viernes, junio 30, 2006

Diario de un votante que ya decidió

Pasado mañana son las elecciones y ya decidí mi voto.

En contra de lo que creía, llego al 2 de julio más seguro de mi voto presidencial que el de jefe de gobierno del DF.

Escribí hace poco que para que haya "voto útil" tiene que haber razones muy pesadas. Sacar al PRI de Los Pinos, tras 7 décadas de gobierno, lo era hace 6 años. Impedir el riesgo-Peje, hoy, no lo es. Entre otras cosas porque, salvo en lo referente a la estabilidad macroeconómica, el riesgo-Felipe es del mismo vuelo. En cambio, en el mediano plazo, veo otro riesgo: si Alternativa no obtiene su registro, la formación de una izquierda diferente en México (una izquierda de verdad) se verá pospuesta a las calendas griegas. Ese riesgo me parece el más grande.
Mi voto convencido, pues, por Patricia Mercado.

También votaré por Sodi, pero sólo por joder a Marcelo. Me gustó la campaña de Demetrio, pero no le creo mucho. Menos, después de que aceptó el apoyo de Alejandra Barrios. En las candidaturas chilangas no hay uno que se salve del pecado de oportunismo.

Mis votos para la Cámara de Diputados, el Senado de la República y la Asamblea Legislativa del Distrito Federal serán para el PASC (ahora limpio de "campesinos"-garrapatas). Para delegado, votaré por el PAN (supongo) nomás por joder al candidato bejaranista del PRD, seguro ganador.

miércoles, junio 14, 2006

Biopics (adelanto): 1978, "¡Empatamos, Pilar!"

México llegó al Mundial que nadie quiere recordar con gran confianza. Había barrido en las eliminatorias, jugadas por entero en suelo nacional. José Antonio Roca, el entrenador, otrora férreo defensa atlantista, inauguró los sorteos ProGol con un pronóstico arriesgado: victoria ante Túnez, empate con Alemania, victoria contra Polonia. Los más pesimistas pensaban sólo en los dos puntitos que conseguiríamos ante los africanos. Los posters de “Estrellas del Mundial” tenían a Rivelino, Kempes, Rummenige y Leonardo Cuéllar, entonces con gran melena a la afro, a quien Angel Fernández había bautizado como “el fetiche de la selección mexicana”.

La copa de Argentina inició muy bien, con los juegos del “grupo de la muerte”, que incluía al anfitrión, Italia, Francia y Hungría. A la postre resultarían seis partidos espléndidos. Para México fue diferente. Vi el partido ante Túnez en casa del Jimmy Palace, en Culiacán, donde vivía. La consigna de los diarios deportivos era una y muy clara: “A golear”.

Pero aquel equipo era un desorden. Toño de la Torre corría por todo el campo, pero ni armaba ni marcaba, la lentitud del Gonini Vázquez Ayala a cada rato nos ponía en aprietos y nada más se veía la greña de Cuéllar rebotar por todo el campo. Túnez traía muy poco y México dominó la primera parte. Hacia el final del tiempo, penal a favor de los nuestros. Lo cobra correctamente el Gonini. Menos mal. No vamos goleando, pero sí arriba.
En la segunda mitad, un avance de México deja solo a De la Torre frente al portero, el pundonoroso mediocampista la vuela. Fue el momento en que el equipo de Roca pateó la suerte. Voy por una chela a la cocina y el Jimmy me dice: “ya empató Túnez”.
—¿De verdad?
—No, pero no tarda.
La boca se le debió de haber hecho chicharrón a Palacios. El equipo mexicano desapareció del campo. Las marcas, flojísimas, como de los años cincuenta; el parado en el terreno de juego, a la “ahí se va”, se creaban enormes corredores por los que circulaban los tunecinos. El segundo gol no se hizo esperar. El tercero coronó nuestro estupor.

Ya esperábamos poco para el juego de Alemania. Fue menos. A los 20 minutos los teutones ya llevaban dos goles. Pasa ese gran diplomático apodado Pelé por el palco de la televisión mexicana y hace su comentario (pagado, por supuesto): “México está haciendo el futbol, y Alemania los goles”. Soltamos una risotada un poco amarga. Cae el tercero antes del final del primer tiempo. En el segundo vendrían otros tres.

Una anécdota que ha pasado al rango de leyenda dice que Pedro Soto, el portero que sustituyó a Pilar Reyes tras los primeros 45 minutos de ese día aciago, al final del partido fue a ver a Reyes, quien estaba con el kinesiólogo y le dijo muy contento: “¡Empatamos, Pilar!” El portero de Tigres lo miró con incredulidad y Soto completó la frase: “Sí, tres goles te metieron a ti, y tres a mí”.

México dio su mejor partido en el juego contra Polonia. Es decir, un partido discreto, con un efímero empate a un gol, obra de Nacho Flores, y un resultado final de 3 a 1. Los polacos, ya clasificados, jugaron a medio gas.

Me tuve que conformar con irle a Italia, que no llegó a la final por un gol que se encontró de pura casualidad el holandés Arie Haan, con ver la goliza sospechosa que Argentina le endilgó a Perú (y que sacó a un Brasil invicto de la final) y el juego riñonudo con el que los sudamericanos se coronaron derrotando a la versión B de la Naranja Mecánica.

A José Antonio Roca me lo encontré como seis años después en un semáforo en la colonia Del Valle. Mi reacción instintiva al reconocerlo fue enseñarle primero seis dedos y luego un cero y hacer una mueca de desaprobación. El pobre Roquita, que ha tenido que vivir con eso toda su vida, agarró con fuerza el volante y miró hacia delante. Quién sabe qué le haya pasado por la mente.

Ahora prefiero pensar que, mientras yo veía esos partidos en Sinaloa, muy cerca de allí un niño llamado Jared pateaba sus primeros balones y una pareja de enamorados de Los Mochis pensaba en tener pronto un hijo, al que le pondrían Omar.

Biopics (adelanto): 1974, un Mundial a retazos

Diciembre de 1973. Mis cuates de la facultad y yo habíamos ido a Antropología a ver La Muerte de María Malibrán, una película alemana bastante loca.
De regreso, el Doc le pregunta al conductor de un vocho: “¿Cuánto quedamos?”. Le responden que 4-0. Sonreímos. Pero el hombre agrega: “¡A favor de Trinidad y Tobago!”.
—No mame. No nos esté cotorreando –dice el Doc.
—Es cierto, y a los que tienes que decirles que no mamen es a los futbolistas.

Febrero de 1974. Estamos en Belgrado, con los camaradas líderes juveniles de la Liga de Comunistas Yugoslavos. Hablamos de la situación de la juventud en nuestros países. Ellos no parecen muy concentrados en la plática. Particularmente dos, que a cada rato se meten a la cocina por unos minutos. Regresan y "sí, los jóvenes progresistas del mundo deben unirse, claro". De repente, detrás de la puerta se escucha un grito atronador: “¡Goooool!”, y nuestra mesa se vacía completamente.
Nuestros anfitriones regresan de la cocina con una sonrisa de oreja a oreja. Explican que están derrotando a España en el partido clave para acceder al Mundial. Tras unos minutos, las calles están desbordadas y los claxonazos ensordecen a cualquiera. Nos vamos a Skadarlija a festejar con todos los yugos.

Inicia el Mundial, estamos en Italia, no tenemos tele y hay que ir a los bares a ver los juegos. En blanco y negro, qué atraso. En el Italia-Haití hay demasiada gente y mejor nos vamos al cine: los gritos de ¡Gol!, que se escuchan por encima de la película de Robbe-Grillet nos definen el marcador final.
Hay un equipo que ha acaparado la atención. Sus jugadores se mueven por toda la cancha y basta verlos para entender que juegan distinto. Distinto de como aprendimos en la escuela y de como aprendieron ellos también. Marcas mordientes, gran condición física, utilización diferente del terreno de juego. Es un equipo sorprendente y es una delicia verlos jugar. Ya le empiezan a decir la Naranja Mecánica. Como la película de Kubrick, la orquesta holandesa en la que Cruyff toca el primer violín marca estrechamente una época.

De nuevo en Belgrado, en casa de una amiga. Vemos el Yugoslavia-Suecia de la segunda fase, narrado en perfecto serbo-croata. En pleno juego, aparecen superpuestos en las pantallas unos dulcecitos futbolistas. Es un anuncio. “Caramba”, pienso, “si esto es en un país socialista, al rato en México nos van a partir la pantalla con comerciales”. Que mis pensamientos se hubieran hecho chicharrón.

Veo la final en un hotelucho en Atenas. El bello futbol holandés se enfrenta a la máquina germana. Somos como 20 alrededor de la televisión. Una pareja de jóvenes alemanas y 18 suecos, mexicanos, ingleses y griegos, todos hinchas de Holanda. Antes de que los alemanes toquen el balón, Holanda ya está arriba en el marcador. Algarabía de la tribuna internacional. Pero la teutona, que tiene tipo de valquiria, trenzas, músculos y todo, grita “Jawohl!” a todo pulmón y da órdenes por larga distancia al equipo local.
Los alemanes toman la iniciativa, pero Rijsbergen marca a Müller de una manera magnífica: el patadón justo a tiempo. Al minuto 25, Holzenbein, un notable clavadista de la Bundesliga, se tira en el área y el árbitro marca penal. Holanda encaja su primer gol en todo el torneo. La valquiria está exultante. Los alemanes no se detienen cuando huelen sangre y evitan que Holanda se fuera a reorganizar al descanso con un empate: el gol de Müller al final del primer tiempo sería, a la postre, el decisivo.
Ni la ola naranja que se lanzó sobre el área teutona en el segundo tiempo, ni nuestros gritos a favor de quien había jugado mejor a lo largo del torneo pudieron hacer nada. Al final del juego, la valquiria y su novio se besaban, felices, mientras el resto de los mortales nos dirigíamos a ver la Acrópolis o tomarnos un vino resinoso de esos que marean mucho.

lunes, junio 05, 2006

Destellos en una larga tarde gris


Mexicanos en GL. Mayo

Dicen que octubre es el mes más cruel, para mayo no fue para nada amable con los peloteros mexicanos de Grandes Ligas. Entre bates sin pólvora y oportunidades perdidas, fue una larga tarde gris, en la que hubo –sin embargo- algunos destellos: joyas de pitcheo de parte de dos de nuestros abridores, que presagian un mejor junio, al menos en el rey de los deportes. Aquí, la segunda entrega –mayo- del análisis de los mexicanos en Grandes Ligas, en orden de su desempeño individual de toda la temporada. Oscar Villarreal. Dicen en el futbol que “portero sin suerte no es portero”. Eso también se aplica en el beis: no puede haber relevista sin suerte. Y a Oscar la suerte le ha favorecido, los Bravos de Atlanta parecen especializarse en dar la vuelta a la pizarra mientras él lanza, aunque en mayo no haya tenido el desempeño espectacular de abril y aumentado su porcentaje de carreras limpias a 4.32. Villarreal ya no amenaza con birlarle el puesto de cerrador a Chris Reitsma (aunque tal vez Ray o Remlinger se lo quiten), pero con 7 victorias y 0 derrotas es el máximo ganador de Atlanta y el tercero en el viejo circuito. David Cortés. El de Mexicali no vio mucha acción con los Rockies durante mayo, pero sigue contribuyendo a que el staff de lanzadores de Colorado deshaga el mito del Coors Field. Su record se mantiene en 3-0 y 2.25. Rodrigo López. El inicio de mayo fue la continuación de una pesadilla para el de Tlanepantla, pero al final del mes revirtió la situación con dos victorias seguidas. En una de ellas lanzó una joya de pitcheo, dejando en 2 hits a los Marineros de Seattle. “Era como estar frente al mejor Greg Maddux”, dijo Richie Sexson, todavía desconcertado por las curvas y las rectas a media velocidad que le lanzó el de los Orioles, quien lleva 3 ganados, 7 perdidos y 6.88 en carreras limpias. Oliver Pérez. Si pitcheo es el nombre del juego, “mecánica” es el nombre del pitcheo. Ajustes a la mecánica de lanzamiento llevaron al zurdo de los Piratas a tener cuatro salidas de calidad seguidas. Una victoria y dos magníficos juegos que los relevistas se encargaron de tirar a la basura. Lleva récord de 2-5 y 5.47 en carreras limpias, pero esos números ya no le hacen justicia. Elmer Dessens. Dicen que a la oportunidad la pintan calva. Se le presentó al sonorense, quien era el único pitcher decente de los Reales en la campaña, luego de que Ambriorix (neta, se llama así) Burgos echara a perder tres salvamentos seguidos. Elmer tuvo dos oportunidades y falló clamorosamente: entre las dos sacó 3 outs, le anotaron 7 carreras y se llevó sendas derrotas. Volvió a la zona de trapeo, y volvió a hacerlo bien, al grado de ganar un juego. Lleva 3-5, con 4.67 de limpias. Adrián González. Se mantiene en la titularidad de la primera base en San Diego, pero con problemas crecientes por su falta de contundencia. Batea para .250, con 5 jonrón y 20 producidas. Jorge Cantú. Los Mantarrayas de Tampa Bay –y los aficionados mexicanos- esperan con ansias que el de Reynosa regrese al line-up, tras rehabilitarse de una fractura en el pie. Lleva .291, un cuadrangular y 11 impulsadas, y en junio regresará al diamante. Vinicio Castilla. Con problemas en el codo y en la caja de bateo, Vinny bateó por debajo de los .200 durante mayo, bajando su promedio a .216 con un solo jonrón y 17 producidas. A ver si el calor que se avecina le sienta bien al oaxaqueño. Juan Castro. Con discreción, se ha mantenido en el line-up inicial de los Mellizos. Su bateo, como de costumbre, es débil, lo que compensa a la defensiva. Lleva .238 de promedio, un jonroncito, 13 producidas y un robo. Miguel Ojeda. Su mal desempeño al bat ha provocado que el de Guaymas vuelva a tener que compartir con Danny Ardoin la receptoría de los Rockies. Su promedio en mayo fue un mísero .172, con lo que bajó a .230 con dos cuadrangulares y 11 impulsadas. Alfredo Amézaga. Ha logrado jugar en siete de las ocho posiciones de campo con los Marlines de Florida, a ver si un día lo ponen a imitar a Bert Campaneris, quien jugó las 9 en un juego. El utility de Obregón lleva .255 con dos remolcadas y tres robos. Jorge de la Rosa. La inconsistencia sigue haciendo mella en el regiomontano de los Cerveceros, quien ahora está siendo utilizado, preferentemente, en juegos ya decididos. A fin de mes, lo pusieron como quinto abridor en un juego en el que el manager no le echó ganas. Lleva 2 ganados y un perdidos, con un alto 8.31 en carreras limpias. Dennis Reyes. Ha lanzado pocas entradas, y en juegos no comprometidos, pero lo ha hecho bien. No lleva decisión, pero un agradable 1.49 en PCL. Es hora de que los Mellizos le den más chance. Esteban Loaiza. El tijuanense ha hecho ya salidas de rehabilitación en las sucursales de Oakland. Ojalá a su regreso mejore notablemente del 0-3, con 8.35 de carreras limpias con el que comenzó, horrendamente, la temporada. Humberto Cota. El manejo de pitchers le permitió a Cota desplazar al toletero Ryan Doumit en abril, pero en mayo, mientras a Doumit lo mandan al jardín, el dominicano Ronny Paulino ha suplido a Cota, quien no se cansa de perder oportunidades. La razón es sencilla: dejó de controlar tan bien a los lanzadores y su bat se hizo de spaghetti: bateó para .125 en mayo: en la campaña su porcentaje es .222, con las mismas 3 impulsadas de hace un mes. Oscar Robles. Los malvados Dodgers tienen como yo-yo al utility, quien se la pasa viajando entre el equipo grande y las sucursales de ligas menores. En la ofensiva, su éxito no ha estado en el bat, sino en su paciencia para agenciarse bases por bolas. Por eso lleva más carreras anotadas que hits. Ricardo Rincón. Terminó una temporada de olvido para el relevista veracruzano, operado del manguito rotador (y eso vaya que ha de doler). Sólo lanzó 3 innings y un tercio, y le anotaron cuatro carreras limpias.



jueves, mayo 25, 2006

El Método Campa para alcanzar la Presidencia

Creo que ya descubrí cuál es la estrategia de Roberto Campa para llegar a la Presidencia de la República.

Patricia Mercado confesó que había fumado mariguana, y Campa pidió examen antidoping para todos los candidatos.
Roberto Madrazo tuvo un ataque de vómito y cuando Campa pidió examen de salud para todos los candidatos, que incluyera un "examen de automedicación" (idea genial: un test que puede determinar si la medicina estaba recetada o no), entendí al fin su estrategia de acceso al poder.

Patricia Mercado reprueba el examen antidoping y es eliminada.
Roberto Madrazo reprueba el examen de salud y automedicación y es eliminado.
Felipe Calderón reprueba el examen del alcoholímetro y es eliminado.
Andrés Manuel López Obrador reprueba el examen psiquiátrico y es eliminado.
El Dr. Simi reprueba el examen de dicción y además no tiene registro.
Roberto Campa gana.

Hay, sin embargo, un detalle que puede dar al traste con este método y, de paso, eliminar a Campa: que alguien pida un examen de I.Q. para todos los candidatos.

viernes, mayo 12, 2006

Biopics: Nueva York

En octubre, luego de librar engorrosos trámites (al presidente Echeverría le dio la chiripiolca nacionalista y si tenías un padre extranjero tenías que renunciar a su nacionalidad para tramitar el pasaporte), pude por fin ir a Nueva York a ver a Janette.

Pasé los primeros días en Jackson Heights, barrio clasemediero de Queens. Janette estaba con su amiga Diane (sus papás, violinistas de Broadway, tocaban esos días en el estreno de Jesus Christ Superstar) y yo me quedé en el departamento de Marc Rangel, un amigo escritor de la señora Saddy, un nicaragüense bastante agradable que vivía en medio de una colección absurdamente grande de viejas revista Time: la de cada semana desde el lejano 1958.

Al poco tiempo, los Saddy permitieron que me quedara en su casa, que era la de la mamá de la señora, en Spring Valley. Es decir, en los suburbios.

No sé qué fue lo que más me impresionó de Nueva York durante esa primera visita a la urbe. La respuesta inicial que se me viene a la mente es el metro: su complicada red, los chillidos horrísonos del metal y, sobre todo, los rostros de los pasajeros. La famosa rat race, formada por individuos dispuestos a comerse los unos a los otros con tal de ganar la batalla de la competencia/supervivencia. A veces, en medio de esa caja que nos llevaba a empellones, se veían escenas de una gran ternura.

En el camión al condado de Rockland, más que agresividad, había un aburrimiento y un cansancio notables. Los burócratas colocaban el sombrero en el portaequipaje, se dejaban caer en el asiento y a los pocos segundos se atisbaba que la cabeza les colgaba.

Entre idas a museos, a algún concierto y al cine (a ver películas censuradas en México), siempre pasando a través de la zona, hoy mítica, de la Calle 42 de los años setenta, la Gran Manzana me fue enseñando sus jugos y sus gusanos. Llegábamos a Grand Central con sus grupos de harekrishnas, de panteras negras y de johnbirches queriéndonos vender propaganda; pasábamos por la zona de bares, sex-shops y cines porno de la 42nd, entre vagabundos nauseabundos, negros de grandes cadenas de oro y caminar fanfarrón con su enorme radio al oído, putas matutinas bastantes madreadas y empleados apresurados por llegar a la chamba (o por salir de la zona), hasta llegar al corazón de Manhattan, con sus masas siempre móviles, su elegancia y su íntima dureza.

Describí mis impresiones en varias viñetas. Ví “minuciosas soledades adyacentes” en la señora que buscaba en la revista Cue una película para sophisticates connosseurs; en el bolerito que entraba al café de mala muerte ponía Yellow Brick Road en la rockola y se sentaba en la barra a escucharla, sin ordenar nada; en la muchacha que pasaba el rato haciendo un larguísimo window shopping, devoraba un sándwich de atún y era la soledad misma. Concluí, ingenuo, con una frase que me pareció genial: “debajo de Manhattan hay concreto”.

Una de las veces que Janette y yo fuimos a Manhattan lo hicimos acompañados por el señor Saddy. Caminábamos por la Quinta Avenida, el hombre se ha de haber dado cuenta de que yo miraba con impresionada admiración los edificios, aprovechó el momento en el que contemplaba uno de ellos y dijo: “fíjate Pancho, es un banco. Cuando Nueva York quede destruida, los arqueólogos verán las ruinas y se dirán: “esto era una catedral”. Los bancos son para los neoyorquinos lo que las catedrales eran para los europeos”.

El suburbio siempre parece feliz. Así lo dice la iconografía de Norman Rockwell. Aquel otoño de 1971, Spring Valley era bello: los árboles mudaban de color de un día para otro. Pero a menudo, detrás de esas estampillas postales hay historias terribles.
La abuelita de Janette era una anciana menuda y de apariencia dulce. Su inglés tenía un acento rural y sus ojos eran azules y pequeños. Era sonriente y educada. Era miembro de la Iglesia de Cristo Científico, una religión bastante extendida en el noreste de los Estados Unidos. Flora, su hija, odiaba esa religión. Una noche, que recuerdo mezclada con el olor a madera vieja a sidra natural, me contó por qué. Ella tenía un hermano mayor, al que quería mucho. Una tarde, el joven empezó a sentir horribles dolores en el vientre. La madre lo envió a leer la Biblia, que es lo que la religión fundada por Mary Baker Eddy prescribe para curar las enfermedades. El muchacho lo intentó, pero se retorcía de dolor. Ir al médico estaba prohibido. La mamá se sentó junto a él a leer en voz alta. En la madrugada, Flora, su hermana, lo fue a ver a su cuarto: estaba muy pálido y los dolores habían aumentado. Entonces se decidieron a romper las reglas: Flora lo maquilló, lo ayudó a vestirse. En la mañana dijeron que el joven se sentía mejor y fueron rápidamente a un hospital. Allí murió el tío de Janette, de una apendicitis aguda atendida a destiempo. Tenía 19 años.

Otro momento extraño de esa primera ida a Nueva York fue la visita a mi tío Fidelio y su familia, quienes vivían en Queens. Fidelio era el único de los hermanos de mi papá que se había quedado a vivir en Cuba. También el único obrero: se dedicaba a la reparación de sinfonolas. Era el papá de Teresita, la que a mis 12 años, en su inusual estancia en México, movió mis sueños (esto se traduciría al alemán como traum y sería más exacto). Conocí a Fidelio, calvo, flaco y fumador y volví a ver a Lourdes y Teresita. Lourdes se había casado con un cubano tan radicalmente anticomunista que estaba convencido que el 10 de junio en México había sido una matanza que estudiantes guevaristas llevaron a cabo contra estudiantes democráticos. Teresita estuvo ese día con una mirada gris, como ida. No dijo una palabra. Al final, llamó a Janette aparte y le regaló un collar, una baratija dorada gigantesca. Ella se la llevó a casa como un trofeo.

miércoles, mayo 10, 2006

Don't bogart that joint, my friend! (Diario de un Votante Indeciso V)

Patricia Mercado me terminó de convencer.
A pesar de no haber hecho un gran debate, puso muchos temas fundamentales en la mesa de discusiones.
Su admisión de haber fumado mota y su cándido comentario de que le daba sueño ("me da sueño... es decir, me daba") en el momento en que los mojigatos y los gringos movieron a Fox a vetar la ley que permite la posesión de cantidades individuales de droga, me parecieron magníficos.
Clinton y la Mercado. El gabacho no inhaló y la sonorense se jeteó. Bueno... yo le diría a la candidata de Alternativa: "Don't bogart that joint, my friend!".

A todo esto, Roberto Campa salió a encabezar a los mochilongos y pidió examen antidoping de todos los candidatos. Era de esperarse. En una antigua entrevista a "etcétera" se había autodescrito como "fresa, fresa, fresa", lo que para los de la generación de Campa y la mía (también la de AMLO, Patricia y Madrax) quiere decir "conservador, conservador, conservador". Pobrito. Por eso saca cero en encuestas.

De los otros 3 candidatos puedo decir que no creo que Felipe le haya llegado a la mota. Nació en el 62, la generación que vio a sus hermanos mayores quedarse forever y por eso le hizo fuchi a la mora y se dedicó, con singular alegría, al alcohol. En cambio, Madrazo sin duda se las tronó alguna vez (y como buen priísta ricachón, le ha de haber llegado a la coca, "droga fresa, cara y nociva"). El Peje de seguro quemó en Tabasco y en las casas de estudiantes de provincia, que en aquella época estaban llenas de grifos.


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En donde está más gacho es en el DF.
Sodi no levanta. Y me cayó mal que se haya acordado que es senador para votar a favor de la Ley Televisa con el convincente argumento de que "no hay que meterse con Sansón a las patadas".
Beatriz pelea con Demetrio el segundo lugar. Tiene el apoyo del Dr. Simi. Qué desvergüenza.