jueves, noviembre 09, 2017

Biopics: El Efecto Cárdenas


La campaña presidencial de Cuauhtémoc Cárdenas –que tuvo como vehículos al PARM, el PPS y el PFCRN- estaba destinada a cambiar el rostro de la izquierda en México. Concitaba al mismo tiempo esperanzas y suspicacias. Esperanzas, porque era evidente que, a diferencia de los partidos socialistas que habíamos formado, el frente aglutinado por Cuauhtémoc era capaz de concitar mucho mayor apoyo popular que el que nosotros hubiéramos sido capaces de lograr. Suspicacias, porque el recentísimo pasado priísta del grupo disidente que encabezó el Frente Democrático Nacional impedía que su horizonte fuera más allá de la recuperación del mítico legado de Lázaro Cárdenas, el papá del candidato. Cada quien, en la izquierda en la que militaba tenía una mezcla diferente de esperanzas y suspicacias. Dentro de los cuates que habíamos sido del MAP yo era de los esperanzados, entre otras cosas porque la candidatura de Heberto Castillo me generaba muchísimas suspicacias.
En algún momento, al principio de las campañas, pugné porque nos acercáramos a Cárdenas, antes de que fuera demasiado tarde. Otros que, según mis recuerdos, estaban en posiciones similares, eran Fallo Cordera y Arturo Whaley –cuyo caso me parecía obvio, por la historia del SUTIN y por las relaciones que tuvo ese sindicato con organizaciones priistas-.
Hubo algunas reuniones de un grupo pequeño en casa de Arnaldo Córdova en Tlalpan –es inolvidable, para aquellos que la hayan visitado, la enorme y ordenada biblioteca, en la me sorprendió la gran cantidad de textos sobre derecho-, en las que discutimos las posibilidades. Recuerdo que a ellas asistieron Fallo Cordera, Whaley, el Tuti Pereyra y no sé quién más. Sé que hubo otras reuniones de petit comité de otros grupos de compañeros mapaches.
En alguna ocasión, Arnaldo, al enterarse que yo no me había afiliado al PMS, calificó, molesto, mi participación en las discusiones de “irregular”, pero Fallo argumentó a mi favor y realizó la difícil tarea de convencer a Arnaldo Córdova de que había exagerado. Whaley insistía en que había que movernos por encima del partido y quien más se negaba a eso, por temor a los genes antidemocráticos del PRI, era Pereyra: “Toda mi vida estaré en el PMS”, dijo. Yo no tenía idea de que lo que decía era literal.
A lo más que llegaron esas discusiones es a que algunos de nosotros –Raúl Trejo, Fallo Cordera, Arturo Whaley y yo- fuéramos a visitar a Porfirio Muñoz Ledo a su casa (otra bibliotecota) en plan de sondeo. Nos bebimos dos botellas de whiskey y me quedé con la impresión de que Porfirio nos dio el avión.

El hecho era que, mientras Salinas realizaba una campaña ordenada, de ideas y proyectos, pero con el lastre de la herencia económica que dejaba el gobierno de Miguel De la Madrid, Cárdenas recorría el país atrayendo multitudes cada vez mayores y cada vez más convencidas de participar en esas elecciones. Mientras tanto, la campaña de Heberto no levantaba. De entrada porque hacía cosas contraproducentes, pero muy propias de su visión, como encabezar una toma de tierras agrícolas en Veracruz, y otra, de predios urbanos, en Ecatepec. Los campamentos fueron bautizados con los bonitos e ingenieriles nombres de PMS-1 y PMS-2, y luego fueron desalojados violentamente.
Mi amigo Eduardo González era el coordinador de la campaña de Heberto y a veces nos encontrábamos en la Facultad de Economía. Cada vez lo veía más preocupado. Me confesó –él, que había todo el tiempo acariciado la idea del Partido Pensante- que a final de cuentas Heberto hacía lo que se le pegaba la gana. Me quedaba claro que el resultado de todo aquello iba a ser, en la mejor de las circunstancias, un PMS muy debilitado y descompuesto tras las elecciones.
Un día fui invitado, junto con otros periodistas, a un desayuno con Cuauhtémoc Cárdenas. Fue en El Taquito, atrás de Palacio Nacional. Cuauhtémoc se prodigó en generalidades. Alguien le preguntó si pensaba que cabía en los zapatos de Lázaro Cárdenas, y Cuauhtémoc, honesto, le contestó que no. Pero había sido tan vago su discurso que, a la salida, un caricaturista de Excelsior comentó en voz alta: “el problema es que también le quedan grandes los zapatos de Cuauhtémoc Cárdenas”. Era cierto. Cuando a Porfirio Muñoz Ledo le preguntamos acerca del programa del FDN, respondió, y evadió, con una figura retórica: “está en el nombre: Cuauhtémoc. Cárdenas”.

La gente del MAP en pleno se reunió algunas veces para comentar la coyuntura. A veces eso se disfrazó de discusiones conceptuales. No había manera de generar consensos. Discutíamos –me recuerda Trejo- sobre distintas formas de partido, alianzas en la democracia, reforma del Estado. En medio de eso, varios señalaban la incertidumbre que les generaba estar en el PMS.
No eran pocas las diferencias. Algunos simpatizábamos con Cárdenas; otros insistían en la importancia del partido por encima de la coyuntura (es decir, se resignaban a Heberto); otros más se movían hacia la órbita de Salinas de Gortari.
Resultó particularmente significativo que, luego de que el candidato priista fuera agredido por simpatizantes de Cárdenas en La Laguna (donde se idolatraba al Tata Lázaro), decidiera refugiarse y pasar la noche entre amigos en el ejido de Batopilas, con nuestro compañero Hugo Andrés Araujo. Resulta que ambos –CSG y Hugo Andrés- habían fundado ese ejido, más de una década atrás, cuando Salinas era cercano a los maoístas.
A la postre, la combinación de la persistencia de afinidades políticas entre nosotros con diferencias sensibles en la coyuntura, llevaría al grupo a la determinación de crear una instancia que nos mantuviera en cierta forma aglutinados y nos sirviera para la discusión permanente. Esa fue el Instituto de Estudios para la Transición Democrática.

Este tipo de debates se reprodujeron, en aquel entonces, en otras organizaciones. El Efecto Cárdenas había tocado un punto nodal en las contradicciones de la izquierda mexicana: que casi todos teníamos algo de nacionalismo revolucionario en nuestras venas ideológicas. Y que, sin embargo, también éramos antipriístas.  


1 comentario:

Héctor Franco dijo...

Estimado Paco: interesantes reflexiones biográficas, que ilustran la vida política en México en ese momento tan importante, un abrazo