martes, mayo 20, 2008

Biopics: Maschio sciovinista

Otro de los cuates que nos hicimos rápidamente fue Giuseppe “Beppe” Falavigna, quien era uno de los trabajadores que asistía a los cursos de las 150 horas en la Facultad. Beppe había nacido de familia campesina, en la provincia de Mantua, y había terminado hasta la primaria. Del resto, era autodidacta, lo que significaba que de repente te sorprendía con conocimientos enciclopédicos y de repente con una ignorancia homérica. Como su origen no era emiliano, sino lombardo, no se crió en la tradición comunista, sino en la católica. Empezó su militancia en grupos cristianos radicalizados y cuando lo conocimos, era muy cercano al PdUP. Meses después cambió: se inscribió al Partido Comunista e hizo de L’Unità su biblia. Era unos diez años más grande que nosotros.
Habrá sido por la combinación de católico y comunista convencido, pero Beppe era tal vez el tipo más bueno que te podías encontrar en Módena. Solidario, amistoso, a veces sentimental, ávido de conocimiento y de la Verdad (porque para él era muy difícil esto de las verdades relativas). Le gustaba, por otra parte, que los proletarios estuvieran de moda y en ocasiones intentaba utilizar su origen de clase como argumento de autoridad. Desconocía la diplomacia.
A esas alturas, Beppe ya no era obrero. Trabajaba para una cooperativa comunista que, en una de tantas “aldeas artesanas” fabricaba cocinas integrales para bares y restaurantes. Él era el vendedor estrella y –según nos confesó años después- lo explotaban miserablemente argumentando causas ideológicas. Vivía en uno de los microdepartamentos cercanos a la estación de trenes de los que no renté, pero hubiera tenido para una casa magnífica de haber trabajado por comisiones para una empresa privada.
La cooperativa le daba un auto, que funcionaba con gas, y en el que rolamos por toda la provincia modenesa varios fines de semana, a menudo yendo a comer a algún restaurante popular en la campiña: llanura o montaña. Así conocimos Pavullo, Castelvetro, Castelnuovo Rangone, Sassuolo y Formigine, pero también nos adentramos en la provincia de Bolonia, adonde a veces íbamos a alguna exposición.
Entre su natal dialecto mantovano y los de los diferentes pueblos emilianos en donde tenía clientes, Beppe tenía un habla toda suya, y para nosotros resultó sencillo hablar, juguetonamente, en una jerga semidialectal con él. Una vez regresábamos de Bolonia, y nos pusimos a cantar, con la música de la Marcha de los Santos, una festiva cancioncilla falsodialectal:

Egh sem in sinc/ in macinin/ Egh sem in sinc in macinin/ Egh sem in sinc… nuèter/ Egh sem in cinc in macinin.
(Somos cinco en el carrito, somos cinco… nosotros, somos cinco en el carrito).


Lucrezia Reichlin era la chava más guapa de nuestra generación –y también el ejemplo vivo del red set que mandaba a sus hijos a Módena para que se prepararan a gobernar el país en el
futuro. Su papá era el director de L’Unità; su mamá, la famosa Luciana Castellina, estaba en la dirección de Il Manifesto. Además de bonita, era muy buena estudiante. Jorge Carreto de inmediato notó que ella tenía muchos conjuntos de marca, pero a menudo combinaba el top elegante con unos jeans, o la falda elegante con una blusita sencilla. Se sabía atractiva, pero jugaba en otra liga, no en la de sus compañeros estudiantes.
Un día ella estaba sentada en clases frente a Carreto y a mí. De pronto se voltea y nos pregunta quién de nosotros vive con una americana.
Le contesto que yo.
-Eres un maschio sciovinista! –exclama, muy indignada.
Le pregunto por qué y me dice que Margherita Bucciarelli, que recién entró a su grupo de autoconciencia feminista, les platicó que uno de los mexicanos “tiene encerrada a su novia americana”. ¡Ahora resultaba que yo era émulo del iraquí!
Me cayó mal que Lucrezia llegara a conclusiones sin siquiera escuchar la otra versión –la de Janette, en particular-, pero me cayó peor que Margherita inventara una historia a partir de sus prejuicios sobre el machismo mexicano, muy a pesar de la gran evidencia que era la actitud abierta, casi didáctica diría yo, que tenía Eduardo hacia ella.
Pero no fui yo quien le dijo a Lucrezia sus cuatro verdades groseras, sino Beppe. En otra ocasión platicábamos varios en el pasillo, quién sabe qué dijo Lucrezia y Beppe le contestó indignado, le dijo que era una presumida que se sentía “la gran panocha” nomás porque estaba guapa, era rica, hija de Reichlin y Castellina y le gustaba a todos los estudiantes. Nomás.

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