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viernes, julio 24, 2026

La Odisea y los malos anfitriones

 

La Odisea es una de las obras seminales de la literatura occidental. Es un relato que ha sido vuelto a contar innumerables veces, y de muy distintas maneras. Afortunadamente, ha vuelto a ponerse de moda por la espectacular película dirigida por Christopher Nolan, estrenada recientemente. Vale la pena tomar el tema, y usar la adaptación cinematográfica como pretexto para hacer algunas reflexiones más actuales.

La película de Nolan cumple con creces el propósito de presentar una epopeya visual y emocionalmente envolvente, con muchos aspectos a analizar y debatir. Como toda adaptación, lleva consigo una visión particular, personal, de la obra original, lo que nos recuerda -a su vez- que todo libro, o filme, es obra de su autor sólo en parte, y la otra parte corresponde a la manera en la que el lector o el espectador lo procesan.

Cuando leí La Odisea (una versión en prosa, hace muchos años), se me grabaron fijamente varios de sus episodios en la memoria, pero otros fueron al olvido. Como buen latinoamericano, ya se sabe que lo hacemos todo en desorden, la leí antes que La Ilíada, con lo que me perdí de la posibilidad de hilar bien las dos historias. Que la película sí sea capaz de hacerlo habla de un buen ejercicio de comprensión histórica del poema.

Pero Nolan hace una versión muy propia, se salta alguna de las aventuras relatadas por Homero, fusiona otras, cuenta los episodios en desorden e incluye un final que no es el del libro (spoiler: en el poema, Telémaco no es rey de Ítaca sino hasta después de la muerte de Odiseo). Me parece que lo hace con un propósito definido, que quién sabe si los espectadores serán capaces de captar: enviar mensajes sobre el mundo actual.

Por ejemplo, se salta el paso de la tripulación por la Isla de los Lotófagos, que es donde los compañeros son invitados a comer flores de loto y, al consumirlas, olvidan su patria, su familia y sus deseos de regresar; se olvidarán hasta de sí mismos. Odiseo los obliga a regresar al barco. A cambio del dolor del viaje, mantendrán la esperanza en el futuro.

En el filme, Calipso alimenta al naufrago Odiseo con flores de loto, y luego lentamente permite que le regrese la memoria y cuente su odisea (así es como los espectadores la van conociendo). En el poema, en cambio, Odiseo nunca comió de esas flores y, por lo tanto, jamás olvida; Calipso le ofrece su amor y la inmortalidad, a cambio de que no regrese, pero los dioses la obligan a renunciar al amado y construirle una balsa. Odiseo es aparentemente feliz, pero la memoria y la nostalgia lo torturan: su sino es regresar. En el filme, Calipso decide por su cuenta.

Hay varias escenas particularmente logradas en la película. Una, visual y sonoramente, es el paso por la Isla de las Sirenas. Otra, la transformación de los marineros en cerdos que hace una hechicera Circe entendida en clave neofeminista. Otra, visual y emocionalmente impecable, es la visita de Odiseo al inframundo, que le ayuda a comprender muchas cosas: las que el director (no el poeta) quiere que entienda.

La película cumple con el cometido esencial del relato: el largo periplo del héroe que regresa a casa, pero regresa cambiado, porque lo sucedido en el viaje lo ha transformado. Odiseo ya no es Odiseo e Ítaca ya no es Ítaca. Es un camino en el que ha aprendido lecciones y regresa con una sabiduría duramente aprendida. Pero el filme hace hincapié en un aspecto en el que, al menos en mi lectura juvenil, yo no había reparado: el concepto antiguo de xenía, el contrato de hospitalidad entre anfitriones y viajeros, según el cual los primeros tienen la obligación de dar hospitalidad y protección a los segundos; y éstos, de no abusar de la generosidad del anfitrión y devolver el favor, si fuera el caso (es lo que en el filme llaman “la ley de Zeus”).

Ese es un punto central de La Odisea de Nolan. Cumplir con las leyes de la hospitalidad es un elemento nodal de la civilización griega (es decir, de la madre de la civilización occidental). Quien las desafía puede terminar pagando muy caro -como el cíclope, como los pretendientes-, pero, sobre todo, quien ya no se rige por ellas termina convertido en un bárbaro, en todo aquello a lo que teme una sociedad civilizada. La xenía es la que hace la diferencia entre una horda de salvajes y una colectividad que pretende la paz social.

La reflexión de Nolan, en boca de Odiseo (pero no de Homero, que yo sepa) es que la Guerra de Troya, con su crueldad, sus mentiras y sus trampas, convirtió a los civilizados griegos en salvajes. Eso, a pesar de que la guerra misma nació de una violación a la ley de los anfitriones (Paris que enamora y secuestra a Helena). Al romper la xenía, con el engaño del Caballo de Troya, con tal de ganar la guerra, los griegos se despojaron a sí mismos de su estatus civilizado. Sigue que todos los pueblos dejan de lado las leyes que permiten la convivencia humana. Al haber destruido la seguridad de los troyanos distorsionando las leyes de la hospitalidad, Odiseo pierde el derecho a llegar fácilmente a su hogar. Los dioses lo castigan con ese viaje terrible. Eso lo comprende sólo al final, al llegar al lugar de donde salió.

Uno no puede sino pensar en los ecos políticos que eso tiene en la actualidad. En Trump, por ejemplo. Un líder xenófobo, belicoso, nacionalista y más poderoso de lo que quisiéramos admitir. Un ejemplo de lo contrario a la xenía, pero no el único. O pensar en la ola de rechazo a los migrantes, o de repudio a los de otra tribu política, ideológica, nacional o religiosa: un mal social que abarca medio planeta, y que no se calma ni en los momentos de júbilo colectivo. Sirva como advertencia: pensando en que se vale de todo para “ganar”, nos estamos despojando de nuestra esencia civilizada. Eso vale para toda actividad humana. Vivimos una crisis de convivencia. Me parece -es mi lectura personal, al fin y al cabo- que Nolan nos envió un mensaje al respecto, basado en un texto de hace casi tres milenios.


lunes, diciembre 08, 2025

Orientarse en un mar de dudas




Mientras leía el libro Mar de Dudas (Grano de Sal, 2025), de Carlos Bravo Regidor, me acordé de un espectáculo que presentó el italiano Giorgio Gaber hace casi medio siglo. Entre otros personajes, Karl Marx se le aparece a Gaber en un sueño, y le hace ver al protagonista que la necesidad de encontrar puntos fijos de dónde agarrarse es nociva. “¡Eso no es marxista!”, le responde Gaber. Marx ya no tiene la cámara fotográfica del siglo XIX, ahora filma la realidad, saca conclusiones y se va, sin revelar sus conclusiones. Al final del sketch, Gaber reflexiona: “A lo mejor, en unos diez años uno se levanta en la mañana y, sin saberlo, se encuentra en verdad sin burguesía, sin clases, sin patrones… pero más en la mierda que antes”. 


No han pasado diez, sino cincuenta años, las viejas certidumbres hace rato que desaparecieron y uno puede sentirse como en la reflexión de Gaber. No hay puntos fijos de los cuales agarrarse y el futuro se presenta nublado, a veces amenazador. Navegar la realidad en esas condiciones es difícil, porque no se divisan estrellas para utilizar el astrolabio. Pero es necesario, porque el tiempo sigue pasando y la realidad no deja de cambiar. Esa navegación es la que intenta Bravo Regidor a través de 14 entrevistas con distintos autores que analizan o comentan algunos de los más complejos problemas que vive la humanidad en estos tiempos. El propósito, empezar a esbozar un mapa que nos permita hacerlo. 

Ninguna de las entrevistas es improvisada, para todas Bravo Regidor se preparó acuciosamente. Y el orden en el que son presentadas en el libro también parece bien estudiado. Todas tienen su interés, pero, como era de suponerse, hay algunas que son excepcionales, algunas son inquietantemente provocadoras (la de Margaret MacMillan) y no falta aquella en la que la persona entrevistada demuestra sus límites y la miopía de su visión (Rebecca Solnit). No por sesgo de formación, sino porque considero que los cambios económicos tienen un papel determinante en la vida presente y futura de las sociedades, me hubiera gustado leer más entrevistas sobre ese tema (la de Branko Milanovic es muy buena, pero el tema económico da para mucho más). Paso a comentar las que me parecieron más interesantes. Otro tema que faltó para completar el mapa es el estado de la educación y su futuro. 

Daniel Innerarity, además de subrayar el fin de las certezas, hace reflexiones sobre la necesidad de gestionar nuestra “ignorancia irreductible” ante este mundo cada vez más complejo, y advierte de los peligros de caer bajo formas de dominio más sutiles de las que conocíamos, como el algoritmo de Google, porque, aunque podamos manejar la digitalización, o tengamos instrumentos financieros poderosos, no somos capaces de gestionarlos o de conocer su impacto en varias áreas de la vida. Innerarity lanza una advertencia en contra de quienes pretenden simplificar las cosas, ya sea reivindicando el pasado o afirmando que representan el avance mientras los otros son el retroceso, porque esa lógica no es compatible con la complejidad del mundo actual. No sirve para seguir adelante (y sin embargo, es la que ha ganado terreno en las últimas décadas).

Innerarity planta una semilla de duda, que irá creciendo en otras entrevistas: el cambio en la definición de la élite, que ahora ya no sólo económica o de poder; también es la del mundo del conocimiento. Los científicos, los cultos, los “sabihondos”, vistos como parte de quienes imponen sus puntos de vista y su lógica a las mayorías, que se resisten a ello.

Nadia Urbinati abunda en sus tesis sobre el populismo, como distorsionador y parásito de la democracia. La gran pregunta es cuándo el populismo deja de serlo y cruza la frontera de no retorno hacia la dictadura. La respuesta de Urbinati es la Constitución, porque el populismo en el poder lo que busca es cambiarla, y hacer que una mayoría circunstancial se haga definitiva. En la Constitución está el punto nodal.

Los populistas, dice Urbinati, “no pueden volverse un gobierno ordinario sin correr el riesgo de ser vistos como parte del stablishment”. De ahí que vivan en campaña permanente, y que usen al Estado para mantener unida a su coalición, “y eso crea corrupción, incompetencia, dificultades económicas, etc.” ¿Qué hacer ante eso? Hacer que sobreviva la disposición democrática y jugar el papel de Pepe Grillo con Pinocho: sembrar y sembrar semillas de conciencia en la opinión pública.

Sobre el qué hacer ante la erosión democrática, la politóloga colombiana Laura Gamboa, da algunas claves, algunas estrellas que aparecen en el cielo encapotado. En vez de centrarse en los regímenes, lo hace en las oposiciones. Estudia por qué las oposiciones fallaron en detener las pulsiones autoritarias en Venezuela y Turquía, mientras que pudieron revertirlas en Colombia y Polonia. Es algo que no tiene mucho qué ver con la fortaleza de instituciones y constituciones previas, y sí con las estrategias.

La conclusión de Gamboa es que las estrategias extrainstitucionales con objetivos radicales terminan siendo contraproducentes, que las estrategias con objetivos moderados contribuyen a salvaguardar el régimen democrático, que los contrapesos de todo tipo son importantes, que ganar tiempo es fundamental (porque el populismo necesita mantener una careta democrática) y que se requieren políticos profesionales que hayan sobrevivido a la caída de los partidos tradicionales. 

La de Iván Krastev era la única entrevista que yo había leído con anterioridad. En el contexto del libro resulta más rica, entre otras cosas porque las muchas preguntas que se hace tienen mejor contexto tras leer las otras entrevistas. Tocaré cuatro puntos. Uno es la idea, a contrapelo de Hobsbawn, de que en realidad vivimos apenas el fin del Siglo XX largo, precisamente porque está empezando algo muy distinto. Otro es la importancia de las protestas, más allá de las elecciones, porque son las que meten los temas a la palestra. Un tercero es que lo que hoy predice la adscripción geopolítica de un Estado no es su comercio, sino con quién comparte los datos. Finalmente, que “el ‘fin de la historia’ convirtió el tiempo en espacio” (o viceversa): emigrar para llegar al “futuro” y votar por la derecha populista para regresar al pasado.

El libro da para pensar y para imaginar. Deja muchísimas más inquietudes. Reseño solamente algunas. Una es que, cuando la pandemia, varios dijimos “esto va a cambiar muchas cosas” y luego medio nos acomodamos sin ahondar lo suficiente. El hecho es que sí las cambió, y lo sigue haciendo. Otra, recordarnos  que quienes se sienten “perdedores” no confían en las instituciones, y que esa sensación (sentirse ganador o perdedor) suele cambiar en el tiempo. Una más, que la indignación no tiene color político. Finalmente, que el pasado no regresa y hay que mirar hacia adelante. Sigue la travesía. 


lunes, octubre 06, 2025

El Hombre del Sombrero de Fieltro



Hay novelas diferentes. Una de ellas es El Hombre del Sombrero de Fieltro, de Taide Velázquez (Igneos Ediciones, 2025). Al mismo tiempo de que se trata de un relato escrito de manera sencilla, amena y fácil de leer, y de que toca una historia original -la de un hombre que se convierte, por un camino insólito, en el mandamás de una colonia popular de la Ciudad de México-, tiene la virtud de tener muchas capas superpuestas, de abarcar distintos géneros de novela.

Es una novela picaresca, aunque no contada en primera persona. Chano, el personaje principal, es un sobreviviente, un tahúr con una moral propia, que se las arregla, no siempre limpiamente, para ir ascendiendo en la escala social.

Es una novela histórica, porque da cuenta de la contradictoria evolución de México desde tiempos prerrevolucionarios hasta la crisis económica de los años ochenta. Los personajes no son figuras, sino ciudadanos de a pie, que ven a la Historia pasar sobre ellos (o tratan de aprovecharse de ella).

Y no son solamente personas, porque un personaje principal es el barrio, originalmente pensado para gente pudiente, pero que por azares del destino nace como colonia popular, pasa por un proceso de urbanización física y cultural, y termina convertido en un campo de batalla entre distintas concepciones de la vida urbana, que hacen crisis en medio de la falta de oportunidades.

Por la novela pasan las costumbres del porfirismo, la Feria de San Marcos, una pulquería, un fantasmal “oficial obregonista”, la vida de los braceros, un salón de apuestas, vecindades populares en su difícil tránsito entre la tradición y la modernidad, notarios, burócratas, políticos oportunistas, hasta llegar a las bandas punk. La historia pasa y tiene distintos rostros.

Es, asimismo, una saga familiar. Es la historia de la relación entre un patriarca atrabiliario, su mujer y sus hijos, que se rebelan, cada uno a su manera, pero nunca terminan de zafarse totalmente del legado patriarcal. Se ha comentado que una de las características de El Hombre del Sombrero de Fieltro es la reivindicación del papel de las mujeres en su lucha por la dignidad y el respeto, en una sociedad machista, clasista y en la que predomina la doble moral. Es, por lo tanto, una historia de resistencia. Ese es uno de los hilos conductores de la parte central de la novela.

También es, a su manera, una novela psicológica. Son pocos, y menores, los personajes planos. De muchos de ellos, en cambio, entendemos razones y traumas, a veces mostrados en reflexiones internas y, en otras ocasiones percibidos a través de actitudes y detalles aparentemente menores.

Los contextos sociales culturalmente impuestos, que obligan a las personas a integrarse de una cierta manera, también forman parte de esta construcción de la psicología de los personajes. Hay una mirada profunda para acercarnos a su comprensión.

Para completar, también tiene elementos de novela negra y de novela satírica. No faltan las mentiras y traiciones, y hay distintos episodios de violencia, individual y colectiva, con tramas un tanto retorcidas; también hay otros que hacen burla de las situaciones sociales y de clase, en donde se desliza sutilmente la crítica política.

El lenguaje de Taide Velázquez tiene dos características que lo hacen particularmente disfrutable. Una es el buen oído para el habla popular. Sin exageraciones ni estereotipos, los distintos personajes se expresan de acuerdo con su origen y su época. Eso hace que los diálogos, no siempre en el español literariamente más correcto, se escuchen como naturales. La otra es un particular sentido del humor, que puede caer en los momentos más inesperados. Hay una enorme cantidad de momentos graciosos en una novela que es dramática, en lo fundamental. El resultado es que la lectura es entretenida y se va como agua.

El Hombre del Sombrero de Fieltro es, en fin, un mural de una parte de la historia de México, esa que no aparece en la Historia Patria, pero con la que se forjan -y a veces se deshacen- familias, comunidades, valores y cultura social. Un relato que exorciza una historia familiar y, al mismo tiempo, nos hace asomarnos a un pasado colectivo. Una novela diferente. Una lectura recomendable.


viernes, abril 18, 2025

Mi Vargas Llosa personal

Ahora que murió Mario Vargas Llosa, un grande de las letras hispánicas, dan ganas de revisar su obra, que fue muy influyente, al menos para mi generación. Escritor prolífico, de prosa cuidada y lenguaje rico, fue también uno de los innovadores en el estilo de sus novelas y relatos.

Me tocó la suerte de que empezó a publicar pocos años antes de que yo empezara a leer literatura en serio y en serie, lo que significa que seguí su carrera literaria más o menos al tiempo que iba publicando. A continuación, porque disto de ser un crítico literario, va mi experiencia personal con los textos de Vargas Llosa.   

La primera novela de Vargas Llosa que leí, por recomendación de mi amigo Hermann, fue La Ciudad y los Perros, una crítica profunda a las instituciones educativas verticales, que distorsionan los valores y en vez de formar, deforman. Ahí claramente me identifiqué con El Poeta y odié a El Jaguar, el eterno bully. Me gustó tanto que, pocos años después, le regalé una versión traducida a mi amigo inglés Ben.

En el IFAL me enteré que Vargas Llosa había ganado, años atrás, un premio francés por un libro de cuentos: Los Jefes. Recuerdo que todos los relatos eran buenos, pero sólo recuerdo con claridad uno de ellos: “El Desafío”, que es una desesperante competencia de natación entre dos jóvenes borrachos y machistas del barrio de Miraflores, que por fortuna no termina en tragedia.

En la prepa se puso de moda leer la noveleta Los Cachorros. Habrá quien diga que fue por el fulbito (la cascarita de futbol), habrá quien diga que fue por el manejo novedoso de la puntuación, pero yo creo que interesó por el delirio adolescente de castración. Muy bien escrita, sí, pero a mí, la verdad, me dio ñáñaras (o cringe, como se dice ahora).

Poco antes de entrar a la universidad leí La Casa Verde, el primer intento de Vargas Llosa por hacer gran literatura. Me pareció fascinante, no sólo por las historias entretejidas como rompecabezas, sino por la capacidad del autor para describir tierras, personajes y sensaciones. Uno saca la mirada del libro, reabre los ojos, y ahí están: el prostíbulo, el Amazonas, el trafique.

Inmediatamente después, leí Historia Secreta de una Novela, donde Vargas Llosa explica el proceso de creación de La Casa Verde. De esa lectura recuerdo tres cosas: el concepto de novela-río, la idea de que el autor vomitaba en la obra las cosas dolorosas de la vida que no podía digerir y que tuvo pesadillas con uno de sus personajes, el criminal Fushía, dueño y esclavo del río-mar.

Por esas fechas, Vargas Llosa vino a México y asistí a una conferencia que dio en La Casa del Libro, de Avenida Universidad. No recuerdo nada de lo que dijo, pero sí que llevaba una camisa blanca con puntos negros, de las que se abrochaban en la entrepierna. Muy funky.

Ya en la Facultad, leí Conversación en La Catedral, la de la famosa pregunta: “¿en qué momento se jodió el Perú?”. Y, mientras uno va leyendo esa profunda condena de la dictadura militar, de la corrupción, la mentira y la represión, también se va dando cuenta de que el Perú lleva una joda eterna. Era de cuando leer a Vargas Llosa te reforzaba las convicciones revolucionarias.

La siguiente lectura fue Pantaleón y las Visitadoras, un divertimento experimental que de alguna forma jugaba como contrapunto de La Casa Verde. Dos cosas recuerdo de esa novelita: la capacidad de Vargas Llosa para nunca repetir “dijo” o cualquiera de sus sinónimos, y el calorón que daba viajar por el Amazonas en esa novela menor.

Voy a la que considero la mejor y más completa novela de Vargas Llosa: La Guerra del Fin del Mundo. Sin tantos recursos experimentales, Vargas Llosa hace que el lector penetre en un mundo alucinante, el de la secta encabezada por Antonio Conselheiro. En ese viaje a la locura, repleto de personajes deformes (física, espiritual o moralmente, a según), hay un análisis a fondo de las raíces del fanatismo, de las condiciones en las que se desarrolla y del efecto alienante que tienen ciertas personas sobre sus semejantes.

En La Historia de Mayta, Vargas Llosa hace una disección acerca de las tragedias de la izquierda latinoamericana. Mayta es un trotskista que, al final, es víctima de la incapacidad de su sociedad para dialogar, porque prefiere deshacer al adversario. Lo que, para José Revueltas, por ejemplo, es tragedia negra, para Vargas Llosa es tragicomedia. Pienso en la alucinante discusión entre apristas y comunistas, a los que uno percibe como chiquitos y atenazados, pero incapaces de ponerse de acuerdo. Camarada contra compañero. Un espejo que da pena.

Leí tarde La Tía Julia y el Escribidor, y sólo a insistencia de Taide, mi esposa. Sucede que había visto la película con Peter Falk y no me había gustado. En cambio, la novela es deliciosa. Más allá de la parte autobiográfica, el gran personaje es Pedro Camacho, el escritor boliviano de radionovelas, que las acaba fundiendo y confundiendo, sin dejar jamás su fobia a todo lo argentino (al final se sabe por qué). De las que más me han gustado de Vargas Llosa. Super divertida.

Lituma en los Andes es una buena novela sobre las diferencias culturales entre una parte y otra del Perú (y de América Latina). Ubicada en tiempos de Sendero Luminoso, estudia las reacciones de las comunidades indígenas y las dificultades para comprenderlas de quienes provienen de otras partes. Al sargento Lituma yo ya lo conocía de La Casa Verde.

Otra de las obras maestras de Vargas Llosa es La Fiesta del Chivo. Narra con gran técnica una historia política y de machismo: la caída del terrible dictador dominicano Trujillo, el efecto perverso que tuvo su gobierno sobre la sociedad de su país y, lo supimos, el hecho de que, por un tiempo, cambió todo para que no cambiara nada en lo fundamental (ese personaje sombrío de la vida real que fue Balaguer). Una novela oscura, dramática, fuerte. Imprescindible. Cuando leí el libro, me pasó, como en todos los de Vargas Llosa, que lo imaginé cinematográficamente. Ubiqué su República Dominicana en algo muy parecido a Cozumel.

Termino mi lista con Cinco Esquinas, una descripción descarnada de la perversión del fujimorismo -con los actos terroristas de Sendero Luminoso como fondo-, pero sobre todo de la indolencia moral de la clase dominante. Al final acaba uno de leer esta buena novela con una sonrisa sardónica, prueba de un mal sabor de boca. 

Como el lector podrá ver, mis lecturas de la obra de Vargas Llosa están lejos de ser completas. Mejor para mí. Eso significa que aún me quedan por leer varias novelas, algún ensayo y otros textos de este escritor extraordinario.


jueves, enero 25, 2024

¡Cámara José Agustín, ¿cómo que piraste?!?

Cuando se supo que José Agustín estaba ya muy enfermo, Héctor Orestes Aguilar escribió: “Ningún otro autor mexicano del siglo XX ganó tantos lectores para la literatura y decidió tantas vocaciones literarias como José Agustín”. Lo dijo con las palabras correctas. Soy uno de esos lectores que, deslumbrado al leer a ese chavito que escribía como nosotros hablábamos, inició con él la aventura de sumergirse en la literatura. Lo hice como buen latinoamericano: con un desorden espectacular.

Ahora José Agustín piró, y todos nos sentimos un poco huérfanos.

(Se escucha a Duke Ellington, “(In my) Solitude”). Aparece una novela adolescente, pero escrita con una pluma que no lo parece. Se encuentra uno con un estilo desenfadado, siempre fluido, moderno, coloquial, cotorro. Vivo. Hay sexo explícito, engaño, groserías, drama. Es -clic- La Tumba. ¿Esto lo escribió un chavo de 19 años? ¡Es un puto genio!

(En el tocadiscos, Roy Orbison, “Only the Lonely”). Uno teje con la guitarra; el otro, con las letras. Si hay una autobiografía escrita en primera persona, esa es la que publicó, precoz, José Agustín en 1966, dentro de una serie orquestada por Emmanuel Carballo. Fue mi primera lectura de él, así que conocí primero al personaje y luego a su obra. Ahí se presenta el chavo roquero, que tiene aventuras extrañas y entrañables como ir a Cuba a casarse (también prematuramente) y a alfabetizar, y que combina la cultura popular, música, cómics, películas, con lo que era el canon literario de entonces. Hace un chingo de name dropping.

(Tocan los Beatles “Lucy in the Sky With Diamonds” -¿o son los Biceps?-). Juegos de palabras, cotorreo onomástico, la historia de un adolescente que camina hacia la adultez, pero lo hace de una manera a ratos rabiosa y a ratos ensimismada. Un montón de cambios de ritmo, de tiempos y de espacios, juegos con la puntuación y/ José Agustín empieza con De Perfil la tarea de experimentación literaria. Ya es una suerte de rockstar.

(Ahora el soundtrack es Bob Dylan: “A Hard Rain is Gonna Fall”). Tal vez el libro que más disfruté de José Agustín, porque lo leí apenas salido de la imprenta, es Inventando que Sueño, que tenía una portada muy chida realizada por el hermano del escritor. Es una colección de cuentos que va desde un sainete cotidiano (“Amor del bueno”) hasta una suerte de thriller de terror (“Lluvia”). Hay experimentación, pero también experiencia y, de nuevo, una habilidad enormísima para reproducir, cuando quiere, el habla cotidiana. El oído de José Agustín sólo se compara con el de Rulfo y Yáñez, pero José Agustín tenía un oído urbano, moderno.

(Se oye “Venus in Furs”, de Velvet Underground). José Agustín le entra de lleno a la experimentación con una obra vanguardista, que tal vez sea teatro: Abolición de la Propiedad. Una pareja, una grabadora, una espera, un juego con el tiempo, una violencia irremediable. Interesante, pero difícil lectura.

(El turno es para John Lennon, “How do You Sleep?”). José Agustín escribe para la efímera revista Piedra Rodante, y sus reseñas son lectura obligada. Al revisar el disco y esa rola de Lennon, se responde: “Paul ha de dormir muy bien, porque así es esto de la inconsciencia”. Me quedé por toda la vida con la útil segunda mitad de la frase.

(Obviamente, Jailhouse Rock, con Pelvis) En 1970 llegaría la venganza de la momiza, agarran a José Agustín con mota y lo refunden en Lecumberri. De ahí surge su divertida obra de teatro “Círculo Vicioso”, que alguna vez vi representada en CU (el güey más loco de la cárcel se llamaba Jorge Ayala Blanco, como el crítico de cine). Y también ahí inicia la escritura de Se está haciendo tarde (Final en Laguna). José Agustín pasa a ser “gente seria”, sin serlo nunca real (y afortunadamente).

(Van las notas de “In the Court of the Crimson King”, del grupo casi ídem). Se está haciendo tarde es considerada por muchos como la obra mayor de José Agustín, harto juego de palabras, harto albur, harto yin & yang, una buena dosis de rock y una mucho mayor de drogas. Una vueltecita por el infierno acapulqueño medio siglo antes de Otis. Confieso que no le pude dar el golpe.

(Tiempo de pop-ulrí: tocan Van Morrison, Patti Smith, Iggy Pop...). Vendrían otras novelas joseagustinianas. De ellas he leído tres; todas con gusto. Ciudades Desiertas, Cerca del Fuego y Armablanca. La primera es una gran descripción crítica del mundo académico gringo, combinada con la disección de las pasiones irracionales del amor y con el macromachismo común a los personajes de José Agustín. La segunda es, quizá, su obra más madura: una historia que, con el oído privilegiado del maese, y su capacidad para reproducirlo, borda la amnesia (que en México sólo puede ser sexenal), los sueños, el miedo y el delirio (que en México siempre tiene que ver con lo absurdo). Y relata un gran juego de beisbol. La tercera es un thriller-divertimento-homenaje a José Revueltas: muy cotorra y legible, aunque en ella hasta los tiras del 68 hablan como José Agustín.

(Ahora se escucha una sinfonía de miles, es rock, blues, progresivo, tocho). Reservo el antepenúltimo párrafo para un libro-objeto muy chido: Los Grandes Discos del Rock 1951-1975. Su magia es que no son ensayos, sino José Agustín cotorreando y citando, muy subjetiva y libérrimamente, acerca del rock, sus pasiones y sus pasones.

(Suenan los Blue Meanies de la película Yellow Submarine). Algo que no se le dio al maese José Agustín fue la precisión. Eso se ve en su bookcito juvenil La Nueva Música Clásica (sobre rock, obviamente), lleno de errores hoy imperdonables y, de paso y de pasón, de su pasión por Angélica María. Ese defecto se repite en sus noventeros y tragicómicos “ensayos” políticos (como quien dice, “peor para la realidad”). Y digamos que su cine me arranca sonrisas, pero no es mi hit.

Tempus fugit. Los principales de aquellos jóvenes escritores rebeldes a quienes Margo Glantz, despectivamente, les puso el mote de “literatura de la onda” (mote que la raza lectora retomó con orgullo) han muerto. Murió Parménides, forever young, fiel a su leyenda. Murió Sáinz, en el destierro. Murió Avilés Fabila, tras desvanecerse en el sauna. Y ahora nos dejó el más grande, el más chavo de todos, el que nos dejó en el espíritu la más profunda impronta. ¡Cámara, qué mala onda!

Silencio.

miércoles, marzo 15, 2023

Izquierda y Democracia

 

Cuando José Woldenberg, en Izquierda y Democracia, habla de que existen “por lo menos” dos izquierdas, porque es evidente que hay muchas, hace hincapié en un asunto clave: la aceptación o no de la democracia, que no es otra cosa que la aceptación o no de vivir en un mundo plural.

Hay una frase clave en el libro. La que dice que “el encanto por el autoritarismo proviene de la rancia idea de que existe un sujeto (pueblo, clase obrera, partido…) que porta todas las virtudes y que quienes se le enfrentan no pueden sino perseguir objetivos innobles”.

Esa frase me recordó otra del viejo dirigente eurocomunista italiano, Enrico Berlinguer, que decía que para distinguir quiénes son iliberales, quiénes son autoritarios, simplemente había que señalar que lo son quienes ven intenciones malévolas en toda posición contraria. Por eso, él hablaba de “una democracia de la competencia, y no de la segregación”.

Berlinguer lo hacía, subrayo, en una situación en la que su partido, el Partido Comunista Italiano, era el objeto de esa segregación política: eran excluidos que se resistían a serlo, pero también se resistían a excluir a las otras organizaciones políticas y sociales.

Un problema con esa idea del sujeto único que porta las virtudes es que, a menudo, se convierte en el individuo único: el famoso paso que va de los explotados a la clase obrera; y de ahí al partido, al Comité Central, al Politburó, al líder indiscutido y temido. Círculos concéntricos que terminan depositando todo el poder en una persona.

Woldenberg aborda el asunto por varios ángulos. Uno es el desprecio por la ley, en donde, “al derecho lo convierten en papel mojado. Es para ellos no la base de nuestra convivencia, sino un estorbo para el despliegue de sus deseos”. Se entiende que los deseos son “buenos”, porque detrás de ellos está la voluntad del pueblo, que es uno, sólido, con una escala propia de valores, y casualmente ese pueblo encarnado por el líder, la persona que está en el núcleo de aquellos círculos concéntricos.

Una insistencia -otro ángulo- del libro es que el pueblo no es único, sino diverso, y que esa diversidad estriba su riqueza. Y este es un concepto antitético frente a quienes consideran que hay un solo pueblo, y que su voluntad puede ser interpretada por quien lo representa.

No se trata aquí de normar conductas y decisiones a partir de los diferentes intereses, pulsiones y necesidades que existen en la sociedad, sino de negar, de segregar, de excluir a una parte, que puede ser muy grande. Esa parte es el antipueblo, la antipatria; “sujetos espurios”, les dice Woldenberg.

Y esto, a su vez, nos lleva a la idea del “pensamiento único”, que se opone al pensamiento crítico. El concepto de que hay un solo punto de vista válido y que cualquier disenso es muestra de enfermedad social, de traición o -cuando menos- de contaminación respecto a lo que es “el verdadero sentir del pueblo”. Más problemático todavía es que “el verdadero sentir del pueblo” es el sentir de quien dice encarnarlo: un individuo muy poderoso.

Finalmente tomaré una frase que condensa esta segunda parte del libro: “La pluralidad política es un hecho social; la democracia es una construcción”.

Gran frase. La pluralidad política viene como resultado de las distintas historias individuales. Cada quien tiene un tipo de formación: un origen social y étnico, un sexo, un tipo de escolaridad, una familia que siempre será distinta de las otras, un humus cultural propio, un entorno de amigos y vecinos, una escala de valores. Por lo mismo, cada quien tiene puntos de vista diferentes sobre distintas cosas de la vida social y de la vida cotidiana. Y por supuesto, de la política.

La cuestión es saber si eso nos enriquece como personas o está mal. Si valoramos la diversidad o aspiramos a la homogeneidad. Las democracias suelen apreciar la diversidad; los gobiernos autoritarios apuestan a la homogeneidad. Los demócratas creen que la pluralidad nos fortalece a todos; los autoritarios apuestan por una ideología oficial.

Woldenberg liga esto con la fortaleza o la salud de las organizaciones de la sociedad civil (sindicatos, grupos de padres de familia, organizaciones ecologistas, vecinales o comunales, grupos feministas o LGBTI). La sociedad civil es fuente de pluralidad (y, se ha visto en diversos estudios sociológicos, fuente de bienestar material), pero es vista como un problema o peor, como una amenaza, de parte de quienes buscan la homogeneidad social.

Así, desde distintas aristas, el autor de Izquierda y Democracia nos va dibujando una realidad complicada: tenemos un gobierno que se dice de izquierda, pero que no lo es, y además su componente de izquierda es autoritario: incapaz de aceptar la riqueza plural de la sociedad, tendiente a descalificar sin argumentos a quienes no coinciden con el líder, desdeñoso del derecho, aspirante al pensamiento único y homogéneo, y despreciativo de la sociedad civil y de sus organizaciones.

Se trata de un libro que se lee rápidamente, no sólo por su tamaño, sino porque es entretenido, y Woldenberg tiene la virtud de la claridad. Es didáctico sin ser presuntuoso.

Termino con una opinión de mi cosecha: debería quedar claro que la idea de cavar más hondo las trincheras divisorias en el país sólo conviene a quienes, a cambio de fallar en la conducción del país, apuestan a la política de identidad y a la erosión de las instituciones democráticas como tablas de salvación para seguir en el poder.

El nuevo-viejo nacionalismo excluyente no se irá de manera mágica, como no se ha acabado de ir la democracia liberal. Y cuando se vaya, no dejará las cosas en un estado que permita la vuelta atrás (al otro pasado mítico, el de los liberales). Tendrán que desarrollarse nuevas formas de convivencia política. Ojalá logremos entenderlo.

 

(Texto leído en la presentación de Izquierda y Democracia, de José Woldenberg, Ediciones Cal y Arena)


miércoles, diciembre 09, 2020

Un balance temprano desde la izquierda democrática

 


El periódico progresista británico The Guardian colocó al presidente López Obrador en la lista de los populistas de derecha que recibieron un golpe político con la derrota de Trump en las elecciones de EU. El diario señala que la campaña que llevó a AMLO al poder fue con una plataforma de izquierda, pero que tiene muchas “similitudes de estilo” con el magnate derechista.

Esto viene a cuento con la aparición del libro Balance Temprano, coordinado por nuestro colaborador Ricardo Becerra y por José Woldenberg, ambos del Instituto de Estudios para la Transición Democrática, que saca algunos primeros saldos del gobierno lopezobradorista y lo hace, explícitamente, desde la perspectiva de la izquierda democrática (así reza el subtítulo).

En el libro, mesurado pero claramente crítico. Sus textos profundizan sobre temas que van de la economía a la política, de los asuntos medioambientales a los de salud, de la educación a la política migratoria, de lo laboral a lo social, del fin de la laicidad a la militarización rampante. En él escriben, entre otros, Antonio Lazcano Araujo, Premio Crónica, quien aborda el espinoso tema de la política científica, Raúl Trejo Delarbre, columnista de Crónica, quien analiza la política de (in)comunicación del gobierno.

En esta columna abordaré brevemente los textos sobre un asunto que me parece toral, el de la política económica y social, entre otras cosas, porque rompen con la idea de que estamos ante un gobierno de izquierda, en el sentido de que debería apuntar claramente al mejoramiento de las condiciones de vida de las mayorías, y no lo hace.

El título que escogió para su parte el exdirector del Coneval, Gonzalo Hernández Licona dice mucho: “Dinero en efectivo como política social”. ¿Cómo hacer para enfrentar una situación en la que el 42% de la población vive en la pobreza y casi 8% en pobreza extrema?

Hernández Licona señala que los programas que fueron desechados por el gobierno de López Obrador, a pesar de sus límites evidentes, tenían la virtud de estar bien focalizados: Prospera, el Seguro Popular y Programa de Empleos Temporales. Otros, como el programa de estancias infantiles, tenían la característica de apoyar con la oferta de un servicio y de esa forma sostener la plataforma productiva y social de las madres trabajadoras.

De lo que se trata ahora es de algo político: que a la población le quede claro quién la beneficia con un apoyo directo. Hay dinero, pero el servicio (de salud, de trabajo temporal, de guardería) no está disponible. No se trata del acceso efectivo a los derechos sociales, que disminuye.

Adicionalmente, la operación del “censo del bienestar” -con la idea de comenzar todo desde cero- ha sido realizada sin criterios claros, sin usar la información, con opacidad. El resultado previsible es que la gente más pobre y menos informada tenga menos capacidad de acceso a esos subsidios. Son programas sociales que se dicen universales pero que a final de cuentas no lo son.

Un asunto clave que señala Hernández Licona es que “si la economía no propicia las condiciones para que las familias obtengan ingresos, cada vez en mayor medida, es imposible escapar de la pobreza”. Mientras menos gente participe en la generación de la riqueza, habrá menos posibilidades de acabar con el círculo vicioso.

Y uno se queda con la impresión de que la estrategia del gobierno no es, realmente, que la gente escape de la pobreza, sino hacer dos círculos viciosos concéntricos: el de la dependencia clientelar y el de la pobreza misma.

Esto nos lleva al tema estrictamente económico, en el que quienes hacen el saldo son Rolando Cordera y Enrique Provencio. Ellos subrayan que hay un malentendido que quiere hacer una sola cosa de tres conceptos que son diferentes: políticas anticorrupción, austeridad republicana y austeridad económica. Esta última “es nociva para el desarrollo social y para la salud económica general”.

Un gobierno cuyos niveles de inversión pública están entre los más bajos de la historia contemporánea de México, que no reconoce que hay un problema de demanda que ha crecido por la crisis provocada por la pandemia y sigue sin cambiar rumbo, como si esto fuera un bache, y no algo de largo alcance, que se niega a pensar siquiera en una reforma fiscal, que no toma en cuenta la diversidad del desarrollo regional pero insiste en tener roces con los estados, que empeora la capacidad del Estado para dotar de servicios a la población, tenderá a toparse -o mejor dicho, a generar- una pérdida de bienestar y de calidad de vida.

El Producto Interno Bruto tardará años en recuperarse, sí, pero terminará por hacerlo antes que los ingresos laborales, con todo lo que eso significa en términos de desigualdad y distribución.

En estas líneas apenas he rozado algunos de los temas que trata este Balance Temprano, que pinta unos pocos avances (como el aumento a los salarios mínimos reales) y muchos retrocesos, a partir del conservadurismo fiscal, la centralización personalista del poder, los severos retrocesos en materia ecológica, el ataque a la ciencia y la oscurantista calificación política del conocimiento, el papel creciente de las Fuerzas Armadas, los embates al laicismo y un concepto del Estado que está muy alejado de la idea del bienestar social, que suele manejar la izquierda democrática. Al final de la lectura, no resulta para nada descabellado colocar a AMLO en una suerte de derecha populista.

El libro da para más. Y debería ser el primer paso para abundar en alternativas. No estaría mal, por otra parte, que hubiera balances similares al gobierno de López Obrador desde la derecha liberal y desde la izquierda radical. Se podría generar un debate nacional interesante. Y no sé, quizá, tal vez, haría que alguien, desde las posiciones cercanas al gobierno, pudiera responder con algo más que píldoras de propaganda.    

jueves, octubre 18, 2018

¿Y si Santa Anna hubiera caído del caballo?


En enero de 2016 publiqué en este blog un texto sobre las ucronías, ejercicios literarios de ficción que reescriben la historia, especulando a partir de algunos hechos que la habrían cambiado. Cada una de ellas es la recreación de un mundo paralelo cuyas diferencias con el actual nos deben mover a la reflexión.

En aquel texto me quejé de la notable escasez de ucronías mexicanas que atribuí a que los mexicanos, en el fondo, le tenemos demasiada reverencia a la Historia, con mayúsculas.

Casi tres años después acaba de aparecer una ucronía mexicana, la novela Si tú quieres, moriré, de Gerardo Laveaga. En ella, el autor se imagina que, en uno de sus intentos tempranos por convertirse en el hombre indispensable, cuando va camino a retomar el poder, Antonio López de Santa Anna es expulsado por su caballo, se rompe el cuello y muere. Este suceso, que encumbra como presidente a Valentín Gómez Farías, desencadenará otros, en los que quien participa como principal partera de la historia no es la violencia, sino una bella y astuta mujer, totalmente ficticia.

El quid de la novela de Laveaga es una suerte de “compromiso histórico” entre los liberales y al menos una facción de los conservadores (no de todos: a los extremistas de ambos bandos terminan pasándolos por las armas) que permite, no sin contradicciones, la desaparición de los fueros, el desarrollo educativo y la promoción de la industria y el comercio. Ese país posible que Laveaga imagina pierde Texas –no a través de una guerra-, pero es capaz de conservar el resto del territorio que Estados Unidos se llevó, es una nación respetada, que dirime de manera pacífica sus diferencias internas y que se dirige con claridad a la prosperidad. Una nación que no tuvo guerra civil ni tendría intervención francesa.

La intención de Laveaga, tal vez tardía, es trazar paralelismos entre esa etapa de la historia nacional y la actual. Recordemos que la generación que consumó la independencia de México, que es la de los personajes de la novela, se caracterizó por el oportunismo. Salvo unos cuantos convencidos –que no casualmente son los personajes centrales: el liberal Gómez Farías, el conservador Lucas Alamán, el gran reformador Francisco García Salinas– la mayoría de la clase política de entonces se la pasaba en un vaivén constante de posiciones. En medio de la disputa entre centralismo y federalismo –que en realidad era una batalla en pro y en contra de los fueros– cambiaban de posición a conveniencia, mutaban alianzas y hacían del transformismo político práctica cotidiana. Esbozaban proyectos de nación, pero por encima de ellos a menudo pasaban los proyectos personales: el poder por el poder mismo. Y luchaban encarnizadamente, de espaldas al país, por obtenerlo o mantenerse en él. Todo ello, envuelto en una gruesa capa retórica: cada caudillo se declaraba dispuesto a derramar por la patria hasta la última gota de su sangre.

Esta falta de principios que pretende sustituir con demagogia la falta de rumbo, ese boato y ese gusto por el encono han sido características, también, de la generación de la “consumación de la democracia”. La diferencia, a favor nuestro y en contra de nuestros compatriotas del siglo XIX, es la existencia de instituciones democráticas, que algunos miembros de la actual generación contribuyeron a edificar. Estas instituciones son el valladar contra el caos.

Regreso a la novela. El México pujante de mediados del siglo XIX que pinta Laveaga es posible de imaginar porque se liberaron los detonantes de su desarrollo. Si atendemos las tasas históricas de crecimiento de la economía mexicana, veremos que durante el periodo inmediatamente posterior a la independencia, fue de la mitad del promedio mundial y que a partir de las Leyes de Reforma, que liberaron tierras y capital de “manos muertas”, fue uno de los más dinámicos del mundo: 60 por ciento más que el promedio global. La eliminación de fueros es la clave.

Si analizamos los datos históricos, encontraremos que hay una correlación positiva entre estabilidad político-institucional y dinamismo de las economías (en el caso mexicano, esa estabilidad ha tendido a ser autoritaria). La democracia en México ha sido socialmente ineficaz no por democrática, sino por la incapacidad de sus principales actores para generar acuerdos duraderos, y para acabar con los nuevos fueros, el boato y los privilegios, que siguen estando en el centro de todos los problemas nacionales.


Esto es también un asunto de valores. Los que no tuvo la generación dominada por Santa Anna (y ahí está tal vez la parte utópica de la ucronía de Laveaga: suponer que los hombres de principios eran capaces de imponerse, no sólo a sus pasiones ideológicas, sino a la caterva de oportunistas que les rodeaba). Es un asunto de poner por delante la solidaridad, la justicia, la honestidad, el trabajo como formador de riqueza material y espiritual, la educación integral… No es poco.

Agrego un par de apuntes: una debilidad y una fortaleza de la novela. La debilidad es que la época que aborda Laveaga tiene la desgracia de que, a pesar de su relevancia en el devenir del país, es poco estudiada y poco conocida por la mayoría de los lectores (por ejemplo, yo no sabía de la existencia de ese personaje real que fue Francisco García Salinas) y, como la historia verdadera es a veces tan absurda, es fácil que el lector confunda lo histórico con lo ficticio. La fortaleza es que Laveaga aprovecha bien los espacios que abren las ucronías para ser juguetón. Permiten, por ejemplo, jugar con la relación entre Alexander von Humboldt y Lucas Alamán, con el futuro de Estados (Des)Unidos, con Manuel Payno escritor de ucronías distópicas y con campañas electorales inverosímiles (Juárez contra Miramón) que de repente, en esa realidad alterna, llegan a ser creíbles.

Finalmente, una especulación. ¿Qué tal el mundo en el que vivimos es el alterno, ese mundo raro en el que en Estados Unidos ganó Donald Trump y Brasil vota por un fascista? ¿Si de verdad hay otro México cuya frontera llega a San Francisco y sus historiadores debaten acerca de las presidencias de Alamán y García Salinas?
   

sábado, noviembre 12, 2016

Joe Steele y los mundos paralelos



Así como me preparé para los Juegos Olímpicos viendo las películas oficiales de varias ediciones anteriores, hice lo propio para las elecciones presidenciales de Estados Unidos leyendo algunas novelas distópicas. Entre ellas, tras los resultados, destaca Joe Steele, del maestro de la historia alternativa, Harry Turtledove.

La línea de esta ucronía parte de que la familia de Stalin emigró a Estados Unidos antes de su nacimiento. El californiano de origen georgiano es un político del Partido Demócrata. La novela empieza durante la convención que nombrará al candidato que seguramente derrotará a Herbert Hoover en las elecciones de 1932; entre los aspirantes está Steele. Un incendio devastará la casa del gobernador Franklin D. Roosevelt, y acabará con su vida. Se abre una brecha para que Steele sea candidato, y presidente. Durante toda la novela quedará la sospecha de que Steele ordenó el incendio a través de sus adláteres (y sucede que también los estalinistas Mikoyan, Schiabin y Kaganovich son americanos).

¿Quiénes son los votantes de Joe Steele? Esencialmente la clase obrera blanca golpeada por el desempleo de la Gran Depresión. El demagogo les ofrece empleo y acabar con los privilegios de Washington y Wall Street. La coalición entre los partidos Demócrata y Granjero-Laborista gana aplastantemente -a lo largo del libro, los republicanos son pintados como unos completos ineptos. Steele gobernará Estados Unidos con un puño de hierro cada vez más duro, hasta su muerte, el 6 de marzo de 1953.

La historia está contada a partir de la experiencia de dos hermanos periodistas, Charlie y Mike Sullivan, quienes vivirán destinos contrastantes. Mientras el primero se acomodará a las necesidades del poder y acabará siendo un personaje importante en la Casa Blanca, el segundo mostrará una creciente temeridad en sus notas y artículos críticos y pasará varios años en el equivalente de un Gulag en Wyoming.

¿Qué hace Joe Steele para consolidar su poder? Ya que los republicanos son unos idiotas, tiene que deshacerse de las otras facciones de su partido: a unos los coopta -es el caso del texano vicepresidente Garner-; a otros, los manda matar (como a Huey Long, el populista de Louisiana, asesinado en la vida real el mismo día que en la ucronía). Como tiene en sus manos la mayoría del Congreso, el principal obstáculo es el Poder Judicial. Con éste arma juicios muy similares a los de las purgas de Stalin: tras de que los acusados se declaran culpables y traidores, son sumariamente ejecutados. Poco a poco aparece un personaje clave en toda la trama de terror, el director del General Bureau of Intelligence, un joven llamado Edgar J. Hoover. El GBI ayudará también a hacer una limpia en las Fuerzas Armadas para que queden en ellas hombres totalmente leales a Steele.

En la economía, en vez de New Deal, hay grandes proyectos estatales de infraestructura y algo de colectivización agrícola. En ellos participan los presos, que cada vez son más por motivos políticos, son los wreckers, enemigos del Estado. Los guardias en esas estaciones de trabajo son los gebbies, es decir, los agentes del GBI. Estados Unidos vive una suerte de democracia antiliberal, porque, con el despegue económico, Joe Steele es querido por las mayorías y gana las elecciones (en las que también hay fraude para que la victoria sea más amplia).

Como la novela, más que dedicarse a la historia política, narra la vida de los periodistas -con el sabroso agregado de que hablan con la jerga de los años 30, o al menos de las películas de los años 30-, vamos viendo cómo la prudencia popular ante el puño que se cierra suele convertirse en la mejor arma de la dictadura en ciernes. Las voces críticas se van apagando paulatinamente, hasta que tienes miedo de contarle al limpiabotas un chiste sobre Steele.

En la línea de tiempo, se da la II Guerra Mundial, Estados Unidos forma parte de los aliados, pero no desarrolla la bomba atómica antes que los soviéticos -liderados por Trotsky-. Esto se debe en parte a que los científicos refugiados en EU tienen miedo de lo que pudiera hacer Joe Steele con esa arma. La guerra dura más, y Japón es conquistado conjuntamente por soviéticos y gringos: hay Japón del Norte y del Sur. Cada uno recibe su bombazo atómico, porque hay cosas que no cambian.

A la muerte de Steele, el vicepresidente Garner se quiere deshacer de la camarilla steelinista, quedándose sólo con Sullivan, pero Scriabin maniobra en el Congreso, que destituye a Garner. Quienes se aprovechan del vacío de poder son Edgar J. Hoover y su segundo de abordo (un abogado californiano de pelo ensortijado y nariz de bola, curiosamente igualito a Richard Nixon). Al final de la novela, se perfila un Estado policial que ya no tiene el disfraz de una democracia representativa.  

Además de entretenida y juguetona, la obra de Turtledove hace reflexionar que, en la coyuntura de entreguerras, y particularmente tras la Gran Depresión, nada podía garantizar que en Estados Unidos sobreviviera una democracia liberal, dada la desesperación de los trabajadores. En las elecciones del 32 tienen que elegir entre Steele y la continuidad de las políticas liberales republicanas de Hoover, que no habían logrado ser socialmente satisfactorias. Las libertades importan menos que una maldita plaza de trabajo.

Comparado con el histórico Josif Stalin, Joe Steele es ligerito. El narrador resuelve el asunto sin que se desarrolle una dictadura totalitaria, al estilo nazifascista o bolchevique, pero sí una pseudodemocracia autoritaria guiada por un hombre fuerte que apela al nacionalismo, oscila, en lo económico, entre políticas de izquierda y de derecha, deshace los contrapesos tradicionales del sistema político americano y termina por instalar un régimen policíaco. Estas son precondiciones para una dictadura en todos sentidos, como la que se vislumbra con Hoover, en el oscuro final.

Porque ¿quién nos puede asegurar que Estados Unidos está vacunado en contra de una dictadura disfrazada? ¿O en contra de una dictadura tout court?

Y quién sabe. A lo mejor éste en el que vivimos, y en el que ganó Donald Trump, es un mundo paralelo, inventado por un Turtledove del mundo real.

 

viernes, julio 24, 2015

Raúl Trejo y su alegato de medios


Mientras leía Alegato por la Deliberación Pública, de Raúl Trejo Delarbre, me percaté de que el primer libro sobre medios que publicó este investigador, titulado La Prensa Marginal, cumple 40 años. Durante estas cuatro décadas, Raúl ha publicado una gran variedad de títulos, que abordan todo tipo de problemas relacionados con el tema de la comunicación. Nada ha pasado desapercibido bajo esa lupa inteligente: ni las redes de Televisa y otras cadenas, ni el análisis de las agencias de noticias, de la legislación pertinente, de los medios públicos o el internet. En mi biblioteca ya existe un “Estante Raúl Trejo Delarbre”, que tiene la característica positiva de ser uno de los pocos en el que todos los ejemplares han sido leídos.


Felizmente, Alegato por la Deliberación Pública  es uno de los libros más completos y redondos de Trejo, porque aborda un tema central –el de la involución de la discusión de fondo en los medios- desde muy diferentes ángulos y, al hacerlo, abreva de la enorme experiencia –y, por qué no decirlo, erudición- acumulada a lo largo de estas décadas.


Se trata de un libro entretenido, a pesar del tema (y eso hay que agradecérselo a la pluma ágil de Raúl), con algunas partes provocadoras, pero sobre todo es un libro que te hace reflexionar constantemente. Que te hace ponerlo por unos segundos de lado y considerar las muchas aristas ligadas al asunto. Que te obliga a seguir pensando en los temas después de haber terminado. En ese último sentido, es de obligatoria lectura para los comunicólogos, para quienes practicamos el periodismo, para los políticos y para todo ciudadano atento y preocupado por la calidad de nuestra democracia.


Durante la lectura, estuvo siempre en mi mente la formulación ya clásica de Régis Debray (El Estado Seductor, 1993) sobre el cambio de cosmovisión: el paso de la grafosfera a la videoesfera, que le ha tocado vivir a mi generación.


Es el paso del ciudadano al telespectador, de la nación al mercado, del estrado a la pantalla, del discurso para convencer a la emisión para seducir, de la visión pedagógica a la publicitaria (del maestro a la star), de la opinión temida (los editorialistas) a la opinión medida (las encuestas), de las instituciones a las empresas. De lo político a lo infrapolítico.


Sobre esto, entre otras cosas, versa el libro de Trejo. Pero versa, sobre todo, acerca de la contaminación inevitable que ha tenido la videoesfera sobre los medios tradicionales de la grafosfera, y no hay nada más típico de ésta que los diarios impresos.


Habría que preguntarse cómo y por qué pasamos –uso las palabras del autor- de la “persuasión deliberada” al “golpe escenográfico”, del debate a la retórica, cómo y por qué la discusión pública dejó la búsqueda de la verdad para centrarse en la de la notoriedad, cómo es que los analistas se convirtieron en opinators. Me gustaría también preguntarle a Raúl, quien afirma en el libro que “desde hace décadas venimos padeciendo una lamentable declinación del debate público”, cuándo fue la Edad de Oro del debate político en México. Tengo mi hipótesis, pero quisiera escuchar su opinión.(Coincidimos en que fue de finales da los años setenta a principios de los noventa).


Evidentemente, todo el asunto tiene que ver con cambios sociales y tecnológicos. Trejo apunta un elemento interesante: la aparición del “intelectual mediático”, cuya aparición cotidiana en los medios termina por condicionar su visión y hasta sus opiniones, y que acaba proponiendo una suerte de fast food cultural, en la que lo que importa son los sound bites, un par de ideas-fuerza, las emociones y la urgencia.


No es casual, en esas circunstancias, que en la era de los opinators, lo común sea la opinión polarizada, la división maniquea entre buenos y malos (o cosas buenas o cosas malas), los “juicios instantáneos”, y no una reflexión de fondo, como pide Trejo, en una especie de Elogio por el Justo Medio. El Justo Medio ha sido desterrado. No tiene rating.


Encontramos aquí otro de los temas centrales del cambio, que a mi juicio ameritaba más espacio. La búsqueda de audiencias masivas, ligada a las necesidades comerciales de los medios, ha servido, y en mucho, para aplastar la información contextualizada y para achatar el debate.

Quien ha analizado los ratings de la televisión mexicana a menudo tiene ganas de pegarse un tiro al ver que lo más chabacano, lo más vulgar, lo de peor estofa, suele ser lo que tiene más público. ¡Sí, que pase el desgraciado!


Alguien dirá: “Pues sí, la televisión abierta llega a hogares con poca o nula escolaridad”. Pero si vemos cuáles suelen ser las notas más leídas de los periódicos, encontraremos una vocación similar: la nota roja, el escándalo de corrupción, la revelación espectacular, la opinión estridente tienden a generar muchos más lectores que un análisis sosegado y a fondo.


Ha sido la lógica estrictamente comercial la que ha llevado a los medios a la búsqueda de la espectacularidad por encima de su labor noticiosa. La que ha aprovechado que el público tiene menos cultura de la que presume para reducir el espacio de la reflexión, e incluso el de las notas informativas y aumentar el de las imágenes y los diseños llamativos.


Si esta onda era notable desde mediados de los años noventa, en este siglo, con la aparición de internet, se ha convertido en un tsunami. Y, en la desesperada búsqueda comercial, ha aparecido un nuevo dios: Google. Para tener más lectores, además de suscribirse a todas las ventanas de esta empresa, los medios tienen que trabajar sobre palabras clave, metatags y demás. Hay que subir el video del supuesto novio de Ronaldo, el del empleado de +Kota cacheteando al perrito, el del narcobloqueo o te ganan el mandado. Y no ha faltado el articulista que busca ansiosamente un título jalador para su columna, pensando en ganar con ello, a través del dios Google, unos cuantos lectores más.


Esto nos lleva, necesariamente, a uno de los temas que más acuciosamente ha analizado Raúl Trejo, y que aparece en diversas partes del libro: la compleja relación entre los medios y el poder político, expresada sobre todo a través de la publicidad oficial.


En un mundo ideal, no habría publicidad oficial. No habría, por lo tanto, esa presión o esa connivencia entre los medios y el poder político, que Trejo analiza a detalle.


En un mundo ideal, la publicidad comercial llegaría a partir de la calidad del producto, suficiente para conseguir un número importante de consumidores y de formadores de opinión. El caso es que la publicidad comercial llega sobre todo a través de centrales de medios que, si no se mueven de acuerdo con mediciones discutibles, lo hacen de acuerdo con prejuicios. Y su resultado neto es premiar la espectacularidad por encima de la noticia relevante y del análisis contextualizado. Si sólo dejáramos al mercado y sus férreas leyes la decisión sobre la vida de los medios, habría mucho menos pluralidad.


En un mundo ideal, habría espacio para que la propuesta desarrollada por Trejo –junto con Miguel Ángel Granados Chapa, hace tres décadas- de medios sin fines de lucro, cuya prioridad fueran exclusivamente los lectores, fuera una realidad.


Pero vivimos en un mundo mercantilizado. Y el principal peligro para la prensa, a mi entender, es el achatamiento, la simplificación, la vulgarización, realizados en pos de cantidades de lectores más que de calidades (o de una combinación razonable de ambas).


Paso, finalmente, a la parte del libro en la que Trejo analiza uno de los grandes temas políticos del México contemporáneo: la relación entre la clase política y los medios electrónicos masivos. Lo hace con atingencia y precisión.


En las últimas décadas pasamos de una situación en la que los grandes medios, encabezados por Televisa, eran “soldados del Presidente”, a otra en la que la clase política se volvió esclava del rating y, por lo tanto, de las empresas que lo vendían, a la actual, en la que la clase política se deshizo –a través de la reforma de 2007- de uno de los grilletes que la ataban, pero no dejó las ataduras de su cosmovisión de videosfera: prefirió los spots banalizadoresy repetitivos a la discusión de programas y proyectos. Con ello, contribuye a crear una atmósfera tan polarizada como simplona, al abatimiento del debate, a la verticalización de la información política. A la indolencia y a la consolidación de la democracia pitera, como califican los jóvenes a la de hoy, y no la consolidación de un sistema democrático pleno.


Dejaron de ser rehenes de las televisoras, pero –en una suerte de Síndrome de Estocolmo- prefirieron seguir siendo “rehenes del marketing”. Siguen creyendo en esos alquimistas del siglo XXI que, al final del juego, cobran por vender carbón como si fuera oro, o tres palitos como si fueran las astillas de la cruz de Nuestro Señor Jesucristo.


En fin, estas son sólo algunas de las muchas inquietudes que deja la lectura de Alegato por la Deliberación Pública, un libro útil, un libro que alega por una democracia de ciudadanos.  

  
(Esta es la versión completa de mi participación en la presentación del libro de Trejo, el 9 de julio de 2015).
    

miércoles, enero 07, 2015

El Capital en el Siglo XXI: algunas reflexiones




 
El fenómeno Piketty
En días recientes, hemos asistido a un fenómeno inédito en México: la presentación de un economista como si fuera una estrella de rock. Así sucedió con Thomas Piketty, el autor de El Capital en el Siglo XXI, libro cuya versión en español acaba de editar el Fondo de Cultura Económica.

¿A qué se debe el inusitado éxito de Piketty, que pasaba de la firma de libros a la televisión, a una gira relámpago por universidades, al Senado? A que trae, en la que Mencken describió como “la ciencia lúgubre” (la economía), el equivalente a nuevas de gran gozo (como dirían los bíblicos).

Me remito a un artículo mío de hace dos años y medio, agosto de 2012, en ocasión del centenario del notable economista Milton Friedman:

 “…Al cabo de pocos años, las políticas inspiradas en Friedman se fueron generalizando (él mismo fue importante asesor de Reagan), y dieron como resultado una época de crecimiento económico relativo y una brecha creciente entre los más ricos y el resto de la sociedad. También significaron un alto a la movilidad social que había caracterizado a decenas de países desde la posguerra: se ha hecho más difícil destacar viniendo desde abajo.”

“La crisis de 2008, proveniente precisamente de mercados financieros que envían señales falsas y se llevan entre las patas a la economía real, ha sido una fuerte llamada de atención al monetarismo. La demanda de activos financieros está dominada por la especulación, no por el intercambio. Las recetas de política monetaria y astringencia fiscal están dificultando la recuperación y exasperan a la población, poco dispuesta a sacrificar su nivel de vida. El paradigma friedmaniano –o, más exactamente, el de quienes aplicaron selectivamente algunos de sus puntos de vista- se encuentra, francamente, en crisis.”

“Lo que no está a la vista –o, cuando menos, yo lo desconozco- es un economista, o una escuela de pensamiento, capaz de pensar por fuera del círculo y hacer una crítica propositiva a las ideas hegemónicas, tal y como Friedman –de manera audaz- lo hizo al pseudokeynesianismo en boga, hace ya medio siglo.”
Thomas Piketty aspira a ser ese economista y a crear esa escuela. Todos quienes, por una razón u otra, hemos sido críticos de la nueva ortodoxia económica, vemos en su trabajo un camino analítico con posibilidades de enfrentar las falsas certidumbres con las que se ha alimentado el debate en la materia en las últimas décadas.

Creo, sin embargo, que es un camino que apenas empieza y que el debate será complicado; en primer lugar, porque a estas alturas las escuelas económicas suelen hablar en lenguajes distintos y en segundo, pero tal vez más importante, porque el debate estará inevitablemente preñado de cuestiones políticas.

A diferencia de los nuevos ortodoxos, Piketty abreva de las raíces de la economía política y se hace las preguntas relevantes que se hicieron Malthus, Ricardo y Marx: las que tienen que ver con la producción y la distribución, mucho más de las que tienen que ver con el funcionamiento, presuntamente automático, de los mercados (por no hablar de la teoría de juegos).

También a diferencia de ellos, Piketty no se engaña sobre el carácter de la economía como una ciencia social. Está mucho más emparentada con la historia y la sociología que con la ingeniería o la física. Sus “leyes de hierro” son, si acaso, tautologías. Tiene muchas variables medibles, pero aún su medición es una construcción social, influenciada por el momento histórico (como lo muestra cuando explica que hasta el siglo XIX la obsesión era medir la riqueza acumulada, el acervo, y desde el siglo XX ha sido medir los ingresos anuales, el flujo).

Finalmente, el autor francés muy a propósito no descarga en el libro una tonelada de complejas fórmulas matemáticas, sino unas cuantas igualdades bastante comprensibles para los legos. Trabaja con un cúmulo impresionante de datos, procesados exhaustivamente, pero prefiere manejarse en cantidades aproximadas, en grandes números. Todo esto sirve para deshacerse del fetiche matemático que ha dominado, de unas décadas a la fecha, la ciencia económica y que ha servido, en primer lugar, para crear un lenguaje que separe a los sacerdotes de la economía de su feligresía. Igualito que el latín.

En otras palabras, Piketty se sale del círculo y se pone a pensar y a elaborar afuera de él.

La tesis fundamental del libro es ya bastante conocida: la época de crecimiento económico socialmente incluyente, que caracterizó al mundo durante buena parte del siglo XX, es la excepción y no la regla. En el siglo XXI, y particularmente en las naciones ricas, estamos en una situación en la que el crecimiento del producto es y será inferior a la tasa de retorno del capital (ganancias, rentas, intereses, etcétera), lo que se traducirá en un incremento de la parte que le toca al capital en el pastel distributivo: en más desigualdad, que a su vez traerá severos desequilibrios sociales y crisis económicas recurrentes, cuyas salidas pueden ser falsas. En otras palabras, que la desigualdad amenaza la democracia y que, por lo tanto, es necesaria la intervención pública –sobre todo fiscal- para disminuir esta desigualdad y preservar las democracias.

Más adelante regresaremos sobre distintos aspectos e implicaciones del libro de Piketty. Baste por ahora señalar  que el fenómeno de su popularidad no es casual. Keynes se puso de moda cuando la Gran Depresión demostró que los mercados podían llegar a un equilibrio con elevado desempleo y producción a la baja; Friedman se puso de moda cuando la crisis fiscal de los Estados y la inflación creciente pusieron en la picota los conceptos keynesianos aplicados por los gobiernos. Ahora la gran preocupación mundial es el bajo crecimiento con desempleo y la creciente brecha entre ricos y pobres, que ha generado todo tipo de populismos y nacionalismos peligrosos. Falta por ver si Piketty es capaz de llenar esos zapatos. Sobre eso también comentaremos.


El triste regreso a la Belle Epoque

Piketty dice que la época de crecimiento económico socialmente incluyente, que caracterizó al mundo durante buena parte del siglo XX, es la excepción y no la regla. De los albores del capitalismo hasta 1910, así como desde 1980 a la fecha, la tendencia ha sido la de una desigualdad creciente. El  Siglo XX –y más particularmente el “siglo corto” de Hobsbawn-  marcó una serie de cambios que no provienen de la lógica de mercado y que permitieron que las economías crecieran, al tiempo que la distribución del ingreso mejorara.

Esos cambios son descritos por Piketty como shocks externos. Los más evidentes, entre ellos, son precisamente las dos guerras mundiales, que implicaron una severa destrucción del capital existente, particularmente en las naciones más desarrolladas. Otro, ligado al primer gran conflicto bélico, fue la instauración de impuestos progresivos sobre el ingreso. Un tercero, que se llevó a cabo con más fuerza en algunos países que en otros, fue la inflación elevada, que tuvo efectos disruptivos en la acumulación de capital y –sobre todo- en la disminución de la deuda pública. Un cuarto, de no menor importancia, fue la necesidad política de contrarrestar la influencia y la propaganda socialista con respuestas redistributivas.

En la actualidad, ninguno de esos shocks, o algo parecido, están a la vuelta de la esquina.

En ese periodo anómalo del Siglo XX, y más notablemente en la inmediata segunda posguerra, la proporción de la riqueza acumulada respecto al ingreso fue mucho menor que en otros tiempos. También fue notablemente menor el peso relativo del capital privado respecto al producto total, y el del capital respecto al trabajo. Fueron años en los que el crecimiento del producto fue superior a la tasa de retorno del capital (ganancias, rentas, intereses, etcétera), impulsado por la necesidad de reponer el capital destruido, por la competencia con el área socialista y por el intervencionismo de Estado.

Esta situación ha sido recompuesta en la actualidad. Piketty señala, con datos, que, en contra de la percepción común, el capital público es casi igual a cero, o incluso negativo (la deuda pública es casi tan grande o superior a los activos en poder del Estado). Esto significa que prácticamente todo el capital es privado. Y la proporción entre capital total e ingresos crece cada año: en otras palabras, al ritmo que vamos, estaremos de nuevo en la belle epoque anterior a la I Guerra Mundial (y a la Revolución Mexicana), al menos en lo referente a la distribución del ingreso entre capital y trabajo. Habrán cambiado las tecnologías, habrá disminuido sensiblemente el efecto colonial (los datos sobre transferencia neta de recursos nos dicen que los conceptos tradicionales del imperialismo corresponden a lo que existía hace un siglo), pero se habrán recompuesto otras relaciones sociales.

En términos sociológicos, eso quiere decir que el proceso secular en el que se crearon poderosas clases medias en distintas naciones está siendo paulatinamente revertido. No es cosa menor.

En el caso mexicano, que el autor francés no aborda (entre otras cosas, por falta de información completa y sustentada), podemos señalar, con claridad, que los procesos paralelos de cambio de la distribución capital-trabajo y cambio en la composición entre capital privado y capital público, tuvieron dos momentos distintos.

Durante el gobierno de Miguel de la Madrid se dio el primer proceso. Las políticas de ajuste propiciaron una compresión notable de los salarios, que no fue determinada por los mercados laborales, sino directamente, por una decisión política. El elemento que permitió este severo cambio distributivo fue la inflación, que alcanzó cotas altísimas en aquel sexenio.

Adicionalmente, en tiempos de MMH, el servicio de la deuda externa implicó una constante transferencia al exterior, de aproximadamente 5 puntos porcentuales del PIB, del ingreso nacional.  Fueron años en los que, por la sujeción financiera, México se vio obligado a servir como colonia, en términos de transferencia de riqueza acumulable.

En la administración de Carlos Salinas de Gortari se dio la parte fuerte del otro proceso: el cambio en la composición entre capital privado y capital público. No podía haber sido de otra manera, porque el valor total del capital público ya había sido pulverizado, a través de la deuda externa, en el sexenio anterior.  De hecho en el sexenio de Salinas se da una recuperación, muy parcial, del salario promedio. 

El caso es que las condiciones, que empeoraron en las décadas siguientes, quedaron de tal forma que tenemos un mercado formal que produce pobres extremos (el salario mínimo no es suficiente como para comprar la canasta básica alimentaria). Por cierto, Piketty deja muy claro el papel del salario mínimo real en la distribución general del ingreso: no es determinante, pero para nada es menor. 

En su estudio, Piketty hace referencia a los notables cambios en la composición del capital a lo largo de los años. La preeminencia de la tierra arable a principios del Siglo XIX dio lugar a la importancia mayor del capital productivo en el XX y, cada vez más, de la propiedad urbana en el XXI.

A esto habría que agregar –y creo que es algo sobre lo que el economista francés debió bordar mucho más- el papel creciente del sector financiero, no tanto y no sólo en cantidad (hace siglos que la deuda pública soberana es un factor económico importante), sino sobre todo en calidad: sobre cómo los flujos financieros distorsionan la realidad de un capital sobrante o excesivo, respecto a sus posibilidades de realización.

Como ven, el tema sigue dando para más.  



La opacidad mexicana
Cuando uno se pone a leer El Capital en el Siglo XXI,  por muy universal que se sienta, no puede sustraerse a la tentación de analizar qué tanto se aplican los postulados, el análisis y las conclusiones del autor al país de uno. En este caso, México.

Resulta un ejercicio interesante, más que por lo que pueda decir Piketty —que sobre las naciones emergentes es muy poco—, por lo que vemos que no pueden decir las estadísticas mexicanas.

En México, la distribución del ingreso se mide a través de la Encuesta Nacional de Ingreso-Gasto de los Hogares (ENIGH), que realiza el INEGI, al dar seguimiento aproximadamente a 9 mil familias. Según los datos de la misma, México lleva dos décadas en las que la desigualdad ha disminuido, pero aun así el 10 por ciento de los hogares más ricos obtiene el 35 por ciento de los ingresos totales, mientras que el 50 por ciento más pobre obtiene, en conjunto, apenas el 17 por ciento.

Pero viendo los datos más de cerca y conociendo un poco la realidad del país, aparece una obviedad: hay una subdeclaración generalizada, que se hace más evidente en el 10 por ciento más rico (que no gana, en promedio, 44 mil pesos al mes, sino mucho más: los 44 mil son, probablemente, el límite inferior del decil).

De hecho, desde los lejanos años sesenta ha habido estudios para intentar corregir esta situación de subregistro (la pionera fue la maestra Ifigenia Martínez), pero en ninguno se explican con claridad los métodos y en todos ellos se asume que los cinco o seis deciles más pobres no mienten sobre su ingreso. Mi experiencia como encuestador es que en todos los niveles de ingreso hay subdeclaración, y esa es una de las razones por las que la mayor parte de los encuestadores hace rato dejaron de utilizar indicadores económicos de ingreso y se van, si acaso, hacia otros factores (zona, posesión o no de automóvil, aparatos electrodomésticos, número de focos en el hogar, etc).

En otras palabras, la ENIGH tiene datos que tal vez puedan servir —si no hay cambios fuertes en la metodología— para un análisis dinámico de la distribución del ingreso, pero no para explicarla en un determinado momento. No es un problema particular de México, sino mundial. Por eso Piketty prefiere trabajar con los datos de las declaraciones de impuestos.

Si comparáramos los datos de la ENIGH con los que Piketty maneja para las naciones más ricas, encontraríamos que la distribución del ingreso en México es similar a la de Europa en 2010 (con la salvedad de que aquí el 50 por ciento más pobre está en México peor no sólo en términos absolutos, sino relativos). La evidencia empírica nos dice que no es así, que nuestra distribución del ingreso se parece mucho más a la de Estados Unidos, donde el 10 por ciento más rico tiene el 50 por ciento de los ingresos (y donde los resultados de las encuestas ingreso-gasto son más parecidos a los nuestros).

Pero, ¿podría un investigador mexicano trabajar exhaustivamente con los datos de las declaraciones de impuestos en México (aun a sabiendas de los niveles de evasión y elusión)? La respuesta es negativa, no hay acceso a ellas. Podemos saber, sí, que el decil más rico contribuye con 48.5 por ciento del total a la recaudación del ISR y de la seguridad social, al 32 por ciento del IVA y al 28 por ciento del IEPS, pero poco más.

Uno de los asuntos que con más insistencia toca Thomas Piketty en su libro es la necesidad de transparencia en la información financiera y fiscal, a nivel global, lo que nos permitiera tener una idea más clara de las desigualdades y, por lo tanto, elaborar políticas más efectivas para disminuirlas. En ese sentido, en México estamos aún más atrasados que en otros lados.

Otro de los temas que aborda el autor francés y que atañen muy directamente a México es el del papel de la educación pública, sobre todo universitaria, como balanza contra el proceso de desigualdad en acto. Aquí subraya que niveles impositivos en América Latina, siempre habrá insuficiencias para que el Estado cumpla con sus propósitos sociales: o paga de manera insuficiente a policías, MPs, maestros y enfermeras, o deja de ocupar vastas zonas, que se privatizan o quedan a la deriva. Como la educación es el principal fuerza de convergencia (es decir, el principal valladar en contra de la desigualdad) y es, además, la principal fuerza para el desarrollo, lo conducente sería propiciar su crecimiento incluyente, sobre todo en los niveles superiores —que son los que permiten mayor movilidad social—.
La creciente desigualdad en México en años recientes también se explica por la insuficiencia de inversión en educación superior acorde con la demanda: el boom de las universidades privadas, buenas y patito, ha contribuido a ello.

En otras palabras, el papel de redistribución de la educación superior no se mide con el índice de Gini, que es como suelen querer hacerlo los opositores a las universidades públicas.

Finalmente, en el libro a cada rato se subraya que es posible para las naciones que están un escalón abajo en la escala tecnológica, alcanzar a las otras en un proceso que les permite crecer por encima de la media. Para ello, es fundamental hacer inversiones en educación, ciencia y tecnología. Piketty cree que estas economías pueden crecer a una tasa superior a la de retorno del capital y, por lo tanto, volverse menos desiguales en el camino. Hice un cálculo para México: tendríamos que crecer a una tasa de 3.7 por ciento anual (poco más 2.5 por ciento per cápita). No suena descabellado.
 
 


Los límites de Piketty
Terminamos nuestro análisis de El Capital en el Siglo XXI con algunas dudas y comentarios críticos. Se trata, como hemos reiterado, de un libro que reanima la discusión económica sobre temas fundamentales, dejando atrás el onanismo matemático que había caracterizado a la disciplina en los últimos años.

Antes de leerla, pensaba que lo más debatible de la obra de Piketty iban a ser sus propuestas de política económica. Ya leídas, me parecen difíciles de realizar en la práctica, cercanas –en el corto plazo- a un sueño guajiro, pero para nada son descabelladas. Los problemas más fuertes son de otra índole.

El primero es la falta de distinción entre capital y riqueza. Hay una diferencia cualitativa: la riqueza se acumula; el capital se usa para hacer más capital. Hay un grupo de propiedades que son muy fácilmente identificables como capital: bodegas, maquinaria, vehículos para el transporte de mercancías, bonos, acciones derivados…; otras que pueden o no serlo: ahorros, bienes raíces, vehículos para transporte personal, etcétera.

Piketty se quita de líos y evade la distinción. Pero eso genera una serie de problemas. Por ejemplo, si vemos la evolución de la riqueza a lo largo de los últimos 150 años (la “metamorfosis” le llama el autor), encontramos un aumento del capital entendido en su sentido tradicional pero, más que eso, una caída notable en el valor de la propiedad agrícola y un aumento sustancial en el valor de las viviendas urbanas, que es más notable a partir del final de la II Guerra Mundial.

Al mismo tiempo, Piketty señala que durante el periodo se generó una amplia clase media propietaria –que, fundamentalmente es dueña de su casa, un auto, unos ahorritos- y que este es el elemento clave para entender por qué el Siglo XX no fue tan desigual en la distribución de ingreso y riqueza como en los siglos anteriores. Es el gran cambio social.

A mi entender, precisamente la metamorfosis es parte de la explicación: la tierra cultivable entonces estaba mucho peor distribuida que las casas y departamentos hoy; pero sobre todo la mayor parte de la tierra se usaba para producir otros ingresos, por vía de rentas o de producción y comercialización agropecuaria, y la mayor parte de las casas se usa para vivir en ellas (y Piketty se va por peteneras con la afirmación de que quien vive en casa propia se ahorra pagarle al casero, y que eso es como si tuviera una renta).

Además, meter todo el “capital” en la misma bolsa, impide hacer un análisis más a fondo sobre la relación entre capital productivo y capital financiero. Lo que estamos viviendo en estos días ha sido una plétora de capital financiero global que no encuentra acomodo en los sectores productivos y que va en pos del mayor rendimiento posible, con dificultades crecientes (lo que, a final de cuentas, podría reducir la tasa de retorno global del capital). No es asunto menor.

Mi impresión es que a Piketty con la concentración del capital le sucede algo parecido que a Keynes con la demanda de dinero. Al no poder describir con claridad la diferencia entre demanda de moneda por motivos transaccionales, precaucionales o especulativos, Keynes abrió un hueco por donde entraron los neoclásicos a reinterpretar su teoría (desnaturalizándola, dirán los keynesianos más ortodoxos). Algo similar le puede pasar a Piketty si no incorpora a su análisis una distinción que nos permita distribuir la riqueza según las motivaciones para detentarla: uso, precaución u obtención de ganancias (por renta, producción, especulación).

Un segundo problema es que el libro, que recoge la herencia de la economía clásica al abordar el tema toral del crecimiento y la distribución, dedica muy poco análisis al primer tema. Eso es particularmente grave si entendemos que una de las variables de la ecuación en la que se basa la obra es precisamente el crecimiento del PIB.

Piketty echa luz sobre el hecho de que las altas tasas de crecimiento económico del Siglo XX son atípicas y resultan, al menos parcialmente, de shocks relacionados con las guerras mundiales. Concluye que para el Siglo XXI la mayor parte de los países crecerán a tasas apenas superiores al 1 por ciento anual, resultado de la combinación de un cierto avance tecnológico y baja tasa de aumento de la población.

Parece una hipótesis razonable, pero parte simplemente de proyectar la situación actual en el tiempo. ¿De verdad los avances de la tecnología en el futuro no podrán hacer que la productividad crezca más rápido que a esa tasa? ¿De verdad cree que la época 1950-1970, en términos de difusión tecnológica es irrepetible? ¿O por qué no regresamos a las tasas ínfimas de crecimiento anteriores al XIX? Tenemos que quedarnos con un acto de fe. 

Aún más. Piketty explica que el alto crecimiento en la Europa de la segunda posguerra fue por “alcanzar” (catching up, en la traducción al inglés) los niveles de tecnología y productividad de Estados Unidos. Bien. ¿Entonces qué explica el alto crecimiento de EU en esos años, que estaba a la vanguardia?

Creo que la respuesta está en un ordenamiento mundial, el orden de Bretton Woods, que ayudaba a todos a generar un entorno de alto crecimiento tendiente al pleno empleo de los factores de la producción. Si eso es así, entonces la clave para un nuevo proceso de reactivación global está, entre otros, en rehacer el orden económico mundial, con instituciones ad hoc. Y eso es algo a lo que podrían contribuir algunas de las propuestas de política económica de Piketty, pero sin duda serían insuficientes.  

Hay otros problemitas en el trabajo del economista francés, pero no del tamaño de los que he señalado. Por ejemplo, no sabemos cuánto del aumento de la desigualdad por salarios, medida a partir de las declaraciones fiscales, deriva de una menor elusión, tras la baja de los tasas impositivas a los supersalarios a partir de los años ochenta. Así hay unos cuantos.

En resumen, la obra monumental de Piketty toca un asunto toral para la comprensión de la economía, y más en nuestros días. Cambia, para bien, el enfoque. Pero hay que entenderla como piedra de toque sobre la cual elaborar y construir, no como algo perfecto y acabado. El Capital en el Siglo XXI es un gran libro que genera paradigmas pero, respondiendo a la pregunta que hice en la primera entrega de esta serie, no pone –todavía- a Thomas Piketty en los zapatos de los más grandes.