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viernes, noviembre 16, 2018

Viñetas (y taxistas) de Miami

(Estuve en Miami por unos días, por un evento deportivo en el que participó Taide. Aquí algunas viñetas):

El centro
Para mí, que había ido a Miami sólo una vez, en 1970, el centro de la ciudad me pareció totalmente desconocido. Ya no era la ciudad chaparra –para los estándares norteamericanos- y un poco desastrada. Ahora uno tras otro se yerguen rascacielos dosmileros, todos de grandes ventanales verdes, con piscinas en el décimo de los cuarenta pisos. Por el río pasan los yates de todos tamaños y, en imagen de Metrópolis tropical, por sobre las autopistas pasa un monorriel. Pero igualmente es un centro estéril, sin tiendas en las partes bajas, dominado por los automóviles, que obliga a los peatones a hacer paradas que parecen interminables mientras sufre el fuego cruzado de los vehículos que le pasan alrededor.

El primer taxista (Centro-Wynwood)
Le preguntamos su nacionalidad al chofer del primer Uber que tomamos. Venezolano, con claro acento caribeño. De inmediato se pone a hablar de la situación de su país. Lleva dos años en Miami, y se trajo a su mujer y a uno de sus hijos. Otro, el mayor, está en Perú. Calcula en tres millones ya, la diáspora. Nos dice que era supervisor de una cadena de almacenes, “y ahora manejo un Uber”. Eran 28 los almacenes que supervisaba, ahora nada más quedan cuatro, “y sin nada qué vender, la empresa va a desaparecer”.  Su hermana murió de un aneurisma que no le pudieron curar, porque no había la medicina. Y en un momento dado le dijo a su madre: “yo desde aquí no te puedo ayudar”, y decidió la partida. Ahora le envía latas de atún, medicina, lo que se pueda.

Wynwood
Wynwood era una zona de Miami en absoluta decadencia. Almacenes que se vaciaban y casas desastradas, ocupadas en su mayoría, primero por puertorriqueños y luego por inmigrantes de América Central. Unos gestores de arte decidieron revitalizarlo promoviendo  el uso de grafitis, murales y diversos tipos de arte urbano. Se abrieron galerías, se hicieron exposiciones y el lugar se transformó. Dejó de ser un barrio peligroso y oscuro, para convertirse en un sitio atractivo para los turistas. Wynwood tira rollito buena onda, mientras se va poblando de restaurantes y lofts de lujo. En el proceso de gentrificación, expulsa a los habitantes originales, que irán a otro barrio descuidado. No deja de ser paradójico.

El segundo taxista (Centro-Miami Beach)
El segundo taxista resultó ser también venezolano, pero de madre ecuatoriana y con más de diez años en Estados Unidos. Al saber que éramos mexicanos, se puso a hablar acerca de la cancelación del aeropuerto en Texcoco, externando, primero de manera oblicua y luego directamente, su preocupación porque López Obrador llegara a ser otro Chávez. No quedó convencido de nuestras seguridades. “Nosotros estábamos hartos de los gobiernos corruptos de Caldera y Carlos Andrés Pérez, pero no sabíamos en qué nos estábamos metiendo”. Luego dice que Maduro es mucho peor que Chávez, pero que quien verdaderamente gobierna es Diosdado Cabello. “Que no se arregle el suyo con los militares, y menos con los que están metidos con los narcos”, advierte. Remata: “en Cuba están mucho mejor que en Venezuela, allí tienen una tarjeta de racionamiento y al menos comen; allí tienen una que otra medicina en los hospitales y al menos el enfermo cree que lo están curando. En Venezuela, ni eso”.

Miami Beach
En una parte de Miami Beach parece haberse detenido el tiempo. Uno tras otro se suceden edificios art-decó. Muchos son pequeños hoteles, también muy monos en su interior. Otros son comercios o edificios públicos. El lugar resulta atractivo porque, al mismo tiempo que es una zona de playa, parece tener el tamaño humano que en otras partes se está perdiendo. Además, el tipo de letras, los pequeños detalles ornamentales, el juego de las formas, se queda en la retina de una manera, que al final uno termina soñándolo. A veces es inquietante que lo onírico y lo real se confundan, pero eso es precisamente, algo que buscaba la estética de entreguerras.
Y uno no puede dejar de pensar en los destinos mexicanos de playa, dominados por hoteles-resort gigantescos, que arropan al turista de manera tal que casi nunca sale de ellos, y cierra los ojos y se imagina que en una situación como la de Miami Beach, un presidente municipal, un gobernador, un presidente mexicanos, bien pudieron haber sido convenientemente convencidos para derribar los hoteles “viejitos” y erigir en su lugar tremendas moles all-inclusive. O no. Ya vemos cómo se dejó podrirse al Acapulco tradicional. Se pierde así, también, la noción de estar de paso por un lugar e imaginarse sin problemas, sólo cambiando la moda y el lenguaje corporal de las personas, cómo era aquello allá por 1938. Algo que se puede hacer porque el distrito tiene protección federal (digamos que del equivalente del INBA).

En la explanada Lincoln, entre cafés, fumaderos y restoranes de todo tipo y nacionalidad, está una pareja de ancianos cubanos pidiendo limosna. Y uno piensa qué a veces el destino es atroz: en vez de vivir en la pobreza, quizás extrema, pero compartida en la isla, huyeron de ahí para vivir en la miseria y la soledad, ellos islas en el mar de prosperidad que bulle a su alrededor.

El tercer taxista (Miami Beach – Little Havana)
El tercer hombre del Uber nos preguntó de dónde éramos, para de inmediato decirnos que él era cubano, pero había vivido en México. Aquí estuvo 12 años, y llevaba 15 en Miami. Dijo que la decisión de ir a Estados Unidos fue la peor que tuvo en su vida. “Pensé que aquí iba a vivir como americano, pero qué va. Aquí uno vive como latino, que no es lo mismo… fui malaconsejado”. Luego pasó a decirnos que México es el mejor país del mundo para vivir, por la gente, las posibilidades, la comida. Dijo que entendía que hubiera mexicanos que se quisieran ir a EU, “pero para sobrevivir, porque aquí se sobrevive, pero en México se vive”. Se casó con una mexicana y tuvo hijos mexicanos, “que ahora están acostumbrados a lo de acá, y son más de acá que nada aunque mi hija quiere vivir en Europa”. Dijo conocer todos los estados de la República, como vendedor. Tiene una casita en Jiutepec, que usa un cuñado. Allá sueña con regresar, dentro de cuatro años, cuando haya conseguido lo necesario para la jubilación “porque trabajo en una empresa, el Uber es para completar, porque aquí uno no vive la vida, como en México, aquí uno vive para trabajar”. Nos recomendó un lugar para comer auténtica comida cubana, muy sabroso y con un café espectacularmente bueno, pero que no estaba precisamente en la Pequeña Habana.  

Little Havana
Tomamos un camión para la Pequeña Habana. O más bien habría que decir una guagua, porque el ambiente que traía era parecido a los relatos de juventud de mi madre. En una guagua todos hablan como si se conocieran de toda la vida, empezando por el chofer. Comparativamente, cualquier camión mexicano es una tumba. La gente te envuelve, en sus ganas de mover la sinhueso (que en Cuba es la lengua) y entonces ya no te parece tan raro ver al tipo que lleva a pasear a un pececito dentro de una copa de agua.

La Pequeña Habana es más pequeña de lo que imaginaba (en 1970 había estado en La Sagüesera, South West Miami, que es donde vivía la comunidad cubana, pero no en esa parte considerada como típica). Más allá de un tendajón y dos tiendas de buen café, no tiene nada de relevante, entre otras cosas porque, aunque todo mundo habla español, esa es ya una característica de toda la ciudad, que me pareció mucho más hispanohablante que Houston o Los Ángeles. Tal vez lo más representativo sea un monumentito que tienen a “los mártires de la brigada de asalto”, organizada por la CIA en 1961, que intentó invadir Cuba y recibió una derrota histórica de parte de los revolucionarios en Playa Girón (o Bahía de Cochinos, como dicen en Miami). Junto a ese, hay otro con uno como guerrillero que se enfrentó a los sandinistas en 1979 (es decir, uno que apoyaba a Somoza) y que resulta que es un sospechoso de haber participado en el asesinato de Kennedy. Monumentos tristes, derrotados y mohosos. Se me quedó la palabra “mártires”. Parece que se utiliza para aquellos que murieron sin paladear la victoria. Como nuestros pobres irlandeses. Como los de Tacubaya. Como los de Chicago.

El cuarto taxista (Little Havana – Miami Beach)
El último taxista platicador también era cubano. Usaba su apellido porque su nombre era de esos impronunciables que se pusieron de moda en la Isla. Había nacido en Santa Clara, pero se fue de niño a Estados Unidos, en el año 2000. Aclaró que él se fue en avión, pero su papá se fue de balsero “y todavía no puede ver el mar de noche, se pone nervioso, porque después de tres días de remar, llegó un momento en que tres tiburones rodearon la balsa y nadaban alrededor de ella, como esperando su momento”. Dijo que su padre los llegó a visitar y usaba a México como trampolín, que una vez le llevó dulces y una golosina enchilada “yo no sabía lo que era eso, yo sólo sabía de arroz y frijoles y puerco, me tuve que tomar un cubo de agua”. Tampoco maneja todo el día, su trabajo fuerte es de cantinero en un club nocturno. Tal vez el que hubiera tenido si en Cuba no hubiera habido la revolución que hubo.

viernes, agosto 04, 2017

Venezuela: la fuga hacia la suplantación (y la dictadura)



Es difícil encontrar precedentes históricos de lo vivido en Venezuela durante el último mes. En medio de una crisis económica galopante, se desarrolla una guerra civil en sordina, que ha culminado en dos votaciones excluyentes entre sí, en un centenar de muertos y en el fin de la mascarada democrática de la “Revolución Bolivariana”.

Las elecciones del domingo 30 de julio, para nombrar una Asamblea Constituyente, fueron las típicas de un Estado totalitario. No participó la oposición, y no lo hizo –entre otras razones– porque todo el proceso estaba diseñado para que la representación fuera exclusivamente de fieles al régimen.

La votación se diseñó de tal forma que las zonas urbanas, donde se concentra la oposición, estuvieran sub representadas y  una parte de los constituyentes fue votada bajo una lógica gremial-corporativa: trabajadores, campesinos (y pescadores), estudiantes, personas con discapacidad, pueblos indígenas, pensionados, empresarios y comunas (y consejos comunales).

Tampoco podían participar los partidos políticos como tales. Eso no obstó para que fueran elegidos, por ejemplo, Diosdado Cabello, número dos del régimen, la excanciller Deysi Rodríguez y –no podía faltar– Cilia Flores, esposa del presidente Maduro.

El primer papel de esta asamblea –cuya misión formal es cambiar la Constitución promulgada durante los primeros años de Hugo Chávez en el poder– es sustituir en los hechos al parlamento elegido bajo las leyes electorales tradicionales, que es plural, pero en el que la oposición a Maduro tiene la mayoría.

Se trata, pues, de una suplantación. En un país escindido, una parte decide suplantar al todo. Además, lo hace con la consigna de realizar una fuga hacia adelante. La idea, si se le quiere ver en positivo, es blindar los cambios realizados por el chavismo; en negativo, es generar condiciones en las que toda disidencia sea castigada con severidad e imponer la “democracia participativa” de las comunas y consejos comunales creados por Chávez.

En otras palabras, no se trata de una Constitución como la conocemos en otras partes, en donde el texto plasma el contrato social vigente. Lo que pretende plasmar es precisamente la ruptura del contrato: la decisión de una parte de la población de actuar en contra de la otra parte. No se trata de organizar en común la vida de ciudadanos que tienen distintas maneras de pensar, sino de imponerse contra los que piensan diferente.

El proceso a través del cual Venezuela se transforma en dictadura tiene la peculiaridad que, a pesar de que el creador de la Revolución Bolivariana no era ningún demócrata, llegó al poder a través del mandato ciudadano en las urnas. Recordemos que Hugo Chávez ganó con facilidad las elecciones de 1998. Su “Polo Patriótico” obtuvo el 56 por ciento de los votos.

Aquellas elecciones estuvieron signadas por el hartazgo social hacia la clase política tradicional, corrompida y que se repartía el poder. Tanto los democristianos del COPEI como los “nacionalista-revolucionarios” de AD estaban hundidos en las encuestas, ante el militar que prometía “refundar la República”. El desprestigio de adecos y copeyanos era tal que acabaron desechando sus propias candidaturas. El COPEI primero apoyó a Irene Sáez, una ex Miss Universo que se había lanzado como independiente y, una semana antes de los comicios, cambió por Henrique Salas, un político que se había lanzado como independiente. AD dejó botado a su candidato y pidió también el voto por Salas. Sáez obtuvo el 2.8 por ciento de la votación; Ucero, el candidato adeco, el 0.6 por ciento.

En el 2000, tras la aprobación de la nueva Constitución, Chávez obtendría casi el 60% de los votos, la mayoría absoluta de la Asamblea Nacional y capacidad para consolidar su proyecto social, apoyado en los altos precios del petróleo, de los que dependía totalmente. Se trataba de un esquema con los pies de barro, ya que dependía del precio de una sola mercancía.

En 2006, el bolivarianismo chavista llega a la cúspide de la popularidad y su líder se reelige con el 63 por ciento. Ya no alcanzaría esa cota en su última reelección, en 2012, en la que ya enfrenta a una oposición mayoritariamente radicalizada. Luego vendrían su enfermedad y muerte, coincidiendo con la caída, primero paulatina y luego estrepitosa, de los precios internacionales de petróleo.

Nicolás Maduro, nombrado sucesor por el dedo de Chávez, ganó las impugnadas elecciones de 2013 por apenas un punto porcentual. Parte de ello se debió a la campaña delirante de Maduro (recordemos la anécdota del “pajarito chiquitico” que era el alma de Chávez) y a que no mostró otra propuesta que la cantaleta del eterno amor al eterno líder.

Maduro, un hombre mucho menos capaz que su antecesor, se topó con una inflación creciente, problemas de desabasto, deuda pública disparada, inversión escasa y criminalidad al alza. En realidad nunca se le ocurrió intentar resolver esos problemas, sino que se dedicó a predicar una ideología vaga, a buscar culpables externos y a polarizar más la arena política. Eso le costó perder las elecciones legislativas de 2015.

En ese momento había dos opciones. O empezar a hacer política democrática o fugarse hacia una dictadura. Sólo un pacto que tomara en cuenta los distintos intereses sociales podía evitar la espiral de hiperinflación y desabasto. Ante una oposición envalentonada Maduro prefirió las medidas unilaterales, que culminan con este autogolpe. Una revolución que comenzó por las urnas, termina dándoles la espalda cuando se da cuenta de que la mayoría de la población ya no la apoya.

Ahora Venezuela dejará el “capitalismo popular” que propugnaba el ala histórica del chavismo, y se adentrará en el terreno pantanoso del “Estado comunal”, un esperpento que puede traducirse en un retroceso económico de muchas décadas.

Desgraciadamente, en Venezuela el espacio para cualquier tipo de pacto político se ha hecho mínimo. La polarización ha llegado a extremos que nublan cualquier salida racional.

Los venezolanos acabarán encontrando esa salida. Pero me temo que dentro de un buen tiempo, tras un sufrimiento social innecesario.   

miércoles, enero 20, 2016

El delirio económico





Quienes tenemos edad recordamos lo difícil que era vivir con hiperinflación. Corría el sexenio de Miguel de la Madrid, años 80, y uno nunca sabía si lo que llevaba en la bolsa le iba a alcanzar, porque los precios cambiaban día con día. En esos años también hubo escasez ocasional de algunos productos básicos: de repente faltaba la leche; otras veces, la carne de res o el huevo. Era complicadísimo vivir así.

Ahora imaginemos que a esa inflación se le acumula que los bienes que escasean de la canasta básica son el 87 por ciento: es decir, casi todos: alimentos, medicinas, papel del baño y otros productos higiénicos. Agreguémosle una recesión profunda (no un mero estancamiento, como en el México de hace tres décadas), la existencia de cuatro tipos diferentes de valor del dólar y tendremos una idea de cómo la están pasando los venezolanos.

Una situación de este tipo es, evidentemente, de emergencia económica. Ésta se puede tratar de dos maneras distintas: a través de medidas unilaterales o mediante un pacto que tome en cuenta los distintos intereses sociales.

En el México de aquellos años, la serie de medidas unilaterales del gobierno se topó con la rejega realidad y no funcionó. La inflación empeoraba y la economía no jalaba. Hasta que hubo un pacto para la estabilidad y el crecimiento económico aminoró la escalada de precios y se generaron condiciones para salir del atolladero.

En la Venezuela de hoy, la política de confrontación le está ganando la partida a la más elemental lógica económica. El gobierno de Nicolás Maduro ha entendido la emergencia como oportunidad para una fuga hacia adelante –y, de paso, para un enfrentamiento entre el Ejecutivo bolivariano y el Legislativo opositor-. Y resulta en la receta perfecta del desastre.

La idea, detrás del decreto de Maduro, de imponer un corralito cambiario con tintes políticos y de abrir la (muy probable) posibilidad de que el Estado se apropie de bienes privados en las cadenas productivas estratégicas, no sólo no sirve para acotar los problemas económicos que hoy atraviesa Venezuela, sino que los exacerba.

Lógicamente, la propuesta del presidente venezolano se encontrará con el veto de la Asamblea con mayoría opositora, Maduro dirá que las cosas no se resuelven porque el legislativo lo bloquea y todo se reducirá a una disputa político-propagandística de señalamiento de culpables, mientras que lo poco que queda de la economía termina de irse por el caño.

Prueba de que a Maduro no le interesa una salida económica a la crisis en la que ha metido a su país es la designación de Luis Salas como una especie de superministro de Economía Productiva.

Luis Salas
Salas es un sociólogo de 39 años, en cuyos escritos no se muestran conocimientos de economía, sino una suerte de marxismo de manual mal digerido, acompañado por una serie de ideas que se pretenden originales, pero que en realidad son derivadas –e igualmente mal digeridas- de la sociología latinoamericana del desarrollo de los años setenta y ochenta.

El atractivo y lo relevante de Salas, a los ojos de Maduro, es precisamente que no es economista y que reduce los problemas económicos a una confrontación política. De esa manera, el mandatario venezolano se libra de los molestos economistas del chavismo, que llevan rato pidiendo la unificación de los tipos de cambio como primer paso de racionalidad para terminar con distorsiones inflacionarias y con una fuente tremenda de corrupción.

Para Salas, la inflación “no es una distorsión de los mercados”, sino una “herramienta de lucha política” con la que los empresarios presionan a los gobiernos. Dice que “la inflación no existe en la vida real” y que los precios aumentan por “el egoísmo”.

Opina el superministro que “los precios siempre están controlados”. Es decir, no existen la oferta y la demanda. Mucho menos, la competencia. O los controla el gobierno o los controlan los comerciantes y productores. Si estos últimos son una clase “parasitaria y rentista”, entonces qué mejor que los controle el gobierno.

Dice Salas que en el capitalismo se vive en constante “guerra económica”, y su propuesta es que –en vez de que las personas sean rebajadas al nivel “de predador o de presa… viva o pendeja”-, debe crearse un frente “contra la plutocracia”. Por lo tanto, hay que evitar todas las propuestas que muevan hacia el “capitalismo popular”, empezando por las del ala histórica del chavismo.

En esa lógica delirante, el precio internacional del petróleo no tiene relevancia; tampoco, el tamaño del déficit público, los niveles de producción de bienes y servicios, la oferta de moneda o su precio, la estructura de los precios relativos (incluidos los salarios) o el comportamiento de la balanza de pagos.

En resumen, lo que plantea el cerebro económico de Maduro es destruir el Estado burgués y sustituirlo por el “Estado comunal”.  Todo se resuelve sacando a los consumidores de la dependencia del sector privado y desarrollando la economía “artesanal” que ha emergido en la crisis.

¿Qué es la economía artesanal? Elaborar con mano propia los bienes escasos. Como el champú que usa Maduro –Salas dixit.

A lo mejor los cubanos pueden asesorar a Venezuela en economía artesanal. En los años de escasez más dura en la isla, por ejemplo, hacían vasos cortando botellas y sellándolas con cera. Y hasta fabricaban alambiques para hacer aguardiente de arroz.
 
En cualquier caso, estos delirios de caricatura llamarían a risa si no fueran trágicos. En su papel de superministro, Salas supervisará al encargado de la cartera de Finanzas y Banca. Venezuela tiene problemas para rato.

martes, febrero 18, 2014

Venezuela: hacia un Estado fallido



Venezuela se encamina a ser un Estado fallido. Las manifestaciones masivas que fueron reprimidas la semana pasada son sólo un síntoma. Y no el más grave. El problema central está en la economía, a la que se le pretende dar una solución meramente política y, por lo tanto, falsa.

No puedo poner las manos en el fuego y decir que no hay, de parte de la derecha internacional, un intento por desestabilizar el gobierno de Maduro. Es posible. 

Lo que es seguro es que el terreno de hartazgo político y social que permite esas manifestaciones en toda Venezuela ha sido sembrado y abonado por los propios errores del gobierno, tanto económicos como políticos.  En la preparación del coctel desestabilizador, Maduro ha puesto el alcohol.

Una de las diferencias más radicales entre los populismos latinoamericanos del siglo XX y el que gobierna actualmente Venezuela es que aquellos pretendían representar la unidad nacional y la conjunción de intereses, mientras que éste apuesta a la polarización social: a la confrontación política, ideológica y hasta callejera entre “ricos” y “pobres”.

Un presupuesto que no cuadra, una política de hostigamiento abierto a las empresas, subsidios personales al por mayor y corrupción rampante, se han combinado y el resultado es una baja en la producción, un crecimiento en el desempleo y, sobre todo, el tándem terrible de desabasto e inflación. Para colmo, Venezuela sufre una situación de inseguridad que abona a la sensación de descomposición  social.

Detengámonos un momento para analizar algunos datos: la tasa de homicidios intencionales en Caracas es más del triple que en Ciudad Juárez y casi 15 veces superior a la del Distrito Federal. El robo es la principal causa. No se consiguen medicinas, papel del baño y varios productos de la canasta básica como harina de trigo, carne, leche, aceite y café. Los precios de lo que sí se consigue crecen al 50 por ciento anual; es decir, doce veces más rápido que en México. Para colmo, son cada vez más comunes los grandes apagones, resultado de una empresa estatal de electricidad mal administrada.

Durante la época de Chávez, ayudada por los precios del petróleo, la economía venezolana creció de manera desigual, tuvo varios años buenos, seguidos por una recesión en 2009 y 2010, y por tasas superiores al 4 por ciento en los dos años siguientes. En el periodo, además, mejoró la distribución del ingreso, sobre todo a partir de subsidios directos. En 2013, la economía se estancó y ahora va para abajo: hay menos producción y generación de impuestos y los subsidios son financiados mediante una política monetaria laxa (como quien dice, imprimiendo dinero).

Maduro acusa al imperialismo y a los comerciantes de estar detrás del desabasto. El hecho es que hay caída de la producción local y escasez de dólares para importaciones. No nos extrañe, si el déficit fiscal es del 12 por ciento del PIB, según datos oficiales, y la deuda externa –garantizada con petróleo- se ha cuadruplicado en el último quinquenio.

Este problema económico no ha sido abordado con racionalidad mínima: ajustes en el gasto (que, por ejemplo, es muy elevado en el sector defensa), impuestos progresivos o eliminación paulatina de subsidios (como el de la gasolina, que es casi gratis). Al contrario, ha servido como pretexto para una fuga hacia adelante, en la supuesta construcción del socialismo bolivariano.

En esa fuga, en vez de intentar paliar las condiciones de vida de la mayoría de la población con medidas de política económica, el gobierno ha jugado la carta de la propaganda política. Ha buscado ahondar el resentimiento social y encontrar chivos expiatorios. Y también ha aprovechado la situación para cerrar el cerco autoritario sobre los medios que no le son afines. Al cabo que para eso, Maduro gobierna por decreto, sin contrapeso alguno de parte del Legislativo.

La crítica a la burguesía se ha extendido a las clases medias descontentas y aún a los trabajadores del sector formal. Pareciera que se estuviera pensando en una suerte de lumpen-socialismo (que sabemos, es una contradicción de términos).

Todo lo anterior nos dice que Diosdado Cabello, el presidente de la Asamblea Nacional venezolana, tenía razón cuando dijo que el fallecido presidente Chávez “era el muro de contención de muchas de esas ideas locas que se nos ocurren a nosotros”.

Con el país partido por mitades, no extraña que la oposición intente demostrar su músculo y expresar su rechazo al gobierno de Maduro, que ha reaccionado de manera autoritaria y paranoica  a los problemas de escasez derivados de su errática conducción económica.

El problema para la oposición es que eso no le basta. No le basta exacerbar las contradicciones. Tal vez, dadas las condiciones críticas en que vive ese país, el chavismo haya perdido la mayoría absoluta en Venezuela, pero eso no significa que el grupo variopinto de los opositores sea capaz de aglutinar una alternativa viable ni de hacer variar el rumbo hacia el abismo al que se dirige Maduro.

Por una parte, el chavismo tiene aún muchos seguidores, y muy fanatizados. Por otra, el gobierno tiene el claro apoyo de las fuerzas armadas, que han sido beneficiadas durante estos años. Finalmente, a pesar de que las protestas se han extendido por toda Venezuela, siguen siendo preponderantemente de las clases medias, que son las que han visto con claridad el deterioro de su calidad de vida.

Cuando la protesta por la carestía y la falta de libertades no sólo sea en Chacao, sino en los barrios pobres de Caracas, entonces sí se volteará la mesa contra el grupo de Maduro (y, con ella, toda una serie de apoyos de las “fuerzas vivas”). Antes no.

La conducción desastrosa de la economía, que empieza a afectar a los más pobres, apunta a que así sucederá y lo principal que intenta la maquinaria propagandística del gobierno es evitarlo, generando más polarización política e ideológica.

En cualquiera de las dos opciones: el tsunami popular que saque abruptamente al chavismo del poder o la polarización extrema que acerque al país a la guerra civil, el futuro de Venezuela se ve oscuro, lleno de nubarrones.

Una entrada de abril de 2013: La pírrica victoria de Maduro

lunes, abril 22, 2013

La pírrica victoria de Maduro



Las primeras elecciones tras la muerte de Hugo Chávez han traído una sorpresa. Según los datos oficiales, el opositor Henrique Capriles se quedó a un punto porcentual de la victoria. En otras palabras, y con independencia de un eventual e improbable recuento que no cambiará el dato fundamental: la nación sudamericana está totalmente dividida en dos.

En otras palabras, Nicolás Maduro ganó formalmente. Tomará apresurada posesión. Pero su victoria es pírrica: es el gran derrotado moral del 14 de abril. Ahora tendrá que gobernar no sólo con una oposición antichavista crecida en ambos sentidos de la palabra, sino también con un frente chavista menos compacto y más rijoso en su interior, tras la debacle electoral.

Al mismo tiempo –si es que Capriles no pierde el piso, enloquece y se autoproclama “Presidente Legítimo”-  es probable que la impugnación electoral termine hasta el Tribunal Supremo de Venezuela… donde es previsible que muera, dada la decreciente independencia de otros poderes frente al Ejecutivo.

Hay varias preguntas qué hacerse. La primera es ¿cómo le hizo Maduro para dejar que la ventaja de 20 puntos que traía a la muerte de Chávez se erosionara en menos de un mes de campaña? La respuesta tal vez la tenga un pajarito.

Una característica de los regímenes unipersonales es la deificación de los líderes. Juegan a ser vistos como personas con una visión y un destino históricos bien definidos, como expertos en todos los temas habidos y por haber, como dirigentes providenciales, que llegan a salvar el país cuando éste más lo necesita. Pero, en una sociedad medianamente moderna, no se atreven intentar a ser vistos estrictamente como enviados de Dios.

La campaña en Venezuela se trató precisamente de eso: de la deificación de Chávez cuando todavía no se acababa de enfriar. La anécdota del “pajarito chiquitico” no es menor ni fue aislada. Se trató de una campaña tan machacona y omnipresente como delirante. Y el delirio suele hacer más radicales a los fieles, pero también pierde a los moderados (como hemos visto en México).

El problema de Maduro era que el candidato era él, no Chávez. Y no importa que el anterior jerarca venezolano lo haya escogido, tenía que mostrar sus cartas. Sólo mostró un extraño apetito místico, y dio a entender que gobernaría mediante la iluminación revelada. Tal vez pensó que repitiendo miles de veces el santo nombre de Hugo Chávez, el mantra funcionaría. Quienes, aún chavistas, se resisten a ser tratados como disminuidos mentales, se alejaron de esa candidatura.

El resultado deja un escenario tremendamente complejo. Nicolás Maduro, con menos poder que su antecesor, tendrá que hacer frente a la inflación creciente, problemas de desabasto, deuda pública disparada, inversión escasa y criminalidad al alza. Son problemas que no se resuelven mediante subsidios o mediante la creación apresurada de plazas de trabajo en el sector público.

Las opciones, a grandes rasgos, son dos: o el ganador oficial de las elecciones modera lenguaje y actitud, intentando evitar una polarización extrema de la sociedad venezolana, o hace una fuga hacia adelante, radicalizándose y subrayando los aspectos socialistas del proyecto bolivariano.

En el primer caso, se topará con una oposición envalentonada, que querrá hacer valer su reencontrado peso político (con una burguesía dispuesta a recuperar influencia, dirán los radicales). En el segundo, con el sector nacionalista del chavismo, poco dispuesto a estrechar todavía más las desequilibradas relaciones políticas, ideológicas y económicas con Cuba.  En ambos, con el crecimiento de los problemas económicos y de seguridad que aquejan a la sociedad venezolana.

Ya el otro sector chavista ha dado señales de vida, luego de no haber sido elegido por el fallecido mandatario. Diosdado Cabello ha hablado de la necesidad de una “profunda autocrítica” y de buscar fallas “hasta por debajo de las piedras” para no poner en peligro “el legado de nuestro Comandante”.

Esto significa, lisa y llanamente, que se abre una lucha dentro del chavismo, con resultados impredecibles, que van desde un acuerdo hasta una purga, pasando por el enfrentamiento directo.

Adicionalmente, al nuevo presidente venezolano se le va a complicar la relación con Estados Unidos –que sigue siendo el principal comprador de petróleo venezolano-. Antes de los comicios, Maduro había enviado mensajes acerca de “normalizar” la relación bilateral. Tras los resultados, lo primero que ha hecho es negarse al recuento que pedía, entre otros actores políticos internacionales, el gobierno de Washington.

Para decirlo claro, a Nicolás Maduro –y, por lo tanto, a Venezuela- le espera una etapa difícil, quizá pesadillesca. Habrá un periodo extendido de tensión política. Es posible aventurar el pronóstico de que terminará sumamente acotado por lo poderes fácticos desarrollados durante el chavismo, si es que termina su mandato.

A Venezuela le esperan tiempos tormentosos. No podía ser de otra manera tras la partida de Chávez. Pensemos que una victoria de Capriles por un margen tan reducido que el obtenido por Maduro, hubiera generado una espiral de tensión todavía más fuerte.