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viernes, diciembre 02, 2022

Un sueño ¿metafísico? (17-XI-22)



Tuve un sueño sin trama. 

Veía yo la creación y recreación de un universo. Sus galaxias y constelaciones, o su polvo cósmico, hacían formas geométricas y después desaparecían. Después se generaba un vacío, pero sólo en apariencia: la materia había desaparecido, pero el universo no. A continuación, reaparecía la materia en ondas, una suerte de auroras boreales que se movían en ondas, hasta que la materia reaparecía.

En ese universo paralelo, la materia es inestable no sólo en su forma, sino hasta en su propia existencia. Hay momentos en los que hay materia, y en otros no la hay. Cuando existe, la materia tiene formas efímeras, caprichosas a nuestro entender.

En el sueño empecé a cavilar. Como en ese universo existen energía y tiempo, pueden combinarse para que haya flujos de conciencia. Éstos flujos de conciencia pueden volverse permanentes, independientemente de la existencia de la materia. Concluía que cuando esa conciencia se convierte en autoconciencia, estamos ante la presencia de un Dios en sí mismo.

Al despertar entendí que había imaginado un universo repleto de Dioses adyacentes. 

lunes, noviembre 06, 2017

Sueño 34. UBIK, D.F.

4 de noviembre de 1987



Es una noche de reventón en el Distrito Federal. Estoy conociendo locales nuevos, horas extrañas. Hay luces rojas y mucha bebida. Del centro nocturno se puede pasar a otra ciudad, la Ciudad Prohibida (que no es sino la misma Ciudad de México, pero en otra dimensión, en otro plano).
Los edificios de ese México D.F. son de fierro, parecen de principios de siglo (el viejo hotel Francis), son blancos, pero los cubre una ligera capa verde, lamosa. Las calles, limpísimas, son de piedra blanca. Hay una luz diurna difusa, de amanecer en la luna. No pasa un automóvil, no hay árboles.
En la ciudad hay gente vestida de negro que corre y se agazapa (¿los muertos?), espectros de risa amarga, habitantes de un lugar inhabitable (¿UBIK, el mundo de los semivivos?).
Camino y llego a una especie de plazoleta lodoza. Hay unas trancas que hacen las veces de mostrador. Hay que pagar 20 centavos para entrar a la playa (pues el D.F. semivivo tiene playa). El cobrador, de piel seca color ocre, con una camiseta a rayas azules y blancas (café y beige, pues la luz ha cambiado de tono) es Germán Valdés, Tin Tán. A la hora de pagar hago trucos con las monedas y pago con una vieja moneda de a veinte de las que estaban en la latita de Tin Tán (él no hubiera entendido mis monedas nuevas de 50 y de 20 pesos). Me lo transé. Fácil, porque lo agarré dormido-muerto. Todo lo hago por curiosidad.
El mar que llega a la playa del D.F. lo hace en dos oleadas: una verde, con detritus, es el lago de Texcoco (la palabra "chinampa"); otra negra, olas de lodo en las que niños y jovencitas se revuelcan. Olas Salvajes. Mi curiosidad ha sido satisfecha. No tengo ganas de meterme a ese mar. Tin Tán, chaparrito, me golpea amablemente la espalda.

Hay que volver a entrar al Centro Nocturno, el de las perversiones. Entro con Raymundo a un pasaje estrecho, con un espejo, casi sin luz. Raymundo rompe a llorar, se va transformando en un bebé, es ya Camilo. Camilo llora y le beso el cachetote mojado. "No llores, Raymundo, Camilo, hijo mío. Mírate en el espejo". Se va calmando, nos miramos en el espejo el niño de dos años, el de seis, el jovencito que fui y que ellos serán, el adulto. Ha entrado un poco de luz. "Ya estás calmado. Ya podemos salir del cuarto de los espejos". Gateamos hacia afuera.

viernes, septiembre 22, 2017

Sueño 63. El show de Elizabeth Hurley

22 de septiembre de 2017


Estoy en el departamento de Lerma 343, donde viví muchos años. En la sala-comedor se ha acondicionado un estudio de televisión. Allí un grupo de ingleses y yo vamos a filmar para un programa que se transmitirá en el Reino Unido. Estoy a cámara:
-Son las 3:15 de la mañana del 22 de septiembre de 2017 en México. Estoy en una de las zonas afectadas por el terremoto. Aquí a dos cuadras hay edificios a punto de colapsar. ¿Y saben de qué vamos a hablar? Vamos a hacerle unas preguntas íntimas a Elizabeth Hurley, como por qué se deja tan largas las uñas de los pies.
Los ingleses –que son quienes hicieron el guión- me dicen que me espere. La transmisión será a las 5:15 de la mañana (11:15 en Londres). Me quedo sentado un rato, luego voy hacia la recámara y ahí están ellos, dos mujeres y un hombre, debajo de las sábanas. Acaban de coger –la mujer en el centro tiene enorme cara de satisfacción- y están fumando.
-¡Qué poca madre! –les digo-, usan el cuarto para coger y encima están fumando. Yo que fumo tanto no lo hago en la cama.
Los ingleses me mandan soberanamente a la chingada.
Entonces me enojo y les digo:
-¡Oritita se me largan!
 No me pelan y agarro a la mujer que está al centro, la cargo en vilo y la aviento por la ventana. Ahora el departamento está en el segundo piso. Ella cae, se soba un poco, y se levanta. Tomo al hombre –es más ligero, cosas que pasan en los sueños- y también lo tiro por la ventana. Cae mal, pero se arrastra hacia la calle.
Entonces entra al cuarto Ricardo De la Peña, muy encabronado –porque al parecer la tercera mujer es una examante suya-, la levanta y la tira por la ventana. Pero la mujer es como gato: da vueltas y cae parada. Se levanta y corre. Aparecen otros dos ingleses, de menor tamaño, y son defenestrados. El último sí termina malherido en el suelo, pero sus compañeros lo arrastran hacia la calle.
De la cabina de controles, que está en el lugar de la cocina, se aparece Macbeth Rangel (¿o será Kike Vázquez?) y comenta que Taide mi esposa le advirtió de la trampa, a través de un microchip que él tiene implantado en el cráneo.
Al despertar, recuerdo que Elizabeth Hurley era el Diablo en la película Bedazzled.   


jueves, abril 07, 2016

Los sueños de los estadios laberínticos (Biopics)



Cuando vivía yo en Italia con mis hijos y Patricia, mi esposa de entonces, tuve un sueño, que titulé al escribirlo como “El estadio laberíntico”. 

Tenía yo que conseguir lugares para todos en un estadio de beisbol absurdo –pero basado en el Parque del Seguro Social-, en el que era imposible (pero teóricamente posible) ver el campo de juego. Un estadio en el que la gente se sentaba en las escaleras viendo hacia afuera, en el que al subir al segundo piso te encontrabas con galerías, por el que pasaban trajineras en el jardín derecho.
En aquel primer sueño no conseguía yo esos lugares. Pronto lo interpreté como resultado de que no habíamos logrado establecernos en Italia: no teníamos lugar. También me percaté de que en el sueño yo era quien hacía toda la búsqueda, y Patricia no me ayudaba para nada.

De regreso a México, para mi sorpresa, continuaron los sueños de los estadios laberínticos. La mayor parte de las veces eran contrahechuras del Parque del Seguro Social, de tan gratos recuerdos. En otras ocasiones eran de futbol: versiones del Estadio Azteca (con palcos que sólo dejan ver media cancha o butacas que están tan lejos que sólo puedes ver las butacas de enfrente) o del Olímpico Universitario (a veces, lo complicado era entrar al estadio: para llegar había que dar un rodeo que te llevaba a la Facultad de Filosofía y Letras, te metías por la puerta de vestidores y nunca podías salir siquiera a la altura de la cancha; en otra ocasión, había lugar en el estadio, pero el partido se disputaba en el Estadio de Prácticas, que en el sueño era aledaño; en otro sueño más, toda la gente del estadio estaba parada y moviéndose, tratando de encontrar un sitio en que se viera bien el juego).
¿Qué quería decir eso? De nuevo, que no encontraba yo mi lugar, que no tenía el asiento que quería en el juego de la vida, que –de hecho- no tenía asiento alguno, digno de ese nombre.

Tuvieron que pasar varios años para que yo dejara de soñar en estadios laberínticos. Entonces surgió otro, el Estadio Onírico. Es un parque de beisbol en una Ciudad de México inexistente –pero que, de manera tentativa, se encuentra en una suerte de Colonia Narvarte, como el del Seguro Social-. En los sueños, no tengo la intención de ir al beis. Simplemente, el parque de pelota se me presenta ahí, a la mitad del camino, como una tentación irresistible. Voy, compro los boletos –a veces eso es un lío- y entro, ya sea solo o con Taide, mi esposa. Me ha tocado estar detrás de home, en el segundo piso del jardín derecho y a un lado del dugout de tercera base. Los juegos suelen ser emocionantes e incluso me he llegado a quedar con una bola proveniente de un fuerte batazo de foul.
Evidentemente, el Estadio Onírico es la respuesta victoriosa a los estadios laberínticos.

viernes, marzo 07, 2014

Sueño 32: El Barco de la Revolución II (19-XI-1985)

(Este sueño podría ser la continuación de uno que tuve en 1976, y que se llama El Barco de la Revolución I)



Tomo el barco de la revolución, que hace el trayecto de Tuxpan a La Habana. Tengo un boleto azul, clase especial. El muelle da directamente a la zona de tercera clase, que tiene varias barras y asientos giratorios blancos frente a ellas. No se cansarán mucho, pues el viaje es sólo de una noche y un día. Bajo a segunda, y ahí hay varias sillas alrededor de un chapoteadero, alguien me pide que le regale mi maleta deportiva vacía, se la doy y él se la vende a una muchacha costeña que ha quedado en la orilla. En primera clase distingo a algunos miembros del PSUM sinaloense: uno de ellos, extraña combinación de Rubén Rocha, mi ex alumno-taxista Yacamán y González Cosío mi compañero de servicio militar (todos ellos parecidos entre sí), me habla de un viaje con los Guevara y otra pareja. Se divirtieron, pero tuvieron desavenencias.

Mi boleto es todavía más abajo: primera especial. Llego a esa zona y, en un auditorio azul parecido al del Colegio Nacional de Economistas, pero más amplio e iluminado, la dirigencia del PSUM discute con miembros de ICA los proyectos de inversión de esa empresa. Después de estar ahí un rato, pregunto por los dormitorios, que imagino amplios y cómodos. En vez de ello hay unos barracones muy limpios, con literas estilo Vips, de plástico, con rayas verdes y azules. Me quejo y alguien me dice que mi lugar es mejor: un dormitorio con cinco camas. Imagino que habrá hasta suites.

Decido dar una vuelta por el barco, atravieso por un restaurante servido por meseros de camisa blanca. Llego a la sección de primera y desde la claraboya veo los pozos petroleros (tal vez estamos pasando por la Sonda de Campeche). Me deslumbran. Tienen luces alrededor, el azul que irradian es nitidísimo. It glitters. ¡Qué bella es la producción en la revolución! Allí están los trabajadores petroleros. Subo hasta tercera, donde a la gente se le está regalando un recuerdito: pequeños cascos con los emblemas de los equipos de futbol americano profesional. Allí están Eduardo Mapes y Manuel de Alba. Eduardo está tranquilo, pero Manuel reclama que le hayan regalado un casco de los Dallas Cowboys, pinche equipo reaccionario. Me pregunto: si Eduardo y Manuel tienen lana, chance y más que yo ¿qué están haciendo en tercera clase? Luego recuerdo que es el barco de la revolución y que por eso. (Por cierto, ¿cómo conseguí los 17 mil dólares para pagar el boleto?).

Llego otra vez a Primera Especial. Tengo hambre. Paso por el restaurante y veo a muy poca gente, no reconozco a nadie. Se oye un rumor cercano. Avanzo y hay un salón de baile, donde se efectúa un ball, un sarao. Para mi sorpresa, no conozco a nadie. Es más, tienen más tipos de liberales que salen de la muestra de cine que de revolucionario. De pronto veo a Valdés Villarreal, compañero de la secundaria, con una rubia que evidentemente proviene del Vallarta (es abogado liberal, pienso); a pocos pasos de él (están tres o cuatro escalones arriba de mí) reconozco a Oceguera, otro compañero del Patria. Miro a mi alrededor y me voy dando cuenta: estoy entre la vieja nueva clase dominante.   

jueves, enero 16, 2014

Biopics: El terremoto de 1985 (y un sueño)



Nos acabábamos de despertar la mañana del 19 de septiembre, cuando sentimos los primeros jalones del terremoto que fijaría para siempre esa fecha en la memoria de la ciudad. Patricia estaba convaleciendo de una operación y también estaba en la casa su mamá, doña Nettie, que había ido a unas consultas al Centro Médico. Nos dirigimos de inmediato al umbral del departamento –se pensaba entonces que los quicios eran lugares seguros-, abrimos la puerta y nos sentamos. Yo, con Camilo en mis piernas.

Raymundo, que estaba junto a nosotros, me pregunta, un poco preocupado: “¿Esto es un terremoto, papá?”. Días antes habíamos leído acerca de los sismos en una enciclopedia infantil que al niño le encantaba.

-Es un temblorcito –respondí, tranquilizante.

Pero seguía temblando, y se escuchaba el retumbar de la tierra debajo de nosotros. El edificio, nos habían dicho, tenía un dispositivo antisísmico, pero yo estaba seguro de que no tenía mantenimiento.

-Sí es un terremoto –corregí- y está bien fuerte.

Se fue la luz segundos antes de que la tierra se calmara. La verdad, yo la había pasado peor en un terremoto de 1981, en el que el cuadrado de las paredes se convertía en trapezoide. Patricia revisó el teléfono. No servía. Entonces se fue a bañar.

Media hora después –sin tener idea de la magnitud de lo que ocurría en la ciudad- me encaminé a llevar a Rayo al kínder. En el camino, todos los automóviles estaban detenidos; la gente, absorta, escuchando la radio. Empezó a hacérseme obvio que el jardín de niños iba a estar cerrado.

Entonces pasé a la tienda del suizo, que estaba iluminada precariamente con velas, a comprar pilas para el radio de la casa. Allí escuchamos la famosa narración de Jacobo Zabludovski, que en ese momento describía una Zona Rosa envuelta en el polvo y el caos, con personas atrapadas bajo las construcciones derruidas. De inmediato pensé en mi papá, que trabajaba administrando un edificio en la esquina de Liverpool y Florencia. En la esquina había una cabina telefónica pública y de seguro servía, porque se había formado una cola.

Esperé minutos que se me hicieron eternos. Después, mi papá no contestaba, así que pensé en caminar hasta allá a ver qué había sucedido. Pero antes, llamé a mi mamá, que sí estaba; me dijo que se había asustado mucho, pero que mi papá se había puesto en contacto con ella. El terremoto lo había agarrado en el coche, y al edificio no le había pasado nada.

Pasaron las horas y nos fuimos dando cuenta del tamaño de la tragedia. Yo me sentía entre la espada y la pared, porque tenía una convaleciente, una enferma y dos niños pequeños en casa. Todo lo que hice fue llevar unas cobijas a un centro de acopio.

La noche del 20, estaba yo escribiendo una carta a mis amigos italianos Paolo y Anna; copiaba un mapa que había aparecido en una revista Playboy de meses atrás, que pronosticaba con macabra exactitud qué partes de la ciudad de México resultarían más golpeadas con un gran terremoto (lo que habían sido el lago y los canales), cuando tocan la puerta. Un alumno al que le había rechazado su tesis me entregaba la nueva versión. Tan desesperado estaba que no tuvo en cuenta la situación. Apenas acababa el joven de salir y que vuelve a temblar. Una réplica muy fuerte.

Todos volvimos a hacer lo mismo, y apostarnos junto al umbral, con la puerta abierta. Camilo en mis piernas… y también Raymundo, que brincó a mi regazo a los pocos segundos.

De nuevo se fue la luz. En el radio corría todo tipo de noticias. Cuando escuchamos que el Ejército estaba desalojando la colonia Roma, tomé la decisión de ir allí, donde vivía Felipe –el hermano de Patricia- y su familia.

Fue un viaje a pie muy alucinante. Crucé parte de la Nápoles y la Escandón, que estaban a oscuras, pero intactas. Entonces me adentré en la Roma, ví las primeras paredes con grandes rajaduras, los primeros escombros. La gente emprendía la huida. Muchos estaban en la calle, en los camellones, preparándose a acampar. Pasó un vocho lleno de cajas y maletas: del lado del copiloto salía una mano que soportaba, con trabajos, un viejo espejo. Vi mi figura atravesar ese espejo. La mayor parte de la gente iba a pie, porque se escuchaban rumores –gritos, más bien- de que había grandes fugas de gas. Yo no percibía más olor que el del miedo ajeno. También había soldados, pero parecían extraviados, sin saber qué hacer. ¿Eran ellos los que estaban desalojando a la gente?

A una cuadra de donde vivía Felipe había un edificio totalmente destrozado. En la banqueta, un joven estaba sentado en un banquito, con las manos en la cabeza. Frente a él, un pequeño librero, salvado del desastre, con libros de ciencia-ficción.

Por fin llegué. Felipe no estaba, porque había ido a revisar unos inmuebles a Tlalpan, pero sí su mujer María Cristina, con los nervios destrozados y dispuestísima a irse. Vivían en una suerte de condominio horizontal, y a sus espaldas estaba un edificio de teléfonos cuya pared trasera se había venido parcialmente abajo, dañando las casitas más cercanas (a ellos apenas les tocó una lluvia de piedras pequeñas sobre el techo). Pusimos sus enseres en el vocho de María Cristina, subimos a los niños y nos fuimos empujando el carro (varios lo hacían, no fuera a ser cierto lo del gas) hasta alcanzar Insurgentes, que también estaba a oscuras.
La paranoia era tal que de en un edificio noté una gran hendidura, de cuyos lados salían chispas. Agucé la vista: eran unas franjas tricolores septembrinas que caían del edificio de gobierno.  

Esa noche dormimos todos como gitanos. A Camilo lo pusimos en el corralito exactamente debajo del umbral, para que fuera el más seguro. Lo más extraño es que Felipe estaba casi contento: “Qué bonito ver a la familia reunida”, dijo.

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Mucho se ha hablado de los efectos sociales que tuvo ese tremendo sismo, particularmente entre los jóvenes, “la Generación del Terremoto”. Me quedó claro que el gobierno fue rebasado por la población, y mostró una gran incompetencia, no pudo  siquiera comprender las necesidades de ayuda y de información. Ese gobierno soberbio, que pretendió siempre minimizar la tragedia, mientras la gente se organizaba por cuenta propia, perdió el respeto de la población capitalina. Fue un respiro de independencia en medio del polvo y la muerte.

Pero los traumas tardaron en irse largo rato.

Sueño 31 – 7 de noviembre 1985 – Kindertotenlieder II

Mientras me dirijo a mi casa (que es la casa de mis padres) veo, en un lote baldío rodeado por un cascarón de casa, una montaña de cuerpos humanos mezclados con el cascajo. Recuerdan las fosas comunes de Auschwitz. ¿Son cuerpos o son maniquíes? ¿Son niños o son muñecos?


También enfrente de casa de mis padres (que es donde vivo en el sueño) hay una pila de cadáveres de niños entrelazados y rodeados de piedras, polvo, loza y varilla. Murieron en el terremoto. Hermann Bellinghausen los puso allí.


Aterrado, pero también preocupado porque Raymundo (que está por regresar del kínder) se pueda impresionar, voy, sinceramente molesto pero en verdad no muy enojado, a reclamarle a Hermann por qué los puso allí.


Dice que ahí colocó sólo cuerpos bien conservados. “Hubieras visto otros, quemados por la espalda o con la cabeza colgando. Agggh!” Y hace una mueca de asco. Su explicación me parece insuficiente, pero termino por admitirla. Al hacerlo, despierto.

sábado, enero 21, 2012

Sueño 61: México y Al-Andaluz (21-I-2012)


Llegamos a una ciudad de México que parece extranjera. Tiene muchos edificios blancos, de cinco o seis pisos, de un estilo decimonónico muy recargado, con adornos dorados. Abundan las grandes iglesias, también barrocas y de colores muy claros. El autobús dobla (acaso iba por Avenida de la República y ahora circula por Reforma) y hay sobreabundancia de árboles, a los lados se ven edificios más nuevos, pero que imitan el estilo anterior. En ellos hay cafeterías y negocios con nombres en inglés y otros idiomas extranjeros. La gente que está en ellos se ve próspera, pero no elegante. Están serios. No reconozco mi ciudad.
A un lado del autobús discurre una procesión religiosa de jóvenes. La encabeza un grupo de muchachas con enormes ramos de flores en las manos. Están vestidas con pants y chamarra con capucha. Entonan un cántico que enaltece, al mismo tiempo, la igualdad entre hombres y mujeres y la virginidad femenina.
El autobús se detiene, descendemos. Una chica de la procesión se planta enfrente del pequeño grupo de ¿turistas? y empieza a echarse un choro religioso mareador. La rehuimos. Se nos vuelve a poner enfrente. Le damos la vuelta y nos metemos en unas callejuelas. Aquello se vuelve una persecución bastante divertida –porque sabemos que la muchacha es inocua- que incluye subir y bajar por distintos desniveles. En el juego, nuestro grupo se separa. Yo ya perdí a la muchacha, pero también me perdí yo.
Recalé a un mercado popular de esa ciudad de México que desconozco; la gente habla raro, viste raro, se comporta raro. Viene hacia mí un hombre moreno y me pregunta, en un lenguaje incomprensible, si esto es México o Acapulco (es lo que alcanzo a entender). Le respondo que México (porque obviamente no es Acapulco).  Otro señor que lo acompaña, moreno, de profundas ojeras y bigotito, le dice -pero en realidad me dice- en un español con fuerte acento árabe, que esto es México, resultado de la mezcla de culturas tras la conquista del imperio azteca por el imperio de Al-Andaluz.
-Sí, claro, los califatos de Fátima y Toledo –respondo.
-Y se ha dado una fusión muy interesante de las religiones –explica el hombre, que ahora reconozco como árabe-andaluz-, porque Al-Andaluz tiene una gran cultura de la tolerancia. Hay un sincretismo.
Me pregunto cómo es que han podido combinar el fanatismo religioso que se respira con el evidente bienestar económico. En eso, he entrado a una suerte de baños públicos, un gran edificio en donde hombres y mujeres se dirigen a espacios separados. Tomo la ruta de los hombres.
Camino en un pasillo y veo a un grupo de jóvenes que miran unas pantallas de plasma mientras hacen un movimiento pendular con sus cuerpos. En las pantallas se ve la historia de Iesus, que es el mismo y es otro. Me quedo mirando la pantalla y la música y las imágenes van haciendo que empiece, yo también, a hacer el movimiento pendular. “¡Iesus!”, exclamo, en un momento en el que ya siento mareos. Varios jóvenes han entrado en una especie de trance y empiezan a dar vueltas como los darvishes, aunque cambiando el ángulo de sus brazos. Yo también doy vueltas, más lento, pero intento alejarme y retirarme del lugar. Noto que todos ellos traen camisas azules; la mía es una playera verde. Veo que no soy el único que va saliendo (aunque son más los que entran). Los mexicanos creen en un solo Dios, y Mahoma y Iesus son sus profetas. Ahora me doy cuenta de que la chica que al principio nos seguía con insistencia era de una secta minoritaria: los de “Guadalajara” (de la Guadalupana).
A la salida de los baños (¿de pureza?) hay una muchacha que lleva una camiseta color amarillo pálido en la que se dibuja la silueta estilizada de una cabeza de puma.
-¿Es la playera de los Pumas? –le pregunto. Responde que sí.
-¿Y cómo va la porra?
Empieza a corear un goya, que es exactito al que yo conocía, sólo que al final, en vez de “Universidad”, dice “UNAM”. Autónoma también, mira.
-¿Y hoy hay partido?
-Sí claro –dice ella-, vamos.
Caminamos unas pocas cuadras y ahí está el estadio, que no es el de CU, pero también está hecho de piedra volcánica. Estamos por subir unas escaleras cuando se ve perfectamente que el Xitle, el volcán al otro lado del inmueble, empieza a hacer erupción. Corremos despavoridos, pero a sabiendas de que es sólo por instinto de supervivencia, porque los gases del volcán terminarán asfixiándonos.
En la huída, recalo en unas callejuelas. Muy pronto me doy cuenta de que es un laberinto más y de que esto es un sueño. Despierto y, al despertar, me pregunto por un instante si estoy despertándome en mi México o en otro, en el nunca fue desterrada la Inquisición. 

martes, agosto 30, 2011

Sueño 60. Chamusquina onírica (30-VIII-11)


Soy profesor, con un grupo de jóvenes que podrían ser de preparatoria o primeros años de universidad. Junto a mí hay otro maestro. Descubro que un grupo de muchachos se levanta, va a una esquina del aula y suelta una carcajada. Les pregunto qué hicieron.
-Consultamos entre nosotros y resultó que todos tenemos sueños. De eso nos reímos –responde uno, de manera bastante inverosímil.
El otro profesor reacciona de manera violenta y empieza a golpear con una cachiporra las rodillas del muchacho, que nada más se enconcha. Yo protesto vivamente pero, a pesar de que grito cada vez más alto, mi voz se hunde entre el alboroto general.
Decido ir a presentar una queja a la dirección. Es entonces cuando descubro que la escuela está en Estados Unidos, porque todo está en inglés. ¿Cómo se dice prefecto en inglés? ¿Dean? No, ese es el rector. ¿Principal? Cuando llego a las oficinas, resulta que las secretarias están en el cambio de turno. Sigo pensando en mis argumentos para denunciar al profesor. ¿Cómo se apellidaba? ¿Era un tal Míster Dring o Míster Ding o Míster Drink?  Decido que voy a checar en los horarios para tener bien claro su nombre.
Cuando estoy revisando la lista de horarios y profesores –se ve borrosa, como en cualquier sueño que se respete-, una de las secretarias lanza un grito. Se está quemando su coche, un vocho. Hay varios autos incendiados en el estacionamiento.
Me dirijo hacia la salida –empieza a oler a quemado- y me doy cuenta de que hay fuegos en varias partes del campus. Un grupo de saboteadores ha taponado con basura (la palabra del sueño es taponado) y quemado diversas entradas e instalaciones. El olor es cada vez más penetrante y molesto. Llega con enorme rapidez un eficiente equipo de bomberos, que pone al edificio sobre unos rieles y lo recorre, para airearlo (estoy en el umbral, siento como el aire fresco penetra mis pulmones).
Voy recorriendo el campus al frente del edificio sobre rieles. Es una sensación agradable. Alguien toma una foto. Saldré en el anuario.
Como voy al frente, lo dirijo con mis movimientos. De repente tengo (o desarrollo) en los pies una suerte de patines de hielo, con una cuchilla amplia, como la de los patinadores de velocidad, con la que voy dirigiendo mi camino (ya no sé si cargo o dirijo el edificio), en el que voy cruzando por pasillos, un auditorio, un gimnasio semidestrozado… no hubo víctimas fatales, pero sí dejaron la escuela hecha un asco. Todavía percibo algo de olor a quemado. En eso, me doy cuenta de que estoy dormido. ¿Se estará quemando algo en la casa? Despierto, olisqueo un rato y nada. Toda la peste a chamusquina era onírica.