Mostrando las entradas con la etiqueta Ciencia ficción. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Ciencia ficción. Mostrar todas las entradas

sábado, noviembre 12, 2016

Joe Steele y los mundos paralelos



Así como me preparé para los Juegos Olímpicos viendo las películas oficiales de varias ediciones anteriores, hice lo propio para las elecciones presidenciales de Estados Unidos leyendo algunas novelas distópicas. Entre ellas, tras los resultados, destaca Joe Steele, del maestro de la historia alternativa, Harry Turtledove.

La línea de esta ucronía parte de que la familia de Stalin emigró a Estados Unidos antes de su nacimiento. El californiano de origen georgiano es un político del Partido Demócrata. La novela empieza durante la convención que nombrará al candidato que seguramente derrotará a Herbert Hoover en las elecciones de 1932; entre los aspirantes está Steele. Un incendio devastará la casa del gobernador Franklin D. Roosevelt, y acabará con su vida. Se abre una brecha para que Steele sea candidato, y presidente. Durante toda la novela quedará la sospecha de que Steele ordenó el incendio a través de sus adláteres (y sucede que también los estalinistas Mikoyan, Schiabin y Kaganovich son americanos).

¿Quiénes son los votantes de Joe Steele? Esencialmente la clase obrera blanca golpeada por el desempleo de la Gran Depresión. El demagogo les ofrece empleo y acabar con los privilegios de Washington y Wall Street. La coalición entre los partidos Demócrata y Granjero-Laborista gana aplastantemente -a lo largo del libro, los republicanos son pintados como unos completos ineptos. Steele gobernará Estados Unidos con un puño de hierro cada vez más duro, hasta su muerte, el 6 de marzo de 1953.

La historia está contada a partir de la experiencia de dos hermanos periodistas, Charlie y Mike Sullivan, quienes vivirán destinos contrastantes. Mientras el primero se acomodará a las necesidades del poder y acabará siendo un personaje importante en la Casa Blanca, el segundo mostrará una creciente temeridad en sus notas y artículos críticos y pasará varios años en el equivalente de un Gulag en Wyoming.

¿Qué hace Joe Steele para consolidar su poder? Ya que los republicanos son unos idiotas, tiene que deshacerse de las otras facciones de su partido: a unos los coopta -es el caso del texano vicepresidente Garner-; a otros, los manda matar (como a Huey Long, el populista de Louisiana, asesinado en la vida real el mismo día que en la ucronía). Como tiene en sus manos la mayoría del Congreso, el principal obstáculo es el Poder Judicial. Con éste arma juicios muy similares a los de las purgas de Stalin: tras de que los acusados se declaran culpables y traidores, son sumariamente ejecutados. Poco a poco aparece un personaje clave en toda la trama de terror, el director del General Bureau of Intelligence, un joven llamado Edgar J. Hoover. El GBI ayudará también a hacer una limpia en las Fuerzas Armadas para que queden en ellas hombres totalmente leales a Steele.

En la economía, en vez de New Deal, hay grandes proyectos estatales de infraestructura y algo de colectivización agrícola. En ellos participan los presos, que cada vez son más por motivos políticos, son los wreckers, enemigos del Estado. Los guardias en esas estaciones de trabajo son los gebbies, es decir, los agentes del GBI. Estados Unidos vive una suerte de democracia antiliberal, porque, con el despegue económico, Joe Steele es querido por las mayorías y gana las elecciones (en las que también hay fraude para que la victoria sea más amplia).

Como la novela, más que dedicarse a la historia política, narra la vida de los periodistas -con el sabroso agregado de que hablan con la jerga de los años 30, o al menos de las películas de los años 30-, vamos viendo cómo la prudencia popular ante el puño que se cierra suele convertirse en la mejor arma de la dictadura en ciernes. Las voces críticas se van apagando paulatinamente, hasta que tienes miedo de contarle al limpiabotas un chiste sobre Steele.

En la línea de tiempo, se da la II Guerra Mundial, Estados Unidos forma parte de los aliados, pero no desarrolla la bomba atómica antes que los soviéticos -liderados por Trotsky-. Esto se debe en parte a que los científicos refugiados en EU tienen miedo de lo que pudiera hacer Joe Steele con esa arma. La guerra dura más, y Japón es conquistado conjuntamente por soviéticos y gringos: hay Japón del Norte y del Sur. Cada uno recibe su bombazo atómico, porque hay cosas que no cambian.

A la muerte de Steele, el vicepresidente Garner se quiere deshacer de la camarilla steelinista, quedándose sólo con Sullivan, pero Scriabin maniobra en el Congreso, que destituye a Garner. Quienes se aprovechan del vacío de poder son Edgar J. Hoover y su segundo de abordo (un abogado californiano de pelo ensortijado y nariz de bola, curiosamente igualito a Richard Nixon). Al final de la novela, se perfila un Estado policial que ya no tiene el disfraz de una democracia representativa.  

Además de entretenida y juguetona, la obra de Turtledove hace reflexionar que, en la coyuntura de entreguerras, y particularmente tras la Gran Depresión, nada podía garantizar que en Estados Unidos sobreviviera una democracia liberal, dada la desesperación de los trabajadores. En las elecciones del 32 tienen que elegir entre Steele y la continuidad de las políticas liberales republicanas de Hoover, que no habían logrado ser socialmente satisfactorias. Las libertades importan menos que una maldita plaza de trabajo.

Comparado con el histórico Josif Stalin, Joe Steele es ligerito. El narrador resuelve el asunto sin que se desarrolle una dictadura totalitaria, al estilo nazifascista o bolchevique, pero sí una pseudodemocracia autoritaria guiada por un hombre fuerte que apela al nacionalismo, oscila, en lo económico, entre políticas de izquierda y de derecha, deshace los contrapesos tradicionales del sistema político americano y termina por instalar un régimen policíaco. Estas son precondiciones para una dictadura en todos sentidos, como la que se vislumbra con Hoover, en el oscuro final.

Porque ¿quién nos puede asegurar que Estados Unidos está vacunado en contra de una dictadura disfrazada? ¿O en contra de una dictadura tout court?

Y quién sabe. A lo mejor éste en el que vivimos, y en el que ganó Donald Trump, es un mundo paralelo, inventado por un Turtledove del mundo real.

 

miércoles, enero 06, 2016

Ucronías, las historias que no fueron





 En vez de hacer un balance del año terminado o, peor todavía, una perspectiva del que apenas empieza, podremos ponernos a pensar en lo que no fue y, por lo tanto, no será. Puede ser una buena vacuna contra la malhadada costumbre de simplemente proyectar lo de hoy para un mañana inercial. El futuro no suele ser inercial.

¿Qué mejor manera de especular que a través de la ucronía? La ucronía es una suerte de historia contrafactual llevada a los extremos. La historia contrafactual es el análisis de lo que hubiera sucedido a partir de un cambio en algún momento histórico. Hay varios ejemplos de ella: ¿Qué hubiera sucedido con el PIB de Estados Unidos si se hubiera retrasado la invención del ferrocarril? ¿Cuáles hubieran sido los cambios en la política de haber sobrevivido Kennedy al atentado que acabó con su vida?

Mientras que la primera pregunta puede contestarse a través de corridas estadísticas (y el resultado es apenas un retraso de un par de años), en la segunda cabe más la especulación (y hay libros que suponen su reelección sin problemas y otros que hacen hincapié a una serie de escándalos con los que tiene que lidiar).
La ucronía tiene más de ejercicio literario de ficción y termina con la creación de mundos paralelos, que pueden ser muy diferentes del actual, pero –si la ucronía está bien hecha- resultan inquietantemente posibles. Van algunos ejemplos.

En 2008 la revista Letras Libres pidió a distintos escritores hacer algún ejercicio de ucronía. El más memorable resultó el de José Emilio Pacheco, Desde las mesas de fondo de La Bombilla, dos comensales disparan a José de León Toral y el candidato Álvaro Obregón no es asesinado. “El Caudillo Inmortal, el Padre de la Patria, el Rayo de la Guerra, el Héroe de la Paz que, como Presidente Vitalicio, Secretario del PRO y Jefe Máximo de las fuerzas armadas, condujo a México a lo largo de casi todo el Siglo XX”, hasta su muerte, un 2 de octubre de 1968, y hay una matanza contra quienes festejan el fin de la tiranía.

Hay varias historias que imaginan un triunfo de la Confederación en la Guerra de Secesión americana. Una es Bring the Jubilee (Lo que el Tiempo se Llevo, en la edición española), de Ward Moore; en ella, los sureños conquistaron América Latina y su capital es Leesburgh –antes llamada Ciudad de México-; un historiador nacido en el derrotado y empobrecido EU, viaja al pasado con el fin de estudiar la guerra, pero accidentalmente causa la muerte del oficial que ocuparía una posición clave en la batalla de Gettysburg, y le da vuelta a la historia: el mundo que vivimos es resultado de ese Efecto Mariposa. El tipo queda atrapado en un pasado que lo conducirá a un futuro diferente al que vivió.

Otra es del campeón de la ucronía, Harry Turtledove: How Few Remain parte de que los soldados de la Unión no pudieron hacerse –como en realidad sucedió- de un mensaje que detallaba la estrategia del general sureño Robert E. Lee, la guerra se prolonga e incluso hay una Segunda Guerra Mexicana (porque los sureños quieren llegar al Pacífico y le han comprado Chihuahua y Sonora a Maximiliano).

Turtledove también es autor de Joe Steele, una novela en la que Stalin es hijo de emigrantes georgianos en EU y se abre paso en la política gringa, con métodos brutales. Se enfrenta al líder soviético, Trotsky, pero al final se alía con él y con Churchill para derrotar a Hitler. La victoria sobre Japón tarda más que en la realidad histórica porque Joe Steele mandó asesinar a varios de sus generales “por incompetentes” y a varios científicos del Proyecto Manhattan (Einstein, Fermi, Oppenheimer).

Un cuento maravilloso de Turtledove narra el esfuerzo que hacen un grupo de frailes cristianos y de clérigos musulmanes por convencer, en el Siglo VIII, al líder de los búlgaros –un pagano- a convertirse a su religión. Los cristianos tienen a su favor que al búlgaro le gusta la bebida; los musulmanes, la perspectiva de tener varias esposas. Al final, lo que decide es el cielo: mucho mejor departir con vírgenes que cantar loas a Dios por la eternidad. Bulgaria y buena parte de Europa central se islamizan y el imperio bizantino cae cinco siglos antes.

Philip Roth tiene una novela, El Complot contra América, en la que el aviador Charles Lindbergh, conocido antisemita, gana la presidencia de Estados Unidos por el partido republicano en 1940, con la consigna de “Voten por Lindbergh o voten por la guerra”. EU firma un pacto de no agresión con Alemania Nazi y con Japón. Hay conflictos que llevan al país al borde de la guerra civil. El asunto se resuelve con la desaparición de Lindbergh, la radicalización del vicepresidente (y los pogromos) y nuevas elecciones, en las que gana Roosevelt. La vida de los judíos en Estados Unidos se vuelve difícil y está contada por un niño, el propio Philip Roth.

A veces no conviene cambiar la historia. En Making History, de Stephen Fry, el personaje logra viajar al pasado y envenenar con unas píldoras anticonceptivas masculinas el pozo del pueblo donde nació Hitler. Al regresar al futuro, resulta que no hubo Hitler, pero sí nazismo, con un líder igualmente carismático, pero más paciente y efectivo. De hecho, el agua del pozo la usaron para esterilizar a los judíos europeos.

Una de las novelas ucrónicas más destacadas es de Philip K. Dick, conocido por ser la fuente de películas como Blade Runner, El Vengador del Futuro y Sentencia Previa. La novela se llama El Hombre en el Castillo. En esta historia alterna, Franklin D. Roosevelt es asesinado y las administraciones republicanas son incapaces de sacar a Estados Unidos de la depresión económica. En esas condiciones, enfrenta al eje nazi-fascista en una situación de debilidad y es derrotado. La novela se desarrolla en unos Estados Unidos divididos en zonas de influencia alemana y japonesa, Lo interesante es que los personajes leen una novela ucrónica… en la que alemanes y japoneses fueron derrotados por los Aliados en la Guerra Mundial.

El inglés Brian Aldiss tiene dos cuentos extraordinarios de historia contrafactual. Uno se llama “¡Peligro: Religión!” y juega con la idea de mundos paralelos. Un sociólogo británico es raptado por unos humanos provenientes de otro bucle de tiempo, que han logrado encontrar el camino para ver otras posibles derivaciones históricas. Estos hombres viven en un mundo dominado por la Iglesia Católica, con grandes diferencias sociales y niveles de servidumbre inaceptables para nuestros estándares. Buscan sociólogos de otras historias para que los ayuden a combatir una insurrección popular. El británico encuentra eso inaceptable y busca ayuda de otros sociólogos capturados, pero se encuentra con dificultades: uno, por ejemplo, viene de una realidad en la que hay una dictadura maoísta global. Finalmente se hace de un aliado: deciden usar el bucle para destruir el mundo de sus raptores. Al final de la historia, resulta que al aliado no le interesan la democracia o los derechos humanos: quiere destruir a los cristianos con las innumerables centurias del milésimo César.

El otro se llama “Capullo en Flor”. Es un relato erótico. Lobinson Jon hace el amor con una joven prostituta en una Inglaterra conquistada por China. La muchacha le habla de rumores increíbles: que en realidad China nunca derrotó a Occidente y que todo es propaganda. Lobinson Jon se burla de ello. Luego del acto sexual, se asoma por la ventana y la descripción del Londres con techos de teja que mira es, en realidad, la de un pueblo chino tradicional. Lo curioso es que esta ucronía necesita ahora dos cambios de la historia, no sólo uno.

Hablando de religión, hay una novela de Keith Roberts, titulada Pavana. La Armada Invencible sí fue invencible; Isabel I de Inglaterra fue asesinada, el protestantismo fue extirpado, el Papa tiene un enorme poder temporal y en el siglo XX viven con tecnología atrasada por un siglo respecto a nuestra historia.

Hay también ucronías españolas. La mayor parte de ellas, habría que imaginar, hablan de una república española triunfante sobre Franco. La suerte –buena o mala- de esa república depende, lógicamente, de la posición ideológica del autor. La más conocida es En el Día de Hoy, de Jesús Torbado, escrita en 1976, cuando apenas iniciaba la transición a la democracia. En la novela, la posibilidad de tener suministros permite a la República ganar la batalla del Ebro y los rebeldes huyen. Ernest Hemingway escribe la novela “Madrid era una Fiesta”. Pero eso significa que Alemania invadirá la república de España en el marco de la II Guerra Mundial…

Y nada menos que el ex presidente francés Valery Giscard D’Estaing escribió una novela ucrónica: La Victoria de la Grande Armée, según la cual Napoleón hace un movimiento estratégico genial durante su campaña rusa y termina ocupando Moscú. El resto es puro grandeur  francés.

Las historias ucrónicas no tienen que ser siempre políticas. El cuento The Undiscovered relata la historia de un dramaturgo inglés que se emborracha y cuando despierta está en un barco que lo llevará a América. Allí es capturado por los cherokees. Se hace llamar “Agita-la-lanza” (o Shakespeare, en inglés). Lo adoptan y ese extraño miembro de la tribu escribe una obra de teatro, Hamlet, que les parece absurda y divertidísima, cuando el pobre Agita-la-lanza creía que era una tragedia.

Un grupo de periodistas argentinos escribió diez historias ucrónicas con tema local: en una de ellas, el árbitro ve la “mano de Dios” de Maradona, lo expulsa, invalida el gol y Argentina es eliminada por los ingleses: el Pelusa se convierte, entonces, en un apestado social. En otra, lo que son las cosas, imaginan lo impensable: que el cardenal argentino Jorge Bergoglio se convierte en Papa e impone en el Vaticano un estilo tercermundista. Su único error, un lapso de siete años entre lo imaginado y lo sucedido. Ni modo.

Reitero que es notable la escasez de ucronías mexicanas. Va una serie de propuestas sobre el momento del cambio:

Hernán Cortés y Moctezuma han llegado a un arreglo; la expedición de Pánfilo de Narváez termina en naufragio, lo que retrasa la llegada de la viruela, evita la matanza de Tlatelolco a manos de Pedro de Alvarado y…

Las inundaciones en el Siglo XVII obligan a cambiar la capital de la Nueva España. Ya no será la Ciudad de México, sino Puebla…

Miguel Hidalgo se decide a tomar la Ciudad de México (por lo que no hay derrota en Puente de Calderón), lo que da un nuevo giro a la guerra de Independencia…

Guillermo Prieto llega tarde, por lo que no puede pronunciar su frase de “Los valientes no asesinan”. Los soldados de Landa han asesinado a Juárez…

Madero desconfía de Victoriano Huerta y, tras el alzamiento de la Decena Trágica, pone a Felipe Ángeles al mando de las tropas federales…

Carranza considera que el contenido del Telegrama Zimmermann puede ser interesante, en el Telegrama Carranza responde que…

La bala pasa rozando la cabeza del candidato Luis Donaldo Colosio, pero no lo toca...

Hay historias ucrónicas  anglosajonas, italianas, españolas, francesas, alemanas, japonesas, chilenas y hasta cubanas... Pero cabe una pregunta: ¿Por qué en México han sido tan escasas? Tal vez sea porque, en el fondo, le tenemos demasiada reverencia a la Historia.
  
Tal vez si pensamos en las historias que no fueron, podamos entender mejor la que sí sucedió. Por eso digo que, además de divertida, es una asignatura que los mexicanos tenemos pendiente.





jueves, junio 04, 2015

La reforma de los semivivos


En la novela de ciencia ficción Ubik, de Philip K. Dick, hay un grupo de personas conocido como los semivivos. Son gente que no está viva ni está muerta, que es mantenida en una situación de criogenización, que tiene contacto esporádico con los vivos, pero que normalmente lleva una especie de vida virtual, en un universo creado por su mente semicongelada.

El símil vino a la mente tras el escueto anuncio de la SEP acerca de la suspensión indefinida de la evaluación a los maestros, que es parte nodal de la reforma educativa. Esta queda ahora en una situación como la de aquella novela: está semiviva, criogenizada, en una congeladora verdaderamente fría.

Tratándose de una reforma constitucional, matarla de un plumazo hubiera sido ilegal. Ya sabemos que el gobierno se compromete formalmente  a cumplir y hacer cumplir la Constitución. Se decidió, entonces, pararle el corazón, enviarla a la cámara criogénica y hacer como que todavía existe. Por lo pronto, no resucitará hasta nuevo aviso.

En febrero de 2013, cuando se promulgó la reforma educativa, el presidente Peña Nieto señaló: “avanzamos en la construcción de un marco legal moderno y eficaz, y fortalecemos la rectoría del Estado mexicano en la educación, esencial para superar los retos de este sector estratégico para el desarrollo nacional. Sin duda, éste es un cambio de fondo, que marcará para bien el rumbo de México en las siguientes décadas…”.

Efectivamente, uno de los objetivos centrales de esa reforma era fortalecer el papel del Estado en el ámbito educativo, y arrancar el control a los grupos de poder sindicales, fortalecidos durante lustros por la inacción gubernamental. Suspender la evaluación significa, en palabras llanas, que el Estado mexicano se reconoce como incapaz para llevar a cabo esa tarea.

Ha sido una victoria para la CNTE, y –por su parte- la dirigencia del SNTE, que luego de la detención de su dirigente histórica, Elba Esther Gordillo, había apoyado de dientes para afuera la reforma, ha guardado un piadoso y conveniente silencio, porque la abdicación del Estado también le es útil.

A primera vista, de lo que se trata es de ceder en el principal de los argumentos de la CNTE en la expectativa de que esta organización desista de intentar boicotear violentamente las elecciones del próximo domingo.

Si es así, las autoridades han actuado con una ingenuidad asombrosa: es evidente que la agenda de la Coordinadora va mucho más allá de la evaluación magisterial; de lo que se trata es, en su estrategia delirante, de crear condiciones prerrevolucionarias, y el boicot a los comicios federales, y a todo lo que huela a democracia institucional, es una parte medular. Y la previsible respuesta de la CNTE no se ha hecho esperar.

En otras palabras, el gobierno ha dado todo a cambio de nada.

Hay varias cosas que preocupan particularmente. Una es la decepción que la medida genera en los casi 200 mil maestros –los buenos maestros, los que son mayoría- que se inscribieron al concurso de oposición para lograr una plaza en el magisterio, y en los cerca de 60 mil profesores que buscaban una promoción en el servicio docente. Para ellos, la posposición indefinida de sus esperanzas. Hay que conciliar con los otros, los que secuestran camiones, queman papeletas y congresos locales; los que desquician las ciudades, bloquean negocios, toman casetas de peaje y exigen tener el control político-corporativo de las plazas.

Otra es el mensaje que esto conlleva. De nada sirve estudiar, intentar hacer carrera, manejarse dentro de las instituciones, si con marchas, palos y bombas molotov se puede lograr más. Se puede, incluso, darle la vuelta a la Constitución y llevarla de paseo. Es un mensaje que diversos actores de la vida social –llámense taxistas, solicitantes de tierra o vivienda, caudillos que mandan al diablo las instituciones y un largo etcétera- pueden entender como una invitación a estrangular lo estrangulable, al cabo que así es como en realidad se arreglan las cosas.

Se supone que el objetivo de la renuncia era generar condiciones de tranquilidad para las elecciones. Estas existirán de todos modos en la mayor parte del país. Y de todos modos no las habrá donde la CNTE tiene asentados sus reales. El proceso se llevará a cabo con relativa normalidad. En cualquier caso, lo que hace esta medida es quitar trascendencia al momento electoral.

Me explico. El domingo los mexicanos elegiremos a nuestros representantes en la Cámara de Diputados, cuya principal labor es la aprobación de leyes. Nos importan las elecciones porque nos importa la legislación que emane del Congreso. ¿Pero qué pasa cuando esas normas, aprobadas por diputados y senadores federales y los congresos locales se convierten en papel de estraza con un simple comunicado? ¿Para qué tantos brincos, tanto gasto, tanta parafernalia democrática?

Esto nos lleva a una conclusión dramática. No sólo es la reforma educativa (ya con minúsculas, ni modo) la que ahora está en el reino de los semivivos. Es el propio gobierno federal, que verá disminuida su capacidad para hacer cumplir las otras reformas ya aprobadas, y muy acotada la posibilidad de que la legislatura que se votará el domingo apruebe nuevas reformas de gran aliento.

Decíamos que los semivivos de la novela tienen contacto esporádico con los vivos. Si el gobierno quiere enviar una señal positiva a la sociedad, debe reprogramar a la brevedad las evaluaciones al personal docente; tal vez así puede evitar el proceso de criogenización al que él mismo se está sometiendo.

lunes, abril 15, 2013

Paradojas de Terminator








En octubre de 1991, vísperas del estreno de Terminator 2: el juicio final, en México, publiqué la siguiente columna en El Nacional Dominical:
  




 Lo bueno de las películas emocionantes es que no importa que desafíen la lógica. Lo bueno de las películas de ciencia-ficción es que te hacen meditar. Lo malo de algunas de las películas más emocionantes de ciencia-ficción es que, cuando te pusiste a pensar, te diste cuenta de que tenían una lógica absurda. Eso me pasó con Terminator.

No me dilataré en la historia más que en lo esencial: en el futuro, los robots controlan la tierra, pero tienen que hacer frente a una rebelión de los humanos, liderada por John O’Connor. Cuando la revolución humana –que ha costado muchas vidas- está a punto de vencer, los robots, desesperados, lanzan al pasado a Terminator, un cyborg de combate, con la misión explícita de matar a Sarah O’Connor, la madre de John. Los guerrilleros, a su vez, envían al pasado a uno de sus cuadros, quien debe proteger a Sarah y liquidar a Terminator, cosa que no sólo consigue, sino que también se enamora de Sarah y, en una noche de motel, conciben a John. En su misión, el guerrillero perece, pero es el verdadero padre de la revolución humana contra los robots.

Pasemos a la especulación: lo primero que queda claro –y, de hecho, es explicitado en el filme- es que John O’Connor sabía quién era su padre y por eso lo mandó a matar a Terminator (sólo enviando al guerrillero al pasado, John podía haber existido: es, de manera indirecta, padre de sí mismo).

Evidentemente, John O’Connor no cree en un concepto básico de la ciencia-ficción que, por otra parte, es logiquísimo: la bifurcación del tiempo. Si yo oprimo la tecla a en este instante, hago un cambio en el futuro, aunque sea mínimo. Tal vez algún improbable y joven lector se aburra con esta columna, salga a tomar un café, encuentre al amor de su vida y conciba a un científico que salve muchas vidas, modificando –a su vez- múltiples futuros. El asesinato de Sarah O’Connor, de haberse producido, hubiera tal vez trastocado el futuro, los robots no hubieran tomado el poder, no habría habido una sangrienta guerra de guerrillas y todo mundo hubiera estado mucho más feliz. A cambio de ello, John O’Connor no hubiera existido.

Supongamos que el personaje de la película tenía una interpretación de la historia un poco menos metafísica y más determinista. Sería del tipo de los que piensan que nada cambiaría en lo esencial haciendo, por ejemplo, abortar a Clara Potzl, la madre de Hitler: las condiciones sociales estaban dadas para que cualquier otro hombrecito de bigote recortado hubiera guiado a Alemania a cometer las mismas atrocidades. Lo interesante es que, si O’Connor pensaba así, tenía necesariamente que suponer que él no era irremplazable y que, por lo tanto, dadas las condiciones de explotación en que vivían los humanos, si él no nacía, otro dirigente hubiera tomado las riendas de la revolución.

En conclusión, John O’Connor desechó la posibilidad de un cambio en la historia, con tal de asegurar su propia concepción y seguro liderazgo del movimiento. Para ello, no le importó mandar a la muerte a su propio padre, lo cual nos podría remitir a toda una serie de teorías psicológicas, pero mejor no.

Ahora bien, si O’Connor nos puede parecer absurdo o excesivamente egoísta, su actitud es comprensible, ya que cualquier otra opción implicaba, para él, no existir. Los que tenían una mente verdaderamente de malvavisco eran los robots.

En primer lugar, el problema de la bifurcación del tiempo se les presenta a los robots por partida doble. Viven, a la hora de lanzar a Terminator al pasado, la realidad de la derrota de Terminator, puesto que es un hecho que John O’Connor existe y es líder de la revuelta de los humanos. Su única apuesta, entonces, se basa en la validez de estas dos premisas: a) el tiempo puede bifurcarse; b) se bifurca de una manera tan leve que no afecta lo esencial del desarrollo histórico y es, al mismo tiempo, tan significativa que afecta de manera fundamental el presente. Los robots tomarán el poder de todos modos, pero no habrá guerrilla humana para oponérseles, porque carece de un líder preparado para ello.

Dan la impresión de no entender la metafísica –algo comprensible, si se ve que están hechos de microchips- pero tampoco la determinística. ¿Es imaginable un robot –o, más bien dicho, un Consejo Supremo de Robots- que juega, auténticamente, a los albures?

Este error elemental de los robots da pie a considerarlos como una suerte de nazis del porvenir: destructores, sí, pero sobre todo enamorados de su propia muerte.

Por eso, la película Terminator cuenta con tres personajes trágicos: fácilmente reconocible,  el guerrillero, destinado a ser padre de una revolución a la que se incorporó como soldado raso, a fecundar y morir; más o menos escudriñable, Sarah O’Connor, elegida por el destino (¿o por su hijo?) para una vida de persecuciones y su misión de entrenar a un futuro líder de masas; escondida, y por eso más trágica, la de Terminator, superrobot destinado al fracaso y, en cualquier caso, a ser destruido, porque si Terminator cumple su labor, entonces nunca fue requerido y no existe.

No sé si Terminator 2 responderá a alguna de estas (bastante inútiles) preguntas metafísicas. Estoy casi seguro de que, en vez de ello, va a crear mucha más confusión. No importa. De seguro ha de estar muy emocionante. Y eso es lo que le importa a quienes la produjeron, no nuestras revolturas mentales.

---
... y éstas son reflexiones posteriores:
 
La segunda película, por supuesto, aclaró unas cosas pero, como había yo predicho, causó mucha más confusión. Aparecen un Terminator bueno y otro malo, camaleónico, capaz de confundirse con un mosaico, con el agregado de que el Terminator bueno es el que era malo en la peli anterior, pero reprogramado.

Lo que mejor da rienda a especulaciones es el origen de los robots malévolos.Un brazo del Terminator original fue el que dio el impulso a la revolución tecnológica que los generó. Esto respondió de manera suficiente a mi perplejidad acerca de los motivos de los robots para enviar a Terminator a una misión suicida. El Consejo Supremo de Robots es un espejo perfecto de lo que hizo John O’Connor en la primera película: envía al robot asesino a la muerte a sabiendas de que, a partir de su brazo que quedó como desecho, los científicos humanos van a generar los robots que se convertirán en dueños del mundo. Así como John O’Connor es hijo y padre del guerrillero, los robots son hijos y padres del Terminator original. Así ya se entiende ontológicamente su decisión y debo retirar mi aseveración de que tenían mente de malvavisco.

Pero sucede que en Terminator 2, el robot destinado a proteger al niño John O’Connor es tan bueno y tan fiel a su misión que debe terminar autodestruyéndose y llevándose consigo el peligroso pedazo de brazo de su gemelo de la primera película. Al hacerlo, desmorona como fragmentos de la imaginación todo lo sucedido en ambos filmes, a menos de que creamos firmemente que los mundos bifurcados existen y que hay bucles en el tiempo.

Me explico.  Para que Terminator 1 suceda, tiene que haber robots que dominen a los humanos y un líder rebelde que mande a su padre a concebirlo. Según Terminator 2, para que haya robots que dominen a los humanos, tuvo que haber llegado el Terminator original y dejado por ahí su brazo mocho. Pero, si al final de la secuela, el brazo mocho es destruido, no hubo robots hegemónicos, por lo tanto no hubo Terminators malo, bueno y camaleónico-supermalo.

¿Pero qué está haciendo el niño John O’Connor ahí, viendo el último saludo del Terminator bueno cuando es deglutido por el líquido candente? En principio, no pudo haber existido, porque si no hubo guerra contra los robots –y, por consiguiente, él no fue el líder de la resistencia-, no pudo haber enviado en tiempo a su padre a fecundarlo. Podemos desechar la historia y considerar que todo ha sido un alucine de Sarah, que le ha contado una versión inverosímil del futuro a su hijo para justificar su situación de madre soltera. Pero esa sería la salida fácil.

La salida interesante, pero peliaguda, es la de los bucles en el tiempo bifurcado.  Hay dos mundos: en uno se dan la toma del poder de parte de los robots, desarrollados a partir del brazo del primer Terminator, la rebelión humana encabezada por John O’Connor y los sucesivos viajes al pasado; en otro, se da la destrucción del brazo y, por ende, no hay robots tiranos ni rebelión humana, y John O’Connor crece como un hombre con injustificados delirios de grandeza. Sin embargo, el tiempo de los robots queda estático, viendo siempre hacia atrás. La acción de los filmes se desarrolla a partir de los bucles en el tiempo, que pueden ser muchos, que es donde se desarrollan las otras secuelas y la serie de televisión sobre la vida de Sarah O’Connor.

viernes, febrero 03, 2012

20 películas de ciencia ficción

Las 20 películas de Ciencia Ficción que más me han gustado:



1.    Blade Runner (1982)
2.    Time after Time (1979)
3.    Solyaris (1972)
4.    The Terminator (1984)
5.    Gravity (2013)
6.    Metropolis (1927)
7.    The Truman Show (1998)
8.    Total Recall (1990)
9.    Alien (1979)
10.  Arrival (2016)
11.  Planet of the Apes (1968) 
12.  A.I. Artificial Intelligence (2001)
13.  Abre los Ojos (1997)
14.  Slaughterhouse-Five (1972) 
15.  War Games (1983)
16.  I, Robot (2004)
17.  Back to the Future (1985)
18.  Tron (1982)
19. A Clockwork Orange (1971)
20. Timeline (2003) 



      De la lista se pueden desprender algunos de mis intereses (u obsesiones) personales. Uno, claramente prevaleciente, son los robots y androides, con sus implicaciones ontológicas. Otro son los viajes en el tiempo o a mundos alternativos (lo que explica la presencia de Time After Time y Timeline, que combinan ciencia-ficción con historia y romance). Hago notar que dos remakes de obras aparecidas en esta lista (las versiones gringas de Solaris (2002) y de Abre los Ojos -Vanilla Sky (2001)- pudieron haber tenido cabida en la lista, pero no superaron a sus respectivos originales. Finalmente, me doy cuenta de que una década poco afortunada para el cine en general, la de los años ochenta, resulta estar muy bien representada en esta lista.