martes, abril 22, 2008

Glorias olímpicas: Vera Cáslavská


Vera Cáslavská no sólo dominó complemente la gimnasia artística femenina por casi una década; también enamoró a dos naciones muy diferentes y encantó al mundo entero. Fue la última, y la más excelsa, de las grandes gimnastas adultas.
De niña tomó clases de ballet en el Teatro Nacional de Praga y practicó el patinaje artístico. Apenas a los 15 años –la edad en la que ahora brillan más las gimnastas- empezó a dedicarse al deporte olímpico que la llevaría a la gloria.
Tres años después, formó parte del equipo checoslovaco que se hizo de la plata en los juegos olímpicos de Roma. Su madurez se da en Tokio –ya era multimedallista europea y mundial- cuando, a los 22 años, es pieza fundamental en la plata por equipos y conquista el oro en all-around individual, salto de caballo y barra de equilibrio, donde es una de las primeras en realizar saltos mortales. Los espectadores japoneses se le entregan y se desarrolla una primera fase de la “veramanía”.
Entre 1964 y 1968 Cáslavská gana todo lo que es posible ganar. En el verano de ese año intenso, la gimnasta suscribe el documento "Dos mil palabras", que exigía un avance más rápido en las reformas checoslovacas. Poco antes de los juegos de México, los soviéticos invadieron su país.
La pugna checo-soviética tuvo su reflejo en los olímpicos y, particularmente, en la gimnasia femenina. La prensa manejó dos candidatas rivales a “novias de México”, la Cáslavská y Natalia Kushinskaya. A pesar de la belleza de la soviética, la mayoría se decantó por la checoslovaca, por razones políticas, pero también deportivas.
El triunfo deportivo de Vera fue casi absoluto. Obtuvo el oro en all-around, salto de caballo, barras asimétricas y piso (empatada con Larissa Petrik que era rusa y no tan guapa y sonriente como la Kuchinskaya, lo que causó tremenda rechifla: Vera había realizado su rutina al son del Jarabe Tapatío), tuvo plata por equipos, y en la barra de equilibrio. En la premiación de ejercicios de piso, Cáslavská bajó significativamente el rostro mientras se tocaba el himno soviético. La segunda de las protestas notables en los podios de aquellos juegos.
Con Cáslavská terminaba una época. Una alemana jovencísima, Karin Janz, empezó a atraer la atención de público y jueces. Las gimnastas se harían más jóvenes y pequeñas, en un proceso que no empezó a revertirse hasta 1996.
Por si hubiera dudas de quién era la novia de México, en plenos juegos Vera desposó al semifondista Josef Odlozil, en la Catedral de la Ciudad de México, ante miles de entusiastas admiradores. Era su propósito de tiempo: había llevado su vestido de novia a la Villa Olímpica.
La gimnasta se asumió como una flor de la Primavera de Praga que los soviéticos no habían podido arrancar. Regaló réplicas de sus cuatro medallas de oro a representantes del proceso democratizador, encabezados por Alexander Dubcek.
En la cúspide de su carrera, las autoridades comunistas sometieron a Vera a 40 interrogatorios y le pidieron que renegara de su posición política. Ella se negó y, como represalia, durante cinco años no pudo encontrar trabajo. En 1974, gracias a la valentía de los directivos del club Sparta de Praga empezó a entrenar clandestinamente a las gimnastas adolescentes.
Acudieron en su ayuda los dos pueblos que la habían hecho novia. En Japón se publicó su autobiografía, prohibida en su patria. México hizo gestiones para que entrenara a las gimnastas mexicanas, lo que hizo de 1979 a 1981 (y hasta tuvo un breve programa de tele).
Durante la estancia en México se deterioraron las relaciones maritales, por los constantes maltratos que sufría de parte de Odlozil. Acabaron divorciándose.
En 1993 –cuando había caído el muro y Cáslavská estaba rehabilitada- ocurrió una tragedia que la marcaría para siempre. Su hijo Martin hirió en una riña a su ex marido Josef Odlozil, quien falleció. El joven parricida fue condenado a prisión, pero –a instancias de otro gran olímpico, Emil Zatopek- se benefició de un polémico indulto del presidente Vaclav Havel.
El golpe fue demasiado duro para Vera. Esta gran gloria olímpica estuvo un tiempo recluida en un hospital psiquiátrico y ha vivido una profunda depresión, de la que no logró sacarla ni su elección al Comité Olímpico Internacional. En 2001 renunció a ese cargo y, desde entonces, vive en un estado de práctica reclusión.

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