Mostrando las entradas con la etiqueta Italia. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Italia. Mostrar todas las entradas

lunes, junio 19, 2023

Silvio Berlusconi, pionero del neopopulismo



Estoy ungido por el Señor”

Mi valentía está fuera de discusión, mi sustancia humana, mi historia, los otros se la sueñan”

Silvio Berlusconi

Ha muerto Silvio Berlusconi, un personaje que cambió la política italiana, que influyó grandemente en su cultura social y que prefiguró el auge del nuevo populismo del siglo XXI.

La carrera de Berlusconi se desarrolló, al menos, por tres carriles. Uno, como hombre de negocios salido aparentemente de la nada, que se convirtió con los años en la persona más rica de Italia; otro, como político astuto, que supo entender el momento para hacerse del poder, al que se aferró lo más que pudo; y un tercero, como personaje, como una suerte de showman, capaz de sacarle jugo a sus numerosos escándalos. Y si una cosa no tuvo en ninguno de esos tres carriles fue escrúpulos.

En esa carrera, al tiempo que supo interpretar a una parte de la población italiana, fue motor de transformaciones que dañaron las instituciones, que no funcionaron en materia económica y, sobre todo, que deterioraron la convivencia política.

El primer carril es el del hombre de negocios. Berlusconi pasó rápidamente de ser un abogado de clase media a dueño de una de las primeras televisiones privadas de Italia, ayudado con palancas políticas y créditos poco explicables (por bancos que luego fueron asociados con la mafia).

Como empresario televisivo, Berlusconi fue un éxito: su modelo comercial, en el que se venden audiencias y no programas, generaba una televisión que contrastaba con la RAI, la televisión pública italiana. Los canales de Mediaset no le hacían el feo a la telebasura más divertida, con formatos que innovaban la manera de hacer y de ver TV. Junto con algunos programas memorables e iconoclastas, desarrolló gran cantidad de reality shows (no es casual que luego se haya hecho dueño de Endemol, la empresa que hace formatos de reality para todo el mundo), programas de debate en donde no se buscaba el análisis, sino que se privilegiaban los gritos y el disenso; y otros de política, en los que lo importante era el chisme, y no las propuestas o los puntos de vista.

A principios de los años noventa, cuando la gente estaba cada vez más cansada de la partidocracia, estalló una serie de escándalos de corrupción, conocida como tangentopoli (“mordidópolis”), que involucró a las principales formaciones de la coalición de gobierno y que llevó a la investigación judicial nacional conocida como “Manos Limpias”, que terminó, entre políticos encarcelados y empresarios suicidas, con la desaparición de varios de los partidos italianos históricos y con la llegada de un gobierno “tecnócrata” de transición, al mando de Carlo Azeglio Ciampi.

La situación estaba más que dada para una victoria del Partido Democrático de Izquierda, heredero del viejo PCI, y entonces apareció en el campo Berlusconi. El 26 de enero de 1994 presentó en su TV un discurso que iniciaba “Amo a Italia” y concluía en la necesidad de crear una coalición a favor de “la libertad, la familia, la empresa y la tradición italiana y cristiana”. En esa emisión anuncia el nacimiento de Forza Italia, un partido ad hoc, que obtuvo 21 por ciento de los votos, impulsada por sus anuncios en televisión y el temor a “los comunistas”.

Esto le bastó a Berlusconi para ganar. Se alió con la secesionista Lega Nord en el norte del país, y con la neofascista Alleanza Nazionale en el sur. Un tipo astuto: sus coaligados no estaban aliados entre sí.

El primer gobierno Berlusconi duró apenas poco más de un año, a partir de la ruptura con los norteños, que llegaron hasta a acusarlo de ser parte de la Cosa Nostra. El cavaliere dijo que jamás se volvería a sentar en la misma mesa con Umberto Bossi, el dirigente de la Lega.  Muy pronto volvieron a ser aliados.

Aquel gobierno fue sustituido por uno apartidista, “tecnócrata”, a quien siguieron –sin pena ni gloria- dos gobiernos de izquierda, el de Romano Prodi (quien le ganó un debate televisivo al cavaliere cuando recordó que la ley lo había obligado a vender su periódico… y Silvio lo vendió a su hermano) y el de Massimo D’Alema.

Para las elecciones de 2001, Berlusconi prepara una jugada maestra. En un programa de TV se compromete públicamente, en un “Contrato con los italianos” a cumplir 5 puntos: exenciones y rebajas de impuestos, mejora de la seguridad, aumento de las pensiones, disminución a la mitad de la tasa de desempleo y aumento de al menos 40 por ciento en grandes inversiones de infraestructura. Firma que, si no cumple los propósitos, no se volverá a presentar a elecciones.

Una mirada serena sobre estas promesas lleva a la conclusión de que, si se cumplieran, el resultado en términos fiscales sería desastroso. Más gasto, menos ingresos. Pero funcionó en lo electoral y Berlusconi regresó al poder.

A la hora de la verdad, no cumplió ni una. Las bajas en los impuestos nacionales fueron compensadas por aumentos en los impuestos locales y en los aranceles. El crimen aumentó. El desempleo bajó, pero no quedó a la mitad. 1.8 millones de pensionados tuvieron el aumento prometido; otros 6 millones se quedaron esperando. Las inversiones en infraestructura crecieron la mitad de lo prometido. En enero de 2009 una sentencia de la corte estableció que el contrato firmado en TV no tenía valor legal alguno. Para entonces Silvio ya había buscado varias veces la reelección.

Berlusconi justificó que su gobierno realizó un “milagro continuo”, que no le reconocían debido a una “campaña negra” de los medios de oposición, a quienes acusó de “comunistas”. En esa época, la deuda pública de Italia, históricamente grande, llega hasta la hipertrofia.

Así respondía Berlusconi a las críticas: “Italia es el país con las regiones más ricas de Europa, un país con el más alto número de automóviles respecto a la población, el más alto número de celulares. Somos grandes playboys, por lo que todos nuestros muchachos mandan al menos diez mensajes al día a sus diez novias y somos el país con más casas en propiedad de las familias”.

En el ínterin, fueron apareciendo diversas pruebas de fraudes de todo tipo de parte de Berlusconi. Irónicamente, cada que eso sucedía, se reformaba la legislación para que los delitos fueran eliminados de la norma.  

En previsión de un crecimiento de la izquierda, la coalición berlusconiana reformó de nuevo la ley electoral, para favorecer de manera extrema a quien obtenga la mayoría relativa. En los comicios del 2006, el tiro le salió por la culata: con una ventaja mínima en el voto popular, la izquierda se llevó una amplia mayoría legislativa. Berlusconi no aceptó los resultados y se le tuvo que forzar la dimisión.

El siguiente gobierno de izquierda fue un fracaso. Por una parte, la adopción del Euro había generado una mayor división social, en contra de asalariados y pensionados, que no fue atacada. Por otra, los aumentos fiscales para paliar el déficit no fueron acompañados por una disminución del gasto corriente, haciendo más evidente la distinción entre “ellos, los políticos y nosotros, los ciudadanos”.  La coalición de nueve partidos que había llegado al poder terminó por fracturarse. Tiempo para Silvio III.

Berlusconi disolvió su partido Forza Italia (que, por cierto, tuvo muchos eventos con show y multitud de bellas edecanes, gran coro que canta el himno del partido, agitado y paternalista discurso del líder… pero ningún congreso nacional digno de ese nombre) y lo fusionó con otras organizaciones de centro-derecha, para fundar el Pueblo de la Libertad, partido que lo nombró presidente por aclamación (oficialmente, con el 100 por ciento de los votos). Esta agrupación, aliada con la Lega Nord, ganó las elecciones de 2008.

Berlusconi había empezado siendo un buen comunicador político. Supo agrupar en torno suyo todo el miedo al comunismo cebado durante años por la iglesia católica y los partidos de centro-derecha. “Dicen que han cambiado, pero mírenlos, lean su prensa: ¡son los mismos!”. Siempre hablaba con palabras sencillas. Perfectamente medido: un poco didáctico y un poco exaltado, sin las abstracciones y las palabrejas comunes a la clase política tradicional. Agrupaba a sus seguidores “con la fuerza del estómago”: con las vísceras por encima de la razón.

Pero en la medida en que involucionaron sus gobiernos, el comunicador fue dejando su lugar al bufón, hasta verse totalmente dominado por él. Salieron a flote el carácter cada vez más autoritario del premier, su obsesión por librarse de los intrincados problemas legales a través de la aprobación de leyes ad hominem, sus escándalos personales (destaca el caso Ruby, la menor de edad marroquí que asistía a sus bacanales) y las respuestas que querían ser chuscas, pero que en realidad eran patéticas.  Quería responder a su decadencia con el bunga-bunga.

Cuando sobrevinieron problemas financieros serios, se mantuvo como si nada estuviera ocurriendo, a pesar de que la economía italiana estaba totalmente estancada, la crisis de la deuda pública fuera cada vez más apremiante y el regodeo de la política pospusiera una y otra vez las reformas necesarias. También rompió con su antiguo aliado Gianfranco Fini, al grado que el neofascista parecía un demócrata al lado de Berlusconi. Era Nerón tocando la lira ante el incendio de Roma.

Resulta por lo menos aleccionador constatar que lo que no logró la oposición, lo que no logró la prensa, lo que no lograron los jueces, lo haya logrado el mercado. Que Berlusconi haya caído por la gracia de ese tótem del cual él siempre se declaró ferviente admirador. Pero es claro que, si seguía en el poder –pensando en leyes para salvarse a sí mismo de la persecución de la justicia, nunca para su país- la idea misma de unidad monetaria europea se iría al traste. La de Italia es una economía demasiado grande como para ser rescatada de manera tradicional (y eso que, con Silvio, pasó del 5º al 8º lugar mundial). 

“El hombre que jodió un país entero”, lo calificó alguna vez The Economist en una portada. Sí, pero también un país entero (o algo así como la mitad más uno de un país) que se dejó joder, seducido por las poses de playboy, por el nacionalismo de opereta, por el temor al fantoche del “comunismo”. Un país que se vistió de modernidad cuando en realidad abrazaba el inmovilismo y las antiguas formas corruptas de ligar poder político y negocios, con Berlusconi más desfachatadas que nunca. Un país que decía mirar al futuro cuando corría hacia su pasado más negro.

Luego de que salió del poder, y tuvo que pasar un tiempo largo en líos con la justicia (al final nunca fue castigado), Berlusconi rehízo Forza Italia, que acabó siendo un socio menor de la coalición que ahora gobierna Italia, encabezada por los neofascistas de Giorgia Meloni.

Pero los efectos del paso de Berlusconi por la política han sido duraderos: ahora el modelo hegemónico de los partidos es que sean de conducción carismática y unipersonal; los ataques culturales a la izquierda en sus televisoras y en otros medios de comunicación ayudaron a que el electorado se moviera hacia la derecha, empezando por el nacionalismo ramplón; sus exabruptos machistas, pretendidamente ingeniosos, tuvieron efectos culturales reales; también lo tuvieron sus presiones para distorsionar el sistema judicial italiano.

Berlusconi fue un pionero del populismo del siglo XXI. Por eso, a su muerte, la gente se divide en dos entre quienes lo veneran y quienes lo desprecian. Como se dividían los invitados que discutían a gritos en sus programas de TV.

jueves, septiembre 29, 2022

(E)Lecciones italianas

 


El vendaval electoral italiano ha dado un resultado muy negativo para las democracias del mundo: la victoria de una coalición de ultraderecha y, en particular, la del partido Fratelli d’Italia (Hermanos de Italia), de claro origen neofascista, encabezado por Giorgia Meloni, quien será la primera mujer presidenta del Consejo de Ministros de Italia.

Es un proceso electoral que da para muchas reflexiones y lecciones, tanto por los paralelismos que se pueden encontrar en otros países, como por los factores económicos y sociales que incidieron en ese aparente cambio radical de rumbo.

Empecemos señalando que Italia es una república parlamentaria: gobierna quien tiene mayoría en el congreso. Normalmente, para lograrla son necesarias alianzas entre partidos. Cuando las alianzas se rompen y no se pueden recomponer, se llama a elecciones anticipadas, como fue en esta ocasión.

El segundo punto a señalar es que Italia tiene un sistema electoral parecido al mexicano: es mixto; curules en la cámara baja y escaños en el senado son tanto uninominales (mayoritarios en una sola vuelta) como plurinominales. Una diferencia es que en Italia el 61% de los puestos de elección popular son por lista plurinominal, mientras que en México es sólo el 40%. Pero la principal diferencia es que en México hay un límite constitucional de 8% de sobrerrepresentación, respecto al porcentaje de votos válidos obtenidos, y esa barrera, que garantiza una representación más proporcional, en Italia no existe.

Un sistema así tiende a premiar las coaliciones, por el efecto en los distritos (o colegios) uninominales. De igual modo, da un premio relativo a los partidos locales (en Italia, el Südtiroler Volkspartei, de la zona germanoparlante) Por lo mismo, a menos de que un partido sea muy fuerte, tiende a castigar a quienes compiten solos.

Fratelli d’Italia obtuvo sólo el 2% de la votación en 2013 y apenas el 4% en 2018. En ambas ocasiones compitió como fuerza menor dentro de la misma coalición derechista de la que ahora es la fuerza principal (los otros dos son la Liga, que originalmente era separatista del norte, y Forza Italia, de Berlusconi). La clave de su éxito es que decidió separarse de los antiguos aliados durante la legislatura, dejándoles a ellos el problema de entrar en las negociaciones de gobierno con el entonces partido principal, el Movimiento 5 Estrellas, una formación populista “transversal” (es decir, ni de izquierda, ni de derecha, sino todo lo contrario). Fratelli d´Italia fue oposición tanto de la alianza M5E con la derecha, como de la posterior alianza M5E con el centro-izquierda. Meloni se manejó contraria “a los políticos de siempre”.

La alianza entre Movimiento 5 Estrellas y el centro-izquierda se rompió por el lado más inesperado: las posiciones ante la invasión rusa a Ucrania. Mientras que el Partido Democrático y el centro-izquierda están por apoyo total a Ucrania, envío de armas incluido, los populistas del M5E apuestan a la intermediación. El problema fue que el PD decidió que esa diferencia equivalía a una ruptura total, y fueron separados a las elecciones. La situación sirvió para que también se fueran a las elecciones por su lado los liberales pro-mercado.   

En cambio, aun cuando en la coalición de derechas también hay diferencias en el tema ruso-ucraniano (Berlusconi es compinche y justificador de Putin; Salvini, de la Liga, dice apoyar a Ucrania pero se hace retratar con una camiseta con el rostro de Putin y Meloni es decididamente atlantista y anti-rusa), no obstaron para que mantuvieran su alianza electoral.

Así las cosas, la ultraderecha coaligada obtuvo cerca del 44% de los votos; los partidos antifascistas importantes lograron 51%, pero separados en tres bloques, y el resto fue para formaciones locales o menores. Sin embargo, el ir juntos premió a los derechistas, que obtendrán más del 60% de los puestos de representación popular y, con ello, la posibilidad de formar gobierno.

Se pueden concluir tres cosas: una, que es posible para un partido, en condiciones de crisis política nacional, pasar en pocos años de ser una fuerza muy menor a una de relevancia: dos, que la clave es distinguirse de “los políticos de siempre”; tres, que en sistemas electorales mixtos deshacer una coalición con posibilidades de victoria por cuestiones no esenciales resulta suicida.

Pero aún hay más: es importante preguntarse qué pasó para que una coalición encabezada por los neofascistas ganara en un país al que el fascismo terminó trayendo grandes desgracias. Sugiero nada más algunos puntos.

Italia durante décadas ha estado dividida políticamente en mitades: una, tendencialmente socialista y la otra tendencialmente conservadora, ya sea por influencia clerical o -antes minoritariamente- fascista. Ambas se han movido recientemente hacia su derecha.

Este movimiento no es casual. Por una parte, las viejas líneas de clase se han difuminado. La fuerza de trabajo ya no es tanto de obreros industriales; como resultado de la robotización y las inversiones intensivas en capital, el mercado laboral es crecientemente de trabajadores del sector servicios y de pequeños comerciantes, que tienen salarios menores, escasas prestaciones y poca estabilidad en el empleo. Estas personas suelen ver a la vieja clase obrera como una aristocracia, sobre todo a los que -gracias a la fuerza sindical- viven con buenas pensiones a salario completo… que es pagado por los impuestos de los precarios.

Por otra parte, más que gobiernos de un color político o de otro, en la Italia del siglo XXI han predominado los gobiernos “técnicos”, con malos resultados económicos y sociales. El PIB per cápita ha caído en los últimos 20 años con respecto a la media de la eurozona. Y lo ha hecho mientras los italianos exportan más bienes y servicios de los que importan (viven por debajo de sus medios), la deuda del sector privado es baja (no así la pública), Italia ha tenido superávit primario en todos los años de pre-pandemia, contribuye a la Unión Europea con más de lo que recibe y un largo etcétera. Todo eso genera un enorme escepticismo hacia el gobierno y la política tradicional (lo que explico, en su momento, la victoria del M5E, la alta abstención actual y, en parte, la victoria de los neofascistas).

Junto con eso está el tema de globalización, con el asunto de la migración incluido. No es casual que ahora la coalición de centro-izquierda gane en zonas metropolitanas de clase media, escolarizada y moderna, mientras que el M5E lo hace en zonas urbanas precarizadas, sobre todo en el sur del país, y la derecha gana en las zonas populares del norte próspero y arrasa en las pequeñas localidades y en el campo… la misma fórmula de Trump y del Brexit: los que sienten que el camión de la globalización los dejó atrás, con el temor adicional de que los migrantes les quiten los pocos y malos empleos que tienen.

Finalmente, está el nihilismo cultural de macho de pueblo, legado de Berlusconi que Meloni ha cosechado con un discurso a favor de la familia tradicional, el rechazo a la comunidad LGBT+, la negativa a la legalización de ciertas drogas, etcétera.

Súmense una política proteccionista de preferencia por los productos nacionales sobre los extranjeros y de los trabajadores nacionales sobre los de otros países, el control férreo de la migración, el llamado a la preservación de la cultura nacional contra la contaminación del extranjero, el recurso a las Fuerzas Armadas para el mantenimiento del orden público y, claro está, nada de contraer más deuda o aumentar impuestos. Obtendremos así el caldo perfecto que incubará otra crisis económica y social, pero para entonces tal vez Meloni habrá avanzado, quién sabe, para proponer una república presidencialista y aferrarse al poder.  

 

domingo, mayo 24, 2020

Masas y pandemia: actualidad de Manzoni



La clásica novela italiana Los Novios (I promessi sposi), de Alessandro Manzoni, se presta para un buen análisis en estos tiempos de pandemia, que son excepcionales en nuestras vidas, pero no tanto en la historia de la humanidad. De resaltarse en particular, es la gran habilidad de Manzoni para describir el comportamiento colectivo, ya sea de turbas o de masas, entendidas las primeras como tumulto de personas y las segundas, como expresión colectiva más generalizada. De la lectura de la novela, ambientada en el Siglo XVII, en un periodo que incluye una epidemia terrible de peste negra, se desprende que ese comportamiento no ha cambiado mucho.

Pasemos primero por los tumultos, con la advertencia de que vienen unos cuantos spoilers (la novela es tan entretenida que, aun con spoilers, se deja leer muy bien).

El primer tumulto sucede en lo que se da en llamar “la noche de los embrollos”. Los jóvenes quieren forzar a un cura timorato a que los case y, simultáneamente, un grupo de bandidos quiere raptar a la novia, suponiendo que está en su casa. Cuando el cura toca la señal de alarma, el pueblo se lanza contra un mal impreciso, que va cambiando de rostro. Al final ese mal son los bandidos, que huyen y son perseguidos. Pero cuando los malos se internan en el bosque, aparece el rumor -falso- de que la novia se encuentra a buen resguardo en una casa del pueblo. Y ese rumor basta para apagar el furor popular. En realidad, lo que apaga el furor es el temor a que, en el bosque, los bandidos sean más peligrosos que en el terreno conocido de la aldea. El rumor era la excusa que necesitaban los pueblerinos para retroceder. La valentía sólo se da cuando la ventaja de la turba es amplia y el terreno, conocido.

Algo muy similar sucede hacia el final de la novela, cuando una pequeña turba se lanza contra Renzo, el protagonista, confundiéndolo con un untor (es decir, con alguien que propaga a propósito la peste) y, al momento en que Renzo se sube a una carreta con cadáveres, puede más el miedo y lo dejan libre.

El otro tumulto relevante es el de los motines por el pan en Milán, que no sólo es descrito por Manzoni, sino también analizado. En primer lugar, está el asunto de origen. Las protestas por el aumento al precio del pan, si bien nacen de la pobreza y de la necesidad, también lo hacen por una falsa convicción masiva: piensan en realidad no es que haya habido una cosecha pobre de trigo, y esté baja la oferta, sino que un grupo de ricos están acaparando grandes cantidades con el fin de enriquecerse todavía más a costa de la gente sencilla. Es una constante que veremos después: existe en todo momento la necesidad de echarle a alguien la culpa de las desgracias, tiene que haber un objetivo visible y, si se puede, personificado, sobre el cual descargar la ira y la impotencia. La idea de que el mal proviene de un sistema, de una circunstancia climática o de una casualidad impredecible choca con la necesidad de encontrar alguien que pague por el sufrimiento.

Para alimentar la seguridad de que se trata de una maldad hecha a propósito no faltan los decires. En el caso del pan, entre otras cosas, “se hablaba con certeza de la inmensa cantidad de grano que había sido expedida secretamente a otro país…” y se podía terminar con la consigna de “¡Viva la Abundancia!”. En el contexto, de seguro había hambreadores, pero la abundancia era pura fake news o posverdad, como decimos ahora.

Por una parte, está el componente irracional de la turbamulta: si me quejo del precio del pan y quemo los hornos, doy cauce a mi rabia y perjudico a quien veo como el autor de mi sufrimiento, pero al mismo tiempo cancelo la posibilidad de que en el futuro haya pan, y mucho menos, que esté barato. Por la otra, su quehacer en movimiento. Manzoni se detiene a hacer este análisis de la muchedumbre enardecida: “en los tumultos populares, hay siempre un número de hombres que, por calentamiento de la pasión o por persuasión fanática o diseño perverso o por un maldito gusto por el desorden, hacen de todo para empujar las cosas a peor… soplan al fuego cada vez que empieza a languidecer: nunca nada es demasiado para ellos… Pero por contrapeso, siempre hay un cierto número de otros hombres que, con similar ardor e insistencia, operan para obtener el efecto contrario”. La masa que los sigue a veces jala más con unos y luego con los otros. Hay una suerte de oleaje, en el que operan la ferocidad y la misericordia, la provocación y la atención para no caer en ella, el deseo de sangre y el clamor por justicia. Del movimiento de ese oleaje se define el resultado del tumulto.

Pero lo que resulta más aleccionador es el análisis que hace Manzoni del comportamiento colectivo cuando la peste llega a Milán. Lo primero es negar el hecho: la peste no existe. Los primeros en negarla son las autoridades, que reaccionan tarde y burocráticamente: “las medidas de prevención, resueltas el 30 de octubre, no fueron redactadas hasta el 23 del mes siguiente… cuando la peste ya había entrado”. La gente se burlaba de quien lanzara alguna voz de alerta. Lo segundo, es intentar ponerle otro nombre: decir que las víctimas cayeron por enfermedades comunes. Y, cuando paulatinamente se admite la desgracia, buscar culpables e inventar razones.

En la novela, los primeros culpables visibles fueron los doctores que habían advertido sobre la llegada de la calamidad. Matar al mensajero. Estos dos señores “ya no podían cruzar plaza alguna sin ser asaltados por groserías, cuando no por pedradas”.

Posteriormente la gente llega a convencerse de la existencia de untores, personas llevadas por la maldad o por algún designio del enemigo -se combate contra Francia en un episodio de la Guerra de los 30 Años- dirigido a despoblar Milán para ocuparla sin resistencia. Y empieza una caza popular de brujas: al anciano que sacude la banca de la iglesia, a los jóvenes turistas franceses llegados en mal momento. Se llega a la situación en la que la autoridad no puede oponerse más a las exigencias del pueblo, y un barbero termina por ser ejecutado (y será tema de otro libro de Manzoni, un ensayo histórico: La colonna infame). En otras palabras, la irracionalidad popular -esa búsqueda por culpables visibles- se impone a la fuerza y al raciocinio del Estado.

Esa misma irracionalidad provocará que se haga una procesión, por todos los barrios de Milán, con los restos de San Carlos. La muchedumbre que se arremolinará para venerar la reliquia creará un enorme contagiadero, la peste se multiplicará… pero la culpa se achacará a los untores, esos extraños, forasteros, agentes del mal, que habrían aprovechado la circunstancia para esparcir su veneno.

De la negación se pasa a la paranoia. Milán se va convirtiendo en una ciudad fantasmal, en la que las personas se alejan si ven a alguien acercarse, donde reina la desconfianza en el prójimo. Y se da un proceso de locura colectiva, de la que muy pocos se salvan (los que tienen “buen sentido” por encima de la opinión mayoritaria). Esa locura atraviesa las instituciones, que se vuelven perversas, y termina resolviéndose en un caos en el que el verdadero poder reside en los monatti, los encargados de recoger cadáveres o de llevar enfermos al lazareto. Ese lumpenaje empoderado grita sin recato “¡Viva la mortandad!”. 

¿De dónde nace esa locura colectiva? Del miedo a perder la vida y los bienes, sin duda. Pero también de la existencia de un Estado incapaz de garantizar nada más allá de una burocracia cruel y de la expedición de leyes que nadie respeta, porque nadie las hace cumplir: son simulaciones. Nace, sobre todo, de la negativa a escuchar las voces de la ciencia, al doctor Tadino que insiste en que los agonizantes que confiesan ser untores lo hacen porque la enfermedad les afectó el cerebro.

La devastación de la hoy llamada “peste manzoniana” fue enorme. Cuando llegó, Milán tenía 200 mil habitantes; cuando se fue, la población se había reducido a 64 mil. Proporciones aparte, hay varias similitudes con lo que hemos vivido respecto al coronavirus.

El fenómeno de negación era, al principio, común en muchas partes. Muchos creíamos que la expansión del virus sería limitada. Lo importante es que también la mayoría de los gobiernos lo hicieron. Es hipotizable que los países del Extremo Oriente y Oceanía estén teniendo mejores resultados frente a la pandemia, porque gobiernos y poblaciones sintieron desde el inicio que estaba cerca, por cuestión geográfica. Los demás, por mucha globalización que nos comiéramos en los discursos, la vimos lejana.

Algunos gobiernos, como el de Milán hace casi cuatro siglos, siguieron por un tiempo resistiéndose a la evidencia. A veces, incluso, con pensamiento mágico. Pensemos en el milagro que esperaba Trump o en el elogio a los Detentes que hizo López Obrador. Habría que pensar si, como sus émulos del siglo XVII, los gobernantes no estaban interpretando (y a su vez, retroalimentando) un sentimiento popular.

Luego, hemos pasado por diferentes fases. Una es la del rechazo al diagnóstico: hay algo de terrible en tener COVID. Es ser un apestado. Es morir sin el duelo correcto y esperado. Estamos ya en la de la paranoia, en donde la gente se mira con desconfianza detrás de las mascarillas.

En el proceso, hacemos el esfuerzo por mantener el “buen sentido” y no enloquecer con el sentido general. Quién sabe si lo logremos.

Otro fenómeno ha sido el de buscar factores externos, visibles, contra los que descargar la rabia. Los médicos apedreados del año 1630 encuentran equivalente hoy en que los han sido acusados de “inyectar COVID” y en el personal de salud al que le han echado cloro para alejarlo. Se convierten, antes que los apestados mismos, en la representación humana de la enfermedad. Incluso hemos tenido unos cuantos casos de turbas que se comportan exactamente igual que las de la novela de Manzoni.

Es común que, en situaciones extremas, la emotividad prevalezca sobre la razón, y en esas ocasiones sean comunes las distintas versiones del complot. En las redes sociales se generan untores a montones. Los chinos, que quieren acabar con la democracia occidental y lanzaron el virus; Bill Gates, que quiere hacer negocio con las vacunas; Trump, a quien el jueguito se le volteó; o el capitalismo internacional, que quiere acabar con los ancianos para deshacerse del peso fiscal de las pensiones y, en los casos más burdos, los creadores de la 5G o “el gobierno”, que quiere hacer control poblacional esparciendo el virus mortal.

No ha habido procesiones con cadáveres de santos para aplacar esta pandemia, pero sí quien insista en que las aglomeraciones no son problema, porque hay que mantener las economías a todo lo que dan. Suelen promoverlas los miembros de otra poderosa religión: la que adora a Mammón, Dios del Dinero.

En fin, que pasan las epidemias, segando vidas. La humanidad las supera, pero -aunque se disfrace de nueva cultura y alta tecnología- en el fondo sigue siendo la misma. Al menos, sigue siendo muy parecida a la que Manzoni diseccionó.

martes, septiembre 24, 2019

Top 20 de Lucio Dalla


Conociendo mi gusto por las listas, y por el grandísimo Lucio Dalla, va una con las 20 canciones que más me gustan de la discografía del cantautor italiano.
En busca de números más o menos redondos, fue fácil escoger las primeras tres, luego no eran 5 grandísimas, sino 6, 7, 8... Y tampoco podían ser 10. Con la veintena todavía quedan fuera enormes rolas.

1. Caruso
2. L'anno che verrà
3. Futura
4. Anna e Marco
5. Come è profondo il mare
6. Le parole incrociate
7. Telefonami tra vent'anni
8. L'ultima luna
9. Ulisse coperto di sale
10. Cara
11. Il motore del duemilla
12. Nuvolari
13. Meri Luis
14. Mambo
15. Disperato erotico stomp
16. Balla balla ballerino
17. Itaca
18. La sera dei miracoli
19. Il cucciolo Alfredo
20. Cosa sarà

jueves, marzo 15, 2018

La Divina Tragedia electoral



Habrá quien piense que en las elecciones italianas del 4 de marzo no pasó nada excepcional, al cabo que los italianos se han demostrado, desde hace años, incapaces de formar, con su voto, cualquier cosa que se asemeje a una mayoría parlamentaria. Pero lo que sucedió es una señal gravísima de la crisis que viven, en muchos lados del mundo, las democracias representativas.

Los electores han premiado a los extremos, y también a la antipolítica. Los partidos que hacen política tradicional se han desfondado (imagine el lector cómo estarán las cosas, que el partido de Berlusconi apareció como “moderado”) y han triunfado el antieuropeísmo, el nacionalismo y la xenofobia.

En resumen, el bloque de centro-izquierda tuvo un fracaso histórico (para colmo, la izquierda se presentó dividida, lo que hizo más grave el asunto en términos parlamentarios); en el bloque de centro-derecha, el ganador fue la Liga (antes Liga Norte), un grupo que primero fue independentista –quería separar al rico norte italiano del sur empobrecido– y que ahora se define como federalista y “etnonacionalista” (lo que deja ver un claro tinte racista). Cambió su lema “Primero el Norte” por “Primero los Italianos”, lo que por supuesto suena muy trumpista.

Para darnos una idea de qué tan racista es la Liga Norte, basta decir que en su publicidad “en defensa de los italianos” utilizó modelos checos y eslovacos. Al parecer, los italianos no son lo suficientemente rubios.

Y el gran ganador general fue el Movimiento 5 Estrellas, una organización sui-géneris, fundada por el cómico Beppe Grillo y el experto en mercadotecnia y redes Gianroberto Casaleggio. Este grupo aprovechó el descontento generalizado de la población con la clase política del país, corrupta y amante del lujo. En un país en el que los legisladores, los partidos políticos y en general las instituciones tienen una enorme impopularidad, el camino que escogió el Movimiento 5 Estrellas fue el de recoger el descontento, viniera desde donde viniera. Y lo hizo a través del blog de Grillo en internet.

Ese partido dice no ser de izquierda, ni de derecha (sino todo lo contrario, es decir: “transversal”), está en contra de cualquier acuerdo interpartidario, porque es transar en lo oscurito, tampoco considera vigentes las instituciones de la democracia formal (“cara, improductiva, ineficiente”), por lo que prefiere la e-democracia: es decir la votación referendataria de todos los temas relevantes, a través del internet. Aunque, claro, quien controla las redes del partido es la dirigencia.

Para el partido de Beppe Grillo, la democracia representativa no es compatible con la soberanía popular. Sólo la democracia directa. El cómico dice que se retirará cuando haya un referéndum semanal por internet.
Pero si uno le pregunta al italiano qué quiere, la respuesta será menos impuestos, más gasto público, mayores pensiones, nada de multas, nada de austeridad y, demasiado a menudo, que no haya tantos inmigrantes quitándome el trabajo. Por ahí van las propuestas del partido que resultó más votado.
Obviamente, también estaba por eliminar el financiamiento público a los partidos, cosa que ya logró.

El M5S nació como vehículo político para un líder carismático, que era Grillo, el cómico de TV, y como mecanismo de poder para quien controlaba la red, Casaleggio. El problema de ese movimiento es que, como agregación popular sin programa político, tiene a ciudadanos pulverizados (no organizados) en torno a un líder que los maneja en las redes. En otras palabras: populismo puro.
Casaleggio murió, Grillo ha dejado la estafeta formal de líder al joven de 31 años Luigi Di Maio, que ha movido el partido ulteriormente hacia la derecha, pero sigue siendo la figura referente.

Por si hubiera dudas de la colocación política de esta formación, hay que señalar que, en el Parlamento Europeo, hace grupo con el UKIP británico (los autores del Brexit), AfD de Alemania (es decir, los neonazis) y otros partidos nacionalistas de derecha.

Para completar el negro panorama electoral, Hermanos de Italia, formación de extrema derecha, también llegó al parlamento, como hermano incómodo de la coalición con la Lega y el partido de Berlusconi. Lo único bueno fue que los fascistas abiertos se quedaron fuera.

A nivel regional, queda clara la subdivisión. El norte, con la coalición de derecha -¡que incluso se llevó distritos en Emilia-Romaña, que antes era la región roja por excelencia!; el sur, con el Movimiento 5 Estrellas. A la coalición de centro-izquierda no le quedó más que la Toscana, un cacho de Emilia-Romaña y el Trentino Alto-Adigio (en realidad, gracias al Sudtiroler Volkspartei, el partido de los germanohablantes, preocupados por el renacer fascista de los italoparlantes).

Otro dato de interés es que las otras únicas zonas donde ganaron el PD y sus aliados fueron en los centros de las principales ciudades modernas: Roma, Milán, Turín. Las clases medias urbanas integradas a la globalidad votaron hacia la izquierda. Eso ya no sucede, como se verá más abajo, con la clase obrera.

También se repitieron patrones comunes a la votación del Brexit en el Reino Unido y a la de Estados Unidos: los habitantes rurales y de poblaciones pequeñas votaron masivamente a la derecha, que pierde votos en la medida en que las localidades son más grandes.   

No sabemos qué sucederá, en términos de la posibilidad de formar gobierno (de hecho, la única combinación posible es 5 Estrellas con la Lega). Es posible que se tenga que llamar a nuevas elecciones, y es probable que el resultado todavía sea peor.

¿Por qué pasó todo esto? Italia es la nación europea que menos ha crecido desde la aparición del Euro; el ingreso real es igual al de 1999. Además, hubo un cambio en la distribución del ingreso, en el que perdieron los asalariados. Es un país claramente envejecido, con un fuerte problema fiscal debido a las pensiones, que suelen ser buenas. Su desempleo es alto: 11.2% de la población económicamente activa. Y es una economía altamente endeudada: la deuda pública equivale al 140% del PIB.

Pero también pasó porque las fuerzas tradicionales de centro-izquierda y centro-derecha no fueron capaces de adelantar soluciones a estos problemas, que no fueran las recetas tradicionales de control (relativo) del gasto. No hubo innovación, no hubo capacidad de gestión colectiva, entre otras cosas porque los partidos del siglo XXI, a diferencia de los del siglo pasado, dejaron de ser polos de agregación comunitaria, dejaron de ser portadores de cierta cultura social y se convirtieron en espacios de mercadotecnia política y reparto de puestos y prebendas.

Si uno mira las encuestas, notará algo interesante: los obreros mayores de 50 años y los pensionados votaron mayoritariamente por la coalición de centro-izquierda. Los obreros menores de 50, lo hicieron por la Lega y, sobre todo, el Movimiento 5 Estrellas. En una generación, la clase obrera italiana pasó del socialismo al trumpismo.

Y esta es la tragedia de fondo. Ha habido una ruptura cultural. Los valores socialcristianos o socialistas o neoliberales, con los que podía uno estar de acuerdo o no, han sido sustituidos. Pero no por otros valores, sino por el enojo, el encono y el deseo de la exclusión. Es una derrota cultural del antifascismo.

miércoles, julio 12, 2017

Los años de plomo revisitados



En su columna “Los años de plomo”, publicada en Crónica, Mario Vargas Llosa da cuenta de dos historias engarzadas –la muerte del anarquista Giuseppe Pinelli y el asesinato del inspector Mario Calabresi-, que tienen muchas derivaciones importantes, que nos sirven no sólo para entender aquellos tiempos, sino también para comprender mejor los nuestros y, sobre todo, para reflexionar sobre la condición humana.

Los llamados “años de plomo” en Italia se caracterizaron por la violencia extremista, de izquierda y de derecha, que iniciaron con el bombazo de Piazza Fontana –el que unió los destinos de Pinelli y Calabresi- y culminaron con el homicidio de Aldo Moro, impulsor del Compromiso Histórico: un gobierno de coalición entre la Democracia Cristiana y el Partido Comunista Italiano.

Los sucesos se inscriben dentro de la “estrategia de la tensión”. Escribía en su Memoriale Aldo Moro, dirigente del ala moderada de la DC: “La estrategia de la tensión tuvo la finalidad, aun si afortunadamente no consiguió su objetivo, de volver a meter a Italia en los rieles de la “normalidad” después de los eventos del 68 y el llamado otoño caliente (revueltas obreras de 1969). Se puede presumir que países asociados a nuestra política, y por lo tanto interesados en que las cosas tomaran cierta dirección, estuvieron comprometidos en ella, a través de sus servicios de inteligencia”.

En otras palabras, la idea detrás de la “estrategia de la tensión” era deslegitimar al Partido Comunista Italiano, que durante esos años estuvo a poquísimos puntos porcentuales de convertirse en el partido más votado del país (era el más grande en términos de militancia). ¿Cómo hacerlo? Creando alarma y confusión en la opinión pública, a través de atentados sangrientos realizados por la extrema derecha, pero que en ocasiones se atribuían a la extrema izquierda.

Moro da claramente a entender que estaban involucrados los servicios secretos de otras naciones. En la lógica de la guerra fría, es evidente que ahí estaba la CIA. Pero hay indicios de que también participaron otros países de la OTAN (Grecia y España), e incluso Suiza.

Tras la bomba en Piazza Fontana, que mató a 17 personas, se detuvo a dos anarquistas: Pinelli y Valpreda. Tiempo después se demostraría que ambos eran inocentes, y que la matanza fue perpetrada por gente de extrema derecha. Pinelli cayó de una ventana durante el interrogatorio, y la opinión pública de izquierda acusó al inspector encargado, Luigi Calabresi, de haberlo asesinado. Los más notables intelectuales italianos fueron abajofirmantes de una carta pública responsabilizando al inspector. El conocido dramaturgo Dario Fo, a quien años después le darían el Nobel de Literatura, escribió una obra inspirada en el caso: “Muerte Accidental de un Anarquista”. Tres años después, Calabresi caería asesinado por dos militantes de Lotta Continua, una organización ultraizquierdista que odiaba tanto al Partido Comunista como a la Democracia Cristiana.

Hasta 1975 cualquier persona progresista creía que en realidad Calabresi había empujado a Pinelli al vacío. En ese año una investigación concluyó que el anarquista estaba enfermo y había sufrido un desmayo antes de caer por la ventana. En esa época había que leer un montón de periódicos para tener idea de las cosas, ya que todos tenían una línea política muy definida. Algunos traían la noticia de la investigación; otros, no.

Lo interesante del caso es que si expresabas duda sobre si habían tirado a Pinelli o se había caído, en los ambientes de izquierda encontrabas un rechazo total a la hipótesis oficial, que ahora se ha convertido en “verdad histórica”. 

“Es un montaje, un fraude del gobierno”, decían. “¿Cómo puedes creerles?”, decían. Uno replicaba: “No les creo, solamente dudo”. Y luego se topaba con que dudar era contrarrevolucionario. Pienso en esas conversaciones y me las imagino repetidas hoy como un linchamiento en redes sociales: al gobierno no hay que creerle una palabra, todo lo enturbia, todo es mentira. Quien dude es cómplice, cuando no traidor.

Luego la historia daría varias vueltas de tuerca. En la primera, se descubrió una “trama negra” entre la derecha democristiana, los grupúsculos neofascistas y la CIA para llevar a cabo atentados desestabilizadores que impidieran el gobierno de coalición con el Partido Comunista (que ya a esas alturas era socialdemócrata). En ella hubo matanzas indiscriminadas, como la del tren Italicus o la estación de Bolonia. A estas alturas, es obvio que nunca se sabrá si Pinelli fue asesinado, inducido al suicidio o de verdad accidentado. También, que la policía nunca dejará de ser sospechosa. Más aún por el contexto político lleno de conspiraciones.

La segunda reviste otro interés. A finales de 1986 se abrió un proceso contra Adriano Sofri, quien era director del periódico Lotta Continua, vocero de la organización extremista. Se le acusó de ser el autor intelectual del asesinato de Calabresi. De hecho, ese medio –que era poco más que un panfleto, pero que se vendía en los kioscos al mismo precio que los diarios históricos- fue muy activo en la campaña contra el inspector, “el marine de la ventana fácil deberá responder por todo lo que ha hecho”, escribió un editorial; “de estos enemigos del pueblo queremos la muerte”, decía otro. Tras el homicidio, la publicación no tomó distancias: “no podemos deplorar la muerte, hecho en el que los explotados reconocen su propia voluntad de justicia”.
  
La discusión social en los ochenta fue sobre si era correcto o no amnistiar a Sofri, quien para entonces se había arrepentido de sus excesos ideológicos y era un periodista respetado. Era, sin embargo, evidente que, aunque el director de aquel periódico no hubiera estado directamente en el complot para el asesinato, sí había ayudado a crear un clima que favorecía y hasta aplaudía el crimen. Esa responsabilidad se lleva siempre.

Adriano Sofri fue condenado en 1997 a 22 años de cárcel, a pesar de haber mostrado en el juicio su arrepentimiento frente a la viuda y al hijo del inspector y, posteriormente, aceptado su “corresponsabilidad moral” en el homicidio. Fue liberado en 2012.

Durante esos años, Sofri continuó escribiendo en varios periódicos y revistas. En 2015 dejó de escribir en el diario más influyente de su país, La Repubblica, cuando un colega suyo en el periodismo se convirtió en director: Mario Calabresi, el hijo del inspector.

Mientras tanto, Dario Fo escribió una obra en contra de Leonardo Marino, uno de los autores materiales del asesinato de Calabresi, indignado porque el homicida se había declarado culpable. Una comedia con muñecos. El dramaturgo hizo tremendo berrinche porque la televisión pública no transmitió la representación de la obra sino hasta el día siguiente de la condena a Sofri. Ya para entonces a Fo le habían dado el Nobel.

Una vuelta final de tuerca: Leonardo Marino le puso Adriano a uno de sus hijos, en honor a Sofri, su jefe político. Adriano Marino hoy es magistrado.

jueves, noviembre 05, 2015

Pasolini y su muerte profética



El Día de Muertos de 1975 –es decir, hace 40 años- en una playa de Ostia, cerca de Roma, un joven marginal de 17 años, llamado Pino Pelosi, asesinó al poeta y cineasta Pier Paolo Pasolini, golpeándolo primero con un palo y luego haciendo pasar el automóvil del artista sobre su cuerpo, estallándole el corazón. Se truncó así la carrera de un creador excepcional.
 La efeméride sirve para recordar muchas cosas, aparte de la obra del polígrafo fallecido. Algunas de ellas tienen que ver con la capacidad de Pasolini para ver más allá, y de cierto modo adelantar el futuro que venía (cuando menos, las peores partes de ese futuro).

En octubre de ese año había ocurrido en Italia una tragedia que los diarios de la época narraron con fascinación y horror y que fue conocida como “El Crimen del Circeo”: dos jóvenes de barriada romana fueron violadas y torturadas por tres jóvenes fascistas de clase alta. El asunto se supo porque una de las chicas, que los niños ricos habían creído muerta, pudo gemir para pedir ayuda desde la cajuela en la que estaba encerrada, junto al cuerpo inerte de su compañera. La policía rescató a la muchacha y capturó a los asesinos, que regresaban despreocupadamente hacia el auto, después de cenar unas pizzas.

La importancia del suceso reclamaba grandes plumas, como la de Italo Calvino, que hablaba de la facilidad con la que los jóvenes ricos de derecha podían pasar, con la certeza de su impunidad, de las bravatas de café a las golpizas a la salida de la escuela, a las carnicerías en las casas de fin de semana. Pier Paolo Pasolini respondió a Calvino, criticándolo por facilón, diciendo que pretendía fijar la inferioridad humana del “enemigo”, que el fascismo antiguo que Calvino anatemizaba era menos peligroso que el fascismo “de genocidio cultural” de la TV y que la violencia no era exclusiva de los frutos podridos de la burguesía, porque esa misma violencia la podían ejercer –y de hecho la ejercían cotidianamente- los pobres de barriada.

Dos días después de publicado el artículo-respuesta de Pasolini, moriría precisamente a manos de un pobre de barriada. De una manera sorprendente, con su propia muerte, ganaba el debate. La violencia no es exclusiva de una ideología o de un grupo social: es una enfermedad social generalizada que hay que combatir.

Pasolini veía en el proceso de “genocidio cultural” ligado al consumismo una reserva de violencia ciega, no solamente asocial y ni siquiera política, sino una vía de destrucción de todo lo que no es superfluo. 
Para él, la sociedad de consumo que se desarrollaba era un nuevo totalitarismo, que hacía a todos renegar de sus modelos culturales, de su diversidad, para homogeneizarse en un “hedonismo neo-laico” ajeno a los valores humanos. Preveía una sociedad en la que las diferentes maneras de ser persona eran paulatinamente desprovistas de realidad. Preveía el dominio de la sociedad de la imagen, que llevaría a la mercantilización de todos o casi todos los aspectos de la vida cotidiana. Mercantilización en el sentido de convertirnos nosotros mismos en mercancía.

A esta sociedad de consumo corresponde una democracia “descaradamente formal”. El formalismo democrático se presenta sin pudor alguno, ni siquiera esconde la esencia de convertir también a los electores en mercancía.

Contra esta visión, Pasolini oponía –algunos dicen que de manera bucólica- el mejoramiento de los derechos reales y concretos de las personas en su diversidad, el combate a la desigualdad, la salvaguardia de la salud, del trabajo, de los bienes artísticos y urbanos de todos.

Si vemos el mundo de hoy, encontraremos esa violencia difusa, ciega –al menos en apariencia-, que suele no tener siquiera asidero en ideologías (o sólo en el “neutro” dinero). Encontramos también que, al culto superficial a la diversidad corresponde un culto todavía mayor a las fuerzas que nos homogeneízan, y eso deriva en crecientes dificultades para la organización social.

En las naciones más desarrolladas aparece con cada vez mayor claridad la existencia de múltiples soledades adyacentes, cada una conectada a la red, pero con escasa capacidad para armar redes verdaderas, capaces de cambio. Lo mismo sucede, en la réplica, el eco tercermundista de las naciones emergentes. El reino de la videoesfera, mucho más allá de la TV que Pasolini temía.

También la política ha caído víctima del marketing. En la agenda ya no está el convencer, sino el seducir. Las ideas se reducen a spots de pocos segundos. Y la ideología –a la que tampoco quería mucho Pasolini- ha sido desplazada por la creatividad de los publicistas. La retórica y su hermano el conformismo guían ese camino.

¿El resultado? Una sociedad débil, con dificultades para cambiar en serio: para (re)organizarse de manera integral, que es la única manera de salvarse. Y en esa reorganización el centro está, según el poeta y cineasta, en entender los derechos del otro.

Y para los que dudan de que Pasolini haya sido un profeta, el siguiente poema, que tituló, precisamente,

“Profecía”:

“Alí de los Ojos Azules
uno de los tantos hijos de hijos

Descenderá de Argel, en veleros
y barcos de remos. Con él
estarán miles de hombres

Con los cuerpecitos y los ojos
de perro pobre de sus padres
en barcos encallados en los Reinos del Hambre, traerán consigo a los niños y el pan y el queso, en los papeles amarillos del Lunes de Pascua. Traerán las abuelas y los burros en trirremes robados en los puertos coloniales.

 Desembarcarán en Crotone o en Palmi,
por millones, vestidos de harapos,
asiáticos, y de camisas americanas…”


(Ahí lo dejo, mejor, porque en el poema profético “destruirán Roma”).


Hace 40 años mataron a Pasolini, con martirio y todo. Como a todo buen aspirante a Mesías.