martes, noviembre 07, 2023

México en los Panamericanos Santiago 2023, un balance deportivo


 

Los resultados de los Juegos Panamericanos Santiago 2023 fueron alentadores para México. A pesar de la austeridad presupuestal y del desorden administrativo en la CONADE, los deportistas cumplieron en general. Es importante hacer un balance que no se quede sólo en cuentas alegres, y hacerlo midiendo justas continentales, sin comparar peras con manzanas.

El medallero nos dice que México logró más medallas de oro que nunca en la historia de los Juegos Panamericanos (52) y que también obtuvo más medallas en general (142). Con ello superó las marcas obtenidas, respectivamente en Guadalajara 2011 y Lima 2019. Hay que señalar que, ya que había más competencias en Santiago, es más relevante el aumento en los oros que en el de totales. También es de subrayarse que la delegación mexicana consiguió el objetivo de quedarse con el tercer lugar general, sólo detrás de Estados Unidos y Brasil, superando a Canadá -y, de lejos, a las demás delegaciones-,

Si vemos la evolución del medallero respecto a Lima 2019, encontramos que Brasil y México fueron, en ese orden, los principales beneficiarios de una baja marginal de Estados Unidos (que no siempre mandó a sus mejores atletas), una nueva caída de Cuba y un desplome de Argentina, que parece haberse especializado en deportes de conjunto. Canadá, por su parte, mejoró un poco respecto a cuatro años atrás, pero quedó muy lejos de sus resultados cuando fue sede, en Toronto 2015.

Este resultado, sin embargo, no es parejo en todos los deportes. De ahí la conveniencia de hacer un breve análisis disciplina por disciplina. 

Empezamos, como de costumbre, con los deportes más importantes del ciclo olímpico. Ahí hay claroscuros.

En el atletismo, el número de medallas no varió respecto a Lima, pero disminuyeron los oros, pasando de tres a sólo uno, el de la maratonista Citlali Cristian Moscote. Dado que en pocas competencias asistió la elite, se trata de un estancamiento. Las figuras son practicamente las mismas: la fondista Laura Galván, el lanzador de bala Uziel Muñoz, Jesús Tonatiu López en los 800 metros. La única novedad relevante fue Luis Avilés. En la marcha femenina hubo un error tremendo de los organizadores, que midieron mal la ruta. Eso impidió a Alejandra Ortega dar la marca olímpica, con todo y que llevaba ritmo para ello. 

En la natación, sigue la mejoría relativa. Ahora ya hubo platas y se repitió una medalla en relevos, pero en realidad México, que fue cuarto lugar en el medallero de la disciplina, está muy muy lejos de las potencias de la región: Estados Unidos, Brasil y Canadá. Son ligas distintas. Paulo Strehlke consiguió meritorio bronce en aguas abiertas, y se ve que tiene futuro.

Donde es visible que sigue el avance es en el ciclismo. México consiguió los mismos oros que en Lima, sólo que en esta ocasión fueron todos en pista. Las velocistas siguen estando entre las mejores del mundo y hubo avances entre los hombres, como se probó en la competencia de Madison. En cambio, nuestros medallistas de Lima en ciclismo de montaña cedieron ante un error que le causó una suspensión (Ulloa) y ante la edad (Campuzano).

Y donde se puede hablar de retrocesos es en gimnasia artística, sobre todo la varonil. Las mujeres resintieron la ausencia y liderazgo de Alexa Moreno, pero cumplieron. Los hombres quedaron muy por debajo. En general, dos bronces saben a poco. Sólo Alexa podrá hacer algo en París.

Seguimos, con nuestro método, con los deportes en los que México ha destacado recientemente. Ahí se encuentra parte de la explicación del éxito de la delegación.

En clavados, México estuvo a punto de hacer una imitación de China, llevándose 8 de los 10 oros en disputa. Es el doble que en Lima. Los problemas con las autoridades deportivas parecen haber tenido el efecto de moderar la desunión que imperaba, no hubo problemas mayores en los selectivos, y una nueva generación está tomando las riendas. Particularmente espectacular fue la actuación de Osmar Olvera, quien se llevó tres oros, y en la final de trampolín le sacó casi 100 puntos al segundo lugar. También fue notoria la manera como Randal Willars se hizo del oro en el último clavado de la plataforma. Gran dominio de Agúndez y Orozco en la plataforma femenil y hasta Arantxa Chávez por fin superó la presión y subio dos veces al podio.

En taekwondo, hubo un par de medallas doradas más que en Lima. Lo destacable es la consistencia de Carlos Sansores, que no será muy espectacular pero gana. Daniela Souza consiguió un doblete panamericano.

En tiro con arco, una gran distancia entre la actuación de las mujeres y los hombres. Un oro más que en Lima. Alejandra Valencia ya es tricampeona panamericana. Matías Grande logró boleto olímpico. En arco compuesto, lo relevante fue la victoria de Dafne Quintero sobre la favorita Sará López, de Colombia, en su camino al oro individual.

Ahora agrego un cuarto deporte: pentatlón moderno. En esta disciplina, a México le fue muy bien en el campeonato mundial, y demostró en Santiago que pasa por un gran momento. Se llevó los 5 oros en disputa (ganó tres más que en 2019) y también las dos platas en pruebas individuales. Una federación pequeña, que trabaja bien, puede ser parte de la respuesta al por qué.

Paso a otros deportes olímpicos, y ahí se ve que unos van para adelante -a veces con fuerza- y otros como el cangrejo.

Entre las que van claramente hacia adelante -quizá también impulsadas por las disputas con Ana Guevara- están las deportistas de natación artística. Se llevaron dos oros (primera vez en la historia de los Juegos Panamericanos), y sendos boletos olímpicos colectivos. Derrotar a Estados Unidos en esa disciplina no es fácil, y más si está una plaza para París en juego (digo, es obvio que la selección de EU de natación artística tiene rating en su país). Gran actuación.

Otra disciplina que ayuda a explicar la suma de oros es el tiro deportivo, que había estado a la baja en años recientes y en el que México tuvo una mala actuación en el Mundial de este año. Pasamos de cero medallas de oro a cinco, con Alejandra Zavala y Edson Ramírez como figuras (pero no las únicas). Tanto la veterana como el joven (pero no novato) dieron muestras de gran capacidad. Se lograron de paso boletos para cinco tiradores.

Finalmente, uno de los deportes que avanzaba paso a pasito, dio otro pasito más, ahora sí definitivo para obtener plaza olímpica: la gimnasia rítmica. El pase, sí, tuvo la ayuda de que Brasil, que despegó, consiguió plaza en los Mundiales. Pero de nuevo, México lo hizo superando a Estados Unidos.

Aquí terminan los avances evidentes. Hay disciplinas, como el remo, en las que México tiene, claramente, algunos representantes fuertes: Kenia Lechuga y Alexis López, quien tomó, de manera mejorada, la estafeta de Alan Armenta. Repitieron oro. Detrás de ellos, muy poco. Algo similar sucede en el canotaje: pasamos de uno a dos oros, pero tiene que estar Brenda Briones (y, de preferencia, también Alanís y Montemayor). Pero hubo 6 medallas menos que en Lima.

Golf y vela dieron una medalla de oro cada uno, con el profesional Abraham Ancer y la gran promesa Mariana Aguilar, respectivamente. Igual son flores en el desierto (sobre todo en el caso del velerismo, porque en golf hay unos cuantos nombres). Triatlón cumplió, con un oro y dos bronces (uno, del eterno Grajales). En gimnasia de trampolín hubo las consabidas medallitas de la mano de Dafne Navarro. El equipo fifí de equitación (los mismos nombres de siempre) logró su objetivo de plaza olímpica, pero ninguna medalla.

Pasamos a las decepciones. La más notoria, a mi entender, fue en halterofilia. Ninguna de las mujeres obtuvo medalla. Da la impresión de que no hubo una adecuación ordenada hacia los nuevos pesos olímpicos. Los levantadores de pesas varones pueden ser competitivos a nivel continental, pero difícilmente lo serán a nivel olímpico. Ya no hubo oros.

En los deportes de combate, la actuación fue entre mediocre y mala (y uno piensa si en ello tuvo que ver el prolongado cierre del CNAR y de los gimnasios). En boxeo, la muy destacada actuación de Marco Verde (quien se despachó, en seguidilla, al cubano y al estadunidense) no debe ocultar que en la mayor parte de las categorías los nuestros caían como moscas. En judo, hubo una mejoría marginal, pero seguimos sin sacar oro  En karate, un oro bien ganado y una plata un tanto casual, pero en general una actuación poco destacada. En esgrima, los últimos cantos -tres bronces- de la que pudo ser una generación dorada de tiradoras. Y en lucha, una verdadera desgracia: muchos eliminados a la primera y solamente un bronce.

Otras actuaciones decepcionantes fueron en volibol de playa, donde ambas parejas repitieron su fracaso del mundial de Tlaxcala (sic) y en surf, donde el campeón mundial Alan Cleland se quedó sin llegar siquiera a las semifinales (habrán sido las olas que escogió, la verdad no sé). 

Por otra parte no se puede decir mucho de los deportes en donde México nunca ha sido relevante. Logró tres bronces en badminton y uno en tenis de mesa, cuando se había quedado en blanco cuatro años atrás. Unos desconocidos no hicieron nada en un torneo de tenis lleno de desconocidos. Y en deportes olímpicos nuevos, como escalada, skateboarding y breaking, estamos en pañales.

Pasemos a los deportes de conjunto. La nota la dio la selección femenil de futbol, que ganó todos sus partidos y se quitó la espina de la eliminación olímpica. La varonil inentó hacerlo, pero no pudo, y se quedó con el bronce. Bronce también obtuvieron los beisbolistas, ganando a equipos fuertes y perdiendo contra escuadras sin renombre. El bronce de las volibolistas es meritorio, tomando en cuenta también que lograron llevarse dos sets ante Brasil en la semifinal. Hubo actuaciones decentes en softbol y basquetbol 3x3. En los demás, la diferencia fue si perdíamos apretadamente o si casi todos nos pasaban por encima y nos aplastaban (como en rugby).  

Termino con los deportes no olímpicos, que ayudan mucho a la hora de revisar el medallero.

En pelota vasca, México cumplió con todas las expectativas, y se llevó un oro más que en Lima, con seis, además de las dos platas en trinquete, donde estaba cantada la victoria argentina. Fueron todas victorias contundentes.

En racquetbol hubo, en cambio, dos oros menos que en la anterior edición de los JP. La explicación está en que Paola Longoria no participó en dobles femeninos y perdió la semifinal en dobles mixtos. Aún así, la gran racquetbolista suma 11 oros panamericanos. Habrá qué ver qué sucede con este deporte cuando Longoria se retire.

Volvimos a tener un oro en esquí acuático y medallas en squash (que será olímpico en 2028), boliche y patinaje de velocidad. Y parémosle de contar.

Como se puede ver, la actuación de la delegación mexicana fue buena, pero no pareja. Los deportistas y sus equipos técnicos superaron obstáculos y burocracias, y mostraron lo mejor de cada uno de ellos, a pesar de los pesares.

No es fácil sacar conclusiones rumbo a París 2024, porque se trata de competiciones distintas. Lo esperable es que haya, sobre todo en los deportes señalados como destacados para nuestro país, mexicanos en las finales. Pero de ninguna manera hay que esperar una gran cosecha de medallas. 


Aquí, el análisis de Lima 2019
Aquí, el análisis de Toronto 2015

jueves, noviembre 02, 2023

Argentina y las paradojas del populismo

 


Argentina es un país con características políticas propias, pero lo sucedido en la primera vuelta de sus elecciones presidenciales deja mucho qué analizar más allá de esas particularidades.

“¡Que se vayan todos!” era la consigna contra los políticos de ese país durante la durísima crisis económica de 2001, que acabó con disturbios sociales y con la renuncia, a finales de ese año, del presidente Fernando de la Rúa.

Esa crisis económica y social tuvo su origen en una serie de medidas draconianas que, por una parte, ahogaron a la clase trabajadora del sector formal (recortes en pensiones, baja en los salarios reales), por otra, empujaron a muchas empresas pequeñas a la informalidad, con la bancarización forzada de pagos y también afectaron a las clases medias con el famoso “corralito”, que impedía el libre uso de los ahorros. Agreguemos política de extrema austeridad fiscal y prioridad al pago de la deuda, y tenemos la receta perfecta.

La paradoja del “¡Que se vayan todos!” es que, indefectiblemente, llegan otros, porque alguien tiene que gobernar el país. Quienes llegaron fueron los Kirchner. Primero Néstor y luego su esposa Cristina. Y nació -ya desde el interino Duhalde- el kirchnerismo, variante de esa segunda religión argentina que es el peronismo.

Características principales del kirchnerismo son: intervencionismo estatal, rechazo a los sectores tradicionales del peronismo, nacionalismo económico, uso clientelar de los apoyos sociales, políticas caudillistas y personalistas y, sobre todo, la división del país entre “patria” y “antipatria”, en el que todo opositor o crítico es considerado como un traidor.

Tras algunos éxitos iniciales, que le dieron popularidad al movimiento, hubo una serie de desajustes económicos y políticos. A años de alto crecimiento seguían otros de recesión. Y luego se dio una danza de cifras, a partir de que el gobierno de Cristina Fernández de Kirchner (CFK) decidió manejar otros datos, cambiando la metodología de mediciones sobre pobreza, empleo, etcétera. Aumentaron los salarios, pero -otra tradición argentina- la inflación también se disparó.

Vino un interregno, con el fallido gobierno liberal de Macri, y luego regresó el grupo kirchnerista, con Alberto Fernández como presidente y CFK como vicepresidenta y verdadero poder tras el trono… hasta que las acusaciones por corrupción la debilitaron.

Ahora Argentina está sumida en una crisis económica casi comparable con la de principios de siglo. Se han disparado precios, pobreza, desempleo y dificultades financieras. Es un país, otrora rico, que vive en crisis económicas recurrentes. En crisis está, igualmente, el modelo de expansionismo económico irresponsable, así como las políticas sociales que son populistas y a la vez excluyentes: es decir el kirchnerismo, todavía hegemónico dentro del peronismo.  

En esas circunstancias llegó a la cita electoral y apareció el fenómeno Milei, que es una nueva forma de decir “¡Que se vayan todos!”. Javier Milei es un tipo que se dice economista pero que en realidad es un gurú extremo del libertarianismo en su versión más conservadora: libertad económica absoluta, pero restricciones a derechos humanos (como el de la interrupción voluntaria del embarazo o el de tener educación sexual). Odia al Estado como si fuera un mal en sí mismo (se define como anarcocapitalista) y también a las organizaciones sociales. Cada quien por sí y Dios contra todos.

Pudo predicar ese credo y volverse famoso gracias a la televisión (¡eso, es un economista de la tele!), en donde se caracterizó por un lenguaje extremamente soez, una agresividad patológica y una gran intolerancia. Su oferta, al lanzarse para la Presidencia, fue cerrar o fusionar una gran cantidad de Ministerios de Estado: cultura, educación, salud, de la mujer, etcétera.

¿Por qué pudo avanzar tanto Milei? Por hartazgo, sí, pero también porque del lado peronista la figura es Sergio Massa, ni más ni menos que el ministro responsable del desastre económico actual y, del lado de la alianza entre radicales y republicanos (los partidos antiperonistas tradicionales), la candidata fue Patricia Bullrich, ni más ni menos que la ministra de Trabajo cuando la crisis de 2001.

El extremismo de Milei le impidió ganar en la primera vuelta. De hecho, casi no ganó respecto a las primarias que definieron candidatos, y quedó 6 puntos porcentuales debajo de Massa. En cuatro semanas vendrá la votación definitiva. En ese balotaje hay varias paradojas.

La primera es que Argentina no logra zafarse de la tentación del caudillismo, que le ha hecho daño por casi un siglo. Una parte importante de la población sigue esperando un salvador de la Patria, y no una construcción paciente de instituciones funcionales.

La segunda es todavía más interesante. Para asegurar la victoria, los peronistas necesitan del voto de quienes se inclinaron por Bullrich: los electores de los partidos tradicionales que no se dejaron llevar por los locos cantos de sirena de Milei (con todo y que la candidata de ese frente era malísima). La propia Bullrich ha dado a entender que prefiere el salto en el vacío del libertario que dar el voto “a los populistas” (como si Milei no lo fuera también), pero quién sabe si sus electores confirmen esa idea.

Ahora, ¿cómo llamar a votar por ti a quienes tu partido ha insultado por dos décadas? ¿Cómo pedir que la “antipatria” salve a la “patria”? La política divisionista, típica de los populistas del siglo XXI, tiene ese bumerang: cuando llega el desgaste por gobernar, es difícil apelar a quienes se ha excluido como “no verdaderos”.

Massa parece haberlo entendido. Como buen peronista (o priista en México) es un camaleón. Ha declarado que “la grieta” (que es la división entre los peronistas y los opositores) ha terminado. Eso significa que tiene cuatro semanas para distanciarse abiertamente de esta última versión del peronismo, que representaron los Kirshner y, haciendo el papel de presidente, Alberto Fernández.

Milei, por su parte, quien decía que la alianza de partidos tradicionales era más sucia que el kirchnerismo, ahora le ofrece un ministerio a Bullrich y se dice abierto a dialogar con Macri, a quien antes calificó de “repugnante”.

Lo probable es que el voto por Bullrich termine dividido, y que la clave sea quién se lleva la parte más grande de ese pastel. Más le vale a Massa ser convincente. Es preferible para los argentinos y para América Latina que Argentina viva con su enfermedad crónica y al parecer incurable (vendrán otros y otros peronismos) a que termine en manos de un caudillo insensible y delirante que termine por acrecentar las desigualdades y ahogar la democracia