miércoles, mayo 14, 2008

Biopics: El Loco, el Cremlino, el Gran Partido

Uno de los cuates con los que hicimos migas desde el principio era Daniele Tomasi, el que nos envidiaba por poder leer a Neruda en su lengua original. Daniele nos dio valiosos tips para no llegar a clases ateridos por el frío, luego de media hora de bicicleta entre la bruma helada. “Antes de entrar, vayan al bar y pidan un vaso de leche caliente con brandy”. Santo remedio. Más tarde, nos percatamos de que él aplicaba un método similar: a media clase acostumbraba sacar del bolsillo interior de su saco una botellita de grappa, tamaño muestra, y se echaba un hidalgo, bebiéndosela de un solo sorbo.
Muchos de nuestros compañeros, como Francesca Bucciarelli, eran contadores. Otros, como Claudio Francia, habían hecho el Liceo Científico. Daniele no. Él era electrotécnico, y presumía de ello, porque también era preciarse de su origen proletario. Sencillo, gritón, extrovertido, siempre listo a la broma, se ganó el apodo de El Loco. Vivía en uno de los barrios más rojos de la roja Módena: San Dámaso, por lo que, ya en dialecto –supongo que modenés, aunque Daniele era de Mirándola, un pueblo cercano- se convirtió en Al Matt ed Sant’Almés. Fue uno de los primeros en visitarnos en el depa, donde le enseñamos a jugar dominó (terminó apasionándole) y aprendíamos algunas rolas de los cantautores locales, que él tocaba en su guitarra. Su favorita decía: “Signore, io sono Irish, quello che non ha la bicicletta”. Por su parte, le fascinaban la cultura, la política y la música latinoamericanas.
Daniele era constante activista de las labores del PCI, particularmente en su barrio trabajador. Una vez nos invitó a la primera de una serie de presentaciones de teatro que ellos organizaban en la biblioteca del barrio. Se representaba una obra didáctica de Bertolt Brecht, “La Excepción y la Regla”, que resultó bien actuada y mejor explicada políticamente, a pesar de lo escaso de la producción. El público, compuesto casi exclusivamente por trabajadores, le entró con gusto a la discusión, combinando el italiano con el dialecto.
En esa ocasión, El Loco tomó su bufanda y, utilizándola como látigo, le puso tremenda bufandiza a una pobre señora que estaba sentada esperando a que empezara la obra. Cuando se cercioró de que lo veíamos, gritó: “¡Ella es mi mamá!”.
Tras la función, todos los asistentes fuimos a tomarnos un cafetín al bar, que había permanecido abierto ex profeso. Quien servía los cafés era la señora Mancini, la vecina de arriba. Mientras los vertía, nos miró con inolvidables ojos de odio.
Con Daniele rolamos todo el tiempo que estuvimos en Módena, incluso cuando él había desertado de la Facultad y entrado a trabajar en una fábrica “artesana” (ya veremos después que eso es todo menos artesanal) de maquinaria. Allí sigue, ahora en funciones ejecutivas.


Una tarde caminaba yo solo por Via Canalgrande (Módena, como la ciudad de México, alguna vez tuvo canales) y me encontré que quien atendía uno de los puestos de periódicos –un gran kiosco, muy bien surtido- era Claudio Francia, compañero de la Facultad y dirigente de la sección universitaria del PCI. Me metí con él y tuvimos la primera de decenas (más probablemente cientos) de pláticas interesantes, apasionantes y formativas. El puesto era de su papá, de quien me platicó, a grandes rasgos, la historia.
Franco Francia fue huérfano, tuvo pocos estudios y trabajó como jornalero agrícola. Muy joven, en pleno fascismo, se hizo militante del Partido Comunista y participó activamente en la resistencia contra el régimen, primero, y contra la ocupación nazi, después. Después de la guerra, fue electo y reelecto alcalde de Nonántola, su pueblo natal (allí, dice Claudio, se instaló la tercera imprenta en Europa). Allí, gobernó bajo la escuela de Alfeo Corassori, el alcalde obrero de Módena que –narra la leyenda- recorría diariamente la ciudad en bicicleta y que resolvió magistralmente los saldos del gran conflicto causado por la huelga siderúrgica de 1950 (hubo una matanza y cientos de despidos; Corassori organizó a quienes perdieron el empleo para que desarrollaran empresas propias, “artesanales”, que terminaron siendo de vanguardia tecnológica y muy intensivas en capital). Pues bien, Franco Francia dejó el ayuntamiento, y ahora tenía un puesto de periódicos. Quedé admirado, comparándolo con muchos de los presidentes municipales de México que, a veces gobernando pueblos más pequeños y más pobres, terminan putrefactos en pesos.
En esas primeras conversaciones dentro del kiosco, Claudio me comentó algo que repetiría muchas veces a lo largo de su vida, con diferentes claves. Que había tenido una infancia en el lugar ideal, un pueblo de 20 mil almas; la adolescencia y la primera juventud, en el lugar ideal, una ciudad de 200 mil habitantes, y que haría su vida adulta en una gran ciudad. Vivió en Milán, y ahora reside en Roma. Me dijo que cuando era niño, y también cuando estaba en la secundaria, sus compañeros, criados en el catolicismo, se burlaban de él, y lo apodaban Cremlino. Agregó que los mismos compañeros ahora estaban en la izquierda extraparlamentaria y le decían “reformista de mierda”. Profetizó que, pasados los años, le volverían a decir Cremlino, porque aquellos se acomodarían y él se mantendría coherente en sus puntos de vista reformistas y socialdemocráticos. Atinó en buena parte.


Sirva también todo esto para explicar la fascinación que tuvo sobre nosotros la administración comunista de Módena. Por un lado, su penetración organizativa en la vida comunitaria, de la que es ejemplo la obra de Teatro en San Dámaso. El partido –o, a menudo, sus brazos en la sociedad civil- estaba detrás de muchísimas actividades sociales. La mayoría de los cine clubes, conciertos, exposiciones y ciclos de conferencias eran organizados por el ARCI (Asociación Recreativa Cultural Italiana), casi todas las ligas deportivas formaban parte de la UISP (Unión Italiana de Deporte Popular). Eso, sin contar con el papel activísimo del sindicato, la CGIL (Confederación General Italiana de Trabajadores), que era la más fuerte de las centrales obreras y que no se limitaba a la defensa de las conquistas laborales de sus representados, a expensas del resto de la sociedad. Clubes de lírica, gastronómicos, activas asociaciones de padres de familia, grupos ambientalistas o de viajes y excursiones completaban un panorama en el que el tejido social se cohesionaba por redes múltiples, a menudo solidarias, y en el que todo mundo participaba en algo. La libertad entendida como participación comprometida para mejorar tu entorno.
Al mismo tiempo, los comunistas habían demostrado una gran flexibilidad e inventiva para convertir a la región en una de las más ricas y desarrolladas de Italia. El ejemplo de la “Aldea Artesana” es quizás el más significativo: se trataba de desarrollos productivos sostenidos por el municipio, para favorecer el renacimiento económico del territorio, tras la crisis de posguerra. El municipio adquiría terrenos agrícolas privados, ofreciendo a los vendedores un lote. El municipio urbanizaba el área y la revendía, por debajo de los costos de mercado, a pequeños empresarios –en un principio, los obreros desempleados por el conflicto de la siderúrgica- quienes la pagaban a plazos, en función de sus utilidades. El sistema tuvo tal éxito que “aldea artesana” se convirtió en sinónimo de parque industrial. “Trabajo en la aldea artesana” era sinónimo de “soy obrero de una fábrica metalmecánica”. Había varias Aldeas Artesanas en Módena, bien distribuidas, rodeadas de verde, pensadas dentro de un proyecto regulatorio integral, con racionalidad urbanística. Nosotros vivíamos cerca de una de ellas.
Finalmente, está la cuestión de la honestidad. Alcaldes que no se enriquecían en el puesto, y se enorgullecían de una vida al servicio de sus coterráneos. No es extrañarse que el Partido Comunista Italiano nos haya parecido un ejemplo a seguir.
Años después, la lectura de Putnam (Making Democracy Work: Civic Traditions in Modern Italy) me haría entender que había mucho más que un partido detrás de ese éxito. Esencialmente, siglos de historia que habían creado un determinado capital social, con el desarrollo profundo de organizaciones de la sociedad civil: ese era el hilo con el que se podían tejer esas redes de cohesión colectiva. El hilo no existía, por ejemplo, en el sur italiano de tradición borbónica. O en América Latina. Lo que el PCI hacía en Emilia-Romagna era, finalmente, similar a lo que hacían la DC y la Iglesia Católica en el Veneto. Ni una institución ni la otra lograron tal articulación en el sur. Pero para 1975, el Grande Partito todavía no gobernaba el sur, Putnam estaba a veinte años de publicar su libro y a nosotros nos quedaba claro, porque lo teníamos –incontrovertible- frente a nuestros ojos, que la sociedad podía funcionar, y muy bien, con la izquierda en el poder.

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