jueves, mayo 25, 2023

Un mundo de dos: EU y China

 


Un fantasma recorre Europa, el fantasma de los efectos colaterales de la invasión rusa de Ucrania. La preocupación acerca de ese conflicto bélico acapara, de manera casi obsesiva, la atención de los europeos. Tal vez porque sienten que en su desenlace se les va otra obsesión: la de proponerse como opción de liderazgo mundial… o la de participar, al menos, en una suerte de liderazgo colectivo.

Luego de más de un año de la agresión, e independientemente de los detalles del resultado final, el polvo parece estarse asentando, si vemos las cosas en términos geopolíticos y con pensamiento de largo plazo. Y el diagnóstico es que la Unión Europea pierde posiciones autónomas en política exterior, para quedar más supeditada que antes a las iniciativas estadunidenses, en un mundo que se mueve hacia una nueva bipolaridad.

Tratemos de explicarnos: al menos desde mediados de los años 60 del siglo pasado, cuando se desarrollaban en el viejo continente diversos “milagros nacionales” de reconstrucción económica y social, Europa ha tratado de deshacerse de la hegemonía norteamericana, que ha incidido en sus decisiones de política económica y de política sin adjetivos. En aquellos años el pleito fue en materia monetaria, tema fundamental en cualquier intento por dirigir la economía mundial.

Posteriormente, la formación de la Unión Europea, una serie de políticas conjuntas y, sobre todo, la creación del Euro, dieron la impresión de que los europeos estaban conscientes del carácter efímero del mundo unipolar que surgió después de la caída del bloque soviético, y dispuestos a disputar en el futuro cercano la hegemonía con los Estados Unidos. Pero una serie de eventos internacionales, como la invasión de Irak, las intervenciones en Afganistán y la Primavera Árabe, entre otros, fueron postergando esa ilusión. Y la crisis financiera de 2008 demostró que las redes entre los sistemas eran mucho más estrechas de lo que parecían al principio.

El asunto viene a cuento porque, si Europa occidental quería soñar con esa disputa por la hegemonía mundial, requería de ciertas seguridades en materia energética, lo que a su vez implicaba hacer negocios con regímenes no democráticos. Una de esas seguridades vino a menos con el conflicto en Libia, que no tiene visos de solución de corto plazo. La otra se rompió con la invasión rusa a Ucrania, que hizo saltar literalmente en pedazos los acuerdos de provisión masiva de energía para Europa.

Lo cierto es que la torpeza de Putin -por no hablar de su inhumanidad- a final de cuentas lo que ha hecho es ayudar a los intereses de Estados Unidos. Ha generado la acción política disuasiva inmediata de la OTAN (no de un ejército de la Unión Europea, que no existe como tal) y también una ola de solidaridad en la opinión pública alrededor de esa alianza militar. En otras palabras, ha puesto a los europeos una vez más bajo el paraguas protector de EU. Al mismo tiempo, al cortarse o disminuirse notablemente las relaciones comerciales de Europa con Rusia y sus aliados, se pone un obstáculo a la formación de un polo alternativo en materia económica y geopolítica.

Una parte, mayoritaria, de los europeos ha abrazado el fortalecimiento de esta alianza con EU a partir del concepto de que se comparten los valores democráticos (no importa que Estados Unidos privilegie relaciones con naciones autocráticas como Arabia Saudita). Otra parte ve, con cierto desencanto, que con esta guerra se disuelven los sueños europeos de grandeza recuperada. Y claro, hay unos cuantos tontitos que creen en la propaganda de Putin y se imaginan que Rusia pudiera, sólo por ser antiyanqui, ser algo parecido a su predecesora la URSS (y peor, suponen que eso es bueno).   

Lo previsible, salvo detalles, es que la invasión a Ucrania termine en un fracaso terrible para Moscú, y signifique el fin del gobierno de Putin (sin que ello quiera decir que habrá una sucesión “democrática”). Luego de más de un año de guerra, las posibilidades de una paz negociada con el actual gobierno ruso son casi nulas, y las de recomposición de las relaciones económicas de Europa con Rusia, cercanas a cero. Lo previsible, pues, es que Rusia dejará de ser un actor de relevancia mundial en el corto y mediano plazo.

Y lo inevitable, sobre todo si vemos la evolución de las relaciones económicas internacionales en los últimos años, que han visto una gran penetración china en diversas regiones del mundo, es que relativamente pronto volveremos a un mundo bipolar, con dos grandes potencias enfrentadas: Estados Unidos, de una parte; China, de la otra.

Se dice una y otra vez que Pekín ha estado del lado de Moscú en el conflicto. Más bien parece que los chinos nomás están mirando, y apuntándose como propiciadores de paz con propuestas que pocos están dispuestos a escuchar, pero que sirven como caja ideológica de resonancia. Y están nomás mirando, porque es lo que les conviene: se preparan para competir en esa nueva situación geopolítica: dos grandes bloques, no cerrados como en la anterior Guerra Fría, con distintos puntos de vista sobre comercio, finanzas, tipo de gobierno, valores sociales y culturales, etcétera. Europa queda fuera de la jugada (en realidad, en la esfera estadunidense) y Rusia cuantimás.

Vistas así las cosas, se entiende el cambio de estrategia de inversión de parte de Estados Unidos, al pasar del offshoring (invertir pensando sólo en los costos de producción) al nearshoring (invertir pensando también en la posición geográfica… que es también geopolítica). Se entiende también que, más allá de la retórica soberanista, México cae directamente del lado estadunidense. Así no se ve tan casual la extraña carta de AMLO a Pekín acerca de los embarques de fentanilo. 

Lo cierto es que México, a pesar de los de los delirios de algunos de los integrantes del gobierno y de los intentos de destrucción institucional que desde allí se generan, no puede convertirse en uno de los pocos Rogue States (“Estados rebeldes”) de poca monta que sobrevivirían en el nuevo orden mundial. Es demasiado grande, demasiado rico y demasiado cercano a Estados Unidos. Y le conviene mucho económicamente convertirse en el ejemplo de las bondades del nearshoring. Al mismo tiempo, tampoco puede ser un peón de EU. Para ese futuro se requerirá de la diplomacia y de la firmeza mucho más que de la demagogia supuestamente antimperialista.

jueves, mayo 18, 2023

Viñetas de Berlín



Una Washington que no fue

Unter der Linden, el ancho camino que va de Alexanderplatz hasta la Puerta de Brandenburgo, deja una sensación de grandeza entristecida; edificios pesados y emblemáticos que a menudo ya no son lo que fueron. Sí, grandes museos, una catedral imponente, historia de cultura. Pero también edificios que parecen cansados, los necesarios memoriales a las víctimas del nazismo, una suerte de bruma que cubre todo, y en particular la famosa torre de comunicaciones de Alexanderplatz, que alguna vez fue símbolo de Berlín Oriental. Ahora se ve, ahora no se ve.

Y al visitante le da la impresión de estar caminando por un National Mall que no fue. De pasear por el bulevar de los sueños imperialistas rotos. Por el ancho de la calle, por las moles que la flanquan, parece aspirar a que la vean como una ciudad gloriosa, que despliega con orgullo su poderío y su cultura. Pero es la capital de un imperio dos veces derrotado, una Washington frustrada. Y tiene que hacer, cada tantos metros, actos de contrición por los pecados cometidos. Llegas a la Puerta de Brandenburgo y, para más inri, a sus lados se yerguen las embajadas de Estados Unidos y de Francia.

Esa capital que quiso ser mundial tiene, además, una cicatriz que pasa precisamente junto a la Puerta y se extiende frente a la más representativa de las moles arquitectónicas de la zona: la sede del Bundestag, con su característica cúpula. Son dos líneas de cemento, separadas por unos cuantos metros: por cada una de ellas pasaba el muro que dividió a Berlín durante casi tres décadas. 

Así, uno transita la zona, de los monumentos en homenaje a Marx en el extremo este, al memorial a las víctimas del Holocausto, al oeste, y no va caminando por la historia: la historia lo va aplastando. 

Eficiencia, prisas y búsqueda de identidad

Nadie duda de la eficiencia de los alemanes, y eso parece trasudar en su capacidad para reconstruir una ciudad destruida. En Berlín se ve, como en pocas partes de Europa, una combinación de estilos y épocas arquitectónicas muy diferentes que conviven en una sola calle: un palacete de finales del siglo XIX, un edificio Bauhaus, un condominio sin chiste, uno junto al otro. Todo depende de qué se destruyó y cuándo. Y se nota cuando esa construcción fue hecha con cierta prisa, para cubrir necesidades apremiantes de posguerra: mucha y muy buena ingeniería en unidades multifamiliares, poca arquitectura.

En un momento posterior, Berlín decide apostar por su propia modernidad. Y aparecen esos edificios que desafían el conservadurismo. Esas construcciones con acabados de acrílico en formas novedosas dan la impresión de que es una ciudad en busca de su identidad, cuando tiene varias. Una de las personalidades de alguien que tiene muchas. Porque se palpa rápidamente que Berlín son muchas ciudades. En ese sentido, es inatrapable.

El hotel está en uno de esos edificios desafiantes. Ventanales en forma de herradura, con pesadas cortinas que, apenas las jalas, cierran automática y totalmente. Una televisión más que inteligente, para manejar desde el celular, pero que se enciende como por voluntad propia, hasta que vienen a retirar el aparato... como en otros cuartos. Y un alucinado camino al baño, en el que la arquitectura y el diseño interior hacen una jugarreta y de repente estás en la casa de los espejos.

La iglesia rota

Tal vez el lugar que mejor refleje Berlín es la zona alrededor de la Iglesia Memorial del Kaiser Wilhelm, que fue bombardeada durante la II Guerra Mundial y cuyos restos atestiguan la destrucción de esa época. Por una parte, te da la idea de ciudad golpeada por su historia; por la otra, con la tranquila y moderna iglesia de reconciliación construida junto a las ruinas, y con el centro comercial y de convivencia creado ex-profeso para rehabilitar la zona, la certeza de que Berlín quiere revivir una y otra vez, y es de nuevo varias ciudades, sin dejar por ello de mostrar sus heridas y sus costuras.

Cuando la iglesia fue bombardeada, la respuesta del partido Nazi a los feligreses fue que no se preocuparan, que en el futuro, tras la victoria, se alzarían iglesias más grandes, más bellas y más fuertes. Siempre la promesa del futuro ante la destrucción presente. Lo que se alzó, en cambio, fue el contradictorio y fascinante Berlín de hoy, 


jueves, mayo 11, 2023

El fetiche del precio del dólar

 


El fetichismo, en filosofía y antropología, significa la divinización de diversas cosas y objetos (fetiches), atribuyéndoles fuerzas misteriosas, sobrenaturales, inasequibles para la comprensión humana. En la fase primera, inferior, del desarrollo religioso, el fetiche era un objeto de adoración para los creyentes.

El fetichismo, en psicología, se explica como un condicionamiento relacionado con un evento traumático ocurrido durante la infancia.

En una de sus acepciones, el fetichismo se define como la veneración excesiva de algo o de alguien.

Eso ha sucedido en México con el tipo de cambio entre el peso y el dólar, y está ligado tanto la incomprensión de fenómenos económicos y sociales, como a la existencia de eventos traumáticos en la vida nacional.

Tras los años difíciles de la Revolución y del crecimiento desordenado de los años de la Segunda Guerra Mundial y la inmediata posguerra, México vivió una supuesta “edad de oro” en los años del desarrollo estabilizador. Esos años estuvieron marcados por altas tasas de crecimiento económico, un proceso de modernización e industrialización, inflación relativamente baja y un tipo de cambio fijo respecto al dólar: $12.50. También fueron años de creciente desigualdad social, pero eso no se suele agregar porque choca con la idea de una edad de oro.

Luego vino el trauma: la devaluación abrupta del peso en 1976, a finales del sexenio de Luis Echeverría. Y, aunque la inflación se había desatado desde años antes (de hecho, es una de las causas de la devaluación), ese choque cambiario se asoció el crecimiento, cada vez más acelerado, de los precios, que siguió durante los dos sexenios siguientes.

De manera contemporánea, en esos años se vivió una fuerte ofensiva ideológica, que asociaba la devaluación con todos los males económicos del país y abogaba por una economía completamente de mercado (alguno recordará la frase del ideólogo Luis Pazos: “¿Quién se robó la mitad de mi dinero?”).  No importaba que le economía y el empleo estuvieran creciendo, en tiempos de López Portillo, a tasas nunca antes vistas, y tampoco que, a nivel global, hubiera hecho crisis el modelo de tipos de cambio fijos y la norma era que los precios de las distintas monedas fluctuaran, a veces de manera fuerte.

El fetiche terminó de fijarse en la psique nacional con el mal manejo de la política cambiaria en la fase final del gobierno de López Portillo, y con el hecho de que las subsiguientes devaluaciones traumáticas (un adjetivo nunca mejor puesto) fueran, ellas sí, seguidas de una crisis productiva, de distribución del ingreso y de capacidad de compra de los salarios.

Del mito de la “edad de oro” y de los traumas de los años 70 y 80 surgió, en parte de la clase política y en casi toda la población, la idea de que el precio del dólar es el elemento fundamental para medir la salud de la economía. El tipo de cambio se convirtió en fetiche.

Por lo mismo, ha sido común que quienes no tienen confianza en un gobierno, pronostiquen devaluaciones catastróficas, aunque no haya elementos racionales para ello; o que los gobiernos pongan mucho interés en mantener bajo el tipo de cambio del dólar, por la pura prudencia de no quedar mal ante un público que suele darle mucha importancia a esa variable económica.

En la medida en que la polarización política se adueñó del país, el asunto ha tomado características hasta chuscas. Si hay una apreciación, derivada del diferencial de las tasas de interés de referencia entre México y Estados Unidos, se viene encima el coro: “ya ven, qué bien lo está haciendo el presidente López Obrador”. Si esa apreciación se desvanece, porque hay una corrida generalizada hacia el dólar debida a una declaración del presidente de EU, el otro coro replica: “ya ven, AMLO nos está llevando al tobogán”.

El problema es que el precio del dólar no es lo que nos dice realmente como está la economía. Es un fetiche al que hemos divinizado, atribuyéndole cualidades que no tiene.

Ciertamente, se trata de una variable importante. Pero lo que más importa de ella es su estabilidad relativa, no la relación estricta entre el peso y el dólar. Si el tipo de cambio se mueve dentro de una franja no muy ancha, importadores y exportadores, productores con insumos del extranjero o prestadores de servicios, acreedores y deudores en divisas pueden hacer cálculos y estimaciones con expectativas razonables. La cuestión es evitar los cambios abruptos, que pueden traer problemas serios, como los padecidos hace una generación.

El del dólar es un precio, que se maneja dentro de la estructura de precios relativos de toda la economía. Como siempre, el cambio relativo de un precio trae consigo ganadores y perdedores: nunca ganan todos si el peso se aprecia, como tampoco pierden todos cuando se deprecia. Por ejemplo, si el peso se aprecia, ganan importadores, deudores en dólares, turistas mexicanos en ciernes; pierden exportadores, acreedores en dólares, familias que viven de remesas, prestadores de servicios turísticos. Si los cambios son pequeños, la redistribución se hace por goteo; si son grandes, se hace en gran escala, y algunos sujetos económicos sufren mucho -o pueden desaparecer- mientras otros se benefician.

Vistas las cosas de esta manera, debe entenderse que toda la alharaca acerca del “superpeso” es una exageración. Las variables verdaderamente relevantes, como los niveles de empleo formal, el tamaño de la inversión pública y privada, el poder de compra de los salarios, el nivel del crédito o las posibilidades de una crisis fiscal quedan oscurecidas detrás del fetiche.

Recordemos, para rematar, que se requieren 1,300 wons sudcoreanos o 133 yenes japoneses para comprar un dólar, mientras que bastan 4.27 dinares libios o 16 dólares de Zambia. ¿Cuáles economías están mejor?  

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