jueves, enero 15, 2026

Inquietudes de un cuarto de siglo que termina

 


De repente uno se da cuenta de que el tiempo pasa a una velocidad creciente, porque ya pasó un cuarto del Siglo XXI. Uno voltea hacia atrás y entiende, asombrado, que ese cambio de siglo que alguna vez vimos como ejemplo del futuro, ahora pertenece, de plano, al pasado remoto.

Habrá quien diga que no, pero varios tenemos la impresión de que la vida ha cambiado de una manera más profunda en estos últimos 25 años que en otros lapsos similares. Han sido varios los ejes que han cambiado. Daré cuenta de algunos de ellos.

Hace 25 años había un optimismo, que hoy podemos calificar de ingenuo, marcado por el fin de la Guerra Fría. Ese optimismo abarcaba muchas áreas.

Se pensaba, por ejemplo, que las democracias en el mundo se ensancharían y se desarrollarían de manera estable, con partidos tal vez menos ideológicos que antes, pero todavía con programas específicos, ligados a sus orígenes de clase y con proyectos de futuro colectivo. También, que el crecimiento económico mundial en un contexto de paulatina globalización, aunque ya daba señales de ralentizarse, bastaría por sí mismo para continuar sacando a millones de la pobreza.

Se veía en el horizonte la culminación de un cambio schumpeteriano que ya estaba en curso: la disrupción tecnológica que desplazaría unas empresas y sectores dominantes por otros, con un cambio en los modelos de negocio; pero se suponía que sería más amable que el viejo modelo industrial, que sería más integrador y, hasta cierto punto, liberador. Se decía, por ejemplo, que el internet, porque trabajaba en redes y no de manera vertical, era más femenino, menos opresor. Tiempos remotos en los que el módem ocupaba la línea telefónica y sólo unos cuantos sabían qué había un buscador llamado Google.

Se sabía que la era unipolar, con el dominio claro de Estados Unidos, sería efímera. Pero lo común para los analistas era pensar que la principal competencia vendría de la Unión Europea, que estrenaba moneda única. Otros imaginaban una constelación de potencias intermedias e incluían a Japón, algunos a Rusia, muy pocos a China. Se preveía una era de estabilidad relativa.

Un cuarto de siglo después, lo que priva es el pesimismo (al menos en comparación: tal vez lo que haya hoy sea un realismo desencantado). Parte de ese pesimismo es un antídoto a los errores a los que condujo el optimismo. Otra parte, a que los cambios acelerados todavía siguen su curso, hay una gran incertidumbre sobre su rumbo final y, en el inter, a que las posibilidades de acción de ciudadanos y agentes económicos parecen cada vez más acotadas. A diferencia de lo que sucedía anteriormente, cuando las coordenadas ideológicas, con todo y matices, estaban claras, priva la sensación de que no vamos, sino que nos llevan.

Tenemos que, aunque se vota en cada vez más países del mundo, la democracia representativa no se ha fortalecido. Han surgido gobiernos populistas (faccionalistas, se sienten dueños de los derechos y las instituciones, retuercen el principio de mayoría para servir a un grupo, se hacen pasar como encarnación del pueblo y son, casi siempre, personalistas), que buscan perpetuarse en el poder desfigurando las democracias hasta dejarlas en la mera cáscara. Los hay que se dicen de izquierda y también hay de derecha: su común denominador es que se arrogan más representatividad de la que tienen, pasan por encima de los contrapesos que hacen posible la convivencia plural y buscan perpetuarse torciendo las reglas del juego democrático.

Esta tendencia está ligada a otras, que venían de tiempo atrás, pero se han consolidado en este siglo. Una serie de sustituciones: la pantalla sustituyó al libro y, de manera creciente, al periódico; la opinión medida en encuestas sustituyó a la opinión publicada; las redes sociales sustituyeron a la plaza, el influencer, al maestro. Más importante todavía, la política ya no se hace para convencer, sino para seducir.

Al mismo tiempo, se ha ido diluyendo las afinidades y organizaciones de clase social (¡ahora suenan tan siglo XX!), lo que ha impactado a los partidos. Estas afinidades están siendo paulatinamente sustituidas por identidades, con la característica de que, como cada persona tiene una identidad única (nacional, regional, étnica, lingüística, religiosa, de sexo y género, de preferencia sexual y un largo etcétera), acabamos teniendo una miriada de iniciativas enfocadas a la promoción de un interés grupal y, contemporáneamente, una pulverización de lo que antes eran las organizaciones políticas. Vivimos el reino de los partidos atrapatodo (y los que no lo son tendrán más dificultades para acceder al poder).

Por el lado económico, se hicieron evidentes tres cosas. La primera, que no bastaba el crecimiento para hacer un cambio notable en la disminución de la pobreza (menos, cuando se llevó a cabo una suerte de competencia entre varios países, entre ellos México, para ver quién ofrecía la mano de obra más barata). Esto tuvo, a su vez, consecuencias políticas.

La segunda, que la caída en la tasa de ganancia de las industrias tradicionales propició un exceso de capital, que fue en busca de rendimientos fáciles y, en ausencia de una regulación correcta, terminó creando burbujas especulativas que tronaron (fue el caso de la crisis del 2008) y afectaron todavía más el crecimiento económico posterior.

La tercera, que los cambios tecnológicos que definieron un reemplazo en los sectores que jalan a las economías y también en las élites empresariales, no fueron de terciopelo, ni liberadores, ni disminuyeron la opresión. Facilitaron la vida cotidiana en muchas cosas y la complicaron en otras (ándele, haga trámites burocráticos en línea). De manera paradójica, acercaron a las personas y dificultaron la socialización. Pero, sobre todo, incidieron de manera desigual, y no siempre positiva, en la formación de empleos productivos. Las nuevas generaciones viven el mundo del trabajo precario. Sumémosle los efectos que han tenido estos nuevos sectores dominantes en asuntos como el control de los datos de las personas y tenemos un coctel que a varios les sabe mal.

 

La desgracia de los tiempos interesantes

 

Una de las características de la economía que se aceleró en estos 25 años fue la globalización de la producción, que tuvo efectos positivos en el comportamiento económico general, pero que implicó algunas disrupciones sociales, que han tenido consecuencias.

La disgregación de distintas fases productivas en diferentes países implica un ataque patronal contra los trabajadores. La desarticulación del proceso productivo desarticula también al obrero colectivo, único capaz de presentarse como alternativa de dirección a la patronal.

Junto con ello, el proceso de cambio de los sectores productivos dominantes (las industrias tradicionales dan paso a las nuevas, guiadas por la informática) implicó un recambio en la clase trabajadora del mundo. Mientras que nuevas generaciones de técnicos especializados y trabajadores intelectuales ingresaron al mercado de trabajo en los países desarrollados, en los que se integraron de manera subordinada se dio un proceso de calificación parcial de la fuerza de trabajo, con su consiguiente abaratamiento relativo.

La lógica de no intervención económica del Estado, a su vez, provocó que muchas zonas industriales de los países ricos, otrora prósperas, tuvieran una baja sensible en el nivel de vida: los llamados “cinturones del óxido”.

El cambio de motores económicos implicó también un cambio regional, dentro de los países desarrollados, con la correspondiente atracción y expulsión de población, en migraciones tanto nacionales como internacionales. En busca de un mejor nivel de vida, habitantes de los “cinturones del óxido” se mudaron a zonas que prometían más prosperidad y un número creciente de personas de los países menos desarrollados, en donde se competía a partir de la baratura de la mano de obra, o de plano no había empleo, intentó pasar a las naciones ricas.

El optimismo de principios de siglo suponía que, a la globalización de la producción, el comercio y el consumo, terminaría correspondiendo una apertura gradual de las fronteras también para las personas. No fue tan claro. El capital y las mercancías tenían una movilidad cada vez más libre, pero el movimiento de las personas implicaba disrupciones en los mercados laborales difíciles de sostener políticamente.

Adicionalmente, la disminución de la fecundidad en la mayor parte del mundo contrasta con que el boom poblacional continúa en regiones como el África subsahariana, el Medio Oriente y Asia central. El menor nivel de escolaridad de las zonas que expulsan migrantes respecto a las necesidades de las que los podrían acoger, las diferencias culturales y las implicaciones políticas de tener sociedades con ciudadanos con plenos derechos conviviendo con grandes grupos de trabajadores que no gozan de todos ellos, en particular de los derechos políticos, crean un coctel complicado.

A eso se sumó otro factor importante en este cuarto de siglo que termina: la aparición, desde el atentado contra la Torres Gemelas, del terrorismo islámico como amenaza general para Occidente. Las tensiones bélicas, culturales y raciales han proseguido y no parecen tener final.

La combinación se traduce en: 1. La existencia de un sector de la población que se ha visto desplazado de antiguas seguridades: la del trabajo seguro y de por vida (ahora inexistente porque esa industria tradicional está a la baja, o precarizado por las nuevas condiciones laborales). 2. El miedo, ocasionalmente justificado, pero a menudo teñido de racismo, a que las diferencias culturales acaben con un modo de vida al que estaban acostumbrados. 3. El pulsante nacionalista, apretado por los políticos populistas de todos los colores, que tiene también un toque de nostalgia por un pasado que de todos modos no volverá.    

Finalmente, está el factor de la preponderancia de las nuevas tecnologías, que genera al menos tres fenómenos: una creciente desconexión física con los lugares de trabajo, una menor necesidad de fuerza laboral respecto al capital invertido y un nuevo tipo de educación real, en donde la pantalla está sustituyendo la interacción con el maestro y en la que la información puede correr sin verificación alguna.

Si los dos primeros fenómenos pueden provocar tensiones políticas y sociales, el tercero, el de la información y la educación, parece capaz de producir un cambio cultural de gran relevancia. La escuela tradicional es cada vez menos capaz de atender las necesidades y de formar a las nuevas generaciones, y está creando en ellas un malestar cada vez más evidente. Podría decirse que hasta similar al que desarrollaron sus padres, sobre todo en materia económica y de estatus social, al sentirse desplazados de las antiguas seguridades del siglo XX.

Podemos tener una idea más o menos clara de cómo serán los próximos motores, podemos atisbar y medio imaginar cómo se moverán las distintas economías del mundo en los próximos años, podemos -tal vez- conjeturar sobre cuál será el futuro inmediato de la inteligencia artificial. ¿Pero podemos saber cómo se desarrollarán las mentes y los corazones de los niños de hoy, adultos del mañana, si la escuela no cambia a fondo? Podemos encontrarnos con un mundo en el que unos pocos saben moverse y la gran mayoría está desconectada en todos los sentidos, aunque esté pegada a la red.

Nos tocaron y nos tocarán -desgracia china- tiempos interesantes.

 

Nuevos expertos extraviados

 

Ya comenté acerca de lo errado que estaba casi todo mundo, hace 25 años, sobre lo que sucedería en el primer cuarto del Siglo XXI. Ahora que está por terminar, lo lógico es que suceda lo mismo.

En estos 25 años, hemos visto una globalización de la producción, cambio de los sectores productivos dominantes (ahora es la telecomunicación y la informática), grandes migraciones, el fin de las antiguas seguridades económicas y culturales, para un sector importante de la población de los países del mundo.

En consecuencia, hemos vivido un renacer del nacionalismo, el surgimiento de nuevos populismos (disfrazados de muchos colores ideológicos, pero a final de cuentas todos conservadores y con tendencias autoritarias), acompañados de nuevas tensiones regionales y amenazas bélicas de todo tipo (cuando no, guerras genocidas).

Si uno se deja mover por la inercia, puede imaginar que en el cuarto de siglo que está por comenzar, esas pulsiones continuarán, y nos veremos en un mundo con más conflictos, más movido por el nacionalismo, tendiente al proteccionismo, menos democrático. Y con Estados más dispuestos a utilizar a su favor (a favor de los privilegiados políticos y/o económicos de la nación) una capacidad creciente de información sobre la población, para manipularla a placer. La cereza del pastel, que para 2050, en Cuba se alumbrarán con lámparas de queroseno y gobernará tranquilamente un sucesor de Díaz-Canel.

Ante esas visiones, que pueden tener algo de apocalípticas, habría que recordar que los expertos suelen extraviarse, y mirar al futuro con muy poca capacidad de ir muy lejos. Para ello, una anécdota personal. La relaté aquí.

En la primavera de 1988 me invitaron, de parte del Centro de Estudios Prospectivos de la Fundación Javier Barros Sierra, a un foro de “expertos”, que analizaríamos asuntos de política y de economía con una visión de futuro, rumbo al lejano 2010.

Cuando llegué a la reunión me encontré que había muchísimos pesos pesados, de todas las corrientes ideológicas. Había priistas, liberales, grandes empresarios e izquierdistas de todo tipo. Para dar una idea del grupo, baste decir que a mi lado estaba mi amigo Pepe Woldenberg, en la banca detrás de mí estaba Carlos Slim, y junto a Slim estaba Roberto Servitje.

Nos hicieron llenar un largo y divertido cuestionario, en el que se presentaban diferentes sucesos posibles (el crecimiento del PDM, una recesión mundial, una explosión en la central nuclear de Laguna Verde, etcétera), y teníamos que decir qué tan factible era el evento, qué tan deseable y cuándo sucedería, si es que pudiera suceder.      

Lo siguiente fue que cada uno pronosticara lo que iba a suceder en México y en el mundo en los siguientes 22 años, en temas políticos, económicos y sociales. Una tarea nada fácil, porque había que hacer acopio de imaginación. Al final, hubo una discusión colectiva sobre el futuro del país.

Me acuerdo de la pregunta del Partido Demócrata Mexicano porque supuse que iba a crecer rumbo al año 2000; también de que predije una recesión en los primeros años del siglo XXI y que fui de los pocos que creía casi imposible un accidente en Laguna Verde (habrá sido por mi confianza en los compañeros sindicalistas nucleares).

La parte difícil fue hacer la historia del México futuro, porque era obvio que habría varios caminos posibles, y no era sencillo adivinar. Dije, como casi todos, que en el próximo sexenio habría una exitosa renegociación de la deuda, pero en términos generales me fui por el camino lineal. El PRI perdía la mayoría absoluta en las presidenciales de 1994; para el 2000 ya no tenía el control de las cámaras y en 2006 las elecciones se iban a tercios. También dije que los sindicatos iban a perder mucha de su fuerza. Suponía que el bloque soviético se iba a integrar económicamente a Europa –las enseñanzas de mi maestro Riccardo Parboni-, pero no me imaginaba que iba a desaparecer o que Rusia tomaría otro camino. No me imaginé ni el Tratado de Libre Comercio de América del Norte, ni la rapidez con que se movería la globalización, ni la explosión del crimen organizado en México, ni muchas otras cosas.  

Y lo más interesante fue la discusión. En ella, la intervención memorable fue la de Adolfo Gilly. Dijo que era muy complicado hacer el pronóstico del México futuro porque la tendencia natural de uno es pensar linealmente. Y que tal vez éramos como un hipotético grupo de expertos en 1910, que hacíamos prospectiva sin darnos cuenta de que el punto de ruptura estaba a la vuelta de la esquina. De ahí pasamos a platicar acerca de las posibilidades de Cuauhtémoc Cárdenas, y Gilly decía, muy seguro, que superaría el 25 por ciento de los votos. A la mayoría de los asistentes ese porcentaje les pareció excesivo e increíble. Yo, que era de los optimistas respecto a Cárdenas y al futuro de la izquierda, en ese momento suponía algo así como 15 por ciento.

Adolfo Gilly tal vez exageraba, pero en el fondo era quien tenía la razón. El momento que vivíamos era de un cambio más profundo del que imaginábamos.

Tiempo después, los coordinadores del foro me enviaron un documento con los resultados de nuestras respuestas al largo cuestionario (éramos el tercer grupo de tres que se habían reunido) y, más tarde, un libro, redactado después de las elecciones de 1988, que se llama México hacia el año 2010: política interna, editado por Limusa (Dolores Ponce y Antonio Alonso, coordinadores).

De la revisión del cuestionario me impresionaron dos cosas. La sensación de que el PRI y el poder presidencial siempre estarían ahí, incólumes, por el paso de las décadas, y lo perdidos que estábamos respecto a muchas cosas. El grupo de expertos consideró más probable una explosión en Laguna Verde que la aparición de un grupo guerrillero en el sur de México (y, según mis cuentas, algunos de los que en 1988 lo consideraban indeseable, saludaron seis años después la irrupción del EZLN); consideró más posible una pérdida notable en el grado de seguridad alimentaria del país que un aumento sostenido de la inversión extranjera directa; que no imaginó jamás un incremento de poder del Congreso o de los gobernadores (es decir, que los imaginó siempre muy bajos).

El libro presenta varios escenarios posibles. Sólo en uno de ellos el PRI pierde el poder presidencial, pero lo recupera mediante la fuerza, no a través de las urnas. En ninguno se prevé una integración comercial como la que hubo; en tres de ellos –salvo el del golpe- el PRI se democratiza de verdad; en todos subsiste el bloque soviético, que en la realidad no duraría ni dos años. Y sus preocupaciones son en realidad de coyuntura: la obsesión con la deuda externa, la fuerza relativa de los sectores del PRI, el tamaño del sector público en la economía.

Éramos unos expertos extraviados.  Me pregunto qué sucedería hoy en un foro similar.

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