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jueves, mayo 14, 2026

Biopics: El país de reprobados: el fin de la encuesta de educación (y de Datavox)

En mayo de 1990 por fin se levantó la encuesta nacional educativa que habíamos preparado por largo tiempo. El retraso se debió a varias razones: las principales son la tramitología con la SEP y que los expertos en pedagogía contratados por Gilberto Guevara hicieron nuevos cambios a los cuestionarios, haciendo las pruebas todavía más difíciles, en contra de la opinión de los maestros que había conseguido Pepe Zamarripa como nuestros asesores. La versión final era tan difícil que ni Roy Campos, ni Carlos Jarque, presidente del Inegi, ni yo, tuvimos el cien por ciento de aciertos en la de secundaria.

Los resultados generales se pueden encontrar en el artículo que firmó Gilberto, titulado "México ¿un país de reprobados?", aparecido en la edición de mayo de 1991 de Nexos (aquí el link: es de suscripción). Los resultados se parecen mucho a los que aparecieron en la prueba piloto (aquí el link, en este blog): un muy bajo nivel de aprovechamiento promedio, pero también muy desigual según el tipo de escuela y la región del país. 

Era claro que la nueva gramática no la comprendían ni los profesores; que la enseñanza de matemáticas era rutinaria: sacar operaciones, pero sin aplicarlas a la vida diaria; que la ciencia era algo casi ajeno y que los estudiantes tenían un grave problema con la historia: la metían toda en un solo paquete, el pasado, no distinguían entre lo que había pasado antes y después y, por lo tanto, no alcanzaban a comprender causalidades. Lo mismo que en la prueba piloto, pero con porcentajes de acierto todavía más bajos.

Las desigualdades que aparecieron son, sobre todo, derivadas del origen social. Las escuelas privadas obtuvieron cerca de dos puntos más, en promedio, que las públicas. A nivel secundaria, esa diferencia hubiera sido mayor de no haber existido algunas escuelas privadas con resultados inferiores al promedio. Los estudiantes de escuelas federales tuvieron resultados menos malos que los de escuelas estatales y, en el caso de la secundaria, los estudiantes de telesecundaria tenian, en promedio, peores calificaciones. Este último dato está ligado al que tal vez, si hubiéramos hecho más trabajo estadístico, se hubiera demostrado como el principal diferenciador: el aprovechamiento por regiones del país.

Las diferencias más grandes no estaban en el tipo de escuela. Los estudiantes de escuelas públicas del norte y noroeste del país arrojaban mejores resultados que los de escuelas privadas del sur. Los de zonas urbanas o metropolitanas, mejores que los de localidades menores y mucho mejores que los de zonas rurales. Había una gran diferencia en los resultados de escuelas ubicadas en zonas de clase media en la Ciudad de México y las de Chimalhuacán, pero la diferencia entre las de Baja California y Chiapas era aún mayor. Yucatán, Michoacán, Chiapas y, particularmente, Guerrero, tenían un nivel ínfimo de aprovechamiento, casi con independencia del tipo de escuela. 

El trabajo evidenció dos cosas: una es que el sistema educativo no estaba funcionando: no enseñaba a los niños y jovencitos a redactar, a utilizar las herramientas para resolver problemas, a entender el funcionamiento de las cosas y de las sociedades, a pensar por sí mismos... ya no se diga a investigar o a desarrollar su creatividad. La otra es el divorcio entre el discurso y la realidad: el programa dice que el alumno aprenderá en el año tales y cuales habilidades, y la verdad es que muy pocos alcanzan a aprender parte de ellas. Pero el estudiante pasa de grado, los padres están agradecidos con el sistema, y todo se repite. Lo que debíó de evidenciar más es que el sistema tambien servía para reproducir las desigualdades: en el campo y en las zonas pobres, la escuela daba notablemente menos herramientas que en otros lados (al menos para no tronar tan feo un examen así). 

El estudio sirvió como soporte para algunos cambios en el esquema educativo que desarrollaría el gobierno de Salinas de Gortari y sigue siendo un referente para la evaluación de la educación en México... o debería de serlo, porque ahora se ha ensanchado la brecha entre discurso y realidad en materia de educación. Vivimos el reino de la simulación.

La encuesta se levantó en mayo, los resultados estuvieron a finales de junio y yo me tardé un par de meses en hacer el informe sobre el que se basaron, tanto el reporte general, como el artículo de Guevara Niebla en Nexos. El problema fue a la hora de cobrar, más allá de los adelantos que habíamos recibido. Héctor Aguilar Camín adujo que el retraso se debía a nosotros y que por ello tuvo que pagar la oficina de Gilberto y su ayudante por varios meses más, cantidad que le iba a descontar a Datavox. Yo alegué que el grueso del retraso fue porque los asesores de Guevara cambiaban una y otra vez el cuestionario, y que era el propio Gilberto quien debió de haberlos apurado. Decidí que era mejor no pelear con Aguilar Camín y acepté que nos diera una pizcacha de lo que habíamos acordado. Con quien dejé de hablarme por cerca de dos años fue con mi amigo Gilberto.

La idea que teníamos los socios de Datavox era que la encuesta de educación nos sirviera para capitalizar la empresa. No perdimos dinero, pero cada uno de nosotros obtuvo cantidades casi simbólicas (y lo mío terminó yéndose mayoritariamente a impuestos). Ya para entonces, Pepe, Chuy y yo estábamos más metidos en otros proyectos personales. Fue el final de Datavox. Reprobamos como empresarios de la demoscopía.  


viernes, octubre 31, 2025

Mi aversión a los cementerios (biopics)


Supongo que no soy la única persona que tiene aversión a los cementerios. Y sé que no está relacionada con una aversión a la muerte. Los cementerios suelen provocarme algo más que tristeza: una suerte de malestar interno que podría emparentarse mucho más con el asco que con el miedo. 

Estoy convencido de que eso proviene de mi primera experiencia al visitar un panteón.

Tenía yo unos diez años y estaba jugando futbol en la calle con mi amigo y vecino José Luis, cuando de su casa salen sus papás y hermanos para ir al panteón. José Luis me dice: "¿Por qué no vienes?". Dije que sí, como si el peloteo fuera a continuar en el cementario. Pedí permiso a mi mamá, y lo obtuve, a pesar de que ella hizo una mueca de extrañeza.
Aquella visita fue al Panteón Español, donde estaban enterrados, en una sencilla cripta, dos hermanos de José Luis que habían muerto de bebés. La familia depositó unas flores y estuvo unos segundos frente a la tumba. A mí me sacó un poco de onda pensar que uno de ellos hubiera tenido mi edad en ese momento y el otro hubiera sido unos cuatro años mayor, pero no pasó de ahí.
Entonces fue que los familiares de José Luis dijeron: "Ahora vamos a misa".
Digo, desde entonces las misas solían provocarme una profunda güeva, pero ¿qué podía yo hacer? Llegamos a la iglesia del panteón y a los lados del recinto, en las paredes, estaban acomodadas las criptas de varios difuntos. Yo pensé, con cierto desasosiego: "Aquí hay decenas de cadáveres. Estamos rodeados por esqueletos". 
Pero eso no fue lo peor. Nos sentamos y, a mi derecha, estaba la cripta de Baby Anthony, quien había nacido y fallecido en 1932. Llamaba la atención porque tenía un bajorrelieve con el rostro de un bebé regordeto. Yo intentaba mirar hacia adelante, hacia el cura y su misa, o hacia el reclinatorio y el suelo, pero el bajorrelieve me llamaba a prestarle atención una y otra vez. Allí adentro, encerrados, había huesos, tendones, cabello de aquel bebé.
De regreso a casa, mi mamá me preguntó qué me había parecido la visita.
- No me gustó -respondí.
- Ah, y yo que pensé que no estaba mal que tu primera visita a un cementerio fuera por alguien desconocido.
 Esa noche tuve pesadillas. Se me aparecía Baby Anthony, movía la manita de izquierda a derecha y de regreso, y pronunciaba, con voz carrasposa: "Ro-rro Ro-rro".

Pasados los años, porque así son los juegos de la memoria, cambié la palabra "Ro-rro"  por "Ba-by" y acompañé la imagen pesadillesca con una canción horrorosa de Grateful Dead que se llama, precisamente, "What's become of the baby?". Habrá sido la combinación de dead y baby. Fue con la palabra "Ba-by" que le conté a mi hija la anécdota de mi infancia, pero Taide mi esposa me recordó que yo se la había contado a ella muchas veces y que la palabra era "Ro-rro". Cierto, la canción esa fea apareció más de una década después de aquella visita.


Después de eso, he intentado pisar los panteones lo menos posible. Pero hay varios recuerdos asociados. Van en orden de aparición.

Estaba yo en la prepa y veníamos en el camión de la escuela de un campeonato de atletismo en el estadio de la Escuela Superior de Educación Física. Pasando frente al Panteón Francés, Simpson, nuestro lanzador de disco, se pone de pie, señala el cementerio y dice: "Cabrones, ahorita nos sentimos muy chingones, pero vamos a terminar en uno de esos".
Recibió unos tres chiflidos, pero la mayoría nos quedamos meditabundos. 

Un buen recuerdo es mi visita, con los amigos mexicanos que estudiamos en Italia, al Cementerio de los Ingleses, en Roma, junto a la pirámide de Caio Cestio. Lugar tranquilo, sin familias que visiten a sus muertos. Y la imagen de una joven, en vestido vaporoso, que deposita una flor en la tumba de John Keats, que tiene el poético epitafio "Here lies one whose name was writ in water".

He tenido que ir, por razones familiares, a tres entierros. En todos ellos he vivido, con distintos grados, momentos de mucha pesadumbre. De igual forma, he ido a velatorios que están pegados a los panteones, lo que puede ser un buen concepto en cuanto a logística, pero me parece de muy mal gusto. También estuve en el Panteón Español para la cremación y la entrega de las cenizas de mi papá. Ahí fui con mi hermano y la reacción de ambos, luego de ver por última vez al viejo, fue salir rápidamente de ahí a comer unas tortas y regresar a recoger las cenizas.

Finalmente, en 2023 Taide y yo fuimos a Gotinga, a visitar a mi hijo Raymundo y su familia. La primera noche nos quedamos en un hotelito cercano a la estación de trenes. Desde la ventana del hotel se veía un pequeño parque. 
A la mañana siguiente, salgo a fumar, con mi café en la mano, me siento en el muro frente al parque y descubro que es un viejo cementerio. Me decido a pasear un par de minutos por ahí. Tumbas de hace dos y tres siglos. Salgo muy tranquilo. Entiendo entonces que lo que me da ñáñaras es la colección de muertos recientes: es el eco del coro de dolientes que aún están vivos.   

Por todo eso, la verdad envidio a quienes no tienen aversión a los cementerios, y no logro entender las verbenas panteoneras en Día de Muertos. 


Ahora que, si quieren algo realmente horrible para Halloween y Día de Muertos, ahí les va esta canción, más fea -en todos los sentidos- que un niño momificado:



 

viernes, noviembre 08, 2024

Mitos geniales X: Rafael Castilleja (Biopics)


¿Cómo eran los periodistas de antes? Un buen ejemplo es Rafael Castilleja, de quien he comentado brevemente en las partes de los Biopics referentes a mi estancia en El Nacional. Van algunas viñetas.

El bazucazo y el director

Castilleja era un joven reportero que había iniciado desde abajo, como ayudante de redacción -hueso, se les decía- en El Nacional. Cuando tenía 24 años, lo mandaron a cubrir "los disturbios estudiantiles" de ese día, el 29 de agosto de 1968. Así lo contaba:
"Esa noche llegué muy emocionado a la redacción. Después del pleito entre los estudiantes y los granaderos, los chavos se encerraron en la Preparatoria Número Uno, entonces llegó el Ejército y de un bazucazo abrieron la puerta y entraron a madrearse y a detener a los estudiantes. Yo hasta había entrevistado al soldado que disparó y me dije: 'ahora sí me van a dar la de ocho'. La nota principal del diario.
Hice mi nota y al rato que me manda a llamar el director. Pensé que era para felicitarme por estar ahí en el momento (risas). Pero no, todo lo contrario.
-Oiga, Castilleja, usted está escribiendo puras mentiras.
-Noo señor, fue lo que vi. Hasta entrevisté al soldado que disparó la bazuca. Ahí está en la nota.
-Pues eso no es cierto. 
-Le juro que es verdad. Es lo que vi.
-Entonces usted vio alucinaciones. Aquí tengo la versión oficial, y es muy distinta a lo que usted escribe. Por ahí nos vamos a ir.
Nada más agaché la cabeza, hermano.
-Mire, le voy a dictar la nota con lo que verdaderamente pasó, usted no le va a cambiar ni una coma y la va a firmar. ¿Entendido?
-Entendido, señor director.
Me dictó el boletín, lo firmé y luego me fui al Palacio (así se llamaba la cantina cercana a la sede de El Nacional) a pasar el mal trago con unas cervezas. 'Ya me chingaron', me dije, ya se acabó mi carrera. Esa era mi preocupación.
Pero no. Al otro día me cambiaron a deportes, cubrí las olimpiadas y también el Mundial. Y en el Mundial entrevisté a Pelé."
Terminaba la anécdota con una sonrisa satisfecha.

El indispensable

Con el tiempo, Castilleja fue ascendiendo de puestos. Pronto fue jefe de redacción, y más tarde subdirector. Hay algunas claves que explican esos ascensos: una, que era un hombre muy trabajador, siempre pegado a la noticia; otra, que aprendió rápidamente algunas necesidades del periodismo de entonces: el uso de eufemismos, del "todo indica que" o "parece que", la capacidad para estar de acuerdo con el gobierno sin ser demasiado obvios y para pegarle a todo lo que parecía oposición sin ser muy directos, la obsecuencia con los encargados de prensa pero manteniendo las bases del oficio, de forma que los mensajes en cabezas y redacción siguieran las instrucciones, pero no fueran tan evidentes; una tercera clave, su buen trato personal. Castilleja era un hombre amable, que no solía levantar la voz, aun cuando fuera seco con alguno de sus subordinados. Prefería las alianzas y no daba ataques de frente, sino de lado.
Así, cuando Pepe Carreño Carlón llegó a la dirección de El Nacional, Castilleja aparecía como el personaje indispensable, el que tradicionalmente había fungido de bisagra y de hilo de conducción entre la redacción, el sindicato y la dirección del diario. Eso, sobra decirlo, le daba un aura de poder al que él fingía no aspirar, pero que usaba de manera cabal. Pero un director como Carreño, que tenía una visión transformadora y que no llegó al diario para administrar lo existente, no iba a utilizar a la correa de transmisión tradicional. 
Castilleja era un tipo listo y entendió rápidamente que eso sucedería.

Dos aventuras periodísticas que no fueron las esperadas

Consciente de que ya no tenía el poder de antes en El Nacional, y de que, en la factura cotidiana del periódico, se estaba formando una pinza entre Antonio Dávila y yo, que limitaba su accionar, Castilleja decidió que regresaría a reportear, y pidió ir a cubrir la inminente invasión estadunidense a Panamá contra el dictador Manuel Noriega. Allí, decía, iba a reseñar la resistencia de los panameños en una guerra que duraría algún tiempo. Llegó casi al mismo tiempo que los bombardeos, apenas pudo dar cuenta de la huida y captura de Noriega y, en contra de sus expectativas, de los festejos de los panameños por haberse librado del tipo y porque tomó posesión el presidente que sí había ganado las elecciones.
Tras esa experiencia, Castilleja decidió ir a cubrir las elecciones nicaragüenses de 1990, las primeras después de la revolución sandinista, que cumplía -tarde- su promesa de convocarlas. A pesar de que, informado por Carlos Mársico (quien vivía entonces en Nicatagua y decía que los sandinistas eran populares en el campo e impopulares en las ciudades), le advertí que podía ganar Violeta Chamorro, él estaba seguro de que el pueblo ratificaría el triunfo de quienes lo libraron de la dictadura somocista. Se equivocó (pero también Mársico, porque Daniel Ortega perdió igualmente en amplias zonas rurales). Regresó cabizbajo a México.

El affaire Castañeda

En la primavera de 1990, el presidente Salinas hizo una gira al extremo oriente, se llevó a Pepe Carreño Carlón, y Pepe me encargó informalmente que me hiciera cargo de las ediciones. Eso hice. Pero los sábados los dedicaba a mis hijos, y eran como un remanso, así que le dejé el diario a Castilleja. El domingo en la mañana me habla Héctor Aguilar Camín, indignado por el editorial del periódico. Sucede que hubo un atentado contra la secretaria de Jorge G. Castañeda y el editorial, tras una condena genérica, sembraba la cizaña de que Castañeda andaba en malos pasos: típica actitud de una prensa gobiernista acostumbrada a golpear a todo lo que, a su parecer, no se pliegue a la línea oficial. Es la marca del periodismo al servicio del autoritarismo. Evidentemente, Castilleja había escrito el editorial, armado de los viejos reflejos. Le costó trabajo entender que se había equivocado; vamos, Castañeda era "cercano a Cuauhtémoc Cárdenas, opositor al Señor Presidente, hermano". Para que entendiera, le dije que también era cercano a personajes importantes del gobierno, como Manuel Camacho. De inmediato, escribí un editorial que intentaba corregir el error y condenaba sin ambages el atentado. No fue suficiente para los agraviados. Al martes, Miguel Ángel Granados Chapa así lo hizo explícito en su columna. También recibí en mi casa una llamada de Camacho, con la extraña sugerencia de que comparara el malhadado editorial de Castilleja con aquellos que acusan a una mujer violada porque llevaba minifalda. Cuando finalmente me pude comunicar con Carreño (todavía no había teléfonos celulares y había que hablar al hotel a la noche de Japón), me instruyó: "echémonos más ceniza". Así lo hice, con otro editorial. Castilleja estaba pálido todos esos días, movido entre el temor de ser despedido y, sobre todo, la vergüenza de haberse equivocado en la línea editorial.
Al regreso del director Carreño, éste escribió, seguramente por instrucciones presidenciales, un tercer editorial de arrepentimiento, en primera plana y firmado por él, para zanjar el asunto. Ceniza como de exhalación del Popo. El gerente insistía en que había que correr a Castilleja, pero Pepe Carreño le respondió:
-Es lo último que haría.
El affaire Castañeda, que a mí me costó sólo un regaño por no entender que, cuando el Presidente sale de gira, no hay que hacer la más mínima ola, significó para Castilleja una ulterior disminución de su influencia. Se convirtió en una sombra de lo que era, y pedía que yo le revisara todo lo que hacía.
Pocos meses después, con el pretexto de que su hijo estudiaba en el ITAM y era muy caro, solicitó que se le liquidara. Trabajaría más tarde en Novedades, en El Sol de México y en proyectos de periodismo pagado ("con apoyo editorial", dice el eufemismo), con sus cuates del Club Primera Plana.

Doble chamba

A principios del Siglo XXI, conseguí -con la intercesión de Eduardo Medina Mora- los expedientes que tenía el CISEN sobre mí. Me pareció curioso que no hubiera información alguna de cuando yo estaba en el PMT en Sinaloa, muy poca sobre mi paso por el PSUM, algunita -y muy mala, esos orejas eran pésimos- como profesor "marxista" de la Facultad de Economía, y un montononón sobre mi paso por El Nacional. Mi primera reacción fue: "los gobiernos del PRI espiaban más a su gente cercana que a los opositores".
Un día le comenté eso a Toño Dávila, y me respondió:
-Pues claro que allí es donde había más información, si Rafael Castilleja era agente del CISEN. Hasta director de investigación fue. Y allí es donde se refugió cuando salió de El Nacional.

Una última plática

Por ahí de 2013 o principios de 2014, Castilleja, ya setentón, llegó a Crónica a sondear, sin muchas ganas y sin muchas esperanzas, la posibilidad de reintegrarse a la redacción de un diario. No había lugar para él, a pesar de su amplia experiencia. Como siempre, su trato fue muy amable. Fue la última vez que lo vi. Murió en 2023. 

  

jueves, julio 18, 2024

Viajes con mi padre (biopics atrasado)


Durante todos mis años de primaria, pasé las vacaciones viajando con mi padre. En aquella época, las clases terminaban a finales de noviembre y uno volvía a la escuela la primera semana de febrero. Eso significa que una parte de las vacaciones coincidía con las fiestas de navidad y año nuevo. En la otra, mi papá me llevaba consigo en sus viajes de trabajo.

Abelardo Báez era gerente de ventas de Shulton de México y casi todo el año trabajaba en la Ciudad de México, pero -atento también a sus inicios como vendedor- en ocasiones iba a recorrer el país junto con los agentes de ventas encargados de la zona, y así tenía impresiones a primera vista de cómo iba funcionando el negocio. Normalmente, esos viajes coincidían con mis vacaciones, y así fue que se le hizo una costumbre llevarme.

El asunto funcionaba así: salíamos en el coche del vendedor hacia la zona a recorrer, yo iba atrás con una pila de cuentos (libritos de comics, pues), llegábamos a un pueblo o una ciudad, y los dos hombres empezaban a recorrer farmacias y perfumerías. Mientras ellos se echaban su rollo con el encargado, yo me ponía en una esquina a leer los cuentos, luego pasábamos a otra farmacia, a otro pueblo y así. Está claro que por más cuentos y libros que llevara, más los que se acumularan en el camino, al final ya casi me los sabía de memoria. Pero, por supuesto, no todo era visitar farmacias.

De los vendedores recuerdo a tres. Uno se apellidaba Pirod; otro, Enciso. Con esos dos mi papá trabó amistad verdadera. Al tercero le decían el Callao Hernández. Sé que había otro en Guerrero, pero sólo recuerdo su pinta: gordito, bigotón, de guayabera. Y ha de haber habido varios en el norte, pero nunca fuimos.

El primer viaje fue a Veracruz, con Pirod. Es de los que recuerdo menos, porque estaba más chico. Pero se mantienen en la memoria unas cuantas cosas. Una, que Pirod decía que sus ojos eran de color "uva pelada". Se volteaba a verme, abría los ojos y efectivamente eran verde claros. Otra, que ese vendedor, tal vez para demostrarle al jefe que había recorrido muchas veces esas carreteras, se sabía el nombre del pueblo siguiente, así fuera una ranchería sin farmacia. "El siguiente pueblo se llama Camarón". También, que cuando cruzamos las Cumbres de Acultzingo había una niebla espesa. La carretera era sinuosa, de solo dos carriles. Y yo percibía, por lo lento que avanzaba el auto, que la situación era peligrosa. Lo entendí cuando ambos hombres lanzaron un verdadero grito de alivio al salir de la niebla. "Estuvo muy riesgoso", me confesó mi papá.

En el primero, y en todos los otros, mi padre se esforzaba por enseñarme cosas del país, su México adoptivo; en mostrarme su gente, sus carencias, sus necesidades; aunque también sus bellezas y maravillas. Y en inculcarme una suerte de patriotismo social: "Ese caballerango es tu compatriota", "esa campesinita es tu compatriota".  

El siguiente ha de haber sido con Enciso, a quien le tocaba, esencialmente, el Bajío. Paradas en San Juan del Río, Querétaro, Irapuato, Celaya, Salamanca, Guanajuato, León, Morelia...  Vueltas por los centros de cada ciudad, mi papá diciéndole "mi estimado" al señor detrás del mostrador de la farmacia, revisando en qué parte de la vitrina o el anaquel colocaban los productos de Shulton, preguntando si servían los displays, que eran unos adornos publicitarios que ponían para exhibir los productos y darles visibilidad. Los centros de venta tenían estilos y olores muy diferentes: a unos los recuerdo de madera oscura, con una barra vieja y olores a talco y a ungüentos; otros, con piso de mosaico de puntitos, muebles de metal y olor a creolina combinada con perfume barato; otros más, a menudo en los pueblos intermedios, tenían maderas de menor calidad y solían ser polvosos. Pero me daban mi banquito para que leyera mis comics.

Yo siempre pedía ver el estadio de futbol. Así fue en Celaya y en Zamora, por ejemplo. Pero la mejor anécdota fue cuando fuimos a visitar la Bombonera, el estadio del León.
Llegamos, mi papá toca en la zona de vestidores. Le abren la puerta:
-¡Bienvenido, señor Scarone! 
Se juntan los jugadores y aplauden al recién llegado.
- Se equivoca, mi estimado. Soy Abelardo Báéz, de Shulton de México
El equipo estaba esperando a esa hora a su nuevo entrenador.
En todo caso, nos dejaron pasar, mi papá promocionó los productos Shulton, yo corrí un rato con el delantero Martínez y me tomé una foto con nada más y nada menos que Antonio La Tota Carbajal, el ya para entonces mítico portero de la selección nacional.
Hasta entonces llegó Scarone. Enciso y mi papá le platicaron la anécdota, lo saludaron y le desearon suerte.

A veces comíamos en el hotel, a veces en fondas y de vez en cuando en restaurantes. Si el hotel tenía alberca (o, como en Veracruz, si había playa), nos metíamos un rato al agua y mi papá me enseñaba a nadar. Como era bastante exigente, creo que aprendí rápido.

Cuando fuimos a la zona de Jalisco-Colima-Nayarit, tomamos un avión a Guadalajara. Allí nos recibió el Callao Hernández que, en efecto, hablaba menos que Enciso y muchísimo menos que Pirod. En Guadalajara nos quedamos en su casa y, mientras mi papá y Hernández iban de rol de farmacias, yo me quedé a jugar pelota ñoña con la hija del vendedor. De ese viaje recuerdo que el lago de Chapala me pareció inmenso, como un mar. Un viaje a Ocotlán: no sé por qué me pareció un lugar lleno de estacas, de bardas de palo. Otro a Zapotitlán y uno más a Lagos de Moreno, del que recuerdo una iglesia imponente y un montón de sombrerudos. Pero lo bueno de ese viaje fue la zona costera. Fuimos a Rincón de Guayabitos, a Melaque, a Cuyutlán (primera vez que me metí a olas grandes). Después de estar en Colima y Tecomán, recalamos en Boca de Pascuales, un pueblito pesquero entonces minúsculo, para comer en una palapa con vista al mar. 

Nunca en mi vida he visto olas tan grandes como las de Boca de Pascuales. Me parecían edificios enteros que chocaban contra la playa, haciendo un estrépito. Si me preguntan, diría que cada ola medía 10 metros. Pero claro, esos cálculos son con ojos de niño. Con todo y que estábamos al menos a 40 metros de donde chocaba la ola, la espuma llegaba hasta nuestros pies. Unos cuantos valientes se atrevían a caminar hacia el maretazo, y bañarse hasta media pantorrilla. Esas olas imponían. La comida me supo muy rica, pero ha de haber sido por el espectáculo.

Aquel viaje terminó en Manzanillo, en un hotel frente a la playa, en el centro de la ciudad. Recuerdo que subió la marea en la playa donde nos estábamos bañando, al grado que el agua chocaba con la pared del malecón. "Ahí viene una buena", decía un paisano, y saltábamos. Ese tipo de olas, vivas pero no peligrosas, que sólo he vivido ahí y en Mazatlán, son las que más me gustan. La de Manzanillo me gustó tanto que le pegué la calcomanía del hotel a mi maleta de aluminio (una calcomanía roja, con un hipocampo; Hotel Santiago).

En las vacaciones de 1963-64 hubo dos de esos viajes farmaceúticos. Uno, breve, a Guerrero, donde estuvimos en Taxco, Iguala, Chilpancingo y Acapulco (otra vez problemas en la carretera sinuosa). En Acapulco mi papá habló con el gerente de Nacional de Drogas (yo pensaba, mientras leía mi Superman, que eso de "Nacional de Drogas" era un nombre muy raro para una red de farmacias-perfumerías: me habían dicho que las drogas eran malas). Nos quedamos en el Hotel Playa, un paralelepípedo de concreto frente a Caleta. El día antes de irnos yo quería estrenar mi visor, pero teníamos que ir a la playa a las 8 de la mañana y sólo por 15 minutos. Apenas entrando al mar, un niño más chiquito que yo pide prestado el visor; yo no quiero, pero mi papá me obliga a prestárselo. El pinche niño se pasó viendo el mar con el visor puesto, pero sin meterlo al agua, y yo, frustradísimo porque apenas lo pude recuperar, mi jefe me dijo: "Vámonos a desayunar, para regresar a México". 

El otro viaje fue épico. Con Pirod. Estuvimos en Orizaba, Córdoba, Fortín, Catemaco y otros pueblos (extraño: no conocí Xalapa hasta el 2005). De Fortín recuerdo haber nadado solo en la alberca llena de flores, mientras mi papá y el vendedor hacían su ronda. De Catemaco, que la naturaleza era feraz, que hicimos un viaje por el río y los hombres dispararon varias veces la pistola de Pirod para hacer que las aves volaran y admirarlas en su vuelo despavorido. Les pedí que me dejaran disparar y sí, disparé una bala al aire. En Catemaco tuve la mala fortuna de tirarme encima (y también encima de Pirod) un caldo de gallina calientísimo.


Luego pasamos por Tehuacán (gran decepción, yo esperaba muchos manantiales y el lugar era seco), Huajuapan y Oaxaca. De ahí, a Salina Cruz, un pueblo sucio, donde hacía un calor infernal con todo y que era invierno; a Juchitán, que era muy colorido, caótico y también sucio; a Tehuantepec, en donde las meseras del restaurante del hotel te traían la comida en platones que se balanceaban sobre sus cabezas. De los dos últimos lugares, recuerdo que había muchas mujeres ataviadas a la usanza tradicional. Nos quedamos un par de días en Tuxtla Gutiérrez. Allí me encantó un mural de los músicos de Bonampak que estaba en el restaurante del hotel, y quise ir a conocer las ruinas: me dijeron que era imposible: estaba lejísimos y no había farmacias qué visitar. En el hotel me estuve haciendo ojitos y risitas con una niña como de mi edad y los dos adultos se la pasaron días cotorreándome: "Romeo infantil". De ahí, la breve subida a San Cristóbal de las Casas y el paso veloz del calorcito al frío. Me recuerdo en una esquina; enfrente de mí un anuncio de Prontito, el muñequito del Alka-Seltzer en aquel entonces, y yo sintiendo un frío del carajo. De San Cristóbal me impresionó la cantidad de indígenas vestidos al estilo tradicional. Mi papá quiso que me tomara la foto con un chamula. El hombre dijo: "No, foto quita el alma", pero por un peso accedió. El indígena aparece muy serio y yo, muy sonriente. La siguiente parada fue en Comitán y de ahí regresamos a Tuxtla, para que yo tomara el avión a México, porque las clases estaban por iniciar. Ellos seguirían hasta Tapachula.

No era raro que mi papá me mandara solo en avión. En varias ocasiones me dejaba solo en el hotel, mientras iban a visitar farmacias. Una vez en Celaya se convenció de que yo ya sabía nadar y me dejó solo en la alberca. Igual en Irapuato, donde el hotel (que por mucho tiempo recordaba como "Reyes Magos", pero que en realidad es Portal de Belén) tenía grandísimas áreas verdes. La única vez que me porté como niño irresponsable fue en León: decidí usar el Brylcreem de mi papá para tener mi cabello engominado, pero usé tales cantidades que, cuando mi jefe llegó de regreso se encontró con un hijo de pelo azul-verde que por más que se echaba agua no se podía quitar la sustancia esa. Tal vez por eso me quedé calvo tan joven (anjá). En alguna cena, tal vez harto de que me quisiera meter en la conversación de los adultos, me sugirió que saliera de la fonda a dar "una vuelta a la manzana", cosa que hice. Me dejaba pedir lo que se me antojara (las hamburguesas, que él odiaba como a toda la comida gringa, todavía no estaban de moda), pero me obligaba a comérmelo, así fuera una pasta verdosa con espinacas. Mi padre siempre me preguntaba si me había gustado el lugar, si me parecía bonito o feo, interesante o aburrido, si sentía que la gente vivía bien o no, si eran alegres o se veían tristes. Una suerte de método dialéctico de enseñanza de sociología básica, digo yo ahora. Entonces lo que me gustaba era que me tomara en cuenta. 

El fin de la primaria coincidió con mi etapa de mayor apasionamiento por el beisbol, cuando jugué en la Liga Petrolera. Entonces fue que dejé de acompañar a mi papá a esos viajes de invierno. Y él también los hizo mucho más breves.


jueves, julio 11, 2024

Los apodos de Vadillo


 

El 26 de junio murió Alfonso Vadillo, de quien algo he platicado en la parte autobiográfica de este blog (los Biopics). Revisando someramente, veo que tuvo diversas influencias en mí. Va un recuerdo.

Mi primera relación con Alfonso Vadillo fue como alumno suyo en la UNAM, en la materia de Teoría Económica. Era un maestro joven y simpático (nos llevaba menos de diez años), que tenía muchas frases memorables, pero acabé cambiándome de grupo, porque no le entendía ni madres a sus explicaciones, a la clase propiamente dicha. A cambio de ello, Vadillo nos llevó a muchos a una grilla en otra materia, Centro de Economía Aplicada, para deshacernos de un maestro y ponerlo a él en su lugar. El resultado fue un caos, porque Alfonso quería que hiciéramos una investigación a conveniencia del Partido Comunista, del que era miembro, y nosotros lo que deseábamos era hacer trabajos de campo con el pueblo trabajador. En el camino, me junté con un grupo que desembocaría, primero en el maoísmo, y después, de manera dispersa, en el reformismo socialdemócrata, el priísmo, en Morena o en los delirios terroristas. En alguna de las asambleas masivas para discutir los proyectos empecé, desgraciadamente, a fumar. Al final, Vadillo nos reprobó a casi todos.

Pocos años después, casi por sorpresa, Vadillo nos avisó que iría a Módena, a estudiar con nosotros. Recaló en el departamento que teníamos cuando yo estaba solo (Mapes y Carreto estaban en México) y el depa estaba ocupado por unos hippies (aquí lo platiqué). Lo relevante de esa breve estancia es que Alfonso me enseñó los elementos básicos de la cocina y algunos secretos culinarios extra, e incluso a rasgar la guitarra. Lo primero es algo que le agradeceré siempre. Lo segundo se me olvidó pronto.

No recuerdo en qué orden, pero Alfonso rentó un minidepartamento para él solo en Módena y se fue a Perugia a estudiar italiano, quedándose en casa de Carlos Mársico. Allí, se puso el sobrenombre de Lo Scopattore Folle, porque decía que ninguna chica salía indemne de visitarlo. De regreso, iba poco a clases, y mucho a nuestro depa para cotorrear con nosotros, discutir de política y de filosofía, y a jugar dominó. Se burlaba de que no militáramos en ningún partido ("¿Es que se puede militar en una revista? No mamen"), hablaba del fin de la historia como si de verdad creyera en él y se cotorreaba de algunos intereses de Carreto: ("Es una mamada eso del tai-chi; el paso de la grulla, el del mono. Si a mí me preguntan, hago el paso del homo sapiens, me pongo a leer un libro y enciendo un cigarro").
Se compró un auto Mini-Minor color rojo, y con él algunos de nosotros dimos varios roles. La foto que acompaña este texto es de aquel entonces, ha de haber sido tomada cerca de Vignola, a finales d invierno.
En sus dos primeros exámenes sacó 30 puntos de calificación sobre 30 posibles. Con la modestia que lo caracterizaba, se autonombró Carabina 30-30. Carreto se lo cambió a Rabadilla 30-30 y luego le quitamos, mañosos, los treintas, para dejar su apodo en Rabadilla. La verdad es que el paso por Módena volvió sraffiano a lo que era un marxista bastante dogmático.

Nos dijo que su hijo iba a visitarlo, y que pensaba rentar por un mes un chalecito en una playa de España, cerca de Valencia. A varios nos pidió prestado, con la promesa de que nos acogería allí si pensábamos visitarlo. Y cada uno le prestó cien dólares. Yo llegué pasada la mitad de ese mes, dispuesto a echarme unos días de relax, y resultó que el cabrón ya se había ido. Por cosas del destino, me encontré a Mársico en Alicante, cuando iba hacia el chalet inexistente. Allí decidimos irnos a Marruecos. Una experiencia con claroscuros que le debo indirectamente a Alfonso, quien era tan trácala que se transó hasta a Otello Bizzini. Y transarse a un mediatore de Piazza Grande son palabras mayores, pero Alfonso era un terrone messicano troppo simpatico (palabras de Otello; efectivamente Alfonso era guerrerense).

Al año siguiente, Vadillo decidió que mejor se iba al Instituto Gramsci, en Roma. Rentó un microdepartamento en el Trastevere y allí recalé más de una vez. Estaba en una planta baja y tenía un poster gigantesco de Gramsci, que se veía desde la calle; casi una gigantografía. Siempre fue muy buen anfitrión en mis visitas, y -un poco en contra de mis pretensiones de seriedad- más de una vez me obligó a participar en sus juegos ligadores de mentiras. Él era Alfonso Pemex, el gran heredero del petróleo y yo era hijo de Marlon Brando con una mexicana, en un affaire que tuvo el gran actor cuando vino a filmar Viva Zapata!  Con las chavas se quejaba amargamente de que el gobierno le pagaba a su familia sólo 300 dólares al año por el uso de las pirámides en las que estaban enterrados sus antepasados. En otra ocasión, dijo que había llegado a Italia como premio al mejor de vendedor de plantillas para los pies, porque hizo un contratote con el sindicato de carteros.
Pero su ligue más duradero en Roma fue Pildorita, una mexicana simpática y tan fresa que hablaba italiano con acento de Jardines del Pedregal.

De regreso a México y a la Facultad de Economía, Vadillo aprovechó para poner un restaurante italiano en Coyoacán que haría historia: Los Geranios. Llegó a decirse que la izquierda chilanga se movía en un círculo en cuyo centro estaba el restaurante de Alfonso. Las veces que fuimos, nos dio descuento en la comida y nos disparó el primer vino. Y apantallaba a muchos al manejar una auténtica cinquecento.
A mi regreso de Sinaloa, gracias a él pude publicar unas críticas de cine en la revista Crítica Política y, por sus relaciones con el editor Martín Casillas, el opúsculo El FMI y su Relación con México que, con todo y que se ofertaba hasta en el súper, ha de haber vendido muy mal. Y él fue quien me recomendó para ser socio de uno de los primeros videoclubes de México: Tiempos Modernos.
En esos años, Vadillo publicó un libro de critica literaria y cultural bastante denso, cuyo título se me escapa. Mucho tiempo después se dedicó a coordinar libros sobre economía.
Como profesor universitario, el consenso entre sus alumnos era que Vadillo era un tipo que sabía mucho, pero que -además de ser muy exigente- era muy difícil de seguir. Por eso, a veces se quedaba con tan pocos estudiantes que le cancelaban el grupo. Ante esta situación, Alfonso asumía una posición cínica: "Soy el Profe 11-26, porque los días 10 y 25 hay demasiada cola para ir a cobrar el cheque". 

Luego que dejé la Facultad lo vi poco. Cuando nos reuníamos, sobre todo a instancias de Carreto, o cuando llegaba de visita -cada vez menos- algún amigo de Italia, Alfonso seguía siendo un tipo simpático y hablador. Así lo recuerdo, aun de grande. 
Hace poco más de un año, Carreto nos comentó que Vadillo tenía cáncer pulmonar. En Roma, en la primavera de 2023, nuestro amigo mutuo Claudio Francia me dijo que Alfonso le había comentado que estaba siguiendo un tratamiento alternativo que le había resultado bien. Le dio sobrevida, pero no toda.

Adiós, Rabadilla, Carabina 30-30, Scopatore Folle, Alfonso Pemex, Profe 11-26. Que te sea leve el viaje.

Y vuelvo a mirar la foto donde estoy con él, recargados ambos en el Mini-Minor. Alguna vez nuestros rostros se distinguían nítidamente. Ahora es una foto borrosa. Así pasa el tiempo. Así pasan las vidas.

jueves, octubre 27, 2022

BIopics: El suplemento UNAM-Congreso

 

En mayo de 1990 se llevó a cabo un congreso universitario en la UNAM. Ese congreso vino años después del movimiento del CEU y como consecuencia del mismo. Hubo un larguísimo proceso para organizarlo, con discusiones bizantinas acerca de la composición de la comisión organizadora y toda la cosa. Tenía la importancia de que la comunidad universitaria, representada de manera casi paritaria, iba a discutir democráticamente sobre las debilidades y fortalezas de la UNAM y tal vez, se pensó, podría sacarla de su marasmo, a falta de una reforma académica de fondo.

Desde fuera (porque yo ya prácticamente estaba fuera, aunque diera un par de clases en Economía), se veía como algo que no tendría más consecuencias que la existencia misma del congreso, que hablaba de una universidad menos polarizada que cuando el movimiento del CEU., una universidad abiertamente dialongante. Los universitarios iban a agitar la eterna placa de Petri y, si llegaban a algún lado, este sería bastante etéreo.

Pero para El Nacional renovado de Pepe Carreño, esa era una buena oportunidad para entrar a un mercado que le había sido vedado, así que armamos una estrategia mixta: por un lado, informativa; por el otro de distribución.

Toco primero el tema de la distribución. Los puestos dentro del campus de CU estaban dominados por un miembro de la Unión de Voceadores apodado El Tortas. Casualmente, el hijo del Tortas jugaba en el mismo equipo de Pumitas de mi hijo Raymundo. La oferta que le hicimos fue subir de 200 a mil el número de ejemplares de El Nacional a distribuir en el campus, y él no le tenía que dar comisión al expendio por los 800 de diferencia, que le pasaríamos debajo del agua. La mayor parte de esos 800 se distribuirían en las sedes de las once mesas de discusión que había en el congreso, antes de la plenaria.

El tema informativo pasaba por la creación de un suplemento especial, UNAM-Congreso, que coordinaría yo, y que tendría que tener un estilo fresco, para nada acartonado, para dar cuenta a los universitarios de que El Nacional era ya totalmente una cosa diferente que la que dictaban sus prejuicios (no tan injustificados, dada la historia del diario).

Para ello, armé un equipo casi totalmente ajeno a la estructura del diario. Además del reportero de la fuente universitaria (de nombre Octavio Raziel, y que tenía el pésimo gusto de llamarme “Paquirri”) y de su eficaz asistente, la cobertura de las mesas correspondió, por una parte, a varios de los muchachos del suplemento Post900 que habían mostrado muy buenas aptitudes: Julián Andrade, Néstor Ojeda, el Trosko Arturo Ramos. Por la otra, a estudiantes conocidos de economía, de los que recuerdo a Penélope Juliá y Mauricio López Velázquez. Alguno más, como Ciro Murayama, contribuyó con algún artículo de opinión y, encima, tuvimos varias cartas a la redacción. En la diagramación y diseño me traje a Arturo Parra, Parreishon, que había mostrado sus capacidades en la sección Ciudad.

El suplemento resultó bastante lúdico y fue muy exitoso. En el primer número, pusimos fotos y perfiles cotorros de varios estudiantes delegados, de la extrema izquierda, con el título “Los ultras que usted quería conocer”. Pusimos, durante todo el congreso, pies de fotos juguetones. Y el día anterior a la clausura, fotos de las delegadas más guapas (que salieron horribles, con el CMYK desfasado, porque los de fotomecánica eran malhechotes a más no poder: las bellezas tenían dos ojos en cyan y dos en magenta). Eso no obstó para que El Nacional tuviera la más completa cobertura informativa del congreso, entre todos los diarios del país. Se volvió lectura obligada.

Por supuesto, no nos salvamos de algunas críticas. En el día que se publicó el número 1 del suplemento, me llamó indignado Gilberto Guevara, porque no estaba tomando el congreso con la seriedad que ameritaba, le estaba dando protagonismo indebido a los ultras, me estaba fijando más en las personas que en las tesis de discusión, y un largo etcétera en el que, en realidad, me decía que iba yo exactamente por el camino que quería recorrer. El otro tipo de crítica vino del departamento de comunicación social de la UNAM: querían que diéramos más peso a las versiones de Rectoría (y aliados); amablemente nos solicitaban ser más institucionales y gubernamentales, porque -no lo decían abiertamente- al fin y al cabo éramos el periódico oficial (pero no: nuestra pretensión era ser un diario de Estado, no de gobierno).  

En resumen, me divertí mucho haciendo UNAM-Congreso, apoyado por Pepe Carreño y por un equipo joven e inteligente. Visto con la lupa del tiempo, creo que el director quedó bastante complacido con el resultado y que fue algo que ayudó a que tuviera más confianza en mis capacidades periodísticas.

Por lo que respecta a la distribución, ya después del congreso El Nacional vendía más ejemplares en CU. El Tortas intentó mantener la parte de la distribución debajo del agua del expendio, con 400 ejemplares extra, pero lo cacharon, lo regañaron y lo amenazaron. Con trabajos logramos que la Unión de Voceadores aceptara que él distribuyera 200 más, sobre la cuota pre-congreso, y ellos llevándose la parte gorda de la comisión.  

viernes, mayo 20, 2022

Biopics: La caída del bloque soviético (y sus viudas)

 

La caída, uno a uno, de los países del bloque soviético fue, en su momento, un golpe para muchos simpatizantes de la izquierda. En mi caso, lo fue mucho menos porque desde años atrás estaba en una ruta que me alejaba, no sólo del “socialismo realmente existente”, sino también del marxismo como eje de pensamiento.

Lo que es seguro es que no preveía yo una unificación tan rápida de las dos Alemanias. En un convivio con miembros de la embajada de la República Federal, un funcionario había comentado, como de paso, que habría reunificación al año siguiente. Corría septiembre de 1989. A mí me pareció una conclusión apresurada. En realidad, faltaban menos de dos meses para que cayera el muro, y el hombre tenía razón.

Vivir esos momentos desde el periódico era una gozada, por la velocidad con que corrían las noticias y su valor informativo, desde aquel picnic en la frontera de Austria y Hungría hasta el fusilamiento de Ceaucescu. Pero recuerdo que en esos días había varios compañeros que se comportaban como la viuda que todavía le hace la sopa al marido fallecido. Vivieron, al menos por un rato, el fin del muro como si fuera el fin del mundo. Todavía no asimilaban lo evidente: que la población de las naciones satélites vivía su desvinculación de la URSS y del socialismo “real” como una liberación que no sólo era política: también era social y, sobre todo, vital.

Estos compañeros criticaban, sí, los excesos autoritarios que permeaban la vida de aquellos países, pero en el fondo los tenían como referencia, dentro del mundo bipolar en el que vivíamos hasta entonces. Y precisamente lo que veían eran excesos, no la existencia de un sistema intrínsecamente perverso.

De esa época son algunas de las primeras pláticas que tuve con Taide, cuando empezamos a convivir. Ella tenía la frescura de no haber militado en ninguna organización socialista y de haber leído textos marxistas como parte del currículum escolar, no con la devoción con que los devoramos muchos de la generación anterior a ella.

Una cosa que se quedó de esas conversaciones fue que ella dijo que había mucha crueldad en la idea de hacer que la historia avanzara sin miramientos. Que había un enorme desprecio a las vidas individuales de las personas. Y que, si quienes habían seguido de manera dogmática el ideal comunista no hacían cuentas con ese desprecio y esa crueldad, no serían capaces de superar el trauma, ni de convertirse en buenas personas, porque en realidad no lo habían sido, aunque sus ideales fueran buenos y pensaran en una humanidad mejor.

El caso es que la mayoría de mis compañeros y amigos habían asociado la lucha por el socialismo con la lucha por la democracia, así que ni les resultó tan difícil entender el hartazgo social que llevó al fin de aquel sistema, ni hacerse cargo de que las contrahechuras del sistema comunista eran insalvables. Algunos de ellos no tuvieron siquiera una pizca de nostalgia (que, confieso, yo sí he llegado a tener cuando suena La Internacional).

El proceso que siguieron no fue lineal ni generalizado -a varios nos gusta citar a Trotsky fuera de contexto y decir que su desarrollo fue “desigual y combinado-. Pocos meses más tarde me invitaron a firmar un desplegado crítico-petitorio respecto a la Revolución Cubana. En sus primeros párrafos tenía un elogio inmerecido a los supuestos logros revolucionarios, para luego irse al tema, con una posición que de seguro molestaría a la nomenklatura de la isla. Me negué, con el argumento de que los dulcecitos innecesarios del principio desmerecían el resto del contenido. Percibí que había un cierto miedo a la ruptura de verdad.

Había, por otra parte, otros militantes de izquierda para los que la vía democrática era tan solo una coartada para alcanzar el poder. Ellos no se hicieron cargo de los errores de fondo que ellos compartían con los regímenes caídos y pasaron de la negación al duelo y de nuevo a la negación. Siguieron oficiando en una iglesia derrumbada. Y allí siguen, haciendo daño.


miércoles, marzo 23, 2022

Modernidad, modelo para armar (1989)

 


En noviembre de 1989, cuando apenas caía el Muro de Berlín (y todavía no se desencadenaba el desmembramiento del bloque socialista y la URSS) entró a imprenta El Libro del Año 1990, el primero de varios anuarios que se publicarían a iniciativa de José Carreño Carlón. Lo coordinó Raúl Trejo. Además de la revisión de las noticias que habían corrido en los últimos 12 meses, había varios textos sobre temas diversos. Entre los autores recuerdo, además de Carreño Carlón, a Rolando Cordera, José Woldenberg, Fernando Calzada, Enrique González Tiburcio, Paulino Sabugal, Leonor Ludlow, María Rosas, Carlos Martínez Assad, Marcio Valenzuela, y hay otros que se me olvidan.

El texto que yo escribí, que intentaba conectar algunas preocupaciones, parece algo optimista tres décadas después. Pero da una idea de las preocupaciones de aquel entonces. Creo que también da idea del momento que pasaba en mi vida personal. Helo aquí: 


Modernidad, modelo para armar.

 

I: El Progreso

-El mundo avanza que es una barbaridad

Hasta hace pocos años, la modernidad y el progreso iban de la mano, parecían enamorados. Lo moderno se entendía como acumulación social de gadgets (elaborados, por supuesto, con nuevos materiales sintéticos), plétora de construcciones (el cemento embellecía a México, rezaba una publicidad hace treinta años), consumación de sueños de riqueza en los que la humanidad se alejaba de su despreciado pasado campesino.

Ladrillo moderno versus adobe antiguo; leche industrializada versus seno materno; la mentalidad del progreso colonizado prescribía derrumbar árboles y palmeras para logra siquiera una sombra de parecido con un Los Ángeles de quimera.

Durante un largo tiempo, parte importante de la oferta política nacional se cifraba en la idea del progreso. El país crecía, se urbanizaba, hacía valedera la promesa revolucionaria de movilidad social y se preparaba para administrar la abundancia. El progreso era visto como un incansable tren que, en vía recta, transporta a la humanidad hacia el futuro luminoso; y se nos enseñó que los gobiernos emanados de la Revolución Mexicana eran los conductores, los que habían logrado sacar al país del marasmo del ancién regime y (re)colocarlo en la historia. La acumulación de todo lo acumulable pavimentaría el dorado camino del mañana.

Pero el progreso no estaba exento de pesadillas, y para muestra basta un botón. La ciudad del futuro resultó ser muy diferente de la que nos pronosticaba el Tesoro de la Juventud: la contaminación, las distancias inhumanas, la violencia, la ruptura de la vida de barrio no estaban previstas en el guion. La riqueza a la vuelta de la esquina se tornó en un listado infinito de carencias que el crecimiento económico no pudo resolver y de contradicciones que se agigantaron. El progreso agrandó lo antiguo (y aún peor, lo hipertrofió); su camino nos llevó al punto de partida, al lugar que quisimos dejar. Neza y Chimalhuacán se convirtieron en sinónimos de progreso. Todo era una barbaridad.


II. Una ilusión bisecular

-       En México sólo existen dos partidos: el del progreso y el del retroceso: José María Luis Mora   

Puede decirse que los siglos XIX y XX han estado volcados hacia el progreso, bajo una lógica de tiempo lineal. Sus marcas sucesivas han sido la industrialización, la consolidación de los Estados-nación, el agudizarse de las contradicciones de clase, las pugnas nacionalistas, el gran debate ideológico comunismo versus capitalismo, el fin de la era colonial, la formación de bloques económico-sociales en un mundo varias veces bipolar. Ha sido un avance hacia la sociedad de masas, en el que la humanidad se ha abierto paso pisando cadáveres (los de las guerras, las revoluciones, los “homicidios blancos” de trabajadores desgastados por las condiciones de trabajo, los provocados por el desastre ecológico).

En ese mundo nos criamos, y adoptamos posiciones que consideramos correctas en un mundo claramente dividido. Durante mucho tiempo esta división (y, en el fondo, la creencia en el carácter lineal del progreso) propició una verdadera epidemia de doblepensamiento orwelliano, que permite el mantenimiento simultáneo de dos premisas claramente contrapuestas como verdades irrefutables: “solo hay socialismo cuando hay auténtica democracia” – “en la URSS no hay democracia” – “en la URSS hay socialismo”; “las democracias respetan los derechos humanos”- “en Corea del Sur no se respetan los derechos humanos” – “en Corea del Sur hay democracia”. Con buena fe, como muchos luchadores sociales, o con cinismo, como muchos políticos de las grandes potencias, se pueden hacer malabarismos exquisitos para poder representar lo bueno, lo positivo, el partido del progreso.

De repente, las clavas y las pelotas se le empezaron a caer a mucha gente: el malabarismo se hacía más difícil, las certidumbres crujían, los paradigmas, las iglesias laicas se venían abajo. El peso de las víctimas -directas o indirectas- de todos los dogmatismos aplastaba cada vez más las conciencias.

Y cuando se caen las iglesias ¿qué se hace? La socorrida práctica de ir creando capillitas que se derrumban como castillos de naipes parece una salida falsa.

 

III. Modernidad = tolerancia

Hubo sociedades que llegaron tarde al siglo XIX, otras más se atrasaron para llegar al siglo XX; si el cambo de milenio prefigura el fin de la ilusión bisecular, hay que admitir que casi todos vamos con el reloj un tanto atrasado. Es cierto, ya es lugar común hablar de la interdependencia, del fin de los antiguos nacionalismos y del Estado tutelar, pero demasiado a menudo esto se confunde con el pragmatismo del doblepensador clásico, que no hace sino aprovecharse de las circunstancias.

Hay que tener cuidado, entonces, con quienes -desde una posición ideológica precisa- pregonan el fin de las ideologías. Eso a mí me suena a engaño: las ciencias sociales no han avanzado todavía al grado de merecer plenamente el apelativo de científicas. Lo que nos pasa es que hay quienes, sin dejar de pensar en las viejas dicotomías, interpretan la crisis del progreso (“as ye grow, so shall ye weep”) como confirmación de hipótesis clasistas.

Identificar al mercado, a la privatización, al fin del igualitarismo y a la tasa de ganancia con modernidad y eficiencia es un truco publicitario de la más vieja usanzas. Desgraciadamente, en ese truco caen quienes, queriendo combatir los intereses de las clases dominantes, apuestan al mantenimiento de estructuras mentales que están siendo barridas por la realidad.

Si llegamos, como nación, tarde al progreso, es natural que lleguemos tarde a la modernidad. Y nos sucede una extraña paradoja: más que modernos, hay modernizadores.

Esto implica la necesidad de quemar etapas, pero con dificultades adicionales y, sin duda, con riesgos mayores. Por ejemplo, será imposible competir sana y profundamente con los países de la Cuenca del Pacífico si la mayor parte de los escolares mexicanos están mal nutridos, reciben su educación en locales inadecuados, de parte de maestros mal pagados e insuficientemente preparados. En tales condiciones, toda desregulación necesita pinzas.

Acceder a la modernidad es también acceder a la diversidad y a la pluralidad. Si caemos en el garlito que privilegia exclusivamente el mercado, si apuramos demasiado la quema de etapas, tendremos costos que se revertirán drásticamente (pregúntenle, si no, al fantasma del Sha, cuya caída a manos de Jomeini fue prevista cincuenta años antes por Antonio Gramsci). Como dice Lucio Dalla, refiriéndose a la llegada al 2000: “lo importante no es llegar en fila, sino cada quien de manera distinta”. La modernidad no es el fin de las ideologías, sino la aceptación de que no se las puede liquidar y hay que aprender a convivir con todas ellas, guardando cada quien la propia. Y haciendo proselitismo, ¿por qué no?

Atacar a la intolerancia no es tarea fácil. Implica trabajar con el interior de las personas, y superar reticencias, autocensuras y complacencias. Implica entender que no hay verdades absolutas y que la vanguardia no es monopolio de nadie. Implica, sobre todo, entender que la vanguardia debe hacer un esfuerzo por no modernizar a fuerzas, por ser efectivamente moderna, en vez de pretendidamente modernizadora.

 

IV. ¿Es soft lo moderno?   

Si la humanidad se aleja con gozo colectivo y dolor personal de un mundo hecho a grandes pinceladas en blanco y negro, para vivir el reino de los matices, ¿quiere decir que se acabaron las grandes emociones, los valores definitorios, la realidad dura, para dar lugar a espacios controlados, preponderancia del relativismo, realidad blanda? ¿Nos envía la caída de muros y dogmas a un mundo desprovisto de pasión, de apasionados y pasionarias? ¿Perdemos o ganamos en ello?

Hay, en los países desarrollados, indicios de este tipo de enfrentamiento social. A esos indicios se les ha otorgado un denominador común; postmodernismo, que corresponde, grosso modo, a una palabra anglosajona: coolness. Vivir menos intensamente para morir menos., dosificar lo inevitable. Es el mismo proceso que va de los cigarros sin filtro a los ultralights, del ajenjo a la Diet-Cola, de la revolución romántica (y represión sexual) a la sublimación del onanismo, pasando por la revolución sexual (y represión romántica), de la filosofía de la praxis a la filosofía del video. Vástagos de las sociedades avanzadas se reconocen como pollos de granja, se solazan en la incubadora y asumen los límites estrechos de su mundo; otros más emprenden la huida, llevándose a cuestas -como una sombra- el aprendizaje adquirido por tantos años.

En México, y en otras naciones con similar grado de desarrollo, el mundo soft se asoma, con tonos pastel, en la televisión, en los anuncios espectaculares que dan forma última a las urbes, en el comportamiento de algunos grupos juveniles de clases pudientes. Pero no traspasa el umbral, seguimos viviendo en el Imperio del Truene, revueltos y apasionados, pásame tu pedo, a ver si te lo resuelvo.

Sucede que, aunque no queramos, aunque las ideologías que mamamos durante décadas estén sucumbiendo ante el principio de la realidad, aunque el viejo progreso y las viejas certidumbres están feneciendo, México es un país en transición. Nos dirigimos hacia una democracia auténtica, hacia una sociedad participativa, hacia nuevas formas de respeto y de solidaridad, hacia el cosmopolitismo. Pero todavía no estamos allí. Nuestra heterogeneidad cultural y nuestra desigualdad económica son extremas, no permiten el fácil tránsito sin proyectos mayores, sin tensiones ni fuertes contradicciones. La materia de la vida sigue y seguirá siendo dura (algo que tarde o temprano se entenderá aun en los países ricos bombardeados por imágenes soft). Siempre es más auténtico vivir con intensidad, aunque nos embista la bestia cotidiana de la muerte.

Ventajas de la transición, de no ser (todavía) postmodernos (y quién sabe si modernos).

 

viernes, enero 14, 2022

Biopics: El Nacional, de standard a tabloide

1989 estaba por terminar. En Pumitas, los Panteras donde jugaba Rayo se habían convertido en un equipo de respeto. Camilo había abandonado el futbol y, mientras jugaba su hermano, se entretenía coleccionando ramitas y hojas de diferentes formas, que me mostraba, orgulloso. En el mundo, iban cayendo como fichas de dominó diferentes regímenes satélites de la Unión Soviética. Por mi parte, había dejado la casa de Mapes y me pasé a uno de los departamentos que rentaba mi mamá, el número 2 de Lerma 343. Por fin se había ido un inquilino moroso, un tal Adalberto Ramones, quien todavía era un desconocido. Dejó el departamento mucho muy sucio, con la jardinera convertida en un cenicero, en el que había montones de anillas de latas de cerveza.


Entonces fue cuando a Pepe Carreño decidió echarle todos los kilos para un proyecto que acariciaba desde meses atrás: convertir a El Nacional en un tabloide.

Aquel Nacional en el primer año que trabajé ahí era un periódico de formato standard. Grande, ancho, para desplegar frente al escritorio y leer pausadamente, colocando a veces los folios sobre las rodillas, en busca del pase de página. Tan grande que, en tiempos del anterior director su gancho era un póster diario. Era, para entonces, un formato viejo. Los lectores eran más dinámicos, con menos tiempo y con necesidad de una lectura más cómoda.

Quien hizo el nuevo diseño fue Luis Almeida. La idea era, en realidad, hacer varios tabloides: uno por sección y otro para el suplemento del día. Todos eran, por supuesto, en múltiplos de ocho páginas y daban, sin contar el suplemento, un total de 104: un montononón. Contemporáneamente, se firmó un nuevo contrato colectivo con la dirigencia sindical, también nueva, en el que se establecía la obligación de hacer esas 104 páginas. Resultó una trampa, y sobre ello abundaré más tarde.

En esos días había que hacer dos periódicos completos, uno en el formato tradicional y otro en el tabloide. Y a mí me tocaba estar un poco en todo. Desde revisar tiempos y factura de las ediciones, hasta subir al último piso, en noches de vacas flacas, que suelen ser muchas a fin de año, a tratar de conseguir algo por el byflyx, que era un aparato capaz de tomar fotos de un video de la televisión satelital. Y ahí nos tienes, buscando canales de noticias, para sacar una imagen pixeleada del “Estado Mayor” de la oposición rumana a la dictadura de Ceaucescu.

Eran jornadas largas e intensas, que solían acabar para mí a eso de las tres de la mañana. Y Pepe Carreño estaba en todo, dando instrucciones, proponiendo ideas y también actuando de Grinch. Una vez Fernando Cabral se escapó un par de horas para ir con su familia a la cercana Alameda, a que los niños vieran a los Reyes Magos. En ese rato tuvo la mala suerte de que Pepe lo buscó y no lo encontró. A su regreso, lo recibe con cara de pocos amigos.

-¿Dónde estabas? 

-En la Alameda, fui un ratito con la familia -titubeó Cabral.

-Ay sí, la Familia Kodak -y Pepe hace con las manos una mueca de sonrisa.

El caso es que el 2 de enero de 1990 El Nacional salió con su nuevo formato, mucho más amigable. Y nosotros quedamos muy satisfechos con el trabajo realizado.


Una de esas noches de mucho trabajo, la del 20 de diciembre, llegué yo a casa a media madrugada. Y me encontré con una sorpresa gratísima. Allí estaba Taide, a quien yo le había dado una copia de las llaves del departamento. Empezaba algo que duraría toda la vida.

jueves, diciembre 09, 2021

Biopics: La ruptura

En los primeros meses tras la separación, Camilo era muy diáfano en sus sentimientos. 
Una tarde en casa de Eduardo Mapes, me preguntó:
 -Papá, ¿cuándo va a regresar a su casa el tío Eguardo
Evidentemente, suponía (o eso le habían dicho) que cuando Eduardo regresara a su casa, yo regresaría con ellos. Le tuve que decir que eso no tenía qué ver, y que yo no iba a volver. 
Raymundo, en cambio, se hacía el fuerte. Le decía a su hermano: “lo de la separación es muy fácil: antes teníamos una casa, ahora vamos a tener dos”. Pero también le dolía el asunto, y eso no era sano. Por eso, en la Fería del Libro Infantil, le compré un librito titulado Digo lo que Siento

En esas fechas quedamos que sería yo quien llevaría a los niños la semana que nos tocaba en el tiempo compartido de Acapulco. La recuerdo como muy divertida. Una anécdota es que Raymundo anduvo moliendo todo el tiempo, preguntando cómo era que tenían sexo los homosexuales. 
 -Estás muy chiquito para saberlo. 
Pero siguió muele y muele. Cuando por fin se lo expliqué, exclamó: 
-¡Tenías razón, estoy muy chiquito para saberlo! 
En el aeropuerto, cuando esperábamos el avión de regreso, me encontré con un cuate que había estado en el Comité Nacional del MAP, Antonio Simón. Estuvimos platicando un buen rato (por fin platicar con un adulto después de una semana de hacerlo sólo con mis hijos pequeños). A las pocas semanas, Antonio fue asesinado en Pátzcuaro. 

La ruptura definitiva vino una mañana en la que yo estaba con Taide en casa de Mapes. Habíamos desayunado en Los Pinos (Taide encabezaba a su generación de Economía, y Salinas les había ofrecido un convivio) y Patricia llamó, con un pretexto. Le dije que estaba ocupado, pero igual fue al departamento de Eduardo. Como no la dejé entrar, se enojó mucho y lanzó insultos y amenazas diversas (algunas de las cuales se esforzó posteriormente en cumplir). Yo tuve que darle explicaciones a una Taide muy sacada de onda y, luego de despedirnos, fui a hablar con Patricia. Le dije que estaba sinceramente enamorado y que la separación era definitiva. 
Ella respondió sugiriendo que Taide no estaba conmigo por amor, sino buscando alguna otra cosa. Estaba rotundamente equivocada. Esa respuesta también me dijo que Patricia suponía que yo no era capaz de concitar amor del bueno. 
Al día siguiente cayó el Muro de Berlín. Literalmente.

miércoles, abril 14, 2021

Biopics: La prueba piloto de la encuesta de educación

Al iniciar el ciclo escolar 1989-90 enviamos de Datavox a nuestros muchachos a la prueba piloto de la encuesta nacional de educación. Eran 20 estudiantes escogidos y entrenados por Pepe Zamarripa, la mayoría de los cuales había trabajado en las encuestas electorales del año anterior. Chuy Pérez Cota ya había hecho la muestra correspondiente, basada en el número de grupos escolares (no de estudiantes), paralela a la muestra para la encuesta nacional, realizada con el mismo método. A los que iban lejos: Tijuana, Mérida, Campeche, Chiapas, Sinaloa, los mandamos en avión. A los demás, en camión (y cada que paso por Polotitlán, Edomex, me acuerdo, arrepentido, del pobre chavo al que enviamos allá con viáticos para el Estado de México, cuando esa población está pasando Hidalgo y en la frontera con Querétaro). Tenían la misión de levantar una encuesta y hacer dos pruebas de conocimientos: la encuesta, entre la población adulta; las pruebas, que armaron los profes contratados por Zamarripa y a las que le metieron mano los asesores de Gilberto Guevara, entre estudiantes de primaria y secundaria de las escuelas que les habíamos asignado.

Las experiencias que contaron a su regreso fueron de lo más variadas. El entrevistador que fue a Veracruz acabó haciéndose amigo de los profesores, que lo invitaron a montar a caballo en los alrededores del pueblo; el que fue a Guadalajara se encontró con que la escuela escogida para la secundaria estaba dentro del reclusorio juvenil; el que fue a Michoacán se encontró con que ese día los profesores se fueron a huelga y de todos modos se las arregló para que los estudiantes hicieran el examen en la plaza adjunta.

Los resultados fueron también muy interesantes y, en lo esencial, se confirmarían en la encuesta nacional.

Las opiniones sobre educación de parte la población general, nos decían, primero, que la profesión de maestro todavía era apreciada, pero menos de lo que -suponíamos- había sido tiempo atrás. Estaban ya muy por debajo del concepto de “médico” o “licenciado”, pero bien arriba de los de “sacerdote” o “militar”. Había una relación directa entre la importancia que se le daba a la educación y la escolaridad de la persona: a mayor escolaridad, lo educativo tenía mayor prestigio. Notablemente, las personas con estudios decían que la educación ayudaba a ser felices, mientras que quienes tenían poca o ninguna escolaridad, no relacionaban la educación con la felicidad.

Un dato que recuerdo me impresionó fue que, en esa encuesta piloto, un tercio de los adultos mexicanos era de madre analfabeta (recordemos, primero, que se trataba de adultos, lo que incluía a los mayores y, después, que hay una correlación inversa entre escolaridad de las mujeres y su número de hijos: no es que un tercio de las mujeres de la generación anterior fueran analfabetas).

En lo referente a las pruebas para estudiantes, lo más relevante es que encontramos enormes diferencias entre escolares que supuestamente estaban en el mismo grado de estudios. Había tres escuelas con resultados muy buenos: una en Lomas Verdes, otra en la colonia Irrigación de la Ciudad de México y una más en Tijuana. Pero había algunas que eran un auténtico desastre: las de Guerrero, la primaria de Chiapas, las secundarias de Aguaruto, Sinaloa y Seyba Playa, Campeche. Los niños de sexto de primaria de esas escuelas eran prácticamente analfabetas y los jóvenes de tercero de secundaria, unos burrazos, Y no era su culpa.

Una cosa que me hizo pensar fue la existencia de algunos exámenes de excelencia en escuelas que quedaban muy por debajo de la media. Recuerdo uno en la primaria de Armería, en Colima, que supongo de una niña, por el tipo de caligrafía, que estaba, tranquilamente, entre las diez mejores de aquella prueba piloto. Imaginé, no sin pesimismo, cuáles serían las oportunidades que tendría en la vida esa mente abierta y ordenada. Y así como ella, otras en Chiapas o Michoacán.

Un dato que me llamó la atención (pero más sobre mis prejuicios acerca del país) fue que la escuela que resultó estar exactamente en la media nacional fue precisamente la del reformatorio en Guadalajara, que la de Nezahualcóyotl estaba muy arriba del promedio y que el mayor desastre educativo estaba en el sur-sureste del país. Había una correlación entre el grado de urbanización de las localidades y el resultado de los exámenes, pero -salvo la deshonrosa excepción de Aguaruto- cualquier comunidad del norte y noroeste se defendía mejor en aprovechamiento que el promedio del resto del país.

Ya más adentrados en el análisis, se percibían desde la prueba piloto, algunas cosas: los estudiantes no tenían ni idea de la nueva gramática (probablemente porque tampoco la tenían los profesores); en matemáticas la capacidad para hacer operaciones y cálculos no se traducía en la resolución de problemas (sí sabían sacar el 20% de 800, pero no sabían cuanto costaba una bici de precio original de $800, pero con 20% de descuento); y en historia sabían de hechos concretos, pero eran incapaces de relacionar unos con otros: el pasado era un mazacote del que niños y jóvenes no sabían que había sido antes y qué después: mucho menos, las consecuencias de un hecho sobre otro.

De los resultados de la prueba piloto se aprovecharían Guevara y sus asesores para hacer, a la hora de la encuesta nacional, unos exámenes que evidenciaran más las carencias educativas del país.

viernes, febrero 26, 2021

Biopics: Una comida con Salinas de Gortari

Una tarde llegó el presidente Carlos Salinas de Gortari a comer a las instalaciones de El Nacional, con el pretexto de ver la remodelación que había hecho Pepe Carreño a las oficinas y parte de la redacción, pero en realidad a departir y hacer migas con el equipo que hacía el periódico.

A la comida hemos de haber asistido una veintena de personas. De ella recuerdo sólo unas cuantas cosas. En primer lugar, que Salinas estuvo amable y articulado, y que realmente nos escuchaba como interlocutores. Era el primer año de su sexenio.

Una cosa que me llamó la atención aquella vez, fue que percibí en Salinas de Gortari una preocupación muy viva acerca de su legitimidad. Incluso pidió, de una manera tangencial y sin usar explícitamente la palabra, sugerencias para poder consolidarla. Creo que no le dimos ni una que fuera útil.

A mí me tenía ubicado por las encuestas que publiqué en Punto y La Jornada, que eran las únicas mexicanas que daban ventaja a Cuauhtémoc Cárdenas en el Distrito Federal. Lo sé porque me preguntó a qué atribuía yo que la victoria de Cuauhtémoc en la capital resultara mucho mayor que lo que indicaban las encuestas, incluida la mía (de hecho, todos fallamos, sólo que los otros por más). Salinas tenía la hipótesis de que los asesinatos de Francisco Xavier Ovando, cercano colaborador de Cárdenas, y de su secretario, Román Gil, ocurridos cuatro días antes de las elecciones, habían tenido qué ver con su propio desplome electoral.

Le respondí que no pensaba que esos crímenes hubieran influido mucho, porque no es que la población hubiera estado tan informada.

Hizo un gesto de extrañeza, con el que me dio la impresión de que en verdad creía que eso había sido un acto decisivo (y que, por tanto, pensaba que el asesinato de los cardenistas era parte de un complot), y me preguntó:

-¿Entonces?

-Hay tres elementos -le dije-: en primer lugar, la tendencia respecto a las semanas anteriores era clara: usted iba a la baja y Cárdenas, al alza; luego me parece que el acto final de campaña fue contraproducente, usted sabe (me refería a los acarreados) y finalmente, en las colonias marginales, los encuestados no respondieron con la verdad.

Salinas hizo una mueca un tanto incrédula:

-Me está diciendo que mintieron.

-Pues en mi encuesta usted perdía fuerte en las colonias populares, pero ganaba en las muy marginadas. Mi hipótesis es que una parte de esa gente dijo que iba a votar por usted y se quedó en su casa.

El presidente Salinas medio asintió, y de inmediato cambió el tema de la conversación.

miércoles, febrero 10, 2021

Biopics: La separación

 

En aquel verano de 1989 Patricia y yo decidimos separarnos. Ya no nos aguantábamos. Pero había una diferencia importante: Patricia pensaba que la separación sería temporal y que yo regresaría con la cola entre las patas, y yo, si bien no estaba totalmente seguro conscientemente, sabía en el fondo de mi corazón que la separación sería definitiva.

Mi amigo Eduardo Mapes me ofreció su departamento en la colonia Roma. Él había ido a cuidar a su madre a Satélite, pero desgraciadamente contrajo tifoidea, lo que lo postró y lo mantuvo allí por unos meses. Una tarde, la del 15 de agosto, hice mis maletas, me llevé la compu, me despedí de Patricia y de los niños y recalé en ese departamento en la calle de Tepic. Los niños irían la siguiente semana a un campamento de verano de futbol: el del Pata Bendita, que le había gustado mucho a Rayo y que sería la primera vez para Camilo.

En realidad, con la vida ajetreada y los mil trabajos, estaba yo poco en casa de Mapes.  Dormí en la segunda recámara y cociné muy poco. A veces comía en un restorancito japonés cerca de ahí, donde eran meticulosa, obsesivamente limpios; otras, en una fonda que tenía la buena característica de darte la opción de una copita de vermouth en vez de postre, pero normalmente lo hacía cerca del periódico. Solía llegar extenuado a eso de la una de la mañana y ponerme a jugar Pengo, el videojuego, o a leer (a Bertrand Russell y a Cesare Pavese, recuerdo).

Una noche fui a visitar a mi amigo Fallo Cordera, para conversar con él sobre mi circunstancia. Le platiqué acerca de Taide y lo bien que me sentía con ella. Fallo escuchó con atención y, entre otras cosas, luego me dijo: “Escúchate, Pancho. Escucha cómo dices que te sientes a toda madre con ella. Escucha ese énfasis: A Toda Madre. No es un a toda madre así normal: es un  A Toda Madre. Eso debería decírtelo todo”.  

Llegaron los niños del campamento y me tocaban los sábados, que era mi único día libre. Un día, al recogerlos, Patricia me pidió que si por favor no le traía yo algo de mi perfume Armani que había comprado en Italia, porque una amiga suya lo quería clonar -a mí los perfumes me suelen durar años, porque los uso poco-. Se me hizo raro. Al frasquito con perfume le eché un poquito de brandy, nada más por juguetón. A la semana siguiente, me lo devolvió y entonces me cayó el veinte: había llevado ese perfume adulterado a que le hicieran un amarre mágico. De regreso a casa de Mapes, metí el frasco en una bolsita y lo estrellé en el bajopuente de Viaducto Río Becerra.

A veces, si tenía tiempo, en el camino de la UNAM al periódico recogía a Camilo del kínder y lo llevaba a su casa. Así estaba con él aunque sea un ratito más. Una de esas ocasiones me encontré que estaban de visita los que todavía eran mis suegros. Doña Nettie me preguntó si me iba a quedar a comer y le dije que no, que iba a trabajar. Se me hizo raro. Al sábado siguiente, fui por los niños para ir a Pumitas y dar el rol y, de regreso, que me agarran los suegros y me preguntan si me había separado de Patricia. Les dije que llevábamos varias semanas. Resulta que ella les había dicho que yo salía tempranísimo a trabajar y llegaba de madrugada, y que por eso no me habían visto.

La cosa iba a estar más difícil de lo que yo imaginaba.   

 

 

viernes, diciembre 11, 2020

Biopics: La encuesta de los franceses

 

En el verano del 89 me cayó otro trabajo de encuestas. Fue una propuesta de Josyanne, una francesa quien había sido roomie de Mi René y la Pastusa cuando vivían en la Condesa y les puse el sobrenombre de los Osos de Amsterdam.

La idea de Josyanne era realizar una investigación acerca de las condiciones de vida de los franceses que vivían ilegalmente en México y había convencido a la embajada de que le financiara una encuesta en la que se vieran también las diferencias con respecto a los residentes legales.

Era evidente, por el tema, que quienes hicieran el trabajo de campo tuvieran que ser ciudadanos franceses. Lo que me tocaba era hacer la muestra, cosa que no es sencilla si no tienes una base de datos de la cual sacarla, y ni siquiera tienes idea del tamaño del universo muestral. Una característica de quienes residen ilegalmente en un país es que no se dejan ver fácilmente (aunque, claro, no es lo mismo un francés en México que un salvadoreño en Estados Unidos, un magrebí en España o un camerunés en Francia), así que había que tener creatividad para intentar tener una buena muestra.

Mi premisa, pensando un poco en cómo se mueven los mexicanos en EU, fue que había dos círculos separados: el de los franceses registrados y el de los que no lo estaban, pero que necesariamente tendría que haber algunos vasos comunicantes. Había que trabajar en la lógica de que esa comunidad era un conjunto de clusters diferenciados, pero con puntos de contacto.

Lo que hice fue, primero, hacer una muestra aleatoria de los franceses que residían legalmente en el país, que proporcionó el consulado; luego de esa muestra los entrevistadores -cuatro chavos franceses amigos de Josyanne- preguntarían al entrevistado si conocía algún francés de cuyo estatus migratorio no estuviera seguro. De esa lista, cotejada contra la oficial, saldría otra muestra, que se peinaba de manera más apretada. A éstos, a su vez, les preguntábamos si conocían a otros, y se generaba una tercera muestra, peinada casi a ras, y así sucesivamente (digamos que de los registrados entrevistábamos a uno de cada 25, de los no registrados, a uno de cada 10 y de la siguiente vuelta, 1 de cada 5). Era un método de bola de nieve.

Los franceses son muy serios y vino una señora de París, con quien tuvimos una charla amena en un café, para cerciorarse de que Datavox era una empresa registrada y escuchar la explicación del método, como parte del protocolo para dar el visto bueno. Por su parte, Chuy Pérez Cota le hizo a Josyanne un programa para bajar los resultados y hacer los cálculos con base en su cuestionario, y luego los contactos fueron escasos, porque nosotros nos comprometimos a no tener acceso a los resultados.

De las pláticas con Josyanne, resultó que el método resultó bastante efectivo. A la muestra original le salieron varios pequeños chipotes de franceses que habían venido de turistas, se habían quedado a vivir en México y no habían regularizado su situación. Cada uno de esos chipotes tenía a su vez otro chipotito menor, o varios. Como ella y sus amigos hicieron casi todo el trabajo, se quedaron con casi todo el dinero. A mí me quedó el gusto de saber que el método de la bola de nieve funcionaba.

El asunto, por cierto, viene a cuento en tiempos de pandemia por coronavirus, porque el método se parece a los que varios países han usado para la detección de contagios, a través de la cadena de contactos de quienes dan positivo en las pruebas. El de los clusters es un tema que da para mucho en estadística, y también en comprensión del comportamiento humano.

miércoles, julio 22, 2020

Biopics: el curandero de Yobaín

A mediados de 1989, Patricia me dijo que tenía síntomas de artritis. Yo no sabía si estaba somatizando los problemas, ya severos, que teníamos como pareja, o si se trataba de un problema real. Pero la verdad es que ella estaba muy preocupada, y de peor humor que de costumbre.

Platicando su problema con una prima, la Ñeca, ella le dijo que se había curado de un problema severo de codo de tenista con un curandero que atendía en un pueblo de Yucatán, llamado Yobaín. Según la descripción de la prima, el hombre hacía verdaderos milagros.

Cuando me propuso que todos fuéramos a Yobaín, acepté sin dudarlo. Tanto ella como yo nos íbamos a quitar un chango de encima, sobre todo si el problema no era estrictamente de artritis.

Así que, terminado el ciclo escolar, organizamos un viaje de casi una semana a Yucatán. Allí nos enteramos que el curandero, conocido como “el Sobador de Yobaín”, trabajaba sólo de noche y que agendaba sus citas a partir de las 3 o 4 de la mañana. Rentamos un vocho y, a la medianoche, salimos de Mérida con nada más que esperanzas. Cuando llegamos a Yobaín, fue fácil ver dónde atendía el sobador, porque había ya una cola larguísima enfrente de una de las casitas del lugar. Estacioné en una esquina, Patricia se bajó a hacer cola y yo me quedé cuidando a los niños, que habían viajado con nosotros y estaban en el séptimo sueño.

Desde el auto, veía que la cola avanzaba muy lentamente. Ya nos habían advertido que al amanecer el hombre dejaba de recibir pacientes potenciales. A eso de las 6 de la mañana por fin entró Patricia. Fue la penúltima y tuvo que rogar. Obtuvo una cita para la medianoche de dos días después.

La noche de la cita, Patricia prefirió tomar un taxi que la llevara hasta el pueblo. Ha de haber estado con el curandero, según me dijo, menos de media hora. Pero el hombre, le movió las manos, le acomodó los huesos y le sobó las articulaciones con una maestría tal, que al final de la sesión quedó relajada y sintió que le desaparecían el dolor y la sensación de rigidez. Se sentía verdaderamente aliviada. Y, por lo que sé, nunca tuvo ese problema en décadas.

Por mi parte, sentí que se me había quitado un gran peso de encima.

El huesero de Yobaín -por internet me enteré que se llamaba Enrique Sierra Erosa- fue una leyenda viviente. De él se cuentan curaciones asombrosas. Tal vez entre ellas no esté la de Patricia, pero de que tenía manos mágicas y capacidad de convencimiento, no me cabe duda.