tuviera más confianza en mis capacidades periodísticas.

Por lo que respecta a la distribución, ya después del congreso El Nacional vendía más ejemplares en CU. El Tortas intentó mantener la parte de la distribución debajo del agua del expendio, con 400 ejemplares extra, pero lo cacharon, lo regañaron y lo amenazaron. Con trabajos logramos que la Unión de Voceadores aceptara que él distribuyera 200 más, sobre la cuota pre-congreso, y ellos llevándose la parte gorda de la comisión.  

Las ratas y el restaurante


En su libro clásico sobre periodismo, PieroOttone trata un asunto fundamental: el de la confiabilidad de las fuentes. El ejemplo es la historia de un restaurante clausurado por las autoridades sanitarias a causa de la presunta existencia de ratas. Un medio no puede dar por buena, sin más, la presencia de ratas en el restaurante (a menos de que el reportero las haya visto). Tiene que decir que se trata de una afirmación del inspector de Salud. Pero también debe buscar al dueño del restaurante, que tal vez pueda afirmar que lo clausuraron porque se negó a pagar una mordida. Un medio profesional da ambas versiones, y deja al lector la tarea de decidir quién tiene más credibilidad.

De ahí, también, la necesidad de citar las fuentes. Sirve para que el lector sepa quién dice qué y también cómo nos enteramos del asunto. Asimismo, ayuda a que norme su criterio de credibilidad al considerar cuál es la fuente.

Esto viene muy al caso con el libro El Rey del Cash, de Elena Chávez, que ha circulado profusamente tanto en su versión impresa como en distintos formatos de PDF. Un verdadero fenómeno que, sin embargo, ha tenido como principal efecto el cristalizar las opiniones ya polarizadas. Aunque también ha provocado algunas de las maromas más vistosas de parte de los seguidores incondicionales de López Obrador.

El libro se lee como un largo chisme, y relata métodos de financiamiento para el movimiento lopezobradorista vistos desde adentro, pero está hecho de una manera testimonial. No hay documentos que los avalen. En todo caso, lo que ofrece son otros testimonios.

Muchos hemos notado que estos métodos coinciden, de manera no casual, con distintos momentos en los que sí hay elementos probatorios: los videoescándalos de 2004, los sobres amarillos que recibieron los hermanos de López Obrador, el comprobado descuento a los empleados de Texcoco, etcétera. Que todo engrana para explicar la abundancia de recursos que sirvieron para una campaña permanente, paralela a los partidos, que rebasó con mucho los tiempos y límites que la ley dicta para los procesos electorales.  

Al mismo tiempo, la manera un tanto burda, y con algunas escenas dignas de telenovela, con la que los sucesos son presentados en el libro, abona para que los simpatizantes de López Obrador aleguen que se trata de un asunto movido por desafecciones personales (aunque no falta quien ya esté suponiendo un complot desde las mazmorras de la derecha).

El caso es que estamos en tiempos en los que, más que normar su propio criterio ante dos versiones contrapuestas, existe una suerte de fanatismo en el que se toman posiciones aún antes de verificar fuentes, y en el que se cierran los ojos incluso cuando hay pruebas. Estos fanáticos “se retroalimentan con otras personas que tienen las mismas convicciones y crean entornos autorreferenciales”, como dice Raúl Trejo Delarbre en su reciente Posverdad, Populismo, Pandemia.

Esto, que es también una cerrazón hacia opiniones divergentes, permite que, por un lado, se crea a pie juntillas un testimonio y, por el otro, se le niegue toda veracidad, a pesar de que las piezas coincidan con información anterior.

También hay otro tipo de cerrazón. La de quienes, no pudiendo cegarse del todo ante la avalancha de información, argumentan que tal vez sea cierta, pero en todo caso no se trató de dineros para que los beneficiarios vivieran a todo lujo, sino para financiar un necesario movimiento para la transformación del país.

Estos casos tal vez nos reflejan, mejor que los de ceguera pura, los efectos del desprecio por los hechos que ha generado la ola populista mundial. No importa que se haya tratado de un financiamiento ilegal, que se hayan movido sin registro grandes sumas de dinero, o que varias de las aportaciones hayan sido a cambio de una contraprestación política o empresarial. Tampoco importa que ese financiamiento irregular haya contribuido a que un grupo se hiciera del poder político. Lo que importa es que no se presumieron lujos (o que no los hemos terminado de ver).

Un lugar privilegiado para notar la diferencia entre una visión racional y el fanatismo es el futbol. Ni las repeticiones instantáneas y ni siquiera el VAR han impedido que los aficionados rabiosos de un equipo insistan en que el árbitro está vendido… y también los del VAR. Mientras todo México gritó en 2014 que aquella jugada entre Márquez y Robben “¡no era penal!”; en los Países Bajos seguramente vieron una falta clarísima. Eso es un lío para todos los árbitros, sean deportivos, electorales o de otro tipo.

En otras palabras y para concluir, son tiempos en los que es difícil tratar de escudriñar la verdad y de promover una deliberación democrática si, aunque se den las dos versiones al público, éste ya es fanático de los restauranteros, de los inspectores de salud… o de las ratas. 

miércoles, marzo 16, 2022

Futbol, violencia, posverdad, sospechosismo tribal

Los terribles sucesos del 5 de marzo en el estadio de Querétaro, y las reacciones sociales que han generado, dan cuentan de muchos de los problemas que nos aquejan como sociedad.

De entrada, dejan la muy clara sensación de que la violencia ciega e incontrolada se ha instalado en muchas partes de la vida nacional. Y aunque no sean novedosas las conductas violentas en los estadios mexicanos, tampoco se conocía de un caso con el nivel de sevicia y salvajismo como el que se vivió en La Corregidora.

Pero, además de una condena generalizada y vaga de los actos violentos, la discusión en las redes sociales ha sido muy poco para analizar las causas de esta violencia o lo que se puede hacer para erradicarla, y se ha centrado, en cambio, en la discusión sobre si hubo muertos o no, y cuántos fueron. Como si hubiera una gruesa línea para definir si aquello fue una tragedia, o no, según el número de víctimas fatales, cuando debería ser evidente que de cualquier manera sí fue una tragedia.

El asunto de los muertos estalló a partir de que un periodista deportivo poco fiable, protagónico, experto en inventar complots e imaginar traspasos de futbolistas, pero que trabaja en un medio televisivo profesional, recogió y reprodujo en las redes sociales la versión de que había 17 personas fallecidas por la reyerta.

No había pasado una hora de que las agresiones obligaron a suspender el partido, y ya corría como reguero de pólvora el rumor transformado en noticia. Los distintos videos en donde aparecían tiradas en el suelo al menos tres personas policontundidas e inmóviles abonaban a dar esa impresión. Pero en ningún caso había evidencias o se llegó a contrastar la información para asegurar que habían fallecido. Se generó, en cambio, una suerte de competencia por ver quién hablaba de más muertos. Llegué a leer hasta 50.

Estamos ante un caso evidentísimo de posverdad. Una versión sin fundamentos que (quiero pensar) dictada por la impresión al ver las imágenes de violencia atroz, pero también por el ansia de clics y likes, se va convirtiendo en una verdad. En consecuencia, cualquier afirmación que la desmienta se va convirtiendo en una mentira interesada, y no importa si el desmentido tiene fundamentos. La desconfianza y la suspicacia (o como aquí decimos, el sospechosismo) son las que ganan.

Lo peor del caso es que ese sospechosismo adquiere características tribales, dependiendo del grupo con el que la gente se identifica. Notablemente, hubo quienes achacaron los terribles hechos al “incapaz” gobierno panista de Querétaro, que además estaría ocultando las muertes. Y hubo quienes aseguraron que fue un complot del gobierno de López Obrador, ya sea para desviar la atención de los muchos y variados escándalos de coyuntura, ya para afectar una posible candidatura presidencial del actual gobernador queretano, y serían los afines al gobierno los encargados de inflar el número de víctimas.

Ni los unos ni los otros tienen asidero para sus afirmaciones, simplemente están utilizando una tragedia para fortalecer sus puntos de vista, cavando más hondo en la trinchera de la polarización. Se indignan de manera selectiva y, a conveniencia, confunden casualidad con causalidad, al tiempo que olvidan que el país lleva más de una década envuelto en una espiral de violencia a la que el futbol no es ni puede ser ajeno. Y se aprovechan de que la desconfianza se ha vuelto moneda común. Las víctimas de la violencia del estadio, por supuesto, son lo que menos les importa.

Lo paradójico es que precisamente el tribalismo -ese sentido exaltado de pertenencia, en el que quienes no son parte de nuestro grupo merecen ser agredidos- fue el principal combustible de la horrible situación que se vivió en Querétaro. Ni eso son capaces de ver.  

Es obvio que lo sucedido en La Corregidora se debe investigar. Hay indicios de que las agresiones fueron premeditadas y evidencias de que la empresa de seguridad contratada no cumplía con requisitos mínimos para el encargo (pero igual los comisarios y el Inspector Autoridad dejaron que así fuera). Pero sobre todo hay que dilucidar la composición de las mal llamadas “barras de animación”, que en varios casos se han comportado como delincuencia organizada y en algunos pueden tener ligas con criminales de mayor peligro. Si el crimen organizado estuvo involucrado, las consecuencias en Querétaro y Jalisco pueden ser peores.

El asunto de la violencia en el futbol no se resuelve con medidas tibias, como las anunciadas hasta ahora por la FMF. Se requiere de mucho más para acotarla, y los clubes tienen que dejar de ser rehenes de las barras. Pero tampoco es pensable que aún medidas más severas vayan a ser suficientes para lograr que en los estadios exista una paz bucólica, si esta no se vive en las calles, en las carreteras, en el país entero. Y no, no es un tema del “neoliberalismo de los gobiernos de antes”.

Tampoco los temas de fondo serán posibles de resolver si seguimos, como opinión pública, yéndonos de paseo con las posverdades o trocando la duda razonable con la suspicacia y la desconfianza automáticas. Y mucho menos si seguimos apostando a que todo el que no lleva nuestra camiseta (deportiva, nacional, ideológica o política) es un adversario al que hay que humillar y, a la postre, destruir.

miércoles, marzo 09, 2022

Vigencia de Orwell

Una de las experiencias que marcaron con mayor profundidad a George Orwell, y que sería definitiva en su novela 1984, fue su participación en la Guerra Civil Española como parte de las Brigadas Internacionales que defendían a la República, plasmada en su libro Homenaje a Cataluña.

A lo largo de Homenaje a Cataluña, además de describir muy de cerca la desgracia de la guerra (liendres, ratas del tamaño de un gato, granadas mal hechas, el silbido de la muerte rozando la cabeza o anidando en la garganta), Orwell da cuenta de dos cosas: una es la violenta disputa entre facciones republicanas (las famosas jornadas de mayo de 1937); la otra, que nutriría de manera importante su producción posterior, el papel de la propaganda y de la mentira, y sus efectos en la psicología y en la política.

La guerra es, por supuesto, el mejor espacio para que se desarrolle la mentira. Y eso no es nuevo. La conocida frase “en la guerra, la primera víctima es la verdad” es atribuida a Esquilo. Orwell señala que “cosas como la libertad individual y una prensa verídica simplemente no son compatibles con la eficiencia militar”; pero al mismo tiempo, también porque Orwell afirmaba estar peleando por “la decencia elemental”, indica que “toda la propaganda de guerra, todo el griterío y las mentiras y el odio, viene invariablemente de gente que no está peleando”.

Hay varios momentos en los que Orwell da cuenta, no sólo de lo mentirosa, sino de lo absurda que puede ser la propaganda. Y más si es bélica. Son hasta graciosos, en medio de la tragedia. También, lo más interesante, de cómo esos absurdos pueden penetrar en la mente de personas aparentemente racionales, y permitirles tener dos creencias contradictorias de manera simultánea (la base del “doblepensamiento” en la que se funda el régimen totalitario de 1984).

De ahí, pasamos a otras dos cuestiones: una es que, para Orwell, el poder significa “romper en pedazos la mente humana y volverlos a juntar en formas nuevas a nuestra elección”; la otra, es que mediante la destrucción de las palabras (de su significado), al corromper el lenguaje, se puede hacer que el lenguaje corrompa el pensamiento, para llegar a la Ortodoxia… a no pensar”.

Cada guerra trae nuevos eufemismos, destinados a hacerla aceptable y a ocultar lo desagradable de un bando, mientras se exagera lo desagradable del otro. Así, por ejemplo, en la Guerra de Vietnam, aparecieron frases como “terrorismo antiaéreo”, “fuego amigo” y “daño colateral”, y los enemigos ya no eran asesinados, sino “neutralizados”. 

En la invasión rusa a Ucrania, hoy en día, leemos y escuchamos frases como “armas defensivas”, “desmilitarización y desnazificación”, “operación de protección”, “escenificaciones orquestadas de bajas civiles” porque “la población civil no corre peligro”. 

El enemigo, por supuesto, está abandonando sus posiciones en masa.

Debería ser obvio, a estas alturas, que todos los lectores deben estar prevenidos y tratar de informarse por varias fuentes, en busca, ya no de la certeza, sino del vislumbre de algo fidedigno.

Pero no se requiere estar en guerra caliente para usar el newspeak orwelliano. Basta con plantar en una parte de la población la idea de que se está en guerra ideológica contra los enemigos del pueblo para ir elaborando un nuevo diccionario, en el que se cambia a modo el significado de las palabras.

En México tenemos amplia experiencia, que viene de décadas atrás, y no ha habido gobierno en el último siglo que no haya jugado con el lenguaje, con eufemismos o de plano con mentiras, para adormecer conciencias. Pero hay que decir que ahora se está redoblando el paso.

Pensemos en la ubicuidad de los “conservadores”, en donde ahora caben los que antes eran “aliados valiosos de la democracia”. En el uso intensivo de “neoliberal”, convertido en adjetivo arrojadizo. En las muchas obras cuyos datos se guardan por “seguridad nacional”. En los muertos que existen o no existen dependiendo de bajo qué gobierno hayan muerto. Pensemos, incluso, en el uso del término “esperanza”, que juega de manera muy parecida a la letra de la canción que tararea despreocupadamente la mujer prole en la novela 1984. Y, ya sabemos, sólo encuentras esperanza siguiendo al Gran Hermano.

Lo novedoso, en los tiempos que vivimos, es que hay una cierta fascinación colectiva con el engaño. Una oscilación entre el miedo a ser engañados y la admiración hacia quienes engañan. No es casual que se hayan puesto de moda series y películas protagonizadas por defraudadores de diverso tipo.

También vivimos tiempos de adicción al clic. Y no falta, en río revuelto quien, en pos de una interacción en internet, falsea la información, a sabiendas de que el morbo y la frivolidad son características humanas, a las que ayuda a exacerbar. Es más fácil engañar a un frívolo. Resulta por lo menos sintomático que “el estafador de Tinder”, que fue evidenciado en un documental de Netflix no solamente esté libre, sino que prepare su propia película, que probablemente también será un éxito.

Con los nuevos medios de comunicación, los rumores (esas posverdades predigitales) que antes pasaban de boca a boca, ahora se multiplican de manera exponencial. La única respuesta positiva sería una multiplicación exponencial en la capacidad de la gente para procesar la información y distinguir la que tiene sustento de la que no la tiene. De ese tamaño es el reto.

Hay algunos aspirantes burdos a Gran Hermano, como Putin, a quien la propaganda se le está cayendo a pedazos de tan evidente (salvo para unos cuantos adocenados). Pero no son los únicos. Ni en esta guerra, ni a lo largo y ancho del mundo.

El remedio: revisar y cotejar fuentes, y buscar contexto analítico. Ni modo. Informarse bien no es tan fácil como parece.