martes, enero 08, 2008

Mitos Geniales V. José Luis López de Zavala (y Kapito) - (Biopics)

He escrito que en mi grupo de la Universidad Italiana para Extranjeros había un español con merecimientos para un apartado propio.
José Luis López de Zavala era la imagen viva de la República Española derrotada en la guerra civil. Un madrileño de izquierdas, con estudios, pobre, algo amargado, con una mala suerte que él mismo se buscaba afanosamente, que hablaba muy alto –como verso de León Felipe- y que, eso sí, pocas veces cerraba el pico mientras paseábamos por Corso Vanucci o nos tomábamos una cerveza en el Turreno. Las citas no son exactas, pero como si lo fueran.
Se alojó en un curato, una especie de celda improvisada, oscura y encerrada. “Es que he llegado tarde a Perugia y nada, que es lo que me han permitido mis recursos. Uno viene huyendo del clericalismo asfixiante y mira dónde cae.”
Sobre el atentado en el que, con una bomba poderosísima, la ETA mató a Carrero Blanco, delfín del Caudillo: “Estaba yo caminando por las calles de Madrid y veo los titulares de los vespertinos: ‘Ha muerto Carrero Blanco’, así solamente, como si fuera un infarto, pero en la calle se percibía que había sido otra cosa, se respiraba. Compro el diario, y veo que lo han matado. No sabéis cuánta felicidad me invadió, pero no podía mostrarla. Tenía que estar serio, como si me doliera. Entonces aprieto el periódico contra mis costillas, camino rápido a la casa, llego, cierro la puerta, exhibo el periódico y grito: ‘¡Lo han matado!’. No sabéis cuánta felicidad”.
Sobre un ligue, una chica suiza muy guapa: “Hemos ido al cine, la hemos pasado muy bien porque ella es muy agradable; pero luego nada. Me ha dicho que es virgen. Y yo desprecio a las vírgenes”.
Sobre la libertad de expresión en México, luego de que le enseñamos un periódico, para demostrarle que allí tampoco había democracia: “Pero hombre, esto es democratiquísimo. Mira que pueden decir que al Señor Presidente lo engañan, que Fulano que está en un alto cargo lo engaña. Eso no se puede decir en España, porque significaría que Franco puede ser engañado, y nada, que para la prensa el Caudillo está por encima de eso. Cuando mucho dicen: ‘Esto que ha hecho el gobierno está bien, pero podría estar mejor’. Vosotros vivís en una democracia, hay que ver lo que es una dictadura. Y clerical, para joder a gusto”.
Comentado en la Mensa: “¡Lo que me ha sucedido! Llegaba yo a la caja de la Mensa y me dice el cajero que mi compañero, el chico de Zaire de nuestra clase, le ha dicho que yo le pagaba la comida. Y bueno, que he pagado. Y luego he esperado que él llegara con la bandeja a decirme ‘oye, disculpa lo que te he hecho, pero no tengo dinero para pagar mi comida y he tenido que tomarme esta libertad contigo, espero que lo entiendas’. Pero se ha ido muy sonriente a otra mesa, con sus amigos africanos y ni las gracias me ha dado.” Para mayor escarnio, después de comer fuimos a dar una vuelta por Corso Vanucci y vimos al zaireano salir de una tienda con un tocadiscos nuevecito.
De un paseo suyo de fin de semana: “He ido a Città della Domenica, me habían dicho que era un sitio maravilloso, pero nada de eso. Es un parque infantil horrible, con los cuentos de hadas, un tren ridículo y un zoológico. A media tarde ha empezado a caer un chubasco y no había donde guarecerse, no pasaban los autobuses y me he regresado caminando. Por eso me veis así de empapado”.
De otro paseo suyo de fin de semana: “Me he decidido a conocer el socialismo. En vuestro pasaporte dice que podéis visitar todos los países de América, Europa, África, Asia y Oceanía; en el mío hay una lista muy grande de los países adonde no puedo ir. Pero no importa. He tomado el tren para ir a Yugoslavia. Han sido muy amables en poner el sello en un papel aparte, para que no tenga problemas a mi regreso a España. Y he ido a Rijeka. Por supuesto me he encontrado que todo lo que se dice en España de las naciones socialistas es propaganda. La gente vestía distinto, nada de que todos de gris; algunos, incluso, muy elegantes, de gran clase. Cafés de gran lujo. Variedad de periódicos y revistas en los kioscos. Cafés de gran lujo. Un ambiente relajado. Cafés de gran lujo, no lo que dicen. He paseado la tarde y la noche y me he tirado a dormir en una banca del parque. Ha llegado un guardia y me ha dicho que no podía hacerlo. Lo ha dicho muy amablemente, así que pasé el resto de la noche caminando por la ciudad y he dormido en el tren de regreso”.
Un día repartieron un folleto en el que se invitaba a los estudiantes a trabajar en una vendimia en Toscana. Parecía una oferta atractiva hasta que nos dimos cuenta de la trampa. Te cobraban el alojamiento y la comida de tal forma que terminabas trabajando gratis para ellos, si no es que acababas pagándoles. El único conocido que le entró a semejante oferta fue José Luis López de Zavala.

Kapito
Si López de Zavala fue para mí el Mito de Perugia, mi mitito (y Gran Mito de Mapes) fue Kapito, un japonés al que su empresa entrenaba en la lengua italiana porque iba a poner una sede en Milán. Para Kapito había dos grandes verdades: una era “My Company”; la otra era la filosofía oriental. Quién sabe por qué decidió que los mexicanos éramos mitad orientales y mitad occidentales (sospecho de Carreto, quien traía un choro parecido) y se empeñó en empaparnos de la sabiduría de oriente. Mexicanos y japoneses teníamos una misión: debíamos “culturar” a los europeos. Yo fui sólo a una sesión, pero Mapes fue a muchas, muy probablemente porque Kapito disparaba las cervezas.
Decía el japonés: “No-lech… ummm….
konoshere… is dif-rent… ummm… non uguale non uguale… fromm… wis-dom… sapere. No-lech is dif-rent from wis-dom... KAPITO?”. Y Mapes le decía que sí; que sí había entendido. Hasta el final del curso, cuando el nipón dio su explicación final y preguntó: “KAPITO?”, Eduardo respondió, muy quitado de la pena y tras tomar el último trago a su última cerveza:
-Non ho capito NIENTE!

viernes, enero 04, 2008

Biopics: Perugia era una fiesta IV

Janette en Italia

A Janette le fascinó que los autos fueran tan pequeños (todavía era la época del clásico Cinquecento, mientras que en EU dominaban las naves enormes) y le fascinaron también los álamos que poblaban el camino de Roma a Perugia. Allí se instaló en el departamento de una amiga catalana, artista plástica, Rosa María Espi, que conocí a través de Carlos Mársico. Se inscribió en el curso básico y rápidamente se hizo cuatita tanto de Lynn Minervini, la mujer de Mársico, como de Helga van Dongen.
Janette hubiera querido llegar y acomodarse en un departamento rentado por mí. El mercado inmobiliario no daba para eso. Sin embargo, fueron más los días que estuve con ella en el departamento de Rosa que los que compartí cuarto con Mapes, adonde las circunstancias me habían mandado.
Sucede que el día de mi cumpleaños armamos una fiesta en el cuarto de Mapes y Carreto, con un aparato de sonido que había comprado Jorge días antes. Fue un buen reventón, en el que Ben Watson acabó tirado en el callejón, totalmente briago, poniendo cara de beato y haciendo la V de “paz y amor” a todo aquel que se asomara a ver la curiosidad. La casera decidió que Carreto, portador de la música, era el culpable y lo corrió, así que hice cambalache con él, y pasó a vivir con Ben.
En el departamento de Rosa –que también estaba en Corso Garibaldi, sólo que más arriba, literalmente- pasa
mos buenas noches. Una en la que ella me enseño a bailar la música de Aretha Franklin; otra en la que llegaron cuates australianos e ingleses y se emocionaron al estar, por primera vez en mucho tiempo, en un real flat.
Fue allí donde Ben Watson escuchó por primera vez un disco de Zappa. Él recuerda, incorrectamente, Apostrophe(‘), pero era We’re Only in it for the Money, cuyo acetato me había traído desde México y que me sabía prácticamente de memoria. Ben se volvió, con los años, conocido personaje punk e importante zappólogo. Ahora resulta que cuando escuchó con nosotros Apostrophe(‘) y The Grand Wazoo (que ni siquiera teníamos) reconoció el parecido de esa música con Finnegan’s Wake (que efectivamente estaba leyendo por esos días). En fin, no he dicho nada, cada quien con su memoria.


El Corso Medio

Para entonces yo me había cambiado al curso medio de italiano. Entre el pleito con el profesor Di Giglio y la evidencia de que el curso elemental para entonces era demasiado sencillo, tomé una decisión que resultó provechosa.
El curso medio tenía una estructura diferente. Materias distintas con profesores distintos. Gramática general, literatura, cultura italiana (que también era esencialmente literatura), conversación y una clase importantísima: gramática especializada para hispanohablantes (en donde también había un rumano, pobrecito), que era la que te daba la diferencia entre darte a entender en italiano –que es relativamente fácil- y hablarlo correctamente –que tiene sus complicaciones.
En literatura leí
amos y traducíamos a Dante, Quasimodo, Buzzati; en cultura italiana había un profesor interesante, que quise suponer protofascista por su admiración a los futuristas (con el tiempo entendí que el fascismo era notablemente más vulgar); gramática general era una güeva y conversación era divertidísima.
Otra diferencia notable era que los gringos, árabes y africanos habían desaparecido por completo. Los compañeros eran mayoritariamente europeos: sobre todo alemanes y suizos, pero no pocos de Europa del Este. Por eso luego te encontrabas un combagno balestinese (oséase un camarada palestino), hablabas con él un rato y por su italiano concluías que estaba en el curso medio, pero te respondía: “No, quarto anno medicina”.
El curso medio también tuvo ciertas implicaciones políticas para mí. En la clase de gramática había dos chinos, vestidos a la usanza de la revolución cultural. No asistían a ninguna otra clase, y les pregunté por qué. Me respondieron que su gobierno no se los permitía, porque podrían sufrir alguna contaminación ideológica. De hecho iban del salón a su casa y de regreso. Me dije: si el lavado de cerebro les impide gozar de esta experiencia, entonces el brazo represor no es capaz sólo de llegar hasta Italia, sino hasta la médula misma de la gente. La simpatía terce
rmundista con la revolución china era insuficiente para justificar eso.
Los europeos del este, por su parte, eran todos anticomunistas, pero por razones que me parecieron equívocas. Hablaban positivamente de la igualdad social, de los servicios de educación y de salud, y sus quejas se dirigían a la falta de libertad religiosa: “en Polonia los libros religiosos son carísimos”.
Una vez en conversación la maestra nos pidió que describiéramos el postre que más nos gustara. Le pregunta a un japonés y responde:
-No me gustan los postres.
-¿Por qué? –pregunta la maestra.
-Porque la vida es amarga.
-Precisamente porque la vida es amarga hay que comer dulces.
Entonces se lev
anta otro japonés y explica:
-Es que el compañero es muy tradicionalista. En Japón los tradicionalistas consideran que comer postres es cosas de mujeres y de niños.
-Ah, bueno –dice la maestra- entonces ¿qué postre le gusta a usted?
-¡Ninguno! –responde indignado el japonés “moderno”, entre risas generalizadas.


Un viaje a Elba (digo, a Siena)


Durante esas semanas viajamos a Roma, a una fiesta en casa del Doctor Flores. Invitamos a Ben, la fiesta estuvo tan buena que llegaron los carabinieri a pedirnos que le bajáramos.

Otro viaje tenía como destino final la isla de Elba. Lo hicimos Mapes, una inglesa llamada Margie Gilks (que era lo suficientemente ingenua como para ir en bikini a tomar el sol en un camino de campaña y suponer que nadie la iba a importunar), Janette y yo. La intención era llegar de aventón (los mexicanos teníamos amplia práctica en Chilangolandia, otras épocas).
Resultó dificilísimo. Los autos que se paraban querían llevarlas nada más a ellas (¡ja!) y el que más nos acercó –supuestamente, porque no teníamos una idea clara de la intrincada red carretera de la Toscana- nos depositó en un lugar gacho, modernoso, de nombre Chianciano Terme. Lo siguiente que conseguimos fue un raite a Siena. Allí paseamos por su impresionante centro histórico, nos subimos a la torre y nos dijimos que, cuando fuera la fecha, iríamos al famoso Palio. Nos disponíamos a pedir aventón para Elba cuando nos dimos cuenta que andamos escasos en liras. Los bancos acababan de cerrar y no había manera de cambiar dólares (o libras, en el caso de Margie). Era viernes, así que nos jodimos y tuvimos que regresar en tren, frustradazos, a Perugia.
Ese día acuñé una
frase: en el mundo del auto-stop dos hombres y dos mujeres son un elefante y nadie le da aventón a un elefante.








Con Janette, en Perugia


miércoles, enero 02, 2008

Los 10 deportistas mexicanos del 2007

1. Lorena Ochoa
2. Paola Espinosa
3. María del Rosario Espinoza
4. Ana Guevara
5. José Everardo Cristóbal Quirino
6. Giovani dos Santos
7. Manuel Cortina
8. Pavel Pardo
9. Guillermo Pérez
10. Andrés Guardado



Con esta lista cambia, obligatoriamente, la de los atletas de la década (y, por lo tanto, del siglo), publicada en marzo de 2006:
Diez atletas mexicanos del Siglo XXI

sábado, diciembre 22, 2007

Biopics: Perugia era una fiesta III (y la noche romana)

La Mensa y el Cinema Modernissimo

Dos lugares fundamentales de la vida estudiantil perusina eran la Mensa Universitaria y el Cinema Modernissimo. La Mensa era el enorme comedor de la Universidad de Perugia, al que también teníamos acceso los estudiantes de la Universidad para Extranjeros. Su mayor virtud era el precio: una comida completa te salía en 600 liras; es decir, menos de un dólar. La fonda más barata de la ciudad te cobraba 900. Eso significa, por supuesto, que siempre estaba llena y que había que hacer colas interminables –una vez llegó a ser de dos horas. Te servían siempre tu pasta –con poco queso-, un plato fuerte, ensalada, fruta y bebida a escoger (vino/cerveza/agua/chesco). Por una lana más le ponías mozzarella a tu ensalada. Allí aprendí que la mozzarella de búfala es maravillosa y me aficioné a un vinito local discreto, Dei Colli Umbri.
Los de la Universidad de Extranjeros teníamos la tendencia a sentarnos entre nosotros. Se armaban mesas muy internacionales y –habrá sido signo de los tiempos- a menudo se terminaba hablando de política. Tengo en mi mente la imagen de un japonés que fumaba sosteniendo su cigarro de un palillo que le había atravesado y escuchaba con atención el rollo de unos alemanes socialdemócratas sobre las ventajas de las pensiones. Recuerdo que pensé: “tienen 24 años y ya están pensando en pensiones”.
Asistiendo a la Mensa terminé por darme cuenta de que la Universidad de Perugia también estaba llena de extranjeros, sobre todo de árabes. Eran centenares los que comían allí día a día. Más del 90 por ciento eran hombres, siempre iban en grupo y parecían manejarse bajo conceptos jerárquicos.
Una ocasión, mientras los mexicanos hacíamos cola, el líder de los árabes corrió hacia nosotros y se le hincó a Consuelo. “Eres la mujer más bella que han visto mis ojos”, exclamó, ante la sonrisa complacida de ella. Sin embargo, no le sirvió de mucho, porque Consuelo no lo peló. Otra vez, a Charles, un inglés amigo de Ben, se le ocurrió abrir su paraguas mientras hacía cola: le llegaron como diez italianos enfurecidos, cuestionando su gesto portador de mala suerte. El contestó, con todo y sus nerdosos lentes de pasta: “Soy inglés, uso paraguas”. Uno de los italianos le espetó: “Lo cierras o te partimos la cara”. Charles cerró el paraguas.


El Cinema Modernissimo estaba cerca de casa de Mapes y Carreto (antes casa de Mapes y Casta), también era muy barato y tenía una característica que lo hacía extraordinario: cada día proyectaba una película distinta, todas eran de calidad, de varias nacionalidades y relativamente recientes. Las butacas eran de madera, no era muy grande, y a menudo se sobrevendían las localidades. Más de un buen filme me lo eché sentado en el suelo o tirado delante de la primera fila. Todas las películas estaban dobladas al italiano, lo que también significaba un buen entrenamiento en el idioma (el doblaje era neutro, y eso ayudaba a que entendiéramos mejor).
De entre las joyas extrañas que pude ver en el Modernissimo están “¡Viva la Muerte!”, el gran filme pánico de Arrabal, “La Invención de Morel”, una obra italiana basada en el texto de Bioy Cásares y “Family Life”, una extraordinaria película de Ken Loach. Nombro tres, pero era onda de ir cuatro o cinco veces por semana y darse un atracón de cine de calidad, antes de ir con los cuates a tomar una birra al Turreno.

Carlos Mársico y la ADELA,

En el Turreno conocí a un personaje clave de mi estancia en Perugia, y un amigo de toda la vida. Un argentino que estudiaba agronomía en la Universidad local, de nombre Carlos Mársico. Un cuate alto, flaco, que cojeaba por la polio y a quien el pelo lacio le llegaba a media espalda.
Carlos tenía 22 años; había llegado a Italia a los 15 (su padre trabajaba para la FAO) y se había quedado ahí, salvo dos estancias anuales en Argentina e Irlanda. Vivía en un amplio y húmedo departamento en Corso Garibaldi. Tenía cuatro recámaras y él rentaba tres de ellas, lo que le ayudaba a sus magros ingresos. Califiqué su cuarto de “combinación de lujo y miseria”, por algunos detallitos elegantes en medio de una improvisación total. Lo presidía un gran retrato de Marx: “Man, Thinker, Revolutionary”.
Con él, la química fue inmediata: tuvimos larguísimas conversaciones sobre rock, filosofía de la vida, diversidad de las culturas y política internacional, mucha política internacional. Él había sido trotskista en Argentina, “por antiperonista y porque el Partido Comunista Argentino es una mierda”, pero en Italia se identificaba totalmente con el PCI y despreciaba de manera cabal a los “gruppetari”, integrantes de organizaciones izquierdistas menores, al grado que el día que cerraba el Turreno, no iba al De Lillo. Recibía una gran cantidad de publicaciones, algunas gratuitas y las otras –como Time y Newsweek- mediante suscripciones que nunca pagaba (nos enseñó el truco). Era, además, el dirigente de la ADELA, Asociación De Estudiantes Latinoamericanos Antiimperialistas, a la que pronto nos adherimos, incrementando la membresía en algo así como 30 por ciento.
Como líder de la ADELA, Carlos tenía mucha relación con los dirigentes de los otros grupos de estudiantes extranjeros. Frente a la veintena de latinoamericanos estaban los griegos de izquierda, que eran como 300 y estaban enfrentados con los griegos fachos; los africanos, quizá 400, encabezados por un somalí de modales finos, llamado Ahmed, y los árabes, sobre todo palestinos, más de dos mil, divididos en varias ramas (se decía que incluso había miembros de Septiembre Negro estudiando en Perugia), pero con un representante único (efectivamente, el que se le había hincado a Consuelo, y ahora vivía con una gringa judía de Nueva York).
Carlos también vivía con una gringa de Nueva York –más específicamente de Scarsdale- que se llamaba Lynn. Los otros cuartos eran ocupados por una pareja alemana y por dos grillos italianos, mitad obreros y mitad estudiantes.

La ADELA era algo más que un membrete que le servía a Carlos para hacerse de una beca microscópica, suscripciones y apoyos para compañeros estudiantes peruanos de escasos recursos. Hacían, tras muchas discusiones, monografías histórico-políticas de los países latinoamericanos –cosas que hoy se podrían encontrar en Wikipedia-, que vendían entre los compagni. Carlos no tenía una visión en blanco y negro sobre la política del continente; eso permitía, por ejemplo, que sobre México el documento de la ADELA dijera que había que oponerse a Echeverría en lo interno y tener una actitud de “apoyo crítico” en el exterior. El grupito tenía una especie de cine-club mensual, en el que se presentaba algún documental político sobre nuestros países.
El 13 de mayo salí a Roma a recoger una de esas películas (“La Noche de los Generales”, de Danilo Trelles). La ADELA aprovechó así el viaje que hice para recoger a Janette, otra gringa de Nueva York, quien llegaba el día 14 y se quedaría por un tiempo, que resultó ser un año exacto.


La noche romana

Ese lunes tomé muy temprano el único camión que llevaba de Perugia a Roma, fui al despacho en donde me rentaron por tres días la película; salí de allí cargando el gigantesco disco metálico en el que se estaba la cinta… y me encontré con una enorme fiesta popular.
Empezaban a caer los resultados del referéndum abrogatorio del divorcio, y la respuesta mayoritaria había sido un claro NO. El norte y las ciudades habían votado masivamente en contra de la revocación de la ley, a pesar de las advertencias de la Iglesia –que habían tenido éxito relativo en el sur, en el Véneto y en las comunidades pequeñas-. Un río de gente, sobre todo jóvenes, bailaba por las plazas romanas. En esa multitud festiva me perdí por horas, con una sonrisa idiota en la cabeza y el cada vez más pesado e incómodo fardo de la película en la mano (y el brazo y el costado). Quería ir a una pensione pero no quería perderme un minuto del gozo popular: la sonrisa de las mujeres, la música de los chavos y la danza de la gente y de las fuentes en una tarde-noche de primavera que resultó inolvidable. A las mil y quinientas, agotado de caminar horas y horas entre el bullicio, me fui a buscar un lugar donde pasar la noche. La fiesta seguía.
A la mañana siguiente tomé otro camión. Al aeropuerto.

jueves, diciembre 20, 2007

¿Hacia el Partido Nacional Valemadrista?


Esto de recordar ayuda mucho a la memoria. Entre las primeras palabras que aprendí del particularismo político italiano estuvieron qualunquista y qualunquismo, cuya traducción aproximada al español mexicano es “valemadrista” y “valemadrismo”.
Pero el qualunquismo es una visión más completa del valemadrismo, porque lo ordena, lo desmenuza y lo hace explícito como ideología.
En plena guerra mundial, nació en Italia el semanario L’uomo qualunque (El hombre cualquiera), que se oponía al régimen de partidos y al papel activo del Estado. En lo primero, estaba en la misma onda que el fascismo; en lo segundo, estaba en la posición totalmente opuesta. Lo animaba un abierto repudio a la política y a los políticos.
En 1945, cuando el periódico llega a su máxima expresión (850 mil ejemplares), su director, Guglielmo Giannini denuncia al Presidente del Consejo de Ministros como inepto, y propone un gobierno neutral, encabezado “por un buen contador, que inicie su encargo el 1º de enero, lo deje el 31 de diciembre y no sea reelegible bajo ninguna circunstancia”. Como en Italia hay grilla hasta en la antigrilla, a partir de ahí nacen comités qualunquistas.
Giannini intenta que los núcleos de esta naciente organización política se integren al Partido Liberal, que todavía presidía el gran historiador Benedetto Croce, pero éste se niega. Al final, de la antipolítica nace un partido: el Frente del Hombre Cualquiera.
Los qualunquistas se oponían al papel activo del Estado en la economía, pero también a su connivencia con la gran industria y los sindicatos, estaban en contra de toda limitación a las libertades del individuo y propugnaban por llevar los impuestos al mínimo. Los caracterizaba la desconfianza ante “el gobierno ladrón”, “los empresarios abusivos” y “los sindicatos corruptos”.
Con esta línea, el Fronte dell’Uomo Qualunque -cuyo logotipo aparece al inicio de esta entrada al blog- obtuvo más de un millón de votos en las elecciones para la Asamblea Constituyente de 1946 y se convirtió en el quinto partido más grande. Repudiado por los comunistas, por los democristianos y por la Confindustria (la confederación patronal), está un año en la oposición del gobierno de unidad nacional.
En 1947, cuando Estados Unidos, en el contexto de la naciente guerra fría, presiona a sus aliados de Europa occidental para que excluyan a los partidos comunistas y socialistas de los gobiernos nacionales, la DC invita a los qualunquistas a formar parte de una nueva coalición.
Giannini acepta y, lógica y paradójicamente, es el fin de su partido. Sus adherentes, desilusionados porque la dirigencia se dejó seducir por el poder (se convirtieron en odiados políticos) lo dejan en masa. Algunos de ellos terminan confluyendo en el naciente partido neofascista, el MSI.
El qualunquismo es, pues, una actitud de desconfianza en las instituciones democráticas, de hostilidad hacia la política y los partidos, y de insensibilidad hacia los problemas nacionales y hacia el interés general. Un individualismo llevado al extremo, que normalmente se traduce en opiniones conservadoras y simplistas.
Si uno lee con atención las recientes encuestas de opinión pública en México, encontrará que el valemadrismo, es decir la versión mexicana del qualunquismo, está a la alza. Desconfianza hacia la democracia, los partidos, el gobierno, los sindicatos, los empresarios; desinterés creciente hacia los problemas nacionales (“Me vale madres”) y un pesimismo inveterado respecto al futuro (una parte de los electores “independientes”, la que no suele votar, es mucho más negativa y amargosa que los más pesimistas dentro del PRD).
Ahora que los tres grandes en el Congreso han creado una partidocracia de opereta; ahora que el duopolio televisivo ha enseñado de nuevo su rostro autoritario (ahora que se quitó la máscara demócrata que usó por un rato); ahora que la expectativa es de que 2008 seguirá siendo gris, no me explico por qué no ha aparecido algún derechoso, tal vez pagado por un magnate mediático aspirante a Führer, con la iniciativa del Partido Nacional Valemadrista. De entrada, suena mucho más atractivo que negocitos tipo Partido de la Sociedad Nacionalista.

Sería cuestión nada más de recoger “demandas” sociales que no lo son, sino vitriolo contra “los pinches políticos”. Además, en un principio tendrían el apoyo de López Obrador, con eso de que “al diablo las instituciones”. Después, podrían decir que están contra los monopolios, pero sin estarlo, usar los medios a su disposición y cosechar en la estupidez de los partidos registrados. Más tarde serían aliados incondicionales y necesarios del PAN o del PRI, y el partido podría conservar su registro mediante una nueva adecuación al código electoral.
Negocio redondo.
Pero, afortunadamente para la nación, nuestros nostálgicos del autoritarismo no han sondeado esa posibilidad. O les vale madres.

martes, diciembre 18, 2007

Retorno N de Amadís

Esta es una versión del cuento que escribí en el "Castillo del Horror", en Perugia, la primavera de 1974.



Retorno N de Amadís

El Caballero Andante reposaba de sus heridas en un hermoso castillo de la región del Balfio. Se encontraba satisfecho con sus últimas hazañas, considerando por bien utilizado el escudo que, ahora inutilizable por las numerosas veces en las armas de sus enemigos lo atravesaron, tendría que cambiar la mañana siguiente. Había escapado a la muerte y tenido la dicha de ver a las huestes de Mamad Sindiós en desesperada huida, la cabeza de su jefe colgando como hilacho de un cuerpo que sólo por milagro permanecía sobre el caballo.
Se asomó por la ventana y descubrió la hermosura de los techos que se desparramaban frente a sus ojos, bajando la montaña hasta llegar a la imponente muralla. La vista alcanzaba aún más allá, a muchas leguas, a florestas donde quizá pasó alguna vez la noche sin dormir, pensando en su Señora.
La recordó y sacó de la alforja una fotografía que de ella guardaba. El caballero quedó al verla tan maravillado como la primera vez, preguntándose cómo podía la emulsión de la película soportar tanta belleza. En esa magia estaba cuando lo invadió el diablo de su humanidad crac.Su señora crac ¿hasta qué punto realmente la amaba? ¿Qué tanto de ridículo juego, de forzado aprendizaje, de imitación y reglas tenía todo eso? ¿Adonde van los lánguidos suspiros sino al autoengaño crac? La quiere, sí; la nostalgia de su mirada lo abruma. El cielo se abre cuando ellos están juntos crac, y la vez que sus labios rozaron ardientes la mano de la fiel doncella, el resplandor del anillo que le dieron en señal de fidelidad crac, y se pregunta si el oficio de caballero andante es tan holgado como para malgastar tantos años, tantos meses de vida, de tiempo infinito que no retornará. “Brela, Baska, San Donat”, pronuncia para conjugar el sueño y conjurar los malos pensamientos.

Esa noche el Caballero Andante tuvo un sueño horrendo. Salía a caminar con una doncella por las calles de Balf, cuando de repente eran atacados por una banda de bárbaros gigantes; dábase entonces a correr dejando a la doncella a su suerte, era él quien más rápido huía entre una gran muchedumbre. Llegaba así a los confines de la ciudad e intentaba saltar el muro. La imagen viva de su Señora se lo impedía.
Se encontraba entonces con Gualmes, su maestro (alguna vez oyó la profecía de que habría traición entre ellos), quien junto a algunos valientes, con la espada desenvainada, se preparaba a defender la ciudad. Gualmes le dijo, con mucha calma:
-Sabía que en momentos de peligro regresarías a mí, joven doncel.
El caballero se unía así al grupo, y con éste se dirigía al centro de la batalla, escalando por una calle cubierta de orines y peste eternos. Encontráronse ahí con otro caballero que fue discípulo de Gualmes y encabezaba una procesión de mutilados y leprosos que se flagelaban, se arrancaban los ojos mutuamente y pretendían se les crucificase. Djanko el Blondo –que así se llamaba ese caballero renegado- vestía una larga camiseta en la que se podía ver el sufrido ascenso de Cristo al Gólgota, segundo a segundo, y dijo así:
-En verdad en verdad os digo que la batalla que tendréis esparcirá más sangre que la de los cien caballeros y sin embargo no será más importante que el crujido de una rama.
-Lo sabemos –respondió Gualmes-, pero precisamente ese Cristo que portas y nuestras Señoras nos guiarán a la Victoria.
Se escuchó el grito de uno de los infectos flagelados:
-¡Nosotros somos más fieles a nuestras Señoras! –y enseñó sus testículos todavía sangrantes, que colgaban de su mano.
Todos aquellos apestados fueron una vez bravos caballeros. Ahora se confundían con la hez que rodaba calle abajo, mientras la batalla era calle arriba.
Llegaban los pocos campeones cristianos de Balf a la plaza, donde el enemigo hacía una masacre. El Caballero Andante descubrió que el estandarte de los bárbaros era la cabeza horrenda y desgajada de Mamad Sindiós. La plaza olía a vísceras de niños. Se acometieron con denuedo, pero los gigantes obligaron a los cristianos a retroceder. El Caballero Andante sentía el gran peso de su arnés, desfallecía, pero quiso –antes de morir- sentir con el tacto la piel de su alforja, que a su vez le transmitía la esencia de la imagen de su Señora. Volteó hacia el cielo y vio que, desde la torre más alta de la ciudad, Djanko el Blondo y sus seguidores se lanzaban para caer, ensartados por el cuello, en las lanzas de los bárbaros. El fuego devoraba la ciudad y él lo contemplaba todo, trastornado y empavorecido.
Despertó y se dirigió a la capilla a rezar: Satán y Mamad Sindiós habían tratado una vez más de enloquecerlo.


Envuelto en la humedad de los maitines y en el olor de pan recién horneado, que se habían apoderado del castillo y que tanto contrastaban con la horrible pesadilla, el Caballero Andante fue a darle un vistazo a su caballo. El caballerango hizo algún comentario acerca de la innegable hermosura de las mujeres de la zona, pero prefirió no prestarle mucha atención, como no se la prestaba a los halagos con que siempre lo atendían cuando llegaba a un castillo luego de una victoria.
Esa misma mañana, mientras esperaba que le entregasen un nuevo y reluciente escudo con un grifón de oro en campo rojo, su escudero le relató la aventura amorosa que acababa de tener con una de las siervas de la corte. Las palabras del escudero estaban salpicadas de picardía y de alusiones a la facilidad con la que el caballero podría triunfar en una lid diferente. “Ah, si yo fuera vos, me ahogaría en carnes tan buenotas y perfumadas como las que nunca he soñado”, dijo. El caballero se sorprendió al ver que amenazaba con una bofetada a su fiel compañero crac.
Pasados los festines y los juegos de sociedad, el Caballero Andante retornó a su aposento un poco aturdido por el fuerte vino con que le sirvieron. Su escudero una vez le dijo que, cuando ebrio, si dormía en cama pusiera un pie en el suelo para disminuir el vértigo. Eso hace. Como por instinto saca la fotografía de su Señora. Y los ojos de la dama parecen escrutarle el alma. Caballero Andante Gran Mierda, le dicen crac. Y las manos sudan tratando de pegarse a la memoria para así mejor recordar las formas, los movimientos imperceptibles de aquellas mejillas sonrosadas en el momento del tacto. La odio, atormenta mis andanzas crac. La amo, el fantasma adorable de su presencia es guía y conforte espiritual para mi camino, amo su cuerpo, preciado como el vellocino; odisea eterna, la gloria es un naufragio en tales carnes crac.
Siente que el aire encerrado del cuarto lo mata, que la vida se hace circular y quiere amarrarle su soga al cuello. Padre Nuestro que estás en los cielos crac, santificadas sean las lágrimas de los malditos y los que asesinan crac; necesita gritar: algún brebaje o encantamiento lo ha hecho penetrar en ese remolino gigantesco, mira repetidas veces la fotografía de su Señora, intenta acercar sus labios para besarla, pero algo se lo impide. Empieza a susurrar algo inaudito: “Sé que esto te lo debía decir personalmente, cara a cara, pero la dulce ignominia que ha circuncidado mi corazón me impide hacerlo”. Huele a noviembre y el Caballero Andante, medio poético, ha decidido enroscarse los pelos públicos ante la imagen de su Señora, que cuelga de las paredes del sistema nervioso. Se ha masturbado ante ella, la ha besado besando al aire, la ha tratado de atrapar como si fuera una mosca vana. Abre los labios y exclama palabras insolentes, llenas de pus y de ponzoña. Sí, su amada Señora es un fraude, sus secretos son de todos, su máscara es intercambiable: Sabe ya que su Señora es sólo un bufón inocente que mal-representa su propia vida, y que él es el espectador estúpido y leal que asiste a cada función cargado de flores. Noche a noche vomita (“Dios mío ¿no me oyes? Mis movimientos dejan poco a poco de pertenecerme”) lo que esta obsesión le ha hecho engendrar: pequeñas perversiones que van dejando sus crías en el cerebro (“Carajo Señora mía tengo la boca seca, árida de tanto hacerme el pendejo. Quise ser Amadís de Gaula y fui condenado. He perseguido quimeras: no existes”). Es el Ulises que en vez de cantos de sirenas escuchó el chillido de un manatí.
Un silencio aplastante, en espera de la magia de una respuesta, se rompe cuando retiembla el cuarto con este grito:
-Borracho Señor que regulas nuestra tierra, crudo e invisible asesino de tiernas manos, te he comprendido: nos dejarás tener sentimientos contrarios –oscura senda- y así la vida sentirá bien cómo la estrangulamos, como todo lo que abandonamos es parte y lastre de un viaje en el que cada traición es un paso. Alabado Señor, soberbio Señor.
El Caballero Andante se lavó la fiebre en el aguamanil y, resuelto, salió de su cuarto, dirigiéndose al aposento de una de las hijas del señor del castillo, hermosa doncella que al verlo estuvo como sin sentido durante toda la comida. Apenas traspasado el umbral, vio a la bella en plácido sueño, mas como si hubiera sido un conjuro, a los pocos instantes despertó, sin que le causase mayor sorpresa el que el caballero la estuviese observando. Hizo después una seña, invitando al huésped a que compartiera la calidez de su lecho y de su piel. El caballero de repente se puso encarnado como mujer y salió corriendo de la recámara.
Un eco resonaba en las cuatro paredes crac.

viernes, diciembre 14, 2007

Test: ¿Eres un chico de los setenta?

Un test de mi invención para verificar tu generación, publicado por primera vez en etcétera, a fines de 1995.

A tomarlo. ¡Arriba y Adelante!

1. Anótate un punto por cada una de estas canciones de las que te sepas la letra:

“Señora” (Joan Manuel Serrat)
“Rin del Angelito (Violeta Parra)
“Son tus perjúmenes mujer” (Carlos Mejía Godoy y los de Palacagüina)
“Mi árbol y yo” (Alberto Cortez)
“Río Rebelde” (Julio Iglesias)

2. Anótate un punto por cada uno de los siguientes antros que hayas visitado:

El Sapo Cancionero
El Cóndor Pasa
Zero-Zero
Bar León (el del centro, no el de la Colonia Roma)

La Vaca Negra
(de la glorieta de Insurgentes)

3. Anótate un punto por cada acetato (no casete ni CD) que poseas de los siguientes artistas:

Cat Stevens
Los Calchakis
Grand Funk
Inti Illimani
Roberta Flack

(Anótate dos puntos si has tocado al revés “Revolution Number Nine” del disco blanco los Beatles)

4. Anótate dos puntos por cada uno de los siguientes discos en 45 RPM que hayas tenido (cinco puntos si todavía los tocas):

“Papa was a Rolling Stone” (Temptations)
“Shaft” (Isaac Hayes)
“A Horse with No Name” (America)
“No Tengo Dinero” (Juan Gabriel)

5. Anótate un punto por cada una de estas prendas que hayas usado (cinco puntos si todavía las usas):

Camisas de manta
Pantalones Atrevidos de Ray Thom
Camisa de puntitos (hombres), hot pants (mujeres)
Huaraches de suela de llanta
Chalecos con bordados de colores

(Quítate tres puntos si eres hombre y el pelo nunca te llegó al hombro –o diez centímetros arriba del cráneo, en caso de tener cabello “afro”)

6. Anótate dos puntos por cada una de estas películas que hayas visto en el cine (no TV)

Amigos (tres puntos)
Melody
El Exorcista
El vikingo que vino del sur (o cualquiera otra con Lando Buzzanca)

7. Anótate un punto por cada sigla que logres desatar

NOEI
CNAO
SUNTU
TIM

8. ¿Cuál de estas películas nunca estuvo prohibida ni enlatada en México?

a) Estado de Sitio

b) Woodstock

c) Sacco y Vanzetti

d) El último tango en París

e) If…


9. ¿Quién era el Fetiche de la Selección Mexicana?

a) Roberto “Cora” Isiordia

b) Leonardo Cuellar

c) Wendy Mendizábal

d) Hugo Sánchez

e) Pilar Reyes


10. Los de Peace & Love dijeron en Avándaro que era la canción que unía a todos los presentes:

a) Mariguana

b) Nasty Sex

c) Peace & Love

d) Tommy

e) It’s only rock’n’roll


11. ¿Quién encabezaba la Banda de los Cuatro?

a) John Lennon

b) Richard Nixon

c) Eldridge Cleaver

d) Arturo Ríos Galeana

e) Qiang Qing


12. ¿Cuál es la frase que mejor define a los años setenta?

a) “Ay Vic” (Jacobo Zabludovsky)

b) “Esto no sabe a jugo de tomate” (Begonia Palacios)

c) “¡Gulliveeer!” (Héctor Suárez)

d) “Entendido y anotado jefe” (Pistachón Zigzag)

e) “Que gacho Nacho, qué feo Mateo” (Alejandro Suárez)


13. ¿Cómo te protegiste en tu primera relación sexual?

a) Condones Durex

b) Condones de piel de cordero natural

c) Norforms

d) ¿Protegerme? ¿De qué?

e) No he tenido relaciones sexuales


14. ¿Cuál ha sido tu símbolo sexual favorito?

I. (Si te gustan las mujeres)

a) Carolina de Mónaco

b) Marilyn Monroe

c) Fanny Cano

d) Rosalba Brambila “Costurota”

e) Olga Breeskin

II. (Si te gustan los hombres)

a) Richard Gere

b) Tom Jones

c) Juan Ferrara

d) Alain Delon

e) Bjorn Borg


15. Era tan tonto que se decía que no podía caminar y mascar chicle al mismo tiempo:

a) Luis Echeverría

b) Pompín Iglesias

c) Leonid Brezhnev

d) Gerald Ford

e) José Antonio Roca


16. La anunciaban en la radio como “la carrera del futuro”

a) Técnico en ecología

b) Intérprete traductor

c) Perforista

d) Licenciado en Turismo

e) Licenciado en Asentamientos Humanos


Respuestas de cinco puntos:

8. c
9. b

10. a

11. e

Respuestas de puntuación variable:

12. a: 4, b: 0, c: 3, d: 0, e: 5

13. a: 1, b: 3, c: 4, d: 5. e: (-10)

14 I: a: 4, b: 0, c: 1, d: 5, e: 3

14II: a: 1, b: 5, c: 3. d: 0, e: 4

15: a: 3, b: 0, c: 1, d: 5, e: 4

16: a: 0, b: 1, c: 5, d: 2, e: 3

RESULTADO:

Menos de 50 puntos: Lo siento mucho, pero no eres un(a) chico(a) de los setenta. O tu tiempo termina en la gloria del sesentayocho, o pasaste esos años viendo caricaturas, o eres tan adicto a los test que ni siquiera habías nacido. De seguro crees que los chavos de esa época decían “simón pastel” y que Septiembre Negro es el nombre de una película de terror.

Entre 50 y 80 puntos: Aprovechaste tu momento y has tenido que vivir con la frente en alto la crisis de las ideologías, lo difícil de las nuevas tecnologías y la transformación de tu propia psicología. Es tu karma, ni pedo. No lo escondas junto con los textos de Marta Harnecker.

Más de 80 puntos: Qué ondón maestro(a), te quedaste forever, con placas de circulación vencidas. Acuérdate que hay más estaciones además de Radio Universal.