jueves, diciembre 21, 2023

Los diez deportistas mexicanos de 2023


1. Osmar Olvera
2. Alejandra Valencia
3. Checo Pérez
4. Carlos Sansores
5. Emiliano Hernández
6. Randy Arozarena
7. Kenia Lechuga
8. Randal Willars
9. Santiago Giménez
10. Nuria Diosdado 

domingo, diciembre 10, 2023

¿Qué hizo votar a los argentinos por Milei?

¡Qué pudo haber hecho que los argentinos votaran mayoritariamente por el estrafalario y peligroso Javier Milei? Van algunas hipótesis.

 

“Es la economía, estúpido”, decía el slogan de la triunfante campaña de Bill Clinton. Aquí también lo fue. Pero no por las propuestas alucinadas de Milei (que comentaremos), sino por la situación del argentino medio.

De entrada, es difícil vivir con una inflación del 142% anual y cada vez más acelerada. Las nuevas generaciones mexicanas no lo vivieron, pero salir a la calle sin saber cuánto van a costar las cosas, desde la despensa hasta las medicinas o los pañales, es complicado, y más cuando se tiene un salario fijo que nunca llega a la quincena. Peor, endeudarse con una compra, si las tasas de interés superan el 160%, como allá. Tampoco es fácil invertir: primero porque no hay liquidez; en segundo lugar, porque la incertidumbre sobre costos y precios futuros es enorme.

Agreguemos a eso que la economía no está en recesión, sino en clara depresión: una baja de casi 5% anual, que implica menor creación de empleos. Tan es así que mucha gente ya ni busca trabajo, que la economía informal ocupa a casi la mitad de la población y que, según los datos oficiales, 40 por ciento de los argentinos vive en la pobreza. Una proporción cada vez mayor vive exclusivamente de las ayudas del Estado. La depresión no es reciente: lo normal en los últimos años en Argentina es que la economía decrezca. Hay diez paridades diferentes del dólar, que sube y sube, y sólo algunos pueden acceder a las preferentes. Y no es nada más que el dólar esté caro: es difícil de obtener.

En resumen, la economía va para abajo en todo, y los empleos y salarios están precarizados (salvo para aquellos que están en sindicatos protegidos por el gobierno), sobre todo para los jóvenes.

Y en medio de todo eso está un sistema financiero que se quedó anclado en los años ochenta del siglo pasado. El Banco Central de Argentina en los hechos no es autónomo, sino que trabaja “en el marco de las políticas establecidas por el gobierno nacional”, y además tiene la obligación de financiar al Tesoro con el propósito de pagar deuda. De hecho, una parte del equivalente al encaje legal (la parte del capital que depositan obligatoriamente los bancos comerciales) ha ido a financiar gasto público. Y otro hecho es que las reservas del banco alcanzan apenas los 20 mil millones de dólares, cuando hay una deuda inmediata a pagar de 44 mil millones. Como México en tiempos de López Portillo. O peor.

A la economía hay que sumarle otras cosas. Por ejemplo, “la grieta”, que es la división entre los peronistas y los opositores, fomentada por muchos años en el poder, por los propios peronistas. La Patria contra la antipatria. La idea de que un no peronista es un antiperonista encubierto. La exigencia, por un lado, de lealtad absoluta a los líderes; o, por el otro, de crítica absoluta al gobierno. La ausencia de espacio crítico o deliberativo, condenado por “carnero”, por esquirol. Pocos le creyeron a Massa cuando declaró, una década después, que la grieta había terminado y que gobernaría para todos.

Además, otros dos factores. Uno es el sueño del nuevo pobre, generado a partir del mito de que alguna vez se fue muy rico. Extrañamente, y ha de ser porque tiene éxito en el imaginario colectivo, los políticos de ese país hablan de la “Argentina potencia mundial”. Ya Milei prometió que volverían a serlo.

El caso es que, según las mediciones de Angus Maddison, Argentina fue el país con el mayor PIB per cápita en el mundo en los años 1895 y 1896. Hace trece décadas. El problema es que esas mediciones se basan en estimaciones muy genéricas, y posiblemente imprecisas. Pero sobre todo que sólo mide el PIB per cápita, que Argentina era entonces un país muy poco poblado y que todo derivaba de los ingresos por las exportaciones agropecuarias. No era una nación industrial, sino un exportador de materias primas que, por lo tanto, dependía enteramente del precio de las mismas. Sin embargo, esa idea de que alguna vez fueron la Gran Potencia está inscrita en el imaginario colectivo.

El segundo, es el nivel real del capital humano. Puede parecer un dato menor, pero Argentina quedó muy por debajo de México en las pruebas PISA, y eso que México anda mal. El nivel de sus estudiantes está entre el de Ecuador y el de Honduras, para darnos una idea. Hay, entonces, una disociación entre el nivel real y el nivel autopercibido.

Tenemos entonces una economía hecha un desastre, una juventud con pocas expectativas, una sociedad polarizada, sueños históricos de grandeza y poca comprensión de lectura. Aparece un charlatán que aúna a su narcisismo y vulgaridad y a sus ataques a las instituciones y la prensa, un lenguaje con un montón de terminajos económicos que, si uno está desesperado y no tiene ni idea de economía, puede hasta sonar razonable. Milei habló como si supiera, y le creyeron.

Sumémosle otros dos elementos. Uno es la capacidad histriónica de Milei. Lo mismo que asusta a las personas razonables, puede parecer atractivo y hasta cool a otros. “Se parece a Wolverine, es un antihéroe”.

Milei está lejos de eso. Sus propuestas de desarticular el Estado y de privatización salvaje no pasan por el principal problema que ha tenido Argentina, que es la falta de acuerdos sobre la distribución del ingreso. El mandatar al mercado (como si fuera perfecto) lo único que traerá son más desequilibrios sociales. El banco central necesita una redefinición, no su destrucción: requiere ser de verdad autónomo. Paradójicamente, eso sólo puede lograrse domando primero la inflación, como sucedió en México en los años 90. La dolarización de la economía es un mito, sobre todo cuando no hay dólares. No digamos ya que implica ceder la autonomía monetaria a otro país. Le resultará difícil lograr todos sus objetivos, pero hará una destrucción institucional en el intento.

En fin, una receta para el desastre social, para la continuación de los problemas políticos y para la alimentación de la incertidumbre sobre el futuro.