miércoles, mayo 28, 2008

Glorias olímpicas: Nadia Comaneci


Fue la pequeña gimnasta que entrenó duras horas bajo el programa piloto del entrenador Bela Karoly. Fue la adolescente que a los 14 años demostró que sí podía existir la perfección en la gimnasia. Fue la joven rehén de una dictadura enloquecida. Fue la prófuga, la señalada, la muñequita. Es la mujer que rehizo su vida. Nadie como Nadia.
De talento extraordinario, Nadia Comaneci tuvo una carrera fulgurante como gimnasta infantil y juvenil. Fue la más joven campeona europea y en los juegos de Montreal de 1976 estuvo simplemente asombrosa. Coleccionó lo impensable: siete calificaciones de 10. Ganó el oro all-around, en viga de equilibrio, en asimétricas y la plata por equipos. Sólo se conformó con el bronce en los ejercicios de piso. Ágil, audaz, precisa, la niña apenas esbozaba con dificultades una sonrisa. Su paso a la gloria fue inmediato.
Pero en Rumanía nada era fácil. La federación local de gimnasia le quitó a los Karoly la joya del Estado en la que se había convertido Nadia. El resultado fue que subió de peso y bajó de forma, hasta caer al cuarto lugar en los Mundiales de 1978. Fue devuelta a sus entrenadores y al triunfo. En Moscú 80 no pudo repetir el éxito absoluto de Montreal. Jueces localistas la mandaron a la plata en el all-around, mismo resultado que tuvo por equipos. Pero Nadia consiguió otros dos oros: en viga de equilibrio y piso.
Un año más tarde, Comaneci se retiró de las competencias, los Karoly se refugiaron en Estados Unidos y ella pasó a ser entrenadora. En tanto, la peculiar dictadura familiar de Nicolae Ceausescu y su esposa Elena daba muestras de creciente degeneración. Las ideas estrafalarias del “Genio de los Cárpatos” habían convertido a su país en un infierno de represión, hambre y carencias de todo tipo.
Nicu, el peor de los hijos del Conducator –y, por tanto, su previsible heredero- se había adueñado del deporte rumano. En una ocasión ordenó quebrarle los diez dedos de las manos al portero del Steua. Como prenda de ello, tenía retenida a Nadia Comaneci como “su novia”. En una cena oficial, harta de la patanería de su acompañante, Nadia se levantó de improviso y se dirigió a la salida. Nicu la alcanzó antes de que saliera del salón y empezó a arrancarle el vestido mientras le gritaba: “¡te violaré aquí mismo, puta!”. Apenas fue contenido por sus amigos.
Cuando la oscuridad era mayor, es decir pocas semanas antes de que cayera el régimen –la pareja Ceausescu acabaría siendo fusilada; Nicu condenado a la cárcel, donde murió de cirrosis- Nadia tuvo una huída rocambolesca del país, acompañada de un tipo de mala fama, Constantin Panait, de quien fue pareja brevemente. Llegó a Estados Unidos, donde la prensa no la recibió bien, se separó de Panait, se fue a Canadá, se volvió a casar y rápidamente quedó viuda.
Hacía espectáculos casi circenses cuando fue rescatada –a mediados de los noventa- por un compañero gimnasta olímpico, su actual marido, el estadounidense Bart Conner, con quien por primera vez se le vio sonreír abiertamente. Habría que agregar esa sonrisa de la mujer al rostro concentrado, muy serio, orgulloso, de la pequeña adolescente que alcanzó la perfección y la gloria olímpicas, que no son efímeras, pero pueden parecerlo.

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