miércoles, septiembre 10, 2008

Pepe Zamarripa

Se nos fue, de improviso, Pepe Zamarripa. Va un sentido recuerdo.

Lo conocí por dos caminos: la Facultad de Economía de la UNAM, donde trabajaba en el Sistema de Universidad Abierta, y el Partido Socialista Unificado de México, del que ambos éramos militantes y coincidíamos a menudo en nuestras posiciones. Me hice amigo de él por otros dos: el gusto por los deportes y un proyecto en el que tuvo participación destacada: la empresa demoscópica Datavox.

Pepe venía del Partido Comunista Mexicano, pero carecía de ese “patriotismo de partido” que baldaba a otros compañeros. Tenía cuates pescados (del PCM), mapaches (del MAP, como yo) y hasta ratones (del MAUS). Alguna vez incursionamos varios al estadio de CU, a una semifinal Chivas-Pumas –Pepe era chiva, como buen aguascalentense- y terminamos atascados en un túnel, en un preludio de la tragedia que sucedería exactamente un año después.

En 1985 fue candidato a diputado por el entonces distrito XXVI, de Iztapalapa. Las anécdotas que contaba acerca de su campaña eran divertidísimas. Como la vez que organizó una tocada de rock, había un montón de pandillas “bien gruesas” y de repente, los chavos banda empezaron a abrir paso, respetuosa y temerosamente, a otro grupo: los Mierdas-Punk. “El líder tenía un clavo oxidado que le atravesaba la nariz, Pancho, no te miento” –comentaba entre risas- “y resultaba que esos cabrones eran los electores a los que tenía que convencer”. Tuvo un buen resultado en esas elecciones, pero no ganó.

También fuimos compañeros de futbol, en una cáscara dominical que se jugó en Xochimilco por muchos años. A pesar de su baja estatura y su complexión regordeta, Pepe era realmente bueno para el fucho. Habilidoso, super entrón y con olfato de gol, era un delantero de peligro. Con él organicé las quinielas del Mundial ’86 en la Facultad –con premios sugeridos por él, como la peluca tricolor para quien atinara todos los resultados del Tri, que le tocó a Eliezer Morales- e, inspirado en aquel Mundial, nos puso apodos a todos los panboleros dominicales (yo era “Fana”, mediocampista, italiano y pelón).

Pepe y yo terminamos siendo socios. Empezaba yo en el negocio de las encuestas y me proponía hacer una empresa en serio. Pepe fue uno de los fundadores de Datavox, y se encargaba de la organización y supervisión del trabajo de campo. En el proyecto que nos capitalizaría –un amplio estudio sobre educación- él consiguió maestros para elaborar los cuestionarios que se aplicarían a alumnos de primaria y secundaria de todo el país –la contraparte de aquel proyecto, Gilberto Guevara Niebla, consiguió “expertos” que se la pasaban discutiendo entre sí y se encargaron de retrasarlo-. No nos capitalizamos. Sacamos muy poco –él, solamente para un viaje a Estados Unidos-. Antes de que la empresa cerrara, Pepe consiguió su último contrato: un estudio sobre seguridad pública en el D:F, para la Asamblea de Representantes.

Era un cuate bonachón, con un poco de alma de niño. Taide había comenzado el proyecto de un comic juvenil, Las Aventuras del Co.Co.Ba.Che, la típica escuela preparatoria pública. Uno de los personajes centrales era El Profe Chamarrita, grillo marxista, “barco” y futbolero, totalmente inspirado en Pepe. Ese proyecto tampoco cuajó, pero mi recuerdo de Zamarripa no puede desligarse de ese personaje entrañable basado en él. Porque Pepe era entrañable.

Pasaron los años y ya nos vimos poco. Luego, las vueltas de la vida nos pusieron en una situación que, paradójicamente, nos volvió a juntar. Él era coordinador de asesores de Andrés Manuel López Obrador, cuando éste era jefe de gobierno del DF. Yo trabajaba en la coordinación de asesores del Secretario de Gobernación, Santiago Creel. A ratos nos llamábamos, para comentar asuntos en turno. La amistad nunca, ni de chiste, se puso en juego.

La última vez que lo vi fue en el 2005, cuando el gobierno federal por fin se echó para atrás en el desafuero de AMLO. Comimos en un restaurant de la Condesa, a instancias de Mariana Cordera. De alguna forma, por distintas razones, todos estábamos festejando. Pepe llegó enfundado en su inseparable chamarrita. Insistió en que López Obrador podía haber incendiado al país, pero que no lo hizo por responsabilidad. Platicó más en corto de su relación con el Peje –me dijo que nos caeríamos muy bien, por el estilo personal y la afición al beisbol-, y lo describió con cariño auténtico, pero en su panegírico dio elementos suficientes como para que yo me diera cuenta de que era un dictador en potencia. Criticó fuertemente a varios miembros del grupo que hoy se identifica más con el lopezobradorismo; “son lúmpenes, siniestros”, dijo y me aseguró –queriendo tranquilizarme- que Andrés Manuel los tenía perfectamente ubicados. El cariño y la confianza mutua fluyeron durante toda esa comida.

Quedamos, como quedan los chilangos, de volvernos a ver. No lo hicimos. Sólo hubo un par de telefonazos en los siguientes tres años. Ahora Pepe se fue, de un infarto, y me da muchísima tristeza.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Doctor, un abrazo fuerte.
Ziggymoon