1. Guadalupe González
2. Rommel Pacheco
3. Carlos Navarro
4. María del Rosario Espinoza
5. Saúl Canelo Álvarez
6. Adriana Jiménez
7. Jhony Corzo
8. Arantxa Chávez
9. Alejandra Valencia
10. Viviana Del Ángel
miércoles, enero 03, 2018
lunes, diciembre 11, 2017
Julia Carabias y el ecologismo pensante
A veces es sano dejar de hablar de la coyuntura
política, y centrarse en una buena noticia. El Senado de la República decidió
otorgar la medalla Belisario Domínguez a la bióloga Julia Carabias Lillo, investigadora
mexicana comprometida con la ciencia, el desarrollo sustentable y el
mejoramiento de las condiciones de vida de los mexicanos. Al hacerlo, honra al
premio mismo.
Bióloga por la UNAM, Carabias fue miembro del
Consejo Universitario, cofundadora y miembro del Comité Nacional del Movimiento
de Acción Popular (MAP), presidente del Instituto Nacional de Ecología, titular
de la SEMARNAP y es miembro del Sistema Nacional de Investigadores. Recibió,
entre otros, el Premio Getty en 2001, el Premio Cosmos en 2004, el de Campeones
de la Tierra (ONU) en 2005, y el Premio Alexander Von Humboldt en 2011. Es
vicepresidenta del Centro Interdisciplinario de Biodiversidad y Ambiente,
profesora de la Facultad de Ciencias de la UNAM y participa en el órgano
científico técnico del Convenio de Diversidad Biológica de la ONU.
Más allá del currículum, Julia siempre se ha
destacado por un compromiso esencial: luchar para que la gente pueda elegir una
mejor forma de vida, por un México y un mundo justos e incluyentes, en los que
no haya tanta desigualdad y pobreza. En ese sentido, su vida entera ha sido de
congruencia.
Actualmente se le conoce por sus esfuerzos por
salvaguardar los ecosistemas de la selva lacandona, en especial la Reserva Integral
de la Biósfera Montes Azules, adonde vive buena parte del tiempo –siempre le
han atraído las selvas-, pero su trayectoria habla de mucho más. Su paso por la
Secretaría de Medio Ambiente, Recursos Naturales y Pesca se distinguió por
haber creado un parteaguas en la manera cómo se abordan los problemas
relacionados con el ambiente. La clave de ello es su capacidad para tomar
decisiones informadas, hechas con base en la ciencia y no en una ocurrencia
política. Por ejemplo, fue ella quien subrayó las inconsistencias del primer
“Hoy No Circula”, para acercarlo a su diseño actual, y atacó también otros
factores contaminantes de las ciudades mexicanas.
Siempre ha sido una mujer interesada y activa en la
política, porque entiende su importancia para transformar las cosas, y porque
la concibe de manera ética. En ese sentido, nunca fue una funcionaria cómoda:
nada más alejado de su concepción que las campañas huecas en el tema ambiental,
de la mercadotecnia verde disfrazada que hoy nos inunda, y que ayuda a
banalizar un tema toral para el futuro del país.
Carabias entiende que todo intento por generar un
desarrollo sustentable topa con intereses político-económicos, a veces muy
fuertes –de hecho, por eso fue secuestrada en 2014 por un grupo que defendía el
cambio de uso de suelo que destruye la Lacandona– y que, a menudo, esos
intereses lucran con la pobreza y la ignorancia de la gente. Así fue,
claramente, en el caso de quienes quieren deforestar para introducir
actividades agrícolas que no durarán, por la rápida erosión. Y lo es también
entre quienes pretenden sobreexplotar las pesquerías o los acuíferos, o quienes
permiten que la minería deshaga ecosistemas que darían sustento a mucha mayor
población.
En otras palabras, Julia Carabias es una luchadora
social sin demagogia. Una persona de carácter fuerte que no acomoda su
pensamiento a las causas políticas. Es, por ello, alguien difícil de convencer
para quien no tiene argumentos basados en los hechos. Y es alguien que tiene
muy claro que la lógica de maximización de las ganancias, que domina en
nuestras sociedades, no sirve para mejorar nuestra vida, y complica la de las
próximas generaciones.
Carabias ha señalado que “México cuenta con el
capital natural y social suficiente para lograr una buena calidad de vida para
su población, pero si se mantienen las actuales tendencias que degradan la
naturaleza, las posibilidades de atender el bienestar social van a disminuir”.
Y es que nadie quiere asumir los costos políticos, reales o supuestos, de
llevar a cabo acciones de mediano y largo plazo.
La gestión de los recursos hídricos, del suelo, de
la biodiversidad no son temas meramente técnicos: están imbricados con
problemas sociales, económicos y culturales, que los convierten en temas
políticos. El problema, que Carabias ha subrayado una y otra vez a lo largo de
su carrera, es que la política cortoplacista y la corrupción evitan una gestión
racional y razonable. Es una política que empobrece los recursos naturales y
las oportunidades de las próximas generaciones.
Ahora que inician las campañas políticas, temas como
la inseguridad, la corrupción y la economía seguramente dominarán el panorama, pero
bien harían partidos y candidatos en poner más atención al tema de la
sustentabilidad del desarrollo, y dejar atrás los típicos fetiches del
crecimiento. Es deseable un debate serio y a fondo sobre estos temas.
Desgraciadamente, es difícil que lo haya. No hay
voluntad para entrarle a un tema que obliga a pensar en la distribución
geográfica de la población, en el control efectivo de los recursos, en la
relación transversal entre instituciones públicas. Es más fácil llenarse la
boca de compromisos genéricos y suponer que la ecología es algo así como la
defensa de las plantas y los animales, al cabo que hay una ignorancia generalizada
sobre el tema.
Ojalá que el reconocimiento a Julia Carabias se traduzca,
en correspondencia, en el reconocimiento de que el asunto del crecimiento
sustentable es de vital importancia para el futuro del país. Que es un camino
para superar la pobreza y la desigualdad. Y que, por lo tanto, es el cuarto
gran tema de la agenda nacional.
jueves, diciembre 07, 2017
Oligopolio social y nueva plebe (biopics)
En el estruendo de las campañas electorales de 1988, empezó
a sorprenderme la actitud de los partidos de oposición: todos realizaban cada
vez más prácticas al estilo priista. Por un lado, escribiría (“El ciudadano sin
atributos”, La Jornada, 27 de marzo
de 1988) que el corporativismo en México había creado una sociedad en la que “el
individuo, protegido sólo por las leyes e instituciones, es prácticamente un
hombre sin atributos”, y el ciudadano se ve obligado a corporativizarse. Subrayaba
el hecho de que “nuestra vida cotidiana todavía está teñida por el gran
autoritarismo que nos dice que todos los mexicanos son iguales ante la ley
pero, orwellianamente, hay unos mexicanos más iguales que otros; habemos mexicanos
más o menos protegidos y representados, y hay parias. La legalidad es hoy, más
que nunca, el poder de los que no tienen poder; debería estar, por tanto, en el
orden del día de todos los que se siente de la parte del progreso y de la
democracia”. Remataba diciendo que se trataba de un problema de moralidad
pública.
Por el otro, una semana antes había hecho una reflexión
similar (“Oligopolio social y nueva plebe”, La
Jornada, 21 de marzo de 1988), más enfocada a la crítica del actuar de los
partidos.
Este es el texto:
“Un viejo tema, nunca suficientemente desarrollado, ha
vuelto a la palestra: en México hay una enorme fragmentación social, que se
refleja en una lógica corporativizante,en la cual los distintos grupos sociales
–más allá de las solidaridades- trabajan para sus propios e inmediatos
intereses, presionando de manera aislada (a la burocracia estatal, sobre todo).
Este tipo de política, se dice, impone su dinámica a los partidos, vaciándolos
paulatinamente de contenido (veánse “Desigualdad y democracia”, de Soledad
Loaeza, Nexos 123 y “El reino de los intereses particulares”, de José
Woldenberg, La Jornada, 19 de marzo).
"Aquí hay mucho hilo para bordar y muchas aclaraciones qué
hacer.
"1)
Esta fragmentación social no es exclusiva de México: se
trata de un fenómeno mundial, con ejemplos verificables en los cinco
continentes. Tampoco parece ser un fenómeno ligado estrecha y únicamente al
deterioro de las condiciones de vida de la población: existe y se desarrolla
aun en aquellos países en donde ha habido un crecimiento económico notable y se
han atemperado desigualdades en los niveles de ingreso. Es cierto, sin embargo,
que esta especie de corporativismo tomó fuerza en una época de crisis mundial,
los años setenta, y que los grupos sociales más poderosos empujaron, en la
práctica, a la formación de intereses corporativos y a la creación de leyes,
normas e instituciones que corresponden a esa fragmentación.
"2)
Podemos hablar, entonces, de la creación, en muchos
países, de oligopolios sociales (los grupos más o menos protegidos y
representados) y un nuevo tipo de proletariado, que no estaría definido en el
sentido marxista del término, sino en el romano antiguo: una masa de
(aparentes) ciudadanos, no representada ni protegida, y por tanto incapaz de
participar activamente en la vida política (pero no por ello incapaz de transmitir
tensiones al tejido social). El tamaño de esta masa de desposeídos (de los sin participación) es muy grande en
México, y debe contar para el cálculo político y social.
"3)
Es legítima la preocupación por el movimentismo que sustituye a los partidos y los deforma. Pero hay
que notar que movimiento y movimentismo
no son la misma cosa. El movimentismo es
el movimiento convocado y manipulado desde un partido, fracción o grupo
político, que impide que el malestar del ciudadano se convierta en proyecto
constructivo, en proyecto de país. Como lo demuestra, con creces, nuestra historia,
el movimentismo (la negación del
movimiento) se desarrolla mejor en un ambiente carente de oposición (en el que
las autoridades son, de hecho, las únicas capaces de responder a las
presiones-peticiones de los grupos de interés).
"4)
Si los partidos se comportan de manera cada vez más
similar entre ellos (piénsese, por ejemplo, en el clientelismo), si el espacio
en ellos se reduce cada vez más a la vida de palacio (reyes, cortesanos,
conspiradores), si no privilegian el programa y el diálogo vivo con la sociedad
(si no hacen de la nación su punto decisivo de referencia), no pueden
considerarse ajenos (y muchos menos, víctimas) en todo este proceso. Un partido
político que, de cara a los problemas nacionales y afianzado en la legalidad,
logre revertir estas prácticas (o cuando menos inicie su cambio) tendrá –a la
corta o a la larga- todas las de ganar. Porque las sociedades crecen y –al contrario
de lo que quisiera hacernos creer la derecha-, la democracia no tiende espontáneamente
a la disgregación”.
A casi 30 años de distancia vale preguntarse si algo ha
cambiado. Creo que los procesos que describo se han vuelto más evidentes. Que
el oligopolio social se ha dividido en castas, con la clase política de todos los
partidos hasta arriba. El movimentismo
se convirtió en método de trabajo para todos los partidos –y estaba yo
equivocado al suponer que se desarrollaba mejor en un ambiente sin oposición
política-, y no surgió un partido que quisiera revertir esas prácticas.
Sigo, sin embargo, convencido de que la democracia no tiende
espontáneamente a la disgregación: ese es un efecto generado desde el poder,
con ayuda de los cambios estructurales en la economía mundial.
miércoles, noviembre 22, 2017
Biopics: Expertos extraviados
En la primavera de 1988 me invitaron, de parte del Centro de
Estudios Prospectivos de la Fundación Javier Barros Sierra, a un foro de “expertos”,
que analizaríamos asuntos de política y de economía con una visión de futuro,
rumbo al lejano 2010.
Cuando llegué a la reunión me encontré que había muchísimos
pesos pesados, de todas las corrientes ideológicas. Había priistas, liberales,
grandes empresarios e izquierdistas de todo tipo. Para dar una idea del grupo,
baste decir que a mi lado estaba mi amigo Pepe Woldenberg, en la banca detrás
de mí estaba Carlos Slim, y junto a Slim estaba Roberto Servitje.
Nos hicieron llenar un largo y divertido cuestionario, en el
que se presentaban diferentes sucesos posibles (el crecimiento del PDM, una recesión
mundial, una explosión en la central nuclear de Laguna Verde, etcétera), y
teníamos que decir qué tan factible era el evento, qué tan deseable y cuándo
sucedería, si es que pudiera suceder.
Lo siguiente fue que cada uno pronosticara lo que iba a
suceder en México y en el mundo en los siguientes 22 años, en temas políticos,
económicos y sociales. Una tarea nada fácil, porque había que hacer acopio de
imaginación.
Al final, hubo una discusión colectiva sobre el futuro del
país.
Me acuerdo de la pregunta del Partido Demócrata Mexicano
porque supuse que iba a crecer rumbo al año 2000; también de que predije una
recesión en los primeros años del siglo XXI y que fui de los pocos que creía
casi imposible un accidente en Laguna Verde (habrá sido por mi confianza en los
compañeros nucleares).
La parte difícil fue hacer la historia del México futuro,
porque era obvio que habría varios caminos posibles, y no era sencillo
adivinar. Dije, como casi todos, que en el próximo sexenio habría una exitosa
renegociación de la deuda, pero en términos generales me fui por el camino
lineal. El PRI perdía la mayoría absoluta en las presidenciales de 1994; para
el 2000 ya no tenía el control de las cámaras y en 2006 las elecciones se iban
a tercios. También dije que los sindicatos iban a perder mucha de su fuerza. Suponía
que el bloque soviético se iba a integrar económicamente a Europa –las enseñanzas
del maestro Parboni-, pero no me imaginaba que iba a desaparecer. No me imaginé
ni el Tratado de Libre Comercio de América del Norte, ni la rapidez con que se
movería la globalización, ni la explosión del crimen organizado en México, ni
muchas otras cosas.
Y lo más interesante fue la discusión. En ella, la
intervención memorable fue la de Adolfo Gilly. Dijo que era muy complicado
hacer el pronóstico del México futuro porque la tendencia natural de uno es
pensar linealmente. Y que tal vez éramos como un hipotético grupo de expertos
en 1910, que hacíamos prospectiva sin darnos cuenta de que el punto de ruptura
estaba a la vuelta de la esquina. De ahí pasamos a platicar acerca de las
posibilidades de Cuauhtémoc Cárdenas, y Gilly decía, muy seguro, que superaría
el 25 por ciento de los votos. A la mayoría de los asistentes ese porcentaje
les pareció excesivo e increíble. Yo, que era de los optimistas respecto a
Cárdenas y al futuro de la izquierda, en ese momento suponía algo así como 15
por ciento.
Adolfo Gilly tal vez exageraba, pero en el fondo era quien
tenía la razón. El momento que vivíamos era de un cambio más profundo del que
imaginábamos.
Tiempo después, los coordinadores del foro me enviaron un
documento con los resultados de nuestras respuestas al largo cuestionario
(éramos el tercer grupo de tres que se habían reunido) y, más tarde, un libro, redactado
después de las elecciones de 1988, que se llama México hacia el año 2010: política interna, editado por Limusa
(Dolores Ponce y Antonio Alonso, coordinadores).
De la revisión del cuestionario me impresionaron dos cosas.
La sensación de que el PRI y el poder presidencial siempre estarían ahí,
incólumes, por el paso de las décadas, y lo perdidos que estábamos respecto a
muchas cosas. El grupo de expertos consideró más probable una explosión en
Laguna Verde que la aparición de un grupo guerrillero en el sur de México (y,
según mis cuentas, algunos de los que en 1988 lo consideraban indeseable,
saludaron seis años después la irrupción del EZLN); consideró más posible una
pérdida notable en el grado de seguridad alimentaria del país que un aumento
sostenido de la inversión extranjera directa; que no imaginó un incremento de
poder del Congreso o de los gobernadores (es decir, que los imaginó muy bajos).
El libro presenta varios escenarios posibles. Sólo en uno de
ellos el PRI pierde el poder presidencial, pero lo recupera mediante la fuerza,
no a través de las urnas. En ninguno se prevé una integración comercial como la
que hubo; en tres de ellos –salvo el del golpe- el PRI se democratiza de
verdad; en todos subsiste el bloque soviético, que no duraría ni dos años. Y
sus preocupaciones son en realidad de coyuntura: la obsesión con la deuda externa,
la fuerza relativa de los sectores del PRI, el tamaño del sector público en la
economía.
Éramos unos expertos extraviados. Me pregunto qué sucedería hoy en un foro
similar.
jueves, noviembre 09, 2017
Biopics: El Efecto Cárdenas
La campaña presidencial de Cuauhtémoc Cárdenas –que tuvo
como vehículos al PARM, el PPS y el PFCRN- estaba destinada a cambiar el rostro
de la izquierda en México. Concitaba al mismo tiempo esperanzas y suspicacias.
Esperanzas, porque era evidente que, a diferencia de los partidos socialistas
que habíamos formado, el frente aglutinado por Cuauhtémoc era capaz de concitar
mucho mayor apoyo popular que el que nosotros hubiéramos sido capaces de
lograr. Suspicacias, porque el recentísimo pasado priísta del grupo disidente
que encabezó el Frente Democrático Nacional impedía que su horizonte fuera más
allá de la recuperación del mítico legado de Lázaro Cárdenas, el papá del
candidato. Cada quien, en la izquierda en la que militaba tenía una mezcla
diferente de esperanzas y suspicacias. Dentro de los cuates que habíamos sido
del MAP yo era de los esperanzados, entre otras cosas porque la candidatura de
Heberto Castillo me generaba muchísimas suspicacias.
En algún momento, al principio de las campañas, pugné porque
nos acercáramos a Cárdenas, antes de que fuera demasiado tarde. Otros que,
según mis recuerdos, estaban en posiciones similares, eran Fallo Cordera y
Arturo Whaley –cuyo caso me parecía obvio, por la historia del SUTIN y por las
relaciones que tuvo ese sindicato con organizaciones priistas-.
Hubo algunas reuniones de un grupo pequeño en casa de
Arnaldo Córdova en Tlalpan –es inolvidable, para aquellos que la hayan
visitado, la enorme y ordenada biblioteca, en la me sorprendió la gran cantidad
de textos sobre derecho-, en las que discutimos las posibilidades. Recuerdo que
a ellas asistieron Fallo Cordera, Whaley, el Tuti Pereyra y no sé quién más. Sé que hubo otras reuniones de petit comité de otros grupos de compañeros
mapaches.
En alguna ocasión, Arnaldo, al enterarse que yo no me había
afiliado al PMS, calificó, molesto, mi participación en las discusiones de
“irregular”, pero Fallo argumentó a mi favor y realizó la difícil tarea de
convencer a Arnaldo Córdova de que había exagerado. Whaley insistía en que
había que movernos por encima del partido y quien más se negaba a eso, por
temor a los genes antidemocráticos del PRI, era Pereyra: “Toda mi vida estaré
en el PMS”, dijo. Yo no tenía idea de que lo que decía era literal.
A lo más que llegaron esas discusiones es a que algunos de
nosotros –Raúl Trejo, Fallo Cordera, Arturo Whaley y yo- fuéramos a visitar a
Porfirio Muñoz Ledo a su casa (otra bibliotecota) en plan de sondeo. Nos
bebimos dos botellas de whiskey y me quedé con la impresión de que Porfirio nos
dio el avión.
El hecho era que, mientras Salinas realizaba una campaña
ordenada, de ideas y proyectos, pero con el lastre de la herencia económica que
dejaba el gobierno de Miguel De la Madrid, Cárdenas recorría el país atrayendo
multitudes cada vez mayores y cada vez más convencidas de participar en esas
elecciones. Mientras tanto, la campaña de Heberto no levantaba. De entrada
porque hacía cosas contraproducentes, pero muy propias de su visión, como
encabezar una toma de tierras agrícolas en Veracruz, y otra, de predios
urbanos, en Ecatepec. Los campamentos fueron bautizados con los bonitos e
ingenieriles nombres de PMS-1 y PMS-2, y luego fueron desalojados
violentamente.
Mi amigo Eduardo González era el coordinador de la campaña
de Heberto y a veces nos encontrábamos en la Facultad de Economía. Cada vez lo
veía más preocupado. Me confesó –él, que había todo el tiempo acariciado la
idea del Partido Pensante- que a final de cuentas Heberto hacía lo que se le
pegaba la gana. Me quedaba claro que el resultado de todo aquello iba a ser, en
la mejor de las circunstancias, un PMS muy debilitado y descompuesto tras las
elecciones.
Un día fui invitado, junto con otros periodistas, a un
desayuno con Cuauhtémoc Cárdenas. Fue en El Taquito, atrás de Palacio Nacional.
Cuauhtémoc se prodigó en generalidades. Alguien le preguntó si pensaba que
cabía en los zapatos de Lázaro Cárdenas, y Cuauhtémoc, honesto, le contestó que
no. Pero había sido tan vago su discurso que, a la salida, un caricaturista de Excelsior comentó en voz alta: “el
problema es que también le quedan grandes los zapatos de Cuauhtémoc Cárdenas”.
Era cierto. Cuando a Porfirio Muñoz Ledo le preguntamos acerca del programa del
FDN, respondió, y evadió, con una figura retórica: “está en el nombre:
Cuauhtémoc. Cárdenas”.
La gente del MAP en pleno se reunió algunas veces para
comentar la coyuntura. A veces eso se disfrazó de discusiones conceptuales. No
había manera de generar consensos. Discutíamos –me recuerda Trejo- sobre
distintas formas de partido, alianzas en la democracia, reforma del Estado. En
medio de eso, varios señalaban la incertidumbre que les generaba estar en el
PMS.
No eran pocas las diferencias. Algunos simpatizábamos con
Cárdenas; otros insistían en la importancia del partido por encima de la
coyuntura (es decir, se resignaban a Heberto); otros más se movían hacia la
órbita de Salinas de Gortari.
Resultó particularmente significativo que, luego de que el
candidato priista fuera agredido por simpatizantes de Cárdenas en La Laguna
(donde se idolatraba al Tata Lázaro),
decidiera refugiarse y pasar la noche entre amigos en el ejido de Batopilas,
con nuestro compañero Hugo Andrés Araujo. Resulta que ambos –CSG y Hugo Andrés-
habían fundado ese ejido, más de una década atrás, cuando Salinas era cercano a
los maoístas.
A la postre, la combinación de la persistencia de afinidades
políticas entre nosotros con diferencias sensibles en la coyuntura, llevaría al
grupo a la determinación de crear una instancia que nos mantuviera en cierta
forma aglutinados y nos sirviera para la discusión permanente. Esa fue el
Instituto de Estudios para la Transición Democrática.
Este tipo de debates se reprodujeron, en aquel entonces, en
otras organizaciones. El Efecto Cárdenas había tocado un punto nodal en las
contradicciones de la izquierda mexicana: que casi todos teníamos algo de
nacionalismo revolucionario en nuestras venas ideológicas. Y que, sin embargo, también
éramos antipriístas.
miércoles, noviembre 08, 2017
La Revolución Rusa y las hormigas alucinadas
Hay quien considera que el siglo XX en realidad
comenzó hace cien años, con el triunfo de la Revolución Rusa,
la instauración del régimen bolchevique y la fundación de la Unión Soviética.
En un acto de extrema audacia política, un grupo
minoritario –pero que controlaba el consejo gobernante en la capital Petrogrado–,
aprovechó el caos político y el malestar social para efectuar una suerte de
golpe de Estado casi incruento y hacerse del poder en solitario. Lo hizo en
medio de movilizaciones sociales contra el gobierno provisional que había
sustituido al zarismo, pero eso no significa que esas movilizaciones tuvieran
como objetivo el gobierno de una pequeña facción revolucionaria.
La característica central de esa revolución fue que
de inmediato se proclamó socialista. No pretendía, como otros movimientos
políticos inspirados en el marxismo, una serie de reformas más o menos
profundas al capitalismo existente, con el fin de que este culminara y
evolucionara hacia el socialismo. Se trataba de una serie de acciones duras y
contundentes, destinadas a fomentar el colectivismo y la propiedad estatal. A
saltar etapas, como se decía.
La combinación de las circunstancias en las que se
desarrolló la toma del poder bolchevique –una economía desastrada, diversos
grupos golpistas, resistencia de la vieja oligarquía– y la naturaleza misma del
partido, que veía a agentes de la contrarrevolución por todos lados, resultó en
un régimen supresor de libertades, que llegó a convertirse en una dictadura
terrible.
Lo más relevante fue que, a pesar de ello, y a pesar
de que nunca solucionó sus problemas económicos –la historia de la Unión
Soviética es la de constante escasez de bienes de consumo para la población–,
esa revolución fue capaz de encender las esperanzas de millones, en todo el
mundo, durante largas décadas. También las encendieron, en distinto grado,
revoluciones similares que se dieron en otras partes del mundo, a lo largo del
siglo XX, con resultados parecidos.
Debería ser una paradoja, pero no lo es. Sucede que
a menudo las ideas son más fuertes que la realidad, y que la ilusión de una
utopía es más grande que cualquier argumento. La ilusión de un mundo sin
patrones ni terratenientes, de una tierra de igualdad entre las personas.
En Rusia no gobernaba la clase obrera, sino un grupo
que se había asumido como su representante histórico. Este grupo había
interpretado a su manera los textos de Marx, y hecho de esa interpretación una
especie de lecho de Procusto: quien no coincidiera con ella, era sacrificado.
También se encargó, sistemáticamente, de falsificar la historia, empezando por
la propia.
Tampoco era tierra de igualdad. No lo era en
términos económicos, pero mucho menos en términos de poder. El poder,
nominalmente, era popular, pero en realidad estaba en manos del Partido. En el
partido, en realidad estaba en manos del Comité Central. En el Comité Central,
en realidad estaba en manos del Politburó. Y, en el caso extremo, el poder del
Politburó llegó a estar en manos de un solo hombre. Infernales círculos
concéntricos.
Mucha gente, fiel a la idea de luchar por el
comunismo, sabía en el fondo de sus corazones que lo que sucedía en la Unión
Soviética no tenía nada qué ver con la sociedad igualitaria, sin clases
sociales, a la que aspiraban. Tenía sólo el barniz, y eso a veces. Lo extraño
es que, a pesar de esa íntima convicción, seguían considerando que aquello era
un sistema superior al capitalista, que valía la pena luchar, y dar la vida,
por instaurarlo, protegerlo, reproducirlo.
Cuenta el escritor Alberto Ruy Sánchez, en su
reciente Los sueños de la serpiente,
que hay unas hormigas, infectadas por inhalar las esporas de un hongo que se
aloja en su cerebro, que se ponen a trepar árboles hasta que, en algún momento,
son devoradas por el hongo, y de la cabeza de la hormiga nace una flor, que a
su vez arrojará miles de esporas.
Dice Ruy que los biólogos y neurólogos creen que la
hormiga infectada tiene alucinaciones, que imagina un hormiguero que no está
bajo tierra, sino en la copa de los árboles y que, en la duda del ascenso
mortal, las feromonas del cuerpo maloliente de las hormigas que llegaron antes
que ellas las excitan y las guían hacia su muerte final.
Me parece una metáfora magnífica. Así, como el
hongo, jugó la ideología para bloquear la realidad, para imaginar el
inexistente hormiguero de la felicidad comunista, para aceptar todo tipo de
vejaciones e injusticias con tal de ayudar a mover la rueda de la Historia en
su camino maravilloso hacia el principio de la verdadera Historia, que es el
Comunismo, así con mayúsculas. Es la imagen del enviado al Gulag que lleva,
entre sus pobres pertenencias, el retrato de Stalin, porque aquello había sido
un error, está seguro.
La URSS, lo sabemos por otra parte, fue fundamental
para la derrota del nazi-fascismo (una alucinación colectiva mucho peor) en la
II Guerra Mundial. Su mera existencia fue instrumental para que, en tiempos de
la guerra fría, las clases trabajadoras mejoraran sus condiciones de vida.
Sirvió como contrapeso básico contra un mundo unipolar, con Estados Unidos
teniendo la sartén única por el mango. Eso ayudó a descolonizar el mundo, y al
inicio de procesos democráticos en varias naciones. Pero, apenas se dejó entrar
algo de luz y de verdad, con la perestroika
(la reforma económica) y, sobre todo, la glasnost (la transparencia), el sistema soviético se derrumbó.
Sin la URSS, es imposible imaginar el mundo del
siglo XX, sus disputas y sus pasiones. Por lo mismo, es imposible imaginar el
actual.
Vale la pena, repasando estos cien años, preguntarse
hasta qué punto se puede reproducir algo parecido –porque la Revolución Rusa es
irrepetible– en cualquier parte del mundo, a pesar de las evidencias.
Baste pensar que hay muchos que están hartos del
hormiguero bajo tierra, en el que las esperanzas se reparten por migajas. Y que
hay otro tipo de esporas, dispuestas a conquistar mentes y corazones y ofrecer
el cielo en la tierra a cambio de la ceguera, la obediencia absoluta –cuando no
la adoración– y la renuncia a tener una opinión propia.
lunes, noviembre 06, 2017
Sueño 34. UBIK, D.F.
4 de noviembre de 1987
Es una noche de reventón en el Distrito Federal. Estoy conociendo locales nuevos, horas extrañas. Hay luces rojas y mucha bebida. Del centro nocturno se puede pasar a otra ciudad, la Ciudad Prohibida (que no es sino la misma Ciudad de México, pero en otra dimensión, en otro plano).
Los edificios de ese México D.F. son de fierro, parecen de principios de siglo (el viejo hotel Francis), son blancos, pero los cubre una ligera capa verde, lamosa. Las calles, limpísimas, son de piedra blanca. Hay una luz diurna difusa, de amanecer en la luna. No pasa un automóvil, no hay árboles.
En la ciudad hay gente vestida de negro que corre y se agazapa (¿los muertos?), espectros de risa amarga, habitantes de un lugar inhabitable (¿UBIK, el mundo de los semivivos?).
Camino y llego a una especie de plazoleta lodoza. Hay unas trancas que hacen las veces de mostrador. Hay que pagar 20 centavos para entrar a la playa (pues el D.F. semivivo tiene playa). El cobrador, de piel seca color ocre, con una camiseta a rayas azules y blancas (café y beige, pues la luz ha cambiado de tono) es Germán Valdés, Tin Tán. A la hora de pagar hago trucos con las monedas y pago con una vieja moneda de a veinte de las que estaban en la latita de Tin Tán (él no hubiera entendido mis monedas nuevas de 50 y de 20 pesos). Me lo transé. Fácil, porque lo agarré dormido-muerto. Todo lo hago por curiosidad.
El mar que llega a la playa del D.F. lo hace en dos oleadas: una verde, con detritus, es el lago de Texcoco (la palabra "chinampa"); otra negra, olas de lodo en las que niños y jovencitas se revuelcan. Olas Salvajes. Mi curiosidad ha sido satisfecha. No tengo ganas de meterme a ese mar. Tin Tán, chaparrito, me golpea amablemente la espalda.
Hay que volver a entrar al Centro Nocturno, el de las perversiones. Entro con Raymundo a un pasaje estrecho, con un espejo, casi sin luz. Raymundo rompe a llorar, se va transformando en un bebé, es ya Camilo. Camilo llora y le beso el cachetote mojado. "No llores, Raymundo, Camilo, hijo mío. Mírate en el espejo". Se va calmando, nos miramos en el espejo el niño de dos años, el de seis, el jovencito que fui y que ellos serán, el adulto. Ha entrado un poco de luz. "Ya estás calmado. Ya podemos salir del cuarto de los espejos". Gateamos hacia afuera.
Es una noche de reventón en el Distrito Federal. Estoy conociendo locales nuevos, horas extrañas. Hay luces rojas y mucha bebida. Del centro nocturno se puede pasar a otra ciudad, la Ciudad Prohibida (que no es sino la misma Ciudad de México, pero en otra dimensión, en otro plano).
Los edificios de ese México D.F. son de fierro, parecen de principios de siglo (el viejo hotel Francis), son blancos, pero los cubre una ligera capa verde, lamosa. Las calles, limpísimas, son de piedra blanca. Hay una luz diurna difusa, de amanecer en la luna. No pasa un automóvil, no hay árboles.
En la ciudad hay gente vestida de negro que corre y se agazapa (¿los muertos?), espectros de risa amarga, habitantes de un lugar inhabitable (¿UBIK, el mundo de los semivivos?).
Camino y llego a una especie de plazoleta lodoza. Hay unas trancas que hacen las veces de mostrador. Hay que pagar 20 centavos para entrar a la playa (pues el D.F. semivivo tiene playa). El cobrador, de piel seca color ocre, con una camiseta a rayas azules y blancas (café y beige, pues la luz ha cambiado de tono) es Germán Valdés, Tin Tán. A la hora de pagar hago trucos con las monedas y pago con una vieja moneda de a veinte de las que estaban en la latita de Tin Tán (él no hubiera entendido mis monedas nuevas de 50 y de 20 pesos). Me lo transé. Fácil, porque lo agarré dormido-muerto. Todo lo hago por curiosidad.
El mar que llega a la playa del D.F. lo hace en dos oleadas: una verde, con detritus, es el lago de Texcoco (la palabra "chinampa"); otra negra, olas de lodo en las que niños y jovencitas se revuelcan. Olas Salvajes. Mi curiosidad ha sido satisfecha. No tengo ganas de meterme a ese mar. Tin Tán, chaparrito, me golpea amablemente la espalda.
Hay que volver a entrar al Centro Nocturno, el de las perversiones. Entro con Raymundo a un pasaje estrecho, con un espejo, casi sin luz. Raymundo rompe a llorar, se va transformando en un bebé, es ya Camilo. Camilo llora y le beso el cachetote mojado. "No llores, Raymundo, Camilo, hijo mío. Mírate en el espejo". Se va calmando, nos miramos en el espejo el niño de dos años, el de seis, el jovencito que fui y que ellos serán, el adulto. Ha entrado un poco de luz. "Ya estás calmado. Ya podemos salir del cuarto de los espejos". Gateamos hacia afuera.
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