lunes, diciembre 11, 2017

Julia Carabias y el ecologismo pensante

A veces es sano dejar de hablar de la coyuntura política, y centrarse en una buena noticia. El Senado de la República decidió otorgar la medalla Belisario Domínguez a la bióloga Julia Carabias Lillo, investigadora mexicana comprometida con la ciencia, el desarrollo sustentable y el mejoramiento de las condiciones de vida de los mexicanos. Al hacerlo, honra al premio mismo.

Bióloga por la UNAM, Carabias fue miembro del Consejo Universitario, cofundadora y miembro del Comité Nacional del Movimiento de Acción Popular (MAP), presidente del Instituto Nacional de Ecología, titular de la SEMARNAP y es miembro del Sistema Nacional de Investigadores. Recibió, entre otros, el Premio Getty en 2001, el Premio Cosmos en 2004, el de Campeones de la Tierra (ONU) en 2005, y el Premio Alexander Von Humboldt en 2011. Es vicepresidenta del Centro Interdisciplinario de Biodiversidad y Ambiente, profesora de la Facultad de Ciencias de la UNAM y participa en el órgano científico técnico del Convenio de Diversidad Biológica de la ONU.

Más allá del currículum, Julia siempre se ha destacado por un compromiso esencial: luchar para que la gente pueda elegir una mejor forma de vida, por un México y un mundo justos e incluyentes, en los que no haya tanta desigualdad y pobreza. En ese sentido, su vida entera ha sido de congruencia.

Actualmente se le conoce por sus esfuerzos por salvaguardar los ecosistemas de la selva lacandona, en especial la Reserva Integral de la Biósfera Montes Azules, adonde vive buena parte del tiempo –siempre le han atraído las selvas-, pero su trayectoria habla de mucho más. Su paso por la Secretaría de Medio Ambiente, Recursos Naturales y Pesca se distinguió por haber creado un parteaguas en la manera cómo se abordan los problemas relacionados con el ambiente. La clave de ello es su capacidad para tomar decisiones informadas, hechas con base en la ciencia y no en una ocurrencia política. Por ejemplo, fue ella quien subrayó las inconsistencias del primer “Hoy No Circula”, para acercarlo a su diseño actual, y atacó también otros factores contaminantes de las ciudades mexicanas.

Siempre ha sido una mujer interesada y activa en la política, porque entiende su importancia para transformar las cosas, y porque la concibe de manera ética. En ese sentido, nunca fue una funcionaria cómoda: nada más alejado de su concepción que las campañas huecas en el tema ambiental, de la mercadotecnia verde disfrazada que hoy nos inunda, y que ayuda a banalizar un tema toral para el futuro del país.

Carabias entiende que todo intento por generar un desarrollo sustentable topa con intereses político-económicos, a veces muy fuertes –de hecho, por eso fue secuestrada en 2014 por un grupo que defendía el cambio de uso de suelo que destruye la Lacandona– y que, a menudo, esos intereses lucran con la pobreza y la ignorancia de la gente. Así fue, claramente, en el caso de quienes quieren deforestar para introducir actividades agrícolas que no durarán, por la rápida erosión. Y lo es también entre quienes pretenden sobreexplotar las pesquerías o los acuíferos, o quienes permiten que la minería deshaga ecosistemas que darían sustento a mucha mayor población.

En otras palabras, Julia Carabias es una luchadora social sin demagogia. Una persona de carácter fuerte que no acomoda su pensamiento a las causas políticas. Es, por ello, alguien difícil de convencer para quien no tiene argumentos basados en los hechos. Y es alguien que tiene muy claro que la lógica de maximización de las ganancias, que domina en nuestras sociedades, no sirve para mejorar nuestra vida, y complica la de las próximas generaciones.

Carabias ha señalado que “México cuenta con el capital natural y social suficiente para lograr una buena calidad de vida para su población, pero si se mantienen las actuales tendencias que degradan la naturaleza, las posibilidades de atender el bienestar social van a disminuir”. Y es que nadie quiere asumir los costos políticos, reales o supuestos, de llevar a cabo acciones de mediano y largo plazo.

La gestión de los recursos hídricos, del suelo, de la biodiversidad no son temas meramente técnicos: están imbricados con problemas sociales, económicos y culturales, que los convierten en temas políticos. El problema, que Carabias ha subrayado una y otra vez a lo largo de su carrera, es que la política cortoplacista y la corrupción evitan una gestión racional y razonable. Es una política que empobrece los recursos naturales y las oportunidades de las próximas generaciones.

Ahora que inician las campañas políticas, temas como la inseguridad, la corrupción y la economía seguramente dominarán el panorama, pero bien harían partidos y candidatos en poner más atención al tema de la sustentabilidad del desarrollo, y dejar atrás los típicos fetiches del crecimiento. Es deseable un debate serio y a fondo sobre estos temas.

Desgraciadamente, es difícil que lo haya. No hay voluntad para entrarle a un tema que obliga a pensar en la distribución geográfica de la población, en el control efectivo de los recursos, en la relación transversal entre instituciones públicas. Es más fácil llenarse la boca de compromisos genéricos y suponer que la ecología es algo así como la defensa de las plantas y los animales, al cabo que hay una ignorancia generalizada sobre el tema.


Ojalá que el reconocimiento a Julia Carabias se traduzca, en correspondencia, en el reconocimiento de que el asunto del crecimiento sustentable es de vital importancia para el futuro del país. Que es un camino para superar la pobreza y la desigualdad. Y que, por lo tanto, es el cuarto gran tema de la agenda nacional. 

jueves, diciembre 07, 2017

Oligopolio social y nueva plebe (biopics)

En el estruendo de las campañas electorales de 1988, empezó a sorprenderme la actitud de los partidos de oposición: todos realizaban cada vez más prácticas al estilo priista. Por un lado, escribiría (“El ciudadano sin atributos”, La Jornada, 27 de marzo de 1988) que el corporativismo en México había creado una sociedad en la que “el individuo, protegido sólo por las leyes e instituciones, es prácticamente un hombre sin atributos”, y el ciudadano se ve obligado a corporativizarse. Subrayaba el hecho de que “nuestra vida cotidiana todavía está teñida por el gran autoritarismo que nos dice que todos los mexicanos son iguales ante la ley pero, orwellianamente, hay unos mexicanos más iguales que otros; habemos mexicanos más o menos protegidos y representados, y hay parias. La legalidad es hoy, más que nunca, el poder de los que no tienen poder; debería estar, por tanto, en el orden del día de todos los que se siente de la parte del progreso y de la democracia”. Remataba diciendo que se trataba de un problema de moralidad pública.

Por el otro, una semana antes había hecho una reflexión similar (“Oligopolio social y nueva plebe”, La Jornada, 21 de marzo de 1988), más enfocada a la crítica del actuar de los partidos.
Este es el texto:


“Un viejo tema, nunca suficientemente desarrollado, ha vuelto a la palestra: en México hay una enorme fragmentación social, que se refleja en una lógica corporativizante,en la cual los distintos grupos sociales –más allá de las solidaridades- trabajan para sus propios e inmediatos intereses, presionando de manera aislada (a la burocracia estatal, sobre todo). Este tipo de política, se dice, impone su dinámica a los partidos, vaciándolos paulatinamente de contenido (veánse “Desigualdad y democracia”, de Soledad Loaeza, Nexos 123 y “El reino de los intereses particulares”, de José Woldenberg, La Jornada, 19 de marzo).
"Aquí hay mucho hilo para bordar y muchas aclaraciones qué hacer.
"1)      Esta fragmentación social no es exclusiva de México: se trata de un fenómeno mundial, con ejemplos verificables en los cinco continentes. Tampoco parece ser un fenómeno ligado estrecha y únicamente al deterioro de las condiciones de vida de la población: existe y se desarrolla aun en aquellos países en donde ha habido un crecimiento económico notable y se han atemperado desigualdades en los niveles de ingreso. Es cierto, sin embargo, que esta especie de corporativismo tomó fuerza en una época de crisis mundial, los años setenta, y que los grupos sociales más poderosos empujaron, en la práctica, a la formación de intereses corporativos y a la creación de leyes, normas e instituciones que corresponden a esa fragmentación.
"2)      Podemos hablar, entonces, de la creación, en muchos países, de oligopolios sociales (los grupos más o menos protegidos y representados) y un nuevo tipo de proletariado, que no estaría definido en el sentido marxista del término, sino en el romano antiguo: una masa de (aparentes) ciudadanos, no representada ni protegida, y por tanto incapaz de participar activamente en la vida política (pero no por ello incapaz de transmitir tensiones al tejido social). El tamaño de esta masa de desposeídos (de los sin participación) es muy grande en México, y debe contar para el cálculo político y social.
"3)      Es legítima la preocupación por el movimentismo que sustituye a los partidos y los deforma. Pero hay que notar que movimiento y movimentismo no son la misma cosa. El movimentismo es el movimiento convocado y manipulado desde un partido, fracción o grupo político, que impide que el malestar del ciudadano se convierta en proyecto constructivo, en proyecto de país. Como lo demuestra, con creces, nuestra historia, el movimentismo (la negación del movimiento) se desarrolla mejor en un ambiente carente de oposición (en el que las autoridades son, de hecho, las únicas capaces de responder a las presiones-peticiones de los grupos de interés).
"4)      Si los partidos se comportan de manera cada vez más similar entre ellos (piénsese, por ejemplo, en el clientelismo), si el espacio en ellos se reduce cada vez más a la vida de palacio (reyes, cortesanos, conspiradores), si no privilegian el programa y el diálogo vivo con la sociedad (si no hacen de la nación su punto decisivo de referencia), no pueden considerarse ajenos (y muchos menos, víctimas) en todo este proceso. Un partido político que, de cara a los problemas nacionales y afianzado en la legalidad, logre revertir estas prácticas (o cuando menos inicie su cambio) tendrá –a la corta o a la larga- todas las de ganar. Porque las sociedades crecen y –al contrario de lo que quisiera hacernos creer la derecha-, la democracia no tiende espontáneamente a la disgregación”.

A casi 30 años de distancia vale preguntarse si algo ha cambiado. Creo que los procesos que describo se han vuelto más evidentes. Que el oligopolio social se ha dividido en castas, con la clase política de todos los partidos hasta arriba. El movimentismo se convirtió en método de trabajo para todos los partidos –y estaba yo equivocado al suponer que se desarrollaba mejor en un ambiente sin oposición política-, y no surgió un partido que quisiera revertir esas prácticas.
Sigo, sin embargo, convencido de que la democracia no tiende espontáneamente a la disgregación: ese es un efecto generado desde el poder, con ayuda de los cambios estructurales en la economía mundial.



miércoles, noviembre 22, 2017

Biopics: Expertos extraviados


En la primavera de 1988 me invitaron, de parte del Centro de Estudios Prospectivos de la Fundación Javier Barros Sierra, a un foro de “expertos”, que analizaríamos asuntos de política y de economía con una visión de futuro, rumbo al lejano 2010.
Cuando llegué a la reunión me encontré que había muchísimos pesos pesados, de todas las corrientes ideológicas. Había priistas, liberales, grandes empresarios e izquierdistas de todo tipo. Para dar una idea del grupo, baste decir que a mi lado estaba mi amigo Pepe Woldenberg, en la banca detrás de mí estaba Carlos Slim, y junto a Slim estaba Roberto Servitje.
Nos hicieron llenar un largo y divertido cuestionario, en el que se presentaban diferentes sucesos posibles (el crecimiento del PDM, una recesión mundial, una explosión en la central nuclear de Laguna Verde, etcétera), y teníamos que decir qué tan factible era el evento, qué tan deseable y cuándo sucedería, si es que pudiera suceder.      
Lo siguiente fue que cada uno pronosticara lo que iba a suceder en México y en el mundo en los siguientes 22 años, en temas políticos, económicos y sociales. Una tarea nada fácil, porque había que hacer acopio de imaginación.
Al final, hubo una discusión colectiva sobre el futuro del país.

Me acuerdo de la pregunta del Partido Demócrata Mexicano porque supuse que iba a crecer rumbo al año 2000; también de que predije una recesión en los primeros años del siglo XXI y que fui de los pocos que creía casi imposible un accidente en Laguna Verde (habrá sido por mi confianza en los compañeros nucleares).
La parte difícil fue hacer la historia del México futuro, porque era obvio que habría varios caminos posibles, y no era sencillo adivinar. Dije, como casi todos, que en el próximo sexenio habría una exitosa renegociación de la deuda, pero en términos generales me fui por el camino lineal. El PRI perdía la mayoría absoluta en las presidenciales de 1994; para el 2000 ya no tenía el control de las cámaras y en 2006 las elecciones se iban a tercios. También dije que los sindicatos iban a perder mucha de su fuerza. Suponía que el bloque soviético se iba a integrar económicamente a Europa –las enseñanzas del maestro Parboni-, pero no me imaginaba que iba a desaparecer. No me imaginé ni el Tratado de Libre Comercio de América del Norte, ni la rapidez con que se movería la globalización, ni la explosión del crimen organizado en México, ni muchas otras cosas.  
Y lo más interesante fue la discusión. En ella, la intervención memorable fue la de Adolfo Gilly. Dijo que era muy complicado hacer el pronóstico del México futuro porque la tendencia natural de uno es pensar linealmente. Y que tal vez éramos como un hipotético grupo de expertos en 1910, que hacíamos prospectiva sin darnos cuenta de que el punto de ruptura estaba a la vuelta de la esquina. De ahí pasamos a platicar acerca de las posibilidades de Cuauhtémoc Cárdenas, y Gilly decía, muy seguro, que superaría el 25 por ciento de los votos. A la mayoría de los asistentes ese porcentaje les pareció excesivo e increíble. Yo, que era de los optimistas respecto a Cárdenas y al futuro de la izquierda, en ese momento suponía algo así como 15 por ciento.
Adolfo Gilly tal vez exageraba, pero en el fondo era quien tenía la razón. El momento que vivíamos era de un cambio más profundo del que imaginábamos.

Tiempo después, los coordinadores del foro me enviaron un documento con los resultados de nuestras respuestas al largo cuestionario (éramos el tercer grupo de tres que se habían reunido) y, más tarde, un libro, redactado después de las elecciones de 1988, que se llama México hacia el año 2010: política interna, editado por Limusa (Dolores Ponce y Antonio Alonso, coordinadores).
De la revisión del cuestionario me impresionaron dos cosas. La sensación de que el PRI y el poder presidencial siempre estarían ahí, incólumes, por el paso de las décadas, y lo perdidos que estábamos respecto a muchas cosas. El grupo de expertos consideró más probable una explosión en Laguna Verde que la aparición de un grupo guerrillero en el sur de México (y, según mis cuentas, algunos de los que en 1988 lo consideraban indeseable, saludaron seis años después la irrupción del EZLN); consideró más posible una pérdida notable en el grado de seguridad alimentaria del país que un aumento sostenido de la inversión extranjera directa; que no imaginó un incremento de poder del Congreso o de los gobernadores (es decir, que los imaginó muy bajos).
El libro presenta varios escenarios posibles. Sólo en uno de ellos el PRI pierde el poder presidencial, pero lo recupera mediante la fuerza, no a través de las urnas. En ninguno se prevé una integración comercial como la que hubo; en tres de ellos –salvo el del golpe- el PRI se democratiza de verdad; en todos subsiste el bloque soviético, que no duraría ni dos años. Y sus preocupaciones son en realidad de coyuntura: la obsesión con la deuda externa, la fuerza relativa de los sectores del PRI, el tamaño del sector público en la economía.


Éramos unos expertos extraviados.  Me pregunto qué sucedería hoy en un foro similar.

jueves, noviembre 09, 2017

Biopics: El Efecto Cárdenas


La campaña presidencial de Cuauhtémoc Cárdenas –que tuvo como vehículos al PARM, el PPS y el PFCRN- estaba destinada a cambiar el rostro de la izquierda en México. Concitaba al mismo tiempo esperanzas y suspicacias. Esperanzas, porque era evidente que, a diferencia de los partidos socialistas que habíamos formado, el frente aglutinado por Cuauhtémoc era capaz de concitar mucho mayor apoyo popular que el que nosotros hubiéramos sido capaces de lograr. Suspicacias, porque el recentísimo pasado priísta del grupo disidente que encabezó el Frente Democrático Nacional impedía que su horizonte fuera más allá de la recuperación del mítico legado de Lázaro Cárdenas, el papá del candidato. Cada quien, en la izquierda en la que militaba tenía una mezcla diferente de esperanzas y suspicacias. Dentro de los cuates que habíamos sido del MAP yo era de los esperanzados, entre otras cosas porque la candidatura de Heberto Castillo me generaba muchísimas suspicacias.
En algún momento, al principio de las campañas, pugné porque nos acercáramos a Cárdenas, antes de que fuera demasiado tarde. Otros que, según mis recuerdos, estaban en posiciones similares, eran Fallo Cordera y Arturo Whaley –cuyo caso me parecía obvio, por la historia del SUTIN y por las relaciones que tuvo ese sindicato con organizaciones priistas-.
Hubo algunas reuniones de un grupo pequeño en casa de Arnaldo Córdova en Tlalpan –es inolvidable, para aquellos que la hayan visitado, la enorme y ordenada biblioteca, en la me sorprendió la gran cantidad de textos sobre derecho-, en las que discutimos las posibilidades. Recuerdo que a ellas asistieron Fallo Cordera, Whaley, el Tuti Pereyra y no sé quién más. Sé que hubo otras reuniones de petit comité de otros grupos de compañeros mapaches.
En alguna ocasión, Arnaldo, al enterarse que yo no me había afiliado al PMS, calificó, molesto, mi participación en las discusiones de “irregular”, pero Fallo argumentó a mi favor y realizó la difícil tarea de convencer a Arnaldo Córdova de que había exagerado. Whaley insistía en que había que movernos por encima del partido y quien más se negaba a eso, por temor a los genes antidemocráticos del PRI, era Pereyra: “Toda mi vida estaré en el PMS”, dijo. Yo no tenía idea de que lo que decía era literal.
A lo más que llegaron esas discusiones es a que algunos de nosotros –Raúl Trejo, Fallo Cordera, Arturo Whaley y yo- fuéramos a visitar a Porfirio Muñoz Ledo a su casa (otra bibliotecota) en plan de sondeo. Nos bebimos dos botellas de whiskey y me quedé con la impresión de que Porfirio nos dio el avión.

El hecho era que, mientras Salinas realizaba una campaña ordenada, de ideas y proyectos, pero con el lastre de la herencia económica que dejaba el gobierno de Miguel De la Madrid, Cárdenas recorría el país atrayendo multitudes cada vez mayores y cada vez más convencidas de participar en esas elecciones. Mientras tanto, la campaña de Heberto no levantaba. De entrada porque hacía cosas contraproducentes, pero muy propias de su visión, como encabezar una toma de tierras agrícolas en Veracruz, y otra, de predios urbanos, en Ecatepec. Los campamentos fueron bautizados con los bonitos e ingenieriles nombres de PMS-1 y PMS-2, y luego fueron desalojados violentamente.
Mi amigo Eduardo González era el coordinador de la campaña de Heberto y a veces nos encontrábamos en la Facultad de Economía. Cada vez lo veía más preocupado. Me confesó –él, que había todo el tiempo acariciado la idea del Partido Pensante- que a final de cuentas Heberto hacía lo que se le pegaba la gana. Me quedaba claro que el resultado de todo aquello iba a ser, en la mejor de las circunstancias, un PMS muy debilitado y descompuesto tras las elecciones.
Un día fui invitado, junto con otros periodistas, a un desayuno con Cuauhtémoc Cárdenas. Fue en El Taquito, atrás de Palacio Nacional. Cuauhtémoc se prodigó en generalidades. Alguien le preguntó si pensaba que cabía en los zapatos de Lázaro Cárdenas, y Cuauhtémoc, honesto, le contestó que no. Pero había sido tan vago su discurso que, a la salida, un caricaturista de Excelsior comentó en voz alta: “el problema es que también le quedan grandes los zapatos de Cuauhtémoc Cárdenas”. Era cierto. Cuando a Porfirio Muñoz Ledo le preguntamos acerca del programa del FDN, respondió, y evadió, con una figura retórica: “está en el nombre: Cuauhtémoc. Cárdenas”.

La gente del MAP en pleno se reunió algunas veces para comentar la coyuntura. A veces eso se disfrazó de discusiones conceptuales. No había manera de generar consensos. Discutíamos –me recuerda Trejo- sobre distintas formas de partido, alianzas en la democracia, reforma del Estado. En medio de eso, varios señalaban la incertidumbre que les generaba estar en el PMS.
No eran pocas las diferencias. Algunos simpatizábamos con Cárdenas; otros insistían en la importancia del partido por encima de la coyuntura (es decir, se resignaban a Heberto); otros más se movían hacia la órbita de Salinas de Gortari.
Resultó particularmente significativo que, luego de que el candidato priista fuera agredido por simpatizantes de Cárdenas en La Laguna (donde se idolatraba al Tata Lázaro), decidiera refugiarse y pasar la noche entre amigos en el ejido de Batopilas, con nuestro compañero Hugo Andrés Araujo. Resulta que ambos –CSG y Hugo Andrés- habían fundado ese ejido, más de una década atrás, cuando Salinas era cercano a los maoístas.
A la postre, la combinación de la persistencia de afinidades políticas entre nosotros con diferencias sensibles en la coyuntura, llevaría al grupo a la determinación de crear una instancia que nos mantuviera en cierta forma aglutinados y nos sirviera para la discusión permanente. Esa fue el Instituto de Estudios para la Transición Democrática.

Este tipo de debates se reprodujeron, en aquel entonces, en otras organizaciones. El Efecto Cárdenas había tocado un punto nodal en las contradicciones de la izquierda mexicana: que casi todos teníamos algo de nacionalismo revolucionario en nuestras venas ideológicas. Y que, sin embargo, también éramos antipriístas.  


miércoles, noviembre 08, 2017

La Revolución Rusa y las hormigas alucinadas

Hay quien considera que el siglo XX en realidad comenzó hace cien años, con el triunfo de la Revolución Rusa, la instauración del régimen bolchevique y la fundación de la Unión Soviética.

En un acto de extrema audacia política, un grupo minoritario –pero que controlaba el consejo gobernante en la capital Petrogrado–, aprovechó el caos político y el malestar social para efectuar una suerte de golpe de Estado casi incruento y hacerse del poder en solitario. Lo hizo en medio de movilizaciones sociales contra el gobierno provisional que había sustituido al zarismo, pero eso no significa que esas movilizaciones tuvieran como objetivo el gobierno de una pequeña facción revolucionaria.

La característica central de esa revolución fue que de inmediato se proclamó socialista. No pretendía, como otros movimientos políticos inspirados en el marxismo, una serie de reformas más o menos profundas al capitalismo existente, con el fin de que este culminara y evolucionara hacia el socialismo. Se trataba de una serie de acciones duras y contundentes, destinadas a fomentar el colectivismo y la propiedad estatal. A saltar etapas, como se decía.

La combinación de las circunstancias en las que se desarrolló la toma del poder bolchevique –una economía desastrada, diversos grupos golpistas, resistencia de la vieja oligarquía– y la naturaleza misma del partido, que veía a agentes de la contrarrevolución por todos lados, resultó en un régimen supresor de libertades, que llegó a convertirse en una dictadura terrible.

Lo más relevante fue que, a pesar de ello, y a pesar de que nunca solucionó sus problemas económicos –la historia de la Unión Soviética es la de constante escasez de bienes de consumo para la población–, esa revolución fue capaz de encender las esperanzas de millones, en todo el mundo, durante largas décadas. También las encendieron, en distinto grado, revoluciones similares que se dieron en otras partes del mundo, a lo largo del siglo XX, con resultados parecidos.  

Debería ser una paradoja, pero no lo es. Sucede que a menudo las ideas son más fuertes que la realidad, y que la ilusión de una utopía es más grande que cualquier argumento. La ilusión de un mundo sin patrones ni terratenientes, de una tierra de igualdad entre las personas.

En Rusia no gobernaba la clase obrera, sino un grupo que se había asumido como su representante histórico. Este grupo había interpretado a su manera los textos de Marx, y hecho de esa interpretación una especie de lecho de Procusto: quien no coincidiera con ella, era sacrificado. También se encargó, sistemáticamente, de falsificar la historia, empezando por la propia.

Tampoco era tierra de igualdad. No lo era en términos económicos, pero mucho menos en términos de poder. El poder, nominalmente, era popular, pero en realidad estaba en manos del Partido. En el partido, en realidad estaba en manos del Comité Central. En el Comité Central, en realidad estaba en manos del Politburó. Y, en el caso extremo, el poder del Politburó llegó a estar en manos de un solo hombre. Infernales círculos concéntricos.

Mucha gente, fiel a la idea de luchar por el comunismo, sabía en el fondo de sus corazones que lo que sucedía en la Unión Soviética no tenía nada qué ver con la sociedad igualitaria, sin clases sociales, a la que aspiraban. Tenía sólo el barniz, y eso a veces. Lo extraño es que, a pesar de esa íntima convicción, seguían considerando que aquello era un sistema superior al capitalista, que valía la pena luchar, y dar la vida, por instaurarlo, protegerlo, reproducirlo.

Cuenta el escritor Alberto Ruy Sánchez, en su reciente Los sueños de la serpiente, que hay unas hormigas, infectadas por inhalar las esporas de un hongo que se aloja en su cerebro, que se ponen a trepar árboles hasta que, en algún momento, son devoradas por el hongo, y de la cabeza de la hormiga nace una flor, que a su vez arrojará miles de esporas.

Dice Ruy que los biólogos y neurólogos creen que la hormiga infectada tiene alucinaciones, que imagina un hormiguero que no está bajo tierra, sino en la copa de los árboles y que, en la duda del ascenso mortal, las feromonas del cuerpo maloliente de las hormigas que llegaron antes que ellas las excitan y las guían hacia su muerte final.

Me parece una metáfora magnífica. Así, como el hongo, jugó la ideología para bloquear la realidad, para imaginar el inexistente hormiguero de la felicidad comunista, para aceptar todo tipo de vejaciones e injusticias con tal de ayudar a mover la rueda de la Historia en su camino maravilloso hacia el principio de la verdadera Historia, que es el Comunismo, así con mayúsculas. Es la imagen del enviado al Gulag que lleva, entre sus pobres pertenencias, el retrato de Stalin, porque aquello había sido un error, está seguro.

La URSS, lo sabemos por otra parte, fue fundamental para la derrota del nazi-fascismo (una alucinación colectiva mucho peor) en la II Guerra Mundial. Su mera existencia fue instrumental para que, en tiempos de la guerra fría, las clases trabajadoras mejoraran sus condiciones de vida. Sirvió como contrapeso básico contra un mundo unipolar, con Estados Unidos teniendo la sartén única por el mango. Eso ayudó a descolonizar el mundo, y al inicio de procesos democráticos en varias naciones. Pero, apenas se dejó entrar algo de luz y de verdad, con la perestroika (la reforma económica) y, sobre todo, la glasnost (la transparencia), el sistema soviético se derrumbó.

Sin la URSS, es imposible imaginar el mundo del siglo XX, sus disputas y sus pasiones. Por lo mismo, es imposible imaginar el actual.

Vale la pena, repasando estos cien años, preguntarse hasta qué punto se puede reproducir algo parecido –porque la Revolución Rusa es irrepetible– en cualquier parte del mundo, a pesar de las evidencias.


Baste pensar que hay muchos que están hartos del hormiguero bajo tierra, en el que las esperanzas se reparten por migajas. Y que hay otro tipo de esporas, dispuestas a conquistar mentes y corazones y ofrecer el cielo en la tierra a cambio de la ceguera, la obediencia absoluta –cuando no la adoración– y la renuncia a tener una opinión propia. 

        

lunes, noviembre 06, 2017

Sueño 34. UBIK, D.F.

4 de noviembre de 1987



Es una noche de reventón en el Distrito Federal. Estoy conociendo locales nuevos, horas extrañas. Hay luces rojas y mucha bebida. Del centro nocturno se puede pasar a otra ciudad, la Ciudad Prohibida (que no es sino la misma Ciudad de México, pero en otra dimensión, en otro plano).
Los edificios de ese México D.F. son de fierro, parecen de principios de siglo (el viejo hotel Francis), son blancos, pero los cubre una ligera capa verde, lamosa. Las calles, limpísimas, son de piedra blanca. Hay una luz diurna difusa, de amanecer en la luna. No pasa un automóvil, no hay árboles.
En la ciudad hay gente vestida de negro que corre y se agazapa (¿los muertos?), espectros de risa amarga, habitantes de un lugar inhabitable (¿UBIK, el mundo de los semivivos?).
Camino y llego a una especie de plazoleta lodoza. Hay unas trancas que hacen las veces de mostrador. Hay que pagar 20 centavos para entrar a la playa (pues el D.F. semivivo tiene playa). El cobrador, de piel seca color ocre, con una camiseta a rayas azules y blancas (café y beige, pues la luz ha cambiado de tono) es Germán Valdés, Tin Tán. A la hora de pagar hago trucos con las monedas y pago con una vieja moneda de a veinte de las que estaban en la latita de Tin Tán (él no hubiera entendido mis monedas nuevas de 50 y de 20 pesos). Me lo transé. Fácil, porque lo agarré dormido-muerto. Todo lo hago por curiosidad.
El mar que llega a la playa del D.F. lo hace en dos oleadas: una verde, con detritus, es el lago de Texcoco (la palabra "chinampa"); otra negra, olas de lodo en las que niños y jovencitas se revuelcan. Olas Salvajes. Mi curiosidad ha sido satisfecha. No tengo ganas de meterme a ese mar. Tin Tán, chaparrito, me golpea amablemente la espalda.

Hay que volver a entrar al Centro Nocturno, el de las perversiones. Entro con Raymundo a un pasaje estrecho, con un espejo, casi sin luz. Raymundo rompe a llorar, se va transformando en un bebé, es ya Camilo. Camilo llora y le beso el cachetote mojado. "No llores, Raymundo, Camilo, hijo mío. Mírate en el espejo". Se va calmando, nos miramos en el espejo el niño de dos años, el de seis, el jovencito que fui y que ellos serán, el adulto. Ha entrado un poco de luz. "Ya estás calmado. Ya podemos salir del cuarto de los espejos". Gateamos hacia afuera.

miércoles, octubre 04, 2017

Osuna Matata... y ya



Mexicanos en GL. 2017

Terminó la temporada regular en Grandes Ligas, y es momento de hacer las cuentas con la actuación de los mexicanos en el máximo beisbol del mundo. A estas alturas debe quedarnos claro que 2017 fue un año de muchas más oscuridades que luces. Realmente el único que se salva, ya sea de la mediocridad, del mal fario o de las escasas oportunidades, es el joven cerrador sinaloense de los Azulejos, Roberto Osuna (Osuna Matata, como le dicen por allá).

Aquí el balance del contingente nacional, ordenado de acuerdo con el desempeño de cada uno en la temporada (como siempre, incluimos a los paisanos que han jugado con México en el Clásico Mundial) 

Roberto Osuna respondió, en términos generales, a las muy altas expectativas que había sobre él al inicio de la campaña. Es un ídolo en todo Canadá. A pesar de que desperdició una decena de oportunidades, sus 39 salvamentos hablan de un lanzador de elite. Más aún si tomamos en cuenta que en el año tuvo tres ausencias: una por lesión, otra por problemas de salud mental y la tercera por paternidad. En el año tuvo: 3 ganados, 4 perdidos, los 39 rescates, 3.38 de efectividad (carreras limpias admitidas por cada 9 innings lanzados), 83 ponches y sólo 9 bases por bolas. En ausencia de Alex Rodríguez, su cliente favorito fue otro Yanqui, Aaron Judge, quien le bateó de 6-0, con 5 ponches. En su carrera llegó a 95 juegos salvados, con lo que superó en ese departamento al inmortal Aurelio López y es segundo mexicano de todos los tiempos, sólo detrás de…

Joakim Soria. El de Monclova (y los Reales de Kansas City), salvo un mes en la lista de lesionados, fue muy eficaz como preparador de cierre. Terminó la campaña con 4 ganados, 3 perdidos, un juego salvado, 20 holds (ventajas sostenidas en situación de rescate), 3.70 de carreras limpias y 64 chocolates recetados.

Sergio Romo dividió su campaña en dos mitades contrastantes. Estuvo menos que mediocre con los Dodgers de Los Ángeles y cerca de lo extraordinario tras su cambio a las Rayas de Tampa. Terminó la temporada con 3-1, 3.56 de PCL, 59 ponches y 11 holds.

Héctor Velázquez  estuvo de manera intermitente con los Medias Rojas de Boston, pero –salvo su primera apertura- demostró que la variedad y calidad de sus lanzamientos son de Ligas Mayores. Los patirrojos debieron de haber tenido más confianza en el sonorense. En la temporada: 3-1, 19 ponches, y un muy prometedor 2.92 de efectividad.

Jorge De la Rosa, sin tener una campaña excepcional, cumplió bien en el relevo de los Diamondbacks. Sólo uno de los 55 bateadores que heredó, terminó pisando la registradora  El zurdo regiomontano terminó con marca de 3-1, 4.21 de limpias, 17 holds y 45 ponches. Por primera vez, tras 13 años en la Gran Carpa, accede a postemporada.

Christian Villanueva llegó a tomarse la consabida tacita de café de septiembre con los Padres de San Diego. No sólo no desaprovechó la oportunidad, sino que estuvo espectacular en esos pocos días. El tercera base jalisciense bateó para .344, con 4 jonrones y 7 producidas en sólo 32 turnos al bate. ¿Quién hubiera apostado que Villanueva acabaría la temporada con más cuadrangulares que Adrián González? Apuesto a que nadie.

Víctor Arano es otro joven que aprovechó al máximo su tacita de café. El oriundo de Cosamaloapan y de muy ilustre y peloterísimo apellido, se presentó como relevista de los Filis. En su ratito, sólo 10 juegos, se las arregló para tener marca de 1-0, dos holds y un magnífico 1.63 de efectividad

Oliver Pérez fue más Dr. Jeckyll que Mr. Hyde en esta temporada, ya asentado como especialista zurdo de los Nacionales de Washington. Septiembre no fue un mes bueno para él. Terminó con PCL del año a 4.64, con 12 holds y 39 ponches. No tuvo decisión.

Marco Estrada, en un año muy desigual, acumuló salidas de calidad en septiembre, hasta que en su último juego tuvo la peor apertura de muchos años (7 carreras limpias admitidas en 2.1 innings). El sonorense hizo los méritos suficientes como para volver a firmar con los Azulejos para 2019, pero tuvo un año por debajo de la media, sobre todo porque le volvieron a encontrar la pelota larga. 17 de sus 30 salidas fueron de calidad (6 entradas lanzadas o más; 3 carreras limpias admitidas, o menos). Terminó la temporada con 10-9, 4.98 de carreras limpias y 176 Ks.

Miguel González, con los Medias Blancas y los Rangers, tuvo una temporada regularcita, como las que acostumbra. A ratos parece intratable, pero uno nunca sabe qué pasará cuando el Mariachi sube a la loma. En el año, 8-13, 4.62 de efectividad, 100  ponches. 15 de sus 27 salidas fueron de calidad. De todos modos considero que está subvaluado.

Jaime García nos recuerda que a veces los sueños no son como uno los imaginaba. Después de un inicio decente con Atlanta y un partido que ganó con Minnesota, llegó con sus amados Yanquis… y con los neoyorquinos no pudo ganar ni un solo juego. En la campaña, el zurdo de Reynosa tuvo marca de  5-10, 4.41 de PCL y 129 rivales pasados por los strikes. De sus 27 aperturas, sólo 11 fueron de calidad (y ninguna de ellas, vestido con la franela a rayas).

Carlos Torres tuvo otro año discreto como relevista de los Cerveceros Su récord en el año: 4-4, 4.21 de limpias, 13 ventajas sostenidas y un salvado, junto con 56 sopitas de pichón.

Yovani Gallardo parece mucho más veterano de lo que sus 31 años indican, pero más por que su rendimiento lleva rato a la baja que por el colmillo (que sí tiene). Con los Marineros de Seattle tuvo que dejar dos veces la rotación, para ser utilizado desde el bullpen, prueba de que perdió la confianza del manager. Su marca de 2017: 5-10, 5.72 de limpias, 94 ponches, el primer rescate de su carrera y 5 salidas de calidad (tuvo 22 aperturas, en total)

Adrián González vio el peor año de su carrera precisamente cuando su equipo tiene aspiraciones serias del título mundial. Tal vez se equivocó al insistir en jugar con México el Clásico Mundial, cuando todavía estaba resentido, el caso es que inició flojo, pasó largo tiempo en la lista de lesionados, regresó igual de flojo y terminó, a pesar de haber sido operado, con la espalda de nuevo en malas condiciones. Sus tristes, y no tan titánicos números ofensivos: .242 de promedio, 3 jonrones y 30 producidas. Lo único bonito, que llegó al hit 2000 de su carrera.

Efrén Navarro, como ya es costumbre, tomó la tacita de café de los peloteros de reemplazo. Esta vez con los Tigres de Detroit. El primera base californiano bateó para .230, con 2 jonrones y el mismo número de carreras impulsadas.

Fernando Salas tuvo una temporada desastrosa con los Mets, que lo dejaron en libertad. Los Ángeles (o Serafines o como se diga) lo rescataron a fines de agosto, y él lo agradeció pichando como en sus mejores tiempos. Acabó marca de 2-2, 12 ventajas sostenidas, efectividad de 5.22 y 47 ponches.  

Luis Cessa, peleó por un lugar en la rotación de los Yanquis, y no lo pudo hacer suyo. El cordobés tuvo molestias en las costillas y se fue a la lista de lesionados de 60 días. En la temporada: 0-3, 4.75 de limpias y 30 pasados por los strikes.

Giovanny Gallegos estuvo en cuatro ocasiones –la intermitencia y la puerta revolvedora- con los Yanquis. En el final de la campaña fue cuando se vio asentado y mejoró de manera muy notable su efectividad, que era altísima: 0-1, 4.87 de PCL y 22 ponches.

Alex Verdugo debutó en septiembre con los Dodgers. Su primera taza de café. El jardinero de 21 años se estrenó con un promedio de .174 (4 hits en 23 turnos) y un jonrón solitario.

Julio Urías, tras una gran salida y tres muy mediocres, regresó de los Dodgers a AAA, donde se lesionó el hombro y fue operado. La gran promesa sinaloense dejó estos números en el año: 0-2, 5.40 de PCL y 11 sopas de pichón. No volverá hasta mediados de la temporada próxima.


Vidal Nuño estuvo a principios de temporada con los Orioles de Baltimore. No funcionó para nada: 0-1, 10.43 de limpias y 13 ponchados.

viernes, septiembre 22, 2017

Sueño 63. El show de Elizabeth Hurley

22 de septiembre de 2017


Estoy en el departamento de Lerma 343, donde viví muchos años. En la sala-comedor se ha acondicionado un estudio de televisión. Allí un grupo de ingleses y yo vamos a filmar para un programa que se transmitirá en el Reino Unido. Estoy a cámara:
-Son las 3:15 de la mañana del 22 de septiembre de 2017 en México. Estoy en una de las zonas afectadas por el terremoto. Aquí a dos cuadras hay edificios a punto de colapsar. ¿Y saben de qué vamos a hablar? Vamos a hacerle unas preguntas íntimas a Elizabeth Hurley, como por qué se deja tan largas las uñas de los pies.
Los ingleses –que son quienes hicieron el guión- me dicen que me espere. La transmisión será a las 5:15 de la mañana (11:15 en Londres). Me quedo sentado un rato, luego voy hacia la recámara y ahí están ellos, dos mujeres y un hombre, debajo de las sábanas. Acaban de coger –la mujer en el centro tiene enorme cara de satisfacción- y están fumando.
-¡Qué poca madre! –les digo-, usan el cuarto para coger y encima están fumando. Yo que fumo tanto no lo hago en la cama.
Los ingleses me mandan soberanamente a la chingada.
Entonces me enojo y les digo:
-¡Oritita se me largan!
 No me pelan y agarro a la mujer que está al centro, la cargo en vilo y la aviento por la ventana. Ahora el departamento está en el segundo piso. Ella cae, se soba un poco, y se levanta. Tomo al hombre –es más ligero, cosas que pasan en los sueños- y también lo tiro por la ventana. Cae mal, pero se arrastra hacia la calle.
Entonces entra al cuarto Ricardo De la Peña, muy encabronado –porque al parecer la tercera mujer es una examante suya-, la levanta y la tira por la ventana. Pero la mujer es como gato: da vueltas y cae parada. Se levanta y corre. Aparecen otros dos ingleses, de menor tamaño, y son defenestrados. El último sí termina malherido en el suelo, pero sus compañeros lo arrastran hacia la calle.
De la cabina de controles, que está en el lugar de la cocina, se aparece Macbeth Rangel (¿o será Kike Vázquez?) y comenta que Taide mi esposa le advirtió de la trampa, a través de un microchip que él tiene implantado en el cráneo.
Al despertar, recuerdo que Elizabeth Hurley era el Diablo en la película Bedazzled.   


viernes, septiembre 01, 2017

El Jalisciense enrachado

Mexicanos en GL. Agosto 2017

El penúltimo mes de la campaña regular en Grandes Ligas ha visto un repuntar de Miguel González, que ahora pasa a un equipo menos malo, un sueño cumplido de Jaime García, el regreso de Adrián González al diamante y a Roberto Osuna metido en una montaña rusa. Septiembre inicia con el debut de Alex Verdugo, en los jardines de los Dodgers. En realidad es poco, pero es lo que hay.

Aquí el balance del contingente nacional, ordenado de acuerdo con el desempeño de cada uno en la temporada (como siempre, incluimos a los paisanos que han jugado con México en el Clásico Mundial) 

Roberto Osuna ha tenido un año interesante. En casi todas sus actuaciones, el cerrador sinaloense de los Azulejos retira en orden a sus rivales, impone condiciones y se lleva el salvamento. Pero no ha sido de medias tintas: si no viene inspirado le pegan hasta con la cubeta. Es el primer pitcher de Azulejos en hilar dos campañas con 35 rescates o más, y en su corta carrera está a punto de empatar al inmortal Aurelio López en el segundo lugar de juegos salvados por un pelotero mexicano. En agosto obtuvo 9 salvamentos, pero recibió dos palizas que se convirtieron en derrota. En el año lleva 3 ganados y 4 perdidos, con 35 rescates y 3.32 de efectividad (carreras limpias admitidas por cada 9 innings lanzados); tiene 74 ponches y ha otorgado, frente a ellos, sólo 7 bases por bolas.  

Joakim Soria seguía muy bien en su labor de  preparador de cierre con los Reales de Kansas City, cuando a mediados de agosto resintió problemas en el hombro y pasó a la lista de lesionados. El de Monclova tiene 4 ganados, 3 perdidos, un juego salvado, 16 holds (ventajas sostenidas en situación de rescate), 3.96 de carreras limpias y 59 chocolates recetados.

Oliver Pérez tuvo un agosto muy bueno. En nueve apariciones sólo le pegaron tres hits (y ninguna carrera). El especialista zurdo de los Nacionales de Washington bajó su PCL del año a 3.10, con 10 holds y 36 ponches. No lleva decisión.

Miguel González, bajita la mano, ha sido de los lanzadores más efectivos desde el Juego de Estrellas. En el mes, tuvo una salida horrorosa, seguida por cinco consecutivas de calidad (6 entradas o más, 3 carreras limpias o menos). Una de ellas fue con el mote de El Jalisciense (capaz que MLB creyó que “El Mariachi” es marca registrada de la película). En el año, 7-10, 4.31 de efectividad y 65 ponches. El último día de agosto fue cambiado a los Rangers de Texas, que hicieron un negociazo con uno de los lanzadores más subvaluados de la Gran Carpa.

Sergio Romo encontró su mojo con las Rayas de Tampa. Tras varios meses de mediocridad, estuvo deslumbrante en agosto, llevándose dos triunfos, en el relevo, en los días consecutivos del Fin de Semana de los Peloteros. Mejoró su récord a 3-1, 4.26 de PCL y 10 holds.

Jaime García cumplió su sueño de lanzar para los Yanquis, el equipo de sus amores. Pero el sueño ha sido incompleto, porque no ha lucido para nada con la franela a rayas. En ninguna de sus cinco aperturas con los Bombarderos del Bronx ha terminado la sexta entrada, ya no digamos llevarse la victoria. En la campaña: 5-9, 4.43 de PCL y 112 rivales pasados por los strikes.

Héctor Velázquez  sigue en AAA, en sucursales de los Medias Rojas.  En la temporada: 2-1, 12 ponches, 4.08 de efectividad.

Jorge De la Rosa ha cumplido a secas en el relevo de los Diamondbacks, y agosto no fue la excepción. El zurdo regiomontano lleva en la temporada marca de 3-1, 4.47 de limpias, 15 holds y 41 ponches.

Carlos Torres es otro relevista que ha pasado el año sin pena ni gloria. Su récord en el año: 4-4, 4.25 de limpias, 13 ventajas sostenidas y un salvado, junto con 53 sopitas de pichón.

Marco Estrada ha seguido batallando. Su cambio privilegiado poncha a muchos, pero ha sido menos dominador que en los dos años anteriores y le han vuelto a conectar más vuelacercas que al promedio (y eso, en un año en el que la bola ha viajado como nunca lo había hecho desde la era de los esteroides). En agosto estuvo menos mal que en los dos meses anteriores, con 4 salidas de calidad, entre sus 6 aperturas. En el año lleva 7-8, 5.53 de carreras limpias y 156 ponches.

Yovani Gallardo no pudo mantener la mejoría que había mostrado en julio y regresó al nivel por debajo del promedio que había tenido en el año. Ninguna de sus salidas en agosto fue de calidad. Empeoró su marca de ganados y perdidos a 5-10, con 5.78 de limpias y 90 ponches. Como dijimos aquí, los Marineros se equivocaron: el pitcher mexicano a contratar este año era el Mariachi.

Adrián González por fin regresó de la lista de lesionados. Su retorno coincidió con una lesión de Cody Bellinger, el joven sensación que lo sustituyó. Pero el Titán todavía no toma su nivel, y con el regreso del chamaco ya no es titular indiscutible de la inicial de los Dodgers. Pudo pegar su segundo jonrón y siempre batea a la hora buena, pero su madero ya no es garantía: incluso ha bajado su porcentaje. Números de Adrián en 2017: .241 de porcentaje, 2 cuadrangulares y 29 carreras producidas.

Luis Cessa, tras perder su  lugar en la rotación de los Yanquis, lanzó cuatro entradas de relevo en agosto. No lo hizo mal, pero tuvo molestias en las costillas. Está en la lista de lesionados de 60 días, lo que significa que la temporada terminó para él. En la temporada: 0-3, 4.75 de limpias y 30 pasados por los strikes.

Fernando Salas fue dejado en libertad –por no decir despedido- por los alicaídos Mets. El sonorense tenía marca de 1-2, 11 ventajas sostenidas, efectividad de 6.00 y 47 ponches.  De último momento llegó su equipo anterior, los Ángeles de los Ángeles a rescatarlo del desempleo y llevarlo, quizá, a postemporada.

Julio Urías está en reposo hasta el año que entra. Deja sus números del año: 0-2, 5.40 de PCL y 11 ponchados.

Giovanny Gallegos no vio acción ligamayorista en agosto, pero retornó al róster en septiembre. En 2017, con los Yanquis, lleva 0-1, 7.15 de PCL y 11 ponches.


Vidal Nuño, en cambio, no regresó al equipo grande de los Orioles ni aunque creció el róster de 25 a 40 peloteros. Su temporada:. 0-1, 10.43 de limpias y 13 chocolatines.

martes, agosto 22, 2017

Fascismo corriente


Así como hay infecciones crónicas, virales o bacterianas, que cada determinado tiempo causan problemas –a veces severos– a las personas, también hay infecciones crónicas, políticas e ideológicas, que dañan fuertemente las sociedades.

Vivimos en estos años la recurrencia de una de esas infecciones sociales: el renacer del fascismo que, con distintos rostros, emponzoña mentes y corazones, alimenta ambiciones de políticos megalómanos y dificulta la convivencia humana. Lo acabamos de ver en los hechos de Charlottesville, Estados Unidos.
Hay que tener cuidado cuando se habla de fascismo, porque de manera facilona se ha dado ese calificativo a todo gobierno autoritario y de derecha o a toda persona con rasgos intolerantes. Un gorilato, como los que ha habido en América Latina, África o Asia no es, en sí, fascista: es simplemente una dictadura o tiranía de unos pocos en contra de sus pueblos. 

El fascismo es, en primer lugar, un movimiento de masas que busca conquistar el poder, sin importar la vía. Sin organización partidista que deshaga a los individuos y los convierta en masa al servicio de la causa, no hay fascismo. La causa, normalmente, empieza por el deseo de acabar con una sociedad que es considerada decadente, corrupta y mediocre, y sustituirla por otra, en la que prevalezcan el orden y la jerarquía.

Tras la destrucción del fascismo original, quedaron huevitos de la serpiente. Pero para romper el cascarón siempre es necesaria la existencia de un amplio grupo de gente frustrada por los resultados de la democracia, autovictimizada y dispuesta a la revancha (que es simplemente un cambio de víctima). Cuando las economías funcionan –es decir, cuando hay crecimiento y distribución- es prácticamente imposible que ese cascarón se rompa.

Tampoco se entiende el fascismo sin la necesidad de exclusión. Siempre es un “ellos” contra “nosotros”. Y “ellos” son todos los que son diferentes: por raza, por religión, por preferencia sexual y, sobre todo, por nacionalidad. Todo fascismo tiene como rasgos esenciales el nacionalismo y la xenofobia.

El “nosotros” de los fascistas por definición es colectivo y, al mismo tiempo, excluyente y jerárquico. Supone la existencia de un núcleo inicial –y de iniciados– dispuesto a moverse, y a atraer hacia sí lo que consideran como parte sana del pueblo. En los fascismos clásicos, ese grupo inicial estaba compuesto por una mezcla de jóvenes idealistas exaltados, delincuentes menores proclives a la violencia y políticos arribistas.

Entendido esto, el fascismo es elitista: primero la jerarquía, luego el pueblo “sano” y afuera los demás. En el discurso siempre será “el pueblo”, porque las clases sociales quedan difuminadas, y eso es indispensable para generar lo que sigue, que es el unanimismo.

La unanimidad forzada se da en torno a un líder carismático, que expresa la voluntad del pueblo (en el entendido de que quienes no compartan la ideología ya no son pueblo). El pueblo, por supuesto, está encima de parlamentos y politiquería. Esas construcciones democráticas pueden ser mandadas al diablo.

Y el líder se convierte en la cómoda vacuna contra todo pensamiento crítico. Basta con seguirlo, con identificarse con él –que al fin y al cabo es la representación viva del pueblo– y ya no es necesario pensar por sí mismo. Al líder se le sigue en todos sus virajes ideológicos, en todos sus cambios de aliados, en toda su transformación. Quien no lo haga comete el pecado de pensar. El gesto y la palabra deben usurpar a las ideas y, en esa zona de confort donde la política real no existe, se pierde el individuo y la única colectividad posible es alrededor del líder.

El último punto capital para definir el fascismo es su vulgaridad. Suelen ser hombres vulgares quienes toman los principales papeles en los movimientos fascistas, y la vulgaridad es necesaria para no discutir con argumentos –basta una mentada–, para despreciar toda actividad intelectual y para atacar físicamente al enemigo (al diferente). El fascismo siempre es corriente.

Con todos estos elementos, debería quedarnos claro que Estados Unidos es un país en el que hay barruntos de resurrección fascista. Y los grupos de extrema derecha, envalentonados por la elección de Trump, buscan crear las condiciones de polarización social para armar un movimiento digno de ese nombre. Tienen la parafernalia, la vulgaridad, la falta de ideas, el deseo de revanchismo y –piensan– el humus social para crecer.

Pero por fortuna, en EU hay pesos y contrapesos. Los hay sociales, los hay históricos y también políticos y constitucionales. A fin de cuentas, y aunque a muchos no les guste, es una nación de inmigrantes.

Esos pesos y contrapesos llegaron, por un día, a pesar más que las afinidades de Trump. Se vio obligado a condenar el racismo y a llamar a las cosas por su nombre. A final de cuentas, la provocación de Charlottesville resultó en una derrota para el neofascismo americano: el presidente Trump tuvo que rectificar su postura inicial y desmarcarse de los extremistas de derecha, a quienes él tal vez considera su base más fiel. Y tuvo que hacerlo ante una andanada de críticas desde los medios, incluso los más conservadores, y de su propio partido, que todavía tiene a las urnas como guía, y no quiere desangrarse. Luego volvió a desdecirse, porque su corazón está con los supremacistas blancos.

Una batalla no es lo mismo que una guerra. Y los fascistas estadunidenses siguen creyendo que el terreno del rencor y de la revancha está abonado. La serpiente ya salió de su cascarón, y no será sencillo exterminarla.  
Y en otras partes del mundo, con otros disfraces y otras máscaras, el fascismo corriente, que –si tomamos en cuenta sus características– está al alza, seguirá intentando infectar las diferentes sociedades. Será cuestión de estar atentos e impedirlo.

martes, agosto 08, 2017

WAR histórico de peloteros mexicanos

Actualizado tras la temporada 2021

Desde hace tiempo el beisbol no es lo que era. Llegó la sabermetría y mandó a parar.
Durante casi toda mi vida, las estadísticas beisboleras han sido una suerte de obsesión. No es casual que haya escrito dos ensayos -bastante diferentes entre sí- con un título similar, en el que lo central es la estadística. Tampoco, que me haya aficionado a la sabermetría... hasta que llegó a unos niveles de complejidad que me rebasaron.

La estadística estrella de la sabermetría es el WAR (wins above replacement), que calcula -"medir" sería una exageración- la contribución de un pelotero a las victorias de su equipo, por encima del nivel de reemplazo: es decir, qué tan bueno es un jugador, respecto a quien típicamente podría reemplazarlo.

La clave para la medición es determinar quién es el típico jugador de reemplazo. Podríamos definirlo al estilo de los economistas: es el jugador que está marginalmente en la Grandes Ligas. Aquel que entra y sale de los rósters a lo largo de la temporada. No se trata de un jugador promedio, sino de uno que apenas tiene el nivel ligamayorista, que vive esa frontera.

¿Y cómo sé qué pelotero está en esa categoría? Ese es el quid, y es también donde puede haber más diferencias en la medición. Las dos principales páginas de sabermetría, Fan Graphics y Baseball-Reference, coinciden desde hace unos años en que un equipo de puros jugadores de reemplazo tendría una temporada de 48 ganados y 114 perdidos, dada cuenta una distribución normal de las actuaciones de ellos y sus rivales en pitcheo, bateo y fildeo.

A partir de definir las estadísticas del jugador de reemplazo en cada posición, se comparan con las de los jugadores de carne y hueso. En la comparación, lo fundamental es definir las carreras construidas en la ofensiva (por bateo o por corrido de bases) y evitadas a la defensiva (ya sea por pitcheo o por fildeo). La norma es 10 carreras (generadas o evitadas) por victoria.

La descripción exhaustiva de los elementos que confluyen para la determinación del WAR es demasiado amplia como para una entrada del blog. Baste dar como ejemplo que, sólo para el corrido de bases, hay 14 mediciones de cuando está en primera base, 11 de cuando está en segunda y 8 de cuando está en tercera. No es nada más robos o atrapado robando.

Ahora, a lo que vamos. Revisé el WAR histórico de los peloteros mexicanos en Grandes Ligas a lo largo de la historia, y me topé con interesantes sorpresas. Ahí les van los diez primeros, con el número de victorias sobre reemplazo del total de su carrera, al 31 de julio de 2017..

Adrián González 43.5
Fernando Valenzuela 42.1

Teodoro Higuera 30.7

Beto Ávila 27.8

Ismael Valdez 24.2

Esteban Loaiza 23.0

Yovani Gallardo 22.1


Vinicio Castilla 19.3


Joakim Soria 18.7

Aurelio Rodríguez 15.2




Lo primero que llama la atención es que Adrián González está por encima de Fernando Valenzuela. Hay que recordar que el WAR al que hacemos referencia es a lo largo de toda la carrera.  El Toro de Etchohuaquila había acumulado 38.1 victorias sobre reemplazo en apenas siete años y fracción en las Mayores, de 1980 a 1987. En los siguientes diez años sólo acumuló 4 victorias sobre reemplazo. En otras palabras, tuvo siete años de superestrella, su brazo fue sobrexplotado y en la siguiente década fue apenas un lanzador por encima del promedio. El Titán, en cambio, ha sido consistentemente estelar durante 13 de sus 15 años en las mayores (de hecho, en 2017 tiene un WAR negativo).
Otro dato es que, en términos relativos, Teodoro Higuera, quien estuvo nueve años en la gran carpa, tiene números superiores a otros peloteros más famosos, pero que duraron más tiempo en las Mayores.
Vinicio Castilla aparece abajo respecto a sus números de acuerdo a la métrica tradicional. Recordemos que fue líder de la Liga Nacional en carreras producidas en 2004 y que es el máximo jonronero mexicano de la historia. Aquí lo que juega en su contra es, paradójicamente, haber jugado tantos partidos en Coors Field, que es el parque más amable con los bateadores: su teórico reemplazo hubiera pegado más cuadrangulares ahí que, por ejemplo, en el Dodger Stadium.
Otro caso digno de análisis es la inclusión de Aurelio Rodríguez en el top ten. Los números como bateador de Aurelio, quien estuvo 18 años en las mayores, no son para nada impresionantes. Uno esperaría en ese lugar a Jorge Charolito Orta, quien era mucho más consistente con la madera. Pero sucede, según el WAR histórico, que en materia defensiva Aurelio está entre los diez mejores antesalistas de la historia de todo el beisbol..De hecho, 9 de las victorias que se le apuntan están en el guante, y sólo 6 a la ofensiva.
No podíamos terminar sin hacer mención de Mario Mendoza, el pelotero de reemplazo por excelencia. Se habla de la Línea Mendoza precisamente por él. Era un enorme fildeador, pero bateaba basura. Se decía que nadie, por buen guante que tuviera, podía quedarse en las mayores si bateaba por debajo del promedio de Mendoza (.215): ese porcentaje es la famosa Línea Mendoza original. Pues bien, Mario Mendoza entraba y salía de los rósters, y a lo largo de su carrera acumuló un WAR de -2.5, producto de un +0.7 a la defensiva y -3.2 a la ofensiva. Quod erat demostrandum.


viernes, agosto 04, 2017

Venezuela: la fuga hacia la suplantación (y la dictadura)



Es difícil encontrar precedentes históricos de lo vivido en Venezuela durante el último mes. En medio de una crisis económica galopante, se desarrolla una guerra civil en sordina, que ha culminado en dos votaciones excluyentes entre sí, en un centenar de muertos y en el fin de la mascarada democrática de la “Revolución Bolivariana”.

Las elecciones del domingo 30 de julio, para nombrar una Asamblea Constituyente, fueron las típicas de un Estado totalitario. No participó la oposición, y no lo hizo –entre otras razones– porque todo el proceso estaba diseñado para que la representación fuera exclusivamente de fieles al régimen.

La votación se diseñó de tal forma que las zonas urbanas, donde se concentra la oposición, estuvieran sub representadas y  una parte de los constituyentes fue votada bajo una lógica gremial-corporativa: trabajadores, campesinos (y pescadores), estudiantes, personas con discapacidad, pueblos indígenas, pensionados, empresarios y comunas (y consejos comunales).

Tampoco podían participar los partidos políticos como tales. Eso no obstó para que fueran elegidos, por ejemplo, Diosdado Cabello, número dos del régimen, la excanciller Deysi Rodríguez y –no podía faltar– Cilia Flores, esposa del presidente Maduro.

El primer papel de esta asamblea –cuya misión formal es cambiar la Constitución promulgada durante los primeros años de Hugo Chávez en el poder– es sustituir en los hechos al parlamento elegido bajo las leyes electorales tradicionales, que es plural, pero en el que la oposición a Maduro tiene la mayoría.

Se trata, pues, de una suplantación. En un país escindido, una parte decide suplantar al todo. Además, lo hace con la consigna de realizar una fuga hacia adelante. La idea, si se le quiere ver en positivo, es blindar los cambios realizados por el chavismo; en negativo, es generar condiciones en las que toda disidencia sea castigada con severidad e imponer la “democracia participativa” de las comunas y consejos comunales creados por Chávez.

En otras palabras, no se trata de una Constitución como la conocemos en otras partes, en donde el texto plasma el contrato social vigente. Lo que pretende plasmar es precisamente la ruptura del contrato: la decisión de una parte de la población de actuar en contra de la otra parte. No se trata de organizar en común la vida de ciudadanos que tienen distintas maneras de pensar, sino de imponerse contra los que piensan diferente.

El proceso a través del cual Venezuela se transforma en dictadura tiene la peculiaridad que, a pesar de que el creador de la Revolución Bolivariana no era ningún demócrata, llegó al poder a través del mandato ciudadano en las urnas. Recordemos que Hugo Chávez ganó con facilidad las elecciones de 1998. Su “Polo Patriótico” obtuvo el 56 por ciento de los votos.

Aquellas elecciones estuvieron signadas por el hartazgo social hacia la clase política tradicional, corrompida y que se repartía el poder. Tanto los democristianos del COPEI como los “nacionalista-revolucionarios” de AD estaban hundidos en las encuestas, ante el militar que prometía “refundar la República”. El desprestigio de adecos y copeyanos era tal que acabaron desechando sus propias candidaturas. El COPEI primero apoyó a Irene Sáez, una ex Miss Universo que se había lanzado como independiente y, una semana antes de los comicios, cambió por Henrique Salas, un político que se había lanzado como independiente. AD dejó botado a su candidato y pidió también el voto por Salas. Sáez obtuvo el 2.8 por ciento de la votación; Ucero, el candidato adeco, el 0.6 por ciento.

En el 2000, tras la aprobación de la nueva Constitución, Chávez obtendría casi el 60% de los votos, la mayoría absoluta de la Asamblea Nacional y capacidad para consolidar su proyecto social, apoyado en los altos precios del petróleo, de los que dependía totalmente. Se trataba de un esquema con los pies de barro, ya que dependía del precio de una sola mercancía.

En 2006, el bolivarianismo chavista llega a la cúspide de la popularidad y su líder se reelige con el 63 por ciento. Ya no alcanzaría esa cota en su última reelección, en 2012, en la que ya enfrenta a una oposición mayoritariamente radicalizada. Luego vendrían su enfermedad y muerte, coincidiendo con la caída, primero paulatina y luego estrepitosa, de los precios internacionales de petróleo.

Nicolás Maduro, nombrado sucesor por el dedo de Chávez, ganó las impugnadas elecciones de 2013 por apenas un punto porcentual. Parte de ello se debió a la campaña delirante de Maduro (recordemos la anécdota del “pajarito chiquitico” que era el alma de Chávez) y a que no mostró otra propuesta que la cantaleta del eterno amor al eterno líder.

Maduro, un hombre mucho menos capaz que su antecesor, se topó con una inflación creciente, problemas de desabasto, deuda pública disparada, inversión escasa y criminalidad al alza. En realidad nunca se le ocurrió intentar resolver esos problemas, sino que se dedicó a predicar una ideología vaga, a buscar culpables externos y a polarizar más la arena política. Eso le costó perder las elecciones legislativas de 2015.

En ese momento había dos opciones. O empezar a hacer política democrática o fugarse hacia una dictadura. Sólo un pacto que tomara en cuenta los distintos intereses sociales podía evitar la espiral de hiperinflación y desabasto. Ante una oposición envalentonada Maduro prefirió las medidas unilaterales, que culminan con este autogolpe. Una revolución que comenzó por las urnas, termina dándoles la espalda cuando se da cuenta de que la mayoría de la población ya no la apoya.

Ahora Venezuela dejará el “capitalismo popular” que propugnaba el ala histórica del chavismo, y se adentrará en el terreno pantanoso del “Estado comunal”, un esperpento que puede traducirse en un retroceso económico de muchas décadas.

Desgraciadamente, en Venezuela el espacio para cualquier tipo de pacto político se ha hecho mínimo. La polarización ha llegado a extremos que nublan cualquier salida racional.

Los venezolanos acabarán encontrando esa salida. Pero me temo que dentro de un buen tiempo, tras un sufrimiento social innecesario.