miércoles, julio 30, 2008

Biopics: Elecciones regionales

Anna y Paolo

Exactamente al día siguiente de mi regreso a Módena, estaba yo en el super cuando me encontré a Anna Bernardi y Paolo Silvestri, dos compañeros de la facultad que hacían una pareja muy atractiva. Ella era alta y pálida, tenía un rostro romántico pero los pies bien pegados al suelo. Él, alegre, amistoso, bien parecido, a todos les caía bien. Estaban comprando un salero. Me les acerqué, entablamos conversación, salimos juntos e iniciamos una larga amistad.
Anna y Paolo eran miembros del PDUP, al que llegaron por la vertiente de Il Manifesto. Los dos habían sido formados en el catolicismo –el de Paolo había sido algo extremo- y desconfiaban, como nosotros en aquel entonces, de la estrategia del compromiso histórico con la Democracia Cristiana que manejaba el PCI.

Fiesta electoral

Poco después se llevaron a cabo elecciones locales en 15 de las 20 regiones italianas. Resultó algo sumamente novedoso para nosotros. En primer lugar, por la gran cantidad de propaganda variopinta que de inmediato inundó las calles. En segundo, por las escasas semanas que duraron las campañas. En tercero, porque la televisión –que veíamos en el bar de Lina y Arturo, a media cuadra de la casa- transmitía una cosa maravillosa: el programa de los partidos políticos, en el que cada formación explicaba en cinco minutos por qué había que votar por ellos. Nosotros estábamos acostumbrados a ver sólo propaganda tricolor, en campañas larguísimas, y a que en la tele sólo aparecieran el partido oficial y sus candidatos. Comunistas y socialistas en la pantalla, eso sí que era un evento.
En el edificio en el que vivíamos, seis de las familias eran de obreros comunistas convencidos. Los Borghesi votaban por la DC (eso suponían, errados, los obreros) y los Basso acababan de llegar del sur. El paterfamilias decía ser socialista, y todos los vecinos se la pasaron fregándolo para que votara por el PCI. “Mejor ser un buen democristiano, como Borghesi, que un mal socialista, como tú: los verdaderos socialistas votan por el PC”.
En la facultad, la discusión era si votar por los comunistas o por el PDUP –que en Emilia Romagna se presentaba solo, pero en otras regiones aliado a otros grupos de extrema izquierda, en la coalición Democracia Proletaria-. Lo que tenían en común estos grupos eran la crítica tanto al modelo soviético como al reformismo del PCI y la existencia de elementos que hoy llamaríamos postmodernos: feminismo, ecologismo, liberalización de las drogas ligeras y pacifismo (faltaba poco, pero todavía no pegaba el movimiento de liberación homosexual).
Los compañeros del PCI veían con cierto desprecio a los grupettari y se dedicaban más bien a la competencia entre barrios de la ciudad para ver cuál de ellos daría un mayor porcentaje al Gran Partido. El puesto de honor se lo peleaban San Dámaso, Madonnina y nuestro Modena Est.

La tarde de la elección (en Italia se vota domingo y mitad del lunes) cientos de personas nos congregamos en Plaza Grande a ver los cartelones en los que se iban escribiendo los resultados conforme iban llegando. Otra agradable sorpresa para nosotros, acostumbrados a medio conocer los datos una semana después de la elección. En un gran cartel, los de la ciudad y la región. En otro, los de cada comuna de la provincia. En un tercero, los de las otras regiones del país. La gente, calculadora en mano, hacía cuentas de cuántos miembros del Consejo tocaban a cada partido (las elecciones eran todas de representación proporcional, con resto mayor). Una bellísima fiesta democrática, en la que la mayoría vitoreaba los datos, que caían con una velocidad que me pareció inusitada.
En Módena, por supuesto, el Gran Partido obtuvo la mayoría absoluta (y Modena Est, con su 68% le ganó a los otros barrios); en la región, el PCI obtuvo mayoría absoluta, con 26 de 50 consejeros. No sólo eso. El partido se había consolidado de tal forma que agregaba dos regiones rojas: Liguria (Génova) y Umbria (Perugia) se unían a Emilia-Romagna y Toscana para formar el “cinturón rojo” italiano, governado por coaliciones de izquierda. En otra región, las Marcas (Ancona), se había generado un empate.
Los del PDUP también estaban contentos, porque habían logrado, con su porcentaje raquítico, meter consejeros en casi todas las regiones en las que se habían presentado. Cuando ya era de noche, hubo discursos y baile. Quedé enamorado de las elecciones.
Ese enamoramiento se hizo más grande con la lectura de los diarios y las revistas en los días subsiguientes. Había en ellas un análisis numérico minucioso, con las consiguientes conclusiones sociales y políticas. “Yo quiero hacer esto”, me dije, encandilado como soy de los números, la observación razonada y la política.


El anorak de Guccini

En aquellos días estalló la enésima huelga de la Maserati en Módena. Fuimos varios cuates de la facultad a un concierto de solidaridad con los obreros, en pleno patio de la fábrica ocupada. A mí me gustó en particular un cantautor veneto, que nunca llegó a famoso, llamado Gualterio Bertelli. Tenía una canción tremenda sobre las condiciones de trabajo en una fábrica, llamada Cloruro di vinilo: “en esta fábrica se respira el cloruro/ el cloruro de vinil no ahorra a nadie”. Pero el que prendió a las masas fue Francesco Guccini, famoso compositor modenés, sobre todo cuando tocó La locomotiva, la historia de un anarquista que se lanzó contra un tren, y que daba muy bien la imagen de aquellos obreros que se enfrentaban al patrón en una situación de desventaja.
Con los años, La locomotiva ha perdido su antiguo significado, al grado que se cuenta que Umberto Bosi, el líder de la fascistoide Lega Nord, pidió que se cantara en una fiesta del partido.
Tampoco Guccini es el de antes. Ahora es un señor, como la mayoría de quienes lo escuchábamos entonces. Declaró recientemente que usaba el anorak –la prenda favorita de la ultraizquierda- porque era muy friolento. Lo portó incluso en el tibio final de aquella primavera, frente a los obreros de la Maserati.

Alejandro Aura: una siquiera banderita verde

Ha muerto Alejandro Aura. Tengo varias imágenes de él en mi mente: el joven poeta desgarbado que se sentaba horas enteras en la cafetería El Jet, el “logoteta del arcano” que me enseñó efímeramente a leer las cartas, el conductor de televisión que recitaba Agujetas de Color de Rosa siguiendo la pauta del Buen Declamador, el actor que la hizo gratis de burocratita de una de las películas que dirigió Víctor Monjarás en su breve paso por el CUEC, el subastador a sus cuates de varias pinturas remanentes de la exposición sobre su libro de naturalezas muertas (“Sobre la mesa café…”), el coordinador de un taller en la Casa del Lago que se quedaba ensimismado mirándole las nalgas a una alumna, el cuate que –tras años de no verte- te encuentra y te saluda con un afecto grande y no afectado, el promotor cultural de la ciudad. Pero en primer lugar tengo al poeta, a uno de los grandes poetas pinchepiedreros que ha dado este país.

“Alguien dejó una flor de papel sobre mi mesa, es linda y morada y verde, gracias. Esperé una flor toda la vida, y hoy, martes raspado de melancolía, no sé de dónde, me ha llegado. Pinche florecita de papel, te quiero“.

Y así, con palabras sencillas, nos dejó una siquiera banderita verde bien plantada en el corazón.



viernes, julio 25, 2008

Glorias olímpicas: Dawn Fraser

La australiana Dawn Fraser era una niña relajienta, a la que le gustaba nadar porque era bueno para su asma, pero no tenía disciplina para el deporte. Prefería burlarse, subida a un tejado, de los entrenamientos en el club de Balmain, el suburbio de Sydney donde nació.

Cuando Dawn tenía 14 años –corría 1951- su hermano y su tío, impresionados por el talento natural de la niña, la convencieron de entrenar con el coach local, Harry Gallagher. Juntos, Gallagher y Fraser realizarían la mayor revolución en la historia de la natación: el triunfo del nadador atleta.

La rebelde se convirtió en deportista dedicada. Nadaba distancias muy largas, corría a campo traviesa, escalaba dunas en las playas para fortalecer sus piernas, levantaba pesas, cortaba troncos. Hacía, en sus propias palabras, “lo menos conveniente para una dama”.


De ahí, a los triunfos en campeonatos nacionales en las distancias cortas y a los juegos olímpicos de Melbourne, en 1956, donde se envolvió en una lucha encarnizada con su amiga Lorraine Crapp, especialista en 400 metros empeñada en ganar también en el hectómetro. De la rivalidad surgieron sus primeras medallas olímpicas: oro en los 100 metros libres y en el relevo 4 x 100; plata, detrás de Lorraine, en los 400.

Para la siguiente cita olímpica, en Roma, Fraser tuvo que enfrentarse a la escuadra de Estados Unidos y su novedoso programa de “grupos de edad”, que catapultaba nadadores muy jovencitos. Pero la gloria fue para Dawn: obtuvo el oro en los 100 metros y la plata en los relevos libres y combinados.

La australiana decidió competir contra sí misma, rompiendo un récord mundial tras otro. En octubre de 1962 fue la primera mujer en nadar los 100 metros debajo del minuto. Pero pocas semanas después, tiene un accidente mientras va manejando, en el que muere su madre. Ella se ve obligada a usar un collar ortopédico durante varios meses. Fraser entra en depresión, por el sentimiento de culpa hacia su madre y por la frustración de no poder defender su título olímpico.

Sin embargo un día va al viejo club, se sienta en el tejado y decide meterse a nadar. Poco a poco va retomando su condición. No importa que, a sus 27 años, le digan ya “la abuela de la natación”. Llega a los juegos de Tokio, donde se enfrenta en los 100 libres a la nueva “niña prodigio” que trae el equipo de Estados Unidos. La derrota, implanta un nuevo récord mundial y se convierte en la primera tricampeona olímpica de natación. Se lleva también medalla de plata en los relevos combinados.

En medio de esas glorias, la Unión Australiana de Natación la suspendió por diez años, poniendo fin a su carrera. Dawn nunca había dejado de ser rebelde, ni de amar el relajo. Las razones fueron que marchó en la ceremonia inaugural aunque se le había prohibido, que usó su viejo traje de baño porque le parecía más cómodo que el del patrocinador oficial y que formó parte del grupo de atletas australianos que se robó la bandera olímpica del palacio del emperador Hirohito. Fue entonces que decidió retirarse, poner un pub y ganar un escaño en el parlamento local como candidata independiente.



miércoles, julio 23, 2008

Batman: los locos al poder.

La película de Batman, el Caballero de la Noche es más profunda que un comic y sin embargo es un comic. Es una visión pesimista de la sociedad y sin embargo es entretenida y a ratos divertida. Es perturbadora, pero perspicaz. Es un filme logrado.
Hay varias cosas que me gustaron mucho de la película. En primer lugar, que todos los personajes principales están locos. Tanto el bajo mundo como la fuerza pública están en manos de lunáticos. Y el supuesto representante máximo de la “paz y el orden” también está demente. Y si bien El Guasón es el Caos encarnado, la única diferencia sustancial es que las autoridades son capaces de presentarse en público como personajes razonables. La máscara de Batman se cae: Bruce Wayne (o Bruno Díaz) está tan obsesionado y desquiciado como los villanos que combate: los necesita para mantener vivo a su alter ego (que al final importa más que la propia persona).
“¿Algún ex novio sicótico del que me tenga que cuidar?” pregunta Harvey Dent.
“Usted no tiene ni idea”, le responde Alfred, que sabe demasiado.
El mismo Harvey Dent, el intachable campeón de la ley y el orden, tiene claros rasgos esquizofrénicos, desde el principio. “La locura, como saben, es como la gravedad. Todo lo que se necesita es un empujoncito”, dice El Guasón, y tiene razón. Las debilidades de la sociedad han crecido, debido a la influencia maligna de los vigilantes. Con máscara o sin ella. Mientras juegan con la posibilidad del fascismo (debatiendo, por ejemplo, acerca de la necesidad de un dictador que libere del caos, un nuevo César), los “héroes” no se dan cuenta de lo mucho que han contribuido a la pasividad ciudadana y a la alineación general. Nadie sale indemne.
La sociedad de Ciudad Gótica ha cedido la iniciativa. La tienen los criminales, la tienen la procuraduría y la policía, la tiene Batman. Sus reacciones son viscerales, inmediatas y contradictorias. Quieren paz y tienen todo menos eso. Roma quiere al César de regreso. No importa si está loco (de hecho, sólo un demente puede proponerse como César).
Hay acción devastadora, fascinantes cambios de rumbo en el guión y bastante humor. En primer lugar, el humor ácido y insensatamente genial de El Guasón, ahora no sólo fanático del engaño, sino también de la teoría de juegos. Pero no sólo eso: la policía de Ciudad Gótica es torpe y corrupta a niveles caricaturescos, los matones del villano son suicidamente estúpidos, los mafiosos son todos étnicos (rusos, italianos, negros), y el cinismo político es tan cómico (“No sabemos cómo regresó Lau a Ciudad Gótica”, dicen cuando lo secuestraron espectacularmente de Hong Kong) como la ingenuidad de la gente. Un golpe maestro es la existencia –predecible, sí- de múltiples imitadores de Batman: el maravilloso mundo de los wannabes.
La película sería perfecta de no ser por un par de detalles. Demasiadas lagunas en el guión –hay que darle cuerda a la imaginación para llenarlas con posibles explicaciones- y un miscast en medio de buenas actuaciones. ¿Es Maggie Gyllenhaal el tipo de mujer por el que morirían tanto Batman/Wayne como Dent? Christian Bale es un buen Batman, pero deja mucho que desear como sofisticado millonario. Y si el resto de las actuaciones es de primer orden, la de Heath Ledger como El Guasón es extraordinaria, pesadillescamente inolvidable.

jueves, julio 17, 2008

Leyendas olímpicas: las hermanas Press



Dominaron sus pruebas durante casi una década, fueron las primeras hermanas en ganar sendas medallas de oro en unos juegos olímpicos, fueron también el símbolo deportivo de la desestalinización en la Unión Soviética, y sin embargo, Tamara e Irina Press son más recordadas por las dudas que se generaron acerca de su verdadero género.
Tamara era fuerte, grande y solía desplegar una gran sonrisa. Irina era malencarada y sus músculos estaban muy marcados. Habían nacido en Ucrania, eran judías y su padre había sido asesinado por los nazis durante la ocupación. Llegaron, en su momento de gloria, a representar la unidad soviética, pluricultural y plurinacional.
En los juegos olímpicos de Roma, en 1960, Tamara se llevó el oro en lanzamiento de bala y la plata en el de disco. Irina se coronó en los 80 metros con vallas. Para los juegos de Tokio, cuatro años después. Tamara fue campeona olímpica en sus dos disciplinas y rompió seis marcas mundiales en su camino al podio. Irina no pudo repetir su triunfo en las vallas, pero ganó el pentatlón, estableciendo récord mundial, que rompería ocho veces en los dos años subsiguientes.


En 1966 se establecieron las pruebas de cromosoma para verificar el sexo de las atletas. Coincidentemente, las hermanas Press –quienes ya habían sido señaladas como poco femeninas- decidieron retirarse, y cuidar de su madre enferma. Las sospechas crecieron.
Irina pasó a trabajar a la KGB, Tamara acabó la carrera de ingeniería y posteriormente ambas fueron funcionarias deportivas. Tamara todavía lo es; Irina ya murió.
En los años sesenta, la prensa de Estados Unidos y Gran Bretaña insistió durante años en la masculinidad de las hermanas Press (Mary Rand, la atleta inglesa que perdió el pentatlón con Irina, insistía en ello), pero nunca se pudo comprobar. Hoy se presume que las Press sí eran mujeres, pero que en los años tempranos del dopaje se les había suministrado una alta dosis de testosterona. En aquellos artículos de la guerra fría se incluía en el paquete de supuestos hermafroditas a Iolanda Balas, rumana, gran saltadora de altura, quien se retiró por una lesión precisamente cuando empezaron las pruebas de sexo. Balas fue madre años después, pero eso no se publicitó. Tal vez esa actitud de los medios explique parte de la leyenda de las hermanas Press.


martes, julio 15, 2008

¿Pekín o Beijing?

Pekín es la capital de China. Beijing es la capital de Zhonghua. Los primeros nombres están en español; los segundos en alfabeto pinyín, creado en 1979 como romanización “oficial” del dialecto pekinés (o beiyinés) y basado en la pronunciación inglesa de las letras.

Durante años, los defensores de la lengua nos hemos resistido a la introducción del pinyín al español. ¿Tiene algún sentido escribir Mao Zedong cuando todos conocíamos a Mao Tse Tung y para colmo se pronuncia como con la grafía más vieja? Pero estamos perdiendo la partida. Y en los juegos olímpicos del 2008 recibiremos una felpa.

Para muestra, mi botón. En el periódico (soy editor en jefe de La Crónica de Hoy) alertamos sobre la tentación de escribir Beijing, en la que han caído todos los medios electrónicos y la mayoría de los escritos, y explicamos –tomando el ejemplo histórico comentado con humor y conocimientos por Luis González de Alba- que a nadie se le ocurre escribir London (o Landn) o Athinai (o Azina). La directiva se cumplió.

Entonces vino una llamada de atención del Comité Olímpico Mexicano: el Comité Organizador de los Juegos Olímpicos protestaba porque el logo oficial estaba dentro de un recuadro que decía “Pekín 2008”. Tiene que ser Beijing, dijo el Comité Organizador, o sea el gobierno chino. Bueno, pues dejamos el logo solito y ponemos Beijing 2008.

Siguiente acto: aparecen unos promocionales de la página de internet del diario, referentes a los juegos. Hago notar que tienen dos errores. Uno es que dice “olimpiadas”, cuando sería mejor que dijera “juegos olímpicos”. Otro, que dice Beijing, cuando debería decir Pekín. Me explica el gerente que sobre lo primero no hay problema, pero que buena parte del contenido de la página en línea resulta de un contrato que se celebró con EFE –la agencia noticiosa española dirigida por un autonombrado defensor entusiasta del idioma- y que ellos van a manejar “Beijing”. Insisto en que lo cambiemos, me responde que costaría mucho dinero.

Lo siguiente que sucede es que en la sección deportiva se genera una esquizofrenia patronímica. El logotipo dice Beijing, las cabezas y las notas dicen Pekín. El director pide congruencia. Como los chinos y el copyright mandan, Beijing también.

La incongruencia pasa, entonces, de intraseccional a interseccional. Es Beijing en deportes y Pekín en el resto del diario. Se ve horrible. Decidimos entonces tirar la toalla, entre quejas de los correctores de estilo (esos pobres diablos que sí saben la importancia del vocativo). Ganó el gobierno chino, ganó la pronunciación inglesa, ganó la marca registrada, perdió el español. A joderse.


jueves, julio 10, 2008

Glorias olímpicas: Paavo Nurmi


El más grande de los “finlandeses voladores”, el corredor sistemático por excelencia, el hombre que festejaba sus triunfos haciendo lagartijas y más estiramientos, Paavo Nurmi participó en 12 pruebas olímpicas. 12 veces subió al podio. Y en nueve ocasiones se llevó la medalla de oro.

Su método de entrenamiento era sencillo, pero riguroso. Caminar, correr, hacer estiramientos. Y realizar cada caminata y cada carrera a un ritmo fijo, único, inquebrantable. Por eso, Nurmi corría con un cronómetro en la mano. Adicionalmente llevaba una dieta abundante en pan negro y pescado seco.

Inició su periplo olímpico en Amberes, 1920. Y lo hizo con lo que él consideró una derrota: obtuvo plata en los 5 mil metros planos. Dos días después, ganó los 10 mil metros sin mostrar el menor signo de emoción. Luego se llevaría dos oros en la carrera cross-country: individual y por equipos. En todas sus carreras corrió con su cronómetro en la mano. No era inseparable, porque lo aventaba a un lado al momento del sprint final.

Pero la gloria más grande esperaba a Nurmi en París, 1924. Precisamente un 10 de julio. Esa tarde el finlandés gana los 1,500 metros, quedando a sólo un segundo de su propio récord mundial, pero en vez de retirarse a los vestidores, sigue en la pista y se pone a hacer ejercicios calisténicos, repitiendo exactamente su entrenamiento de tres semanas atrás. En 55 minutos se llevará a cabo la final de los 5,000 metros. La carrera se resuelve en un duelo entre Nurmi y su compatriota Ville Ritola; el primero aguanta el cierre del segundo y se lleva su segundo oro olímpico en menos de dos horas.

Un par de días después vendría la carrera que más víctimas dejó en la historia olímpica y que desde entonces fue retirada del programa: el cross-country, que se realizó a las orillas del Sena entre la yerba crecida y con un calor inusual: 45 grados. De 38 participantes, sólo 15 terminaron la prueba; y de éstos, 8 tuvieron que ser llevados en camilla al hospital. Nurmi ganó fácilmente y, con cierta dificultad, Finlandia también obtuvo el oro por equipos.

Finalmente, el más grande de los finlandeses voladores ganó los 3 mil metros. Nurmi compitió en 7 carreras en 6 días, las ganó todas y regresó con 5 medallas de oro.

En Ámsterdam 1928, Nurmi sumó su noveno oro olímpico, al ganar los 10 mil metros. Los acompañó con sendas medallas de plata, en los 5 mil y en los 3 mil metros steeplechase. En ambos casos los campeones fueron otros finlandeses voladores.

Paavo Nurmi esperaba retirarse compitiendo en la maratón, en Los Angeles, 1932, pero en los años anteriores había participado en carreras de exhibición en Estados Unidos. Fue acusado de profesionalismo y tuvo que conformarse con ver los juegos desde las gradas. Al final de la maratón declaró que él hubiera ganado la carrera por más de cinco minutos. Lo dijo con cierto enojo, pero seguro, porque él lo tenía todo cronometrado. Fue tal vez el único momento de humana debilidad de la gélida esfinge que, silenciosa, se sabía con un lugar en el Olimpo deportivo.