miércoles, diciembre 03, 2008

(Biopics: El Crimen del Circeo)

Aquellos fueron, por otra parte, días de nota roja, con dos sucesos que golpearon excepcionalmente la conciencia colectiva italiana. Uno de ellos fue conocido en todo el mundo. El otro, el Crimen del Circeo, tuvo efectos culturales más trascendentes.

Dos jovencitas de barriada romana, aprendices de cultora de belleza, conocen en un bar a tres jóvenes de clase alta, que las invitan a una fiesta en la casa de campo, junto al mar, de uno de ellos. Donatella Colasanti, de 17 años y Rosaria Lopez, de 19 aceptan gustosas la invitación de los chicos bien.

Los cinco –ellos responden a los apellidos Izzo, Ghira y Guido, y son conocidos en los círculos neofascistas de Roma- llegan a la lujosa residencia de la familia Ghira, en el Circeo. No hay tal fiesta. Izzo, Ghira y Guido amenazan con una pistola a las muchachas y durante más de 24 horas las violan, las golpean, las torturan. Las sumergen en la tina hasta ahogarlas, luego meten los cuerpos en la cajuela del auto y regresan a Roma. Estacionan el coche bajo la casa de Guido y se van a comer unas pizzas.

Rosaria Lopez había fallecido, pero no Donatella Colasanti, quien se fingió muerta para evitar más ultrajes. Los pasantes oyen gemidos que provienen de la cajuela, llaman a la policía, que rescata a la muchacha en muy mal estado y captura a dos de los asesinos, que regresaban despreocupadamente hacia el auto, después de cenar.

Las crónicas de la época fueron capaces de reproducir con fidelidad casi detallista aquellas horas de pesadilla que vivieron las jovencitas, porque tanto los asesinos detenidos como la víctima sobreviviente las contaron: ellos, con frialdad y cinismo; ella, con un rencor casi tan grande como su dolor. Los ultrajes y agresiones de los neofascistas fueron siempre acompañados por insultos: injurias misóginas, de clase y políticas (las muchachas, totalmente ajenas a las ideologías, eran “comunistas de mierda”). “Se burlaban de que yo quería ser champuísta”, declaró Donatella.

En una nuez, el crimen del Circeo resumía la prepotencia de sexo y de clase social, y ponía de relieve el carácter represivo y criminal de la ideología fascista. Estaban todos los simbolismos. Aunque la condena y la consternación fueron unánimes, la prensa de izquierda recordaba constantemente el odio y el desprecio de clase que mostraron los torturadores. Izzo, Ghira y Guido eran la personificación de la maldad política, de la “negatividad fascista”. El efecto llegó al grado que varios chavos calificaron de “fascista” el disco Tubular Bells, de Mike Oldfield, porque –según las declaraciones de Donatella- era el que escuchaba en la cajuela del carro cuando iban de regreso a Roma (era el tema de la película “El Exorcista”).

Las crónicas de los primeros meses no lo consignaron, pero donde hubo más consecuencias fue en la relación de géneros. Rosaria y Donatella se convirtieron en una bandera del movimiento feminista, que se manifestaba en contra de la violencia de los hombres, pero no solamente contra la violencia directa, sino también en contra de la prepotencia, los aires de superioridad, la agresividad escondida. Y el feminismo italiano, con gran lucidez, se constituyó en parte acusadora. Así cruzó la cerca: pasó de ser un movimiento amplio, pero sobre todo de jóvenes universitarias, a un fenómeno de masas.

El fuerte juego de simbolismos nos dejó a muchos en una situación un tanto ambigua. Éramos estudiantes pobres y de izquierda, pero éramos varones. Éramos víctimas, pero también victimarios, al menos en potencia. Teníamos que cuidarnos de no parecer agresivos, dominadores o presumidos. Teníamos la obligación de asumir que éramos machos en proceso de desmachización: de luchar por extirpar el facho que –seguramente, a decir de las compañeras- hibernaba dentro de nosotros.

Izzo, Ghira y Guido fueron condenados a cadena perpetua, si bien a Ghira jamás se le encontró –hay versiones de que huyó de Italia, se inscribió al Tercio español y murió de sobredosis en Melilla, en 1994-. Un tribunal permitió la libertad vigilada a Izzo en 2005, la que aprovechó para asesinar –también por estrangulamiento- a la esposa y la hija de un compañero de cárcel: fue recapturado y vuelto a condenar a cadena perpetua. Guido logró que se le redujera la sentencia a 30 años, luego huyó de prisión y fue atrapado poco después en Buenos Aires. Fue preliberado en mayo de 2008. Donatella Colasanti murió en 2005.

Las crónicas de los periódicos eran fascinantes, no sólo por lo bien escritas, sino porque buscaban entender las cosas más allá de los hechos. Y la importancia del suceso reclamaba grandes plumas, como la de Italo Calvino, que hablaba de la facilidad con la que los jóvenes ricos de derecha podían pasar, con la certeza de su impunidad, de las bravatas de café a las golpizas a la salida de la escuela, a las carnicerías en las casas de fin de semana. Pierpaolo Pasolini respondió a Calvino, criticándolo por facilón, diciendo que pretendía fijar la inferioridad humana del “enemigo”, que el fascismo antiguo que Calvino anatemizaba era menos peligroso que el fascismo “de genocidio cultural” de la TV y que la violencia no era exclusiva de los frutos podridos de la burguesía, porque esa misma violencia la podían ejercer –y de hecho la ejercían cotidianamente- los pobres de barriada.

Dos días después de publicada su carta a Calvino, Pasolini fue asesinado –también en la periferia romana- por un joven de barriada. Un prostituto adolescente, Pino Pelosi, que le robó el coche y le pasó por encima, estallándole el corazón. También la muerte del gran poeta y cineasta fue objeto de magníficas crónicas periodísticas, y de profundos ensayos analíticos. Pero no tuvo el mismo enorme y persistente eco social que el crimen del Circeo.

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