miércoles, julio 08, 2026

Política y Mundial de Futbol

Van dos textos sobre futbol y políticos (gringos, casualmente)


Kissinger, realpolitik y futbol


Henry Kissinger, artífice de la política exterior estadunidense durante el gobierno de Richard Nixon, e influyente consultor de distintas administraciones de EU durante décadas, era un apasionado del futbol, deporte que practicó de niño en su natal Alemania. Fue el principal promotor para que Estados Unidos obtuviera la sede del Mundial de 1994 (e intentó infructuosamente ganarle a México la de 1986, luego del fiasco de Colombia como organizador designado). Creía que Estados Unidos no podía ser reconocido como potencia culturalmente integrada al resto del mundo, si no jugaba futbol, y utilizaba ese deporte como analogía de muchas cosas, entre ellas, la política exterior.

Según Kissinger, cada nación jugaba al futbol de acuerdo con su cultura. Así, por ejemplo, describía a la alemana como una selección que priorizaba la disciplina, la planeación estratégica y la organización colectiva. Decía que los alemanes tomaban el partido como una guerra en la que no daban cuartel, pero, si algo se les salía del guion, entraban en una suerte de crisis filosófica existencial.

Brasil, en cambio, era expresión de la creatividad individual, del gusto por el juego, del deseo por la estética (eran los tiempos, hoy perdidos, del jogo bonito), pero apuntaba que esos elementos hacían que a veces a los brasileños se les olvidara la importancia de ganar los partidos.

De Italia (aquella vieja azzurra del catenaccio) subrayaba el orden defensivo y una capacidad, que Kissinger definía como maquiavélica, para de repente romper líneas y anotar en una jugada directa, una suerte de blitzkrieg. De Francia, ponderaba su futbol elegante. De equipos africanos, como Camerún, decía que tenían instintos naturales de juego, pero que no intelectualizaban su estrategia. Y criticaba seriamente a Inglaterra, a la que acusaba de practicar un futbol anticuado (era la época de los ponchazos ingleses: largos balonazos a ser disputados), y de estar demasiado atados a la tradición.

En otras palabras, en la visión de Kissinger, cada nación practicaba el futbol dentro de su estereotipo cultural. Quería que Estados Unidos desarrollara su propio estilo, cosa que apenas está sucediendo tres décadas después.

Más interesante es la aplicación de las estrategias del futbol a la política. Para Kissinger, los deportes tradicionales estadunidenses eran mucho menos útiles para la estrategia política que el futbol. Tanto en el beisbol como en el americano los momentos de ataque y de defensa están cortados, claramente definidos, así que las posibilidades de pasar de la defensa al ataque son muy escasas e improbables (en el americano) o de plano nulas (en el beisbol). En el futbol, en cambio, el flujo permite que de manera natural puedas pasar de la defensa al ataque, e incluso utilizar a tu favor la ofensiva del adversario. Ahí, el político estadunidense encontró un ídolo y un ejemplo: Franz Beckenbauer.

Kissinger comparó abiertamente la política exterior que diseñó con el papel táctico de Beckenbauer, que revolucionó la posición de líbero. El Kaiser de la selección alemana era capaz de transformar una posición claramente defensiva en una de medio campo, idónea para orquestar un ataque profundo e inesperado. Según el político estadunidense, esa revolución, dirigida por los pies de un jugador meticuloso como Beckenbauer, fue lo que permitió que Alemania derrotara a un equipo técnicamente superior y estratégicamente innovador, como el holandés, la original Naranja Mecánica, en 1974.

El asunto era trabajar con eficiencia calculada. El concepto de realpolitik entendido como enfocarse totalmente en la victoria, enfatizando lo práctico, el control y el resultado por encima de lo que pudiera percibirse como justicia o por la estética. Entender los balances de poder, y actuar pragmáticamente y con flexibilidad, sin los corsets de la moralidad o la ideología.

Esa estrategia significaba cerrar los ojos ante actitudes contrarias a los derechos humanos, e incluso promoverlas directamente, porque la cuestión era derrotar a los rivales en la Guerra Fría. Y también significaba pasar por encima de pueblos enteros, si ello traía la victoria a su “equipo”. El apoyo a Pinochet para el golpe de Estado que instaló una feroz dictadura militar en Chile fue entendido por Kissinger como “un faul táctico”, el que hace el defensa a medio campo para evitar que la escuadra contraria tenga un avance peligroso (en este caso, que los socialistas pusieran un pie en América Latina, vista como el área que Estados Unidos defiende como propia).

Así, otros ejemplos futbolísticos que servían para justificar la estrategia de un personaje tan brillante como siniestro: el catenaccio para desesperar a las otras, múltiples, partes en las negociaciones de paz en el Medio Oriente; el uso de un jugador estrella, pero agresivo, para abrir -vía Pakistán- un camino hacia las relaciones con China; la presión constante a la salida: el manejo permanente de crisis como algo superior a una paz duradera… y un largo etcétera.  

Los tiempos han cambiado, tanto en el futbol como en la política global. Es hora de hacerse algunas preguntas: ¿Refleja el agresivo estilo de juego de la selección de Estados Unidos la idiosincrasia de ese país? ¿Cuáles son las fortalezas y las debilidades de ese estilo?

¿Y si hubiera que describir las políticas de Trump con una táctica de futbol, cuál usaríamos? Para la segunda pregunta, lo que es seguro es que la respuesta no pasa por aquellos corsets de moralidad e ideología que con gusto desechó la realpolitik de Kissinger.


Ganar por encima de las reglas




En 1934, Benito Mussolini solía cenar con los árbitros el día anterior a los partidos de Italia durante el Mundial de futbol realizado en su país. No ha trascendido el contenido de las conversaciones en esas cenas, pero hay un patrón de comportamiento. En los cuartos de final, el árbitro suizo anuló dos goles legítimos a España y la propia Federación Suiza terminó suspendiéndolo de por vida. En la semifinal, el árbitro hasta intervino con un cabezazo en medio de un contrataque de Austria. En la final, el mismo árbitro, antes del partido, hizo el saludo fascista ante el Duce y le perdonó un penal a Italia, que resultó campeón.

Estos datos históricos vienen a cuento para señalar que el actual no es el primer Mundial de futbol en el que interviene directamente un jefe de Estado para cambiar las condiciones a favor de un equipo de su país, como lo ha hecho, de manera descarada, Donald Trump. También sirven para decir que hay un tipo de líderes políticos que se inmiscuyen en todo lo que pueden, y que buscan ganar por encima de las reglas.

En el partido contra Bosnia-Herzegovina, el delantero estrella estadunidense, Folarin Balogun, fue expulsado por una fuerte falta. A todo jugador expulsado de un partido se le aplica una suspensión y no puede participar en el siguiente partido. La FIFA revocó la sanción y permitirá jugar al atacante de Estados Unidos. Trump presumió que eso lo logró él a través de una llamada a Gianni Infantino.

Ante la lluvia de críticas, el mandamás del futbol se defendió afirmando que el cuerpo judicial de la FIFA es independiente, pero la UEFA afirmó que “cruzó una línea roja”. En una declaración sin precedentes, señaló que “el futbol se rige por reglas que constituyen la base de una competencia justa, honesta y transparente. A veces, las reglas son susceptibles de interpretación. En este caso, no”. Siguió una llovizna de comunicados que muestra la diferencia de puntos de vista entre la FIFA y la UEFA.

Trump puede presumir de haber doblado a Infantino (otra vez, recuérdese la tibieza de la FIFA ante la discriminación sufrida por la selección de Irán), pero de esa forma mancha ante el resto del orbe cualquier logro futuro de la selección de su país en el Mundial. De paso, las declaraciones del presidente de EU demuestran que la organización mundial del futbol ha roto su propio reglamento, que prohíbe el involucramiento de la política en su toma de decisiones.

Pasar por encima de las reglas ha sido el comportamiento habitual de Trump durante sus dos presidencias. Su lógica es la de Humpty Dumpty, el personaje de A Través del Espejo: "Cuando uso una palabra, significa lo que yo quiera, ni más ni menos”, le dice el huevo a Alicia, para concluir “La cuestión es saber quién manda, eso es todo”.

Lo hemos visto en la imposición de aranceles y sus cambios a contentillo, en la restricción de visas a partir de la nacionalidad, en la forma de darle la vuelta a las determinaciones judiciales, en distintas intervenciones bélicas internacionales (“fáules tácticos”, diría Kissinger), hasta en las maniobras recientes para no firmar un tratado de libre comercio de mediano plazo para América del Norte. El autócrata hace sus reglas y rompe las ajenas sin pudor.

Detrás de ello está uno de los pilares culturales de los Estados Unidos del último siglo, resumido en la frase del legendario coach de futbol americano Vince Lombardi: “ganar no lo es todo, es lo único”. Aunque luego Lombardi dijo haber sido malinterpretado, el hecho es que entró en la psique estadunidense como el mantra de ganar a cualquier costo en una sociedad ultracompetitiva, que divide a la gente entre “ganadores” y “perdedores”. Trump siempre se refiere a sí mismo como un “winner”.

A diferencia de las amenazas personales, veladas o directas, de Mussolini, el método Trump consiste en chantajes, uso del poder económico de Estados Unidos como arma de extorsión, la manipulación de los hechos y la presunción de que la cancha de juego -en todos sentidos- no tiene por qué ser pareja. He aquí otra distinción clave qué hacer entre fascistas y populistas. Los primeros simplemente desprecian e ignoran las reglas; los otros las distorsionan a su favor, mientras aseguran que están haciendo justicia. No es solamente, ni principalmente en Estados Unidos donde está pasando esto: es una epidemia política mundial, a la que México no es ajeno.

Aceptando que la vida es competitiva, las democracias tienen reglas “que constituyen la base de una competencia justa, honesta y transparente”. Cuando desaparece la certidumbre sobre el uso de las reglas, cuando se utilizan resquicios legales para favorecer a unos sobre otros, se desmorona el pegamento que hace funcionar a las instituciones. Tal vez de eso se trata, de mandar a las instituciones al diablo para que impere la ley de quien detenta el poder.

En el partido de Estados Unidos contra Bélgica, el entrenador Pochettino decidió alinear a Balogun, que no hizo nada por el equipo de Estados Unidos, que fue humillado. De todos modos, a Infantino le tocará navegar, merecidamente, por aguas tempestuosas.