viernes, abril 18, 2008

Biopics: Pantagruel sin una lira

En esas primeras semanas en Módena, ninguno de nosotros tenía mucho dinero. Mapes estaba paupérrimo, pero Janette y yo estábamos al borde de la quiebra total.
Algo que nos alivianó mucho en aquellos días fueron las invitaciones a comer. A cada rato lo hacía nuestra compañera Francesca Bucciarelli, que vivía con su familia en una bonita casa de clase media-alta, no lejos de la Facultad. Lo único que era un poco incómodo de comer ahí, era que la plática de sus padres se centraba en los precios de la comida. Luego aprendimos que eso formaba parte de la cultura social modenesa, atenta al ahorro, a los dineros y a los bienes. En esas comidas –y en posteriores reuniones de amigos- nos hicimos cuates de Margherita, la hermana mayor de Francesca. Tiempo después, Eduardo se hizo novio de ella (y Jorge y yo le pusimos el mote de “Amargurita”).
Otras ocasiones comíamos en casa de Franco Brighenti, con su esposa Silvia, sus lindos hijos Stefano y Stefania y el pájaro parlanchín Kiko, que siempre estaba pidiendo dinero. Pero las comidas más memorables fueron con Otello, su esposa Angela, sus hijas Daniela y Betti, y la abuela. Eran la síntesis de la gastronomía modenesa, de la que el mundo ahora reconoce el aceto balsámico –en aquella época, un producto estrictamente local- pero que tiene mucho más. Se empezaba con el antipasto: jamón crudo, salami, ceci
(una especie de queso de puerco), diversos tipos de embutidos, corazones de alcachofa, quesos varios y harto pan. Se continuaba con una pasta, que bien podía ser tortellini in brodo (una vez nos pasamos todo un sábado haciendo los pañalitos de pasta con la bolita de carne en medio, con tanta confianza que la abuela ya le decía Gianna a Janette), o tal vez fettuccini alla bolognese: eso sí, con todo el parmesano rallado que quisiéramos. El plato fuerte solía constar de algún tipo de carne hervida; y no faltó en alguna ocasión el clásico local, lo zampone, que es carne de puerco molida, combinada con carnes magras, especias, hierbas y manteca, hervida en la pata deshuesada del cerdo y acompañada con lentejas y polenta. Solían ser comidas pantagruélicas, con un cierto sabor rústico, bañadas con abundante vino lambrusco. Más tarde venía el postre, que podía ser una tarta deliciosa de castañas, acompañado de una copa de vino marsala, y a veces sopeado en ella. Después, el café y un licor digestivo (me nació la afición por el Unicum, húngaro y amarguísimo). En ocasiones la comida en casa de Otello duraba tanto (o habrá sido la sobremesa, en la que Otello, por ejemplo, hablaba de sus tiempos de mesero en el famoso restaurant Fini, de cuando le sirvió al Shá de Persia y a Farah Diva) y se nos iba tan rápido, que llegábamos a la hora de la cena… y de otro atracón.

Esas comilonas compensaban alguna otra, hecha de cuatro papas hervidas y un pan, porque ahora sí no había dinero ni para la trattoria Dina.
Lo que tenía que pasar, pasó. Una tarde, en el centro, Janette y yo nos dimos cuenta de que sólo nos quedaban 30 liras, poco menos de cinco centavos de dólar. Compramos tres caramelos y nos quedamos en cero. Fue una sensación extrañamente exhilarante: allí me dí cuenta de que la ausencia total de dinero te quita peso de encima. Habrá sido la irresponsable juventud, pero la pobreza absoluta era un sentimiento de libertad que, aunque sabíamos efímero, seguía siendo placentero.
No pudimos pasar de la excitación al desasosiego gracias a la diosa Fortuna. Todavía teníamos en la boca el sabor de los caramelos cuando, de entre la niebla, apareció Otello en bicicleta. Nos pudo ver y nos avisó que a su casa –la nuestra todavía no tenía ni calle con nombre- había llegado una carta del papá de Janette. En la carta, el señor Saddy había introducido 200 dólares. Estábamos salvados.

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