jueves, diciembre 11, 2008

Biopics: Meet the Watsons of London

Pasé las fiestas de fin de año del 75 en Londres. Había llamado a Ben Watson para que me diera alojamiento y me dijo que sí. Tomé un avión estudiantil que supuestamente iba a partir de Milán, pero no pudo a causa de la niebla. Nos llevaron en camión hasta Génova, de dónde partió el vuelo.
En el camino me hice cuate de un inglés, un tal Bilo, y estuvimos platicando todo el rato. Yo le describí, entre otras cosas, el sistema político mexicano.Detrás de nosotros estaba sentado un gringo, que siguió la conversación –en la medida de sus posibilidades-. Partido único, represión del 68, gobierno metido en todo… concluyó que yo era checoslovaco. Cuando, entre risas, le dije que era mexicano, salió filósofo:
-Ah, eres americano, comprenderás que los europeos no son libres porque no hay panorama.
-¿Cómo?
-En Europa para donde tú mires hay casas. Eso no sucede en nuestro continente. Allí sí hay panorama, hay libertad.
Llegando a Heathrow, el pobre gringo estaba desconsolado porque le tocó hacer fila junto a la perrada: los que no éramos ni de la Comunidad Europea ni del Commonwealth.

Los Watson vivían en Kew Gardens, y eran una familia bastante estrafalaria. Bill, el papá, era profesor en la School of African and Oriental Studies. Fanático de las lenguas, hablaba 16: inglés, portugués, francés, ruso, alemán, chino, japonés, árabe, latín, español, catalán griego antiguo, sánscrito, pali, galés y escocés. Estudiaba italiano, tailandés, holandés, turco, persa y bengalí. El hermano mayor era la oveja negra de la familia, porque no estudió en la universidad, era jardinero real y conversar con él era un constante ejercicio en el método Ollendorf:
-¿A dónde fuiste en Londres?
-A la National Gallery.
-A mí me gusta mucho esa música. Yo toco la guitarra. Es mi instrumento.
-Hombre, es padre la guitarra.
-Ni creas que voy a bajar a cenar así de sucio. Ahorita me pongo otro suéter –y antes de que yo le contestara, se ponía a hablar con su mamá, quien cocinaba algún plato extraño y simultáneamente leía un libro para su tesis de doctorado sobre la influencia islámica en las iglesias románicas del sur de Francia.
El segundo de los hermanos era un intelectual de gustos wagnerianos, aunque genéricamente “de izquierda”, que hacía su maestría en historia medieval con una tesis sobre los efectos del tratado de Chartres en el desarrollo de Francia.
El tercero era el que quería ser “más intelectual” que todos, y el único que en realidad resultaba algo estirado. Experto en Mozart, hacía su tesis sobre mosaicos islámicos.
Y Ben, el joyciano, era el más pequeño. Atormentaba al resto de su familia –menos al mayor, rockero al fin y al cabo- con discos de Frank Zappa, “obscenos” en relación a Mozart, según Hermano Tres. No habían pasado dos años de que Ben escuchó por primera vez a Zappa, allá en Perugia, y ya tenía una colección impresionante. Todos los acetatos comerciales, más una buena cantidad de bootlegs, y piratería varia. Con él rolé a varios lados y me divertí bastante.
Como buen inglés, Ben estaba muy conciente de las clases sociales. Me explicó que tú puedes distinguir qué onda con una chica según la bebida que pida. Si pide una cerveza lager, es working class; si pide oporto, es posh; si pide Guinness, es alivianada. Su novia siempre pedía Guinness (y ahí me aficioné a esa bebida deliciosa, y a las pintas, que son la medida perfecta para ella: dos pintas de Guinness te dejan exactamente satisfecho).
Una vez regresábamos de un pub en su barrio y una señora, al vernos, prefirió pasarse del otro lado de la calle. Ben sentenció:
-Este vecindario es tan middle class que tienen miedo hasta de nosotros.
Otra vez cruzamos Londres en auto –con un compañero suyo de Cambridge, nativo de las islas Mauricio- y fue sensacional ir del lado izquierdo del carro sin manejar por el periférico londinense –una experiencia extraña, y en cierto modo chilanga, porque Londres es una metrópoli que, como la capital mexicana, se percibe en todo momento como metrópoli-. Allí, con otros cuates, también terminamos en un pub, en una discusión interminable sobre la teoría del conocimiento: Popper –que defendía el de Mauricio- contra Kuhn –que defendía yo. En eso, un parroquiano bastante anciano y algo pedo, nos dice:
-Ahí me avisan cuando terminen de arreglar el mundo.
Entonces Ben, en voz altísima: -¿Se dan cuenta de que el concepto “arreglar el mundo” es estúpidamente pequeñoburgués?
El viejito se encabrona, nos quiere armar bronca, pero el barista cortésmente lo saca del local.

El día 24 fui a la Tate Gallery y me tuve que apurar muchisimo para llegar a la cena… que era común y corriente (feijoada), porque como en la mayor parte del mundo, los ingleses no celebran la Nochebuena, sino la Navidad. En la comida del día siguiente estuvimos con algunos estudiantes de chino del profesor Watson –entre ellos una gringa con la que fue un gusto hablar porque entendía perfectamente todo lo que me decía, lo que no siempre sucedía con los ingleses-. Después de la comida nos pusimos a jugar distintos “juegos de salón”, entre ellos una charada cinematográfica de altísimo nivel, que ganamos 1-0 (Hermano Uno no pudo describir “The Importance of Being Earnest”). Los únicos abiertamente competitivos éramos la gringa y yo, pero como ella estaba algo borracha fue la que se llevó la crítica de los ingleses. “Estos americanos, compitiendo en todo momento… ¡Cuánta vulgaridad!”, me comentaron.
El día 26 era el famoso Boxing Day. Yo había visto anuncios en las calles y me imaginaba que había una gran pelea de boxeo, pero no: es el día en el que se intercambian los regalos, bien puestos en su caja. Yo regalé libros de segunda mano que compré en Richmond con Ben. Recibí lo mismo a cambio, salvo Hermano Uno, que regaló unas velas bastante locas que había hecho. Luego fuimos con los vecinos de enfrente a un concierto de música de cámara. Los ejecutantes eran los miembros de la familia Watson y de la familia vecina (Hermano Dos tocaba el violoncello y el piano, Papá Watson y Hermano Tres tocaban el violín). Fue interesante escuchar música de cámara en la sala de una casa, que se supone es el lugar idoneo para disfrutar de este tipo de composiciones.

Una de las cuestiones frustrantes de aquel viaje fue que, por el acomodo de los días, los museos y otros lugares de interés estaban casi siempre cerrados. Navidad y Boxing Day se ligaban con el fin de semana. Esa circunstancia y mi ansia por visitarlos hicieron que decidiera no acompañar a Ben y unos cuates a Cromer. De hecho, la familia Watson se dispersó. Hermano Uno salió para Escocia, Mamá Watson y Hermano Dos, a Gales. Yo me quedé con Papá Watson y Hermano Tres, quienes en Año Nuevo se pusieron una peda fenomenal con un aguardiente frances –sin perder, no obstante, la flema en ningún momento-.
Londres me maravilló, en primer lugar, por su carácter de ciudad. El gusto de ver pasar a la gente apresurada, admirando mujeres vestidas provocativamente y jamás volverás a ver, oyendo los villancicos que canta un coro infantil en Trafalgar Square, metiéndote a husmear en tiendas de objetos extraños. Cumplí mi propósito de ver a fondo los prerrafaelistas y los artistas pop, y escribí algo al respecto. Fui dos veces al teatro: una fue al “Rocky Horror Show”; la otra, a una adaptación de “El Sueño de un Hombre Ridículo”, de Dostoievsky, en la que una actriz desnuda se sentó en mis piernas. Ví “El Enigma de Kaspar Hauser” en un cine en cuyos sillones había ceniceros, para comodidad del espectador y tranquilidad de los limpiapisos.
La pasé bien, pero no pude evitar la sensación de que los ingleses estaban muy reprimidos (y eso era algo que Ben subrayaba en todo momento). En México, en Italia, en París, en Amsterdam uno va caminando por la calle y si encuentra los ojos de otra persona, se fija en ella, establece un contacto fugaz, una relación microscópica que culmina después de unos pasos y a veces hasta antes. En Londres la gente miraba al suelo o al vacío y yo tenía que buscarles los ojos, comerme mi túrgido asombro ante la ausencia de reacción de los pasantes –y, sobre todo, de las pasantes-. Esto te hace sentir espectador y no partícipe, como si fueras invisible. Lo curioso es que los ingleses te los presentan y suelen ser bastante simpáticos.
Por este restraint inglés, me pareció raro que una chica que preparaba el café se me quedara viendo a los ojos, que luego me sonriera, que comentara algo con la que lavaba los vasos. Empecé a sospechar cuando oí a una mesera decir “estroberri”. Les hice plática. Me preguntaron si yo era inglés (sabían que no: un inglés no las hubiera visto a los ojos, no les hubiera sonreido, no les hubiera hecho plática). Eran italianas.
Cuando llegaba a casa de los Watson, si no platicaba con Papá Bill acerca de la Revolución de los Claveles –o de las ventajas de tener un diccionario alemán-ruso, cuando resulta más preciso que el diccionario alemán-inglés-, me ponía a leer dos libros que me fascinaron. Uno me lo recomendó Ben –un día que afirmó ser una lesbiana anarquista en el cuerpo de un hombre- y era Conundrum, la extraordinaria autobiografía de Jan Morris, veterano de la Guerra Mundial, historiador y corresponsal del Times en la ascención de Edmund Hillary al Everest, padre de cinco hijos, y quien se transformó en mujer. El otro, con menos carga humana y emocional, pero también fascinante, era una de sus lecturas obligatorias de la escuela: la historia de las lenguas europeas.
En el avión de regreso me ligué a una inglesita de lo más chula y si no me la pude llevar a Módena, no fue porque a ella le faltaran ganas. Lo único que pudo salir de aquello fue un cuento chusco.

martes, diciembre 09, 2008

Biopics: Pasta de estrellitas

Cuando empieza a hacer frío y uno está fuera de México, es más intenso: gélido. Entonces no hay nada mejor que hacerse una sopa de pasta de estrellitas, con su consomé de pollo en polvo, servirla en una taza, sentarse en el suelo y platicar con los cuates acerca de la Patria tan lejana. Empezar recordando unos deliciosos huevitos rancheros (en realidad uno no tiene hambre, y se siente cálida la mano que sostiene la taza, pero la onda es darle vuelo a la nostalgia), pasar luego por buena parte de la tradición culinaria nacional, señalar que es incomparable. Seguir luego con otras cosas incomparables: ¿Jugadores como el Pistache Torres? ¡Ninguno! ¿Y como el Manquito Villalón? ¡Nadie! ¿Cómicos como El Comanche? ¡No hay!
-Oye güey, ¿y cómo se llama El Comanche?

-Chin, ya se me olvidó. Lo que es estar tan lejos del suelo donde he nacido.

-¡Inmeensa nostalgia invaade mi pensamiento!

-¡No volveré!

-Sí, y nooo pararé hasta ver que tu llanto ha formado…

Pasan los años y la pasta de estrellitas en una taza ya no trae recuerdos patrios, pero los mecanismos de la memoria siguen en su función y trae la sensación de calidez entre la niebla helada.


Una visita inesperada


Luciana era la más joven de la banda que se juntaba alrededor de Claudio Francia. Una chava con carácter, que había destacado como militante del Partido Comunista –y que despreciaba profundamente a la ultra- y que estaba orgullosa de su origen popular. Tal vez por estas dos últimas características, Beppe Falavigna –todo raigambre proletaria- estaba prendado de ella. Todavía no entraba a la universidad. Estudiaba por las tardes, y en las mañanas trabajaba como cartero. Casualmente, cubría nuestra zona.

Una mañana en la que la niebla y las sábanas me impidieron despertarme a tiempo, Luciana llegó a entregarme personalmente una carta certificada que enviaba Carlos Mársico desde Perugia.
-Aquí escribí que te la entregué a las 11. Son las nueve –me dijo, sentándose en el borde de mi colchón.
Me levanté y puse el disco de Tubular Bells (qué prejuicios ni qué nada). Regresé a la cama. Ella ya estaba bajo las cobijas.


Un congreso, un dogmático y un trago de rompope

Dos días después de aquella visita, Beppe y yo partimos a Chianciano Terme para asistir a un congreso sobre Gramsci, del que él me había hablado desde hacía días. Beppe acababa de dejar el PdUP para inscribirse al PCI y tenía una gran hambre de conocimientos propios de su nueva condición. En el camino fuimos escuchando música latinoamericana –los casetes de Vadillo- y Beppe hacía que yo le tradujera. Y yo le traducía la canción del yuyito que había crecido en la roca, pensando ora cómo le digo a este cuate que está clavado con ella que Luciana se acostó conmigo. Y mejor seguía traduciendo.

En Chianciano logramos que nos dieran un cuarto que no había sido ocupado y asistimos a algunas discusiones interesantes (qué se entiende como “intelectual colectivo”) y otras no tanto (que bordaban en los conceptos estructuralistas). El tipo que me pareció más serio fue Giuseppe Vacca.


De ahí dimos un salto a Perugia, a visitar a Carlos Mársico. Tenía nuevos inquilinos, entre los cuales destacaba un cubano, Juan Iñurrieta, que en muy pocos minutos me cayó muy mal. En las horas que estuvimos ahí se armaron –tipico de la casa de Mársico- tres discusiones colectivas sobre temas políticos.

La primera fue sobre la liberación femenina, y –para desesperación de una polaca y una francesa- Iñurrieta decía que hay trabajos que no pueden hacer las mujeres, porque su prioridad es la familia.

-En Cuba tenemos una frase muy revolucionaria: la familia es la célula de la sociedad.

La segunda fue sobre la diferencia entre compañero y amigo, que se prestaba a profundidades personales. Iñurrieta dictó cátedra:

-En Cuba hay una definición muy clara: el compañero lo decide el Partido, el amigo lo decides tú.

La tercera fue sobre el papel revolucionario de los homosexuales. Había un venezolano gay que alegaba que la sexual era parte de los procesos de liberación en marcha, y eso para Iñurrieta era inaceptable:

-Los hombres como el Ché; las mujeres, como Tania. ¡Nada en medio!

Cuando alguien disentía de él, Iñurrieta –supuestamente haciéndose el gracioso- sacaba una libreta de taquigrafía y decía: “Mira que voy a apuntar lo que estás diciendo en mi libretica”. La enésima vez que sacó la frase, le dije: “Apúntame de una vez, que tienes alma de policía”.
Iñurrieta, como es obvio, se encabronó (creo que sobre todo porque lo evidencié) y, aprovechándose de que el ingenuo de Beppe le había dicho que yo era hijo de cubanos, me acusó de apátrida.
-Para ti sólo hay de dos: o revolucionarios, o gusanos –le dije-. Eres un dogmático. Yo soy un mexicano revolucionario y tú eres un cubano pendejo.

Acto seguido me despedí de Mársico y nos fuimos. Iñurrieta me siguió hasta la puerta, gritándome “Apátrida”.

Por supuesto –como en su momento me lo confirmaría Carlos- Iñurrieta ha tenido una carrera muy provechosa en el servicio diplomático cubano.


De regreso a Módena, otra vez me punzaba la pena insistente de decirle a Beppe lo que había sucedido entre Luciana y yo. Pinche Beppe. Se lo dije al llegar, entrando al bar junto a la casa. Se le tensaron las quijadas.

-Merda! –exclamó, y pidió un rompope.

viernes, diciembre 05, 2008

Sirva como aclaración

Escribí este cuento en la primavera de 1975 (es decir, antes del Crimen del Circeo y de la polémica Calvino-Pasolini, por si alguien pudiera suponerlo). Se publicó en La Jornada Semanal aproximadamente diez años después. Si alguien cree que se trata de una parábola sobre el fascismo, puede hacerlo.


Sirva como Aclaración


Me llamo Lorenzo Bocci. Quizá esto ya no le dice nada a nadie; el caso que me llevó a la ergástula está olvidado; los jueces que me condenaron y los periodistas que dieron a conocer la noticia -he de suponer- están muertos. Treinta y nueve años después quedamos mi conciencia y yo. Llevo conmigo la verdad del relato y la tengo que soltar porque tantos años de cárcel, a pesar de los esfuerzos que hice, malhabituaron mi memoria. Llevo todo este tiempo esperando el momento en que nuestra sociedad comprenda qué tan atroz es la verdad cuando se la despoja de toda indumentaria. Ese día no ha llegado, mas desespero, comienzo a sentirme viejo y junto con la libertad llegó el temor de irme a la tumba guardando el secreto. No quiero morir en silencio: Teresa Bertoli es una santa con una pasión y muerte setenta veces más auténticas que las de María Goretti, canonizada por nuestra iglesia.
No sé si quepa aclarar, pues esto traslucirá durante el relato, que ni el tribunal fascista que me condenó, ni quienes me graciaron treinta años después, vislumbraron siquiera una parte de mis conocimientos durante el suceso. Sólo me resta, antes de dar cabida a la historia, maldecir por última vez a aquellos que sin pruebas suficientes me mandaron a la miasma carcelaria.
Quedé huérfano de padre siendo niño aún: él era uno de los obreros que asesinaron cuando los desórdenes de Turín. Nunca me complació la idea de trabajar, así que jamás duraba en un puesto más que pocos meses. Mientras trabajaba de mesero en una cantina donde la humedad y la niebla penetraban más fácilmente que los clientes, conocí a Claudio Grassi, de quien inmediato admiré su capacidad para estimar y proteger sin empacho a quien así él lo decidiera. Parecía un hombre libre. Había escrito algunos poemas, pero al parecer se interesaba más por los robos de segunda o tercera categoría con los que se sustentaba. No fue mucho tiempo después que me invitó a convertirme en su socio. Acepté y comencé a cultivar su amistad y la de otras gentes de los bajos fondos.
Claudio era imaginativo y nos hicimos rápido de algún dinero. Afirmaba que apenas tuviera lo suficiente como para llevar una vida modesta, se establecería y se dedicaría a escribir, pero a menudo le sobrevenían crisis nerviosas, que él trataba de aliviar gastándose la plata. Yo lo seguía como un perro, y empecé a chuparle la extraña manera con que veía las cosas. Es obvio que lo ayudé con la niña Bartoli porque entendía su frustración, la compartía.. Mi carácter en aquella época quería ser demasiado pragmático, pero en los años de encierro llegué a identificarme plenamente con Claudio. Hoy lo considero mi maestro.
Como a los dos años de conocernos lo capturaron robando en la villa de la amante de un funcionario del Partido. Por fortuna yo estaba ocupado en un trabajito de mozo, no participé en el fallido golpe y no toqué la cárcel. No sé bien por qué razones, a los pocos meses salió libre y dispuesto a regenerarse; se empleó como ayudante en una planchaduría y nos veíamos solamente por las noches, cuando -tomando una botella de vino- hacíamos planes ambiciosos y disparatados sobre nuestro futuro.
Una de esas ocasiones me platicó de una niña hermosísima, una jovencita que describía con palabras que me llegaron a sonar excesivamente rastreras. "Es un serafín", me dijo, "y una coqueta". Pronto ella se convirtió en el único tema de su conversación y en el barómetro para medir sus humores. ¿Qué lo ata a ella? -me preguntaba- ¿Por qué Claudio, tan alejado de la vida, tan despreciativo para con su cuerpo, se ha encendido tan de repente?
La joven iba a la planchaduría con asiduidad: que había fiesta en su casa, que convendría teñir de rosado el vestido de su madre, y Claudio no tardó en hacerle conversación y halagarla de mil maneras. Claudio tenía labia, se obsesionaba con facilidad y su mente era de rápidas elucubraciones. Fue un viernes cuando me dio a conocer su plan y me pidió ayuda: era tal su decisión que hacía ya dos meses que rentaba la casa donde pensaba mantenerla. En un principio la idea me pareció francamente absurda: creí que se trataba de un rapto matrimonial, inaceptable por la diferencia de clases. Pero no: era un verdadero secuestro, aunque con consentimiento de la víctima. De seguro la influencia que Claudio ejercía sobre mí se había extendido sobre la muchachita. Usó para convencerme de ayudarlo argumentos burdos y sutiles y casi se echó a llorar. Yo sospechaba que tenía intenciones diferentes, y que más tarde me las revelaría. Demasiado tarde supe que me había equivocado.
La noche del rapto, siguiendo las instrucciones de Claudio, los esperé en el lugar que sería el encierro de Teresa: una recámara en el sótano de la casa, de paredes blancas, amueblada solamente por una cama matrimonial, un tocador con flores grabadas en el espejo y dos mesitas de noche. La única ventana rozaba el techo de la recámara, pero estaba a la altura del suelo exterior y sólo se alcanzaba a observar los arbustos del jardincito. La casa no era pequeña, por lo que supuse que Claudio hacía otra cosa además de ser dependiente de tintorería: de seguro otro tipo de robos servían para el pago de la renta.
Grissi me presentó como su mejor amigo y le explicó a Teresa que tenía que quedarse allí por unos días, ya que por el momento era muy peligroso salir. Yo me quedaría a vivir con ellos y la complacería, hasta donde fuera posible, con todo lo que requiriese. Noté más nervioso a Claudio que a la niña, cuyos ojos glaucos bailaban un poco ansiosos, pero alegres, tratando de adueñarse de cada detalle. Para ella no era más que una excepcional aventura. Para Claudio, era cuestión de volver brillante una vida que ya no le convencía. Teresa tenía trece años, pero aparentaba al menos quince. Nos dormimos casi inmediatamente. Antes del sueño pensé que Claudio la violaría, casi quietamente le diría que no podrá regresar a casa y la mandaría a prostituirse: un tiempo y la capturan, la mandan a un burdel y adiós vida fácil para Claudio. "Bah, si me importara algo en particular, los dejaría en este momento".
Me decía apenas interesado en el devenir de esa historia, pero en realidad estaba metido hasta las narices y me disfracé de nihilista para no chocar con mi propia incoherencia y cobardía.
La mañana siguiente Claudio le tomó las medidas a una Teresa inmóvil, que aún no se daba cuenta de lo que había implicado su decisión de aceptar el secuestro. Luego partió, dejando claro que no volvería hasta la noche. Cociné para la secuestrada y para mí, y tuvimos la primera de las pláticas que iban a trastornar todo mi entendimiento.
-¿No sabes tú qué ropa me comprará? -preguntó- ¿No sabes cuándo podremos irnos a Suiza?
-No sé, la verdad. Hay que tener paciencia, si no, no aguantarás los días de espera.
-Soy paciente, no creas -dijo, reprochando mi velado paternalismo-, pero tengo ganas ya de caminar por las calles de Lucerna o de París, con Claudio al brazo. visitar las tiendas, tomar café. Apenas me lo imagino. Ya sé que hay que esperar a que se calmen mis padres, a que no sea tan dura la vigilancia, para poder cruzar la frontera sin temores.
Visto que no aguantaba la curiosidad, le pregunté las razones para venirse con Claudio.
-Claudio es maravilloso -respondió, levantando los ojos y sonriendo con placidez-, me ha platicado de tantas cosas. Al principio contaba historias cortas, leyendas de su provincia, luego me decía piropos. Un ángel de carnehueso, luciérnaga para los ojos, cosas así. Pronto vio que yo no era feliz, atada a mi familia, con la abuela enferma y tantas preocupaciones que no puedo hacer nada. Claudio me infundió ganas de ver las cosas, vivir, y yo estaba encadenada a mi casa, a mis parientes que me hacen sentirme una niña idiota, que me lo dicen. Eres una nenita, dicen. Tú y Claudio saben que no lo soy ¿verdad?
-Cierto. No lo eres.
-Y con Claudio voy a conocer lo que es el mundo. Voy a tener una vida, así, maravillosa. No va a ser necesario esperar a la mayoría de edad para salir a la calle y sentirme persona, no hacerlo cuando esté amargada, marchita, a lo mejor con hijos. No. Yo dejo que Claudio me abra a la vida.
-Espero que todo salga como quieres -dije en voz baja, sin convicción.
-Yo tengo fe.
-Claudio tiene voluntad -aseguré tratando de salvar cualquier posible malentendido- y todo saldrá de las mil maravillas, seguro. ¿Te gusta la casa?
-Esta bien. ¿De verdad no voy a poder salir?
-No. Y por seguridad ni intentes asomarte a la ventana.
-No lo haré -rió-. Estoy como prisionera ¿verdad?
Claudio regresó cargado de regalos: un vestido rojo, otro con motas azules, zapatos de piel de cocodrilo, una bolsa de mano, medias y ropa interior de seda, una caja completa de maquillaje, libros y pasquines, paquetes de cigarrillos suaves. Teresa lo recibió con un beso. Claudio era su salvador. Mientras tanto yo me preguntaba cómo había conseguido un simple dependiente de tintorería tanto dinero como para esas compras.
-Te convertiré en todo lo que quieras ser.
Salimos por unos segundos para que se cambiara ropas. Acto seguido Claudio se sentó en la cama, junto a ella, la tomó del talle y la condujo, con respeto, al tocador. Dejó que ella tendiera sus frías manitas engarrotadas, pasó voluptuoso, sobre las uñas, el barniz de color rojo encendido, acarició las manos. Posó los dedos sobre su cara vírgen, oprimiéndole por un segundo la mejilla; ella sonrió pero probablemente le dolía. Rellenó las pestañas de rimmel azul prusia, de café y negro oscureció los párpados, prefirió rasurar las pobladas cejas para sustituirlas por dos ténues liniecitas en ángulo obtuso, aplicó maquillaje de cérea textura a sus mejillas demasiado rubicundas, dándole a su rostro una tonalidad albariza. La hizo encender un Muratti y se quedó absorto contemplando su obra.
-He aquí a la mujer del futuro. Conquistarás el mundo. Empiezo a amarte.
Teresa seguía sonriendo, sumisa, maravillada todavía con la extraña señora que la observaba desde el espejo, impresionada al sentir que era de seda la sensación del contacto de su mano con la entrepierna. Estaba aturdida de felicidad y, si en algún momento llegó a tener miedo, éste se desvaneció cuando Claudio le declaró que necesitaba verla igual de hermosa todos los días de su vida.
-Mañana, no sé cómo, pero te vamos a hacer la permanente.
Las siguientes semanas fueron de un esfuerzo constante de Teresa por cumplir con lo que se esperaba de ella. Siembre bien arreglada, fumando con regularidad, perfumada. Claudio nos mantenía a ambos, pero a ella iban los mimos y gran cantidad de vestuario. Yo era sólo el cancerbero. Nunca intentó hacer el amor con ella, la miraba como si fuera un ser de otro mundo. De vez en cuando le daba consejos, y éstos eran la pauta por la que Teresa regía su existencia.
-Para ser bella, para ser mujer -decía Claudio-, tienes que ameritarlo, dar gracias por el hecho de que vives y de que tras de tu seno palpita un corazón tibio y sano. Date cuenta de que te estás creando a tí misma, que yo solamente te guío, de que es tu obligación tratar, con todo el don de tu voluntad, de asemejarte al ideal femenino que te has fijado.
Lo escuchábamos embobados, a sabiendas de que poco a poco se nos estaba volviendo imposible contradecirlo.
Una madrugada me despertó y me llevó a discutir con él a la cocina. Había terminado con todo su capital, no sabía qué hacer; los periódicos y revistas ya casi no tocaban el caso de la niña desaparecida, que intentaron, sin éxito, de equiparar con el rapto del niño Lindbergh, pero Claudio se mostraba pesimista sobre la posibilidad de llevarla al extranjero y aseguraba que era su deseo dejarla ahí, frente al espejo, admirando eternamente su propia belleza. En suma: proponía que yo lo ayudara en el robo de un almacén. Él había ya cobrado y gastado el rescate por el secuestro de Teresa, pero no se había atrevido a confesármelo.
-La amo porque tiene toda su fe puesta en mí ¿entiendes?
Por tanto, volvimos a las andadas. En esos días me dí cuenta de que yo había estado tan encerrado en esa casa como Teresa. Era el apéndice que Claudio dejaba junto a ella. Lo que ahora hacía era como un retorno a la normalidad. No siento remordimiento por aquellos hurtos, siempre he creído que mi vocación es la de ladrón, nunca vi otra alternativa.
Pasado un tiempo, Teresa comprendió cabalmente, muy a su pesar, la prisión absoluta que estaba sufriendo. Creo que no miento si digo que mis conversaciones con ella la salvaron de caer en el abismo de la demencia. Me porté como un competente discípulo de Claudio, empujado por la similitud de la situación de Teresa y la mía. El devenir de la historia demuestra que me entendió y logró posesionarse con amor infinito del papel que le había tocado jugar. Vio que pronto nos fue imposible discernir individualmente, que no éramos más que títeres de una farsa inventada por Claudio. A ella tocaba ser la diosa, la vestal de innumerables atributos, recluída tras las piedras preciosas de su virtud. Es por eso que se equivocó quien dijo que Teresa Bertoli se había resignado. Ese jamás la conoció, porque ella acabó por gozar su vida retirada y falsamente fastuosa. "La soledad me ha salvado de ensuciarme al contacto con el exterior" -decía, fumando con fruición ritual-, "esta casa es Utopía, aquí soy mujer y tengo valor para una persona. Afuera me patearían, me cortarían los cabellos. Lorenzo, acaríciamelos". No comprendí que me había enamorado hasta que me interné definitivamente en las galeras.
Una tarde, sin embargo, me descubrí opinando que no tenía sentido pasar riesgos por algo que no me pertenecía. Por personas que jamás me pertenecerían. Era yo Ariel, aquel genio poderoso trágicamente dominado; cultivaba la flor llamada Teresa Bertoli, pero no tenía idea clara de cuál era la finalidad. Nuestros espíritus habían sido rescatados de una existencia cuyas demandas terrenales eran aborrecibles, pero al costo de nuestro albedrío. Esa noche se me ocurrió preguntarle a Claudio, quizá con demasiada rudeza, cuando iba a desvirgarla. "Me imagino cómo gozaría aquel cuerpecito cálido", le dije. La cara de Grissi se agitó como por convulsión, me llamó mezquino, ruin, babieca. "No acepto críticas de quien no entiende un carajo", exclamó. Yo no dije más.
Poco después fue nuestro asalto a la Marinotti. No parecía tarea difícil, pues ya estaba contratado el comprador de la mercancía que debíamos sustraer. Espantosa fue nuestra sorpresa, segundos después de salir, al encontrarnos con decenas de policías que seguían nuestro automóvil. Cuando nos vimos copados, saltamos del coche y nos arrojamos al Po. El policía que me ayudó a salir se rompió el brazo del esfuerzo. El cadáver de Claudio tardó pocos días en aparecer.
Se me acusa de cobardía por no haber declarado nada sobre la existencia de Teresa Bertoli. Se dijo que yo era parte de una pandilla de tratantes de blancas, que era un agente bolchevique esparcedor de la inmoralidad y el crimen. Teresa Bertoli, en los hechos, me dio la razón. Claudio, ella y yo apañuscamos por unos meses la verdad. No me cupo la menor duda cuando leí en las cróncias que la habían encontrado tendida en el lecho, en cruz sobre los pechos las manos de largas uñas rojas, las facciones deformadas por el maquillaje y el hambre. A su lado, un pequeño festín: naranjas y quesos en estado de descomposición. Era la ofrenda a los dioses: su pasión y la nuestra resumidas en esa imagen. No se pudo comprobar que llegué a conocerla, mas eso no fue motivo para que la sociedad, unánime, eligiera la cadena perpetua.






miércoles, diciembre 03, 2008

(Biopics: El Crimen del Circeo)


Aquellos fueron, por otra parte, días de nota roja, con dos sucesos que golpearon excepcionalmente la conciencia colectiva italiana. Uno de ellos fue conocido en todo el mundo. El otro, el Crimen del Circeo, tuvo efectos culturales más trascendentes.

Dos jovencitas de barriada romana, aprendices de cultora de belleza, conocen en un bar a tres jóvenes de clase alta, que las invitan a una fiesta en la casa de campo, junto al mar, de uno de ellos. Donatella Colasanti, de 17 años y Rosaria Lopez, de 19 aceptan gustosas la invitación de los chicos bien.

Los cinco –ellos responden a los apellidos Izzo, Ghira y Guido, y son conocidos en los círculos neofascistas de Roma- llegan a la lujosa residencia de la familia Ghira, en el Circeo. No hay tal fiesta. Izzo, Ghira y Guido amenazan con una pistola a las muchachas y durante más de 24 horas las violan, las golpean, las torturan. Las sumergen en la tina hasta ahogarlas, luego meten los cuerpos en la cajuela del auto y regresan a Roma. Estacionan el coche bajo la casa de Guido y se van a comer unas pizzas.

Rosaria Lopez había fallecido, pero no Donatella Colasanti, quien se fingió muerta para evitar más ultrajes. Los pasantes oyen gemidos que provienen de la cajuela, llaman a la policía, que rescata a la muchacha en muy mal estado y captura a dos de los asesinos, que regresaban despreocupadamente hacia el auto, después de cenar.

Las crónicas de la época fueron capaces de reproducir con fidelidad casi detallista aquellas horas de pesadilla que vivieron las jovencitas, porque tanto los asesinos detenidos como la víctima sobreviviente las contaron: ellos, con frialdad y cinismo; ella, con un rencor casi tan grande como su dolor. Los ultrajes y agresiones de los neofascistas fueron siempre acompañados por insultos: injurias misóginas, de clase y políticas (las muchachas, totalmente ajenas a las ideologías, eran “comunistas de mierda”). “Se burlaban de que yo quería ser champuísta”, declaró Donatella.

En una nuez, el crimen del Circeo resumía la prepotencia de sexo y de clase social, y ponía de relieve el carácter represivo y criminal de la ideología fascista. Estaban todos los simbolismos. Aunque la condena y la consternación fueron unánimes, la prensa de izquierda recordaba constantemente el odio y el desprecio de clase que mostraron los torturadores. Izzo, Ghira y Guido eran la personificación de la maldad política, de la “negatividad fascista”. El efecto llegó al grado que varios chavos calificaron de “fascista” el disco Tubular Bells, de Mike Oldfield, porque –según las declaraciones de Donatella- era el que escuchaba en la cajuela del carro cuando iban de regreso a Roma (era el tema de la película “El Exorcista”).

Las crónicas de los primeros meses no lo consignaron, pero donde hubo más consecuencias fue en la relación de géneros. Rosaria y Donatella se convirtieron en una bandera del movimiento feminista, que se manifestaba en contra de la violencia de los hombres, pero no solamente contra la violencia directa, sino también en contra de la prepotencia, los aires de superioridad, la agresividad escondida. Y el feminismo italiano, con gran lucidez, se constituyó en parte acusadora. Así cruzó la cerca: pasó de ser un movimiento amplio, pero sobre todo de jóvenes universitarias, a un fenómeno de masas.

El fuerte juego de simbolismos nos dejó a muchos en una situación un tanto ambigua. Éramos estudiantes pobres y de izquierda, pero éramos varones. Éramos víctimas, pero también victimarios, al menos en potencia. Teníamos que cuidarnos de no parecer agresivos, dominadores o presumidos. Teníamos la obligación de asumir que éramos machos en proceso de desmachización: de luchar por extirpar el facho que –seguramente, a decir de las compañeras- hibernaba dentro de nosotros.

Izzo, Ghira y Guido fueron condenados a cadena perpetua, si bien a Ghira jamás se le encontró –hay versiones de que huyó de Italia, se inscribió al Tercio español y murió de sobredosis en Melilla, en 1994-. Un tribunal permitió la libertad vigilada a Izzo en 2005, la que aprovechó para asesinar –también por estrangulamiento- a la esposa y la hija de un compañero de cárcel: fue recapturado y vuelto a condenar a cadena perpetua. Guido logró que se le redujera la sentencia a 30 años, luego huyó de prisión y fue atrapado poco después en Buenos Aires. Fue preliberado en mayo de 2008. Donatella Colasanti murió en 2005.

Las crónicas de los periódicos eran fascinantes, no sólo por lo bien escritas, sino porque buscaban entender las cosas más allá de los hechos. Y la importancia del suceso reclamaba grandes plumas, como la de Italo Calvino, que hablaba de la facilidad con la que los jóvenes ricos de derecha podían pasar, con la certeza de su impunidad, de las bravatas de café a las golpizas a la salida de la escuela, a las carnicerías en las casas de fin de semana. Pierpaolo Pasolini respondió a Calvino, criticándolo por facilón, diciendo que pretendía fijar la inferioridad humana del “enemigo”, que el fascismo antiguo que Calvino anatemizaba era menos peligroso que el fascismo “de genocidio cultural” de la TV y que la violencia no era exclusiva de los frutos podridos de la burguesía, porque esa misma violencia la podían ejercer –y de hecho la ejercían cotidianamente- los pobres de barriada.

Dos días después de publicada su carta a Calvino, Pasolini fue asesinado –también en la periferia romana- por un joven de barriada. Un prostituto adolescente, Pino Pelosi, que le robó el coche y le pasó por encima, estallándole el corazón. También la muerte del gran poeta y cineasta fue objeto de magníficas crónicas periodísticas, y de profundos ensayos analíticos. Pero no tuvo el mismo enorme y persistente eco social que el crimen del Circeo.

domingo, noviembre 30, 2008

Sueño 59. Tres limbos (30-XI-08)

1. El avión en el que viajo vuela sobre la Ciudad de México. Está por chocar con un obelisco pero no pasa nada, no se siente nada.
El avión no aterriza. Pasan horas -algunos pasajeros afirman que son días- y no aterriza.
Poco a poco el pasaje va llegando a la conclusión de que estamos muertos. Pienso en la injusticia de la muerte (hay un bebé con su joven madre) y me pregunto si es real. Me toco el rostro y sí lo siento.
¿Es la muerte esta especie de limbo?
Luego digo en voz alta: "si este limbo es la muerte, entonces lo compartimos sólo con quienes nos morimos, pero ¿y si morimos solos?".

2. Entonces el avión hace una parada. Se sube Paolo Silvestri (ya envejecido) junto con otras personas. Voy hacia él y lo saludo. En cualquier caso, desciendo en la siguiente parada.
Bajé en una ciudad muy extraña, pero que supuestamente conozco. En su plaza central, con edificios tipo europeo, hay un árbol perfecto y frondoso. Es el símbolo de la ciudad.
Camino alejándome del centro junto con Claudio Francia y con Taidita. Una parte de las afueras está en blanco y negro, como que la ciudad se construye y se deconstruye a nuestro paso a partir de nuestra percepción. ¿Estamos muertos? ¿Estamos en un limbo semivivo en el que la realidad es mera construcción de nuestra mente?
Hay unas marquesinas o anuncios a color. Distingo el rojo. Comento que veo cosas en color y cosas en blanco y negro. Taidita me dice que a ella le pasa igual. Pregunto en qué color ven el anuncio que yo veo rojo. Ellos lo ven en blanco y negro.
-Esto quiere decir que la realidad la hacemos nosotros.
Entendemos (Taidita se entusiasma) y la realidad que percibimos respeta los colores, las formas, es fiel y hasta los peces que nadan en el río artificial son perfectos (y rojos).
"Esto es Matrix, no es real", me digo, y entonces la realidad de la Ciudad del Árbol se me presenta descarnada: sólo son estructuras. A lo lejos se aleja, como huyendo, la espalda-estructura de una figura humana sin carne ni sangre. Descubrí el secreto, lo que indica que/

3. Despierto en el avión que está por aterrizar en el Aeropuerto de la Ciudad de México. Bajamos a una zona enrejada desde la cual se tienen que tomar elevadores. Unos pasajeros lo hacen. Otros esperamos el elevador y no llega y no llega, hasta que comprendo que estamos semivivos.
Llega Joaquín López Dóriga y nos dice que nos tenemos que quedar allí encerrados en una parte del aeropuerto (nuestro crimen es no estar vivos del todo), y que además hay condiciones que cumplir, como no fumar (y Taide hace entrega de una arrugada cajetilla). Nos dan una botella de agua a cada uno. Bebo con fruición la mía, pero ¿cómo está eso de que no podemos salir? ¡Y tampoco fumar! Pienso que es necesario huir, que hay más libertad en una cárcel que en este limbo.
Luego me digo: "¿Qué estaba haciendo aquí López Dóriga? Esto es absurdo. Esto es un sueño".
Despierto, ora sí que definitivamente.

miércoles, noviembre 26, 2008

Biopics: Las Tres Gracias

Un examen frustrado

Dediqué buena parte de las primeras semanas tras mi regreso a estudiar para el examen de Matemáticas Financieras. Lo presenté con una gripe tremenda y me fue mal, para extrañeza del profesor Bertoni, quien me dijo que estaba sorprendido, porque yo parecía ser de los pocos que entendían su clase. Utilicé el resfriado como pretexto, pero la verdad yo las matemáticas las suelo entender cuando me las explican, pero tengo serias dificultades para hacerlo con libros. Lo que pude más o menos contestar fue lo que se me pegó de las clases: las horas de estudio nada más me hicieron bolas. La ventaja fue que –tal como se estilaba- Bertoni no me puso calificación en la libreta, pero me citó para que volviera a presentar el examen en febrero (no me fue tan mal, saqué 26).

La Pelos de Máis

Cuando llegaron Eduardo Mapes y Jorge Carreto de México, nos fuimos con varios cuates a comer pizzas a la campiña. Recuerdo que esa noche, avivado un poco por el vino y mucho por la compañía, me sentía yo feliz, en gran camaradería. Como que las cosas en el mundo estaban en su lugar correcto. Al regresar a casa, le comenté ese sentimiento a Eduardo.
-Pues yo estoy que me lleva la chingada -respondió.

-¿Por qué? –pregunté sorprendido.

-Margherita me cortó –dijo con mucha tristeza-, anda con el tal Iaio.

Me sentí muy mal. Por mi amigo –a pesar de que Margherita no me latía y de que lo quise alivianar con alguna frase de comprensión-, pero también por mi incapacidad para ver con claridad lo que estaba sucediendo a mi alrededor y por la frustración de que ese instante perfecto no lo era. Más de una vez –y supongo que no soy la única persona-, justo cuando sientes que todo se ha acomodado, algo –a veces algo menor, a veces algo trágico- te recuerda que la vida es sinónimo de imperfección.

Pero todo sigue, y pasado ese momento, Jorge, Vadillo y yo –en típico comportamiento masculino- aprovechábamos distintos momentos para joder al pobre de Mapes sobre Amargurita y lo mala onda que era. En una ocasión estábamos jugando dominó –con Vadillo en vez de Daniele sí eran buenas partidas- estuvimos friegue y friéguelo. Alfonso Vadillo era el más ácido: “Ya olvida a la Pelos de Máis”, “pinche Pelos de Máis no te deja pensar”, “me cae que no sé qué le viste a esa flaca Pelos de Máis”. Eduardo tiró las fichas, se levantó y se fue a su cuarto.
-Pinche Pelos de Máis, ya nos chingó la cuarteta – decretó Vadillo-.

Le tre Grazie

La verdad es que en esa época ya nos juntábamos mucho más con un grupo más grande, más variopinto y más interesante que el que tenía a las Bucciarelli como eje. Lo constituían, por un lado Paolo y Anna con varios de sus cuates ligados a Il Manifesto; y por el otro Claudio Francia y sus cuates ligados al PCI, entre los que estaban Daniele y la banda de San Dámaso. A este grupo multiclasista, de izquierda racional, se unió también Beppe Falavigna.
Parte fundamental de esa nueva banda eran tres amigas que habían estudiado DAMS (Arte, Música y Espectáculo) en la Universidad de Bolonia. Claudio se había hecho novio de una de ellas, a la que se había ligado en la Biblioteca Estense. Su novia era Iolanda Silvestri, mejor conocida como la Dandi y sus compañeras inseparables era Elisabetta Bazzani, la Betti y Marta Cuoghi-Costantini, la Marta. Las tres estaban trabajando en aquel entonces en su tesis –que combinaba arte, historia y un poquito de economía- sobre los tejidos artesanales emilianos entre los siglos XVII y XIX.

Las tres eran mujeres muy interesantes y todas tenían un conocimiento apabullante de la cultura clásica. Alguien (no recuerdo quien) les puso de sobrenombre “Las Tres Gracias”, pensando en los frescos de Pompeya y las pinturas clásicas de Boticelli y Rubens, pero no solamente en ello. Como las de la mitología, Dandi, Betti y Marta siempre estaban juntas, presidían banquetes, danzas y otros placenteros eventos sociales y difundían gozo y amistad entre los mortales. Y, por supuesto, cada una a su manera, eran agraciadas.

La Dandi
era rubia, muy delgada, con mucho porte pero con voz de pito. Vestía bien y vivía en la calle más elegante de Módena. Cuando sonreía hacía una mueca que quería ser voluptuosa, pero que en realidad era maliciosa. Le encantaba provocar a los demás –particularmente a Claudio- y ser el centro de atención. Era muy divertida, sobre todo si no la tomabas totalmente en serio, y jugabas con ella –con el intelecto y con otras cosas-. A Donna Aldesira, la mamá de Claudio, no le gustaba como novia de su hijo, y se lo decía directito: “Claudio, no me gusta tu novia burguesa, búscate una buena chica comunista”. De las tres Gracias, Dandi era Eufrósine, cuyo nombre significa “gozo y alegría”.
La Betti
tenía los ojos claros y el cabello oscuro, la voz grave y era la más bonita de las tres. Era hija de un ferrocarrilero. Había sido novia de Paolo en una época ya lejana, cuando los dos estaban en la prepa y militaban en Poder Obrero. Al igual que sus compañeras era rollerísima, sólo que más que las otras dos. No era tan apasionada como ellas y a menudo fungía de pacificadora. Carecía de la arrogancia de la Dandi, y no era avasalladora como su amiga, pero cuando hablaba a veces parecía que te estaba dando una lección. Betti era Aglaya, cuyo nombre significa “la esplendente”.
La Marta
era morena, delgada y de ojos grandes. Vivía en Maranello, donde su papá despachaba en una gasolinería. Era seria y la más culta de las tres, que ya es decir. Era de las que cuando leía “cinabrio” en un poema de Octavio Paz, sabía perfectamente que se trataba de un mineral bermejo, semejante al cuarzo, y se sorprendía de que los demás no lo supiéramos. A diferencia de sus compañeras, tenía una visión pesimista de la vida (“espero no llegar a los cincuenta”, dijo cuando cumplió 25 años) y, al igual que Dandi, era un tanto histriónica. Le gustaba sentarse en el suelo (“como ardilla”, decía Dandi) y meterse en interminables discusiones ontológicas, sociológicas, psicológicas y demás, sobre todo si era con Jorge Carreto, quien por un tiempo se hizo del rogar. Marta era Talía, cuyo nombre significa “la portadora de flores”.

Sin duda, las Tres Gracias hicieron más pasajera nuestra estancia en Módena.

viernes, noviembre 21, 2008

Riccardo Parboni y el señoriaje del dólar

Riccardo Parboni era una enciclopedia de economía. A diferencia de Biasco –pero sobre todo de Salvati, que a cada rato invocaba el carácter anárquico del capitalismo-, Parboni tenía una visión algo maquiavélica: era capaz de descubrir el “plan con maña” detrás de cada movimiento económico, y de estructurarlo de manera convincente y rigurosa.
Según Parboni, los sujetos de la economía internacional no son primordialmente las familias y las empresas, sino los Estados, que intentan influenciar y condicionar las características de los modelos financieros para servir a sus intereses nacionales.
Hacía un análisis profundo de los tipos de cambio, explicando cómo las devaluaciones (y las revaluaciones) tienen efectos acumulativos (a través de la inflación, en las naciones que devalúan) y que el pasaje de los sistemas de tipo de cambio fijo a tipo de cambio flexible no implicó un cambio en la demanda de reservas internacionales. En ese contexto, señalaba, había un país para el cual las consecuencias inflacionarias de la devaluación eran imperceptibles: Estados Unidos (de hecho, una devaluación del dólar tenía más efectos inflacionarios en el resto del mundo –a través, sobre todo, de los mercados de materias primas- que en el propio EU). Eso era debido a dos razones: el bajo grado de apertura de la economía norteamericana y la gran demanda de dólares para las reservas internacionales.
Para él, el fin de la convertibilidad del dólar en oro debió haber permitido el nacimiento de un sistema paritario, que no le confiriera privilegios a ninguna divisa: una moneda fiduciaria internacional (que pudo haberse desarrollado a partir de los DEGs –Derechos Especiales de Giro- del FMI, que son una suerte de divisa ponderada a partir de las aportaciones de los países miembros). Parboni dudaba del oro –aunque señalaba, profético, que su demonetización tardaría mucho-, por las dificultades de fijarle un precio estable (relativo a las otras divisas).
Sin embargo, decía, Estados Unidos impuso condiciones, ya que el país que emite moneda de reserva puede financiar su propio déficit externo con pagos en moneda local, sin tener que utilizar activos financieros acumulados precedentemente a través de superávits anteriores. En otras palabras, el país con la moneda de reserva se apropia de recursos reales producidos en el exterior (si su déficit es de cuenta corriente) o de títulos para el uso futuro de esos recursos (si su déficit es en cuenta de capitales). Para describir esta situación Parboni acuñó un término: “el señoriaje del dólar”.
Señalaba que, tras las fases en que EU dotaba de reservas al mundo, a través de ayudas y de inversión directa, habíamos llegado a una tercera, en la que ya no hay elementos de legitimación del poder americano, que se sirve del sistema para financiar déficits crecientes de cuenta corriente.
Su visión era la de un mundo capitalista unipolar que se estaba convirtiendo en multipolar, pero que se manejaba con las viejas reglas. Por ello, era un entusiasta del Sistema Monetario Europeo, y en particular del ECU (el antecedente del Euro).
Analizaba constantemente las asimetrías (con tablas de saldos de balanza de pagos, agrupando a las naciones en todo tipo de conglomerados). En su visión principal, dividía a los países en tres grupos: los que no tienen dificultad en su balanza de pagos, aun en situación de pleno empleo; los que que pueden financiar sus déficits, y los países “encadenados financieramente”, para los cuales el pleno empleo significa un déficit en balanza de pagos difícil de financiar. En el primer grupo ubicaba a Alemania, Japón, Holanda, Suiza, Noruega y –parcialmente- el Reino Unido. En el segundo, a Estados Unidos. En el tercero, al resto del mundo, incapaz de tener una iniciativa autónoma de relanzamiento económico. Obviamente, si EU tenía problemas financieros –como sería lógico si desapareciera la centralidad, el señoriaje, del dólar-, tendrían que ser las naciones del grupo uno las encargadas de sacar la economía mundial del atolladero. Por eso, a diferencia del resto de los profesores de la escuela, que temían la influencia alemana –y es que realmente la CDU (Unión Demócrata Cristiana) de aquella época era de miedo- , Parboni decía que la estabilidad de Europa y su futuro estaban en Alemania.
A mediados de los ochenta –ya se había peleado con buena parte de los profes de la facultad- pronosticó que antes del fin de la década Alemania se reunificaría; que la Perestroika que había iniciado Gorbachov terminaría por acabar con el comunismo –y aconsejaba que aprendiéramos ruso, porque iba a ser una potencia- y que algo similar ocurriría con China –y aconsejaba que aprendiéramos chino, porque iba a ser una potencia-. Lo tiraban de a loco.
Como escribí antes, Parboni nos enseñó técnica bancaria y teoría monetaria. Dedicó un buen rato a los monetaristas o “antikeynesianos”, como prefería decir. Al tiempo que nos enseñaba los fundamentos de la teoría, señalaba que éstos ven a la inflación como la violación del fundamento mismo en el que se basa la libertad del hombre, ya que viola la sacralidad de las relaciones contractuales entre los ciudadanos y desnaturaliza la relación entre los ciudadanos y el Estado, y que tomaron fuerza a partir de la insatisfacción por la incapacidad del keynesianismo para explicar coherentemente el fenómeno del estancamiento económico con inflación. Subrayaba que el nivel general de precios se mueve con continuidad, y no de manera discontinua, como lo sugería la “barrera inflacionaria” de Keynes y que la única novedad de los monetaristas –inscrita en una teoría con muchas lagunas- era la introducción masiva del concepto de expectativas, que debían ser tema de central interés para los keynesianos.
Parboni decía que el monetarismo había probado su bancarrota científica, porque no tiene una definición teórica de moneda, porque la selección del agregado monetario es arbitraria, porque no reconoce la inestabilidad de la velocidad de circulación de la moneda, porque –en contra de los principios máximos de Friedman- no resiste la prueba de la verificación empírica.
Hoy la caída de la hegemonía monetaria americana es evidente, los capitales se mueven como hormigas a las que les taparon el hoyo, en busca de algún recipiente estable de valor (y hasta el precio del oro anda en montaña rusa), las naciones que pueden tomar la estafeta lo dudan (y ya están también en recesión), la situación es de gran movilidad. En estas circunstancia, vale mucho la pena releer a Parboni (Finanza e crisi internazionale, Moneta e monetarismo, The Dollar and its Rivals), un economista genial, pero injustamente relegado. Varias de sus otras profecías se cumplieron: la unificación de Alemania, el Euro, el auge de China, pero no las pudo ver. Murió en 1988, de un ataque al corazón, a los 43 años.
Fue mi director de tesis y una guía durante los años en que me dediqué (casi) de lleno a la economía. Volveré a hablar sobre él.

jueves, noviembre 20, 2008

Salvatore Biasco y el fin de una era

Salvatore Biasco había publicado, años atrás, un artículo titulado: “La fine di un’era: lo sviluppo capitalistico nel dopoguerra”, llevaba tiempo revisándolo y enriqueciéndolo (algo muy distinto a la ordeña de la vaca que describió Aguilar Camín), y terminó en 1979 publicando un libro llamado L’inflazione nei paesi capitalistici industrializzati.

¿Cuáles eran las tesis centrales de “La fine di un’era”?

Que el Acuerdo de Bretton Woods que estableció el sistema monetario de posguerra –el llamado patrón oro-dólar- implicaba que Estados Unidos podía tener constantemente un déficit de cuenta corriente que el resto del mundo financiaba –a través de la acumulación de reservas en dólares-, mientras que las demás naciones se veían obligadas a cuidar el equilibrio en su balanza de pagos.

Esto a su vez significaba que, mientras que la economía de EU estaba jalada, esencialmente, por la demanda interna, las demás naciones –particularmente Europa occidental- estaban obligadas a un desarrollo jalado por las exportaciones y, por lo tanto, a abrir sus economías. Biasco decía que el Reino Unido, atado al poder de antaño de la libra esterlina, no decidía qué patrón de desarrollo seguir, y por eso vivió en aquellos años lo que llamaron el stop & go.

Uno de los grandes hallazgos de Biasco fue que la lógica del desarrollo jalado por las exportaciones funcionaba en tanto hubiera desfases en los ciclos económicos nacionales de los países que intercambiaban bienes y servicios. Que la demanda externa en fase alta supliera a la demanda interna en fase baja, y viceversa.

Esto, explicaba, era posible en tanto no se acercaran las economías a la plena utilización de los factores de la producción y, en particular, en tanto no se acercaran al pleno empleo, lo que sucedió en Europa a principios de la década de los sesenta.

Suceden entonces dos cosas simultáneamente: por un lado, la situación de pleno empleo fortalece a los sindicatos, y hace más fuerte su capacidad de presión para mejoras salariales reales y para un cambio en la correlación de poder de las sociedades; por otro, Europa –por decirlo de una manera- ya se sostenía a sí misma, y su gusto por financiar obligatoriamente el déficit estadounidense ya no era tanto. A mediados de la década, De Gaulle exigió a Estados Unidos que cambiara en oro las reservas en dólares que tenía Francia: evidentemente, eso era imposible al precio fijo de 35 dólares la onza establecido en Bretton Woods.

Según Biasco, la reacción política ante la mayor combatividad obrera fue una disminución de las inversiones, que servía para crear el desempleo necesario para hacer manejable el mercado laboral. Pero esto significó que se acabaran los desfases entre naciones comerciantes y se tradujo, sucesivamente, en freno al crecimiento económico y en inflación.

Por otra parte, cuando Nixon, en 1969, ante las presiones europeas declara unilateralmente una devaluación del dólar con respecto al oro, hace el equivalente a una declaratoria de moratoria parcial de deuda. Mi pagaré (el dólar que tienes en tus reservas) ya no vale 100, ahora vale 90. Esto desata el primer capítulo de una larga guerra económico-financiera entre Estados Unidos y Europa, y da pautas –por otra parte- para la elaboración de nuevos instrumentos financieros, como los swaps.

Otro punto central del análisis de Biasco es que, a diferencia de lo que había sucedido en épocas anteriores, esta vez no había una inflación nacional, sino que era resultado de un sistema mundial de relaciones. Decía que ni las modificaciones socio-políticas internas, ni las variaciones en la distribución del ingreso en los países individuales podían explicar el fenómeno. En cualquier caso, mayor conflicto interno significaba mayor pérdida de cohesión del sistema internacional: la lucha por la distribución del ingreso en naciones que se acercan al pleno empleo), crean condiciones que impiden a los países más estables desde el punto de vista político-sindical y monetario (Alemania o Japón), y más competitivos, mantener una influencia preponderante en el sistema mundial de precios.

Señalaba que cuando la politización del mercado es solamente implícita, en realidad los comportamientos económicos derivan de las reglas fijadas por la potencia hegemónica. Lo sucedido a finales de la década de los sesenta significaba que Estados Unidos ya no podía usar un poder disciplinario, ni los otros países lo iban a seguir de manera subalterna.

De ahí que se hiciera necesario entender la secuencia de los flujos de capital: las razones de fondo de la inestabilidad (una obsesión para Biasco), para encontrar una salida al laberinto… y Biasco decía que esa era una obligación para los partidos de la clase obrera, porque de otra forma la derecha encontraría una puertecita, y nos obligaría a todos a entrar por ella, aunque fuera muy estrecha.

En suma, la crisis económica internacional que se vivía en esos tiempos no era vista como producto de una razón única, sino resultado de una compleja red de mecanismos que interactuaban entre sí. Mecanismos de mercado, algunos (como la parte abierta de la economía contagia de inflación a la parte cerrada, por ejemplo); mecanismos financieros, otros; elementos políticos nacionales (los subterfugios para cambiar, o para mantener una determinada distribución del ingreso) y relaciones internacionales de poder (quien financia a quien, por qué y a qué costos).

Biasco tituló su famoso artículo como “El Fin de una Era”. Efectivamente, eran los estertores del Estado de bienestar y las políticas keynesianas. La derecha encontró una puerta, a través del monetarismo y el Consenso de Washington, y la economía volvió a crecer bajo otras condiciones sociales y en otro ambiente financiero (en el que, pese a todo, porque una visión monetarista de la inflación de aquellos años le echaría la culpa de todo el desastre a su endeudamiento de cortísimo plazo, Estados Unidos siguió financiandose a lo grande, permitiéndose déficits gigantescos mientras sus mastines de la ortodoxia exigían ajustes a las demás naciones).

No sé si Biasco siga escribiendo del tema. Publicó en los ochenta Gioco senza regole: l’economia internazionale alla ricerca di un assetto, luego pasó a tareas más políticas. Fue diputado (por el Partido Democrático de Izquierda) en una legislatura en la que Salvati coordinaba al grupo parlamentario (según Claudio Francia, el ojete de Berlusconi les puso un baile), y tuvo mucho que ver con la reforma fiscal de fines del siglo pasado. El caso es que ahora estamos ante el fin de otra era, y no nos vendría nada mal una explicación tan exhaustiva como aquella.

martes, noviembre 18, 2008

Biopics: Materias fundamentales

Soy de quienes creen que en la escuela se aprenden muchas cosas intrascendentes y unas cuantas cosas fundamentales. En aquel año académico me inscribí a ocho materias ocho, con un horario asesino –porque casi todas las clases se acumulaban de lunes a jueves-, a sabiendas de que me tardaría al menos otro año en cumplir con los exámenes de todas ellas. Creo que a la postre fue una buena decisión, no sólo por los efectos de la inmersión total, sino sobre todo porque en varias de esas materias aprendí la mayor parte de las cosas fundamentales que hay en la formación de un economista. En comparación, lo de los años anteriores había sido mero entrenamiento.

Cuatro materias resultaron importantes: eran Economía y Política Agraria, con Gianni Mottura, donde revisamos, por una parte, las tesis del “renegado” Kautsky, la vía junker y la vía farmer de la acumulación, así como una serie de artículos sobre la reforma agraria en Italia (que tenía varios puntos en común con la mexicana; entre otras, el uso político) y sus efectos en la economía regional; “Ciencia de la Programación”, con un maestro cuyo nombre no recuerdo, en el que estudiábamos, esencialmente, las interdependencias sectoriales de la economía, a partir de un análisis dinámico de la matriz de insumo-producto de Leontief; Una combinación divertida y formativa de álgebra lineal y sentido común. Ciencia de las Finanzas y Política Financiera, con Paolo Bosi, que –a pesar del nombre- versaba sobre presupuesto público y sus maneras alternativas de financiamiento, así como sobre los diferentes efectos de medidas de política fiscal o monetaria sobre la recaudación y Política Económica, con Andrea Ginzburg, que abordaba principalmente los efectos del comercio internacional en el desarrollo, pero también la formación de distritos industriales y los fundamentos del ciclo de negocios (que es también político). Con Bosi y con Ginzburg vimos un aspecto clave de la situación que empezaba a vivirse en aquellos años: la crisis fiscal del Estado.

Las otras cuatro materias resultaron fundamentales.

Michele Salvati, el jefe intelectual de ese grupo de jóvenes profesores, daba “Economía Industrial”, y se enfocaba en dos asuntos: los ciclos largos de creación y destrucción de capital –cómo a cada periodo de crecimiento corresponde el auge de ciertas ramas de la producción y cada crisis corresponde a un reacomodo del capital, que sale de estas ramas y pasa a generar otras, que serán las locomotoras del siguiente período de crecimiento- y los cambios en la toma de decisiones de las empresas –el paso de la racionalidad económica abstracta a las distintas razones organizacionales y psicológicas que han ido de la mano con el pasaje de la empresa tradicional a los corporativos modernos-. Y en medio de sus lecciones, Salvati a menudo se salía del tema, pero siempre para decir alguna genialidad políticamente incorrecta que –al final nos dábamos cuenta- efectivamente estaba ligada a los problemas que abordaba.

Massimo Pivetti daba Teoría Económica II. La parte central de su curso era un análisis detallado de la Teoría General del Empleo, el Interés y el Dinero, y se acompañaba de la revisión de la reabsorción del keynesianismo a la teoría ortodoxa (la “conciliación de Hicks” y las famosas curvas IS-LM), así como de la crítica de Garegnani al marginalismo. A diferencia de Salvati, Pivos era superordenado al dar clase. Inició la segunda lección sobre Keynes con un resumen de cinco minutos de lo que habíamos visto en la primera. En la tercera, antes de continuar con el desarrollo de la teoría, resumió en un minuto la primera y en cinco minutos la segunda. Y así sucesivamente. Era extremamente pulcro y preciso. Tenía percha y todas las compañeras estaban enamoradas de él (pero tenía pocos alumnos por su fama de muy exigente).

Salvatore Biasco daba Economía Internacional, era tímido y miraba siempre a la ventana durante sus lecciones, que no eran fáciles de seguir (en el fondo, hablaba para sí mismo; era un cuate muy neurótico que ponía seguros a sus sábanas para que no se le movieran durante el sueño, según contaban los compañeros que vivían con él). Pero los temas que tocaba, las lecturas que escogía y la manera aguda con la que trataba el asunto eran deslumbrantes. Con él vimos todo lo relativo al manejo de la balanza de pagos, pero también las relaciones políticas que estaban detrás de los movimientos internacionales de capital, del manejo de las finanzas mundiales y –en particular- el papel de la inflación en todo este enjuague.

La materia “Complementos de Matemáticas para Economistas” tenía relativamente pocas matemáticas. Se llamaba así porque en Italia los catedráticos son dueños de su cátedra, y suele haber sólo una por facultad. El nombre era un eufemismo para “Política Monetaria con Riccardo Parboni”, porque la titular de ese nombre era Maria Antonietta Campus. Parboni era un maestro joven, superneuras, que nos dio una visión filosófica del significado de la moneda en las culturas, nos enseñó una historia de las doctrinas de teoría monetaria –donde destrozaba con virulencia, pero también con precisión de cirujano, el monetarismo, la teoría que se quería proponer como alternativa a la crisis que azotaba el mundo- y también se internó en el grave asunto de las finanzas internacionales, explicando cómo en realidad se trata de un enorme juego de poder.

Si con Pivetti y Salvati entendí las bases del funcionamiento del sistema financiero (de cómo las decisiones de ahorro se convierten en decisiones efectivas de inversión), Biasco y Parboni me dieron muchísimas claves para la comprensión del “sistema-mundo”. Ese año decidí que mis áreas de especialización serían la teoría monetaria, el sistema financiero y la economía internacional.

Ahora que la economía mundial se encuentra en una severa crisis aquellas viejas lecciones vuelven a la mente, y lo hacen de manera machacona. Las tesis de Biasco, pero sobre todo las de Parboni –un genio muerto prematuramente- merecen, al menos, otro capítulo.

martes, noviembre 11, 2008

Biopics: Vadillo y los hippies

Una de las últimas cosas que hice antes de regresar a Italia fue asistir a una marcha de protesta contra las ejecuciones en España de jóvenes militantes de la ETA y de las GRAPO. Echeverría permitió esa manifestación, que le era útil para su política externa: solicitó la expulsión de España de la ONU. En realidad, aquellos eran los últimos estertores del régimen franquista. La marcha culminó en el Hemiciclo a Juárez. Recuerdo a mi amigo Julián Tonda muy animado –e indignado- en ella, y que alguien incluso gritó “Gora Euskadi Askatuta”.
En la sala de espera del avión que me llevaría de nuevo a Europa había dos españoles. Una señora muy decente les preguntó, casi asegurándolo, si estaban enojados con México, por la posición del gobierno. Se sorprendió de la respuesta:

-¡Pero señora, cuando España sea una democracia vamos a llenar de tequila todas las fuentes de Madrid!

Eran sindicalistas del PSOE y estuvimos conversando buena parte del viaje.


Al entrar al departamento de Módena me topé con una sorpresa. Estaba ocupado por una comuna de hippies. Eran amigos o conocidos de Margherita –a quien Eduardo le había dejado las llaves- y ella se los había prestado.

Quise poner la mejor de mis caras y de mis actitudes con estos cuates, pero estaban muy lejos de ser los hippies clásicos de las revistas gringas alternativas. Tenían en común con ellos eran la greña, la vestimenta, el gusto por la droga y la costumbre de no bañarse, porque olían a madres. Fuera de eso, eran unos imbéciles absolutos: me hacían preguntas como “Oye, ¿en México no comen carne por razones religiosas?” o afirmaban, muy convencidos: “En la India se acaban de ponerles a enseñar inglés. Mueren de hambre y les enseñan inglés ¡Qué tonto!”.

Al segundo día, mientras veía que todos bebían té con leche de la misma escudilla comunitaria de plástico, que dejaban toda babeada, me dije “basta” y los mandé a la chingada. Esa misma noche llegó Alfonso Vadillo a pedir asilo, lo que sirvió para apurarlos. Una pareja de los hippies me pidió que los dejara quedarse otro día, mientras encontraban dónde recalar. Estuvieron toda esa jornada cogiendo en el cuarto de Carreto.


Vadillo era lo contrario a los hippies: estaba muy hecho a la cultura de la izquierda comunista latinoamericana, y se había traído consigo –además de su guitarra- una buena cantidad de casetes con música de protesta. Durante el par de semanas que estuvo en casa me enseñó muchos elementos básicos de cocina –lo que aún hoy le agradezco- y a rasgar en su lira el “rin del angelito”. Nos echamos largas sesiones escuchando a Ángel Parra (había una grabación de él a dueto con Vadillo, y a leguas se notaba quien desafinaba) y otros intérpretes de cuecas, chacareras, milongas y toda esa gama sudamericana. Luego consiguió departamento –se lo rentó un tío de Anna Bernardi-, céntrico, pero chiquito y húmedo, y se fue para allá.

En esos días dos amigas –que yo había conocido a través de Paolo y Anna- nos visitaban cotidianamente por las noches: Adriana Martinelli y Cristina Tazzioli, Kitti. Era evidente que Adriana iba por los huesos de Vadillo; yo nunca supe si Kitti iba tras los míos, o nada más por hacerle compañía a su amiga. En esa duda estaba –viéndome lentooote- cuando Alfonso consiguió su depa. Adriana siguió frecuentándolo. Kitti desapareció (pero me sigo preguntando si fue por mi lentitud).

lunes, noviembre 10, 2008

El caníbal ignorado

Todos los periódicos estaban metidos en otra cosa: los funerales de Camilo Mouriño y las otras víctimas del avionazo del 4 de noviembre. Y si había otra cosa que apuntar, estaba la fuga de odorizante a gas en Polanco, que causó pánico colectivo. Los días posteriores, los medios seguirían con el desarrollo de las investigaciones del desastre.

Esa improbable coyuntura permitió que Eduardo Cervantes Salgado ni siquiera rozara la esquina de una primera plana en los principales diarios de México. Pero el 6 de noviembre las autoridades lograron acreditar que el sujeto –detenido en abril por matar a mazazos a su propia madre- había asesinado y devorado parcialmente a su novia, Karen Guadalupe González.

En las notas de interiores se destacaba que esto significaba que Karen, cuyo cadáver mutilado apareció en el norte de la ciudad, no había sido asesinada –como se pensó originalmente- por El Caníbal de la Guerrero, el hombre que cultivaba con sus poemas a sus víctimas, para luego matarlas y comérselas revueltas con chorizo, y que acaparó por semanas las primeras planas y las discusiones de sobremesa.

Cervantes era discreto, no fue capturado espectacularmente, no llamó la atención más que de algunos especialistas, que descubrieron una similitud entre los cortes hechos a la madre –los pedazos fueron recogidos en el canal del desagüe- y los que recibió la muchacha, que resultó haber sido su ex novia. El único detalle emotivo del caso es que la joven fue identificada por su tatuaje: un corazón roto.

Cuando José Luis Calva Zepeda, El Caníbal de la Guerrero, apareció muerto en su celda, los periódicos dieron la noticia con pormenores y la gente discutió –como siempre- si fue de verdad un suicidio. Eduardo Cervantes Salgado morirá en el anonimato.

Cosas que pasan por no escribir poesía.

jueves, octubre 30, 2008

Biopics: ... Y se gestaba la gesta obrera

Sapo cancionero

Otra de las cosas que hacía yo con Rafael Pérez Medinilla y con Víctor durante aquella estancia en México era ir a menudo al Sapo Cancionero, la peña que estaba en Satélite. Se tocaba música latinoamericana de protesta, pero el plato fuerte era Chava Flores, maestro de la trova cómica urbana, y también del albur. Ahí nos echábamos unas chelas, platicábamos de muchas cosas y en general la pasábamos bien.
Una noche, cuando el grupo de protesta en turno empezaba los acordes de “El Cóndor Pasa”, a Rafa se le ocurrió decir que era muy emocionante cuando tocaban esas notas en el momento en el que salían al campo los Cóndores de la UNAM, el equipo de futbol americano.

-Pues ora por decir esa pendejada pagas las chelas –dijo Víctor, genuinamente indignado.

-Oye, no tengo lana para pagarles a todos.

Yo me zafé, pero Víctor insistió, y el pobre Rafael, a regañadientes, le pagó la cuenta.

No fue la única vez que Víctor dejó de pagar. En otra ocasión, fuimos un grupo relativamente grande de cuates al Bar León, en el Centro. La rumba empezaba a ser cultura. Después de chupar bastante, a Víctor se le ocurrió subirse a tocar la tumbadora con el grupo. No le fue muy bien y, en vez de regresar a la mesa con nosotros, se salió del local y se fue a su casa. Días después, le reclamé y me lo tomó muy a mal.

Juegos (fuegos) Panamericanos

También en esos días se realizaron los Juegos Panamericanos en la ciudad de México. Fui un par de veces al beisbol, con Jonathan Davis, y vimos jornadas de gran calidad. También fuimos Davis, Rafael Rangel y yo a la final de futbol en el Azteca: México contra Brasil. Empezamos ganando, pero Brasil nos empató. Se fueron a tiempo extra y los brasileños estaban encima del área mexicana. Cuando más olía a gol sudamericano, un milagro: se fue la luz del estadio. Tras un rato de gritos multitudinarios de “¡juego, juego!”, a veces trocados por los de “¡fuego, fuego!”, se tomó la decisión –maquiavélica, más que salomónica- de otorgarle la medalla de oro a los dos equipos. Sentimos que era la manipulación priísta llevada a su máximo y nos fuimos del estadio. Era ya una multitud la que descendía por las rampas cuando sonaban los himnos (y la otra parte de los asistentes, emocionada, cantaba el himno nacional).


Turismo revolucionario

Cuando se acercaba la fecha de mi regreso a Italia, llegaron a México Carreto y Mapes. Su rol por Portugal había estado de lo más interesante, porque coincidió con la radicalización de la Revolución de los Claveles. Nada más que, rascándole un poquito, la radicalización coincidió también con la llegada de amplios contingentes internacionalistas en vacaciones revolucionarias de verano. Contaban Eduardo y Jorge que en el camping en el que se instalaron había mítin todas las noches, y que la voz cantante la llevaban los italianos de Lotta Continua. Se pitorreaban de los “tours revolucionarios” que organizaban algunas agencias de viajes: en la mañana, visita a una fábrica tomada por los obreros, plática y comida con los sindicalistas; en la tarde, participación en una marcha; noche libre. De cualquier forma, ellos llegaron contagiados de ese espíritu, y Eduardo con cualquier pretexto coreaba: “Vasco, Vasco, companheiro Vasco, nos saremos ta muralha d’aço”, de una manifestación en apoyo al primer ministro Vasco Gonçalves, que había nacionalizado bancos y aseguradoras, y estaba siendo asediado por los moderados de la revolución. Una parte de los integrantes de aquella “muralla de acero” se regresó a sus respectivos países, y Vasco estaba fuera del poder en otoño.


¡Que viene Vadillo!


Una tarde nos cita en la cafetería del CUC Alfonso Vadillo, aquel joven maestro con el que habíamos tenido problemas en segundo semestre. Nos dice que él también se va a estudiar a Módena, nos platica anécdotas muy cotorras –y otras, como la del tipo al que le pidió prestado su coche por un rato… y se lo llevó a Acapulco-, nos pide que le demos albergue los primeros días. Le decimos que sí. Salió a Italia pocos días antes que yo.


Especulaciones, y una gesta en marcha

A partir de los relatos portugueses de Mapes y Carreto, platicamos bastante acerca de los escenarios probables para una revolución democrática en México. Una de esas veces, en un Dennys, Carreto dijo que eso sólo podría pasar cuando el PRI se partiera en dos. Aseguró que él veía la coyuntura próxima: Mario Moya Palencia como candidato de la derecha priísta, y José López Portillo, como candidato de la izquierda. Eduardo le contestó que, en todo caso, la cabeza visible de la izquierda priísta sería Muñoz Ledo. Yo les dije que el PRI se partiría sólo desde abajo, cuando se rompiera el control corporativo sobre los obreros.

El tiempo diría que probablemente quien más cerca estuvo de la profecía fue Eduardo Mapes, pero en aquellos meses se gestaba la gesta obrera de la Tendencia Democrática de los electricistas, encabezada por Rafael Galván –senador priísta, pero importante personaje en la historia de la izquierda mexicana-. Eran los meses posteriores a la Declaración de Guadalajara, que pugnaba por eliminar el charrismo sindical, la organización de los trabajadores en sindicatos nacionales de industria y la participación de las organizaciones obreras en un proyecto de nación, que reorientara la economía con un sentido popular.

Yo ya había regresado a Italia, pero cuando llegaron Mapes y Carreto de México, estaban emocionados e impresionados por la marcha sindical, cuya vanguardia era la Tendencia Democrática.

-Una manifestación gigante –me decía Eduardo, los ojos entintados de alegria-, ¡De obreros!

viernes, octubre 24, 2008

Biopics: Mis (pocas) putas tristes

El día que cumplí quince años, mi papá me regaló cien pesos para que me fuera de putas. Con ese dinero compré el disco In-A-Gadda-Da-Vida y un par de libros. Se preocupó. Cuando cumplí dieciseis me regaló 200, con la misma intención explícita –supongo que supuso que cien lanas eran muy poco-, y otra vez me compré libros. En el siguiente cumpleaños no me dio dinero, pero pocos meses después me preguntó cuándo iba yo “a probar mujer”.
-Ay papá –le dije-, desde hace dos años me acuesto con mi novia.

Mi viejo pertenecía a una generación en la que todos sus integrantes perdieron la virginidad con prostitutas y se le hacía difícil imaginar que había otra manera de hacerlo. Yo llegué a la adolescencia al mismo tiempo que los primeros gritos de “haz el amor y no la guerra”, que la propagación masiva de la píldora anticonceptiva y que los primeros, leves, barruntos del feminismo.

Aquel fue un tema en el que jamás nos comprendimos. Entre otras cosas porque las anécdotas que me contaba, supuestamente pícaras, pero también preventivas, terminaban como cuentos de horror: de cómo la falta de protección se traducía en que luego te tenían que echar una sulfa por el meato para curar la sífilis, la gonorrea o los chancros. Hay que decir que la primera juventud de mi papá fue anterior a la invención de la penicilina. La era antigua de la medicina.

Y luego quería que me lanzara a esas aventuras.

Por eso, mis anécdotas con putas son escasas y tristes.

La primera sucedió cuando estaba en aquellas vacaciones de 1975. Cenaba unos tacos al pastor en el “Selene” con Rafael Pérez Medinilla –que siempre se comía al menos una docena-, cuando pasaron por ahí unos cuates suyos de la Escuela Bancaria. Dijeron que acababan de estar con sus novias, que estaban muy calientes y que si no nos íbamos de putas con ellos: exactamente el escenario que mi papá se hubiera imaginado. Les dijimos que no traíamos lana. “No importa”, respondieron, “total van, nos acompañan y nadie cobra por ver”. Yo tenía exactamente tres pesos con cincuenta centavos en el bolsillo.

Nos subimos en el carro de los cuates de Rafael y nos dirigimos a la calle de Juanacatlán (hoy Alfonso Reyes). Los lectores jóvenes posiblemente se han preguntado por qué la estación del Metro Juanacatlán tiene como símbolo una mariposa: pues precisamente porque allí revoloteaban las “mariposillas nocturnas”, que es como la prensa amarillista definía a las sexoservidoras. En esa calle nos encontramos con un tipo que nos dirigió a una casona donde podríamos escoger alguna chica.

Entramos y en el hall había unas muchachas flacuchas de minifalda recostadas en la pared e iluminadas por una luz roja. Se veían tristes, con la mirada gacha. En sillas y sillones estaban sentados, pasivamente, varios hombres. Quise poner cara de conocedor mientras veía a una chica, cuando junto a mí pasó volando el cuate que nos llevó a la casa, se lanzó por una ventana hacia un patio interior. Los judiciales que ocupaban el lugar lo atraparon cuando trataba de escalar una tapia.

-Bienvenidos, diviértanse –dijo con sorna uno de los policías.

Estábamos encerrados.

Fui a sentarme a una de las pocas sillas que quedaban vacías, mientras Rafael y sus cuates se quedaron parados cerca de la puerta, como si los fueran a dejar salir. Me dije: “No he cometido ningún delito; tengo 3 pesos con cincuenta centavos en la bolsa, y si acaso nos llevan a la delegación, a mi papá le parecerá de lo más natural”. Luego deduje que los judiciales estaban esperando a los otros miembros del grupo para llevárselos a todos, y me puse a platicar con el tipo que estaba sentado junto a mí. Me dijo que los policías habían llegado hacía una hora, cuando él estaba a punto de irse. Al rato bajó una puta, con la cabeza gacha, y con ella un comandante con cara de satisfacción. Ella pasó a pararse junto a las otras; él, a fumarse un cigarrillo al lado de sus compañeros. Poco después llegó un viejito, que subía muy ganoso las escaleras hacia los cuartos cuando fue interceptado por los judiciales.

-Siéntese, señor, ésta es su casa –le dijeron, entre risas.

Pasé a platicar con Rafa y sus cuates de la Bancaria. Los amigos estaban muy preocupados. A mí aquello me causaba gracia y se prestaba para la observación sociológica. Había un abismo entre nosotros.

Los policías se llevaron a los alcahuetes a un cuarto. Se les oyó discutir un poco. Al rato, silencio. Otro rato más y alguien pregunta:

-¿Dónde están los policías?

Uno de los cuates de la Bancaria jala tímidamente el portón. Está abierto. Salimos en fila india a la noche fresca de Avenida Juanacatlán.


La segunda –y última vez- que me topé con prostitutas fue en Hermosillo, Sonora, en 1983. Yo había ido a dar un cursillo de política monetaria para alumnos del último año de economía en la Unison (eran tiempos de buscar dineritos por donde se pudiera) y habíamos arreglado que tomaría el vuelo de regreso desde Ciudad Obregón, donde iría a visitar por unas horas a los que eran mis suegros. El curso terminó a las nueve de la noche de un viernes y mi camión a Obregón era a las tres de la mañana, así que dos de los alumnos me invitaron a un bar, a tomar unas chelas y oir charras (que así les dicen en Hermosillo a los chistes). Estuvimos muy a gusto hasta la una, cuando mandaron cerrar.

Lo que se le ocurrió a los chavos fue ir a la Zona Roja, porque Hermosillo –al menos en ese entonces- tenía una zona de tolerancia, en la que cada casa era de citas y había cantinas por doquier. No había asfalto en la Zona Roja –y supongo que tampoco drenaje-, pero el lugar no se veía sucio. Entramos en un tugurio de ficheras, pedimos unas cervezas y nos dedicamos a mirar a las improbables parejas bailando música de banda. Las chicas nos pasaban por enfrente, queriendo que les invitáramos un trago, pero no fue el caso. Se apagó la música, las luces iluminaron la pista y una de las muchachas hizo el striptease más desganado que he visto en mi vida. Cuando terminó, sin un aplauso, se puso la ropa al hombro y se fue. Jamás soltó la cara de tristeza.

El desnudo integral era la señal para que las muchachas fueran al abordaje de los clientes. Una, de dientes de oro, se sentó con nosotros y nos preguntó si queríamos ir al cuarto. Uno de los muchachos se veía animado, pero el que manejaba el dinero dijo que “no, gracias”.

-Soy cuarto bat y me obligas a sacrificarme –se quejó el compañero.

-Es el dinero de la generación, y aquí estamos con el profesor –repuso el otro.

Eran casi las tres de la mañana y me llevaron a la estación de autobuses.