martes, diciembre 22, 2009

Glorias olímpicas invernales: Sonja Henie


Uno de los deportes invernales con más espectadores es el patinaje artístico. Esta disciplina no se podría entender sin Sonja Henie, la primera campeona olímpica y también la persona que transformó este deporte.
Sonja nació en 1912 en Oslo, de una familia acomodada y deportista, y practicó varias disciplinas (tenis, esquí, equitación, natación) hasta que se decidió por el patinaje de figura, que entonces consistía esencialmente es realizar con precisión, repetidas veces, determinados contornos en el hielo. Para ella, patinar era una expresión más compleja: fue pionera de la coreografía, de las faldas cortas al competir y del glamour fuera de la pista.
La superioridad de Heine la ubica como una deportista fuera de época. Campeona nacional a los nueve años, a los 11 compite en la versión beta de los juegos olímpicos invernales, quedando en octavo lugar. A los 15 obtiene su primer oro, en St. Moritz 1928. Repite la hazaña en Lake Placid 1932 y en Garmisch-Partenkirchen 1936. En el ínterin, gana diez campeonatos mundiales.
De ahí pasó al profesionalismo y a Hollywood. Sus espectáculos fueron el inicio de los rutilantes shows sobre hielo, impregnados de un extravagante gusto kitsch, que sobreviven hasta nuestros días. Su carrera cinematográfica, mucho ruido y pocas nueces. Pero la combinación de cine, espectáculo y deporte la convirtió en la primera atleta en ganar millones a través de contratos de publicidad. Dejó el cine en los años 40 y los shows sobre hielo en 1956, cuando se vio que no podía controlar su manera de beber.
Adorada en el resto del mundo, Henie ha sido vista con sospecha por muchos de sus compatriotas. Admirada por Hitler, la patinadora noruega lo saludó con el brazo en alto en Berlín, antes de los juegos invernales de 1936; después de los juegos aceptó una invitación del Führer para desayunar en Berchtesgarden, en el que Hitler le regaló una foto dedicada y autografiada.
Cuando los nazis ocuparon Noruega, la familia Henie puso la fotografía en un lugar prominente de la casa, para no ser molestada. Sonja, quien ya para entonces se había nacionalizado estadounidense, contribuyó –como buena estrella de Hollywood- a las actividades de propaganda aliada, pero jamás apoyó al movimiento noruego de resistencia o hizo una declaración personal en contra de los nazis.
Con esa sombra de sospecha siempre encima de ella, la primera gran gloria olímpica invernal murió en 1970, en pleno vuelo entre París y Oslo. Estaba enferma de leucemia.

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