martes, marzo 31, 2009

Biopics: Un elefante pidiendo autostop

Luego de dejar a mi mamá, tomé el tren a Valencia. Todo en aquella España parecía imitación chafa y empequeñecida del resto de Europa, hasta daba la impresión de que las vías del tren eran más estrechas. En Valencia, abordé otro, local, hasta Denia, la localidad en donde Alfonso Vadillo había rentado su chalet de agosto.

Llegué a la dirección (una suerte de vecindad de casitas blancas frente al mar) y me encontré, en vez de Vadillo y su hijo, con una pareja de alemanes que me miraban extrañados. Me dijeron que ellos acababan de rentar esa casita hacía dos días; la dependienta, que la había desalojado un señor mexicano que la rentó solamente por quince días.

Desilusionado, tomé otro trenecito lechero, que se fue lentísimo por la costa, hacia Alicante. Era un espectáculo de contrastes, a mi derecha, un mundo rural atrasado; a mi izquierda, la explosión de construcciones turísticas de dudoso gusto; edificios con nombres como “Miami”, “Los Ángeles” y un montón de anuncios ofreciendo cuartos, rooms, zimmer a los extranjeros ansiosos del sol de Levante. Más atrás, el mar. En un momento vi a una jovencita, casi una niña, esperar en un montecito a que pasara el tren para poder atravesar. Estaba como perdida en la frontera de esos dos mundos opuestos.

Lloviznaba y estaba a punto de caer la noche cuando llegué a Alicante, una ciudad que no se veía muy atractiva. Decidí caminar por el malecón, buscar un hotel donde pasar la noche y luego decidir qué hacer. Mientras avanzaba ví las espaldas de dos tipos que pedían aventón (hacían “autostop”, como dicen en España) con un cartelito que fijaba su destino: “Denia”. Mi reacción inmediata fue gritarles: “¡No vayan! ¡Es una mierda!”. Los tipos se voltean y, para sorpresa mutua, uno de ellos era Cárlos Mársico. Enormísimo grito de alegría, abrazos, y luego la explicación. Mársico había estado rolando por España con Topino y Cetta, sus cuates perusinos, y se les había unido un gringo aventurero, Steve, quien lo acompañaba. Estaban cortos de dinero y habían decidido ir a Denia a pasarse unos días en el chalet de Vadillo, a quien Carlos también le había prestado cien dólares. También él tendría que esperar por su dinero.

-Ché, y yo que me imaginaba unas vacaciones diferentes, tirado frente a la playa y tomándome un cóctel.

Fuimos a un bar a tomar una cerveza y allí mismo, en caliente, decidimos ir a Marruecos. Sacamos un mapa y fijamos nuestra meta intermedia en Algeciras, junto a Gibraltar. Iniciamos de inmediato el autostop, pero sólo pudimos llegar hasta Elche, donde acampamos. La tienda de campaña de Carlos sólo tenía lugar para dos y Steve, en buena onda, se ofreció a dormir afuera porque yo tenía gripe.

Al día siguiente, muy temprano, nos dio aventón un señor que acababa de dejar a su esposa en el aeropuerto y volvía, con su perro, a Almería. Cruzamos Murcia, que me pareció muy seca, y luego nos dormimos, lo que no ha de haberle gustado mucho al español, que quería conversación. A cambio, su perro me estropeó el pantalón con sus huellas aceitosas.

En Almería cometimos un error. En vez de informarnos –hubiéramos averiguado que de ahí zarpaban barcos rumbo a Melilla, la posesión española africana al norte de Marruecos-, seguimos el itinerario. Y no tardamos en darnos cuenta de que tres greñudos pidiendo autostop éramos como un elefante. Más aún en la España apenas postfranquista (Arias Navarro acababa de dejar el poder y Adolfo Suárez todavía no daba color). Cuando por fin un auto se detuvo y el conductor dijo que nada más podía llevar a uno, accedimos. Yo me subí y quedamos de vernos en Adra, que era el lugar adonde iba el austriaco, un etnólogo musical muy interesado en el flamenco, que estaba recorriendo el sur de España. Fue la primera vez que oí hablar de Paco de Lucía. Se me hizo atractiva la idea de rolar con este tío, un poco a ciegas, en busca de cantaores y bailaoras de aquella España cañí, pero me tenía que ver con mis cuates.

Pasamos la noche en Adra, dándonos un leve baño de mar. En nuestro campamento, Carlos comentó:

-Hace unos días cumplí 25 años y me puse a repasar lo que ha sido mi vida. Llegué a una conclusión: estoy orgulloso de mí mismo.

Definitivamente, era argentino.

Al otro día, lo más que avanzamos fue a Motril, ya en Andalucía, y yo –ya con la gripe manifiesta en su plenitud- me quedé en un hotelito. Nos lanzábamos a pedir autostop y no era raro que se nos acercara algún campesino a platicar con nosotros con lógica de baturro, sorprendido de que viniéramos de tan lejos y todavía quisiéramos alejarnos. “No os entiendo, porque yo lo más que he viajado es a Granada, y eso fue hace 17 años”. Dividiéndonos y reencontrándonos, pasamos otra noche en Fuengirola, cerca de Málaga y al final, en un día en el que de plano no se paraba nadie a recogernos, tomamos un camión hasta Algeciras.

Cerca del mediodía tomamos el ferry de Algeciras a Ceuta: Estaba yo tomando el aire y el sol en la cubierta del ferry y, en uno de mis típicos movimientos neuróticos, revisé mi pasaporte. Para mi horror, descubrí que mi foto había desaparecido. Se había desprendido del documento y no estaba entre mis cosas. “¡No mames!”, grité. Carajo, México no tenía relaciones diplomáticas con España… ¿cómo le iba a hacer? Sentí unas cosquillas molestas en el estómago, que subían por el esófago y hasta el cogote. Como quien dice, se me subieron los güevos. Me puse a buscar frenéticamente la dichosa foto y, de milagro, la encontré en el suelo, a pocos metros de donde estaba sentado. Fui con un marinero, le expliqué mi situación y le pregunté si había algún adhesivo para pegar la foto. No lo había, pero con cuidado la engrapamos, de forma que se notara con claridad que el sello era legítimo.

En Ceuta lo primero que hicimos fue tomar un camión a la línea fronteriza con Marruecos. Allí descendimos, y había que tomar otro, que nos llevaría a Tetuán. Decenas de marroquíes y de turistas estaban en espera. Cuando llegó el autobús, la masa de marroquíes se lanzó frenética y simultáneamente a echar maletas y cartones en los compartimientos de abajo y buscar asiento. La mayoría de los turistas –primermundistas ellos- pensaron primero en meter su equipaje y luego en subir. No encontrarían lugar y tendrían que descender a sacar sus cosas y esperar otro transporte. Carlos y yo, en rápida operación concertada, hicimos lo que los marroquíes; Steve, lo que los gringos y europeos. Pero le guardamos, casi a madrazos, su lugar. Era apenas un preludio.

jueves, marzo 26, 2009

Biopics: Llega la mamma y nos echamos un tour

Llegó la época de exámenes y decidí presentar cuatro en ese periodo. Ciencia de las Finanzas y Derecho Financiero; Ciencia de la Programación y Política Económica, para dejar Economía Agraria y las tres más difíciles (Economía Industrial, Economía Internacional, Teoría Económica II y Economía Monetaria, AKA Complementos de Matemática para Economistas) para las fechas de invierno y el siguiente verano. Obtuve tercia de 30s.

La más interesante resultó Política Económica, en la que teniamos que presentar un ensayo, además del examen. Por supuesto, el mío lo hice acerca de la política económica mexicana: las contradicciones del modelo de sustitución de importaciones. Uno de los libros base que utilicé fue el famoso Sunkel y Paz (El subdesarrollo latinoamericano y la teoría del desarrollo, Siglo XXI, 1970), que posteriormente me sería muy útil como maestro. Este libro me resultó importante por tres razones: la importancia de la historia económica para entender las distintas formas que adquiere el desarrollo; el análisis de los distintos modelos dinámicos de crecimiento y, sobre todo, la ruptura con la lógica neoclásica de mutación gradual (la imagen de la curva) y la propuesta de que el desarrollo detona a través de transformaciones deliberadas, de un proceso discontínuo de desequilibrios (en vez del famoso equilibrio de mercados). En otras palabras, que en política económica, el sustantivo es “política”: la dirección y fuerza de las transformaciones dependerá de las relaciones de poder.

Un par de días antes de ése, que era el último examen del verano, llegó mi mamá a Módena. Había pasado unos días en España con los Valle y habíamos quedado de echarnos un rol por Italia y por París, y luego ir a España donde estaríamos unos días en Madrid y luego yo me iría a Denia, donde Alfonso Vadillo había rentado una cabaña –a la que iría con su hijo de 12 años, que lo visitaba-. Yo le había prestado 100 dólares a Vadillo para que rentara esa cabaña (otro tanto habían hecho otros amigos, según me enteré más tarde).

Tras el examen, partimos en tren a Roma, donde cobré las becas de tres meses de Carreto, Castañares, Mapes y mía. Los cuates me dijeron que por el momento no necesitaban la lana (beneficios del ahorro forzoso del año anterior), así que llené un cinturón de tela que usaba bajo el pantalón con 3 mil 600 dólares en efectivo. Algo no físicamente, pero sí mentalmente incómodo.

Como a muchas personas, a mi mamá Roma la sacó de onda al principio, pero pronto le fascinó. Es algo que tiene esa ciudad: esconde por un rato la magnitud inenarrable de su esplendor. Nos hospedamos en un hotel de Via Nazionale en donde también recaló un tour chistosísimo: quinceañeras mexicanas que daban la vuelta por Europa, en una gira cuyo clímax era bailar el vals con cadetes austriacos en Viena (estudiantes necesitados de una lana, en realidad). Una vez salimos del hotel y vimos a las pobres niñas subirse al camión disfrazadas en vestidos típicos: una chavita hacía esfuerzos para subirse enfundada en un traje completo de china poblana, con sus lentejuelas multicolores y todo. En Roma hice caminar a mi mamá un chingo (pero era aguantadora).

Después de Roma, fuimos a Nápoles-Pompeya. En Nápoles mi mamá pidió arroz con pulpo y se lo sirvieron a la napolitana: arroz blanco y encima, un pulpo entero. No se lo pudo comer (“el pobre animal me veía con cara de no me comas”). Pompeya fue para ambos un descubrimiento extraordinario, superior a lo que esperábamos (esa presencia viva/muerta de la vida cotidiana de hace milenios), al grado que de regreso a Nápoles visitamos también el Museo Arqueológico Nacional –no tan emocionante como el museo de sitio que existía entonces en las excavaciones, pero más completo-.

En Florencia, además de la consabida visita a los Uffizi, mi mamá disfrutó mucho comprando joyería en los mercadillos (siempre le encantaron las joyas, siempre y cuando fueran grandes y brillantes… por lo que también le gustaba mucho la bisutería). Se la pasaba regateando, y usaba con éxito el argumento de que era una cubana que había venido a visitar a su hijo (y señalaba hacia donde estaba yo, en una esquina, leyendo L’Unità). El día que estuvimos allí nos sorprendió una explosión de júbilo colectivo: habían condenado a cadena perpetua a Izzo, Guira y Guido, los asesinos del Circeo. Se armó una suerte de manifestación feminista espontánea, que tuvo uno de sus momentos cumbre cuando varias de ellas, y algunos que estábamos de mirones, nos lanzamos a gritos contra un joven que, precisamente en esos momentos, le dio dos trancazos a su novia, con la que estaba discutiendo. Curioso, pero dos horas después volví a ver a esa pareja, ahora en plena reconciliación.

A Venecia –como siempre, deslumbrante- la caminamos a fondo (repito, mi mamá era aguantadora) y nos tocó la bienal, que aquel año estuvo muy descentralizada, así que recalamos en muchas iglesias y palacios habilitados en centros de exposición. Al atardecer se nos acerca un gondolero y ofrece: “góndola… romántica”. Mi mamá le grita: “¡Pendejo!”. Yo traduzco, y explico: “es mi madre”. El hombre se deshace en disculpas. “¿Qué se cree ese pendejo? ¿Que soy una vieja que le paga a un jovencito?”, sigue imprecando mi mamá. Más noche paseamos por uno de los puentes y en una caravana de góndolas viene el tour de quinceañeras mexicanas echando relajo. Exactamente cuando van a pasar frente a nosotros, se ponen a gritar “¡Viva México!” y exactamente cuando salen del túnel, les grito: “¡Nacas! ¡Me dan vergüenza!”. Abren tamaños ojotes de sorpresa.

Volamos a París y de paso también conocí Versalles –en un tour con un guía que decía ser maestro de la Sorbona fuera de sus ratos libres y al que varios latinoamericanos le decían “maestro”-. Caminamos y caminamos hasta que mi mamá se cansó… y entró a unos almacenes a comprar, para quitarse tanto cansancio.

De ahí, a España, que apenas estaba despertando de la pesadilla franquista. Una de las primeras impresiones que tuve al ver a los españoles fue decirme “¡Ah, estos son los que se quedaron de este lado del océano!”. Así de parecidos a nosotros los ví. Madrid en 1976 tenía aire de pueblote, y el destape apenas empezaba a asomar los tobillos. Fuimos un par de veces al cine (esas pelis crípto-críticas que a muchos gustaron en su momento, pero a mí no) y me dio gripa, porque del calorón de la calle pasabas a la “refrigeración” (así le decían) de las salas cinematográficas, que era de verdad una experiencia extrema. Pocos días después, mi mamá tomó el avión de regreso a México

miércoles, marzo 18, 2009

Nueva onomástica cubana

Hubo una época en la que los nombres cubanos tenían un inconfundible sabor hispano-caribeño. Solían ser juguetones, a veces barrocos, pero estaban inconfundiblemente ligados a una tradición histórica y cultural. De ahí que muchos de ellos son perfectamente garcíamarquianos.

En la literatura, tienen a Lino Novás Calvo, Virgilio Piñeira, Severo Sarduy, Lisandro Otero, Cirilo Villaverde o Lydia Cabrera. En la política, a Haydée Santamaría, Universo Sánchez, Osvaldo Dorticós, Camilo Cienfuegos -por supuesto- y, del otro bando, Fulgencio Batista. No abundaré sobre mis tíos Digna y Fidelio. Y qué decir de los deportistas Teófilo Stevenson y Regla Sánchez.

Pero esos nombres tienden a desaparecer. Llegó la famosa "generación Y": unos pocos cubanos tienen nombres comunes y corrientes (pero poco sonoros). Para otros, ha privado la inventiva llevada al paroxismo.

En el roster cubano del Clásico Mundial de Beisbol contamos a Aroildis, Maikel, Yulieski, Ismel, Jonder, Vicyohandris, Yuneski, Yadier, Yaumier, Norge, Yoandris, Yoelvis, Nurbit, Yoennis y Leonys. Comparado con ellos, Frederich Cepeda parece un nombre normal. Y si pasamos a las mujeres -esta vez la lista es de medallistas olímpicas- tenemos a Yarelis, Yipsi, Yoanka, Eglis, Daynellis, Anaysi, Idalys, Yalennis y, por supuesto, Yumileidi.

Cuando un padre le pone nombre a un hijo, suele abrevar de la historia (familiar, social, cultural) para lanzarla al futuro. ¿Qué puede llevar a una generación entera de progenitores a abandonar esa costumbre?
Descarto, de antemano, el abandono supuestamente revolucionario del santoral eclesiástico, porque el cambio en la onomástica cubana es un fenómeno que no tuvo parangón en las naciones de Europa del Este (que todavía eran comunistas cuando en Cuba apareció la "Generación Y").
Aventuro, entonces, otra hipótesis: hay una negación del pasado (que avergüenza, porque de él siempre hablan mal los medios oficiales) y también una cerrazón al futuro. Faltan los Ernestos, los Camilos, las Celias, e incluso los Fideles y Raúles. Todo se resuelve en un juego de palabras, en una huella sonora carente de significado alguno.
No hay legado, tampoco perspectiva. ¿Qué queda entonces si no sólo un presente incierto?

martes, marzo 17, 2009

Una clásica eliminación


El equipo superior suele derrotar al equipo inferior. Esta vez se cumplió la regla y México está fuera del Clásico Mundial.
Cuba 7, México 4.


Conforme a las previsiones, Cuba -que no puede darse el lujo de quedar fuera en la segunda ronda- eliminó a México -que sí puede darse ese lujo- en un partido que pudo estar mucho más cerrado, pero que se decidió relativamente pronto a favor de los antillanos.

Bastó que Jorge Campillo repitiera un lanzamiento adentro a Frederich Cepeda (más tarde haré una entrada sobre la nueva onomástica cubana) para que el jardinero rojo lo leyera perfectamente, depositara la bola en el fondo del outfield y vaciara las bases. Así, desde la quinta entrada, Cuba escribió el destino de un juego crucial.
México tuvo una aceptable actuación en la caja de bateo (aunque Scott Hairston se ponchó con las bases llenas por segundo día consecutivo) y su pitcheo no estuvo tan mal como en otras ocasiones, pero Cuba jugó de manera más inteligente y le salieron bien las cosas pequeñas que a México le salieron mal (pero eso no se llama casualidad, sino manejo y coacheo).
Vinicio, tan pródigo en cambiar lanzadores en el juego inaugural, esta vez estuvo avaro -como si hubiera mañana- y sacó a sus pitchers exactamente un bateador después de lo justo. Un toque de sorpresa bien dado y una jugada de bateo y corrido que le salió de lujo al equipo cubano fueron, a la postre, la clave.
Me detendré un instante en la jugada de bateo y corrido. El relevista mexicano, Pablo Ortega, esta ocasión sí está funcionando. Séptima entrada, 5-2 favor Cuba, dos outs y hombre en primera. Al lanzamiento, el corredor sale rumbo a segunda; el shortstop se mueve para cubrir la almohadilla y exactamente por donde él estaba pasa la rolita, que hubiera sido un out sencillisimo, pero se convierte en hit. Carajo, deciden hit and run con dos outs, el campocorto se va con la finta y lo que era dominio de la situación se convierte en desventaja definitiva.
Decía el clásico que "esto no se acaba hasta que se acaba", pero cuando México esbozaba una respuesta en la última entrada, Vinny tiró la toalla dejando batear a Miguel Ojeda, mientras Javier Vásquez, Rod Barajas, Jerry Hairston y hasta Édgar González languidecían en el dogout. Al parecer siempre le importó más mantener buen ambiente que ganar los partidos, aunque hayamos muchos que creamos que el Clásico Mundial es algo distinto que la Liga de la Toronja.

En resumen, el equipo mexicano no hizo el papelón pero sí tuvo una actuación inferior a la del 2006. Con un mejor line-up, bien construido y decentemente remendado, fue peligroso al bat aunque fallo a la hora buena. La lógica tradicional de bateador derecho contra lanzador zurdo dejó dos veces fuera de la alineación inicial a quien resultó el mejor toletero, Karim García.
Los lanzadores, que habían sido la fuerza de la selección del 2006, fueron ahora su debilidad. Durante tres jornadas el staff de relevo mexicano hizo el ridículo. Hay que señalar que, a diferencia de los jugadores de campo, en el cuerpo de lanzadores hubo ausencias notables (Yovani Gallardo, Jorge De la Rosa, Alfredo Aceves, Luis Mendoza), y dudo que todas se hayan debido a prohibiciones y negativas. Se escogió mal. Varios de los que participaron eran cartuchos quemados y, desgraciadamente, lo demostraron.
Sólo nos queda, como en otros deportes, soñar para dentro de cuatro años.

lunes, marzo 16, 2009

Ventajas escurridizas


En los cinco encuentros que ha disputado en el Clásico Mundial, México ha estado en ventaja. Contra Corea del Sur tampoco pudo mantenerla, y ha perdido tres.
México 2, Corea 8.




Dicen que Vinicio Castilla dijo que a los equipos orientales no se les podía abrir ningún resquicio ("dar ningún chance"), porque lo tomaban. Fue una profecía, que pone a México al borde de la eliminación.
México pegó primero, contra el estelar abridor Ryu -el que derrotó a Cuba en la final olímpica-, pero Corea supo aprovechar cada pequeño error mexicano para ir construyendo una victoria, que terminó siendo amplia cuando -fiel a su costumbre- el relevo nacional se desmoronó.
Oliver Pérez tuvo una apertura menos desastrosa que ante Australia, pero la ventaja se le escapó con un lanzamiento alto, que se convirtió en cuadrangular coreano y con un error de Édgar González (del tipo de los que le han impedido consolidarse en la titularidad de San Diego). Más tarde otro par de lanzamientos cómodos se convirtieron en vuelacercas, porque para los coreanos el famoso Petco Park no resultó tan temible.
México pudo empatar y darle la vuelta al marcador, cuando en la quinta entrada llenó la casa con un out, pero los bateadores volvieron a fallar a la hora buena. Hubo 10 dejados en base en el partido, pero varios de ellos se quedaron esperando un buen rato... 21 de los outs coreanos fueron con corredores mexicanos en los senderos.
Un par de comentarios más. El primero, sobre Corea: es un equipo disciplinado y creativo -vaya, no había visto a nadie hacer la bicicleta (mostrar toque de bola y luego dirigir el batacito por encima de los infielders) desde que yo lo hacía en Liga Pequeña-, pero no parecen divertirse en el juego. El segundo, que siempre falla al menos un relevista mexicano, en tanto no se llame Joakim Soria. Esta vez fue David Cortés quien estuvo del nabo.

Ahora sólo nos queda intentar hacer una hazaña parecida a la de hace tres años. En 2006 eliminamos a Estados Unidos; en 2009 trataremos de hacerlo con Cuba. Se ve difícil.

viernes, marzo 13, 2009

Le llovió a México


En un juego pasado por agua, Cuba demostró que es un equipo compacto; México demostró su inconsistencia.
México 4, Cuba 16.


La llegada al Foro Sol fue una odisea, entre la lluvia pertinaz y otros avatares. Pero en el campo, la escuadra cubana completó 16 viajes de regreso a Ítaca, para dejar tendido en el campo, y bien noqueado, a un equipo mexicano con notables problemas en el manejo de su staff de relevistas.
Fue un partido disputado por seis entradas, que se abrió totalmente de un solo lado en la séptima y en el que la lluvia, si bien no influyó en el resultado, fue constante protagonista. Un chipi-chipi eterno -y, a la postre, empapador- que bajó la temperatura abajo de los 10 grados (pero quienes teníamos los pantalones empapados lo sentíamos más frío).
Inició con un duelo de toma y daca, en el que los mexicanos se despacharon con tres cuadrangulares solitarios, pero de nuevo se atracaron de pelota y volvieron a fallar con hombres en posición de anotar. Con casa llena, un out y cuenta de 3 y nada, el bateador más débil, Miguel Ojeda, no se aguanta, le tira a la pelota y batea para un doble play desastroso. Un par de entradas más tarde, también con la casa llena, Adrián González es ponchado.
El que perdona pierde. Y si perdona ante Cuba, pierde por paliza. Cuba tiene lo que los expertos llaman "profundidad en el roster". Sacas a uno y el que lo sustituye es igual de bueno. Además, el manager hizo los cambios en su pitcheo en el momento justo, tal y como reza la máxima: "ni un lanzamiento antes, ni un lanzamiento después".
Nuestro Vinicio, en cambio, volvió a las andadas del domingo. En particular, sacó a David Cortés luego de que había dominado a los dos bateadores a los que se enfrentó y lo sustituyó por Dennys Reyes, quien se mostró descontrolado desde el principio. Un par de hits en cuenta alta, un pasaporte, un golpe en la espalda y tres wilds (uno de ellos en cuenta de 0-2) y el manager mexicano se esperó hasta que la situación estuviera al límite del nocaut para sacar al gordito sinaloense, que fue despedido -por segunda vez en este Clásico Mundial- en medio de un abucheo de proporciones carstensianas y llegó a llorar de rabia e impotencia al dogout. Ahora tiene 40.50 de PCL en el Clásico. Pobre. Luis Ayala no pudo cerrar la cortina y se consumó la masacre.

El Petco Park de San Diego es la antítesis del Foro Sol. Un parque espacioso, al nivel del mar. México pasa, para la segunda ronda, del paraíso del bateo al paraíso de los lanzadores y se enfrenta a Corea, un equipo que tiene en el pitcheo su fortaleza. Será la prueba de fuego (pienso que, sobre todo, para el line-up). Es posible que la escuadra nacional gane alguno de los compromisos en EU, pero es improbable -por la inconsistencia en el pitcheo y en el manejo- que llegue lejos en el Mundial. Ojalá me equivoque en lo segundo.

jueves, marzo 12, 2009

Dulce supernocaut



Dicen que la venganza es un plato que sabe mejor frío. Esta vez fue en caliente, y supo muy bien.
México 16, Australia 1.




Luego de la victoria sobre México y de que su equipo estuvo a punto de pasar por encima de Cuba -una línea que en otro parque hubiera sido doblete pero que fue jonrón en el Foro Sol hizo la diferencia-, el manager de Australia declaró ya estaba pensando en la revancha contra los antillanos, porque volver a derrotar a México sería un mero trámite.
Vinicio Castilla ordenó pegar esa declaración en el dogout de la escuadra nacional, para picar el orgullo de los peloteros. Esa estrategia psicológica, transformada en concentración durante todo el juego y sumada al desplome del pitcheo australiano, fue ingrediente central en la contundente victoria del equipo mexicano. Humillación con humillación se paga.
Abrió y se llevó la victoria por México Jorge Campillo, cuya invisiball causó problemas a todos los toleteros de las antípodas (menos a uno, que le encontró un cambio de velocidad y lo mandó al otro lado de la cerca), fue correctamente relevado por Rodrigo López. Ambos tuvieron el apoyo de una defensiva que, en esta ocasión, no cometió errores.
Casi todos los bates nacionales estuvieron muy activos, pero especialmente el de Karim García, quien se había visto fallo ante Sudáfrica. El ex-Yankee bateó de 4-4, con dos cuadrangulares (uno de ello de largo alcance). Ahora hubo de parte de todos un poco más de paciencia en el plato, y la bola buena, a partir del tercer inning, a menudo llegaba. En todo momento mostraron hambre de paliza -que implicaba, también acortar el juego y descansar lanzadores- y, enfocados en ello, lo lograron. Para la quinta entrada, Australia ya había tirado la toalla. Se lo merece su manager, por hocicón.
Una cosa sigue preocupando: a cada juego se lesiona un titular de la escuadra mexicana. Esta vez fue Jerry Hairston Jr., y Agustín Murillo tuvo que improvisarse como jardinero.
Hoy vamos ante Cuba, un equipo muy completo, pero al que Fidel ya regañó por no apalear a sus contrincantes. El viejo Castro, cada vez más gagá, cree que es porque no quieren... a lo mejor es porque no pueden. A ver cómo nos va.

martes, marzo 10, 2009

Un respirito en el Clásico

Se tardaron en demostrar su superioridad, pero lo hicieron. México 14, Sudáfrica 3.


El equipo mexicano se tomó un respirito en el Clásico Mundial de Beisbol, pero se tardó 7 entradas en poder inhalar a gusto y, por fin, jugar relajados.

Esta vez Vinicio tomó la decisión correcta de mandar a Elmer Dessens como abridor, lo que significa guardar a nuestra segunda mejor carta, Jorge Campillo, para el juego que definirá el pase a la segunda ronda.
El equipo mexicano de coacheo encontró también chivo expiatorio por el desastre del domingo. No era el salado Carstens, sino el receptor Rod Barajas, sustituído ayer por Miguel El Negro Ojeda, bajo el argumento de que el de Guaymas, a pesar de que batea mucho menos que Barajas, conoce mejor a los lanzadores mexicanos.
Se puede decir que sí, que Dessens tuvo una mejor distribución de su repertorio (era terrible ver a Oliver Pérez lanzar tres rectas seguidas) que dio una muy buena actuación y que lanzó bajito. También se puede decir que el lineup sudafricano no se compara con el australiano en experiencia y roce de Grandes Ligas... y que no está prohibido que los coaches platiquen con el catcher entre entrada y entrada.
La paliza final no dice lo difícil que estuvo el asunto al principio. Durante seis largas entradas la ventaja mexicana fue mínima o nula. Adrián González se destapó con la majagua (dos jonrones, un doble y una línea atrapada contra la barda) y fue la bujía en la ofensiva. Rodrigo López demostró que todavía no se repone (¿de verdad pensaban originalmente que iniciara el tercer juego?), Ricardo Rincón, que efectivamente está acabado (y Vinicio lo sigue utilizando) y Joakim Soria que está como navajita.
Tres cosas me siguen preocupando para el juego decisivo. La primera es la falta de profundidad en los jardines. La salida de Amézaga forzó la llegada de Karim García, quien se vio lento en la pradera y desesperado en la caja de bateo y es el momento en que el equipo mexicano no tiene jardineros de repuesto (otra lesión y habrá que enviar a Ojeda al left field). La segunda es que siguen corriendo mal las bases. La tercera es que el equipo batea mucho, pero no a la hora buena: dejaron a 10 corredores en los senderos... y contra Australia habían dejado a 17. Una cuarta cosa me da más tristeza que preocupación deportiva: la fractura sufrida por Erubiel Durazo, tras recibir un pelotazo en su muñeca izquierda.

Ahora, a esperar rival. Los australianos ya se crecieron y dicen que van a ganar el torneo. Los cubanos saben que Fidel no espera de ellos más que el campeonato. Uno de ellos nos tocará.

lunes, marzo 09, 2009

Vinny, Eriksson y la maldición de Carstens



La fiesta estaba puesta, pero terminó en decepción.
Australia 17, México 7.







El debut de México en el Clásico Mundial de Beisbol 2009 resultó un fiasco mayúsculo. El equipo que muchos aficionados ansiábamos ver fue humillado por la modesta Australia. Lo hundieron un deplorable pitcheo y un pésimo manejo.
Tres fueron los momentos claves del partido. En uno, iba México adelante 7-4, con dos hombres en base, sin outs y con Jorge Cantú al bat. ¿Y qué se le ocurre al coach? Mandar a robar tercera a Jerry Hairston Jr. (el doble robo era imposible, en primera estaba el lento Adrián González). El corredor es capturado. Después Cantú batearía para doble play. No se me ocurre una mejor estrategia para darle al traste a un rally.
Van a batear los australianos y el infield se mueve evidentemente a partir de las señas del catcher mexicano. Cualquier bateador de experiencia sabe que si los fildeadores se desplazan hacia su banda contraria, viene una bola abierta. Todo lo que hicieron los visitantes fue esperar esa bola y cubrir el diamante de hits sencillos.
Tras las actuaciones trastabillantes de Oliver Pérez y de Pancho Campos, el único lanzador mexicano que tenía más o menos controlados a los australianos era Rafael Díaz. Con el juego empatado a 7, saca dos outs (el último, un bonito ponche) y Vinicio Castilla decide sacarlo para meter a Ricardo Rincón, en la lógica (del famoso librito que nadie escribió, pero que data de los años 30) de que pitcher zurdo domina a bateador zurdo. Es la sexta entrada, el partido parece lejos de estar decidido, y Vinny saca al único lanzador que le estaba funcionando más o menos. A Rincón le pegan un hit podridito y el manager mexicano, desesperado, vuelve a cambiar de pitcher, con resultados funestos.
A partir de ahí, el equipo nacional se vino abajo en todo, pero principalmente en lo anímico y la fiesta terminó en derrota aplastante. Y peor, con un público que, si bien apoyó incondicionalmente a México hasta que la diferencia se hizo inalcanzable, acabó volteándosele. Tal vez la mejor definición haya sido la de un gordo que estaba sentado dos filas delante de mí, que gritó: "¡Vinicio, eres la versión oaxaqueña de Eriksson!". Peor epíteto no podía ser, viniendo de un aficionado al beisbol.
Australia jugó simple, sin grandes aspavientos, pero con paciencia, agotando mentalmente a los lanzadores, pero sobre todo a un manager que dio tremendas muestras de novatez. No sé cuántos de los 22 hits australianos fueron con dos strikes. Creo que me quedo corto si digo que 15.
Los aficionados salimos muy decepcionados del Foro Sol (un estadio bonitillo, pero en el que cualquier línea tendida se convierte en un poco espectacular cuadrangular). También un poco perplejos con lo sucedido. De ahí la conclusión que muchos sacamos: México perdió por la maldición de Carstens (y es que hay que tener una tara política para suponer que, en medio de esta crisis, el obeso secretario de Hacienda no iba a recibir el abucheo monumental que tuvo que soportar).

Supongo que México -a pesar de haber perdido, por lesión, a su mejor jugador del debut, Alfredo Amézaga- superará hoy a Sudáfrica. Y que terminará vengándose de Australia en el juego decisivo (El partido entre Cuba y Sudáfrica fue de unos antillanos sobrados y displicentes, pero que son una máquina de jugar pelota y un equipo ganoso, pero apenas elemental). Pero me temo que irá a San Diego -si los australianos no nos repiten la faena- directito a ser eliminado.

martes, marzo 03, 2009

Biopics: Elecciones políticas

En esa época no había posibilidad de un intercambio constante y al día de las noticias de México. Nos llegaban unas pocas por carta, y para los medios italianos, nuestro país simplemente no era noticia. Así, nos enteramos por la mamá de Carreto que a López Portillo le había salido una candidata independiente “feminista”; por Raúl Trejo, que el Partido Comunista Mexicano había lanzado una campaña en forma con Valentín Campa como candidato, aunque no apareciera en boletas; por mi papá, que la Liga Comunista 23 de Septiembre había estado muy activa “ajusticiando” policías que comían la torta en su patrulla (y mi jefe y yo coincidíamos en que le hacían el juego a la derecha); por Hermann Bellinghausen, que López Portillo era “continuidad con retroceso”.

A cambio de ello, estábamos muy inmersos en el clima electoral y político italiano. Venían las elecciones políticas –diputados y senadores en una república parlamentaria- y se masticaba la posibilidad del sorpasso, de que la votación por el PCI rebasara a la democristiana y se abriera la posibilidad de que el Gran Partido formara gobierno.

Había varias discusiones. En el ámbito de centro-derecha, la preocupación ante una posible victoria comunista era muy grande, y se puede resumir en la frase del conocido periodista Indro Montanelli, quien pidió al bloque conservador “tápense la nariz y voten DC”. En el de la izquierda, era la eterna pugna por el “voto útil”. Los compañeros del PCI afirmaban que todo voto por el cártel de extrema izquierda –llamado Democracia Proletaria- iría a fondo perdido y podría mantener a la DC como primera fuerza. Los de DP, por una parte, contrargumentaban que lo importante era obtener una mayoría de izquierda en el parlamento –el pleito contra el “compromiso histórico”- y, a su vez, tenían problemas dentro de su coalición, porque los grupos más extremistas eran los más visibles. Adicionalmente se presentó, a nivel nacional, el Partido Radical y, a nivel local, diversas agrupaciones menores (en Módena, los maoístas de Unidad Popular y una “lista de distracción” llamada Partido Democrático y rebautizada “Pobre Dante”). Los cuates discutían con nosotros como si de verdad pudiéramos votar y, cuando nos declarábamos indecisos entre el PCI y DP exhibían toda su esgrima retórica para convencernos.

Suponíamos que a la DC le iba a ir muy mal (tal vez porque nuestro vecino el contador Borghesi nos dijo que le daría un voto de castigo… por el MSI, y su esposa que esta vez votaría por el Partido Socialdemócrata… que era como el PPS, pero más corrupto) y, en esa expectativa fuimos el lunes de las elecciones a Piazza Grande.

El mismo ambiente, la misma eficiente publicación de resultados parciales del año anterior. El Partido Comunista estaba avanzando electoralmente en todo el país y, por supuesto, reafirmándose como mayoría absoluta en la Emilia Roja. Subió más de 7 puntos porcentuales respecto a las elecciones anteriores. Pero no hubo sorpasso: la derecha italiana se tapó la nariz, abandonó a los partidos burgueses tradicionales (el Republicano, de tendencia tecnócrata y el Liberal, laico pero empresarial), castigó a los socios menores de la coalición de gobierno (los Partidos Socialista y Socialdemócrata) y votó mayoritariamente por la Democracia Cristiana, que terminó con 38% de los votos, frente a 34% del PCI.

Los cuates del PdUP estaban contentos. No sólo Democracia Proletaria había logrado cinco curules, sino que todas ellas habían sido ganadas por el PdUP (en las elecciones italianas se votaba por el partido y, dentro de la lista, por hasta tres candidatos). Para mantener la coalición, Vittorio Foa, quien había sido elegido en dos circunscripciones (y que, por cierto, era profesor de la Facultad) cedió sus curules a Massimo Corvisieri (dirigente de Vanguardia Obrera) y a Mimmo Pinto (de Lotta Continua, líder de los desempleados de Nápoles… que votaron por el PCI).

Esa noche hubo fiesta en la ciudad, con todo y que no hubo sorpasso: las distintas agrupaciones de izquierda habían acumulado más del 46% de la votación.

Como la vez anterior, me pasé los días posteriores leyendo los análisis demoscópicos de los resultados. El que más me llamó la atención fue un análisis diferenciado de la votación por diputados y por senadores (se requería tener 18 años para votar por los primeros; 25 años para hacerlo por los segundos) que señalaba una clara ruptura del patrón electoral entre los jóvenes. El PCI tenía casi mayoría absoluta, y DP se despachaba con más del 10 por ciento… pero el MSI se acercaba a ese porcentaje. Los jóvenes no se tapaban la nariz y estaban radicalizados a diestra y siniestra. Supuse –como muchos otros- que, en la medida en que hubiera un recambio generacional, la mayoría de izquierda acabaría imponiéndose, y aplastando a la derecha radicalizada. La bola de nieve seguía creciendo. Sería a la próxima.

En realidad tuvieron que pasar 20 años para que la izquierda fuera mayoría absoluta, y eso porque la Democracia Cristiana había desaparecido en el escándalo de corrupción conocido como Tangentopoli. La proyección simple no tomaba en cuenta el voto diferenciado de mayores de 25 años (votantes de DP que se decantaron por el “voto útil” en el Senado) y suponía, ingenuamente, que los nuevos electores también serían de izquierda y que la generación se mantendría compacta en sus ideas de izquierda. Ninguna de las cosas se dio. Italia lleva 60 años partida ideológica y políticamente en dos. Y no tiene para cuándo.