La Odisea
es una de las obras seminales de la literatura occidental. Es un relato que ha
sido vuelto a contar innumerables veces, y de muy distintas maneras. Afortunadamente,
ha vuelto a ponerse de moda por la espectacular película dirigida por
Christopher Nolan, estrenada recientemente. Vale la pena tomar el tema, y usar
la adaptación cinematográfica como pretexto para hacer algunas reflexiones más
actuales.
La película de Nolan cumple con creces el propósito de
presentar una epopeya visual y emocionalmente envolvente, con muchos aspectos a
analizar y debatir. Como toda adaptación, lleva consigo una visión particular,
personal, de la obra original, lo que nos recuerda -a su vez- que todo libro, o
filme, es obra de su autor sólo en parte, y la otra parte corresponde a la
manera en la que el lector o el espectador lo procesan.
Cuando leí La Odisea (una versión en prosa,
hace muchos años), se me grabaron fijamente varios de sus episodios en la
memoria, pero otros fueron al olvido. Como buen latinoamericano, ya se sabe que
lo hacemos todo en desorden, la leí antes que La Ilíada, con lo que me
perdí de la posibilidad de hilar bien las dos historias. Que la película sí sea
capaz de hacerlo habla de un buen ejercicio de comprensión histórica del poema.
Pero Nolan hace una versión muy propia, se salta
alguna de las aventuras relatadas por Homero, fusiona otras, cuenta los
episodios en desorden e incluye un final que no es el del libro (spoiler: en el
poema, Telémaco no es rey de Ítaca sino hasta después de la muerte de Odiseo). Me
parece que lo hace con un propósito definido, que quién sabe si los
espectadores serán capaces de captar: enviar mensajes sobre el mundo actual.
Por ejemplo, se salta el paso de la tripulación por la
Isla de los Lotófagos, que es donde los compañeros son invitados a comer flores
de loto y, al consumirlas, olvidan su patria, su familia y sus deseos de
regresar; se olvidarán hasta de sí mismos. Odiseo los obliga a regresar al
barco. A cambio del dolor del viaje, mantendrán la esperanza en el futuro.
En el filme, Calipso alimenta al naufrago Odiseo con
flores de loto, y luego lentamente permite que le regrese la memoria y cuente
su odisea (así es como los espectadores la van conociendo). En el poema, en
cambio, Odiseo nunca comió de esas flores y, por lo tanto, jamás olvida;
Calipso le ofrece su amor y la inmortalidad, a cambio de que no regrese, pero
los dioses la obligan a renunciar al amado y construirle una balsa. Odiseo es
aparentemente feliz, pero la memoria y la nostalgia lo torturan: su sino es regresar.
En el filme, Calipso decide por su cuenta.
Hay varias escenas particularmente logradas en la
película. Una, visual y sonoramente, es el paso por la Isla de las Sirenas. Otra,
la transformación de los marineros en cerdos que hace una hechicera Circe
entendida en clave neofeminista. Otra, visual y emocionalmente impecable, es la
visita de Odiseo al inframundo, que le ayuda a comprender muchas cosas: las que
el director (no el poeta) quiere que entienda.
La película cumple con el cometido esencial del
relato: el largo periplo del héroe que regresa a casa, pero regresa cambiado,
porque lo sucedido en el viaje lo ha transformado. Odiseo ya no es Odiseo e
Ítaca ya no es Ítaca. Es un camino en el que ha aprendido lecciones y regresa
con una sabiduría duramente aprendida. Pero el filme hace hincapié en un
aspecto en el que, al menos en mi lectura juvenil, yo no había reparado: el
concepto antiguo de xenía, el contrato de hospitalidad entre anfitriones y viajeros,
según el cual los primeros tienen la obligación de dar hospitalidad y
protección a los segundos; y éstos, de no abusar de la generosidad del
anfitrión y devolver el favor, si fuera el caso (es lo que en el filme llaman
“la ley de Zeus”).
Ese es un punto central de La Odisea de Nolan. Cumplir
con las leyes de la hospitalidad es un elemento nodal de la civilización griega
(es decir, de la madre de la civilización occidental). Quien las desafía puede
terminar pagando muy caro -como el cíclope, como los pretendientes-, pero,
sobre todo, quien ya no se rige por ellas termina convertido en un bárbaro, en
todo aquello a lo que teme una sociedad civilizada. La xenía es la que hace la
diferencia entre una horda de salvajes y una colectividad que pretende la paz
social.
La reflexión de Nolan, en boca de Odiseo (pero no de
Homero, que yo sepa) es que la Guerra de Troya, con su crueldad, sus mentiras y
sus trampas, convirtió a los civilizados griegos en salvajes. Eso, a pesar de
que la guerra misma nació de una violación a la ley de los anfitriones (Paris
que enamora y secuestra a Helena). Al romper la xenía, con el engaño del
Caballo de Troya, con tal de ganar la guerra, los griegos se despojaron a sí
mismos de su estatus civilizado. Sigue que todos los pueblos dejan de lado las
leyes que permiten la convivencia humana. Al haber destruido la seguridad de
los troyanos distorsionando las leyes de la hospitalidad, Odiseo pierde el
derecho a llegar fácilmente a su hogar. Los dioses lo castigan con ese viaje
terrible. Eso lo comprende sólo al final, al llegar al lugar de donde salió.
Uno no puede sino pensar en los ecos políticos que eso
tiene en la actualidad. En Trump, por ejemplo. Un líder xenófobo, belicoso,
nacionalista y más poderoso de lo que quisiéramos admitir. Un ejemplo de lo
contrario a la xenía, pero no el único. O pensar en la ola de rechazo a los
migrantes, o de repudio a los de otra tribu política, ideológica, nacional o
religiosa: un mal social que abarca medio planeta, y que no se calma ni en los
momentos de júbilo colectivo. Sirva como advertencia: pensando en que se vale
de todo para “ganar”, nos estamos despojando de nuestra esencia civilizada. Eso
vale para toda actividad humana. Vivimos una crisis de convivencia. Me parece -es
mi lectura personal, al fin y al cabo- que Nolan nos envió un mensaje al
respecto, basado en un texto de hace casi tres milenios.

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