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viernes, noviembre 08, 2024

Mitos geniales X: Rafael Castilleja (Biopics)


¿Cómo eran los periodistas de antes? Un buen ejemplo es Rafael Castilleja, de quien he comentado brevemente en las partes de los Biopics referentes a mi estancia en El Nacional. Van algunas viñetas.

El bazucazo y el director

Castilleja era un joven reportero que había iniciado desde abajo, como ayudante de redacción -hueso, se les decía- en El Nacional. Cuando tenía 24 años, lo mandaron a cubrir "los disturbios estudiantiles" de ese día, el 29 de agosto de 1968. Así lo contaba:
"Esa noche llegué muy emocionado a la redacción. Después del pleito entre los estudiantes y los granaderos, los chavos se encerraron en la Preparatoria Número Uno, entonces llegó el Ejército y de un bazucazo abrieron la puerta y entraron a madrearse y a detener a los estudiantes. Yo hasta había entrevistado al soldado que disparó y me dije: 'ahora sí me van a dar la de ocho'. La nota principal del diario.
Hice mi nota y al rato que me manda a llamar el director. Pensé que era para felicitarme por estar ahí en el momento (risas). Pero no, todo lo contrario.
-Oiga, Castilleja, usted está escribiendo puras mentiras.
-Noo señor, fue lo que vi. Hasta entrevisté al soldado que disparó la bazuca. Ahí está en la nota.
-Pues eso no es cierto. 
-Le juro que es verdad. Es lo que vi.
-Entonces usted vio alucinaciones. Aquí tengo la versión oficial, y es muy distinta a lo que usted escribe. Por ahí nos vamos a ir.
Nada más agaché la cabeza, hermano.
-Mire, le voy a dictar la nota con lo que verdaderamente pasó, usted no le va a cambiar ni una coma y la va a firmar. ¿Entendido?
-Entendido, señor director.
Me dictó el boletín, lo firmé y luego me fui al Palacio (así se llamaba la cantina cercana a la sede de El Nacional) a pasar el mal trago con unas cervezas. 'Ya me chingaron', me dije, ya se acabó mi carrera. Esa era mi preocupación.
Pero no. Al otro día me cambiaron a deportes, cubrí las olimpiadas y también el Mundial. Y en el Mundial entrevisté a Pelé."
Terminaba la anécdota con una sonrisa satisfecha.

El indispensable

Con el tiempo, Castilleja fue ascendiendo de puestos. Pronto fue jefe de redacción, y más tarde subdirector. Hay algunas claves que explican esos ascensos: una, que era un hombre muy trabajador, siempre pegado a la noticia; otra, que aprendió rápidamente algunas necesidades del periodismo de entonces: el uso de eufemismos, del "todo indica que" o "parece que", la capacidad para estar de acuerdo con el gobierno sin ser demasiado obvios y para pegarle a todo lo que parecía oposición sin ser muy directos, la obsecuencia con los encargados de prensa pero manteniendo las bases del oficio, de forma que los mensajes en cabezas y redacción siguieran las instrucciones, pero no fueran tan evidentes; una tercera clave, su buen trato personal. Castilleja era un hombre amable, que no solía levantar la voz, aun cuando fuera seco con alguno de sus subordinados. Prefería las alianzas y no daba ataques de frente, sino de lado.
Así, cuando Pepe Carreño Carlón llegó a la dirección de El Nacional, Castilleja aparecía como el personaje indispensable, el que tradicionalmente había fungido de bisagra y de hilo de conducción entre la redacción, el sindicato y la dirección del diario. Eso, sobra decirlo, le daba un aura de poder al que él fingía no aspirar, pero que usaba de manera cabal. Pero un director como Carreño, que tenía una visión transformadora y que no llegó al diario para administrar lo existente, no iba a utilizar a la correa de transmisión tradicional. 
Castilleja era un tipo listo y entendió rápidamente que eso sucedería.

Dos aventuras periodísticas que no fueron las esperadas

Consciente de que ya no tenía el poder de antes en El Nacional, y de que, en la factura cotidiana del periódico, se estaba formando una pinza entre Antonio Dávila y yo, que limitaba su accionar, Castilleja decidió que regresaría a reportear, y pidió ir a cubrir la inminente invasión estadunidense a Panamá contra el dictador Manuel Noriega. Allí, decía, iba a reseñar la resistencia de los panameños en una guerra que duraría algún tiempo. Llegó casi al mismo tiempo que los bombardeos, apenas pudo dar cuenta de la huida y captura de Noriega y, en contra de sus expectativas, de los festejos de los panameños por haberse librado del tipo y porque tomó posesión el presidente que sí había ganado las elecciones.
Tras esa experiencia, Castilleja decidió ir a cubrir las elecciones nicaragüenses de 1990, las primeras después de la revolución sandinista, que cumplía -tarde- su promesa de convocarlas. A pesar de que, informado por Carlos Mársico (quien vivía entonces en Nicatagua y decía que los sandinistas eran populares en el campo e impopulares en las ciudades), le advertí que podía ganar Violeta Chamorro, él estaba seguro de que el pueblo ratificaría el triunfo de quienes lo libraron de la dictadura somocista. Se equivocó (pero también Mársico, porque Daniel Ortega perdió igualmente en amplias zonas rurales). Regresó cabizbajo a México.

El affaire Castañeda

En la primavera de 1990, el presidente Salinas hizo una gira al extremo oriente, se llevó a Pepe Carreño Carlón, y Pepe me encargó informalmente que me hiciera cargo de las ediciones. Eso hice. Pero los sábados los dedicaba a mis hijos, y eran como un remanso, así que le dejé el diario a Castilleja. El domingo en la mañana me habla Héctor Aguilar Camín, indignado por el editorial del periódico. Sucede que hubo un atentado contra la secretaria de Jorge G. Castañeda y el editorial, tras una condena genérica, sembraba la cizaña de que Castañeda andaba en malos pasos: típica actitud de una prensa gobiernista acostumbrada a golpear a todo lo que, a su parecer, no se pliegue a la línea oficial. Es la marca del periodismo al servicio del autoritarismo. Evidentemente, Castilleja había escrito el editorial, armado de los viejos reflejos. Le costó trabajo entender que se había equivocado; vamos, Castañeda era "cercano a Cuauhtémoc Cárdenas, opositor al Señor Presidente, hermano". Para que entendiera, le dije que también era cercano a personajes importantes del gobierno, como Manuel Camacho. De inmediato, escribí un editorial que intentaba corregir el error y condenaba sin ambages el atentado. No fue suficiente para los agraviados. Al martes, Miguel Ángel Granados Chapa así lo hizo explícito en su columna. También recibí en mi casa una llamada de Camacho, con la extraña sugerencia de que comparara el malhadado editorial de Castilleja con aquellos que acusan a una mujer violada porque llevaba minifalda. Cuando finalmente me pude comunicar con Carreño (todavía no había teléfonos celulares y había que hablar al hotel a la noche de Japón), me instruyó: "echémonos más ceniza". Así lo hice, con otro editorial. Castilleja estaba pálido todos esos días, movido entre el temor de ser despedido y, sobre todo, la vergüenza de haberse equivocado en la línea editorial.
Al regreso del director Carreño, éste escribió, seguramente por instrucciones presidenciales, un tercer editorial de arrepentimiento, en primera plana y firmado por él, para zanjar el asunto. Ceniza como de exhalación del Popo. El gerente insistía en que había que correr a Castilleja, pero Pepe Carreño le respondió:
-Es lo último que haría.
El affaire Castañeda, que a mí me costó sólo un regaño por no entender que, cuando el Presidente sale de gira, no hay que hacer la más mínima ola, significó para Castilleja una ulterior disminución de su influencia. Se convirtió en una sombra de lo que era, y pedía que yo le revisara todo lo que hacía.
Pocos meses después, con el pretexto de que su hijo estudiaba en el ITAM y era muy caro, solicitó que se le liquidara. Trabajaría más tarde en Novedades, en El Sol de México y en proyectos de periodismo pagado ("con apoyo editorial", dice el eufemismo), con sus cuates del Club Primera Plana.

Doble chamba

A principios del Siglo XXI, conseguí -con la intercesión de Eduardo Medina Mora- los expedientes que tenía el CISEN sobre mí. Me pareció curioso que no hubiera información alguna de cuando yo estaba en el PMT en Sinaloa, muy poca sobre mi paso por el PSUM, algunita -y muy mala, esos orejas eran pésimos- como profesor "marxista" de la Facultad de Economía, y un montononón sobre mi paso por El Nacional. Mi primera reacción fue: "los gobiernos del PRI espiaban más a su gente cercana que a los opositores".
Un día le comenté eso a Toño Dávila, y me respondió:
-Pues claro que allí es donde había más información, si Rafael Castilleja era agente del CISEN. Hasta director de investigación fue. Y allí es donde se refugió cuando salió de El Nacional.

Una última plática

Por ahí de 2013 o principios de 2014, Castilleja, ya setentón, llegó a Crónica a sondear, sin muchas ganas y sin muchas esperanzas, la posibilidad de reintegrarse a la redacción de un diario. No había lugar para él, a pesar de su amplia experiencia. Como siempre, su trato fue muy amable. Fue la última vez que lo vi. Murió en 2023. 

  

jueves, julio 11, 2024

Los apodos de Vadillo


 

El 26 de junio murió Alfonso Vadillo, de quien algo he platicado en la parte autobiográfica de este blog (los Biopics). Revisando someramente, veo que tuvo diversas influencias en mí. Va un recuerdo.

Mi primera relación con Alfonso Vadillo fue como alumno suyo en la UNAM, en la materia de Teoría Económica. Era un maestro joven y simpático (nos llevaba menos de diez años), que tenía muchas frases memorables, pero acabé cambiándome de grupo, porque no le entendía ni madres a sus explicaciones, a la clase propiamente dicha. A cambio de ello, Vadillo nos llevó a muchos a una grilla en otra materia, Centro de Economía Aplicada, para deshacernos de un maestro y ponerlo a él en su lugar. El resultado fue un caos, porque Alfonso quería que hiciéramos una investigación a conveniencia del Partido Comunista, del que era miembro, y nosotros lo que deseábamos era hacer trabajos de campo con el pueblo trabajador. En el camino, me junté con un grupo que desembocaría, primero en el maoísmo, y después, de manera dispersa, en el reformismo socialdemócrata, el priísmo, en Morena o en los delirios terroristas. En alguna de las asambleas masivas para discutir los proyectos empecé, desgraciadamente, a fumar. Al final, Vadillo nos reprobó a casi todos.

Pocos años después, casi por sorpresa, Vadillo nos avisó que iría a Módena, a estudiar con nosotros. Recaló en el departamento que teníamos cuando yo estaba solo (Mapes y Carreto estaban en México) y el depa estaba ocupado por unos hippies (aquí lo platiqué). Lo relevante de esa breve estancia es que Alfonso me enseñó los elementos básicos de la cocina y algunos secretos culinarios extra, e incluso a rasgar la guitarra. Lo primero es algo que le agradeceré siempre. Lo segundo se me olvidó pronto.

No recuerdo en qué orden, pero Alfonso rentó un minidepartamento para él solo en Módena y se fue a Perugia a estudiar italiano, quedándose en casa de Carlos Mársico. Allí, se puso el sobrenombre de Lo Scopattore Folle, porque decía que ninguna chica salía indemne de visitarlo. De regreso, iba poco a clases, y mucho a nuestro depa para cotorrear con nosotros, discutir de política y de filosofía, y a jugar dominó. Se burlaba de que no militáramos en ningún partido ("¿Es que se puede militar en una revista? No mamen"), hablaba del fin de la historia como si de verdad creyera en él y se cotorreaba de algunos intereses de Carreto: ("Es una mamada eso del tai-chi; el paso de la grulla, el del mono. Si a mí me preguntan, hago el paso del homo sapiens, me pongo a leer un libro y enciendo un cigarro").
Se compró un auto Mini-Minor color rojo, y con él algunos de nosotros dimos varios roles. La foto que acompaña este texto es de aquel entonces, ha de haber sido tomada cerca de Vignola, a finales d invierno.
En sus dos primeros exámenes sacó 30 puntos de calificación sobre 30 posibles. Con la modestia que lo caracterizaba, se autonombró Carabina 30-30. Carreto se lo cambió a Rabadilla 30-30 y luego le quitamos, mañosos, los treintas, para dejar su apodo en Rabadilla. La verdad es que el paso por Módena volvió sraffiano a lo que era un marxista bastante dogmático.

Nos dijo que su hijo iba a visitarlo, y que pensaba rentar por un mes un chalecito en una playa de España, cerca de Valencia. A varios nos pidió prestado, con la promesa de que nos acogería allí si pensábamos visitarlo. Y cada uno le prestó cien dólares. Yo llegué pasada la mitad de ese mes, dispuesto a echarme unos días de relax, y resultó que el cabrón ya se había ido. Por cosas del destino, me encontré a Mársico en Alicante, cuando iba hacia el chalet inexistente. Allí decidimos irnos a Marruecos. Una experiencia con claroscuros que le debo indirectamente a Alfonso, quien era tan trácala que se transó hasta a Otello Bizzini. Y transarse a un mediatore de Piazza Grande son palabras mayores, pero Alfonso era un terrone messicano troppo simpatico (palabras de Otello; efectivamente Alfonso era guerrerense).

Al año siguiente, Vadillo decidió que mejor se iba al Instituto Gramsci, en Roma. Rentó un microdepartamento en el Trastevere y allí recalé más de una vez. Estaba en una planta baja y tenía un poster gigantesco de Gramsci, que se veía desde la calle; casi una gigantografía. Siempre fue muy buen anfitrión en mis visitas, y -un poco en contra de mis pretensiones de seriedad- más de una vez me obligó a participar en sus juegos ligadores de mentiras. Él era Alfonso Pemex, el gran heredero del petróleo y yo era hijo de Marlon Brando con una mexicana, en un affaire que tuvo el gran actor cuando vino a filmar Viva Zapata!  Con las chavas se quejaba amargamente de que el gobierno le pagaba a su familia sólo 300 dólares al año por el uso de las pirámides en las que estaban enterrados sus antepasados. En otra ocasión, dijo que había llegado a Italia como premio al mejor de vendedor de plantillas para los pies, porque hizo un contratote con el sindicato de carteros.
Pero su ligue más duradero en Roma fue Pildorita, una mexicana simpática y tan fresa que hablaba italiano con acento de Jardines del Pedregal.

De regreso a México y a la Facultad de Economía, Vadillo aprovechó para poner un restaurante italiano en Coyoacán que haría historia: Los Geranios. Llegó a decirse que la izquierda chilanga se movía en un círculo en cuyo centro estaba el restaurante de Alfonso. Las veces que fuimos, nos dio descuento en la comida y nos disparó el primer vino. Y apantallaba a muchos al manejar una auténtica cinquecento.
A mi regreso de Sinaloa, gracias a él pude publicar unas críticas de cine en la revista Crítica Política y, por sus relaciones con el editor Martín Casillas, el opúsculo El FMI y su Relación con México que, con todo y que se ofertaba hasta en el súper, ha de haber vendido muy mal. Y él fue quien me recomendó para ser socio de uno de los primeros videoclubes de México: Tiempos Modernos.
En esos años, Vadillo publicó un libro de critica literaria y cultural bastante denso, cuyo título se me escapa. Mucho tiempo después se dedicó a coordinar libros sobre economía.
Como profesor universitario, el consenso entre sus alumnos era que Vadillo era un tipo que sabía mucho, pero que -además de ser muy exigente- era muy difícil de seguir. Por eso, a veces se quedaba con tan pocos estudiantes que le cancelaban el grupo. Ante esta situación, Alfonso asumía una posición cínica: "Soy el Profe 11-26, porque los días 10 y 25 hay demasiada cola para ir a cobrar el cheque". 

Luego que dejé la Facultad lo vi poco. Cuando nos reuníamos, sobre todo a instancias de Carreto, o cuando llegaba de visita -cada vez menos- algún amigo de Italia, Alfonso seguía siendo un tipo simpático y hablador. Así lo recuerdo, aun de grande. 
Hace poco más de un año, Carreto nos comentó que Vadillo tenía cáncer pulmonar. En Roma, en la primavera de 2023, nuestro amigo mutuo Claudio Francia me dijo que Alfonso le había comentado que estaba siguiendo un tratamiento alternativo que le había resultado bien. Le dio sobrevida, pero no toda.

Adiós, Rabadilla, Carabina 30-30, Scopatore Folle, Alfonso Pemex, Profe 11-26. Que te sea leve el viaje.

Y vuelvo a mirar la foto donde estoy con él, recargados ambos en el Mini-Minor. Alguna vez nuestros rostros se distinguían nítidamente. Ahora es una foto borrosa. Así pasa el tiempo. Así pasan las vidas.

miércoles, febrero 28, 2024

Nerón, campeón olímpico


 

Uno de los datos curiosos de los Antiguos Juegos Olímpicos es que quien más títulos ganó en unos solos Juegos fue Nerón, Emperador de Roma. Siete veces recibió la corona de laurel que lo consagraba como campeón durante los Juegos de la 211 Olimpiada. Pasaría un milenio para que, ya en los tiempos modernos, alguien lo igualara y otras 9 olimpiadas para que fuera superado. Hay que decir, sin embargo, que las condiciones para las victorias de Nerón fueron un tanto particulares.

Nerón era, entre otras cosas, fanático de algunas partes de la cultura griega; entre ellas, los deportes. También era fanático de su ego. Ansiaba ser considerado como un semidios. Una parte de ello era coronarse como campeón olímpico. No sólo eso, ambicionaba convertirse en un periodonikes; es decir, en un campeón de las cuatro competencias deportivas panhelénicas (los juegos Olímpicos, y los juegos regionales: Ístmicos, Délficos y de Nemea), lo que hoy llamamos "el ciclo olímpico". Incluso fue más allá y creó los Juegos Nerónicos, que duraron lo mismo que su reinado.

Pero había un problema logístico para lograrlo, y este era que los distintos juegos se realizaban en diferentes años y las responsabilidades del imperio dificultaban que Nerón anduviera yendo a Grecia cada año. Así que convenció amablemente (al fin era el emperador) a los organizadores para que todos se realizaran en el año 67, y él realizara un gran gira triunfante. Eso implicó que los 211 Juegos Olímpicos de la Era Antigua, programados para el año 65, se retrasaran un par de años.

En los tiempos de Nerón, los juegos olímpicos no eran muy del agrado de la élite romana. Les parecían vulgares y algo bárbaros: demasiada desnudez, demasiados aceites, esclavos que competían, trompetas a altísimo volumen. Algo indigno para un emperador.  A Nerón esas críticas no le importaron. Escribe Suetonio: "Porque pensó que era igual que Apolo en la música y como el Sol en el manejo de cuadrigas, Nerón decidió también imitar los logros de Hércules en la lucha".

En Olimpia, Nerón participó en un evento de combate (que no era el pancracio, ganado aquellos juegos por Xenodamos de Antiquira), y se llevó la corona de laurel. También compitió en las categorías de arte: ganó el concurso de heraldos, tocando la trompeta; fue victorioso el de actuación en tragedia y, por supuesto, arrasó en el de tocar la lira. Es muy probable que los jueces, amantes de su propia vida, hayan sido unánimes.

Sus otras tres coronas de laurel fueron en eventos ecuestres. Ganó la carrera de cuadrigas y otras dos competencias, ambas inventadas por él: la carrera de cuadriga de potros y la de carruaje tirado por diez caballos (él fue el único en llevar potros y diez caballos al evento). Se cuenta que, en esta última, los corceles alcanzaron tal velocidad que tiraron a Nerón y le impidieron terminar la carrera. Aún así, los jueces, sabios y prudentes, le concedieron la victoria y los honores.

Sobra decir que, en los demás juegos panhelénicos Nerón también se llevó las coronas de laurel (de cilantro, en el caso de los juegos de Nemea) y se convirtió en periodonikes. Eso le dio tal felicidad que, "aunque no haya nada que no pueda esperarse de mi magnificencia", le concedió a Grecia la libertad y la exención de tributación al imperio. 

Nerón regresó a Roma en una cuadriga tirada por caballos blancos, rodeado de guirnaldas de la victoria, y organizó grandes y lujosas fiestas en honor a sus logros olímpicos. 

Un año más tarde, una rebelión lo obligaría a huir y a quitarse la vida.  

Moneda de 4 dracmas, conmemorativa de los Juegos Oímpicos del año 67


jueves, enero 25, 2024

¡Cámara José Agustín, ¿cómo que piraste?!?

Cuando se supo que José Agustín estaba ya muy enfermo, Héctor Orestes Aguilar escribió: “Ningún otro autor mexicano del siglo XX ganó tantos lectores para la literatura y decidió tantas vocaciones literarias como José Agustín”. Lo dijo con las palabras correctas. Soy uno de esos lectores que, deslumbrado al leer a ese chavito que escribía como nosotros hablábamos, inició con él la aventura de sumergirse en la literatura. Lo hice como buen latinoamericano: con un desorden espectacular.

Ahora José Agustín piró, y todos nos sentimos un poco huérfanos.

(Se escucha a Duke Ellington, “(In my) Solitude”). Aparece una novela adolescente, pero escrita con una pluma que no lo parece. Se encuentra uno con un estilo desenfadado, siempre fluido, moderno, coloquial, cotorro. Vivo. Hay sexo explícito, engaño, groserías, drama. Es -clic- La Tumba. ¿Esto lo escribió un chavo de 19 años? ¡Es un puto genio!

(En el tocadiscos, Roy Orbison, “Only the Lonely”). Uno teje con la guitarra; el otro, con las letras. Si hay una autobiografía escrita en primera persona, esa es la que publicó, precoz, José Agustín en 1966, dentro de una serie orquestada por Emmanuel Carballo. Fue mi primera lectura de él, así que conocí primero al personaje y luego a su obra. Ahí se presenta el chavo roquero, que tiene aventuras extrañas y entrañables como ir a Cuba a casarse (también prematuramente) y a alfabetizar, y que combina la cultura popular, música, cómics, películas, con lo que era el canon literario de entonces. Hace un chingo de name dropping.

(Tocan los Beatles “Lucy in the Sky With Diamonds” -¿o son los Biceps?-). Juegos de palabras, cotorreo onomástico, la historia de un adolescente que camina hacia la adultez, pero lo hace de una manera a ratos rabiosa y a ratos ensimismada. Un montón de cambios de ritmo, de tiempos y de espacios, juegos con la puntuación y/ José Agustín empieza con De Perfil la tarea de experimentación literaria. Ya es una suerte de rockstar.

(Ahora el soundtrack es Bob Dylan: “A Hard Rain is Gonna Fall”). Tal vez el libro que más disfruté de José Agustín, porque lo leí apenas salido de la imprenta, es Inventando que Sueño, que tenía una portada muy chida realizada por el hermano del escritor. Es una colección de cuentos que va desde un sainete cotidiano (“Amor del bueno”) hasta una suerte de thriller de terror (“Lluvia”). Hay experimentación, pero también experiencia y, de nuevo, una habilidad enormísima para reproducir, cuando quiere, el habla cotidiana. El oído de José Agustín sólo se compara con el de Rulfo y Yáñez, pero José Agustín tenía un oído urbano, moderno.

(Se oye “Venus in Furs”, de Velvet Underground). José Agustín le entra de lleno a la experimentación con una obra vanguardista, que tal vez sea teatro: Abolición de la Propiedad. Una pareja, una grabadora, una espera, un juego con el tiempo, una violencia irremediable. Interesante, pero difícil lectura.

(El turno es para John Lennon, “How do You Sleep?”). José Agustín escribe para la efímera revista Piedra Rodante, y sus reseñas son lectura obligada. Al revisar el disco y esa rola de Lennon, se responde: “Paul ha de dormir muy bien, porque así es esto de la inconsciencia”. Me quedé por toda la vida con la útil segunda mitad de la frase.

(Obviamente, Jailhouse Rock, con Pelvis) En 1970 llegaría la venganza de la momiza, agarran a José Agustín con mota y lo refunden en Lecumberri. De ahí surge su divertida obra de teatro “Círculo Vicioso”, que alguna vez vi representada en CU (el güey más loco de la cárcel se llamaba Jorge Ayala Blanco, como el crítico de cine). Y también ahí inicia la escritura de Se está haciendo tarde (Final en Laguna). José Agustín pasa a ser “gente seria”, sin serlo nunca real (y afortunadamente).

(Van las notas de “In the Court of the Crimson King”, del grupo casi ídem). Se está haciendo tarde es considerada por muchos como la obra mayor de José Agustín, harto juego de palabras, harto albur, harto yin & yang, una buena dosis de rock y una mucho mayor de drogas. Una vueltecita por el infierno acapulqueño medio siglo antes de Otis. Confieso que no le pude dar el golpe.

(Tiempo de pop-ulrí: tocan Van Morrison, Patti Smith, Iggy Pop...). Vendrían otras novelas joseagustinianas. De ellas he leído tres; todas con gusto. Ciudades Desiertas, Cerca del Fuego y Armablanca. La primera es una gran descripción crítica del mundo académico gringo, combinada con la disección de las pasiones irracionales del amor y con el macromachismo común a los personajes de José Agustín. La segunda es, quizá, su obra más madura: una historia que, con el oído privilegiado del maese, y su capacidad para reproducirlo, borda la amnesia (que en México sólo puede ser sexenal), los sueños, el miedo y el delirio (que en México siempre tiene que ver con lo absurdo). Y relata un gran juego de beisbol. La tercera es un thriller-divertimento-homenaje a José Revueltas: muy cotorra y legible, aunque en ella hasta los tiras del 68 hablan como José Agustín.

(Ahora se escucha una sinfonía de miles, es rock, blues, progresivo, tocho). Reservo el antepenúltimo párrafo para un libro-objeto muy chido: Los Grandes Discos del Rock 1951-1975. Su magia es que no son ensayos, sino José Agustín cotorreando y citando, muy subjetiva y libérrimamente, acerca del rock, sus pasiones y sus pasones.

(Suenan los Blue Meanies de la película Yellow Submarine). Algo que no se le dio al maese José Agustín fue la precisión. Eso se ve en su bookcito juvenil La Nueva Música Clásica (sobre rock, obviamente), lleno de errores hoy imperdonables y, de paso y de pasón, de su pasión por Angélica María. Ese defecto se repite en sus noventeros y tragicómicos “ensayos” políticos (como quien dice, “peor para la realidad”). Y digamos que su cine me arranca sonrisas, pero no es mi hit.

Tempus fugit. Los principales de aquellos jóvenes escritores rebeldes a quienes Margo Glantz, despectivamente, les puso el mote de “literatura de la onda” (mote que la raza lectora retomó con orgullo) han muerto. Murió Parménides, forever young, fiel a su leyenda. Murió Sáinz, en el destierro. Murió Avilés Fabila, tras desvanecerse en el sauna. Y ahora nos dejó el más grande, el más chavo de todos, el que nos dejó en el espíritu la más profunda impronta. ¡Cámara, qué mala onda!

Silencio.

jueves, julio 06, 2023

Retrato del periodista adolescente: Raúl Trejo Delarbre


Acaba de publicarse el libro Raúl Trejo Delarbre: 70 años, una celebración. En él aparece la primera versión de un texto mío. Aquí publico la segunda versión, corregida y aumentada (que sí envié muy a tiempo a los coordinadores). Como mi texto fue sobre sólo una etapa de la vida de Raúl, publiqué en Crónica un breve homenaje, a guisa de complemento, donde hago referencia al libro. 


Retrato del periodista adolescente
 

Cuando estaba yo en primero de prepa, en la clase de literatura el maestro -un jesuita místico, y notable poeta, Mauricio Brehm- se puso a hablar de un fenómeno nuevo: la “literatura de la onda”, y en particular de un joven que escribía textos muy interesantes, llamado José Agustín. Preguntó si alguno de nosotros los había leído. Alzamos la mano tres estudiantes: uno era yo, otro era Luciano Peralta y el tercero, un chavo muy serio, muy formal, que respondía al nombre de Raúl Trejo.

El profesor nos recomendó que intercambiáramos los libros que habíamos leído -cada uno lo había hecho con uno diferente- y es la fecha que Peralta no me regresa la precoz Autobiografía de José Agustín. A pesar de ello, salí ganando, porque ese intercambio sirvió como pretexto para el inicio de una amistad con Raúl Trejo que dura ininterrumpida ya más de medio siglo.

Durante los recreos, Raúl y yo nos íbamos a una tortería cercana a platicar sobre mil temas. Él quería ser periodista y se interesaba por todos los asuntos: prueba de su vocación, es que también se interesaba por los asuntos que no le interesaban realmente. De lo que más hablábamos era de literatura, que él devoraba como buen latinoamericano: de manera desordenada. A los pocos días, se nos juntó otro cuate del grupo, una suerte de loner con ideas mafufas e iconoclastas. Se llamaba Raúl González Rodarte.
Un día, caminábamos por la calle de la escuela y yo veía cómo el ancho Trejo, poco expresivo, se movía como ajeno al mundo y a su propio cuerpo; veía cómo el escurrido González Rodarte se movía como con nervios de colibrí, enfundado en un pantalón ajustadísimo, y me parecía, él mismo, un colibrí detrás del escape de un camión. Fue cuando me dije: “Mis cuates son extraterrestres”. Así que de plano le pregunté a Trejo: “Oye, Raúl ¿De veras no eres marciano?”.

Y es que el adolescente Raúl era, de verdad, un tipo raro, que se salía de las normas. Era alguien que caminaba más rápido de lo que corría; un estudiante aparentemente modelo que, sin embargo, discutía con los profesores armado de una lógica filosa que los acababa desarmando; un tipo que, en su avidez por conocer de todo, estaba siempre al día; un cuate que no lo aparentaba, pero era totalmente de vanguardia; un amigo de mirada profunda, no sólo físicamente; un personaje circunspecto que en realidad es una persona muy cálida; una conciencia crítica que desde entonces ya no estaba en ciernes.

Un día Raúl me invitó a su casa. Vivía en Ciudad Satélite cuando todavía era periferia: eran los tiempos en que nos bajábamos del camión y recorríamos la ruta a su casa cruzando lotes baldíos. El cuarto de Raúl tenía dos características que lo hacían diferente: un radio de onda corta y un mimeógrafo de alcohol.

Mediante el radio de onda corta, Raúl escuchaba todo tipo de noticieros. Era un lector voraz d periódicos desde muy temprana edad y un apasionado de la información. Me platicó que su primer periodiquito lo hizo cuando estaba en primer año de primaria: copiaba notas del periódico y se lo vendía a sus papás.

Al mimeógrafo lo usamos para un proyecto de periódico ilegal y contracultural. El nombre, Subterráneo, correspondía al propósito. No se puede decir lo mismo del contenido, que era bastante adolescente y ligerito.

El gesto personal era importante, y por lo que el periodiquito valió la pena. La sensación cuasirevolucionaria de caminar por las calles del centro para comprar los stenciles. El miedito al distribuirlo por la Zona Rosa, los alrededores de Prepa 4 y en C.U. Creo que lo único realmente epatante de Subterráneo eran los poemas “asqueróticos” de González Rodarte. Lo dejamos de publicar luego de tres números (en el último no teníamos con qué llenar media plana y se me ocurrió un dibujo de Pico, la mascota del Mundial del 70, así de subterráneo era).

Otro proyecto que hicimos los dos Raúles y yo fue una obra de teatro, que presentamos en un “retiro espiritual” en el ex seminario de San Cayetano. Tenía un nombre muy chistoso, pero adecuado: “Extraño Coloquio”. Se trataba de una reunión de cuatro chavos muy diferentes, cuatro arquetipos que discutían de todo y de nada: las drogas, el sexo, la desigualdad social y el papel de la iglesia. Dos de los nombres provenían de una novela de Sáinz: Menelao (Raúl Trejo) hacía de chavo fresa (en el sentido antiguo de la palabra), conservador, antimariguana y borracho; Balmori (Kycho Chávez) hacía de hippie. Mi personaje se llamaba Adán y era un marxista. Raúl González Rodarte se hizo su personaje a la medida: se llamaba Marcio y era epicúreo. Adán se burlaba de él: “¿No te maquillaste hoy?”. En la escena final, luego de que Menelao se había ido asqueado porque se iba a fumar mariguana y de que Balmori hablara acerca de sus contradicciones (Adán no tenía, era el bueno de la obra), el proscenio se apagaba, alumbrando sólo a Marcio/González Rodarte, quien decía: “Yo soy el semen perdido en
las entrañas” y hacía la señal de paz y amor.

De los cinco actos de que constaba la obra, yo escribí el más malito, y cada uno de los Raúles escribió dos. Los actos de Trejo eran los que trataban con más detalle la coyuntura política y las preocupaciones sociales del momento: los más informados. Él hizo que los personajes discutieran sobre la guerra de Vietnam, el celibato de los sacerdotes o la relación entre sexos. La presentación fue un éxito: le dimos 20 minutos de conciencia social a los chicos del Patria en el “retiro” (léase cascaritas futboleras y pláticas de los curas) de San Cayetano. Luego unos profes nos pidieron que la representáramos en casa de uno de ellos, frente a los que no fueron al “retiro”.

Para tercero de prepa, nos embarcamos a hacer el periódico Palabra, órgano no oficial de los estudiantes del Instituto Patria. El año anterior, Palabra había estado de capa caída, porque todo lo hacía un solo alumno con vocación de periodista, Alfredo Domínguez Muro. Lo heredó una troika, formada por Raúl Trejo, Pablo Medina Mora y yo. Nuestro primer número fue una hojita de mimeógrafo, con un tiraje de 50 ejemplares. Llegamos a tirar números de doce páginas, con hojas de colores; mil 200
ejemplares, distribuidos en 13 escuelas. Fue muy divertido y formativo. 

Pablo, Raúl y yo hicimos un buen equipo, en el que uno servía de equilibrio a los otros. Medina Mora era el clásico tipo popular, con amigos de todo tipo en todos los salones y en varias escuelas. Su principal tarea era la distribución. Los ejemplares se “encuadernaban” (palabra de Trejo, en realidad se engrapaban) en su casa. Pablo, además, hacía que el periodiquito fuera aceptado por todos, evitando pretensiones excesivas, ya que recordaba la necesidad de publicar algunas notas ñoñas.

Trejo era el único que sabía medir los textos y su influencia y su criterio eran determinantes para definir las prioridades, en la reunión de los martes después de clases, en la cual conveníamos el dummy de Palabra, que realizaba el propio Raúl. Era el más rígido adversario de los textos malos, que Pablo solía defender por razones “comerciales”. Yo me ponía del lado de Pablo, sobre todo si el texto lo firmaba alguna mujer. A mí me tocaba armar el periódico. Lo hacía en casa, tecleando, sin cinta, con mi máquina de escribir Olympia, sobre las hojas de stencil. Ahí yo hacía correcciones de ortografía, enmiendas de redacción, trabajo de edición (las mediciones de Trejo, sobre textos casi siempre escritos a mano, eran impresionantemente buenas, pero no perfectas) y rellenado de espacios vacíos, cuando los había.

En uno de los textos que escribió para Palabra, una crítica a una obra de teatro, Raúl Trejo escribió: “El concepto tradicional de los medios de comunicación tiene que acabar. Deben expresar necesidades reales, existentes. El teatro, como lo conocemos, se vuelve obsoleto. El teatro no necesita acción, necesita verdad” Pedía a los lectores que fueran a ver la obra. “Prepárate a encontrarte con la realidad. Y en cierta forma, hay que ser valientes para aceptarla”. Su reseña tuvo tal éxito que en la prepa se organizó una ida colectiva para verla.

En aquel año, el periódico estudiantil se convirtió en una alternativa política a las organizaciones tradicionales de los preparatorianos, porque habíamos organizado distintos eventos. El cuarto poder. Entre lo que organizamos estuvo un concurso de ensayo. Raúl lo ganó a toda ley (de hecho, era el único texto digno de ser considerado como un ensayo). El título de aquel pequeño ensayo era “La Galaxia McLuhan”. El preparatoriano analizaba los textos del famoso teórico de la comunicación, la relación entre la información y la tecnología, los procesos de globalización (“la aldea global”), la diferencia entre “medios fríos” y “medios calientes”. Todos estos temas de impacto social, y los que se acumularon con ulteriores desarrollos tecnológicos, han sido materia fundamental de trabajo a lo largo de la vida y la fructífera obra de Trejo Delarbre.

En esa época, a Raúl Velasco, conductor del programa Siempre en Domingo, se le ocurrió hacer un concurso mensual de ensayo entre jóvenes menores de 18 años. Tema libre. Como premio, dos dotaciones de libros: una para el ganador; otra, para la institución que él quisiera. A Raúl se le ocurrió concursar con otro ensayo sobre medios de comunicación, así es esto de la vocación. Porsupuesto, resultó triunfador. Me invitó a ir con él a recoger el premio. Tomamos el Metro y recalamos en una oficina en Río de la Loza, donde nos esperaba, afable, Míster Televisión. Igualito que en la pantalla: camisa colorida de solapas anchas, lentes cuadrados de pasta, sonrisa perfecta. Nos recibió. Felicitó a Raúl. Se echó un rollo acerca de la importancia de que la juventud contribuyera al progreso del país. Y luego nos soltó una noticia. Se dirigió a Raúl:

Lo siento, pero, a diferencia de otros concursantes, tú no vas a poder recoger el diploma en el programa.

“Ustedes entienden”, dijo, a guisa de explicación, al ver nuestra cara de extrañeza. Era el viernes 18 de junio de 1971. Ocho días después de la matanza del Jueves de Corpus.

Raúl, con la calma y la cabalidad que le caracterizan, respondió, en voz suave pero firme: 

- Entonces usted tiene miedo de que yo diga algo.

Velasco soltó una risa-mueca: ¿Miedo? ¡No, cómo crees! Son las circunstancias. Comprende. No es momento para presentar a los jóvenes.

Raúl lanzó a su vez una sonrisa, que quise ver como irónica. “Somos peligrosos, entonces”, dijo. Le ofreció la mano a Velasco, que ahora sí sonrió con anchura y procedió a entregarnos los libros del premio. Unos 40, de saldos viejísimos, sacados de alguna bodega polvosa.

Saliendo de la prepa, Raúl se embarcó en otro proyecto protoperiodístico con su cómplice de siempre y con otro cuate nuestro, Hermann Bellinghausen. Un “periódico”, impreso en mimeógrafo, con pretensiones múltiples. Análisis de la guerrilla en México, de las costumbres de la clase media, de la situación internacional (un larguísimo ensayo titulado “El sionismo y los árabes”), crítica de cine, poesía, una suerte de columna crítica y varias cosillas de humor. Como pretendíamos haber superado nuestra etapa más lírica, el periodiquito se llamó Análisis.

Lo vendíamos –a un precio absurdo: 40 centavos, y nos costaba 30 el ejemplar- en escuelas y universidades privadas, en la UNAM, en la Zona Rosa y Coyoacán. Años después, en su libro La Prensa Marginal, Raúl describiría ese esfuerzo adolescente como un acto de catarsis. En efecto, así era. Pero catarsis individual o no, un policía me correteó en la Zona Rosa: intuyó que estaba distribuyendo material peligroso. Tiramos tres números de 300 ejemplares (de los cuales hemos de haber vendido menos de cien, en promedio).

Raúl, claro está, tenía razón en aquello de la catarsis, en el sentido de que, a través de ese y otros proyectos, sacábamos la inconformidad que traíamos dentro. Y hay que decir que Raúl siempre fue un gran inconforme. Un rebelde que escaneaba la realidad, la veía defectuosa e injusta, la describía con precisión y la criticaba. Así desde entonces.

¿Qué tan periodista era ese periodista adolescente? Una ocasión quisimos formar un grupo político-cultural con unos cuates de varios orígenes, y aquello acabó en una reunión en la que todos escuchábamos rock, varios fumábamos, otros fajaban, Pablo se le pasó clavado en un foco azul que tenía yo en la esquina de mi cuarto… y Raúl nos entrevistaba, preguntando acerca de las sensaciones de la pachequez.

¿Y por qué era tan periodista? Porque siempre se preguntaba el por qué de las cosas. Ante una realidad como la de aquel entonces (estoy hablando de los últimos años de Díaz Ordaz y los primeros de Echeverría), en donde la represión política era el pan de cada día y buena parte de la sociedad, aferrada a su conservadurismo, rechazaba a los jóvenes y sus apuestas culturales, entre ellos nacían naturalmente muchas preguntas, muchos “¿Por qué?”. Esas preguntas animaban siempre las inquietudes vitales de Raúl.

Ya cuando estábamos en la UNAM, se nos ocurrió otro proyecto editorial marginal: un periódico de crítica cultural y reseña de espectáculos, una versión proletaria (por no decir tercermundista) de la revista Cue. Para entonces ya éramos bien cinéfilos y Raúl llegó a aventarse más de diez películas por semana.

Los cómplices fueron los mismos. Raúl, quien para entonces ya había desarrollado una larga greña, había instalado con un par de cuates de Políticas una agencia informativa sobre los asuntos y las grillas de la UNAM, que se llamaba Inforuni, -y que ya tenía oficinas, en el edificio de Insurgentes 300- y Hermann, siempre dispuesto a soltar la pluma. A ellos se agregó un cuate mío de Economía, muy cinéfilo, José Luís García Agraz, quien dejaría economía por el cine y años después fuera el primero en darle chamba a Alfonso Cuarón.

La intención era hacer algo más serio que nuestros esfuerzos anteriores, con 300 pesotes de inversión. Esta vez venderíamos el producto al doble de su costo, e iríamos mejorando la impresión, número por número. El mimeógrafo de Inforuni era mejor y mucho más rápido que el personal de Raúl Trejo, pero soltaba demasiada tinta, lo que dio como resultado un número grande de hojas perdidas. Imprimimos varios cientos de ejemplares –no recuerdo cuántos-, pero muchos de ellos tenían hojas casi ilegibles.
El número uno de Lapsus tenía –entre otras cosas- una reseña de Trejo sobre “El Padrino”, yo escribí sobre “Simpatía por el Diablo”, la película de Godard y los Stones, y sobre “Ginecomaquia”, una obra de teatro de Hugo Hiriart; una crónica de Hermann de dos conciertos de Mercedes Sosa: en el Auditorio Che Guevara y en Bellas Artes (donde “se equivocó de choza”, según Bellinghausen) y la primera parte de un ensayo de García Agraz sobre el nuevo cine latinoamericano. Nuestro principal centro de venta fue la Casa del Lago, en Chapultepec. Nos fue más o menos bien, pero resultó demasiada chinga: casi una semana de trabajo y un día entero de distribución para salir a mano, si acaso. Nuestra vocación de promotores alternativos de la cultura no daba para tanto. El número uno de Lapsus fue el único.

Raúl dejaba la adolescencia. Dejaba también la casa paterna. Pero seguiría embarcado en una buena cantidad de proyectos periodísticos y en el análisis profundo del papel social de los medios de comunicación y su evolución tecnológica y de contenidos. A lo largo de su vida, Raúl caminaría más rápido de lo que ha corrido, con paso firme y dirección atinada. Este retrato da cuenta de una vocación y de un carácter crítico. Me hubiera gustado que diera cuenta también, o de mejor forma, de la persona siempre amable, siempre puntual, siempre solidaria que era el joven Raúl Trejo, de cómo esos valores de su persona han sido inmarcesibles.


Raúl Trejo, aniversario y justo homenaje

Tengo el privilegio de ser amigo de Raúl Trejo Delarbre desde hace más de medio siglo. Desde entonces, cuando era adolescente, dos cosas lo caracterizaban: una vocación muy definida por la comunicación y el periodismo, y una profunda convicción moral, de compromiso con la justicia y con la verdad.

A lo largo de las décadas, Trejo ha cumplido al menos tres tareas de gran relevancia para el país. Como luchador por la democracia, iniciando desde la izquierda sindical y pasando por la partidista. Como académico, docente reconocido por sus alumnos, e investigador, autor de una enorme cantidad de textos y libros que hoy son referencia necesaria para entender la evolución de los medios de comunicación en México y el mundo. Como periodista en distintos medios, ya sea como colaborador de opinión que como jefe de redacción o director de suplementos y revistas. En todas ellas lo ha hecho sin ceder un ápice en sus convicciones, pero siempre apoyándose en argumentos difícilmente rebatibles.

Hago sólo una selección de memoria de algunos de los libros que pueblan el “estante Raúl Trejo de mi biblioteca”. La Prensa Marginal, el primero, que habla sobre la prensa de la izquierda política, sindical y social en los tiempos en los que la libertad de expresión estaba sumamente acotada; la serie sobre poderes fácticos que empezó con los libros sobre Televisa, El Quinto Poder, Las Redes de Televisa, así como Mediocracia sin Mediaciones. Fue pionero en español en el análisis del impacto de internet sobre medios y nuevas formas de comunicación, con La Nueva Alfombra Mágica y Viviendo en el Aleph, en un tema sobre el cual ha seguido elaborando. Tiene varios sobre ética y medios, sobre la relación entre el poder político y la prensa, sobre historia del movimiento obrero, sobre asuntos de coyuntura política… y en todos domina lo que es el título de otro de sus libros: un Alegato por la Deliberación Pública, un bien necesario que se está perdiendo, como se pierde también el periodismo tradicional, situación que Trejo disecciona en su reciente Adiós a los Medios. Finalmente, hay varios libros y textos importantes suyos sobre el populismo: el más reciente, Posverdad, Populismo, Pandemia. De veras, toda una biblioteca.

Y en la prensa cotidiana destaco algunos hechos. Raúl empezó a escribir columnas de opinión en diarios nacionales cuando tenía poco más de 20 años (fue en El Sol de México, cuando lo dirigía Benjamín Wong), fue convocante y fundador de La Jornada, donde escribió cotidianamente varios años, dirigió -entre otros- el suplemento Política, durante los años más fructíferos de El Nacional, fundó y dirigió en su primera época la revista etcétera, fue columnista de Crónica en su fundación y -salvo un interregno- ésta ha sido su casa editorial por mucho tiempo. Sus artículos destacan por la claridad, por un cierto afán didáctico, pero, sobre todo, porque siempre están sustentados en datos. Trejo no vuela, ni tira dardos al aire.

Es para mí motivo de orgullo que escriba aquí. Todavía más lo es, que sea mi amigo.

Este lunes fue cumpleaños de Raúl, un número redondo. Para homenajearlo, amigos y colegas hemos colaborado para un libro colectivo, que lo describe desde muchos ángulos. Raúl Trejo Delarbre, 70 años, una celebración. De seguro nos quedamos cortos.

lunes, junio 19, 2023

Silvio Berlusconi, pionero del neopopulismo



Estoy ungido por el Señor”

Mi valentía está fuera de discusión, mi sustancia humana, mi historia, los otros se la sueñan”

Silvio Berlusconi

Ha muerto Silvio Berlusconi, un personaje que cambió la política italiana, que influyó grandemente en su cultura social y que prefiguró el auge del nuevo populismo del siglo XXI.

La carrera de Berlusconi se desarrolló, al menos, por tres carriles. Uno, como hombre de negocios salido aparentemente de la nada, que se convirtió con los años en la persona más rica de Italia; otro, como político astuto, que supo entender el momento para hacerse del poder, al que se aferró lo más que pudo; y un tercero, como personaje, como una suerte de showman, capaz de sacarle jugo a sus numerosos escándalos. Y si una cosa no tuvo en ninguno de esos tres carriles fue escrúpulos.

En esa carrera, al tiempo que supo interpretar a una parte de la población italiana, fue motor de transformaciones que dañaron las instituciones, que no funcionaron en materia económica y, sobre todo, que deterioraron la convivencia política.

El primer carril es el del hombre de negocios. Berlusconi pasó rápidamente de ser un abogado de clase media a dueño de una de las primeras televisiones privadas de Italia, ayudado con palancas políticas y créditos poco explicables (por bancos que luego fueron asociados con la mafia).

Como empresario televisivo, Berlusconi fue un éxito: su modelo comercial, en el que se venden audiencias y no programas, generaba una televisión que contrastaba con la RAI, la televisión pública italiana. Los canales de Mediaset no le hacían el feo a la telebasura más divertida, con formatos que innovaban la manera de hacer y de ver TV. Junto con algunos programas memorables e iconoclastas, desarrolló gran cantidad de reality shows (no es casual que luego se haya hecho dueño de Endemol, la empresa que hace formatos de reality para todo el mundo), programas de debate en donde no se buscaba el análisis, sino que se privilegiaban los gritos y el disenso; y otros de política, en los que lo importante era el chisme, y no las propuestas o los puntos de vista.

A principios de los años noventa, cuando la gente estaba cada vez más cansada de la partidocracia, estalló una serie de escándalos de corrupción, conocida como tangentopoli (“mordidópolis”), que involucró a las principales formaciones de la coalición de gobierno y que llevó a la investigación judicial nacional conocida como “Manos Limpias”, que terminó, entre políticos encarcelados y empresarios suicidas, con la desaparición de varios de los partidos italianos históricos y con la llegada de un gobierno “tecnócrata” de transición, al mando de Carlo Azeglio Ciampi.

La situación estaba más que dada para una victoria del Partido Democrático de Izquierda, heredero del viejo PCI, y entonces apareció en el campo Berlusconi. El 26 de enero de 1994 presentó en su TV un discurso que iniciaba “Amo a Italia” y concluía en la necesidad de crear una coalición a favor de “la libertad, la familia, la empresa y la tradición italiana y cristiana”. En esa emisión anuncia el nacimiento de Forza Italia, un partido ad hoc, que obtuvo 21 por ciento de los votos, impulsada por sus anuncios en televisión y el temor a “los comunistas”.

Esto le bastó a Berlusconi para ganar. Se alió con la secesionista Lega Nord en el norte del país, y con la neofascista Alleanza Nazionale en el sur. Un tipo astuto: sus coaligados no estaban aliados entre sí.

El primer gobierno Berlusconi duró apenas poco más de un año, a partir de la ruptura con los norteños, que llegaron hasta a acusarlo de ser parte de la Cosa Nostra. El cavaliere dijo que jamás se volvería a sentar en la misma mesa con Umberto Bossi, el dirigente de la Lega.  Muy pronto volvieron a ser aliados.

Aquel gobierno fue sustituido por uno apartidista, “tecnócrata”, a quien siguieron –sin pena ni gloria- dos gobiernos de izquierda, el de Romano Prodi (quien le ganó un debate televisivo al cavaliere cuando recordó que la ley lo había obligado a vender su periódico… y Silvio lo vendió a su hermano) y el de Massimo D’Alema.

Para las elecciones de 2001, Berlusconi prepara una jugada maestra. En un programa de TV se compromete públicamente, en un “Contrato con los italianos” a cumplir 5 puntos: exenciones y rebajas de impuestos, mejora de la seguridad, aumento de las pensiones, disminución a la mitad de la tasa de desempleo y aumento de al menos 40 por ciento en grandes inversiones de infraestructura. Firma que, si no cumple los propósitos, no se volverá a presentar a elecciones.

Una mirada serena sobre estas promesas lleva a la conclusión de que, si se cumplieran, el resultado en términos fiscales sería desastroso. Más gasto, menos ingresos. Pero funcionó en lo electoral y Berlusconi regresó al poder.

A la hora de la verdad, no cumplió ni una. Las bajas en los impuestos nacionales fueron compensadas por aumentos en los impuestos locales y en los aranceles. El crimen aumentó. El desempleo bajó, pero no quedó a la mitad. 1.8 millones de pensionados tuvieron el aumento prometido; otros 6 millones se quedaron esperando. Las inversiones en infraestructura crecieron la mitad de lo prometido. En enero de 2009 una sentencia de la corte estableció que el contrato firmado en TV no tenía valor legal alguno. Para entonces Silvio ya había buscado varias veces la reelección.

Berlusconi justificó que su gobierno realizó un “milagro continuo”, que no le reconocían debido a una “campaña negra” de los medios de oposición, a quienes acusó de “comunistas”. En esa época, la deuda pública de Italia, históricamente grande, llega hasta la hipertrofia.

Así respondía Berlusconi a las críticas: “Italia es el país con las regiones más ricas de Europa, un país con el más alto número de automóviles respecto a la población, el más alto número de celulares. Somos grandes playboys, por lo que todos nuestros muchachos mandan al menos diez mensajes al día a sus diez novias y somos el país con más casas en propiedad de las familias”.

En el ínterin, fueron apareciendo diversas pruebas de fraudes de todo tipo de parte de Berlusconi. Irónicamente, cada que eso sucedía, se reformaba la legislación para que los delitos fueran eliminados de la norma.  

En previsión de un crecimiento de la izquierda, la coalición berlusconiana reformó de nuevo la ley electoral, para favorecer de manera extrema a quien obtenga la mayoría relativa. En los comicios del 2006, el tiro le salió por la culata: con una ventaja mínima en el voto popular, la izquierda se llevó una amplia mayoría legislativa. Berlusconi no aceptó los resultados y se le tuvo que forzar la dimisión.

El siguiente gobierno de izquierda fue un fracaso. Por una parte, la adopción del Euro había generado una mayor división social, en contra de asalariados y pensionados, que no fue atacada. Por otra, los aumentos fiscales para paliar el déficit no fueron acompañados por una disminución del gasto corriente, haciendo más evidente la distinción entre “ellos, los políticos y nosotros, los ciudadanos”.  La coalición de nueve partidos que había llegado al poder terminó por fracturarse. Tiempo para Silvio III.

Berlusconi disolvió su partido Forza Italia (que, por cierto, tuvo muchos eventos con show y multitud de bellas edecanes, gran coro que canta el himno del partido, agitado y paternalista discurso del líder… pero ningún congreso nacional digno de ese nombre) y lo fusionó con otras organizaciones de centro-derecha, para fundar el Pueblo de la Libertad, partido que lo nombró presidente por aclamación (oficialmente, con el 100 por ciento de los votos). Esta agrupación, aliada con la Lega Nord, ganó las elecciones de 2008.

Berlusconi había empezado siendo un buen comunicador político. Supo agrupar en torno suyo todo el miedo al comunismo cebado durante años por la iglesia católica y los partidos de centro-derecha. “Dicen que han cambiado, pero mírenlos, lean su prensa: ¡son los mismos!”. Siempre hablaba con palabras sencillas. Perfectamente medido: un poco didáctico y un poco exaltado, sin las abstracciones y las palabrejas comunes a la clase política tradicional. Agrupaba a sus seguidores “con la fuerza del estómago”: con las vísceras por encima de la razón.

Pero en la medida en que involucionaron sus gobiernos, el comunicador fue dejando su lugar al bufón, hasta verse totalmente dominado por él. Salieron a flote el carácter cada vez más autoritario del premier, su obsesión por librarse de los intrincados problemas legales a través de la aprobación de leyes ad hominem, sus escándalos personales (destaca el caso Ruby, la menor de edad marroquí que asistía a sus bacanales) y las respuestas que querían ser chuscas, pero que en realidad eran patéticas.  Quería responder a su decadencia con el bunga-bunga.

Cuando sobrevinieron problemas financieros serios, se mantuvo como si nada estuviera ocurriendo, a pesar de que la economía italiana estaba totalmente estancada, la crisis de la deuda pública fuera cada vez más apremiante y el regodeo de la política pospusiera una y otra vez las reformas necesarias. También rompió con su antiguo aliado Gianfranco Fini, al grado que el neofascista parecía un demócrata al lado de Berlusconi. Era Nerón tocando la lira ante el incendio de Roma.

Resulta por lo menos aleccionador constatar que lo que no logró la oposición, lo que no logró la prensa, lo que no lograron los jueces, lo haya logrado el mercado. Que Berlusconi haya caído por la gracia de ese tótem del cual él siempre se declaró ferviente admirador. Pero es claro que, si seguía en el poder –pensando en leyes para salvarse a sí mismo de la persecución de la justicia, nunca para su país- la idea misma de unidad monetaria europea se iría al traste. La de Italia es una economía demasiado grande como para ser rescatada de manera tradicional (y eso que, con Silvio, pasó del 5º al 8º lugar mundial). 

“El hombre que jodió un país entero”, lo calificó alguna vez The Economist en una portada. Sí, pero también un país entero (o algo así como la mitad más uno de un país) que se dejó joder, seducido por las poses de playboy, por el nacionalismo de opereta, por el temor al fantoche del “comunismo”. Un país que se vistió de modernidad cuando en realidad abrazaba el inmovilismo y las antiguas formas corruptas de ligar poder político y negocios, con Berlusconi más desfachatadas que nunca. Un país que decía mirar al futuro cuando corría hacia su pasado más negro.

Luego de que salió del poder, y tuvo que pasar un tiempo largo en líos con la justicia (al final nunca fue castigado), Berlusconi rehízo Forza Italia, que acabó siendo un socio menor de la coalición que ahora gobierna Italia, encabezada por los neofascistas de Giorgia Meloni.

Pero los efectos del paso de Berlusconi por la política han sido duraderos: ahora el modelo hegemónico de los partidos es que sean de conducción carismática y unipersonal; los ataques culturales a la izquierda en sus televisoras y en otros medios de comunicación ayudaron a que el electorado se moviera hacia la derecha, empezando por el nacionalismo ramplón; sus exabruptos machistas, pretendidamente ingeniosos, tuvieron efectos culturales reales; también lo tuvieron sus presiones para distorsionar el sistema judicial italiano.

Berlusconi fue un pionero del populismo del siglo XXI. Por eso, a su muerte, la gente se divide en dos entre quienes lo veneran y quienes lo desprecian. Como se dividían los invitados que discutían a gritos en sus programas de TV.

lunes, marzo 20, 2023

Nana, centenaria


 

María Adelaida Rodríguez Saura nació en Cárdenas, Cuba, el 20 de marzo de 1923. Eso significa que, a la fecha de esta publicación, habría cumplido cien años. Era hija de un ferrocarrilero y sindicalista, Francisco Rodríguez Gómez, y de una ama de casa muy joven (tenía 19 años cuando tuvo a Nana, la tercera de sus hijos), Adelaida Saura Nodal, Lala. Desde chiquita todo mundo le dijo Nana, salvo su hermano mayor Frank, que le decía Cocoliso.

Cuando Nana era niña, la familia se mudó a La Habana, a un apartamento en la calle de Infanta, en el centro de la ciudad. Contaba Nana que, de niña, desde el balcón de ese apartamento, que estaba en un cuarto o quinto piso, vio una masacre en contra de huelguistas: figuritas que corrían y que caían por las balas de soldados a caballo.

Años después, Nana ingresó a la Universidad de La Habana, para estudiar derecho. Se graduó con honores en 1945. Era salidora, divertida y tuvo muchos novios. Eran tiempos de guerra y se píntaba la rayita en las piernas, para aparentar que llevaba medias. Una vez iba con amigas y su prima Mirta vio un turista guapo al que le gritó: "Americano, tírame un beso". Nana, en cambio, le gritó: "Americano, ¡tírate un pedo!".

A Nana le gustaba la política, y fue muy activa en la política estudiantil de la época. Llegó a ser la única mujer en la dirección de la Federación de Estudiantes Universitarios, en los años en los que el líder de la FEU era un estudiante más joven, llamado Fidel Castro, quien era miembro -como ella- del Partido Revolucionario Ortodoxo, una organización de izquierda populista. En ocasiones, los activistas se reunían en casa de Nana y su mamá les quitaba las pistolas antes de entrar.   

Luego de recibirse -y de rechazar la oferta de matrimonio de un novio que quería que ambos vivieran con la mamá de él-, Nana trabajó como defensora de oficio para casos penales en Camagüey, en el este de Cuba. Vivía en una casa de huéspedes. Un día de 1947, sus compañeras de la casa le dijeron que había llegado un nuevo huésped, un caballero muy guapo, un vendedor, un tal Abelardo Báez. Esa noche, a la hora de la cena, al ver al hombre, exclamó en voz alta: "¿Este es el hombre que me decían? ¡Yo no lo veo tan guapo!". El nuevo huésped de la casa se puso detrás del asiento de Nana, la tomó de los hombros y le dijo: "Te vas a casar conmigo". Ella respondió: "Jamás". 

Tres semanas y una gran cantidad de ramos de flores después, Nana y Abelardo se casaron, aunque la ceremonia religiosa tuvo que ser suspendida, porque una de las exesposas de Abelardo se presentó en la iglesia a hacer escándalo. Se comprobó posteriormente que los dos matrimonios anteriores de Abelardo fueron civiles, y que estaba divorciado. Pero para entonces, la pareja ya no estaba interesada en una boda religiosa.

Abelardo también era del Partido Revolucionario Ortodoxo y se dedicaba a la organización del Sindicato de Perfumistas. Para entonces, la situación política de Cuba se había puesto color de hormiga, así que Abelardo y Nana decidieron mudarse a México, donde vivían casi todos los hermanos del marido, que allí había vivido de adolescente. 

En México, el esposo de Nana tuvo éxito como vendedor de perfumes, primero, y luego como gerente de ventas. Vivieron primero en la capital, luego un tiempo en Monterrey y al final pasaron a la Ciudad de México -con Nana embarazada de su primer hijo-. En México, Nana entró al negocio de los departamentos amueblados (los rentaba vacíos, los amueblaba y decoraba, y los rentaba a un precio más alto), que es algo que le ocuparía toda la vida.  

En los años cincuenta, Nana todavía estaba activa políticamente. Como miembro del Directorio 26 de Julio, tenía escondida propaganda y dinamita en su casa, que viajarían en el Granma para ser usadas por Castro y los rebeldes en su guerra contra la dictadura de Batista.  

Nana tuvo dos hijos: un economista convertido en periodista y un piloto de aviación, que le dieron seis nietos: tuvo la suerte de conocerlos a todos. Cuando triunfó la Revolución Cubana, viajó a Cuba con su hijo mayor, quien entonces tenía cinco años, y le ofrecieron "un puesto muy alto". No lo aceptó, porque Abelardo -en un afortunado arranque de machismo- le dijo que en Cuba "hace demasiado calor". 

Pasaron los años y, mientras su vida en México mejoraba, las cosas en Cuba empeoraban. Varios de sus compañeros de generación fueron ejecutados, otros huyeron del país, otros más obtuvieron temporalmente puestos importantes, sólo para ser purgados más tarde. Enterándose de una y otra historia de terror, Nana perdió su fe en la revolución cubana, dejó de admirar a Castro y pasó a odiarlo y despreciarlo. 

Sin embargo, la Revolución tenía un momento dulce reservado para Nana. Un día de 1968 recibió una llamada de una pareja cubana que quería rentar un departamento. Al llegar a la cita, la señora Báez sintió que conocía al hombre de algún lado. El tipo le rogó por un descuento: como refugiado político había llegado a México con muy poco dinero. Entonces la esposa del hombre dijo algo y lo llamó por su nombre y ahí fue que le cayó el veinte a Nana, quien replicó: "Le he dado descuentos a muchos refugiados cubanos, pero a tí no te lo voy a dar, Pablo N. Cuando fuimos novios, me cortaste porque yo no era de tu clase social. Dijiste que te querías casar con una de tu propia clase. Veo que lo hiciste. ¡Ahora lárgate!" 

"¡Nana Rodríguez Saura!" fue lo que pudo decir Pablo, antes de agachar la cabeza e irse. 

La venganza es un plato que se come frío. Nana platicaba que sentía que flotaba en las nubes en su camino de regreso a casa.

Nana era el alma del vecindario, hacía migas con todo mundo y era activa en cosas de la colonia (todavía hoy algunas señoras mayores dicen: "esto funcionaba bien cuando la jefa del barrio era la cubana"). Ayudó a muchos con su solidaridad, con sus consejos personales liberales y con algunas acciones rápidas que bordan con lo heroico. Tenía azúcar en la cintura y hacía con Abelardo una grandísima pareja de baile. Hablaba todo el tiempo, muchísimo: se le dificultaba quedarse callada. A menudo jugaba con el lenguaje. Fue una madre amorosa. Mucho. Y divertida. Mucho. Tenía buen cuerpo y estaba abiertamente orgullosa de sus piernas y su trasero. Era vanidosa y gastalona (tenía una extraña pasión por las antigüedades). Nunca fue ahorrativa, e impidió que Abelardo lo fuera. Le gustaba decir groserías. Fumaba mucho, bebía muchísimo café y disfrutaba de un trago de tequila de vez en cuando. Le gustaban los restaurantes y no le gustaba cocinar. Le gustaba el azúcar y odiaba la remolacha. Odiaba y temía los trámites burocráticos. Le caían bien los revolucionarios de antes, pero aborrecía a su antiguo conocido Fidel. Leía el periódico todos los días, como plegaria matutina. Leía pocos libros. Era manipuladora, pero fácil de manipular a su vez.  Le encantaba salir de casa ("tengo pata de perro"). Nunca aprendió a nadar. Su dicho favorito era: "Que te diviertas mucho y gastes poco".

La religión de Nana era la de las masas cubanas: una mezcla de catolicismo y santería. Aprendió los ritos santeros de adolescente, con una negra de su barrio habanero. Era devota de Changó-Santa Bárbara, el dios/diosa del sexo, la guerra, el baile, el trueno y el color rojo. Cada 4 de diciembre hacía limpias a su familia, vecinos y amigos, bailando por horas con la música de Celina y Reutilio. Dedicó sus dos hijos a Changó.   

Su negocio de departamentos amueblados tuvo sus años de oro en las décadas del setenta y ochenta. En esos años, Nana también estuvo activa enseñando artesanías y ayudando a mujeres de colonias populares a desarrollar sus propios negocios. Esos también fueron los años en los que pudo viajar: a Europa, a Egipto, a Sudamérica. A partir de los años noventa, su negocio se vino abajo poco a poco. Aún así, se impuso, a finales de esa década, la costosa tarea de sacar a su hermana y a su familia de Cuba. A principios de siglo obtuvo, por fin, la nacionalidad mexicana.

En mayo de 2003, a los 80 años, Nana sufrió un derrame cerebral, que la mantuvo entre la vida y la muerte por más de un mes. Una compañera suya de universidad, que era juez en México, la vio postrada y dijo, melancólica: "Y yo que la recuerdo parada sobre una banca arengando a los compañeros". En ese mes, Nana vio una luz y vio a Lala, su mamá, que le hacía señas de regresar de dónde venía. Por eso, cuando se recuperó, decía "cuando estaba muerta". Su recuperación fue casi total, y los doctores estaban impresionados por su capacidad para volver a hablar normalmente, aunque quienes la conocíamos notamos que tenía un poco de dislalia. Pidió nunca volver a un hospital.

A principios de marzo de 2005, otro infarto cerebral la tiró de nuevo,. Su segunda agonía fue rápida. Murió el 14 de ese mes. En su velorio, además de su familia y amigos de sus hijos, asistió toda la colonia, antiguos inquilinos y anónimas señoras humildes a las que había ayudado décadas atrás y la consideraban su madrina. Sus cenizas acompañan las de Abelardo, custodiadas por la estatua de Changó.  

Quién sabe que hay después de la muerte. La razón dice que no hay nada: al menos hay paz. Pero si hay algo más, entonces -como dijo mi esposa Taide- mi mamá está en el Cielo de los Platicadores, echando desmadre. 

jueves, febrero 09, 2023

Néstor Ojeda (y la Brigada Panzer)


Murió Néstor Ojeda. Le dio un infarto al día siguiente de cumplir 53 años. Néstor Lenin.

Yo lo conocí cuando él apenas tenía 19. Era parte del grupito de jóvenes que hacían el suplemento Post900, que se insertaba cada dos martes en El Nacional. El grupo estaba capitaneado por Julián Andrade, e incluía a Arturo Ramos, alias El Trosko, y a otros dos chavos que respondían a los motes de El Diablo y El Monstruo. Los que tenían célula para el periodismo eran Julián, Néstor y Arturo. Utilicé a varios de ellos en el suplemento UNAM-Congreso, que publicó el diario en 1990. Tenían la ventaja de provenir del CEU y conocían los intríngulis de la grilla estudiantil de aquel entonces.

Meses después, Néstor pidió la oportunidad de trabajar como reportero en El Nacional. La carrera no le interesaba tanto: lo que quería era ser periodista. Ahí rápidamente se destacó por su olfato periodístico y su redacción más que decente.

Pasaron años y cosas, y vino la fundación de Crónica. Yo había invitado a Julián (quien también prefirió dedicarse al periodismo) a hacerse cargo de la sección Academia, cuya intención no era meramente la de la divulgación científica, sino también dar cuenta de la política universitaria en varias instituciones. Julián se jaló a Néstor, quien luego pasaría a ser el más destacado de los reporteros de la sección Ciudad. 

Entre las secciones de Ciudad, Academia y Medio Ambiente se formó un equipo de editores que eran muy amigos entre ellos, desde los tiempos de su activismo estudiantil. A los tres de Post900 se sumaron Héctor Gutiérrez, El Negro, y el doctor Rigoberto Aranda. Llegaron a ser muy influyentes en el periódico y se les conocíó como la Brigada Panzer, porque -salvo El Trosko, que siempre ha sido delgado- todos tenían un sobrepeso notable, en particular Néstor y Aranda.

Un día fui a comer con la Brigada a El Horreo, un restaurante español que estaba cerca de la Alameda, que servía un menú tan vasto que la segunda entrada de cinco era un plato abundante de paella. Con dos tiempos un cristiano normal se daba por bien servido, pero el grueso de la Brigada se zampó los cinco.

Había dos cosas que caracterizaban a Néstor, además de ser un buen reportero, responsable y con conocimiento de sus fuentes de información (sólo recuerdo una vez que haya "volado", y eso fue porque lo cruzó la fuente): el inteligente sentido del humor (la acidez era una característica de aquella Brigada) y su buena disposición para el trabajo en equipo. No era de esos reporteros celosos y mamones. Y de su humor, decía, por ejemplo, que su hermana era el doble de Marilyn Monroe, "porque Marilyn pesaba 60 kilos y mi hermana, 120". También era un tipo solidario con sus compañeros.

Néstor dejó Crónica con el siglo, según mis cálculos, y trabajó muchos años en Milenio. Cuando fue ancla del noticiero de televisión de Milenio bajó súbitamente de peso. Después estuvo en Canal 40 y terminó en un proyecto, La Verdad, de Quintana Roo, que conocí poco. La última vez que lo vi, cosa curiosa, fue en la sala de espera de un otorrinolaringólogo. que también trataba a mi hija, Cotorreamos a gusto y nos despedimos sin saber que pasarían años, y que ya no nos veríamos más.

A pesar de su juventud, la Brigada Panzer ha sido más que diezmada. Falleció Héctor Gutiérrez, el Negro, quien llegó a ser editor de Ciudad en Crónica. El Negro no era tan riguroso como los demás compañeros de la Brigada, pero tenía escrúpulos: a menudo llegaba a la junta de redacción con un notón de ocho columnas, pero dos horas después se daba cuenta de que era una volada. El problema era rehacer la portada y su sección, luego del traspié. 

Falleció también Rigoberto Aranda, El Médico de la Salsa (o El Doctor Panzón, que así le puso mi hija cuando era pequeña y Rigoberto venía a revisarla y a recetarle por males menores). Rigoberto coordinó las secciones de Medio Ambiente y Academia en distintos momentos de la vida de Crónica. Su mayor momento de gloria fue cuando envió a análisis la famosa Leche Bety (la idea original del reportaje era criticar el uso clientelar de los alimentos) y se descubrió que no era leche, y además tenía restos de heces fecales. Fue liquidado a la llegada de Guillermo Ortega a la dirección. Pasó a trabajar a tareas de difusión del Foro Consultivo de Ciencia y Tecnología de Presidencia. Luego, ya conmigo al frente de la edición de Crónica, regresó para coordinar un suplemento mensual de Salud. Era veracruzano y beisbolero (valga el pleonasmo), con el único defecto de irle a los Yanquis, Bateaba bien, pero era tan lento que casi nunca llegaba safe a primera. Murió el mismo día que su sobrino Luis Cessa abría un juego para los Mulos de Manhattan.

Y ahora se fue el buen Néstor. 

   

  

 

 

miércoles, enero 04, 2023

O Rei


Ha muerto el Rey y el mundo entero lo lamenta. 

Pelé afirmaba que él y Edson Arantes do Nascimento eran personas diferentes, pero es casi imposible diferenciarlos. Tal vez lo único que los separe es que Edson sí era mortal, porque a Pelé le tocó reinventar el deporte más popular del mundo de tal manera que lo convirtió en una cosa diferente de lo que había antes de su llegada a las canchas.

Decía ese poeta y gran aficionado al calcio, Pier Paolo Pasolini, que “en el momento en que la bola llegó a los pies de Pelé, el futbol se convirtió en poesía”. Con él y con Garrincha, la Alegría del Pueblo, el balompié se convirtió en el jogo bonito.

En la cancha, con su fuerza, su habilidad y su sentido de equipo, Pelé transformaba cosas comunes en momentos mágicos. Forjó una leyenda desde su adolescencia, cuando guio a Brasil a su primera copa del mundo. Capturó el imaginario popular por varias generaciones, hasta que llegaron otros a intentar hacerle sombra. Por lo que se ve, ninguno ha logrado la unanimidad global que en su momento tuvo O Rei.  

Las comparaciones son odiosas, pero el astro brasileño se consagró desde el principio: no fue un crack con posibilidades que por fin comandó a su selección rumbo al campeonato. Era casi un niño cuando lo hizo por primera vez en 1958, fue una pieza rota a patadas la segunda ocasión, en 1962, y para 1970 era un mito viviente que demostró su calidad de inmortal en el que todavía hoy se considera el momento máximo del futbol asociación (y el defensa italiano Tarsicio Burgnich ha de haber soñado a Pelé hasta el último día de su vida).

Tras su retiro, y varios negocios fallidos, Pelé se dedicó, esencialmente, a la publicidad y a las relaciones públicas. Hay quien se lo reclama post mortem, como si fuera impropio. Y hay quien le reclama, normalmente desde un colonialismo bienpensante, que no se haya pronunciado abiertamente contra la dictadura de su país, en sus años de gloria, como si hubiera sido tan fácil. No les importa que Pelé hubiera llegado a la gloria futbolística antes de la dictadura, ni que haya sido promotor, en los años 80, de elecciones directas inmediatas para acabar con el régimen. Allá ellos.

El dato incontrovertible es que Pelé fue una figura clave para generar un aura en torno a la selección brasileña (para mí, el último año de jogo bonito fue 1982, pero hay quienes insisten en creer que pervive). Y fue fundamental para el futbol mismo, que difícilmente hubiera llegado a ser un negocio tan global y tan exitoso como lo es ahora, sin el impulso de ese inmortal.

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En mi infancia, Pelé y futbol eran sinónimos. La primera vez que fui solo al cine -he de haber tenido unos once años-, me senté en la fila de hasta adelante para ver "El Rey Pelé", allí donde una vidente de su pueblo pronosticó que sería el rey del mundo y donde se vio la vida del futbolista desde sus inicios. Todavía le faltaba ganar el Mundial de México.

En aquel entonces, el consenso entre mis amigos era que el mejor equipo del mundo era el Santos de Pelé (así, porque sin él era un equipo cualquiera), y una noche -escuché el partido en un radio de transistores- en un torneo pentagonal el Necaxa lo derrotó 4-3. Años después, me enteré que los jugadores de aquel Necaxa se reunían cada año a recordar esa gloria. Los dos goles del Morocho Dante Juárez, y los tantos del Chato Ortiz y de Peniche. Pero yo creo que el verdadero artífice de esa victoria fue el defensor Pedro Dellacha, quien lesionó a Pelé (en una jugada sin mala intención, decían las crónicas), y el mejor jugador del mundo tuvo que salir de cambio.

Pasaron los años, y el andar fulgurante de aquella selección brasileña del 70, Pelé se fue a Estados Unidos y luego a ser brevemente Ministro de Deportes y, más tarde, anunciar tarjetas de crédito, Viagra (que él decía no necesitar) y mil cosas más. Para los años 90, la verde-amarelha no era ni la sombra: un equipo sórdido, un campeón efectivo pero sin chiste. Después ni eso. ¿Por qué había quienes todavía veían magia de cuentos de hadas? Porque ahí había jugado y se había coronado un rey. Por eso.