jueves, mayo 27, 2010

Personajes culichis (biopics)

La Novia de Culiacán

La memoria es corta y ahora ubican a la Novia de Culiacán como una leyenda urbana. Yo la vi varias veces, de carne y hueso (más hueso que carne), en los alrededores de la catedral. La primera ocasión fue casi acabados de llegar a la ciudad. Patricia y yo Fuimos a tomar un refresco a una fondita a espaldas de Catedral y allí estaba ella, en la barra, comiendo un sándwich, enjuta, muy ajada, correctamente maquillada, vestida toda de blanco. Otra vez la vi sentada en una banca, tomando la sombra, arreglándose las mangas del desgastado traje de novia. Una más, caminé detrás de ella, y noté cómo estaba ya luida y mugrosa la parte baja del vestido y cómo las zapatillas de raso estaban tan desgastadas que debajo se adivinaban las medias blancas, también percudidas.
Desde la primera vez dedujimos que la anciana había sido abandonada el día que llegaría al altar. Que la dejaron vestida y alborotada, sobre todo de la cabeza, por lo que iba todos los días, año tras año, a la cita, a esperar al novio desgraciado, que en su mente algún día habría de llegar para consumar la boda.
La historia de Lupita, nos contó Jaime Palacios, era más trágica, y más acorde con la tradición violenta de Culiacán. Efectivamente la boda nunca se consumó, pero porque a mitad de la ceremonia llegó un antiguo amante despechado y acuchilló a muerte al novio. No sólo la nostalgia movía todos los días a La Novia de Culiacán a su eterna espera en Catedral. También la culpa, en una cadena perpetua.


La Fanny

La Fanny era un joven lumpen, transgénero y adicto al cemento, que rondaba por el centro de Culiacán, sobre todo entre la Plaza Rosales –sede central de la UAS- y la avenida Álvaro Obregón.
Lo más espectacular de la Fanny era su look. Los ojos, muy maquillados, con el rimel corrido; la boca, pintada de color rojo fuego; la nariz, también roja e inflamada. El rostro, lleno de manchas de mugre. Tenía el cabello vagamente teñido de rubio. Usaba blusitas de amplio escote, y a veces llevaba sólo un brassier, pero nada que ayudara a sugerir pechos. No recuerdo haberla visto con faldas, sino con pantalones femeninos entalladísimos. Y caminaba perfectamente con zapatillas de tacón tipo stiletto, de puntas agudísimas. Cargaba bolso de mano con un brazo doblado y, en la otra mano llevaba su inseparable chemo.
La Fanny era un blanco evidente para los estudiantes de la Preparatoria Central, a quienes se acercaba para pedir dinero y ofrecer favores sexuales. Una vez vi que la expulsaron de un corrillo, entre risotadas, y gritó, frustrada, con voz de falsete exagerado: “¡Ya mejor méteme la verga!”.
Uno puede pensar que no pensaba en otra cosa, pero también le gustaba bailar. A veces uno pasaba por las calles del centro y, si de algún local salía música –fuera una fonda o una tienda-, enfrente estaba La Fanny bailando con gusto, sin descanso, como llamando a los transeúntes a divertirse (aunque en realidad los alejara).
Pienso que, tal vez por eso, cuando veo a edecanes contonearse frente a una tienda que tiene puesta música a todo volumen, me dan más pena de lo que deberían. Me recuerdan a La Fanny, que hacía de gratis ese trabajo.


Pedraza

Este es el personaje más extraño de todos. Era un señor de clase alta, de la Chapule (es decir, de la Colonia Chapultepec). Decía el profe Retamoza que vivía en casa de sus padres ancianos.
Lo que hacía Pedraza era caminar. De ahí el mote. Pero, a diferencia del medallista olímpico, el Pedraza de Culiacán caminaba despacísimo. Tanto, que era imposible no rebasarlo. Caminaba de su casa al puente de la Obregón y de ahí tomaba camino por el malecón, a paso de tortuga en medio del calor inclemente. Tras un rato que parecía interminable, llegaba al Chics, ordenaba un café americano y se lo tomaba muy lentamente, mirando hacia adelante, sin hablar con nadie, fumándose un Raleigh y otro y otro y otro tardándose varios segundos en acercar cada cigarrillo a la boca y otros tantos en expulsar el humo, que bordeaba las comisuras de sus labios antes de dispersarse con flojedad, contagiado por el ritmo de Pedraza.
Luego el hombre partía, se dirigía al centro y por ahí caminaba horas, a ese pasito desesperante, antes de perderse de nuevo camino a su casa. Cualquiera que viviera por la zona se lo encontraba varias veces al día, en algún momento de esa incambiable rutina.
¿Qué corría –muy lentamente- por la mente de Pedraza todo ese tiempo? Es un misterio. A mí me recordó un cuento de ciencia ficción en el que un hombre había encontrado la fórmula para la inmortalidad pero, a cambio, el tiempo se movía cada vez más rápido en relación a él. Estaba escribiendo el informe de su investigación y se tardaba años en llegar a cada tecla.


2 comentarios:

Jose Humberto Velazquez Cardenas dijo...

El personaje que describes como La Jenny era en realidad "La Fanny".
Saludos desde Culiacan

FBR dijo...

Tienes toda la razón José Humberto. Era "La Fanny".

Ahorita hago la corrección.