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viernes, julio 24, 2026

La Odisea y los malos anfitriones

 

La Odisea es una de las obras seminales de la literatura occidental. Es un relato que ha sido vuelto a contar innumerables veces, y de muy distintas maneras. Afortunadamente, ha vuelto a ponerse de moda por la espectacular película dirigida por Christopher Nolan, estrenada recientemente. Vale la pena tomar el tema, y usar la adaptación cinematográfica como pretexto para hacer algunas reflexiones más actuales.

La película de Nolan cumple con creces el propósito de presentar una epopeya visual y emocionalmente envolvente, con muchos aspectos a analizar y debatir. Como toda adaptación, lleva consigo una visión particular, personal, de la obra original, lo que nos recuerda -a su vez- que todo libro, o filme, es obra de su autor sólo en parte, y la otra parte corresponde a la manera en la que el lector o el espectador lo procesan.

Cuando leí La Odisea (una versión en prosa, hace muchos años), se me grabaron fijamente varios de sus episodios en la memoria, pero otros fueron al olvido. Como buen latinoamericano, ya se sabe que lo hacemos todo en desorden, la leí antes que La Ilíada, con lo que me perdí de la posibilidad de hilar bien las dos historias. Que la película sí sea capaz de hacerlo habla de un buen ejercicio de comprensión histórica del poema.

Pero Nolan hace una versión muy propia, se salta alguna de las aventuras relatadas por Homero, fusiona otras, cuenta los episodios en desorden e incluye un final que no es el del libro (spoiler: en el poema, Telémaco no es rey de Ítaca sino hasta después de la muerte de Odiseo). Me parece que lo hace con un propósito definido, que quién sabe si los espectadores serán capaces de captar: enviar mensajes sobre el mundo actual.

Por ejemplo, se salta el paso de la tripulación por la Isla de los Lotófagos, que es donde los compañeros son invitados a comer flores de loto y, al consumirlas, olvidan su patria, su familia y sus deseos de regresar; se olvidarán hasta de sí mismos. Odiseo los obliga a regresar al barco. A cambio del dolor del viaje, mantendrán la esperanza en el futuro.

En el filme, Calipso alimenta al naufrago Odiseo con flores de loto, y luego lentamente permite que le regrese la memoria y cuente su odisea (así es como los espectadores la van conociendo). En el poema, en cambio, Odiseo nunca comió de esas flores y, por lo tanto, jamás olvida; Calipso le ofrece su amor y la inmortalidad, a cambio de que no regrese, pero los dioses la obligan a renunciar al amado y construirle una balsa. Odiseo es aparentemente feliz, pero la memoria y la nostalgia lo torturan: su sino es regresar. En el filme, Calipso decide por su cuenta.

Hay varias escenas particularmente logradas en la película. Una, visual y sonoramente, es el paso por la Isla de las Sirenas. Otra, la transformación de los marineros en cerdos que hace una hechicera Circe entendida en clave neofeminista. Otra, visual y emocionalmente impecable, es la visita de Odiseo al inframundo, que le ayuda a comprender muchas cosas: las que el director (no el poeta) quiere que entienda.

La película cumple con el cometido esencial del relato: el largo periplo del héroe que regresa a casa, pero regresa cambiado, porque lo sucedido en el viaje lo ha transformado. Odiseo ya no es Odiseo e Ítaca ya no es Ítaca. Es un camino en el que ha aprendido lecciones y regresa con una sabiduría duramente aprendida. Pero el filme hace hincapié en un aspecto en el que, al menos en mi lectura juvenil, yo no había reparado: el concepto antiguo de xenía, el contrato de hospitalidad entre anfitriones y viajeros, según el cual los primeros tienen la obligación de dar hospitalidad y protección a los segundos; y éstos, de no abusar de la generosidad del anfitrión y devolver el favor, si fuera el caso (es lo que en el filme llaman “la ley de Zeus”).

Ese es un punto central de La Odisea de Nolan. Cumplir con las leyes de la hospitalidad es un elemento nodal de la civilización griega (es decir, de la madre de la civilización occidental). Quien las desafía puede terminar pagando muy caro -como el cíclope, como los pretendientes-, pero, sobre todo, quien ya no se rige por ellas termina convertido en un bárbaro, en todo aquello a lo que teme una sociedad civilizada. La xenía es la que hace la diferencia entre una horda de salvajes y una colectividad que pretende la paz social.

La reflexión de Nolan, en boca de Odiseo (pero no de Homero, que yo sepa) es que la Guerra de Troya, con su crueldad, sus mentiras y sus trampas, convirtió a los civilizados griegos en salvajes. Eso, a pesar de que la guerra misma nació de una violación a la ley de los anfitriones (Paris que enamora y secuestra a Helena). Al romper la xenía, con el engaño del Caballo de Troya, con tal de ganar la guerra, los griegos se despojaron a sí mismos de su estatus civilizado. Sigue que todos los pueblos dejan de lado las leyes que permiten la convivencia humana. Al haber destruido la seguridad de los troyanos distorsionando las leyes de la hospitalidad, Odiseo pierde el derecho a llegar fácilmente a su hogar. Los dioses lo castigan con ese viaje terrible. Eso lo comprende sólo al final, al llegar al lugar de donde salió.

Uno no puede sino pensar en los ecos políticos que eso tiene en la actualidad. En Trump, por ejemplo. Un líder xenófobo, belicoso, nacionalista y más poderoso de lo que quisiéramos admitir. Un ejemplo de lo contrario a la xenía, pero no el único. O pensar en la ola de rechazo a los migrantes, o de repudio a los de otra tribu política, ideológica, nacional o religiosa: un mal social que abarca medio planeta, y que no se calma ni en los momentos de júbilo colectivo. Sirva como advertencia: pensando en que se vale de todo para “ganar”, nos estamos despojando de nuestra esencia civilizada. Eso vale para toda actividad humana. Vivimos una crisis de convivencia. Me parece -es mi lectura personal, al fin y al cabo- que Nolan nos envió un mensaje al respecto, basado en un texto de hace casi tres milenios.


miércoles, julio 08, 2026

Política y Mundial de Futbol

Van dos textos sobre futbol y políticos (gringos, casualmente)


Kissinger, realpolitik y futbol


Henry Kissinger, artífice de la política exterior estadunidense durante el gobierno de Richard Nixon, e influyente consultor de distintas administraciones de EU durante décadas, era un apasionado del futbol, deporte que practicó de niño en su natal Alemania. Fue el principal promotor para que Estados Unidos obtuviera la sede del Mundial de 1994 (e intentó infructuosamente ganarle a México la de 1986, luego del fiasco de Colombia como organizador designado). Creía que Estados Unidos no podía ser reconocido como potencia culturalmente integrada al resto del mundo, si no jugaba futbol, y utilizaba ese deporte como analogía de muchas cosas, entre ellas, la política exterior.

Según Kissinger, cada nación jugaba al futbol de acuerdo con su cultura. Así, por ejemplo, describía a la alemana como una selección que priorizaba la disciplina, la planeación estratégica y la organización colectiva. Decía que los alemanes tomaban el partido como una guerra en la que no daban cuartel, pero, si algo se les salía del guion, entraban en una suerte de crisis filosófica existencial.

Brasil, en cambio, era expresión de la creatividad individual, del gusto por el juego, del deseo por la estética (eran los tiempos, hoy perdidos, del jogo bonito), pero apuntaba que esos elementos hacían que a veces a los brasileños se les olvidara la importancia de ganar los partidos.

De Italia (aquella vieja azzurra del catenaccio) subrayaba el orden defensivo y una capacidad, que Kissinger definía como maquiavélica, para de repente romper líneas y anotar en una jugada directa, una suerte de blitzkrieg. De Francia, ponderaba su futbol elegante. De equipos africanos, como Camerún, decía que tenían instintos naturales de juego, pero que no intelectualizaban su estrategia. Y criticaba seriamente a Inglaterra, a la que acusaba de practicar un futbol anticuado (era la época de los ponchazos ingleses: largos balonazos a ser disputados), y de estar demasiado atados a la tradición.

En otras palabras, en la visión de Kissinger, cada nación practicaba el futbol dentro de su estereotipo cultural. Quería que Estados Unidos desarrollara su propio estilo, cosa que apenas está sucediendo tres décadas después.

Más interesante es la aplicación de las estrategias del futbol a la política. Para Kissinger, los deportes tradicionales estadunidenses eran mucho menos útiles para la estrategia política que el futbol. Tanto en el beisbol como en el americano los momentos de ataque y de defensa están cortados, claramente definidos, así que las posibilidades de pasar de la defensa al ataque son muy escasas e improbables (en el americano) o de plano nulas (en el beisbol). En el futbol, en cambio, el flujo permite que de manera natural puedas pasar de la defensa al ataque, e incluso utilizar a tu favor la ofensiva del adversario. Ahí, el político estadunidense encontró un ídolo y un ejemplo: Franz Beckenbauer.

Kissinger comparó abiertamente la política exterior que diseñó con el papel táctico de Beckenbauer, que revolucionó la posición de líbero. El Kaiser de la selección alemana era capaz de transformar una posición claramente defensiva en una de medio campo, idónea para orquestar un ataque profundo e inesperado. Según el político estadunidense, esa revolución, dirigida por los pies de un jugador meticuloso como Beckenbauer, fue lo que permitió que Alemania derrotara a un equipo técnicamente superior y estratégicamente innovador, como el holandés, la original Naranja Mecánica, en 1974.

El asunto era trabajar con eficiencia calculada. El concepto de realpolitik entendido como enfocarse totalmente en la victoria, enfatizando lo práctico, el control y el resultado por encima de lo que pudiera percibirse como justicia o por la estética. Entender los balances de poder, y actuar pragmáticamente y con flexibilidad, sin los corsets de la moralidad o la ideología.

Esa estrategia significaba cerrar los ojos ante actitudes contrarias a los derechos humanos, e incluso promoverlas directamente, porque la cuestión era derrotar a los rivales en la Guerra Fría. Y también significaba pasar por encima de pueblos enteros, si ello traía la victoria a su “equipo”. El apoyo a Pinochet para el golpe de Estado que instaló una feroz dictadura militar en Chile fue entendido por Kissinger como “un faul táctico”, el que hace el defensa a medio campo para evitar que la escuadra contraria tenga un avance peligroso (en este caso, que los socialistas pusieran un pie en América Latina, vista como el área que Estados Unidos defiende como propia).

Así, otros ejemplos futbolísticos que servían para justificar la estrategia de un personaje tan brillante como siniestro: el catenaccio para desesperar a las otras, múltiples, partes en las negociaciones de paz en el Medio Oriente; el uso de un jugador estrella, pero agresivo, para abrir -vía Pakistán- un camino hacia las relaciones con China; la presión constante a la salida: el manejo permanente de crisis como algo superior a una paz duradera… y un largo etcétera.  

Los tiempos han cambiado, tanto en el futbol como en la política global. Es hora de hacerse algunas preguntas: ¿Refleja el agresivo estilo de juego de la selección de Estados Unidos la idiosincrasia de ese país? ¿Cuáles son las fortalezas y las debilidades de ese estilo?

¿Y si hubiera que describir las políticas de Trump con una táctica de futbol, cuál usaríamos? Para la segunda pregunta, lo que es seguro es que la respuesta no pasa por aquellos corsets de moralidad e ideología que con gusto desechó la realpolitik de Kissinger.


Ganar por encima de las reglas




En 1934, Benito Mussolini solía cenar con los árbitros el día anterior a los partidos de Italia durante el Mundial de futbol realizado en su país. No ha trascendido el contenido de las conversaciones en esas cenas, pero hay un patrón de comportamiento. En los cuartos de final, el árbitro suizo anuló dos goles legítimos a España y la propia Federación Suiza terminó suspendiéndolo de por vida. En la semifinal, el árbitro hasta intervino con un cabezazo en medio de un contrataque de Austria. En la final, el mismo árbitro, antes del partido, hizo el saludo fascista ante el Duce y le perdonó un penal a Italia, que resultó campeón.

Estos datos históricos vienen a cuento para señalar que el actual no es el primer Mundial de futbol en el que interviene directamente un jefe de Estado para cambiar las condiciones a favor de un equipo de su país, como lo ha hecho, de manera descarada, Donald Trump. También sirven para decir que hay un tipo de líderes políticos que se inmiscuyen en todo lo que pueden, y que buscan ganar por encima de las reglas.

En el partido contra Bosnia-Herzegovina, el delantero estrella estadunidense, Folarin Balogun, fue expulsado por una fuerte falta. A todo jugador expulsado de un partido se le aplica una suspensión y no puede participar en el siguiente partido. La FIFA revocó la sanción y permitirá jugar al atacante de Estados Unidos. Trump presumió que eso lo logró él a través de una llamada a Gianni Infantino.

Ante la lluvia de críticas, el mandamás del futbol se defendió afirmando que el cuerpo judicial de la FIFA es independiente, pero la UEFA afirmó que “cruzó una línea roja”. En una declaración sin precedentes, señaló que “el futbol se rige por reglas que constituyen la base de una competencia justa, honesta y transparente. A veces, las reglas son susceptibles de interpretación. En este caso, no”. Siguió una llovizna de comunicados que muestra la diferencia de puntos de vista entre la FIFA y la UEFA.

Trump puede presumir de haber doblado a Infantino (otra vez, recuérdese la tibieza de la FIFA ante la discriminación sufrida por la selección de Irán), pero de esa forma mancha ante el resto del orbe cualquier logro futuro de la selección de su país en el Mundial. De paso, las declaraciones del presidente de EU demuestran que la organización mundial del futbol ha roto su propio reglamento, que prohíbe el involucramiento de la política en su toma de decisiones.

Pasar por encima de las reglas ha sido el comportamiento habitual de Trump durante sus dos presidencias. Su lógica es la de Humpty Dumpty, el personaje de A Través del Espejo: "Cuando uso una palabra, significa lo que yo quiera, ni más ni menos”, le dice el huevo a Alicia, para concluir “La cuestión es saber quién manda, eso es todo”.

Lo hemos visto en la imposición de aranceles y sus cambios a contentillo, en la restricción de visas a partir de la nacionalidad, en la forma de darle la vuelta a las determinaciones judiciales, en distintas intervenciones bélicas internacionales (“fáules tácticos”, diría Kissinger), hasta en las maniobras recientes para no firmar un tratado de libre comercio de mediano plazo para América del Norte. El autócrata hace sus reglas y rompe las ajenas sin pudor.

Detrás de ello está uno de los pilares culturales de los Estados Unidos del último siglo, resumido en la frase del legendario coach de futbol americano Vince Lombardi: “ganar no lo es todo, es lo único”. Aunque luego Lombardi dijo haber sido malinterpretado, el hecho es que entró en la psique estadunidense como el mantra de ganar a cualquier costo en una sociedad ultracompetitiva, que divide a la gente entre “ganadores” y “perdedores”. Trump siempre se refiere a sí mismo como un “winner”.

A diferencia de las amenazas personales, veladas o directas, de Mussolini, el método Trump consiste en chantajes, uso del poder económico de Estados Unidos como arma de extorsión, la manipulación de los hechos y la presunción de que la cancha de juego -en todos sentidos- no tiene por qué ser pareja. He aquí otra distinción clave qué hacer entre fascistas y populistas. Los primeros simplemente desprecian e ignoran las reglas; los otros las distorsionan a su favor, mientras aseguran que están haciendo justicia. No es solamente, ni principalmente en Estados Unidos donde está pasando esto: es una epidemia política mundial, a la que México no es ajeno.

Aceptando que la vida es competitiva, las democracias tienen reglas “que constituyen la base de una competencia justa, honesta y transparente”. Cuando desaparece la certidumbre sobre el uso de las reglas, cuando se utilizan resquicios legales para favorecer a unos sobre otros, se desmorona el pegamento que hace funcionar a las instituciones. Tal vez de eso se trata, de mandar a las instituciones al diablo para que impere la ley de quien detenta el poder.

En el partido de Estados Unidos contra Bélgica, el entrenador Pochettino decidió alinear a Balogun, que no hizo nada por el equipo de Estados Unidos, que fue humillado. De todos modos, a Infantino le tocará navegar, merecidamente, por aguas tempestuosas.


jueves, abril 16, 2026

(E)Lecciones húngaras


 

Las recientes elecciones húngaras han llamado la atención porque han puesto fin a 16 años de un gobierno populista y crecientemente autoritario, encabezado por Viktor Orbán y su partido Fidesz (Alianza Cívica), de ideología cristiano-nacionalista abiertamente derechista. Implican un cambio de balance en Europa, donde Orbán era una piedra en el zapato en la UE, por sus posiciones pro rusas. Pueden también ser un indicador de que el populismo está experimentando una regresión en la lógica del péndulo político. Y nos recuerdan que el populismo autoritario, a diferencia de una dictadura pura y dura, puede ser derrotado en las urnas.

Orbán llegó ser primer ministro húngaro en 1998, en una coalición de centro-derecha. En 2002 perdió las elecciones ante los socialistas, pero en 2010, aprovechando el descontento social provocado por la crisis económica ligada al shock financiero de dos años atrás, regresó al poder. Su ascenso significó el fin del gobierno del Partido Socialista Húngaro, organización socialdemócrata y pro europea.   

En 2010 el Fidesz se había radicalizado. Una parte importante del discurso de ese partido se fincaba en el nacionalismo extremo, con una xenofobia particularmente dirigida a los judíos, vistos como “especuladores extranjeros” y contra las elites de poder, que -en esa visión- eran encarnados por el financista húngaro-estadunidense George Soros. Fidesz y Orbán se presentaron como la encarnación de los deseos del pueblo trabajador húngaro.

Esa victoria fue arrolladora. Fidesz obtuvo la mayoría constitucional y Orbán la utilizó ampliamente. De hecho, se redactó una nueva Constitución, a la que se le hicieron cambios y adiciones según las necesidades del partido. Esto incluyó, entre otras cosas, la fijación de valores tradicionales y cristianos en la carta magna, una reforma judicial con la depuración de jueces desafectos al régimen y una serie sucesiva de cambios a la legislación electoral.

Entre estos últimos destacan, primero, la reducción del número de diputados (ahorro para el pueblo); después, el cambio en la proporción entre diputados de mayoría y de lista (menos pluris, más unis) y el rediseño a contentillo de los distritos electorales; finalmente, la “compensación al ganador”, mediante la cual los votos “sobrantes” de los ganadores de distrito pasan a engrosar a su partido en la elección plurinominal. Dichas reformas sirvieron para que el Fidesz mantuviera la mayoría constitucional calificada aun en elecciones donde obtuvo menos del 50 por ciento de los votos, como sucedió en 2018 y 2022.

Esto, más el control cada vez más estrecho de los medios de comunicación, y sumado a una política de subsidios directos a la población, permitió a Orbán presumir de una “democracia iliberal” que permitía su reelección constante. Su modelo fue visto como EL ejemplo a seguir por todos los populistas del mundo (muy abiertamente, por aquellos situados a la derecha del espectro político; en la práctica, también por los que se dicen de izquierda). Parecía que permitiría eternizarse en el poder a un personaje que llegó por primera vez a la jefatura de gobierno a los 35 años y que ahora tiene 62.

¿Qué pasó ahora? Hay al menos cuatro elementos que explican lo sucedido.

El primero es que cambió la oposición. En las primeras ocasiones, las victorias de Orbán fueron contra los partidos tradicionales que precedieron la victoria del Fidesz, ya sea los socialdemócratas o los conservadores liberales. Derrotó incluso, en 2022, a una suerte de “coalición arcoíris” de partidos unidos sólo por el antiorbanismo, y que tenía un candidato independiente. Ahora se trata de un partido, el Tisza (Respeto y Libertad), creado por un disidente del Fidesz, Peter Magyar, ex ministro de relaciones exteriores de Orbán.

Magyar se alejó del partido y de Orbán a partir del perdón concedido por la presidencia a un pedófilo, renunciando a los puestos que tenía en empresas estatales y denunciando la corrupción que había enriquecido enormemente a varios cercanos a Orbán (en el camino, su esposa, entonces a la cabeza del Ministerio de Justicia, perdió el puesto, y Magyar, su matrimonio).

El caso es que esta oposición no tiene grandes diferencias ideológicas con Fidesz, en el sentido de que es conservadora y nacionalista, pero centró su campaña en tres aspectos cruciales: una, el ataque al “Estado mafioso” de Orbán, hecho a partir de la detención de una cuota excesiva de poder y la defensa de los leales, sin importar qué delitos hayan cometido; la segunda, el compromiso de adhesión a la Unión Europea y de apoyo a Ucrania, tras la invasión rusa; la tercera, la propuesta de que nadie puede ser primer ministro por más de dos periodos (Orbán lo ha sido por cinco). Esto le bastó para hacerse del apoyo de electores de centro-izquierda y socialistas. También contribuyó que el Partido Socialista haya decidido no presentar candidatos y llamado a votar por Tisza: la prioridad era sacar a Orbán; eso es algo que difícilmente puede suceder en otros países con gobiernos populistas autoritarios.

Una característica de Tisza es que no intentó consolidar sus apoyos en las zonas que habían mostrado oposición a Orbán, tradicionalmente asentadas en las grandes ciudades, sino que hizo mucho trabajo de campo en las regiones donde Fidesz tenía una clara hegemonía: en los pueblos pequeños y en la campiña.

El segundo elemento es que el periodismo independiente de investigación, el poco que quedaba en Hungría, hizo su trabajo, documentando, por un lado, los múltiples casos de corrupción gubernamental y, por el otro, la relación de dependencia de Orbán respecto a Vladimir Putin. Puso el dedo en la contradicción entre los discursos nacionalistas y soberanistas del húngaro con su sumisión respecto al ruso… y los húngaros no olvidan la invasión soviética de 1956. El sentimiento antirruso ayudó a Tisza.

El tercer elemento es que la victoria de la oposición fue amplia. Durante el día de la elección, los medios públicos y los youtubers controlados por Orbán empezaron a hablar acerca de un fraude orquestado por los europeístas. Lo hubieran usado en caso de un resultado cerrado. Cuando se dieron cuenta de que la diferencia era muy grande, se quedaron sin palabras (porque sólo se sabían el guion).

El cuarto es que Orbán recibió el beso del diablo. Tal vez fueron tóxicos los apoyos que recibió de la ultraderecha europea, de Meloni a Abascal, de Le Pen a Wilders. Pero lo que acabó de estropearlo fue el espaldarazo de Trump y Vance, que no significan más que desprestigio.

A esos cinco elementos hay que añadirles una paradoja. La sobrerrepresentación que Orbán armó, con su reforma electoral, para consolidar un largo régimen del Fidesz, ahora ha pasado a Magyar y a Tisza, que tienen la mayoría constitucional para revertir los cambios antidemocráticos. Ojalá lo hagan.       

viernes, abril 10, 2026

Geopolítica (y maravilla) del regreso a la Luna


Uno mira a la Luna, piensa que en su órbita hay cuatro seres humanos, y se maravilla de ello. Luego se da cuenta que esa bonita sensación no la tenía desde hace más de medio siglo, y no le queda más que preguntarse por qué pasó tanto tiempo.

Fue tanto el tiempo, que perdimos varias cuentas. El vuelo de Artemisa II es la décima exploración tripulada que llega a la órbita lunar. Las otras nueve fueron del proyecto Apolo; la primera, en el lejanísimo 1968; la última, en el casi tan lejano 1972. De ellas, seis culminaron en alunizaje. La memoria no recordaba tantas.  

¿Qué fue lo generó ese hiato de más de 50 años? ¿Por qué hubo en Estados Unidos un frenesí de 31 misiones espaciales tripuladas entre 1961 y 1972? La respuesta está en la geopolítica. La Unión Soviética había sido la primera en lanzar con éxito a seres humanos al espacio exterior y demostraba, con ello, ser capaz de competir con Estados Unidos en lo que se consideraba era la punta de la tecnología.

El 12 de abril de 1961, Yuri Gagarin surcó el espacio; en junio de ese mismo año, John F. Kennedy propuso a Nikita Jrushov hacer un esfuerzo conjunto para ir a la luna, pero el premier soviético se negó. En el contexto de la Guerra Fría, aquello era un reto que, en palabras posteriores de Kennedy, “queremos aceptar, no estamos dispuestos a posponer, y pretendemos ganar”. Era, según las palabras del presidente de EU, una batalla entre “la ruta de la libertad” y “la ruta de la tiranía” para tomar el liderazgo en logros espaciales “que en muchas maneras es clave para nuestro futuro en la tierra”.

Pasó que Estados Unidos superó a la Unión Soviética en esa carrera; después, que la URSS colapsó, y que el programa Soyuz -diseñado originalmente para llevar cosmonautas a la luna- se convirtió en otra cosa: un mecanismo para transportar tripulaciones de diversas nacionalidades a las estaciones espaciales Salyut, Mir e ISS. Rusia tiene planes para reemplazar el Soyuz con un tipo de nave más moderno, el Orel, pero se tardarán, porque los esfuerzos financieros de Moscú están en la absurda guerra contra Ucrania.

La breve era de la hegemonía unipolar coincidió con el fin de la carrera espacial de naves tripuladas. Los esfuerzos se dirigieron más hacia la investigación del universo por sondas no tripuladas: Mars-Rovers, Cassini, el telescopio Hubble, que siguen los pasos del Voyager I (lanzado en 1977), el único objeto hecho por humanos que ha alcanzado el espacio interestelar.

¿Y ahora, por qué el nuevo impulso? Porque el mundo está dejando de ser unipolar. China alza la mano, y no sólo en cuestiones comerciales. Es el único país que ha logrado alunizar en el lado oscuro y traído muestras de esa zona, tiene su propia estación espacial (la Tiangong), ha lanzado su propio robot explorador a Marte y, en 2015, sus líderes declararon la intención de que sus taikonautas logren un alunizaje para 2030.

El programa Artemisa es la respuesta estadunidense al reto de la nueva potencia emergente. Empezó a desarrollarse durante el primer gobierno de Trump, y no se detuvo con Biden. No casualmente, tanto los americanos como los asiáticos se dirigen al mismo punto de la luna: el polo sur. Ahí pretenden alunizar. Sucede que, porque allí nunca toca el sol, existen depósitos de agua que facilitarían la construcción de una base permanente en nuestro satélite natural. Para allá van los dos. Estados Unidos no quiere perder la primacía y, por lo visto, todavía lleva ventaja.

Una primera pregunta es si el dedicar tantísimos recursos al armamentismo y a la guerra no le quitará esa ventaja a Estados Unidos, cada vez menos dispuesto -bajo Trump- a invertir en ciencia. Una segunda es, si, en vez de darse ínfulas de grandeza nacional, se buscara una cooperación internacional, qué tan rápido podría avanzarse en ese terreno del conocimiento y la exploración científica, y otras áreas ligadas a él.

Artemisa II ha devuelto a muchos la mirada científica hacia los cielos. No importa que el método de vuelo sea esencialmente el mismo de hace medio siglo (utilizar la gravedad de los cuerpos celestes como catapulta, tras un fortísimo impulso inicial) o que la velocidad y distancia máxima alcanzadas apenas sean marginalmente superiores a las de entonces. La mera idea de estar físicamente de vuelta es excitante. Además, es bonito el nombre: Artemisa era la hermana gemela de Apolo, en la mitología griega. Uno es el sol y la otra es la Luna. Apolo le dio nombre al tercer grupo de misiones tripuladas de la NASA, incluyendo la más famosa de todas ellas.

Mirar hacia arriba sirve también para darnos cuenta de lo pequeños que somos. Si la Vía Láctea tiene una circunferencia del tamaño de Estados Unidos (continental), nuestro sistema solar es del tamaño de un pulgar humano. El viaje a la luna es entre dos pliegues de la huella digital. La sonda Voyager I, la que más lejos ha viajado, apenas llegó a la muñeca de la mano: 22 horas luz. Y se ha tardado 49 años en hacerlo. Y la Vía Láctea es una entre billones de galaxias.

Pensar en eso debería darnos un escalofrío, como el que seguramente tuvo Galileo cuando vio, con su rudimentario telescopio, estrellas que eran invisibles al ojo humano desnudo, que existían sin que las viéramos. Tal vez entonces, cuando se dio cuenta, con toda claridad, de que el universo no estaba hecho por Dios para nosotros, entendió que escudriñarlo sería una tarea interminable y fascinante.  

jueves, enero 15, 2026

Inquietudes de un cuarto de siglo que termina

 


De repente uno se da cuenta de que el tiempo pasa a una velocidad creciente, porque ya pasó un cuarto del Siglo XXI. Uno voltea hacia atrás y entiende, asombrado, que ese cambio de siglo que alguna vez vimos como ejemplo del futuro, ahora pertenece, de plano, al pasado remoto.

Habrá quien diga que no, pero varios tenemos la impresión de que la vida ha cambiado de una manera más profunda en estos últimos 25 años que en otros lapsos similares. Han sido varios los ejes que han cambiado. Daré cuenta de algunos de ellos.

Hace 25 años había un optimismo, que hoy podemos calificar de ingenuo, marcado por el fin de la Guerra Fría. Ese optimismo abarcaba muchas áreas.

Se pensaba, por ejemplo, que las democracias en el mundo se ensancharían y se desarrollarían de manera estable, con partidos tal vez menos ideológicos que antes, pero todavía con programas específicos, ligados a sus orígenes de clase y con proyectos de futuro colectivo. También, que el crecimiento económico mundial en un contexto de paulatina globalización, aunque ya daba señales de ralentizarse, bastaría por sí mismo para continuar sacando a millones de la pobreza.

Se veía en el horizonte la culminación de un cambio schumpeteriano que ya estaba en curso: la disrupción tecnológica que desplazaría unas empresas y sectores dominantes por otros, con un cambio en los modelos de negocio; pero se suponía que sería más amable que el viejo modelo industrial, que sería más integrador y, hasta cierto punto, liberador. Se decía, por ejemplo, que el internet, porque trabajaba en redes y no de manera vertical, era más femenino, menos opresor. Tiempos remotos en los que el módem ocupaba la línea telefónica y sólo unos cuantos sabían qué había un buscador llamado Google.

Se sabía que la era unipolar, con el dominio claro de Estados Unidos, sería efímera. Pero lo común para los analistas era pensar que la principal competencia vendría de la Unión Europea, que estrenaba moneda única. Otros imaginaban una constelación de potencias intermedias e incluían a Japón, algunos a Rusia, muy pocos a China. Se preveía una era de estabilidad relativa.

Un cuarto de siglo después, lo que priva es el pesimismo (al menos en comparación: tal vez lo que haya hoy sea un realismo desencantado). Parte de ese pesimismo es un antídoto a los errores a los que condujo el optimismo. Otra parte, a que los cambios acelerados todavía siguen su curso, hay una gran incertidumbre sobre su rumbo final y, en el inter, a que las posibilidades de acción de ciudadanos y agentes económicos parecen cada vez más acotadas. A diferencia de lo que sucedía anteriormente, cuando las coordenadas ideológicas, con todo y matices, estaban claras, priva la sensación de que no vamos, sino que nos llevan.

Tenemos que, aunque se vota en cada vez más países del mundo, la democracia representativa no se ha fortalecido. Han surgido gobiernos populistas (faccionalistas, se sienten dueños de los derechos y las instituciones, retuercen el principio de mayoría para servir a un grupo, se hacen pasar como encarnación del pueblo y son, casi siempre, personalistas), que buscan perpetuarse en el poder desfigurando las democracias hasta dejarlas en la mera cáscara. Los hay que se dicen de izquierda y también hay de derecha: su común denominador es que se arrogan más representatividad de la que tienen, pasan por encima de los contrapesos que hacen posible la convivencia plural y buscan perpetuarse torciendo las reglas del juego democrático.

Esta tendencia está ligada a otras, que venían de tiempo atrás, pero se han consolidado en este siglo. Una serie de sustituciones: la pantalla sustituyó al libro y, de manera creciente, al periódico; la opinión medida en encuestas sustituyó a la opinión publicada; las redes sociales sustituyeron a la plaza, el influencer, al maestro. Más importante todavía, la política ya no se hace para convencer, sino para seducir.

Al mismo tiempo, se ha ido diluyendo las afinidades y organizaciones de clase social (¡ahora suenan tan siglo XX!), lo que ha impactado a los partidos. Estas afinidades están siendo paulatinamente sustituidas por identidades, con la característica de que, como cada persona tiene una identidad única (nacional, regional, étnica, lingüística, religiosa, de sexo y género, de preferencia sexual y un largo etcétera), acabamos teniendo una miriada de iniciativas enfocadas a la promoción de un interés grupal y, contemporáneamente, una pulverización de lo que antes eran las organizaciones políticas. Vivimos el reino de los partidos atrapatodo (y los que no lo son tendrán más dificultades para acceder al poder).

Por el lado económico, se hicieron evidentes tres cosas. La primera, que no bastaba el crecimiento para hacer un cambio notable en la disminución de la pobreza (menos, cuando se llevó a cabo una suerte de competencia entre varios países, entre ellos México, para ver quién ofrecía la mano de obra más barata). Esto tuvo, a su vez, consecuencias políticas.

La segunda, que la caída en la tasa de ganancia de las industrias tradicionales propició un exceso de capital, que fue en busca de rendimientos fáciles y, en ausencia de una regulación correcta, terminó creando burbujas especulativas que tronaron (fue el caso de la crisis del 2008) y afectaron todavía más el crecimiento económico posterior.

La tercera, que los cambios tecnológicos que definieron un reemplazo en los sectores que jalan a las economías y también en las élites empresariales, no fueron de terciopelo, ni liberadores, ni disminuyeron la opresión. Facilitaron la vida cotidiana en muchas cosas y la complicaron en otras (ándele, haga trámites burocráticos en línea). De manera paradójica, acercaron a las personas y dificultaron la socialización. Pero, sobre todo, incidieron de manera desigual, y no siempre positiva, en la formación de empleos productivos. Las nuevas generaciones viven el mundo del trabajo precario. Sumémosle los efectos que han tenido estos nuevos sectores dominantes en asuntos como el control de los datos de las personas y tenemos un coctel que a varios les sabe mal.

 

La desgracia de los tiempos interesantes

 

Una de las características de la economía que se aceleró en estos 25 años fue la globalización de la producción, que tuvo efectos positivos en el comportamiento económico general, pero que implicó algunas disrupciones sociales, que han tenido consecuencias.

La disgregación de distintas fases productivas en diferentes países implica un ataque patronal contra los trabajadores. La desarticulación del proceso productivo desarticula también al obrero colectivo, único capaz de presentarse como alternativa de dirección a la patronal.

Junto con ello, el proceso de cambio de los sectores productivos dominantes (las industrias tradicionales dan paso a las nuevas, guiadas por la informática) implicó un recambio en la clase trabajadora del mundo. Mientras que nuevas generaciones de técnicos especializados y trabajadores intelectuales ingresaron al mercado de trabajo en los países desarrollados, en los que se integraron de manera subordinada se dio un proceso de calificación parcial de la fuerza de trabajo, con su consiguiente abaratamiento relativo.

La lógica de no intervención económica del Estado, a su vez, provocó que muchas zonas industriales de los países ricos, otrora prósperas, tuvieran una baja sensible en el nivel de vida: los llamados “cinturones del óxido”.

El cambio de motores económicos implicó también un cambio regional, dentro de los países desarrollados, con la correspondiente atracción y expulsión de población, en migraciones tanto nacionales como internacionales. En busca de un mejor nivel de vida, habitantes de los “cinturones del óxido” se mudaron a zonas que prometían más prosperidad y un número creciente de personas de los países menos desarrollados, en donde se competía a partir de la baratura de la mano de obra, o de plano no había empleo, intentó pasar a las naciones ricas.

El optimismo de principios de siglo suponía que, a la globalización de la producción, el comercio y el consumo, terminaría correspondiendo una apertura gradual de las fronteras también para las personas. No fue tan claro. El capital y las mercancías tenían una movilidad cada vez más libre, pero el movimiento de las personas implicaba disrupciones en los mercados laborales difíciles de sostener políticamente.

Adicionalmente, la disminución de la fecundidad en la mayor parte del mundo contrasta con que el boom poblacional continúa en regiones como el África subsahariana, el Medio Oriente y Asia central. El menor nivel de escolaridad de las zonas que expulsan migrantes respecto a las necesidades de las que los podrían acoger, las diferencias culturales y las implicaciones políticas de tener sociedades con ciudadanos con plenos derechos conviviendo con grandes grupos de trabajadores que no gozan de todos ellos, en particular de los derechos políticos, crean un coctel complicado.

A eso se sumó otro factor importante en este cuarto de siglo que termina: la aparición, desde el atentado contra la Torres Gemelas, del terrorismo islámico como amenaza general para Occidente. Las tensiones bélicas, culturales y raciales han proseguido y no parecen tener final.

La combinación se traduce en: 1. La existencia de un sector de la población que se ha visto desplazado de antiguas seguridades: la del trabajo seguro y de por vida (ahora inexistente porque esa industria tradicional está a la baja, o precarizado por las nuevas condiciones laborales). 2. El miedo, ocasionalmente justificado, pero a menudo teñido de racismo, a que las diferencias culturales acaben con un modo de vida al que estaban acostumbrados. 3. El pulsante nacionalista, apretado por los políticos populistas de todos los colores, que tiene también un toque de nostalgia por un pasado que de todos modos no volverá.    

Finalmente, está el factor de la preponderancia de las nuevas tecnologías, que genera al menos tres fenómenos: una creciente desconexión física con los lugares de trabajo, una menor necesidad de fuerza laboral respecto al capital invertido y un nuevo tipo de educación real, en donde la pantalla está sustituyendo la interacción con el maestro y en la que la información puede correr sin verificación alguna.

Si los dos primeros fenómenos pueden provocar tensiones políticas y sociales, el tercero, el de la información y la educación, parece capaz de producir un cambio cultural de gran relevancia. La escuela tradicional es cada vez menos capaz de atender las necesidades y de formar a las nuevas generaciones, y está creando en ellas un malestar cada vez más evidente. Podría decirse que hasta similar al que desarrollaron sus padres, sobre todo en materia económica y de estatus social, al sentirse desplazados de las antiguas seguridades del siglo XX.

Podemos tener una idea más o menos clara de cómo serán los próximos motores, podemos atisbar y medio imaginar cómo se moverán las distintas economías del mundo en los próximos años, podemos -tal vez- conjeturar sobre cuál será el futuro inmediato de la inteligencia artificial. ¿Pero podemos saber cómo se desarrollarán las mentes y los corazones de los niños de hoy, adultos del mañana, si la escuela no cambia a fondo? Podemos encontrarnos con un mundo en el que unos pocos saben moverse y la gran mayoría está desconectada en todos los sentidos, aunque esté pegada a la red.

Nos tocaron y nos tocarán -desgracia china- tiempos interesantes.

 

Nuevos expertos extraviados

 

Ya comenté acerca de lo errado que estaba casi todo mundo, hace 25 años, sobre lo que sucedería en el primer cuarto del Siglo XXI. Ahora que está por terminar, lo lógico es que suceda lo mismo.

En estos 25 años, hemos visto una globalización de la producción, cambio de los sectores productivos dominantes (ahora es la telecomunicación y la informática), grandes migraciones, el fin de las antiguas seguridades económicas y culturales, para un sector importante de la población de los países del mundo.

En consecuencia, hemos vivido un renacer del nacionalismo, el surgimiento de nuevos populismos (disfrazados de muchos colores ideológicos, pero a final de cuentas todos conservadores y con tendencias autoritarias), acompañados de nuevas tensiones regionales y amenazas bélicas de todo tipo (cuando no, guerras genocidas).

Si uno se deja mover por la inercia, puede imaginar que en el cuarto de siglo que está por comenzar, esas pulsiones continuarán, y nos veremos en un mundo con más conflictos, más movido por el nacionalismo, tendiente al proteccionismo, menos democrático. Y con Estados más dispuestos a utilizar a su favor (a favor de los privilegiados políticos y/o económicos de la nación) una capacidad creciente de información sobre la población, para manipularla a placer. La cereza del pastel, que para 2050, en Cuba se alumbrarán con lámparas de queroseno y gobernará tranquilamente un sucesor de Díaz-Canel.

Ante esas visiones, que pueden tener algo de apocalípticas, habría que recordar que los expertos suelen extraviarse, y mirar al futuro con muy poca capacidad de ir muy lejos. Para ello, una anécdota personal. La relaté aquí.

En la primavera de 1988 me invitaron, de parte del Centro de Estudios Prospectivos de la Fundación Javier Barros Sierra, a un foro de “expertos”, que analizaríamos asuntos de política y de economía con una visión de futuro, rumbo al lejano 2010.

Cuando llegué a la reunión me encontré que había muchísimos pesos pesados, de todas las corrientes ideológicas. Había priistas, liberales, grandes empresarios e izquierdistas de todo tipo. Para dar una idea del grupo, baste decir que a mi lado estaba mi amigo Pepe Woldenberg, en la banca detrás de mí estaba Carlos Slim, y junto a Slim estaba Roberto Servitje.

Nos hicieron llenar un largo y divertido cuestionario, en el que se presentaban diferentes sucesos posibles (el crecimiento del PDM, una recesión mundial, una explosión en la central nuclear de Laguna Verde, etcétera), y teníamos que decir qué tan factible era el evento, qué tan deseable y cuándo sucedería, si es que pudiera suceder.      

Lo siguiente fue que cada uno pronosticara lo que iba a suceder en México y en el mundo en los siguientes 22 años, en temas políticos, económicos y sociales. Una tarea nada fácil, porque había que hacer acopio de imaginación. Al final, hubo una discusión colectiva sobre el futuro del país.

Me acuerdo de la pregunta del Partido Demócrata Mexicano porque supuse que iba a crecer rumbo al año 2000; también de que predije una recesión en los primeros años del siglo XXI y que fui de los pocos que creía casi imposible un accidente en Laguna Verde (habrá sido por mi confianza en los compañeros sindicalistas nucleares).

La parte difícil fue hacer la historia del México futuro, porque era obvio que habría varios caminos posibles, y no era sencillo adivinar. Dije, como casi todos, que en el próximo sexenio habría una exitosa renegociación de la deuda, pero en términos generales me fui por el camino lineal. El PRI perdía la mayoría absoluta en las presidenciales de 1994; para el 2000 ya no tenía el control de las cámaras y en 2006 las elecciones se iban a tercios. También dije que los sindicatos iban a perder mucha de su fuerza. Suponía que el bloque soviético se iba a integrar económicamente a Europa –las enseñanzas de mi maestro Riccardo Parboni-, pero no me imaginaba que iba a desaparecer o que Rusia tomaría otro camino. No me imaginé ni el Tratado de Libre Comercio de América del Norte, ni la rapidez con que se movería la globalización, ni la explosión del crimen organizado en México, ni muchas otras cosas.  

Y lo más interesante fue la discusión. En ella, la intervención memorable fue la de Adolfo Gilly. Dijo que era muy complicado hacer el pronóstico del México futuro porque la tendencia natural de uno es pensar linealmente. Y que tal vez éramos como un hipotético grupo de expertos en 1910, que hacíamos prospectiva sin darnos cuenta de que el punto de ruptura estaba a la vuelta de la esquina. De ahí pasamos a platicar acerca de las posibilidades de Cuauhtémoc Cárdenas, y Gilly decía, muy seguro, que superaría el 25 por ciento de los votos. A la mayoría de los asistentes ese porcentaje les pareció excesivo e increíble. Yo, que era de los optimistas respecto a Cárdenas y al futuro de la izquierda, en ese momento suponía algo así como 15 por ciento.

Adolfo Gilly tal vez exageraba, pero en el fondo era quien tenía la razón. El momento que vivíamos era de un cambio más profundo del que imaginábamos.

Tiempo después, los coordinadores del foro me enviaron un documento con los resultados de nuestras respuestas al largo cuestionario (éramos el tercer grupo de tres que se habían reunido) y, más tarde, un libro, redactado después de las elecciones de 1988, que se llama México hacia el año 2010: política interna, editado por Limusa (Dolores Ponce y Antonio Alonso, coordinadores).

De la revisión del cuestionario me impresionaron dos cosas. La sensación de que el PRI y el poder presidencial siempre estarían ahí, incólumes, por el paso de las décadas, y lo perdidos que estábamos respecto a muchas cosas. El grupo de expertos consideró más probable una explosión en Laguna Verde que la aparición de un grupo guerrillero en el sur de México (y, según mis cuentas, algunos de los que en 1988 lo consideraban indeseable, saludaron seis años después la irrupción del EZLN); consideró más posible una pérdida notable en el grado de seguridad alimentaria del país que un aumento sostenido de la inversión extranjera directa; que no imaginó jamás un incremento de poder del Congreso o de los gobernadores (es decir, que los imaginó siempre muy bajos).

El libro presenta varios escenarios posibles. Sólo en uno de ellos el PRI pierde el poder presidencial, pero lo recupera mediante la fuerza, no a través de las urnas. En ninguno se prevé una integración comercial como la que hubo; en tres de ellos –salvo el del golpe- el PRI se democratiza de verdad; en todos subsiste el bloque soviético, que en la realidad no duraría ni dos años. Y sus preocupaciones son en realidad de coyuntura: la obsesión con la deuda externa, la fuerza relativa de los sectores del PRI, el tamaño del sector público en la economía.

Éramos unos expertos extraviados.  Me pregunto qué sucedería hoy en un foro similar.

lunes, diciembre 08, 2025

Orientarse en un mar de dudas




Mientras leía el libro Mar de Dudas (Grano de Sal, 2025), de Carlos Bravo Regidor, me acordé de un espectáculo que presentó el italiano Giorgio Gaber hace casi medio siglo. Entre otros personajes, Karl Marx se le aparece a Gaber en un sueño, y le hace ver al protagonista que la necesidad de encontrar puntos fijos de dónde agarrarse es nociva. “¡Eso no es marxista!”, le responde Gaber. Marx ya no tiene la cámara fotográfica del siglo XIX, ahora filma la realidad, saca conclusiones y se va, sin revelar sus conclusiones. Al final del sketch, Gaber reflexiona: “A lo mejor, en unos diez años uno se levanta en la mañana y, sin saberlo, se encuentra en verdad sin burguesía, sin clases, sin patrones… pero más en la mierda que antes”. 


No han pasado diez, sino cincuenta años, las viejas certidumbres hace rato que desaparecieron y uno puede sentirse como en la reflexión de Gaber. No hay puntos fijos de los cuales agarrarse y el futuro se presenta nublado, a veces amenazador. Navegar la realidad en esas condiciones es difícil, porque no se divisan estrellas para utilizar el astrolabio. Pero es necesario, porque el tiempo sigue pasando y la realidad no deja de cambiar. Esa navegación es la que intenta Bravo Regidor a través de 14 entrevistas con distintos autores que analizan o comentan algunos de los más complejos problemas que vive la humanidad en estos tiempos. El propósito, empezar a esbozar un mapa que nos permita hacerlo. 

Ninguna de las entrevistas es improvisada, para todas Bravo Regidor se preparó acuciosamente. Y el orden en el que son presentadas en el libro también parece bien estudiado. Todas tienen su interés, pero, como era de suponerse, hay algunas que son excepcionales, algunas son inquietantemente provocadoras (la de Margaret MacMillan) y no falta aquella en la que la persona entrevistada demuestra sus límites y la miopía de su visión (Rebecca Solnit). No por sesgo de formación, sino porque considero que los cambios económicos tienen un papel determinante en la vida presente y futura de las sociedades, me hubiera gustado leer más entrevistas sobre ese tema (la de Branko Milanovic es muy buena, pero el tema económico da para mucho más). Paso a comentar las que me parecieron más interesantes. Otro tema que faltó para completar el mapa es el estado de la educación y su futuro. 

Daniel Innerarity, además de subrayar el fin de las certezas, hace reflexiones sobre la necesidad de gestionar nuestra “ignorancia irreductible” ante este mundo cada vez más complejo, y advierte de los peligros de caer bajo formas de dominio más sutiles de las que conocíamos, como el algoritmo de Google, porque, aunque podamos manejar la digitalización, o tengamos instrumentos financieros poderosos, no somos capaces de gestionarlos o de conocer su impacto en varias áreas de la vida. Innerarity lanza una advertencia en contra de quienes pretenden simplificar las cosas, ya sea reivindicando el pasado o afirmando que representan el avance mientras los otros son el retroceso, porque esa lógica no es compatible con la complejidad del mundo actual. No sirve para seguir adelante (y sin embargo, es la que ha ganado terreno en las últimas décadas).

Innerarity planta una semilla de duda, que irá creciendo en otras entrevistas: el cambio en la definición de la élite, que ahora ya no sólo económica o de poder; también es la del mundo del conocimiento. Los científicos, los cultos, los “sabihondos”, vistos como parte de quienes imponen sus puntos de vista y su lógica a las mayorías, que se resisten a ello.

Nadia Urbinati abunda en sus tesis sobre el populismo, como distorsionador y parásito de la democracia. La gran pregunta es cuándo el populismo deja de serlo y cruza la frontera de no retorno hacia la dictadura. La respuesta de Urbinati es la Constitución, porque el populismo en el poder lo que busca es cambiarla, y hacer que una mayoría circunstancial se haga definitiva. En la Constitución está el punto nodal.

Los populistas, dice Urbinati, “no pueden volverse un gobierno ordinario sin correr el riesgo de ser vistos como parte del stablishment”. De ahí que vivan en campaña permanente, y que usen al Estado para mantener unida a su coalición, “y eso crea corrupción, incompetencia, dificultades económicas, etc.” ¿Qué hacer ante eso? Hacer que sobreviva la disposición democrática y jugar el papel de Pepe Grillo con Pinocho: sembrar y sembrar semillas de conciencia en la opinión pública.

Sobre el qué hacer ante la erosión democrática, la politóloga colombiana Laura Gamboa, da algunas claves, algunas estrellas que aparecen en el cielo encapotado. En vez de centrarse en los regímenes, lo hace en las oposiciones. Estudia por qué las oposiciones fallaron en detener las pulsiones autoritarias en Venezuela y Turquía, mientras que pudieron revertirlas en Colombia y Polonia. Es algo que no tiene mucho qué ver con la fortaleza de instituciones y constituciones previas, y sí con las estrategias.

La conclusión de Gamboa es que las estrategias extrainstitucionales con objetivos radicales terminan siendo contraproducentes, que las estrategias con objetivos moderados contribuyen a salvaguardar el régimen democrático, que los contrapesos de todo tipo son importantes, que ganar tiempo es fundamental (porque el populismo necesita mantener una careta democrática) y que se requieren políticos profesionales que hayan sobrevivido a la caída de los partidos tradicionales. 

La de Iván Krastev era la única entrevista que yo había leído con anterioridad. En el contexto del libro resulta más rica, entre otras cosas porque las muchas preguntas que se hace tienen mejor contexto tras leer las otras entrevistas. Tocaré cuatro puntos. Uno es la idea, a contrapelo de Hobsbawn, de que en realidad vivimos apenas el fin del Siglo XX largo, precisamente porque está empezando algo muy distinto. Otro es la importancia de las protestas, más allá de las elecciones, porque son las que meten los temas a la palestra. Un tercero es que lo que hoy predice la adscripción geopolítica de un Estado no es su comercio, sino con quién comparte los datos. Finalmente, que “el ‘fin de la historia’ convirtió el tiempo en espacio” (o viceversa): emigrar para llegar al “futuro” y votar por la derecha populista para regresar al pasado.

El libro da para pensar y para imaginar. Deja muchísimas más inquietudes. Reseño solamente algunas. Una es que, cuando la pandemia, varios dijimos “esto va a cambiar muchas cosas” y luego medio nos acomodamos sin ahondar lo suficiente. El hecho es que sí las cambió, y lo sigue haciendo. Otra, recordarnos  que quienes se sienten “perdedores” no confían en las instituciones, y que esa sensación (sentirse ganador o perdedor) suele cambiar en el tiempo. Una más, que la indignación no tiene color político. Finalmente, que el pasado no regresa y hay que mirar hacia adelante. Sigue la travesía. 


martes, julio 08, 2025

A 25 años: Fox y las limitaciones de la alternancia democrática


Ha pasado un cuarto de siglo, 25 años. El 2 de julio de 2000, Vicente Fox, candidato del PAN y (no olvidemos) del PVEM a la Presidencia de la República, ganó las elecciones federales. Casi todos los mexicanos de aquel entonces no habían conocido, a nivel nacional, otro gobierno que no fuera el del PRI y sus antecesores directos. Muchos consideraron que esa elección, con campañas equitativas y en la que los votos contaron y se contaron, era la culminación de la transición democrática que, por etapas, México había vivido en las décadas anteriores.

Fox había hecho una campaña inteligente, presentándose como un hombre recio y decidido a sacar al PRI de Los Pinos. Como novedad, su campaña fue más de sensaciones y esperanzas que de propuestas. Mientras Francisco Labastida, el gris candidato priista, hablaba de polos de desarrollo y cosas por el estilo, Fox era identificado por el “¡Hoy, hoy, hoy!” y por el “México ya”, que pintaban un cambio inmediato, sobre todo en el ánimo de la población. Sus propuestas se asemejaban a las cuentas del Gran Capitán: crecimiento de 7 por ciento anual, paz inmediata en Chiapas y fin de la corrupción. Fueron suficientes, en parte por el hartazgo hacia el PRI y en parte como castigo al “error de diciembre”, que generó una crisis económica al inicio del gobierno de Ernesto Zedillo; pero también porque eran una nueva forma de comunicación política: cosechar sobre las esperanzas de cambio.

Antes de la toma de posesión, que sería en diciembre, Fox dio señales esperanzadoras. Por una parte, vendió la idea de que su equipo no iba a ser predominantemente partidista, sino que escogería a los mejores en cada ramo; por otra, sus colaboradores armaron una iniciativa de ley para garantizar la paz en Chiapas. También logró que dos de los candidatos presidenciales perdedores, Gilberto Rincón Gallardo y Porfirio Muñoz Ledo, aceptaran colaborar de alguna manera con su gobierno.

Pero si hemos de pensar, a posteriori, en señales reveladoras, tal vez habría que escoger la anécdota de unos días antes de la elección. La noche del 29 de junio, un grupo de panistas esparció en Periférico y Viaducto los "aromas del cambio", en referencia a las promesas de su candidato. Esos aromas venían en forma líquida: fragancias mezcladas con agua. Se hizo un batidero, 16 automóviles derraparon y chocaron, y se tuvo que cerrar el Periférico por cuatro horas para limpiar el asfalto.

El gobierno de Fox no se distinguió por ser represivo y buscó el diálogo con otras fuerzas políticas. Su principal problema fue aterrizar acuerdos parlamentarios duraderos sobre los temas principales, dado que la alianza PAN-Verde no tenía mayoría en ninguna de las dos cámaras. En eso, mucho tuvo que ver el hecho de que, tras su inopinada derrota, el PRI se dividió en dos mitades prácticamente iguales, y no era sencillo negociar con ellas: si una decía que sí, la otra decía que no. El PRD, en tanto, estaba instalado en la oposición dura y fueron pocos los acercamientos.

Más tarde, junto con presuntos aciertos, no capitalizados, como el de los videoescándalos, vendrían costosos errores. Uno fue la negociación por cuotas para la recomposición del Consejo General del IFE; el nuevo resultó de mucha menor calidad técnica y política que el anterior, especialmente en la presidencia. Otro, el manejo de los terrenos de Atenco para la construcción del nuevo aeropuerto, en el que se hicieron evidentes el poco conocimiento de la realidad social y del manejo político de los ejidos de parte del gobierno panista. Finalmente, el intento de desafuero a López Obrador que, sin estar bien atado en lo político, lo único que logró fue engrandecer a nivel nacional la figura del jefe de gobierno de la capital. En ese contexto, los dislates verbales de Fox en la última parte de su gobierno sólo son la cereza del pastel.

En mi opinión, el momento clave del sexenio foxista -y tal vez del primer cuarto del siglo XXI en México- fue cuando, por razones de equilibrio fiscal, a mediados de 2001 se decidió reducir el subsidio a la leche distribuida por Liconsa y, por lo tanto, aumentar su precio. El entonces jefe de gobierno capitalino, Andrés Manuel López Obrador, aprovechó la circunstancia para contrastar la política social: el gobierno de la ciudad cubriría lo que el gobierno federal dejó de subsidiar. El efecto fue que el político tabasqueño aumentó su popularidad y subió a la palestra nacional. Luego vendrían la pensión a los adultos mayores y todo el discurso que la acompaña.

Ese momento es parte integral de una visión del gobierno de Fox, en la que la política social se supeditó siempre a una política económica centrada en el mantenimiento de los equilibrios fiscales. Al mismo tiempo, se mantuvo un desprecio evidente a las políticas comunitarias de los programas sociales de los gobiernos priistas que lo antecedieron. En salud pública, el gobierno foxista tuvo el éxito de crear el Seguro Popular, que sería más desarrollado posteriormente; en educación, la escasez de recursos públicos para los niveles medio y superior se tradujo en la proliferación de preparatorias y universidades patito, de carácter privado, que a menudo dan un sucedáneo de formación y resultan en una simulación con altos costos sociales.

El corset presupuestal autoimpuesto también tuvo efectos en la inversión pública, que se redujo en proporción del PIB respecto a sexenios anteriores y que terminó por traducirse en un crecimiento económico muy inferior al pronosticado. Aumentó el desempleo y creció el empleo eventual, informal y precario. Los salarios contractuales reales crecieron 1 por ciento en todo el sexenio, y los salarios mínimos reales, partiendo de una base muy baja, aumentaron 2.5 por ciento. En otras palabras, el grueso de la población quedó al final como estaba al principio.

Al final del sexenio, y a pesar del nulo manejo político de parte de la presidencia del Consejo del IFE en las elecciones de 2006, la democracia en México parecía asentarse. Había cierta paz social, primaba el diálogo público y varias instituciones autónomas se fortalecían. Pero ya estaban sentadas las bases para el asalto populista destinado a desnaturalizarla. Basta con revisar los datos económicos y sociales. Metas ambiciosas, promesas incumplidas, resultados desilusionantes. Desde entonces hubo alguien que, tenaz, supo cosechar de esos errores: desgraciadamente, fue para guiar al país hacia atrás. Ahora México corre, acelerado, hacia una versión recargada del viejo sistema que se creía acabado hace 25 años.


jueves, abril 24, 2025

Francisco y el péndulo vaticano


Ha muerto el Papa Francisco, el primer papa latinoamericano. Fue un pontífice con el que incluso muchas personas no católicas o no creyentes lograron encontrar una sintonía.

Francisco fue un papa relevante porque significó un cambio de rumbo progresista en el movimiento pendular de la Iglesia Católica y porque tendió puentes donde antes no los había. Al mismo tiempo, los cambios que logró fueron menores respecto a las necesidades de puesta al día de la Iglesia.

Debo confesar que tengo cierta debilidad por el papa Bergoglio por dos razones. Una es frívola: aposté por él (y perdí) desde las quinielas del cónclave que eligió a Benedicto XVI. La otra es más de fondo: porque era jesuita y conozco, por formación, algunos conceptos básicos que manejó la Compañía de Jesús, especialmente en América Latina, que se me hacen los más positivos o menos perniciosos dentro de la Iglesia Católica (a veces son hasta poéticos). En particular, la idea de ver a Jesús en cada uno de nuestros semejantes, sobre todo en aquellos que sufren por la pobreza, la discriminación o la persecución. Lo contrario, al menos en propósito, a la Iglesia rígida, ritualista y al servicio de los poderosos que era, y sigue siendo, la norma.

La llegada de Bergoglio al papado significó un cambio de eje respecto al papa Ratzinger, más interesado en temas de doctrina, y quien, autocríticamente, se había declarado incapaz de hacer la limpia necesaria en una institución que se había (re)convertido en un bastión del conservadurismo mundial y en una suerte de corporación multinacional, al tiempo que se movía hacia posiciones carismáticas, ajenas -al menos a mi entender- al espíritu del catolicismo.

Y es que hay que entender que, si en un lugar funciona la llamada “ley del péndulo político” es en el Vaticano. A un papa extremamente conservador (Pacelli, Pio XII), siguieron uno reformista (Roncalli, Juan XXIII), otro que consolidó las reformas (Montini, Paulo VI) y uno más, aparentemente progresista (Luciani, Juan Pablo I), que duró muy poco, para luego dar paso a otro papa, claramente conservador (Woytila, Juan Pablo II), que le dio un vuelco muy relevante a la institución, retrocediéndola. Woytila, a su vez, fue seguido del tímido, pero responsable Ratzinger (Benedicto XVI), quien buscó ser sucedido por el papa progresista que acaba de morir.

El papado de Woytila fue enormemente influyente. El papa polaco había entendido, por su historia individual, al catolicismo como resistencia al ateísmo y lo que le interesaba, en primer lugar, era ayudar a acabar con el comunismo de corte soviético. Le tocaron la caída del Muro y la ilusión de un mundo capitalista unipolar, con el regreso al primado del mercado. Aprovechó su carisma personal para reiterar las posiciones más tradicionalistas de la Iglesia, para dar pie a movimientos carismáticos en la Iglesia, que buscaban más influencia política (traer “el reino de Dios” a la Tierra) y para favorecer a las congregaciones conservadoras, mientras intentaba aislar a las progresistas (que, en su visión, coqueteaban con el comunismo).

Eso también se vio en Roma misma. En tiempos de Montini uno podía ir a una iglesia menor y encontrarse al Papa oficiando misa, o ir a la Basílica de San Pedro y pasar tres veces por la Puerta Santa para supuestamente sumar indulgencias. Los funcionarios del Vaticano tenían tipo de curas de pueblo. En tiempos de Woytila, se había desatado el turismo religioso, uno veía en San Pedro grupos fanatizados y abundancia de banderas nacionales, como en un estadio, la venta de indulgencias estaba a tope y los funcionarios de la Santa Sede se paseaban con trajes a la medida y portafolios Hermés, donde guardaban quién sabe qué documentos. Eso sí, había mucho más gente. Un éxito comercial.

Con Juan Pablo II, la Iglesia Católica perdió muchos creyentes en Europa Occidental, pero los ganó en otras regiones, a pesar de que era claro el desinterés por la suerte de los vulnerables. Ratzinger intentó evitar la sangría, pero no pudo, porque ya habían explotado los escándalos de pederastia que fueron escondidos durante el papado de Woytila (y sus antecesores). Tocaba a Francisco tratar de deshacer esos entuertos.

¿Pudo Bergoglio deshacerlos? Podemos decir que lo intentó, tomando en cuenta que heredó una Iglesia profundamente dividida. Lo intentó con una limpia de la curia, que estaba plagada de escándalos, financieros y de otro tipo. Lo intentó con una actitud más firme ante los abusos sexuales de parte de sacerdotes. Lo intentó con una tímida apertura hacia las mujeres y los gays. Lo intentó negociando para abrir a China al catolicismo. Lo intentó moderando, no el lujo, sino el boato que caracterizaba a la Santa Sede. Y lo intentó con una retórica a favor de la paz, de la aceptación de la diversidad, de los derechos de trabajadores y emigrantes, e incluso con advertencias sobre el cambio climático. 

En los intentos de Francisco, lo más relevante fue que hizo algo de limpieza en su casa e hizo también que millones de católicos en el mundo reflexionaran sobre sus dichos acerca de la paz y la defensa de los débiles. No lo hizo sin oposición, particularmente la que provenía de importantes prelados conservadores estadunidenses, quienes lo criticaron abiertamente.  Uno se queda con la sensación de que Bergoglio pudo y debió haber hecho mucho más, pero ya sabemos que es fácil ver los toros desde la barrera.

¿Cómo podremos valorar su legado? Mucho dependerá de quién sea su sucesor, de cómo se mueva el péndulo. La mayoría de los miembros del Colegio Cardenalicio fueron elegidos durante su papado. ¿Habrá continuidad? ¿Una solución de compromiso para mantener la unidad? ¿Habrá otro movimiento pendular, ahora que la derecha en el mundo recobra fuerzas? ¿Razonará la Iglesia pensando en el largo plazo o en la coyuntura? Eso lo sabremos en un tiempo. 


lunes, abril 14, 2025

La decadencia del Imperio Americano


He escrito que “el gobierno de EU está en la tarea suicida de destruir el orden económico mundial de la segunda posguerra, que fue lo que lo convirtió en potencia hegemónica. Mientras hace eso, China decide aliarse comercialmente con enemigos políticos, como Japón y Corea del Sur, en pos de continuar su discreta búsqueda por ocupar el lugar que ha tenido Estados Unidos por casi un siglo”. Al día siguiente, Donald Trump anunciaba la “liberación americana” con una serie de aranceles a casi todas las naciones del mundo, con lo que confirmaba el propósito suicida de la hegemonía estadunidense.

Revisemos. Tras la II Guerra Mundial, los acuerdos de Bretton Woods establecieron un nuevo sistema financiero y monetario internacional, cuya intención era crear un sistema estable que favoreciera el comercio mundial y terminara con el proteccionismo que caracterizó el periodo de entreguerras y que contribuyó a la Gran Depresión económica mundial de 1929-33. Parte de la lógica de ese sistema era que Estados Unidos podía tener constantemente un déficit de cuenta corriente, que el resto del mundo financiaba –a través de la acumulación de reservas en dólares-, mientras que las demás naciones se veían obligadas a cuidar el equilibrio en su balanza de pagos. En otras palabras, que los estadunidenses podían vivir por encima de sus medios, porque las demás naciones financiaban su déficit comprando bonos del Tesoro.

En el orden de la inmediata posguerra, las naciones industrializadas (pero afectadas por la guerra) tenían que construir economías jaladas por las exportaciones, EU podía basarse en su demanda interna -con crecientes importaciones e inversiones en el extranjero, además-, y las naciones “en vías de desarrollo” optaban por la sustitución de importaciones: exportar materias primas y poner aranceles o cuotas a productos industriales importados para sustituirlos con bienes producidos por la industria nacional. En la medida en que esas naciones lograron industrializarse -como es el caso de México- fueron también abriendo sus economías.

Ese sistema permitió que el capitalismo mundial viviera décadas de prosperidad más o menos compartida: altas tasas de crecimiento económico estable, combinadas con una mejoría en la distribución del ingreso (si la vemos históricamente). 

El resultado de pleno empleo generó presiones salariales, que tuvieron dos reacciones. Una fue la disminución de las inversiones, que servía para crear el desempleo necesario para hacer manejable el mercado laboral. Pero esto se tradujo, sucesivamente, en freno al crecimiento económico y en inflación. La otra fue estrictamente política: la derecha encontró una puerta, a través del monetarismo, el Consenso de Washington y el aplastamiento de los sindicatos, para que la economía volviera a crecer, esta vez bajo condiciones sociales excluyentes y en otro ambiente financiero. Es lo que han dado en llamar “neoliberalismo”.

La falta de regulaciones al capital financiero llevó a la crisis del 2008, que se ha traducido en pequeños intentos de reforma, menores tasas de crecimiento, mayor desazón política y social y cambios en los sectores que jalan a las distintas economías.

Aun cuando la politización del mercado es solamente implícita, en realidad los comportamientos económicos derivan de las reglas fijadas por la potencia hegemónica. En este caso, Estados Unidos.

Ahora Estados Unidos quiere cambiar las reglas, con la malhadada idea de que el déficit comercial -que es precisamente lo que permite a sus ciudadanos vivir por encima de sus medios- es un cáncer que afecta su productividad y empleo, y que los países que tienen superávit se aprovechan de los EU. Ahora resulta que los estadunidenses son las víctimas de las reglas que ellos mismos impusieron, que dieron resultados positivos y que les han permitido, por tres generaciones enteras, gastar más de lo que generan.

Hay cosas curiosas en el asunto. Una es que, en el fondo, la idea de Trump es que Estados Unidos sustituya importaciones, como si fuera país en vías de desarrollo de la segunda posguerra. El mensaje es: si quieres vender productos industriales a EU, tienes que abrir fábricas en EU. Eso implica pensar que esa nación requiere reindustrializarse, cuando sus ventajas comparativas están en otro lado: el de la tecnología digital. Otra, que la intención sea política: tratar de complacer a la base electoral con la oferta de que habrá muchos empleos disponibles para gente con sólo estudios de High School. La tercera, es que hace eso aliado, precisamente, con los multimillonarios de las nuevas tecnologías, que son quienes menos necesitan esa reindustrialización (pero que tienen otras prebendas a cambio).

Lo grave es que, si, en la extraña búsqueda de una reindustrialización, la potencia hegemónica cambia sus reglas, atacando a sus aliados (y de paso, perdonando a Rusia), difícilmente va a poder imponer las nuevas reglas. Cuando las alianzas no están basadas en acuerdos, sino en chantajes, y desaparece la confianza, están destinadas a no prosperar. 

La política arancelaria de Trump y su aislacionismo tienen como efecto inmediato una disrupción en las cadenas de valor y de producción de todas las economías del mundo. Terminan con una serie de certidumbres que dieron el piso mínimo para que las inversiones fluyeran y las economías funcionaran. Afectan el funcionamiento de la economía global.  

Nadie gana con estos aranceles. Y mal hacen los políticos que creen que haber esquivado un golpe equivale a haber ganado: eso se llama perder menos, pero es perder de todos modos. De poco sirve intentar tapar el sol con un dedo.

En el corto plazo, Estados Unidos perdió el papel de socio confiable. Es particularmente difícil para las naciones, como México, que tienen gran interdependencia con EU, agarrarse a ella como clavo ardiente, porque, por el momento, no les queda de otra. Difícil también, porque, en el mediano plazo, EU va a salir debilitado de este lance y será necesario -insisto- deslizarse, diversificar el comercio, buscar lazos más estrechos con socios más fidedignos. 

Trump olvida que, cuando EU pudo poner condiciones al resto de naciones, acababa de ganar una guerra mundial y su PIB era el 50% del PIB mundial. Ahora es del 16%, a paridad de poder de compra. No podrá imponerlas esta vez, y menos comportándose como chivo en cristalería. Es el síntoma de la decadencia del Imperio Americano. 

Es posible que, ante las primeras reacciones de los mercados y las protestas de algunos empresarios, el presidente de Estados Unidos trate de moderar su estrategia. Pero es improbable que lo haga en serio. No es su estilo. Lo más que podemos esperar son nuevas posposiciones sobre la puesta en vigor de los aranceles, y eso sólo servirá para abonar a la incertidumbre, y extender la idea de que no se puede contar con un socio que cambia de pareceres sobre la marcha.