martes, diciembre 18, 2007

Retorno N de Amadís

Esta es una versión del cuento que escribí en el "Castillo del Horror", en Perugia, la primavera de 1974.



Retorno N de Amadís

El Caballero Andante reposaba de sus heridas en un hermoso castillo de la región del Balfio. Se encontraba satisfecho con sus últimas hazañas, considerando por bien utilizado el escudo que, ahora inutilizable por las numerosas veces en las armas de sus enemigos lo atravesaron, tendría que cambiar la mañana siguiente. Había escapado a la muerte y tenido la dicha de ver a las huestes de Mamad Sindiós en desesperada huida, la cabeza de su jefe colgando como hilacho de un cuerpo que sólo por milagro permanecía sobre el caballo.
Se asomó por la ventana y descubrió la hermosura de los techos que se desparramaban frente a sus ojos, bajando la montaña hasta llegar a la imponente muralla. La vista alcanzaba aún más allá, a muchas leguas, a florestas donde quizá pasó alguna vez la noche sin dormir, pensando en su Señora.
La recordó y sacó de la alforja una fotografía que de ella guardaba. El caballero quedó al verla tan maravillado como la primera vez, preguntándose cómo podía la emulsión de la película soportar tanta belleza. En esa magia estaba cuando lo invadió el diablo de su humanidad crac.Su señora crac ¿hasta qué punto realmente la amaba? ¿Qué tanto de ridículo juego, de forzado aprendizaje, de imitación y reglas tenía todo eso? ¿Adonde van los lánguidos suspiros sino al autoengaño crac? La quiere, sí; la nostalgia de su mirada lo abruma. El cielo se abre cuando ellos están juntos crac, y la vez que sus labios rozaron ardientes la mano de la fiel doncella, el resplandor del anillo que le dieron en señal de fidelidad crac, y se pregunta si el oficio de caballero andante es tan holgado como para malgastar tantos años, tantos meses de vida, de tiempo infinito que no retornará. “Brela, Baska, San Donat”, pronuncia para conjugar el sueño y conjurar los malos pensamientos.

Esa noche el Caballero Andante tuvo un sueño horrendo. Salía a caminar con una doncella por las calles de Balf, cuando de repente eran atacados por una banda de bárbaros gigantes; dábase entonces a correr dejando a la doncella a su suerte, era él quien más rápido huía entre una gran muchedumbre. Llegaba así a los confines de la ciudad e intentaba saltar el muro. La imagen viva de su Señora se lo impedía.
Se encontraba entonces con Gualmes, su maestro (alguna vez oyó la profecía de que habría traición entre ellos), quien junto a algunos valientes, con la espada desenvainada, se preparaba a defender la ciudad. Gualmes le dijo, con mucha calma:
-Sabía que en momentos de peligro regresarías a mí, joven doncel.
El caballero se unía así al grupo, y con éste se dirigía al centro de la batalla, escalando por una calle cubierta de orines y peste eternos. Encontráronse ahí con otro caballero que fue discípulo de Gualmes y encabezaba una procesión de mutilados y leprosos que se flagelaban, se arrancaban los ojos mutuamente y pretendían se les crucificase. Djanko el Blondo –que así se llamaba ese caballero renegado- vestía una larga camiseta en la que se podía ver el sufrido ascenso de Cristo al Gólgota, segundo a segundo, y dijo así:
-En verdad en verdad os digo que la batalla que tendréis esparcirá más sangre que la de los cien caballeros y sin embargo no será más importante que el crujido de una rama.
-Lo sabemos –respondió Gualmes-, pero precisamente ese Cristo que portas y nuestras Señoras nos guiarán a la Victoria.
Se escuchó el grito de uno de los infectos flagelados:
-¡Nosotros somos más fieles a nuestras Señoras! –y enseñó sus testículos todavía sangrantes, que colgaban de su mano.
Todos aquellos apestados fueron una vez bravos caballeros. Ahora se confundían con la hez que rodaba calle abajo, mientras la batalla era calle arriba.
Llegaban los pocos campeones cristianos de Balf a la plaza, donde el enemigo hacía una masacre. El Caballero Andante descubrió que el estandarte de los bárbaros era la cabeza horrenda y desgajada de Mamad Sindiós. La plaza olía a vísceras de niños. Se acometieron con denuedo, pero los gigantes obligaron a los cristianos a retroceder. El Caballero Andante sentía el gran peso de su arnés, desfallecía, pero quiso –antes de morir- sentir con el tacto la piel de su alforja, que a su vez le transmitía la esencia de la imagen de su Señora. Volteó hacia el cielo y vio que, desde la torre más alta de la ciudad, Djanko el Blondo y sus seguidores se lanzaban para caer, ensartados por el cuello, en las lanzas de los bárbaros. El fuego devoraba la ciudad y él lo contemplaba todo, trastornado y empavorecido.
Despertó y se dirigió a la capilla a rezar: Satán y Mamad Sindiós habían tratado una vez más de enloquecerlo.


Envuelto en la humedad de los maitines y en el olor de pan recién horneado, que se habían apoderado del castillo y que tanto contrastaban con la horrible pesadilla, el Caballero Andante fue a darle un vistazo a su caballo. El caballerango hizo algún comentario acerca de la innegable hermosura de las mujeres de la zona, pero prefirió no prestarle mucha atención, como no se la prestaba a los halagos con que siempre lo atendían cuando llegaba a un castillo luego de una victoria.
Esa misma mañana, mientras esperaba que le entregasen un nuevo y reluciente escudo con un grifón de oro en campo rojo, su escudero le relató la aventura amorosa que acababa de tener con una de las siervas de la corte. Las palabras del escudero estaban salpicadas de picardía y de alusiones a la facilidad con la que el caballero podría triunfar en una lid diferente. “Ah, si yo fuera vos, me ahogaría en carnes tan buenotas y perfumadas como las que nunca he soñado”, dijo. El caballero se sorprendió al ver que amenazaba con una bofetada a su fiel compañero crac.
Pasados los festines y los juegos de sociedad, el Caballero Andante retornó a su aposento un poco aturdido por el fuerte vino con que le sirvieron. Su escudero una vez le dijo que, cuando ebrio, si dormía en cama pusiera un pie en el suelo para disminuir el vértigo. Eso hace. Como por instinto saca la fotografía de su Señora. Y los ojos de la dama parecen escrutarle el alma. Caballero Andante Gran Mierda, le dicen crac. Y las manos sudan tratando de pegarse a la memoria para así mejor recordar las formas, los movimientos imperceptibles de aquellas mejillas sonrosadas en el momento del tacto. La odio, atormenta mis andanzas crac. La amo, el fantasma adorable de su presencia es guía y conforte espiritual para mi camino, amo su cuerpo, preciado como el vellocino; odisea eterna, la gloria es un naufragio en tales carnes crac.
Siente que el aire encerrado del cuarto lo mata, que la vida se hace circular y quiere amarrarle su soga al cuello. Padre Nuestro que estás en los cielos crac, santificadas sean las lágrimas de los malditos y los que asesinan crac; necesita gritar: algún brebaje o encantamiento lo ha hecho penetrar en ese remolino gigantesco, mira repetidas veces la fotografía de su Señora, intenta acercar sus labios para besarla, pero algo se lo impide. Empieza a susurrar algo inaudito: “Sé que esto te lo debía decir personalmente, cara a cara, pero la dulce ignominia que ha circuncidado mi corazón me impide hacerlo”. Huele a noviembre y el Caballero Andante, medio poético, ha decidido enroscarse los pelos públicos ante la imagen de su Señora, que cuelga de las paredes del sistema nervioso. Se ha masturbado ante ella, la ha besado besando al aire, la ha tratado de atrapar como si fuera una mosca vana. Abre los labios y exclama palabras insolentes, llenas de pus y de ponzoña. Sí, su amada Señora es un fraude, sus secretos son de todos, su máscara es intercambiable: Sabe ya que su Señora es sólo un bufón inocente que mal-representa su propia vida, y que él es el espectador estúpido y leal que asiste a cada función cargado de flores. Noche a noche vomita (“Dios mío ¿no me oyes? Mis movimientos dejan poco a poco de pertenecerme”) lo que esta obsesión le ha hecho engendrar: pequeñas perversiones que van dejando sus crías en el cerebro (“Carajo Señora mía tengo la boca seca, árida de tanto hacerme el pendejo. Quise ser Amadís de Gaula y fui condenado. He perseguido quimeras: no existes”). Es el Ulises que en vez de cantos de sirenas escuchó el chillido de un manatí.
Un silencio aplastante, en espera de la magia de una respuesta, se rompe cuando retiembla el cuarto con este grito:
-Borracho Señor que regulas nuestra tierra, crudo e invisible asesino de tiernas manos, te he comprendido: nos dejarás tener sentimientos contrarios –oscura senda- y así la vida sentirá bien cómo la estrangulamos, como todo lo que abandonamos es parte y lastre de un viaje en el que cada traición es un paso. Alabado Señor, soberbio Señor.
El Caballero Andante se lavó la fiebre en el aguamanil y, resuelto, salió de su cuarto, dirigiéndose al aposento de una de las hijas del señor del castillo, hermosa doncella que al verlo estuvo como sin sentido durante toda la comida. Apenas traspasado el umbral, vio a la bella en plácido sueño, mas como si hubiera sido un conjuro, a los pocos instantes despertó, sin que le causase mayor sorpresa el que el caballero la estuviese observando. Hizo después una seña, invitando al huésped a que compartiera la calidez de su lecho y de su piel. El caballero de repente se puso encarnado como mujer y salió corriendo de la recámara.
Un eco resonaba en las cuatro paredes crac.

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