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lunes, septiembre 30, 2024

AMLO, un balance crítico


Termina la presidencia de Andrés Manuel López Obrador. Tiempo de balances. Lo haremos en orden: primero, lo que le salió bien; después, lo que le salió mal y, finalmente, un esbozo de su legado (que son las cosas que le salieron bien a López Obrador, para mal del país).

Algo en lo que, sin duda, tuvo éxito López Obrador fue en su estrategia de comunicación. Logró que, por buena parte del sexenio, las conferencias mañaneras ocuparan el grueso de la agenda de discusión pública, con el agregado de que la oposición política y social mordió los anzuelos la mayor parte de las veces.

Las Mañaneras fueron todo lo contrario al ejercicio de rendición de cuentas que dijeron ser. Fueron un lugar privilegiado para una campaña electoral permanente, en la que el Presidente dio rienda suelta a sus filias y fobias (sobre todo estas últimas). Ahí, resbaló críticas, negó evidencias, presentó sus otros datos y mantuvo el discurso maniqueo contra los “conservadores” y “neoliberales”, que fue disciplinadamente replicado por un grupo cada vez más reducido de periodistas -en Palacio Nacional- y por uno cada vez grande entre los activistas informativos de Morena en las redas sociales.

Hay que decir que ese discurso, en su simpleza y su dureza, tuvo resultados positivos para López Obrador y su movimiento. La mayoría de la gente se tomó al menos parte de la pastilla azul y decidió seguir creyendo bastante de lo que se decía desde el púlpito presidencial.

Otra cosa que le salió bien -y hay que decir que fue positiva para el país- fue la política salarial. Los aumentos reales al salario mínimo (que creció a más del doble) produjeron un ligero efecto de cascada y el resultado fue un crecimiento de 41% de la masa salarial en el sexenio (a precios constantes) y una disminución de casi 5% de la población en situación de pobreza laboral. La repartición de ayudas directas, y en especial las dirigidas a los adultos mayores, contribuyó a una baja en la pobreza por ingresos. Como veremos adelante, eso no se tradujo en una baja similar en la pobreza multifactorial.

La combinación de la estrategia de comunicación con la caída en la pobreza por ingresos, sumada al uso clientelar de los recursos públicos, acrecentado en tiempos electorales, explica en mucho el éxito contundente de Morena y sus aliados en las elecciones pasadas.

Habrá quien diga que López Obrador tuvo éxito también en un par de temas económicos: el manejo de la inflación y del tipo de cambio. Quien lo señale omite dos cosas. La primera es que la inflación, aunque no se disparó, estuvo en niveles similares a los de los sexenios inmediatamente anteriores, pero los precios de la canasta básica crecieron más que el promedio. La segunda es que el tipo de cambio se mantuvo estable sólo gracias a la política monetaria del Banco de México, que a su vez ejerció como freno a las inversiones y a una mayor creación de empleos. El caso es que AMLO libró una de las pesadillas que quería evitar, por recuerdos de sus años mozos: la devaluación de fin de sexenio.

Pero la inflación y el tipo de cambio no equivalen a toda la economía, y aquí empezamos con las cosas que salieron mal. De entrada, el crecimiento económico en el sexenio que termina fue inferior al 1% anual. Esto significa que el producto por persona es menor al que había al inicio del gobierno de AMLO. Hay más personas empleadas, ligeramente mejor pagadas, pero menos productivas (entre otras cosas, porque más de la mitad se encuentran dentro de la economía informal). Estancamiento puro.

Parte de la explicación está en el mal manejo económico durante la pandemia de COVID-19. El gobierno, casado entonces con el déficit cero, como si se lo dictara el FMI de los años 80, se rehusó a dar apoyos a quienes estaban perdiendo su fuente de ingresos. El resultado fue una caída del producto muy superior a la media mundial y una recuperación más lenta que en casi todos los demás países. En vez de contratar deuda barata en 2020 se contrató deuda cara en 2023-24, con el resultado de que la calificación de la deuda mexicana está a la baja.

Otra parte está en la escasa inversión pública, que cayó 2.3%, desde niveles que eran ya preocupantes. Esta caída en la inversión pública es particularmente notable porque el grueso de los recursos se destinó a las tres obras insignia de AMLO. Este ha sido el sexenio de la falta de mantenimiento en la obra pública. La inversión privada sólo suplió parcialmente esa caída y la inversión extranjera directa, a pesar de las ventajas del nearshoring, está a los niveles de hace seis años.

El énfasis de un presupuesto limitado en los apoyos directos, las obras insignia y el espejismo de la soberanía energética, significó caídas severas en áreas clave y poner dinero bueno al malo. El caso más dramático es el del sector Salud, que se tradujo en desabasto de medicinas, caída en el número de consultas y de cirugías, y en abandono de la infraestructura sanitaria. El Insabi fue un fracaso mayor. Durante el sexenio, el porcentaje de la población afiliada a servicios de salud disminuyó 9 % y el de la población con carencias por acceso a servicios de salud creció 23%. Otra forma de pobreza.

Los datos en educación son igualmente preocupantes. Aumentó la población con rezago educativo, así como el número de niños entre 6 y 14 años que no van a la escuela. Añádanse las odas a la ignorancia y los ataques a la comunidad intelectual, científica y académica, y encontraremos un elemento muy tóxico del sexenio, que ayuda a definirlo.

Las empresas energéticas del Estado han acumulado pérdidas, y sobreviven sólo gracias a las inyecciones de capital y los estímulos fiscales del gobierno federal. En el camino, durante el sexenio de AMLO, multiplicaron su capacidad de contaminación casi tan rápidamente como sus deudas.

Tenemos, finalmente, otra área de desastre, que es la seguridad pública. AMLO no cumplió con su promesa de regresar a las Fuerzas Armadas a sus cuarteles, pero tampoco con la de arreglar el problema del crimen organizado, que controla zonas cada vez más amplias del territorio. La extorsión (el “cobro de piso”) avanza como una hiedra. Y los mensajes contradictorios (por decirlo ligerito) que se lanzaron desde Palacio Nacional dieron a entender que se prefirió una tensa convivencia con el crimen organizado a un combate inteligente. En el camino, a las Fuerzas Armadas se les ha dado un papel protagónico en asuntos de seguridad pública que no tenían (pero no sólo en esos), que será muy difícil revertir en el mediano plazo.

Concluyo con lo que le salió bien a AMLO, para mal del país: la constante labor de zapa sobre las instituciones creadas durante la transición a la democracia. Avanzó de manera paulatina y tenaz para irlas desfigurando, debilitando o deshaciendo. La idea era terminar con todo contrapeso institucional al poder omnímodo y centralista de la Presidencia de la República y casi llegó a la meta. Ese, me parece, es su legado más importante. Al respecto, dudo que la historia lo absuelva.


miércoles, septiembre 25, 2024

Populismo neoliberal

 


Empezaré comentando un poco la historia del libro Populismo Neoliberal. Nace de mis columnas semanales en Crónica, pero no es un recuento lineal de cada una de ellas. El trabajo real fue el de edición: dejar adentro del libro y ordenar aquellas que dan congruencia a una narrativa crítica acerca de cuatro temas: el surgimiento de los populismos en distintas partes del mundo; la falacia de que López Obrador es un político de izquierda, a través de distintas expresiones políticas suyas (su discurso nacionalista de cartón-piedra, la relación con las organizaciones de la sociedad civil, con la moral común, con las instituciones autónomas, con las mujeres, con la ecología); la política económica del gobierno de AMLO, y su fijación con algunos fetiches de la derecha neoliberal; finalmente, el señalamiento del carácter autoritario del líder y del régimen que pretende establecer (algo en lo que está teniendo éxito).

López Obrador ha querido subrayar la experiencia política mexicana reciente como una gesta inédita y de gran trascendencia. La Cuarta Transformación. Lo primero que habría que decir es que lo que está sucediendo en México es parte de un fenómeno mundial, ligado a la desilusión hacia la democracia, de parte -sobre todo- de quienes se sintieron alguna vez privilegiados y ya no lo son (el ejemplo más claro son los votantes de Trump) y de quienes se sintieron alguna vez protegidos por redes creadas por el Estado y ya no lo están (aquí hay más ejemplos, y están todos ligados a la crisis del modelo económico mundial, que hizo metástasis en la crisis financiera de 2008).

En otras palabras, no somos un caso excepcional. Tampoco es que los votantes de Morena hayan, por fin, visto la luz. El vuelco electoral a nivel mundial fue resultado de décadas en las que, parafraseando a Keynes, siempre se prometió un tarro de mermelada para mañana, sin entregar nunca mermelada para hoy. Esto creó un divorcio los ciudadanos de a pie y la clase política. Y provocó que algunos personajes (normalmente de la propia clase política) movieran su discurso hacia uno muy simplista, con buenos y malos, presentándose como ajenos al sistema y como personas capaces de cambiarlo radicalmente.    

La generación a la que pertenezco luchó por la democracia y la generación previa nos decía: ‘¿qué no ven que hay paz, que hay crecimiento, progreso y modernidad?’’. Nosotros respondíamos: ‘Pues sí, pero a cambio de eso este es un país es una cárcel disfrazada, sin libertad de expresión verdadera, sin sufragio efectivo, con una desigualdad lacerante’. No había verdadera participación social, estaba el corporativismo, desfilar y aplaudir sin convicción: era una unanimidad forzada.

Todo esto fue cambiando de manera paulatina y sucedió que cuando se accedió a la democracia, nunca perfecta, pero se accedió a ella, no hubo una respuesta en términos de eficacia social y eso generó desilusión hacia la democracia.

Se dice, con razón, que la democracia no garantiza un gobierno eficaz. Eso no lo puede garantizar la democracia y hay que subrayar que no es que la democracia no tenga adjetivos, siempre debe tenerla y no tuvimos una democracia social. No podemos asegurar que una democracia social hubiera contenido la ola populista, pero sí podemos asegurar que la democracia no social permitió que la ola fuera tan grande y arrasará con instituciones.

Voy a hacer una referencia mitológica pensando en el libro de Juan Eduardo Martínez Leyva, Mitos Clásicos y Sueños Públicos. La quimera era un monstruo mitológico, con cabeza de león, vientre de cabra y cola de dragón. Ese monstruo aventaba llamas. Usamos la palabra “quimera” para referirnos a un sueño vano, un concepto que choca con la realidad.

La idea de que el gobierno de López Obrador fue de izquierda es una quimera, y creo que varios de los elementos comprobatorios están en mi libro Populismo Neoliberal. No fue de izquierda en términos de política económica (hay una frase que se repite en el texto: en política económica el sustantivo es política y lo económico es sólo el adjetivo: aquí la clave es que en el gobierno de AMLO la política no se abordó en términos de disputa social, sino en función de objetivos electorales de corto plazo). Se trató de una política económica cortoplacista, en la que la inversión pública, tanto social como productiva, es puesta a un lado, a cambio de apoyos clientelares directos. El resultado, en los hechos, es pasar al mercado lo que antes estaba fuera de él. El caso más emblemático es el de salud: lo que antes otorgaban los servicios públicos, ahora -ante la caída del abasto de medicinas, de las consultas y de las cirugías- se compra, en parte con las ayudas del gobierno. La lógica de un Estado de Simibienestar.  

No hay una nueva distribución, más equitativa, del poder. Al contrario, hay una centralización. El pleito casado con las organizaciones de la sociedad civil es una búsqueda de relaciones verticales. Se quiere que no haya organización ni intermediación para crear un vacío: que no haya nada que se interponga en una relación directa, pero profundamente desigual, entre el gobierno-padre y el pueblo-hijo.

Y, aunque la retórica oficial diga otra cosa, no existe la búsqueda de un Estado de Bienestar. Éste invierte, y el de México trae niveles de inversión similares a los de hace 80 años, cuando nuestra economía era sólo una fracción de lo que es ahora. Lo hace en infraestructura en general, no nada más en obras insignia. Tiene una gran inversión social, particularmente en salud, educación, obras urbanas y para el desarrollo agropecuario, cuidado del medio ambiente, cultura, deporte, etcétera. Y trata de que haya una carga fiscal que apunte a una mejor distribución del ingreso. En México, los corporativos más grandes siguen tan campantes.

Pero tener una mejor escuela, hospitales mejor equipados y con más posibilidad de dar consultas y hacer cirugías, mejor drenaje, pozos u obras de reconversión urbana no tiene los mismos efectos directos, como los que se sienten en el bolsillo, tampoco tiene los mismos efectos electorales.

Ha habido, sí, una mejoría en los ingresos salariales, que se ha traducido en una reducción de la pobreza por ingresos. Esa reducción, sin embargo, ha sido acompañada de un crecimiento de la pobreza por vulnerabilidades en acceso a los servicios de vivienda, de educación y de salud. En realidad, no tenemos una disminución en la pobreza multifactorial, que es la que importa, ni tenemos un cambio en las relaciones sociales, porque seguimos bajo un sistema de capitalismo de cuates.

La pobreza cambió de estilo, pero sabemos que lo más visible en lo inmediato son los ingresos. Y eso cuenta a la hora de votar.

El gobierno de AMLO cumple con todas las premisas del populismo moderno. Todas. Y eso se traduce, necesariamente, en una ofensiva contra la democracia: para distorsionarla desde adentro, como dice Nadia Urbinati en Yo, El Pueblo. Es lo que estamos viviendo estos días con la ofensiva contra el poder judicial.

Existen dos posibilidades al enfermarte por un virus, o te curas o te mueres. Con el populismo tenemos una democracia enferma, hay casos, el más evidente para Latinoamérica es Venezuela, en los que el populismo terminó convirtiéndose en una dictadura completa, sin ninguna máscara. La democracia en Venezuela está muerta.

Y tenemos lugares con populismos, como Argentina, en donde la democracia está deforme, pero se mantiene en lo fundamental. En Europa, el único caso donde el populismo parece haber fagocitado a la democracia, y quién sabe hasta cuándo, es el de Hungría con Viktor Orbán, alguien admirado por Trump. En Polonia ha habido respuestas a estos populistas, que ahora, después de muchísimos años, ya no tienen mayoría; en Turquía Erdogan no ha podido hacerse del todo poder como él quisiera.

Claro que sí tenemos un riesgo de muerte de la democracia, yo no estaría diciendo como hacen otros que ya se acabó la República, pero evidentemente la democracia mexicana ha pasado a ser un régimen híbrido, con elementos democráticos y otros claramente autoritarios, agregaría que también esperpénticos, como lo que vimos en el Congreso recientemente con la aprobación de la Reforma Judicial.

Una parte importante del libro es tratar de explicar al votante que prefiere el populismo a pesar de que, en términos de la economía, no haya un cambio real, que todos los cambios sean de corto plazo, sin un estado de bienestar que genere empleos y plantee certidumbre jurídica (ahora hay menos) y realice un gasto social de largo plazo.

Lo que hay hoy son transferencias monetarias que se sienten en el corto plazo, ha habido un aumento en los salarios mínimos, lo que trae mejora de ingresos monetarios, con reducción de pobreza por ingresos, pero va acompañada de vulnerabilidades en educación, salud, vivienda

Si la población está desilusionada de la democracia y le es indiferente, en el fondo, lo que pase con ella en tanto haya comida en la casa (y aunque no haya medicinas y no haya baños en la escuela), es un asunto inmediatista que tiene que ver con factores culturales.

Creo que hay sociedades cuyo valor principal es la supervivencia personal y otras que piensan más en la pluralidad, el respeto a la ley. Hay naciones, como las escandinavas, que son de este último tipo y que suelen respetar la ley; la típica nación que está pensando todo el tiempo en la supervivencia, pero respeta la ley, es China. Los rusos son parecidos a los chinos, pero menos legalistas, en tanto que los mexicanos somos un poco más abiertos, menos supervivientes, pero respetando poco la ley.

Esa lógica de supervivencia y falta de respeto a la ley es de muy buena ayuda para quienes quieran tomar el poder utilizando las instituciones democráticas para luego deshacerlas.

Yo subrayaría que, por el momento, lo que hemos vivido es destrucción de instituciones, o por destrucción o por deformación, como la CNDH.

Es curioso que la transición democrática no fue de pocos años, fue una construcción muy lenta y hoy estamos viendo su distorsión cada vez más acelerada.

Pero surge de nuevo la pregunta. ¿Importa a las mayorías la democracia? El libro empieza precisamente con ese tema: el desencanto de una gran parte de la población, en varias naciones del mundo, con una democracia que no tuvo eficiencia social.

El libro Populismo Neoliberal es una llamada de atención triple: sobre el hecho de que nos movemos hacia el autoritarismo (de manera cada vez más acelerada, como podemos ver en estos días); sobre la mentira de que se trata de un gobierno de izquierda, cuando ha tenido todos los tics moralinos y neoliberales (la obsesión con la austeridad fiscal-presupuestal y con el tipo de cambio, por dar los ejemplos más evidentes); y, subrayo, sobre la imposibilidad de una vuelta al pasado, que vale tanto para los sueños guajiros de regresar a los setenta como para los otros, igualmente guajiros, de regresar a tiempos más recientes, a las políticas y los políticos que propiciaron el advenimiento de esta ola populista en México.

Esa es otra quimera. Esas oscuras golondrinas no volverán. Habrá que hacer ejercicios de imaginación realista para responder a los retos de hoy.

Concluyo con un par de acotaciones, relativas a comentarios de Raúl Trejo en la primera presentación del libro. La primera tiene qué ver con la diferencia entre el presupuesto 2024 y los anteriores. Mientras que, en los primeros cinco años de AMLO, el gasto público tuvo un comportamiento inercial -sin importar que en medio se cruzara la pandemia de COVID-19, con sus consecuencias sanitarias y económicas-, en el último hubo un aumento notable de gasto y deuda, con el consiguiente déficit. No es que haya habido un cambio de rumbo: es simplemente el comportamiento típico del llamado “ciclo sexenal de negocios en México”. El último año de gobierno es el “de Hidalgo”, y siempre se incrementa el gasto: la novedad es que ahora fue estrictamente para apuntalar las victorias electorales. Y siempre, el primer año de gobierno (recuerdo hasta la “atonía” de 1971, cuando empezaba Echeverría) es de ajustes por los excesos del pasado inmediatísimo. Y de la deuda, lo que importa no es el tamaño, sino qué tan financiable es. La mexicana no tiene mayores problemas, a pesar de la irracional que fue no contratarla cuando era barata y necesaria (en tiempos de pandemia), y sí hacerlo cuando se había encarecido (en tiempos electorales).

La segunda, sobre la preocupación acerca de la aparente contradicción que hay entre hacer una política que apele a la razón y una política que apele a los sentimientos. Creo que está claro que, con los electorados de hoy -aunque es válido también para los de antes- una propuesta estrictamente racional no sirve. Hay que apelar a los sentimientos: la cuestión es cambiar el resentimiento y el revanchismo por una esperanza fundamentada. Parte de ello es hacer notar que la gente ha rechazado a los viejos neoliberales, pero también que quienes los han sustituido no son fundamentalmente diferentes en lo económico y, por su vena autoritaria, son peores en lo político. Es necesario poner los ojos en el futuro.

(Esta es una versión de mis intervenciones durante las presentaciones del libro Populismo Neoliberal, editado por Cal y Arena)

 


jueves, enero 12, 2023

AMLO, en una nuez


"Ayudando a los pobres va uno a la segura, porque ya sabe que cuando se necesite defender, en este caso la transformación, se cuenta con el apoyo de ellos, no así con sectores de clase media, ni con los de arriba, ni con los medios, ni con la intelectualidad. Entonces, no es un asunto personal, es un asunto de estrategia política”.

La frase de Andrés Manuel López Obrador pinta, de manera simple -y por lo tanto clara- una parte fundamental de su concepción de la política y de las labores de gobierno. Por lo mismo, vale la pena diseccionarla.

En primer lugar, hay que decir que se trata de una frase. De un discurso, tanto en el sentido estricto como en el sentido amplio de la palabra.

Varios analistas -notablemente, Raúl Trejo Delarbre- han subrayado una contradicción entre el dicho y los hechos. El Presidente dice que se ayuda a los pobres. Sin embargo, en este gobierno se ha incrementado la pobreza y los distintos tipos de ayuda social no han sido tan enfocados a las personas que efectivamente los necesitan.

Pero aquí se trata de que el dicho, el discurso, es reiterado machaconamente desde la campaña por la presidencia. Es parte del mantra diario de las mañaneras. Y, aunado a la percepción de la cercanía de López Obrador con los mexicanos comunes, se ha convertido en un convencimiento para millones. Según las encuestas, la mayoría de la gente cree que efectivamente, este gobierno está combatiendo la pobreza. Han creído en los inexistentes otros datos.

Cuando AMLO dice que “va uno a la segura”, es porque considera que hay un intercambio de favores: por una parte, el gobierno ayuda a los pobres y, en retribución a esa ayuda, “cuenta con el apoyo de ellos”, sobre todo en materia electoral. Se trata, según las palabras del político tabasqueño, de algo seguro. De un apoyo sin cortapisas a “la transformación”.

Hay aquí un razonamiento mecanicista. Doy y das, trueque simple. Es lo que en política se define como clientelismo.

Y detrás de ese razonamiento está una concepción limitada respecto a los deseos y necesidades de las personas pobres: lo que quieren, necesitan y agradecen son ayudas. Bajo esa lógica, tiene más efecto la sensación de ser ayudado directamente que la existencia de buenos servicios públicos de educación y salud, la promoción del empleo bien remunerado o la generación de una mejor calidad de vida en las comunidades. Tarjeta del Bienestar habla.

Más importante todavía es que, a cambio de elogios genéricos al pueblo y a tratarlo con respeto, aunque sea solamente en el discurso, no hay ningún propósito de cambiar las relaciones de poder. Al contrario: se trata de cristalizar una relación de dependencia: el paternalismo en estado puro, tan criticado cuando lo ejercía el PRI.

En otras palabras, no cambia la vida, no cambia la correlación de fuerzas: se consolida, pero trocando el deterioro de los servicios públicos por apoyos discrecionales en efectivos. Cambia el discurso. Entraron unos a mandar, en vez de otros. A eso es a lo que AMLO le llama transformación.

Los críticos del Presidente han interpretado la parte de la frase que dice “no es un asunto personal, es un asunto de estrategia política” como prueba de un supuesto desprecio de López Obrador hacia la gente de carne y hueso.

Cuando vemos, por ejemplo, que, en vez de solidarizarse con los deudos de la joven universitaria muerta en el siniestro del Metro, con los heridos y con los trabajadores que ahora gastan más tiempo, dinero y esfuerzo en el traslado cotidiano, AMLO se solidariza con la jefa de gobierno, queda clara la impresión de que la estrategia política sí le importa más que las personas. Pero los seguidores del López Obrador opinan que esa parte de la frase quiso decir otra cosa.

Lo que el Presidente quiso decir, según varios lopezobradoristas, fue no tenía conflictos personales “con sectores de clase media, ni con los de arriba, ni con los medios, ni con la intelectualidad”, pero que enfrentarlos era parte de su estrategia política.

La obsesión de AMLO con algunos periodistas e intelectuales críticos sí deja la impresión de ser personal. Pero también es cierto que el enfrentamiento cotidiano con los sectores nombrados en la frase es parte de una estrategia política: la de trazar, todos los días, una línea divisoria entre las clases populares y los otros grupos sociales.

Al hacerlo, AMLO busca generar tres cosas: una suerte de política identitaria; cierta lealtad, ya no de clase, sino de estrato social y, de manera importante, rechazo a todo pensamiento crítico.

¿En qué sentido política identitaria? Si no soy de clase media o alta, y tampoco intelectual, debo estar con AMLO.

¿En qué sentido lealtad de estrato? No debo pensar en mi posición dentro de la división del trabajo, sino en mis ingresos y mis costumbres, y parte de mi solidaridad es considerarme “pueblo”, sin aspirar a cambiar mi estrato.

¿En qué sentido rechazo a todo pensamiento crítico? En que aquellos, los de las otras clases, los de los medios de comunicación, los intelectuales, van a analizar y criticar al gobierno y sus acciones. Tengo que repudiar esas críticas y, a final de cuentas, rechazar el análisis. Podrían convencerme, y eso me pasa del otro bando.

Fue, sin duda, una frase muy reveladora.

jueves, noviembre 17, 2022

La manzana envenenada y la marcha por la democracia

 Dos textos:


La manzana envenenada

Morena y el presidente López Obrador calientan motores para impulsar una reforma electoral que desnaturalizaría la democracia mexicana.

El elemento central de dicha reforma es cambiar de árbitro electoral, y sustituir al INE por un organismo cuyos integrantes sean votados masivamente y con lógica partidista. El veneno viene acompañado de algunos dulcecitos, que podrían ser apetecibles para algún partido ingenuo, algo así como las manzanas inyectadas con droga que regalan algunos perversos en Halloween.

Hay muchas ocasiones en las que el Presidente se mueve en función de los devaneos de la opinión pública. Esta vez no es el caso. El Instituto Nacional Electoral, a pesar de la constante campaña en su contra, tiene un índice de aprobación del 68%, superior al del propio López Obrador. El ataque se da en función de las necesidades de un gobierno que vive una campaña electoral permanente y quiere asegurar, a como dé lugar, la continuidad de su partido tras las elecciones de 2024.

Como lo señaló el Consejo de Europa, la iniciativa de López Obrador pretende cambiar un sistema que sí funciona, y que ha sido resultado de sucesivas reformas democráticas. Y, como dice la Conferencia del Episcopado Mexicano, es claramente regresiva, porque lleva hacia el gobierno federal el control de los comicios, afectando la autonomía de las instituciones y, con ella, su imparcialidad: un viaje de vuelta al sistema de partido casi único.

La pretensión es cambiar algo que sí funciona y sustituirlo por algo que le funciona solamente a una facción.

En realidad, hay pocas probabilidades de que la reforma, tal y como está, pueda pasar por el tamiz legislativo que necesita, porque requiere de una mayoría calificada, y no parece que, en este delicado caso, pueda haber fisuras grandes en el bloque de contención. Pero ya se ha visto que éste tiene eslabones débiles -el tricolor es el más visible- y que, mediante chantajes, no es del todo descabellado que se la pueda hacer avanzar.

Pero, más allá de las pocas probabilidades de que pase la reforma, la ofensiva contra el INE tiene otras dos intenciones. La primera es generar condiciones para que la Comunidad de la Fe obradorista esté pronta a reaccionar en caso de un descalabro electoral. Para ello se ha trabajado arduamente en la negación de la transición democrática, que se dio hace décadas y que ahora resulta que no existe (o sólo existe cuando gana quien Andrés Manuel quiere). Es otra manzana envenenada, dirigida a las mentes y los corazones de los seguidores de AMLO.

Esta negación de la transición se hace patente en el delirante pronunciamiento de la Comisión Nacional de los Derechos Humanos, que retoma el uso faccioso de la autoridad electoral de entonces contra la Federación de Partidos del Pueblo de México, en las elecciones ¡de 1952! y asegura que, a partir de ahí, nada ha cambiado.

Aquí no importa que la Constitución prohíba a la CNDH intervenir en asuntos electorales. Tampoco, que esa Comisión hace rato haya dejado sus tareas y su autonomía para convertirse en un apéndice del Ejecutivo Federal. Lo que importa es reiterar el mito de la transición manca, y que este permee en los sentimientos de los fieles. Sentimientos útiles, por cierto, para alegar fraude en caso de cualquier derrota electoral.

La otra intención es pavimentar el camino para apretar al INE por vías diferentes a las de la reforma constitucional. Si no se logra el objetivo máximo, entonces al menos se crean condiciones para intentar reducir el financiamiento del Instituto, obligarlo a fusionar áreas sustantivas -minando su sólida estructura profesional- y quitarle todos los dientes posibles en materia de vigilancia, sobre todo en lo relativo al financiamiento de partidos y campañas. En otras palabras, para no tumbar al árbitro, pero crear condiciones para un proceso electoral inequitativo, distorsionado por los grandes flujos de dinero no vigilado que correrían en las campañas.

Y además está el asunto de la renovación de cuatro miembros del Consejo General del Instituto, incluida la presidencia del mismo. La norma dice que los consejeros tienen que surgir por consenso entre los partidos representados en el Congreso, pero no debemos descartar la posibilidad de que se intente forzar una composición desequilibrada.

Lo que hay en el gobierno es una aversión al rigor y a la independencia con el que se ha conducido el INE. Por eso, con distintos aliados -incluidos los que se beneficiarían económicamente del fin a las restricciones y candados en las campañas- ha buscado torpedearlo.

Ese afán no se agota en la propuesta de reforma constitucional. Va a continuar, pase lo que pase, durante todo lo que resta del sexenio. Y posiblemente, después de que López Obrador termine su mandato. En otras palabras, nuestra democracia estará en vilo por mucho rato.


Aristas de la marcha por la democracia

Las marchas en defensa del INE y por la democracia tienen muchas aristas. Vale la pena revisar unas cuantas para darnos una idea acerca de su relevancia.

Marchas ciudadanas… con partidos

Sin duda se trató de una masiva movilización ciudadana. La gran mayoría de los asistentes fue ahí movida por una legítima preocupación respecto a las posibilidades de una regresión en materia electoral. Y fueron personalmente, como ciudadanos, animados por las redes sociales y también por la reacción desmedida del presidente López Obrador ante el evento anunciado.

Adicionalmente, el motivo de las marchas, la defensa del INE, significó un paraguas lo suficientemente amplio para que, con una causa en común, marcharan personas de muy distintos puntos de vista ideológicos. Se trató, pues, de una manifestación plural. Los organizadores lo entendieron, al nombrar como orador único de la marcha capitalina a un personaje, José Woldenberg, que representa en primer lugar la posibilidad de alternancias democráticas con un árbitro ciudadano, y que no es miembro de ningún partido.

Esa cualidad ciudadana y plural fue la que permitió que mucha gente asistiera a pesar de saber de antemano que algunos personajes impresentables para la mayoría de los mexicanos también iban a asistir. No fue, afortunadamente, una marcha de los puros.

Eso no significa que los partidos hayan estado ausentes. En particular los tres históricos que conformaron la Alianza por México, PAN, PRI y PRD. Hay algunas cosas evidentes que son difíciles de pensar sin ellos -el templete y la pantalla, para dar el ejemplo más evidente-. Asimismo, asistieron, pero no representando directamente a su partido, conocidos personajes de Movimiento Ciudadano.

Si la manifestación era contra una propuesta específica del presidente López Obrador, nadie se llama a engaño al afirmar que reunió a la oposición social y política a AMLO y su partido. Y sabemos que esa oposición a final de cuentas se expresa en las urnas, a través de los partidos políticos de oposición.

Si vemos la composición social, encontraremos en todos lados una muy amplia participación de las clases medias, que el lopezobradorismo puede empezar a considerar como perdidas. Y encontramos también que fue minoritaria -aunque no irrelevante- la participación de las clases populares.

El peso de los veteranos

En su conferencia mañanera, AMLO se congratuló de que a las manifestaciones en defensa del INE y contra la reforma electoral hayan asistido, según él, “puros veteranos”. Agregó, en su acostumbrada generalización, que no hubo jóvenes.

La verdad es que, en un país como México, siempre los jóvenes hacen mayoría, pero también que, al menos en la marcha capitalina, había una presencia de adultos mayores de 50 años notablemente superior a la que marcaría una distribución normal de los datos demográficos.

López Obrador supone que eso significa que los jóvenes están con él. Es estirar la cuerda. Pero lo cierto es que las personas de más edad son las que tuvieron la dura experiencia de vivir en una falsa democracia, las que saben lo que son elecciones de Estado controladas por el aparato del partido mayoritario y las que, por lo tanto, menos quieren que eso se repita.

Hay que pensar que todo lo que han visto los mexicanos menores de 40 años son elecciones razonablemente libres, organizadas en condiciones de equidad por un árbitro electoral ciudadano, ya sea el INE o el IFE. Sus puntos de comparación son sólo históricos, de lo que leen o les platican. No es lo mismo que quienes vivieron en carne propia los tiempos de partido prácticamente único.

El número sí importa

Habrá quien piense, sobre todo desde posiciones cercanas al oficialismo, que el número de participantes en las manifestaciones pro-INE, y en especial la de la Ciudad de México, a final de cuentas no importa, porque a final de cuentas no son “pueblo”. Y hay también quien entra a la guerra de cifras queriendo minimizar un hecho contundente: fueron cientos de miles de personas que se manifestaron en las 32 entidades del país.

Que el propio presidente López Obrador haya entrado al juego de la guerra de cifras (eso sí, enmendándole un poco la plana al desmedido Martí Batres, que dio cifras de risa loca) nos indica dos cosas: una, que prefiere la propaganda al análisis y dos, que no leerá el mensaje que una parte importante de la población le ha enviado. En otras palabras, que no modificará posiciones respecto a la reforma electoral, aún a sabiendas que tendrá que conformarse, a lo mucho, con cambios en las leyes secundarias, y que tampoco será capaz de ver en lo sucedido la necesidad de cambiar estrategias rumbo al 2024.

Esto es particularmente relevante para la sucesión en la Ciudad de México, donde Morena ya recibió un primer batacazo en las elecciones de 2021 y donde parece no estar dispuesto a aprender.  

El oscuro espejo de la marcha del desafuero

Esto nos lleva a considerar que la marcha capitalina del 13 de noviembre puede ser un punto de inflexión. Por su tamaño, por su diversidad y por el hecho de que se trató de una manifestación en contra de lo que se percibe como un acto de presidencialismo vertical, tiene semejanzas con la marcha contra el desafuero de López Obrador, en el ya lejano 2005.

Recordemos varias cosas: que en esa marcha se juntaron distintas oposiciones al entonces presidente Fox, que ese proceso personalizado en contra de López Obrador ayudó a catapultar su carrera política y que, si el gobierno de Fox no hubiera reculado al respecto, se hubieran generado tensiones excesivas sobre la democracia mexicana.

Una diferencia importante es que Fox tenía quienes le decían cuando estaba cometiendo un error de cálculo político, y finalmente lo convencieron, mientras que López Obrador prefiere escuchar a quienes lo adulan y le dan siempre la razón (aunque en verdad a quien prefiere escuchar es a sí mismo). Las pocas voces en el entorno de Morena que prevén sobre un impulso opositor rearticulado a partir del rechazo a una reforma electoral regresiva están sembrando en el desierto.  

Esto no termina

La esperada cerrazón de López Obrador, su incapacidad de cambiar una coma a sus deseos, harán que la disputa en torno a la reforma electoral y al INE continúe más de lo necesario. Buscarán doblar al bloque opositor a través de sus eslabones más débiles (los de cola más larga), buscarán estirar los cambios a la legislación secundaria, intentarán doblar la ley para imponer consejeros electorales. Pero ahora tendrán que hacerlo con la presencia activa de una parte importante de la sociedad que no quiere que una persona o un partido tengan el monopolio del poder. Y eso puede terminar por revertírseles.

miércoles, octubre 12, 2022

Geopolítica con placas vencidas


Hay que decir, en descargo del presidente López Obrador, que había barajado su propuesta de paz universal antes de la exitosa contraofensiva con la que Ucrania recuperó parte de su territorio invadido por los rusos. Es decir, no la hizo porque Rusia de repente va perdiendo una guerra que creía iba a ser un baile de carquís.

Pero hay que decir, en su cargo, no sólo que la hizo pública tras de que se había volteado el sartén en el conflicto ruso-ucraniano, sino sobre todo que se trata de una propuesta poco seria, dirigida más bien para el consumo local, y que parte de una serie de prejuicios que lo dejan mal parado.

En primer lugar, no toma en cuenta quién es el agresor y quién el agredido. En los hechos, da por bueno el pretexto ruso de que la OTAN estaba armando hasta los dientes a Ucrania y se olvida, convenencieramente, de toda la propaganda armada por Moscú respecto a que Ucrania no era realmente un país, que en realidad no tenía ni siquiera idioma propio y que lo que había que hacer era reunificar esa parte perdida de la gran Rusia. Y por supuesto se olvida de las matanzas de civiles, a soldados amarrados de pies y manos, los bombardeos a teatros y escuelas, entre otras linduras.

En segundo lugar, propone como garantes de la tregua a tres personajes que no son necesariamente los más indicados. Propone al papa Francisco, que tiene gran autoridad moral en las naciones católicas como México; pero el conflicto es entre naciones cristiano-ortodoxas, que suelen responder a diferentes patriarcas.

Propone a Narendra Modi, primer ministro de la India, tal vez porque se trata de una nación no alineada, pero sobre todo porque, en las encuestas que le encanta promocionar, es el mandatario más popular del mundo (y no importa que sea autoritario y que reprima fuertemente a la minoría musulmana). Al menos Modi le dijo en su cara a Putin que no es momento para una guerra.

Y propone a Antonio Guterres, secretario general de la ONU. Según la ONU, la invasión rusa en Ucrania “es una violación de la integridad territorial de un país que contradice los estatutos de la ONU", y el propio Guterres ha señalado que tiene “evidentemente”, posiciones distintas a las de Putin, respecto a la invasión a Ucrania.

En otras palabras, escogió nombres populares, que suenan bonito a los oídos de su público.

Luego está el plazo de cinco años. ¿Por qué no uno o diez o veinte? No hay razonamiento al respecto.

Lo que hay, más bien, es una suerte de vaga definición geopolítica, que tiene el problema de estar fechada, de circular con placas vencidas, del siglo pasado.

Por una parte, está la idea de posicionarse en una situación intermedia entre las dos potencias de la Guerra Fría, olvidando que en el caso hay un pueblo agredido y un ejército agresor. Junto a ella, la idea de que detrás de todo, está la manipulación imperialista yanqui. El malvado Occidente neoliberal.

Así, contradecir a los medios de los países desarrollados puede parecer muy inteligente (aunque eso implique tragarse la propaganda de los medios rusos). Y pensar que la guerra es culpa de dos, limpia el problema.

Por lo mismo, detrás de las críticas a la propuesta, empezando por la de Ucrania, hay, según AMLO, “intereses de elite”. ¿Quién, sino los malvados neoliberales y su complejo militar-industrial, puede estar en contra de una propuesta pacifista? Que esa propuesta implique aceptar la toma de una parte de territorio soberano y la ruptura del derecho internacional por parte del agresor es lo de menos.   

Ciertamente, la guerra en Ucrania ha tenido consecuencias negativas para la economía mundial, en particular para el suministro de energéticos y de alimentos. Y vale la pena intentar evitar esos efectos perniciosos. Pero hay que subrayar que esas consecuencias son resultado, por un lado, del chantaje ruso a Europa en el suministro de gas y, por el otro, del bloqueo intermitente a las exportaciones ucranianas de grano. En ambos casos hay un responsable, y es el gobierno de Putin.

Si la propuesta se presenta en la ONU, más vale que contenga cambios de fondo. Tal y como está, ya tiene la negativa ucraniana, y no tiene sentido. Y el canciller Ebrard se vería en una situación penosa.

Se requeriría, en primer lugar, la promoción del retiro ordenado de las tropas rusas de territorio ucraniano. Después, la creación de una zona de amortiguamiento en las fronteras. Y un programa de auxilio humanitario internacional, posiblemente acompañado de medidas para restablecer los suministros económicos estratégicos para el mundo.

Pero, porque la propuesta es para consumo político interno, no habrá nada de eso. Lo esperable es nada más el quemón internacional (y más, con los índices de violencia interna en México, para los que no ha habido tregua alguna).  

viernes, julio 08, 2022

Es hora del viraje (2010 y 2022)

 En 2010, escribí un artículo sobre la fallida estrategia de seguridad de Felipe Calderón. En 2022, uno sobre la fallida estrategia de seguridad de Andrés Manuel López Obrador. Comparten título. Helos aquí:



Es hora del viraje (2022)

El título “Es hora del viraje” corresponde a una columna que escribí en marzo de 2010, refiriéndome a la política del gobierno de Felipe Calderón contra el crimen organizado.

En aquella ocasión señalé, luego de que fueran acribillados 16 preparatorianos en Ciudad Juárez, asesinados dos estudiantes de excelencia del Tec de Monterrey y muertos a balazos diez jovencitos en Durango, que Calderón había advertido que su guerra contra el narcotráfico costaría sangre, pero que dudosamente se habría imaginado que habría tanta sangre inocente.

En esas fechas, Calderón se defendió de las críticas diciendo que una de las opciones, negociar con los cárteles, era inaceptable y la otra, de dudoso éxito, complicada ejecución y sujeta a las presiones de Estados Unidos, era liberalizar el consumo de drogas. Las descartó y concluyó a la manera de los muralistas: “no hay más ruta que la nuestra”.

Subrayé entonces que “la estrategia de Calderón pone énfasis en el músculo, no en el cerebro. Al estilo americano, las inversiones más importantes son en tropa, armamentos y tecnología. Lucha dura y directa. Pocos son los recursos en la investigación, y más que insuficientes los esfuerzos por romper la cadena del narcotráfico por donde verdaderamente duele, que son las finanzas”.

En aquel artículo pedí un viraje en la estrategia, cambiar prioridades, “y, necesariamente, terminar con la impunidad con la que se manejan algunos panistas en el norte del país”.

Obviamente, fue arar en el mar. Como también sucederá con esta columna.

Tras el asesinato de los misioneros jesuitas en Chihuahua, han crecido las críticas a la estrategia de López Obrador respecto al crimen organizado. En contraste con la de Calderón, AMLO ha optado por “abrazos, no balazos”, lo que se ha traducido en la práctica, en una política de dejar hacer y dejar pasar.

Esa política no ha servido para disminuir la violencia. Mucho menos la impunidad que impera en el país. Ha generado que aumente el vacío del Estado en varias zonas. Y esa ausencia ha envalentonado a los criminales, que pueden aterrorizar regiones enteras aun con una orden de aprehensión en su contra, que se pavonean en los pueblos y presumen su poder y prepotencia, que no respetan ni los templos ni a los sacerdotes.

Se trata de un abandono. Y ese abandono se adereza con el discurso fatuo de que, en la medida en que las ayudas sociales se desparramen, habrá menos incentivos para incorporarse a las filas del crimen organizado.

Pero hay dos peros. Uno es que esa estrategia, si funcionara, tomaría una generación y, en el interín, para entonces el poder de las bandas sería totalmente abrumador. El otro es que la lógica asistencialista tiene la característica de desmovilizar a las comunidades, de volver a sus miembros individualistas e indiferentes.

El crimen organizado tiene a su favor, en primer lugar, cantidades groseras de dinero, con las cuales las bandas se han hecho de un arsenal temible y tienden redes de corrupción en todos los niveles de gobierno. En segundo, una envidiable capacidad organizativa, con redes semiindependientes y flexibles (y en ellas contratan profesionales de la química, la contabilidad, el derecho, la administración, etcétera). Y en tercero, que se mueven en un ambiente social de creciente resignación a su poder y a su prepotencia.

A cada una de estas fortalezas corresponden una debilidad de las instituciones: menos recursos (y, por lo tanto, posibilidad de ser corruptibles), organización vertical y rígida (y, por lo tanto, menor capacidad de maniobra), problemas de credibilidad acerca del éxito de su estrategia.

A cambio, no existe un cártel de cárteles, el hecho de estar fuera de la ley complica su logística, y no tienen estrategia de largo plazo. Estas debilidades de los criminales son, a su vez, fortalezas del Estado, que deberían ser aprovechadas, sobre todo golpeando sus finanzas, al tiempo que se cortan los brazos más débiles de la hidra, dejando de lado la impunidad.

Pero no. La Unidad de Inteligencia Financiera está ocupada en otras cosas, normalmente relacionadas con la política. También allí ha habido un abandono.

En una actitud espejo respecto a la de Calderón hace doce años, el presidente López Obrador considera que sólo hay dos opciones: la suya o la del enfrentamiento a sangre y fuego. Nada en medio, nada diferente. No hay más ruta que la de él. Lo mismo que el panista. En eso vaya que son iguales.  

López Obrador no acepta las preguntas. Y, como Calderón, mucho menos acepta las críticas, por más claras que sean. Quien se atreva a decir que va mal, está apergollado con la oligarquía. Es un eterno soliloquio, con aplausos y vítores de su comunidad de la Fe.

Hace dos sexenios terminaba mi artículo con la siguiente frase: “A la buena suerte no hay que patearla, señor Presidente. Es hora de iniciar el viraje”. Podría volver a intentarlo, pero ya aprendí, por experiencia, que desde las alturas del ego la señal no llega, y no se escucha más que al eco.


Es hora del viraje (2010)

En las últimas semanas, las circunstancias están dando un giro que ha erosionado la estrategia del gobierno contra el crimen organizado.

Durante varios años, los caídos de esta peculiar guerra habían sido –de acuerdo con los partes oficiales- casi exclusivamente sicarios, con algunas sensibles bajas entre las fuerzas del orden y muy contados fallecimientos del lado de los civiles (una niña caída en fuego cruzado, algún menor asesinado en el velorio de un narco, los desafortunados viandantes del día del Grito en Morelia). En pocas semanas, son acribillados 16 preparatorianos en Ciudad Juárez, mueren dos estudiantes de excelencia en Monterrey y –al parecer también desligados del narco- caen diez jovencitos en Durango. Son muchos jóvenes inocentes en muy pocos días.

Cuando el presidente Calderón advirtió –no hay engaño- que su estrategia de lucha contra el crimen organizado costaría sangre, sabía, necesariamente, que una parte de esta sangre sería inocente. Dudo que se haya imaginado que fuera tanta… y que se generarían tantas bajas en los ámbitos policiaco y castrense. Dudo, asimismo, que se imaginara que, a estas alturas del sexenio, no sólo algunas plazas importantes seguirían en disputa entre el Estado y los cárteles, sino que el consumo interno de drogas ilícitas creciera al punto de convertir el mercado nacional en botín preciado.

Un poco abrumado por la situación, y molesto por las críticas, el Presidente ha retado a que se presenten opciones de combate al crimen organizado mejores que la suya. Al respecto, las ha resumido en dos: una, inaceptable, es negociar con los cárteles; la otra, de dudoso éxito, complicada ejecución y sujeta a las presiones de Estados Unidos, es liberalizar el consumo. Las descartó y concluyó a la manera de los muralistas: “no hay más ruta que la nuestra”.

Los problemas de esa ruta, que estamos recorriendo, están cada vez más a la vista. Por una parte, la capacidad corruptora de los criminales ha penetrado, todavía más que antes, varias instituciones policíacas. Por la otra, la utilización del Ejército en tareas que no le son propias está mostrando sus limitaciones. Las fuerzas armadas, en todos los países, están entrenadas para una situación de guerra, y su contacto con la población civil no siempre es terso. Suelen pecar más por exceso que por defecto. No se le pueden pedir peras al olmo. Pero por eso mismo, no se puede suponer una intervención militar permanente (sin fecha de repliegue o retiro).

De que son necesarios en la actual circunstancia, no cabe duda. De que también se requiere la unificación de cuerpos de policía para un mejor control, tampoco. Pero el asunto no está allí, sino en los énfasis. La estrategia de Calderón pone énfasis en el músculo, no en el cerebro.

Al estilo americano, las inversiones más importantes son en tropa, armamentos y tecnología. Lucha dura y directa. Pocos son los recursos en la investigación y, más que insuficientes, los esfuerzos por romper la cadena del narcotráfico por donde verdaderamente duele, que son las finanzas.

Si se hubiera gastado la quinta parte del presupuesto destinado al combate al crimen organizado a grupos selectos de inteligencia –que, hay que admitirlo, partirían casi desde cero-, dedicados a desenmarañar las imbricadas redes de lavado, se habría avanzado mucho más en debilitar los cárteles. Desde Zhenli Ye Gon (que fue casualidad y en el sexenio pasado), no ha habido un solo caso importante. Es más fácil –y viste más ante la opinión pública facilona- detener un lugarteniente al mes (perfectamente reemplazable, por lo que hemos visto) que desarticular una red de lavado y tal vez pegarle a unos señores de cuello blanco, con hijos en escuela particular y membresía del club. Pero es menos efectivo. Ellos son los principales cómplices del ataque al Estado, y el Estado ha preferido mantenerse sin los instrumentos necesarios para desarmarlos.

Y es que, recordemos, el narcotráfico no nace de la mala moral o el corazón perverso de algunos “malosos”, sino de oportunidades concretas de grandes negocios a la sombra de la ilegalidad. Es, en primer lugar, un asunto económico: oferta, demanda y jugosas ganancias.

En este sentido, resulta patética por partida doble la aseveración de que no tiene sentido discutir la despenalización en el consumo mientras que no la haya en Estados Unidos. En primer lugar, porque –y esto lo sabe el Presidente- a través de legislaciones locales, varios estados de la Unión Americana le están dando la vuelta a la prohibición. O sea que allá sí se está discutiendo. En segundo, porque –con toda lógica de mercado- las drogas se liberalizarán allá cuando los productores internos sean capaces de surtir la mayor parte del mercado. De tontos (de “irracionales económicos”, diría el teórico) liberalizan nada más para importar, y para hacerle el negocio a los productores de otro país. De tontos (o más bien, de dependientes) esperamos nosotros a que ellos finquen las condiciones de mercado. Empezarán con la mariguana (gracias a la creciente producción hidropónica de cannabis con alto potencial tóxico).

La estrategia gubernamental de combate al narcotráfico requiere de cambios. No pueden ser una vuelta total de timón, pero sí una reasignación de prioridades. También, una apertura a la discusión de temas que –en el ámbito de violencia que se vive en algunas zonas del país- no pueden ya ser tabú. Y, necesariamente, terminar con la impunidad con la que se manejan algunos panistas en el norte del país. Casos como los del alcalde de San Pedro Garza García –que paga, muy orondo, a narcos como informantes- y del presidente de la cámara de diputados de Baja California –que es capturado con droga, difama al Presidente y sigue tan campante, mientras se obliga a presentar la renuncia a sus captores- no hacen sino echar sal a la herida social.

 En el caso de los estudiantes muertos, Calderón y su partido han corrido con suerte, porque el Tec hizo buena parte de la tarea de control de daños que correspondía al gobierno (recogió el tiradero, en más de un sentido). Si los fallecidos hubieran sido de alguna universidad pública –y se hubieran podido zafar del sambenito de “sicarios”-, seguro que no se la acaban.

 A la buena suerte no hay que patearla, señor Presidente. Es hora de iniciar el viraje.

jueves, junio 09, 2022

AMLO y neoliberalismo; a confesión de parte...

El presidente López Obrador, con esa habilidad suya de decir las cosas como las va pensando, afirmó que “si el modelo neoliberal se aplicara sin corrupción, no sería del todo malo”. Luego se siguió derecho y sin frenar: “Se puede tratar del modelo económico más perfecto, pero con el agravante de la corrupción no sirve nada”.

A confesión de parte, relevo de pruebas, diría el jurista. Pero como hay bastante tela que cortar, abundemos.

Si una cosa buena tenía el candidato AMLO en la campaña que lo llevó a la presidencia, era su capacidad de hacer diagnósticos sobre lo que estaba mal en el país. Y se lanzó contra un modelo, el del capitalismo salvaje, que había cobrado preeminencia en México y en el mundo a partir de la crisis fiscal de los Estados, que se detonó a partir de los años setenta y que explotó en nuestro país con la crisis de 1982.

Buena parte del descontento social acumulado en las últimas décadas, que AMLO aprovechó políticamente, nace de que se trató de un modelo económico que no sólo excluyó a las mayorías, cuyo nivel de vida avanzó lentamente, sino también debilitó a las redes públicas de protección -en salud, educación, infraestructura y vivienda- que permitían la movilidad social, la esperanza de un mejor futuro. López Obrador se presentó como esa esperanza.

El debilitamiento de aquellas redes de protección fue sustituido en nuestro país por distintos programas diseñados para paliar la pobreza y reducir los casos extremos. En algunos, como Solidaridad, había participación de las comunidades. En otros, Prospera, Progresa, Cruzada contra el Hambre, se buscaba focalizar la entrega de ayudas en quienes más los necesitaran, de acuerdo con diferentes métodos y definiciones, a veces hechos en campo y otras desde los escritorios. En todos los casos había un ingrediente de clientelismo político. En ninguno, el esbozo de un modelo alternativo de nación.

Y si una cosa no delineó AMLO en aquella campaña electoral, más allá de consignas y retórica, fue una serie de propuestas articuladas que propusieran un cambio de eje, de acuerdo con el diagnóstico. Fue una suma de propósitos puntuales, a menudo contradictorios entre sí.

¿Y qué es lo que hemos tenido con AMLO en el gobierno? Más de lo mismo. Sus preocupaciones centrales en macroeconomía son que no haya deuda, que no haya déficit y que el tipo de cambio frente al dólar sea estable. Nada de buscar una reforma fiscal. En ese rubro, su discurso se parece al de los panistas en los años setenta.

También hemos encontrado que, mientras se desploma la inversión pública y se profundiza el deterioro de la red social de protección, propia de los Estados de Bienestar, los recortes al gasto sirven para alimentar los programas sustitutos, los apoyos directos que palian la pobreza, pero no cambian las condiciones en la que la pobreza se reproduce.

Apenas a los cien días de gobierno, López Obrador decretó que México había “dejado atrás la pesadilla de la época neoliberal”. Lo dijo cuando sólo habían cambiado el equipo de gobierno y la correlación política de fuerzas. La diferencia principal era que él estaba al frente. Y es la que sigue siendo, porque tampoco es que podamos decir que se ha abolido la corrupción, ni mucho menos.

Sepultó el nombre, pero la ortodoxia económica y las otras prácticas siguen bien vivitas.

Tal vez esa falta de diferencias sea lo que explique la frase reciente del Presidente, a la que dotó del conveniente spin del “si se aplicara sin corrupción”.

Hay que decir, en descargo de López Obrador, que utilizó el adjetivo “económico” cuando dijo que el neoliberalismo podía ser el modelo “más perfecto”. Quiero entender que, a su entender, la ventaja es económica, pero no social. Pero eso, a la vez, significa considerar que ambos elementos son independientes entre sí. Que la lógica de “crecer primero, distribuir después”, y hacerlo con el mínimo de controles institucionales, funciona bien en términos de crecimiento. Y eso no es cierto. Como tampoco lo sería el contrario: “distribuir primero, crecer después”.

Producción y distribución van de la mano, suelen determinarse de manera simultánea, y funcionan bien en sociedades que, al tiempo que generan incentivos para la inversión privada, han sido capaces de mantener servicios públicos de cierta calidad y de sostener un acuerdo social que permite una distribución del ingreso menos sesgada y desigual. Es algo que varias naciones han logrado a través, no de revoluciones o reinvenciones del país, sino de reformas consecutivas y progresivas.

Aquí las revoluciones y reinvenciones han sido más de cambio de personajes que de modelos. Lo único novedoso ha sido la desnaturalización de algunas instituciones autónomas y los intentos por tomar el poder en otras, mientras se busca reeditar las formas (que en política son fondo) del priismo más tradicional.

No hay tal giro a la izquierda, más que en la retórica y en algunas acciones internacionales en las que se confunde a regímenes autocráticos peleados con EU con “izquierda”.   

Lo que sí hay es un profundo conservadurismo en muchos renglones. López Obrador ha dicho que “la familia mexicana es la principal institución de seguridad social”. Así, se la ve como sustituto de las instituciones públicas a la hora de cubrir necesidades sociales (pensemos en la desafortunada idea de que sustituya “con prevención” a los hospitales psiquiátricos). El arte de echar agua a los frijoles.

Y claro, si hay divorcios -dice AMLO- son parte de la desintegración social del periodo neoliberal (del que, por lo visto, Venustiano Carranza fue precursor). Porque, se sabe, quienes desintegran a las sociedades y su tejido no son los miembros del crimen organizado (“no pasa nada”).     

jueves, mayo 12, 2022

Cuba, Centroamérica y los sueños de Andrés Manuel

La gira del presidente López Obrador a Centroamérica y a Cuba da cuenta de los sueños y de los procesos mentales del mandatario mexicano. Da cuenta, asimismo, de que circula con placas que vencieron hace mucho, el siglo pasado.

Desde su campaña presidencial, López Obrador ha insistido en la necesidad de una política integral, que involucre a las naciones de América Central, como mecanismo para frenar la migración y como método de superación de toda la región, que incluye el sur mexicano, que en las últimas décadas se atrasó mucho respecto al resto del país.

A diferencia del malogrado Plan Puebla-Panamá, que en su momento impulsó el presidente Fox, el propósito de AMLO no está centrado en atraer inversiones a esas regiones, sino en la promoción de una política social que, bajo su lógica, no sólo sacará a la gente de la miseria, sino que ayudará a restaurar el tejido social, lacerado por la violencia. A esa política social, le da un empujoncito con ayudas directas.

Como López Obrador está convencido de que sus programas funcionan muy bien, lo que ha hecho es exportarlos allí donde puede hacerlo. Y se los aceptan, porque vienen con el paquete de ayuda incluido (en otras palabras, México es que financia). El presidente mexicano queda feliz, asumiéndose como líder de la región, y recibiendo apapachos de todos, especialmente de quienes tienen afinidades ideológicas (la presidenta de Honduras) o de personalidad (el mandatario de El Salvador). Queda feliz con su conciencia social, y también con su ego.

El primer problema es que esos programas, “Sembrando Vida” y “Jóvenes Construyendo el Futuro” no funcionan tan bien como cree López Obrador. En ambos se han detectado problemas no menores. En “Sembrando Vida” se detectó falseo de dato, uso mañoso de proveedores, en varios casos ha terminado al servicio de propietarios de fincas y, sobre todo, se ha traducido en una deforestación inducida para luego reforestar con cargo al erario. En “Jóvenes Construyendo el Futuro”, junto con varios casos exitosos, se han detectado múltiples casos de simulación, en beneficio de empresas o de operadores del programa. Y ni siquiera sumando todos los programas sociales del gobierno federal se ha logrado aliviar el problema de la violencia. Evidentemente el tejido social está más dañado de lo que se suponía, y no basta con esas estrategias.

El segundo problema es que, al replicarse dichos programas en América Central, pero en tamaño reducido, lo más probable es que sumen las características locales, y eso haga más difícil el trasplante.

En cualquier caso, López Obrador cumple en lo que le importa: exportar lo que él considera que son sus soluciones y reflejarse en el agradecimiento de los beneficiarios y de los gobiernos hermanos.

Una cosa diferente es Cuba, país al que también ha ayudado López Obrador, pero no a través de la exportación de sus proyectos, sino con el espaldarazo político y una serie de compras, que se sumarán a la cadena de subsidios con los que, desde hace décadas, México apoya al régimen cubano.

Del florido lenguaje con el que se expresó López Obrador, lleno de elogios a la Revolución Cubana, queda claro que se quedó estancado en los años setenta, y en la idea de un Fidel que brilla en la montaña, un rubí, cinco franjas y una estrella. En la del bastión antimperialista que, en plena guerra fría, intentaba implantar el socialismo a pesar de la cercanía con Estados Unidos.

Una cosa es condenar el contraproducente embargo estadunidense a Cuba, y otra -muy diferente- expresar abiertamente una identificación con un gobierno que hace décadas dejó de ser revolucionario, para convertirse en un Estado policiaco, incapaz de brindar a su población los satisfactores elementales (claro, a menos de que seas de la nomenklatura) y que, para colmo, ahora que es dictadura pura y dura, Cuba ni siquiera está encabezada por alguien apellidado Castro, sino por un burócrata convertido en autócrata.

En esa misma lógica, López Obrador dijo que nunca apoyaría a “golpistas” que conspiran contra el régimen cubano. Compra la idea (o bueno, ya la tiene también para México) de que toda oposición, y de hecho toda crítica, es una intentona para tumbar al gobierno y poner otro “al servicio del Imperio”.

Esas expresiones en poco ayudan al que podría ser, o podría haber sido, un papel estratégico para México, y que podría dejar bien parado a López Obrador: el de mediar para acercar las posiciones de La Habana y Washington. AMLO prefirió pintar su raya histórica y quedar para la posteridad del lado de los buenos (de los que él ve como “buenos”).

La otra señal de apoyo fue la contratación de 500 médicos cubanos, en donde no se les paga a ellos, sino al gobierno, y la adquisición de vacunas contra el COVID, que se destinarán a los menores de edad. Lo primero es un gesto de solidaridad con el régimen (no con los doctores) al que AMLO agregó una frase tan falsa como innecesaria: que en México hay escasez de doctores. Lo segundo, un intento por matar dos pájaros de un tiro: acallar las críticas ante la falta de vacunación a niños en México y dar una ayuda económica a los socios caribeños. Veremos qué tanta confianza tiene la población, y qué tanto prejuicio, hacia las vacunas cubanas.

Para López Obrador, la gira fue de ensueño. Los sueños de Andrés Manuel son los de colocarse como paladín del combate a la pobreza y la desigualdad en toda la región centroamericana, y de ser visto como un aliado de hierro de la Numancia antimperialista caribeña que admira desde sus años mozos.

En el camino, además, recibió de Cuba la medalla José Martí, como Allende y como Mandela. Pero también como Ceaucescu, como Hussein, como Mugabe, como Lukashenko, como Putin y como Nicolás Maduro. 

viernes, abril 29, 2022

El cortocircuito de AMLO

Con Andrés Manuel López Obrador siempre hay primeras veces. La noche del domingo 17 de abril fue la primera vez que una iniciativa presidencial de reforma constitucional es rechazada por votación de la Cámara de Diputados. Hizo cortocircuito. Habría que preguntarse las razones, y también las probables intenciones.

La primera razón es el ansia de refundación. Desde hace tiempo se sabía que la reforma en materia eléctrica, tal y como estaba, tenía a toda la oposición en contra. Igualmente, se sabía que a la legislación actual le vendrían bien varios cambios de fondo (por ejemplo, eliminar la obligación de que la CFE compre el total del excedente de energía de autoconsumo). Había espacio para buscar el consenso a través de negociaciones. Pero López Obrador se opuso cada vez que alguien desde las filas de Morena lo sugería… hasta que dejaron de sugerirlo.

La idea era la de siempre: no le cambien ni una coma. Porque no se trata de hacer reformas paulatinas, sino de refundar el país, desechando prácticamente todo el pasado. De lo que se trata es de continuar con la misión trunca de los padres de la Patria (y en el caso de la electricidad, el padre resultó nada menos que el priista Adolfo López Mateos, de repente convertido en hombre de izquierda, sin importar que la haya reprimido o que en su sexenio México haya tenido el grado máximo de desigualdad social desde que esta se mide).

La segunda razón es de carácter pedagógico-propagandístico. A sabiendas de que la derrota se avecinaba, la ultramaratónica sesión del domingo se convirtió en un espectáculo, extrañamente seguido a través de la televisión, el internet y las redes sociales. Los diputados no hablaban a sus pares -la división y los votos ya estaban planteados- sino al público que los observaba. Y si uno estira la cuerda, hablaban a la historia.

Cada bando se dirigió, en realidad, a sus seguidores. Mientras la oposición armaba argumentos ligados a los mercados de electricidad, la necesidad de proteger el medio ambiente, el peligro de un monopolio encabezado por Manuel Bartlett o el futuro que representan las energías limpias, el bloque de la 4T traía sólo dos o tres motivos recurrentes, dirigidos a los opositores: no quieren tarifas bajas de electricidad, están al servicio de las empresas extranjeras y, repetidamente, son traidores a la Patria.

En otras palabras, mientras que del lado opositor teníamos una retórica tal vez encendida, pero inscrita en el parlamentarismo tradicional, del lado gobiernista teníamos una clara apuesta por dos o tres ideas-fuerza que llegaran a la víscera, que generaran enojo y encono. El que la gran mayoría de la población no tenga ni idea de cómo funcionan los mercados eléctricos ayuda a que las consignas penetren sin tanto problema.

De ahí vendrá el intento de López Obrador de convertir la derrota política sufrida en San Lázaro en una victoria propagandística. Los opositores identificados como vendidos al extranjero, nuevos Santa Anna, traidores a la Patria (que “merecen ser crucificados”, agregó una diputada del PT, y no importa que lo haya dicho en el Domingo de Resurrección).

El leitmotiv de la traición a la Patria -cosa que escucharemos una y otra vez en los próximos meses- también ayuda a entender que, en la retórica de la 4t, la voluntad de López Obrador es la Patria. Y será parte de la campaña permanente en la que se ha enfrascado este gobierno.

La tercera razón es el gusto de AMLO por los cortocircuitos. Me explico: la ríspida sesión de los diputados puso en contacto a polaridades distintas, sin cobertura aislante alguna. Fue un choque del que salieron chispas. Dos bloques animosamente enfrentados. Es el México polarizado por el López Obrador apuesta: el partido del progreso contra el partido del retroceso (diga usted cuál es cuál).

Para Andrés Manuel esto es fundamental. Siempre es necesario un enemigo interno contra quien dirigir al pueblo, y lo de menos es que ese enemigo represente a una parte del pueblo, porque no se trata del pueblo verdadero (y bueno). La derrota legislativa y política es un costo para él, pero mantener la idea de buenos contra malos es un beneficio.

Todo esto, y la fuga hacia adelante con el tema del litio (que no es tan polémico, pero que también afecta el T-MEC), impedirán una autocrítica en Morena y su movimiento. Ya no analizaron el porqué de sus pérdidas relativas en las elecciones 2021; ahora tampoco lo harán en su mal manejo del asunto en la cámara baja. Es más probable que se lancen, muy a su estilo, a una guerra de descalificaciones mutuas, dándose patadas bajo la mesa mientras repiten frases de AMLO.

Sabemos que los cortocircuitos causan daños a las instalaciones eléctricas y que incluso pueden causar incendios. Cambiemos instalaciones eléctricas por andamiajes institucionales democráticos y tendremos una idea.  

Pero al menos, la reforma eléctrica tóxica no pasó. Todavía existen contrapesos en la democracia mexicana.