jueves, mayo 03, 2007

Biopics: La Casa bajo Las Brisas

La familia de Julián Tonda tenía una casa en Acapulco. Estaba en un fraccionamiento debajo del Hotel Las Brisas. Tenía una vista increíble a las dos bahías: la de Acapulco y la de Puerto Marqués. También alberca, cocina, sala, y varias recámaras. Como quien dice, estaba poca madre.

Fuimos varias veces allá, en distintas combinaciones –normalmente apiñados en el coche de Julián- y con diferentes pretextos. A veces recalaban cuates que habían llegado en camión (Chucho Betancourt convertido en camarón). En una de las primeras ocasiones, Jorge Munguía estuvo particularmente simpático, con sus imitaciones de “el águila” y “el abuelito”. Tal vez demasiado simpático, porque se ligó a la novia de Julián y –principalmente por eso, pero también por razones ideológicas- se enemistó con el resto del grupo. Munguía dejó la escuela (en tercer semestre se inscribió en muchísimas materias y reprobó casi todas), vivió un tiempo en Inglaterra, con la ex de Julián, a quien le hizo la vida de cuadritos, según contaban, y no lo volvimos a ver.


En otra ocasión fuimos puros hombres. Y la primera noche empezamos a beber. Eduardo Mapes servía tragos cada vez más fuertes pero, en la discusión filosófico-político-existencial, apenas nos dábamos cuenta. El caso es que, uno a uno, fuimos cayendo. El primero fue Edmundo Cox; luego fui yo, en la segunda borrachera de mi vida.

Mapes y Julián andaban en plan ligador, pero eran bastante malitos. En la playa, Foncerrada se ligó a unas gringas, diciéndoles que éramos un grupo de becarios a quienes nos habían prestado la casa para hacer una investigación sobre epistemología (acababa de leer a Cassirer). Las invitó para que fueran a la casa en la noche y aceptaron. Ellas eran tres, así que decidimos que a Julián le tocaba una y la tercera se sortearía entre los demás. Ganó Cox, así que Mapes, Manuel de Alba y yo nos tuvimos que ir a una esquinita a jugar dominó. No nos podíamos concentrar muy bien mientras escuchábamos risotadas y juegos a nuestras espaldas. Sin embargo, al rato, llegaron Julián y Luis con sus respectivas gringas, pusimos música y platicamos en onda tranquila (“son unas pendejas”, me susurró Foncerrada). Para nuestra sorpresa, el peruano Cox seguía en el columpio con su nueva amiga, parecían acaramelados.

Unos minutos después, llega Cox visiblemente encabronado y me dice:

-Pancho, tú que sabes bien inglés… ¡Explícale a esta pendeja lo que es el cogobierno!

Hubo otros intentos de ligue. Cuando los encabezaba Foncerrada parecían dirigirse a buen puerto, pero llegaba Mapes y el asunto se cebaba (como que era muy obvia su vehemencia). Finalmente uno cuajó. Estábamos desayunando y nos pusimos a hacerla de payasos (saludando en imitación Echeverría) a unas chavas, que resultaron canadienses. Como éramos muchos para el vochito, Foncerrada primero llevó a Julián y Eduardo con las canadienses, recogió a los demás y regresó a la casa bajo Las Brisas. El auto serpenteaba en descenso y desde ciertos ángulos se veía a nuestros cuates ponerles bronceador en la espalda a las chavas. Por eso no nos sorprendió que, a nuestra llegada, Julián bajara como alma que lleva el diablo y nos dijera: “¡O regresan con viejas, o no regresan!”.

Nos fuimos a revolcar a las olas de Revolcadero. Allí estuvimos como dos horas. A Luis no lo calentaba ni el sol quemante de esos momentos. Se voltea y me dice: “Creo que ya les dimos suficiente tiempo. Si no hicieron nada, pedo suyo”. Luego me reitera: “Tú y yo podemos ligar a las que queramos”. Entendí que su plan era el boicot. Ojete, pero divertido.

La pasamos muy bien un par de días, e incluso allí celebramos mi cumpleaños, con una carne muy dura que prepararon las canadienses. El boicot funcionó, Julián no nos lo perdonó en toda su vida, y creo que Mapes tampoco.

Una tercera ocasión memorable fue en el famoso “trabajo de campo” de la clase de marxismo. La meta era Agua de Obispo, Guerrero, una población cercana a donde unos parientes de Jorge Carreto tenían un ranchito. Era una banda de once, en tres autos. Los cinco originales de La Mira, Carreto, Víctor Monjarás, Rolando Isita –un cuate sateluco de Mapes que ni siquiera estaba en el grupo de Martínez Contreras-, Elvia Avila (Lili), Gisele Pérez Moreno y Beatriz Novaro. En el camino, el coche que manejaba Foncerrada no tomó la desviación, “se perdió”, y sus ocupantes llegaron a Acapulco. Regresaron a Agua de Obispo y relataron que el mar estaba pocamadre. Pasamos la noche en el ranchito, tomando vino, cantando y escuchando a Isita discurrir sobre la inexistencia de Dios, que es algo que los demás dábamos por descontado. Entre trago y trago decidimos que podíamos dividir el viaje en dos etapas: una en Acapulco, en casa de Julián y la otra, en Agua de Obispo. Al día siguiente fuimos a la casa bajo Las Brisas y no volvimos ni al ranchito ni al pueblo.

Varios momentos se quedan grabados en la memoria. Beatriz y yo describiendo sensaciones eróticas al comer cada marisco crudo, la imagen del callo de hacha que se desliza en su boca. La escapadita a Puerto Marqués que hicimos cinco de nosotros: Beatriz, Carreto, Isita, Víctor y yo, el mar, la charla, el pescado y unos cigarros que nunca me han vuelto a saber tan bien (entonces fumaba muy poco, y sólo de gorra). Víctor que se lanza en pelotas a la alberca. La música de Cat Stevens, soundtrack entrañable de aquella casa.

Las noches eran de discusiones un poco bizantinas, algo vociferantes, bastante pretensiosas y –en la mayor parte de los casos- con mucho menos sustancia de lo que suponíamos. Pero eran sabrosas. La única que terminó siendo paradigmática (nótese cómo sigo utilizando términos kuhnianos) fue la que enfrentó a Jorge Carreto con Julián Tonda. Jorge –a quien le apodamos Chanoc porque podía patear cocos con sus pies extravagantes y porque podía esquiar con un solo esquí- abogaba por lo que hoy llamaríamos “desarrollo sustentable”: moderar el crecimiento para no deteriorar el medio ambiente. Julián lo hacía por una industrialización incluyente. Su argumento: “Sí, está a toda madre el paisaje, con sus arbolitos y su agua limpia, pero detrás de ese paisaje está la miseria de muchos campesinos que, si no entran a la modernidad, siguen muriéndose de hambre”. Carreto arremetió atacando. Dijo que la de Julián era una visión de conquistadores, de crecer arrasando con lo que encuentran a su paso. La cosa se ponía personal, por el origen familiar de Tonda, y Eduardo Mapes y yo intervenimos para mediar. Esa discusión volvería una y otra vez en las pláticas de mi generación.

Yo terminé prendado de Beatriz Novaro y sus piernas de musa de Diego Rivera –desde antes me gustaba, pero me gustaba más después de haber comido ostiones con ella-. Una noche la fui a visitar a su casa –vivía en un departamentito encima de una fonda llamada El Mesón del Pesebre- y le dije que la había extrañado “como enano”. Platicamos, se durmió y mientras tanto yo escribí un “poema en prosa” muy cursi que dejé junto a su cama. Nos vimos varias veces sin que nada sucediera, aunque a veces me sacaban de onda algunas cosas, como que le enojara tenerle miedo a los perros “porque los proletarios no les tienen miedo” (militaba en el Partido Mexicano del Proletariado, que repartía folletos pinches en diciembre, cerca de la Basílica) y que renegara de su sensibilidad (esa imagen de “Así se forjó el acero”). Pasó el tiempo y le fui perdiendo la pista. Muchos años después, me la encontré en un súper, con un niño vestido de americanista. “Se llama Pancho, como tú”, me dijo; yo sabía que igual se llamaba su marido, “… el uniforme es porque su papá le va al América”, sonrió para justificarse. Luego Víctor me regaló un libro de poesía que ella publicó, “Caja de Resonancia”. Los mejores poemas son los que se refieren al parto. Y me encantó su guión de “Danzón”,

Dice L.P. Hartley que el pasado es un país extranjero. En ese país había un lugar llamado Acapulco, que en su centro tenía una maravillosa casa voladora: La Casa bajo Las Brisas.







En semicuclillas, Julián Tonda. De pie: Eduardo Mapes, Manuel De Alba, Heather (una de las canadienses), Luis Foncerrada, yo y Edmundo Cox.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Doctor, encantador y envidiable como siempre, aunque Acapulco no es el de entonces.
Feliz llegada de un nuevo año, "limpito" como dijera Miguelito, y sin estrenar. Bueno, creo que ya va un día.
Ziggymoon

Abuelo de Miguel dijo...

Bien, doctor, como siempre, pero...
Es pretenciosas, no pretensiosas

Creo que esta vez le gané a Hugo

Francisco Báez Rodríguez dijo...

Muchas personas llegan a esta entrada del blog buscando a Edmundo Cox o a Eduardo Mapes.

Para los que buscan a Cox, les recomiendo la entrada "Visitando a Changó", de este mismo blog.

Para los que buscan a Mapes, debo decirles que siento raro que un amigo de toda la vida aparezca nada más (culpa de Google) sirviendo tragos cada vez más cargados. Eduardo aparece repetidas veces en los "Biopics". Buena parte de nuestras andanzas en la Facultad, en Italia y después pueden verse en ellos. Onda de buscar. El "índice" (un link abajo a la derecha) para leer la autobiografía en orden puede ser útil para quien se interese.