lunes, mayo 28, 2007
Sueño 8: En el Cine con Brehznev (23-VII-1973)
Este es uno que corresponde a la época que he reseñado en los Biopics.
He respetado la redacción original.
Sueño 8.
En el Cine con Brehznev
23 de julio de 1973
Estoy esperando la entrada a un cine, la película tiene lugar en una especie de museo o convento, a unos 20 metros de distancia. Distingo en la entrada a Eduardo Mapes y Jonathan Davis. Janette me pide que le aparte lugar porque va a llegar al rato. Cuando llego adonde Jonathan, veo que no es Eduardo, sino una gringa con el pelo parecido al de él. Luego llegan Eduardo, el Pino y algunos grillos, acompañando a Leonid Brehznev. Pino, de mezclilla; Eduardo, sintiéndose importantísimo. Me les uno. Ahora sí parece cine normal. Pienso en no criticar al P.C. enfrente de Brehznev. Llegamos y nos sentamos en una iglesia. En el altar hay varios sacerdotes, y un barbón, quien dice:
-Aquí hay alguien muy famoso. Que levante la mano.
Y Brehznev se levanta feliz, agitándola lo más posible. Estoy sentado a su derecha –Pino a su izquierda-. Sonrío. Se apagan las luces y empieza la película (por dos o tres escenas, adivino que es inglesa, de suspense). Por angas o por mangas, Pino y los demás tienen que irse, dejándonos solos a Brehznev y a mí. Aparto sus lugares con discos, y por el resto de la película he de defenderlos contra gañanes medio nazis que buscan asiento.
Cuando termina la película recuerdo que había quedado de verme con Janette, salgo corriendo por ella. Cuando llego a una salida no muy definida veo a una muchacha parecida pero demasiado pintada; “no puede ser ella”, me digo. Recuerdo de repente a Brehznev, lo dejé solo, vuelvo disparado hacia donde él estaba, tengo que batallar contra la marea de gente que sale de la función que ha terminado.
Llego apenas a tiempo para hacer una valla y una caravana a Leonid. Bajamos conversando (Brezhnev habla español con marcadísimo acento ruso), lo dejo en la salida y le digo que tengo que regresar por los discos.
-Lo acompañaré, después de lo amable que ha sido conmigo no puedo sino hacerlo –dice Leonid.
Subimos con la gente de la segunda función. Por el otro lado de las escaleras baja Raúl Trejo, sudando a chorros. Brehnev lo saluda.
BREZHNEV: Hola Raúl.
TREJO (dirigiéndose a mí): Con quién te juntas, Pancho.
Brehnev espera en el pasillo, mientras intento recuperar mis discos de unos “nazis” que se quieren quedar con ellos. Los olvidan cuando descubren el morral de Eduardo, la mochila de Luis, un suéter y unos discos, al parecer de Chanoc.
-Mira, aquí hay otro botín.
Vuelvo a discutir y recupero morral, suéter y mochila. Uno de los cuates se sienta en los discos de Chanoc y se dispone a ver la película.
Al salir del cine, me encuentro con el librero de mi recámara. “Qué idiotez organizar una función de cine en mi cuarto”, pienso. En una de esas le vuelo los discos, sin que se dé cuenta, al nazi que estaba sentado sobre ellos. Medio cayéndoseme las cosas, salgo del cine y encuentro a Brehznev esperando pacientemente.
-Perdone que lo haya hecho esperar tanto –le digo.
-No es molestia –dice-. Además, he aprendido.
-¿Qué? –le pregunto.
-Que no hay que ser ambiciosos ni transas.
martes, mayo 22, 2007
Biopics: ¿No queremos apertura? ¿Queremos revolución?
Los primeros años setenta fueron muy complicados para la izquierda. Por una parte, el desenlace del movimiento del 68 había llevado a varios grupos a la radicalización y la guerrilla; por otra, el carácter semi-ilegal de las organizaciones socialistas (parafraseando a Echeverría, no eran ni reconocidas ni clandestinas, sino todo lo contrario); finalmente, la llamada “apertura” echeverrista había atraído a no pocos progresistas cansados. La apertura consistía, fundamentalmente, en una pequeña dosis de autocrítica (“¡Qué magníficamente autocrítico es el Señor Presidente!” decía la prensa), una mínima apertura a la libertad de expresión (que a fines de sexenio demostraría su mezquindad con el golpe a Excelsior) y el conocido discurso tercermundista que, junto con el elevado gasto público, tenía muy molestos a los sectores más conservadores del empresariado.
La consigna dominante en
Del lado aperturista había nacido una agrupación, el CNAO –Comité Nacional de Auscultación y Organización- que pretendía formar un partido legal de izquierda. En un principio, Octavio Paz y Carlos Fuentes participaron. Paz lo abandonó muy pronto, supongo que molesto ante el talante poco liberal de muchos de los otros organizadores. A Fuentes se le atribuye la frase “Echeverría o el fascismo”, aunque él dice que en realidad es de Fernando Benítez (después de conocer al viejo Benítez, a quien no respeto, le creo a Fuentes): el caso es que dejó ese esfuerzo, que fue durante mucho tiempo encabezado por el ingeniero Heberto Castillo. Fuimos a algunas conferencias de Heberto, y era agradable sentir su optimismo respecto a la creación de un gran partido de izquierda, no dogmático, capaz de tomar lo mejor de México y transformarlo. Pero dedicaba buena parte de su tiempo a criticar a la otra izquierda, al Partido Comunista, a las organizaciones a veces efímeras que surgían de esa sopa primordial.
En Economía, Castillo era “Heberturo” y sus seguidores, “heberturistas”. Pablo Gómez señalaba en las asambleas que la burguesía nos reprimía, claro, porque eso está en la naturaleza de la lucha de clases y cuando tomáramos el poder, seguro que reprimiríamos a la burguesía. Y uno se quedaba pensando: “no, pus sí, los burgueses no se van a dejar tan fácil, pero… tampoco podemos tomar el concepto dictadura del proletariado así de literal… si en las democracias hay, en el fondo, dictadura burguesa, ¿por qué no puede haber una democracia que, en el fondo, sea dictadura proletaria pero sin dejar de ser democracia?”
Había un lugar en el mundo en donde se estaba tratando de hacer precisamente eso: una dictadura proletaria en el marco de las instituciones de una democracia actuante: Chile, con el presidente socialista Salvador Allende. Mi generación siguió el proceso chileno con atención. Sabíamos que los “momios” no se iban a dejar: ahí estaban, defendiendo sus privilegios, y con ellos,
Pero aquí las cosas eran complicadas. La marcha contra
Así nos iba a los estudiantes semi-legales en
jueves, mayo 03, 2007
Biopics: La Casa bajo Las Brisas
La familia de Julián Tonda tenía una casa en Acapulco. Estaba en un fraccionamiento debajo del Hotel Las Brisas. Tenía una vista increíble a las dos bahías: la de Acapulco y la de Puerto Marqués. También alberca, cocina, sala, y varias recámaras. Como quien dice, estaba poca madre.
Fuimos varias veces allá, en distintas combinaciones –normalmente apiñados en el coche de Julián- y con diferentes pretextos. A veces recalaban cuates que habían llegado en camión (Chucho Betancourt convertido en camarón). En una de las primeras ocasiones, Jorge Munguía estuvo particularmente simpático, con sus imitaciones de “el águila” y “el abuelito”. Tal vez demasiado simpático, porque se ligó a la novia de Julián y –principalmente por eso, pero también por razones ideológicas- se enemistó con el resto del grupo. Munguía dejó la escuela (en tercer semestre se inscribió en muchísimas materias y reprobó casi todas), vivió un tiempo en Inglaterra, con la ex de Julián, a quien le hizo la vida de cuadritos, según contaban, y no lo volvimos a ver.
En otra ocasión fuimos puros hombres. Y la primera noche empezamos a beber. Eduardo Mapes servía tragos cada vez más fuertes pero, en la discusión filosófico-político-existencial, apenas nos dábamos cuenta. El caso es que, uno a uno, fuimos cayendo. El primero fue Edmundo Cox; luego fui yo, en la segunda borrachera de mi vida.
Mapes y Julián andaban en plan ligador, pero eran bastante malitos. En la playa, Foncerrada se ligó a unas gringas, diciéndoles que éramos un grupo de becarios a quienes nos habían prestado la casa para hacer una investigación sobre epistemología (acababa de leer a Cassirer). Las invitó para que fueran a la casa en la noche y aceptaron. Ellas eran tres, así que decidimos que a Julián le tocaba una y la tercera se sortearía entre los demás. Ganó Cox, así que Mapes, Manuel de Alba y yo nos tuvimos que ir a una esquinita a jugar dominó. No nos podíamos concentrar muy bien mientras escuchábamos risotadas y juegos a nuestras espaldas. Sin embargo, al rato, llegaron Julián y Luis con sus respectivas gringas, pusimos música y platicamos en onda tranquila (“son unas pendejas”, me susurró Foncerrada). Para nuestra sorpresa, el peruano Cox seguía en el columpio con su nueva amiga, parecían acaramelados.
Unos minutos después, llega Cox visiblemente encabronado y me dice:
-Pancho, tú que sabes bien inglés… ¡Explícale a esta pendeja lo que es el cogobierno!
Hubo otros intentos de ligue. Cuando los encabezaba Foncerrada parecían dirigirse a buen puerto, pero llegaba Mapes y el asunto se cebaba (como que era muy obvia su vehemencia). Finalmente uno cuajó. Estábamos desayunando y nos pusimos a hacerla de payasos (saludando en imitación Echeverría) a unas chavas, que resultaron canadienses. Como éramos muchos para el vochito, Foncerrada primero llevó a Julián y Eduardo con las canadienses, recogió a los demás y regresó a la casa bajo Las Brisas. El auto serpenteaba en descenso y desde ciertos ángulos se veía a nuestros cuates ponerles bronceador en la espalda a las chavas. Por eso no nos sorprendió que, a nuestra llegada, Julián bajara como alma que lleva el diablo y nos dijera: “¡O regresan con viejas, o no regresan!”.
Nos fuimos a revolcar a las olas de Revolcadero. Allí estuvimos como dos horas. A Luis no lo calentaba ni el sol quemante de esos momentos. Se voltea y me dice: “Creo que ya les dimos suficiente tiempo. Si no hicieron nada, pedo suyo”. Luego me reitera: “Tú y yo podemos ligar a las que queramos”. Entendí que su plan era el boicot. Ojete, pero divertido.
La pasamos muy bien un par de días, e incluso allí celebramos mi cumpleaños, con una carne muy dura que prepararon las canadienses. El boicot funcionó, Julián no nos lo perdonó en toda su vida, y creo que Mapes tampoco.
Varios momentos se quedan grabados en la memoria. Beatriz y yo describiendo sensaciones eróticas al comer cada marisco crudo, la imagen del callo de hacha que se desliza en su boca. La escapadita a Puerto Marqués que hicimos cinco de nosotros: Beatriz, Carreto, Isita, Víctor y yo, el mar, la charla, el pescado y unos cigarros que nunca me han vuelto a saber tan bien (entonces fumaba muy poco, y sólo de gorra). Víctor que se lanza en pelotas a la alberca. La música de Cat Stevens, soundtrack entrañable de aquella casa.
Las noches eran de discusiones un poco bizantinas, algo vociferantes, bastante pretensiosas y –en la mayor parte de los casos- con mucho menos sustancia de lo que suponíamos. Pero eran sabrosas. La única que terminó siendo paradigmática (nótese cómo sigo utilizando términos kuhnianos) fue la que enfrentó a Jorge Carreto con Julián Tonda. Jorge –a quien le apodamos Chanoc porque podía patear cocos con sus pies extravagantes y porque podía esquiar con un solo esquí- abogaba por lo que hoy llamaríamos “desarrollo sustentable”: moderar el crecimiento para no deteriorar el medio ambiente. Julián lo hacía por una industrialización incluyente. Su argumento: “Sí, está a toda madre el paisaje, con sus arbolitos y su agua limpia, pero detrás de ese paisaje está la miseria de muchos campesinos que, si no entran a la modernidad, siguen muriéndose de hambre”. Carreto arremetió atacando. Dijo que la de Julián era una visión de conquistadores, de crecer arrasando con lo que encuentran a su paso. La cosa se ponía personal, por el origen familiar de Tonda, y Eduardo Mapes y yo intervenimos para mediar. Esa discusión volvería una y otra vez en las pláticas de mi generación.
Yo terminé prendado de Beatriz Novaro y sus piernas de musa de Diego Rivera –desde antes me gustaba, pero me gustaba más después de haber comido ostiones con ella-. Una noche la fui a visitar a su casa –vivía en un departamentito encima de una fonda llamada El Mesón del Pesebre- y le dije que la había extrañado “como enano”. Platicamos, se durmió y mientras tanto yo escribí un “poema en prosa” muy cursi que dejé junto a su cama. Nos vimos varias veces sin que nada sucediera, aunque a veces me sacaban de onda algunas cosas, como que le enojara tenerle miedo a los perros “porque los proletarios no les tienen miedo” (militaba en el Partido Mexicano del Proletariado, que repartía folletos pinches en diciembre, cerca de
La consolidación de Adrián, el arranque de Joakim
Antes del inicio de la temporada de Grandes Ligas, tuvimos una noticia, una sorpresa, una injusticia y lo que en la prensa gringa llaman no-news, todas malas. La noticia fue que, tras un buen desempeño en los entrenamientos de primavera, Esteban Loaiza cayó a la lista de lesionados. La sorpresa, que Jorge Cantú fue bajado a AAA por las Mantarrayas de Tampa Bay, quienes se encontraron con que por fin su consentido B.J. Upton podía batear y que el de Reynosa seguía tirándole a todo y fildeando en un rango restringido. La injusticia fue que, tras un marzo impresionante, David Cortés no se quedara con los Gigantes de San Francisco y terminara con los Diablos. La no-noticia, que Miguel Ojeda se quedara fuera del equipo grande de Texas.
Llegó abril y sucedieron tres cosas, todas buenas. Adrián González está demostrando porque fue el primer elegido en el draft del 2000. El novato Joakim Soria tardó menos de dos semanas en apoderarse del puesto de cerrador de Kansas City. Ninguno de los cuatro abridores mexicanos ha tenido un mal inicio de temporada.
Aquí, la primera entrega –abril- del análisis de los mexicanos en Grandes Ligas, en orden de su desempeño individual de toda la temporada..
Adrián González. El de Tijuana terminó el mes en el liderato de carreras producidas en la Liga Nacional, pelea por encabezar la lista de jonroneros y batea por encima de .300. Sus números: .306, 7 cuadrangulares, 25 producidas, son impresionantes. Más todavía si tomamos en cuenta que Petco Park, la casa de sus Padres de San Diego es el paraíso de los lanzadores. Además, con el guante ha estado extraordinario. Su único problema es que se poncha mucho.
Alfredo Amézaga. Callado, paciente, el sonorense le ha sacado jugo a su versatilidad con los Marlines. Si el torpedero titular tiene molestias, lo suple Alfredo. Si se lesionó el novato De Aza, quien le había ganado un lugar en el jardín titular, ahí está Alfredo para suplirlo. Y no solo sustituye, cumple bien. Terminó el mes participando en 19 encuentros, con .284, un jonrón y 7 producidas. Falta verlo correr las bases, que es una de sus especialidades.
Elmer Dessens. Al inicio de la temporada lo transfirieron a Milwaukee. Con los Cerveceros ha trapeado entradas, con suerte desigual (le han pegado en 5 de sus 9 apariciones). Ganó un juego tan largo que se prolongó al día siguiente y perdió uno en el que le metieron cinco carreras sucias. Su marca: 1-1, con 4.91 de limpias.
viernes, abril 20, 2007
Pobre Dante

Los teólogos del Vaticano lo han dictaminado: el limbo no existe. Quienes supuestamente estaban en el limbo, están en el paraíso.
Varias cosas me preocupan al respecto.
La más importante es que Dante estaba equivocado. Cuando inicia su jornada, en la Divina Comedia, busca un guía y lo encuentra en el limbo. Es Virgilio, poeta pagano, quien lleva al toscano por los círculos del Infierno y los montes del Purgatorio para dejarlo, al final, con Beatriz en las puertas del cielo -donde el mantovano no puede entrar por no haber sido bautizado-.
Recuerdo, en mi lectura infantil de la Commedia que el limbo me pareció un lugar bastante atractivo. No sólo carecía de las atrocidades del Infierno y del Purgatorio (vaya, allí una mujer se convertía en araña y miles de almas vagaban con los párpados sellados), sino que no parecía tan aburrido como el cielo. Además, en el limbo se encontraba gente interesante, como Horacio, Homero y Ovidio. Había un noble castillo y un bonito arroyo. Eran los Campos Elíseos virgilianos. Mucho mejor onda que los coros celestiales. Pero yo había sido bautizado: ese lugar paradisiaco (OK, ya sé, pero sin la presencia de Dios) me había sido vedado para la eternidad.
Ahora resulta que no, que los grandes poetas antiguos estaban desde siempre en el cielo, que el universo dantesco es sólo un filamento de la imaginación humana y que aquellos Campos Elíseos que florecen después de la vida no existen. Pobre Dante.
Y pobres de nosotros, engañados por el Poeta. Me pregunto si hubiera sido igual mi escalofrío, al leer los más crudos cantos del infierno (los suicidas convertidos en árboles nudosos, las arpías que se posan en ellos; los traidores inmersos en el hielo, con los ojos congelados) si no hubiera pensado que quizá, tal vez, en algo se podría acercar el verdadero infierno a esos tormentos.
Otra preocupación viene de que el Concilio de Trento, y más explícitamente el 17 de junio de 1536, emitió un Decreto de Fe, según el cual quien afirme que el limbo no existe (y, por lo tanto, que el pecado original de Adán no es un pecado en el sentido de los otros) incurre en anatema. Que yo recuerde, los anatemizados terminaban en la hoguera de la Inquisición. La contraorden llega demasiado tarde para ellos.
De ahí paso a otro punto. Quien, desde la Iglesia, propuso rediscutir el asunto del limbo fue, precisamente, el Cardenal Joseph Ratzinger. Si somos estrictos, el teólogo alemán incurrió en anatema, de acuerdo con el dogma vigente desde Trento. No le tocó pasar por los tribunales del Santo Oficio, entre otras cosas, porque él los presidía. Es más fácil criticar desde el poder, se sabe.
Otra preocupación más viene por el lado del registro civil.
¿Basta con presentar un acta de nacimiento fechada Antes de Cristo para acceder al cielo?
¿Y si las costumbres de mi tribu/nación incluían como actos correctos algunos que son catalogados por la Iglesia como pecados mortales (por ejemplo, lanzar una doncella al cenote sagrado o ser iniciado sexualmente por una anciana del pueblo antes de poder casarme)?
En fin, que los teólogos de hoy tienen bastante material con el cual entretenerse.
Una cosa, finalmente, me llena de gozo.
La Iglesia sigue considerando que la vida y el alma humanas nacen en la concepción. Esto significa que todos los abortos van al cielo y que las clínicas donde se practica son auténticas fábricas de ángeles (muy redituables, las clandestinas) que se la pasan loando al Señor.
miércoles, abril 11, 2007
Resonancia magnética y Óptimo de Pareto
Tomo del blog del Rayo: “Un reciente estudio demostró que la gente “pobre” aprende a asociar una imagen abstracta con una recompensa, en este caso una imagen de una moneda, mucho más rápido que gente “rica”… usaron fMRI (functional Magnetic Resonance Imaging) para hacer –en términos bien simplistas- una película en cámara lenta del cerebro en acción mientras los sujetos aprendían las asociaciones. Encontraron que un área cerca del centro del cerebro llamada estriado refleja esta diferencia en la velocidad de aprendizaje. Durante el aprendizaje el estriado de los “pobres” se activaba más que el de los “ricos”. Ahora bien, no es que el cerebro de los ricos y de los pobres sea diferente, sino que el dinero –la recompensa- es más llamativo para quiénes les da más utilidad, y mientras más fuerte sea la señal de recompensa más fácil es el aprendizaje. ¿En que eres pobre?
Los datos de ese estudio británico (publicado en Neuron, nº 54) me retrotraen a viejas discusiones de teoría económica. Uno de los argumentos que primero se le vienen a la cabeza a cualquier estudiante con dos dedos de frente, luego de entender el concepto de satisfacción marginal (aquella que se obtiene cuando tenemos una unidad más de consumo, ahorro o ingreso), es que –ceteris paribus- la utilidad marginal de los pobres será mayor que la de los ricos. Ergo, una distribución más equitativa del ingreso generará una mayor satisfacción marginal “social”.
martes, abril 10, 2007
Biopics: Los Socialpadrotes
Para el siguiente semestre seguí con la costumbre de adelantar materias, que convertía la creación de un horario escolar en un rompecabezas. Me inscribí en siete. De entrada, me fui a la segura en CEA III, con Elba Bañuelos. Adelanté Estadística I, con el viejito Mercado. Los demás fueron memorables.
Contabilidad Social, que resultó ser una materia muy útil, la tomé con Oscar Levín, aunque la mayoría de las clases las dio su adjunta y esposa, la simpática Nuri Balcells. Me hice cuate de los Levín, que vivían a dos cuadras de la casa. Eran cinéfilos caústicos: después de ver Solaris, la versión original de Tarkovsky, Nuri comentó: “Tanta lana para demostrar la existencia de Dios; mejor se la hubieran gastado en tanques para los compañeros palestinos”, y Oscar –a quien tampoco le había gustado la película, que a mí me encantó- acotó: “Bueno, pero valió la pena ver chichi rusa por primera vez”.
En Historia de las Doctrinas Económicas I, me metí con Edmundo Flores, quien habría de tener importancia en una parte posterior de mi vida. Más que doctrinas económicas, la clase de Don Mumundo era de cultura económica general, con un toque de sentido común y dos de sarcasmos. Ahí aprendí, por ejemplo, que la diferencia entre un paísdesarrollado y uno subdesarrollado no está en su nivel de ingresos o su grado de industrialización, sino que, cuando llueve, en el país desarrollado sacan los paraguas y en el subdesarrollado se ponen un periódico en la cabeza y se echan a correr, y que cuando se rompe un vidrio, en el país desarrollado ponen un hule, llaman al vidriero y lo repone, mientras que en el país subdesarrollado ponen el hule y la ventana se queda así por años. También aprendí que, en
Matemáticas III fue, finalmente, con El Pino, en las tardes. A menudo el Maese Mob (apodo definitivo de Rafael Rangel) nos llevaba a mí y a Cox en su Datsun 72, que adoraba. Todavía lo manejaba treinta años después. Martínez Della Rocca era mejor que mis dos anteriores maestros de mate, además de ser bastante cotorro. Y cuando los problemas se ponían difíciles, Mapes y yo íbamos a Ciencias donde, bajo la escultura protectora de Prometeo, Jorge Lomnitz nos sacaba de dudas, farfullando las fórmulas y su razonamiento mientras escribía con un lápiz mocho. Una vez al hiperactivo Pino se le pusieron al brinco porque no enseñaba “matemáticas marxistas” y él respondió, mientras fumaba y mascaba chicle al mismo tiempo: “Maestrito, las matemáticas son marxistas. Más por más da más, menos por más da menos, pero menos por menos da más: la transformación de lo cuantitativo en cualitativo… ¡dialéctica, maestro!”.
Julio Moguel nos dio Teoría Económica II. Era parte del movimiento para mover el plan de estudios hacia el marxismo. La intención de Julio era demostrarnos por qué la teoría neoclásica no servía. Su problema principal, que no dominaba a plenitud la famosa “teoría burguesa” que debía destruir. Al final del curso lo único que nos quedó claro fue el siguiente sofisma: “La teoría burguesa es subjetiva, porque se basa en la psicología de los agentes económicos, mientras que la teoría marxista es objetiva; por lo tanto, científica”. El tema de la psicología de los agentes económicos da para más, ahora que los científicos, -sí, ellos, paradójicamente- miden los impulsos en el cerebro de “pobres” y “ricos” cuando aparece ante ellos el estímulo de una moneda (si comprueban sus tesis, darán al traste con el Óptimo de Pareto, y con ello a la versión Walras/Böhm-Bawerk de la teoría neoclásica). La cereza en el pastel es que Moguel le puso B a Jonathan Davis, “por burgués”.
Pero la materia que nos daba más gusto era Teoría Económica y Social del Marxismo, con Jorge Martínez Contreras, el maestro tan promocionado por Foncerrada. A diferencia de su semestre de debut, ahora Martínez tenía aula llena. Chavos de varios semestres y de diferentes facultades. Ahí estaba el grupo de
Martínez tenía una visión vitalista y no ortodoxa del marxismo. Y lo combinaba con todo. Uno de sus temas preferidos era la etología, que resumimos en una frase: “somos changos, pero no somos lobos”. Una parte de nuestro comportamiento –decía Martínez- es estrictamente animal. Vean cómo cada uno lucha por ser el Alfa, vean cómo los muchachos abrazan a la novia, vean cómo, al elegir a la pareja, los humanos hacen una selección de los genes que quieren duplicar. Pero fíjense también que, lo que hace distinto al hombre es que domina sus instintos: si fuéramos lobos y un hombre encontrara a su mujer con otro hombre, y éste –al verse descubierto- ofreciera su cuello, el marido no podría hacer absolutamente nada. Pero somos hombres y, dependiendo de la cultura, reaccionamos de manera diferente. El hombre tal vez se dé la vuelta y se vaya, indignado; o tal vez saque la pistola y de todos modos mate al trasgresor. El materialismo histórico, para funcionar, tenía también que ser cultural. Por eso en Rusia no funcionaba.
El segundo tema favorito era la antropología. Diseccionamos la película “Pequeño Gran Hombre” y particularmente la imagen del indio tocando al soldado con un palito, en plena batalla, para “humillarlo”: cómo las diferencias culturales entre pieles rojas y vaqueros fueron determinantes en la conquista del hombre blanco.
Su tercer tema era la libertad: para él, la clave del marxismo no era, como sucedía allende el socialismo “realmente existente”, quitarle al individuo toda su responsabilidad sobre su devenir; era lo contrario: hacer del hombre amo de su destino. Foncerrada y yo dedicamos nuestro trabajo final al tema “estética y marxismo”.
También se suponía que en esa materia haríamos un trabajo de campo (“parte del proceso de pasar de marxianos a marxistas”), pero la historia se fue por otro lado.
Por el origen social, mayoritariamente clasemediero, del grupo de Martínez Contreras, y por el evidente revisionismo de sus lecciones, al grupo nuclear de esa materia (los de

