miércoles, junio 25, 2008

Biopics: Funerales rojos

Corría el mes de abril y Carlos Mársico nos invitó a una convención de estudiantes izquierdistas latinoamericanos en Italia. Sería en pocos días, en Florencia. Decidí ir con Janette, y aprovechar la breve estancia para dar una turisteada por la ciudad de Dante. Paolo Mori, novio de Francesca Bucciarelli, y quien estudiaba allí, me prestó las llaves de la casa que compartía con otros jóvenes, muy cerca del Palazzo Pitti.

Apenas salimos de la estación de trenes, nos percatamos de que había un ambiente muy denso. No sólo corría abril, sino también un momento duro de aquellos “años del plomo”. Días antes dos muchachos de extrema izquierda habían sido asesinados por fachos en Milán. Pasamos enfrente de la iglesia de Santa María Novella y hacia nosotros se dirigía una marcha, que el código de vestimenta identificaba como ultraizquierdista. Los anorak verdes, las botas militares, las bufandas oscuras, y también muchos rostros ocultos. “Almirante come Falvella/ con un coltello nella budella!”, decía la consigna que gritaban, regocijados: Almirante (el líder nacional del MSI) como Falvella, (un militante fascista muerto por la extrema izquierda): con un cuchillo en las tripas. La tarde y la marcha tenían, efectivamente, una atmósfera plúmbea. Camino a casa de Paolo nos topamos con otro grupo de manifestantes antifascistas. Similar vestimenta, semejantes consignas violentas. También vimos pequeños camiones de policía estacionados.
Nos instalamos en la casa de estudiantes, y dimos luego un recorrido por los jardines del Pitti, por el Ponte Vecchio y la orilla del Arno. Yo quería imaginar el momento en el que Dante conoció a Beatriz.
Regresamos a descansar mientras, no muy lejos de ahí, había encontronazos violentos entre policías y militantes de los llamados “Comités Autónomos”, de extrema izquierda. A la mañana siguiente, los diarios relataban que en esos choques resultó muerto, de un balazo, Rodolfo Boschi, militante del PCI. De inmediato surgieron dos hipótesis: en una, había sido asesinado por agentes de policía vestidos de civil; en la otra, por el fuego de los Autónomos. Había incluso un ultra acusado, un tal Francesco Panucci. La mayor parte de las versiones apuntaban a que Boschi era ajeno al enfrentamiento. Vivía por ahí, y salió a cambiar su auto de lugar, porque algunos vehículos habían sido destruídos.

La convención de estudiantes de América Latina se llevó a cabo con normalidad. Pusimos un pequeño stand con las monografías políticas elaboradas por la ADELA, que se vendieron bien. A Janette la confundieron tranquilamente con mexicana. Y, como buenos latinoamericanos, nos acabamos peleando.
Sucede que uno de los ponentes era un militante del MIR chileno, organización a la que nosotros teníamos ubicada como corresponsable política del golpe. Se aventó un análisis perfectamente maniqueo y concluyó que la única respuesta era el levantamiento violento contra el capitalismo, con una consigna que escuchaba yo por primera vez: “La izquierda armada/ jamás será aplastada”. Intentó, con cierto éxito, que el público –compuesto en su mayoría por italianos- la coreara. Entonces me levanté y grité: “¡La izquierda aislada/ jamás será escuchada!”, que fue una consigna que me salió como respuesta inmediata (y que años después utilizaría en México). Carlos empezó a alegar en italiano que era muy fácil hablar de lucha armada desde la comodidad europea y con subvenciones democristianas (un madrazo a la OSLAI, que era la organización rival de la ADELA), y afirmó que en Chile, como en el resto del continente, se requería de coaliciones populares y democráticas para acabar con las dictaduras. Se armó el griterío y una efímera discusión. A la postre, como buenos mencheviques, los de la ADELA nos retiramos. La historia nos daría la razón, pero esa tarde éramos claramente minoritarios.

En la noche serían los funerales de Rodolfo Boschi, con una ceremonia en la Piazza della Signoria, el corazón histórico de Florencia. La plaza estaba llena, miles de personas. Varios jóvenes nos sentamos en una esquina, en los escalones de la Loggia dei Lanzi. Yo estaba exactamente debajo de la estatua de Perseo con la cabeza de Medusa.
La llegada del féretro, que se mantenía en lo alto y que estaba envuelto en la bandera roja del partido, con la hoz y el martillo, fue impresionante. Llovían claveles. Había un ambiente de conmoción. Entonces habló el alcalde.
Florencia era una ciudad de izquierda, gobernada por una coalición de los partidos socialista y comunista; el alcalde pertenecía al primero. Hizo el elogio del joven progresista, pero en un determinado momento lanzó su verbo contra los autónomos y culpó directamente a Panucci. Exculpó, implícitamente, a la policía.
De la zona donde yo estaba surgieron silbidos. De inmediato se volvieron hacia nosotros miradas durísimas de señores cincuentones que tenían una pañoleta roja al cuello. Ese paliacate era signo de que eran viejos partisanos, que habían resistido con las armas al fascismo y a la ocupación nazi en la II Guerra Mundial. Casi todos los partisanos pertenecían al ala tradicional del PCI. Se generó entonces una discusión a gritos:
-“¡No fue Panucci, fue la policía!”, decía un chavo tras de nosotros.
–“¡Ustedes cállense, no sean cómplices del fascismo!”, contestó un viejo partisano.
–“Los cómplices son ustedes”, respondieron.
La discusión pasó de ahí al “imbéciles”, “viejos apendejados” y “extremistas hijos de puta”. El ataúd con la bandera roja seguía ahí, en el mismo panorama visual que el David de Miguel Ángel. Decidimos alejarnos, pero la cosa no pasó de las palabras.

Con el tiempo se comprobaría que quien mató a Rodolfo Boschi fue un policía vestido de civil, de esos que se suponía no existían. Lo condenaron a ocho meses de cárcel, por exceso en el uso de la fuerza. A Panucci lo condenaron por delitos menores, a diez años en prisión. Han de haber sido muchos delitos menores.

Al otro día terminamos nuestro “tour dantesco” por Florencia y tomamos, junto con Carlos, el tren a Módena. A nuestro compartimento se subió un señor bigotón, muy serio, que a los pocos minutos de marcha, se salió, dejando su maleta. La siguiente parada fue en Prato, muy cerca de Florencia. La reacción de Carlos y mía fue inmediata. Salimos a verificar que el bigotón siguiera en el vagón, no fuera a ser que la maleta contuviera una bomba. El señor estaba en el compartimento de junto: se ha de haber cambiado de lugar porque nos vio sucios, greñudos, con pinta de izquierdosos y hablando un idioma extranjero.

martes, junio 24, 2008

Glorias olímpicas: Teófilo Stevenson

Nació en Cuba, descendiente de caribeños anglófonos que emigraron para trabajar la caña. Siempre le gustaron los puñetazos. Tuvo un inicio trastabillante, pero sus primeros triunfos llamaron la atención de Alcídes Segarra, el mítico entrenador, hacedor de campeones olímpicos de boxeo (hay que decir, hoy, que parte fundamental de su mito es que entrenó a Stevenson).
Teófilo era un peleador clásico, que usaba plenamente su estatura y alcance, que sabía defenderse (¿cuántos volados asesinos habrá esquivado?), que usaba bien las piernas y sabía alternar una zurda omnipresente con derechazos demoledores.
En los juegos olímpicos de Munich pasó fácilmente la primera ronda, pero en la segunda le tocó enfrentarse a Duane Bobick, su victimario en los Panamericanos, la Gran Esperanza Blanca de que Estados Unidos mantendría la supremacía en la categoría máxima del box olímpico. Fue un combate memorable: al finalizar el segundo round, Bobick llevaba una ligera ventaja, pero estaba agotado; en el tercero, Stevenson lo mandó tres veces a la lona y el réferi suspendió el combate. Lo demás fue coser y cantar para llevarse el oro.
Si en 1972 fue dominante, en Montreal 1976 sus primeros tres oponentes –incluyendo una nueva esperanza estadounidense- sumaron, entre todos, siete minutos y 22 segundos antes de caer noqueados. En la final, el rumano Mircea Simon huyó todo lo que pudo, hasta que en el tercer round Stevenson lo cazó, le puso una felpa y el manager tiró la toalla.

Stevenson rehusó todas las ofertas para convertirse en profesional. Prefería, según dijo, “el cariño de ocho millones de cubanos” a los millones de dólares que le ofrecían. Esta gratitud al gobierno cubano fue mutua: recibió de éste una buena casa en La Habana, dos automóviles y una casa de campo en Delicias.
Poco después se iniciaron los contactos entre Nueva York y La Habana para la que llamaron "Pelea del Siglo": Teófilo Stevenson contra Mohammed Alí. Los cronistas de la época cuentan que el cubano estaba motivado para ese enfrentamiento. El combate, según los cubanos, debía disputarse regido por las normas de la AIBA, en cinco programas de tres asaltos cada uno, a celebrarse en Estados Unidos. La puntuación de las peleas sería acumulativa, con un saldo final que determinaría el ganador. De producirse un nocaut o un RSC, ahí mismo terminaría el singular duelo, por el que Alí se llevaría una bolsa de tres millones de dólares y la Federación Cubana de Boxeo, que representaba a Stevenson, millón y medio. Los promotores estadounidenses querían una pelea tipo profesional. Las posiciones se acercaron cuando Cuba propuso tres peleas a cinco rounds.
En el ínterin, Stevenson refrendó en Belgrado la corona de campeón mundial amateur obtenida en La Habana, mientras que Alí perdió con Leon Spinks. Se acercaban los juegos de Moscú, que Estados Unidos boicoteó, y no hubo acuerdo sobre la Pelea del Siglo. En los juegos de la olimpiada de 1980 Stevenson volvió a derrotar fácilmente a todos sus oponentes (el medallista de plata, un soviético, festejó no haber sido noqueado).
El tricampeón cubano se preparó para el siguiente ciclo olímpico, pero ahora fue Cuba quien se unió al boicot contra Los Angeles, evitando que Stevenson lograra una hazaña inalcanzable. El de Las Tunas tenía para todavía más, y a sus 34 años se volvió a coronar campeón mundial amateur en 1986, en Reno, Nevada. Pero el gobierno cubano decidió solidarizarse con Corea del Norte y no asistir a los juegos de Seúl. El multicampeón optó por el retiro.
“Alí ha dicho varias veces que habría sido un empate y yo también lo creo. Me hubiera gustado pelear contra él, porque era un boxeador muy técnico, como mis rivales favoritos”, declaró alguna vez Stevenson. Hay que creerles. Son los más grandes. Mohammed Alí, como profesional; Teófilo Stevenson, como la mayor gloria olímpica del pugilato.


lunes, junio 23, 2008

Muertes que pesan menos que una pluma

1968.

Los militares acordonaron la plaza. Desde un edificio salieron los primeros balazos: provenían del Batallón Olimpia. El Ejército avanzaba y no dejaba salir a los jóvenes atrapados, que intentaban agazaparse entre las ruinas. Unos pocos lograron huir. Centenares fueron detenidos. Otros fueron asesinados. Se llegó a hablar de 300 muertos, pero parece que fueron menos; 34 tienen nombre, se sabe de al menos otros diez.

2008.

Los policías cerraron las puertas, lanzaron gases lacrimógenos en el local, cubrieron las escaleras, no dejaron salir a los jóvenes atrapados; quienes lo intentaban eran batidos a toletazos. Unos pocos lograron escapar. Decenas fueron detenidos. Los cadáveres de nueve de ellos yacían en el suelo. También tres policías murieron, aplastados por la multitud.


Los de 1968 eran enemigos políticos, los mataron a propósito, “para escarmentarlos” y acabar con el movimiento.
Los del 2008 eran jóvenes y eso bastaba; querían nada más escarmentarlos, pero los mataron por la inepcia y la prepotencia policíacas.

Los jóvenes de 1968 pedían la desaparición del Cuerpo de Granaderos.
El Cuerpo de Granaderos participó en el operativo de 2008... al mando de un gobierno que se
dice heredero de los jóvenes de 1968.

Los jóvenes de 1968 querían el cambio social.
Los jóvenes del 2008 querían bailar.

Los jóvenes de 1968 eran, en su mayoría, de clases medias.
Los jóvenes del 2008 son, casi todos, proletarios.

Aquellos no se olvidan, a pesar de que los medios quisieron tejer un velo de mentiras.
A éstos los olvidaremos pronto, gracias a la prensa “democrática y progresista” y también –como en 1968- al noticiero del Canal 2, convertido en vocero oficioso.

Bien decía Roversi:
“¡Atención, que dentro estamos todos: es el poder que ofende!”

Mejor decía Mao:
“Hay muertes que pesan más que el Monte Tao.
Y hay muertes que pesan menos que una pluma.”

miércoles, junio 18, 2008

Biopics: Noches oscuras en París

Para la Semana Santa, Janette y yo decidimos ir a París. Eduardo iría a Holanda y Jorge, un rato a París y otro a Londres. Para ese propósito le hablamos a Terry, quien me dijo que no tenía plan para salir de la ciudad.
Hicimos una parada en Milán. Desde la estación de trenes le hablamos a Castañares por si quería darnos un rol. Respondió que iría de inmediato por nosotros, que su casa estaba cerca (vivía en una residencia estudiantil cerca de la Bocconi). Se tardó casi una hora: vino caminando “porque el tranvía está muy caro”. Con él visitamos el centro y vimos el fresco de La Ultima Cena, de Da Vinci, antes de que se cobrara por verlo y hubiera que reservar la entrada con días de anticipación.

En París nos quedamos en el departamento de Terry en Rue de L’Alma. Volvimos a visitar museos, a dar largos paseos por el barrio latino y fuimos varias veces al cine. París seguia hermosísimo, y la gente muy elegante, pero también hacía un clima bestia. Nevó, cayó aguanieve y nos atormentó un viento horrible.
Jorge Carreto llegó un par de días después, y se quedó en un hotelito de una estrella en pleno St. Germain. Con él visitamos exposiciones estrafalarias y nos tomamos fotos en pose de intelectuales.

Además de su novio y mecenas, el Conde, Terry tenía otro amigo íntimo: el dueño clasemediero de una carnicería. A diferencia de aquel, éste era joven y bien parecido, pero no tenía ni la categoría ni la billetera. Una noche, el carnicero nos invitó a un antro gay (restaurante, discoteca) del cual él era proveedor. Nos ofrecerían una cena y luego, barra libre y a bailar. También fue Carreto, que llegó con nosotros al departamento de Terry.
Todavía recuerdo la comida como excelente (pichones rellenos de piñón, el plato fuerte) y los ojos de los propietarios del local que se comían a Jorge con miradas y sonrisas. Bailamos un rato (no tardaron mucho tiempo en darse cuenta de que Carreto, para desgracia de ellos, era buga) y me sorprendieron varias cosas, que décadas de liberación después no sorprenden a casi nadie. Que los homosexuales del antro no respondieran al estereotipo: la mayoría eran viriles. Que bailaban alegre y sanamente –yo me los imaginaba fajando-. Que pasaron minutos escasísimos para que yo sintiera el lugar como “natural” y dejara de andar mirando.
La segunda sorpresa ha de haber sido la mayor, porque poco antes de salir le dije a uno de los socios que era un ambiente muy desenfadado y light. Me respondió que en París las noches podían ser muy oscuras, pero nunca tanto como en un espacio que me señaló con el dedo. En ese reservado del antro la luz es mínima, y quien entra lo hace bajo su propio riesgo. Es decir, a sabiendas.

Pero la mayor oscuridad estaba en Terry. Se pasaba todo el día sentada en la sala, fumando, bebiendo y jugando con un perrito que le regaló su amiga la telefonista española, en lo que oía, pero no prestaba atención a una televisión que era su dulce compañía: la enciendía al despertar y la apagaba cuando se va a dormir.
La telefonista le hablaba todas las noches para incitarla a hablar a México a su familia; ella lo hacía, con largas conversaciones repetitivas y normalmente monotemáticas. Una vez se echó una hora hablando de su perrito, con el que por cierto tenía una relación extraña. Dormía con él, lo trataba de “hijo mío”, lo colmaba de mimos tanto, que parece que lo quería matar (un día me dijo que sus animalitos “se le mueren”), le daba de comer filete y de beber tequila, y le ponía unas golpizas tremendas cada que orinaba o defecaba.
Contó que la habían embrujado en el Sahara, pero que se le apareció Changó en forma de la vieja hechicera africana y le dijo: “Yo no hago sacrificios humanos”. Pero le quedaron unas pulgas imaginarias en la cabeza, que la obligaron a desinfectar el departamento y al perrito. Una noche las pulgas ilusorias volvieron y Terry quería que quemáramos las sábanas para deshacernos de ellas.
Una mañana se quiso tirar por el balcón, pero Janette se lo impidió. Acto seguido se echó a llorar, delirando que no comía para ahorrar para un viaje de su hermanito a Disneylandia. Dijo que tenía tres opciones: poner un instituto de belleza en México, seguir viviendo en París sin hacer nada, “o suicidarme, que sería lo mejor, ¿verdad, primo?”. Cuando le dije que debía elegir lo primero, me respondió que tenía miedo a fracasar, que su familia la consideraba como un caso perdido y que con esa actitud la estaban empujando “aún más” a la locura. Quedamos que debería de ir con un doctor y hablar menos a México. Yo le escribí a mi familia, describiendo la situación, y adelantamos nuestro regreso a Módena.

No sé si Terry vio al doctor, pero sí que eligió la segunda opción. Casó con el Conde y se quedó en Francia sin hacer nada, hasta que optó por la tercera: una oscura noche de octubre se lanzó de cabeza por el balcón de aquel departamento.

jueves, junio 12, 2008

Leyendas olímpicas: Cassius Clay (Mohammed Alí)


Para ser tan grande, era un boxeador diferente. A diferencia de sus rivales, el chamaco de 18 años que se presentó en la categoría de los semipesados en los Juegos Olímpicos de Roma basaba su técnica en la velocidad de piernas y en su rapidez para evitar los golpes. Más tarde, aquel mal estudiante de Kentucky, que había ganado 6 veces los guantes de oro, bautizaría su estilo como “volar como una mariposa y picar como una abeja".
Ni el belga Because, ni el soviético Schalkov, ni el alemán Madigan ni el polaco Pietrzykowski le pudieron dar pelea. Noqueó al primero y se llevó decisión unánime con los demás. Estaba tan orgulloso de su medalla de oro que no se la descolgó en días.
Fue recibido con un desfile triunfal en su natal Louisville, pero pocas semanas después –Estados Unidos vivía los estertores de la segregación racial- al campeón le fue negado el servicio en una fonda “sólo para blancos”. Del coraje, aventó al río Ohio la medalla olímpica que había ganado para su país (al menos eso cuenta la leyenda).
Clay pasó pronto al profesionalismo y se convirtió en Mohammed Alí, la más grande leyenda del boxeo de paga, el hombre que desafió al Tío Sam, al preferir la cárcel que combatir en Vietnam, el bocón de las verdades. Pero los golpes –los del ring y los de la vida- le cobraron factura: padece el mal de Parkinson desde 1984.
Aquella medalla que cayó al río fue reemplazada en 1996, por otra igualita que se le entregó en ceremonia especial durante los juegos de Atlanta, en los que encendió el pebetero que iluminó la fiesta olímpica. Un signo de que los tiempos, efectivamente, habían estado cambiando.

jueves, junio 05, 2008

Biopics: Beca, pasaporte y una Combi con placas de Singapur

En febrero de 1975, Edmundo Flores dejó Italia y se fue a representar a México en La Habana. Cumplió su palabra de cerciorarse que nuestra situación estaría arreglada, porque antes de su salida nos llegaron las becas atrasadas. Eso sí, típico de la época de Echeverría, venían con su recortadita. Nos habían prometido 300 dólares mensuales; nos dieron 3 mil pesos, que equivalía a una disminución del 20 por ciento. Pero como llegaron nueve meses de un jalón, y se estableció un sistema para el cobro trimestral (a mí me tocaría ir a Roma por las becas de los de Módena y la de Castañares), estábamos felices. Adicionalmente, obtuve la reposición de mi pasaporte y hasta el resello de la cartilla militar. Ya era gente de nuevo.
De entre lo primero que hice con esa lana fue comprar un tocadiscos de los más baratitos. Era una delicia volver a escuchar música almacenada por tanto tiempo. Carreto puso sus discos en mi tocadiscos, pero se dio cuenta de que un muelle chirriaba tantito a la hora de poner la aguja. Tardo poquísimo en decidir que no arriesgaría sus discos en mi aparato y se compró un estereo en forma.


Poco después llegó Carlos Mársico de visita a Módena. Vino en una Combi maltrecha, con placas de Singapur, que acababa de comprar a un aventurero. La puerta del conductor no cerraba y Mársico la sostenía desde adentro con una cuerda. El problema era hacer los cambios de velocidad, porque Carlos no tenía la fuerza para hacerlo con su pierna mala, así que empujaba la pierna con el brazo (y la mano seguía agarrando el mecate para que la puerta no se abriera). Todo un espectáculo. Se complacía en cruzar el centro histórico –vedado para todo vehículo, menos para turistas rumbo a sus hoteles- y hacía que todos pusiéramos cara de que estábamos perdidos. La fijación de Carlos por romper las reglas por puro gusto era siempre refrescante.
También anduvimos en bicla y Mársico tenía un estilo particular. En primer lugar fumaba mientras pedaleaba. Y en segundo, no se frenaba nunca: si se acercaba a un alto empezaba a hacer meandros, cada vez más despacio, de forma que antes de que llegara se volviera a poner el verde. Así no tenía que hacer el esfuerzo de arrancar, que le costaba trabajo. Janette y yo le enseñamos las reglas del beisbol, en un juego a tres (pitcher, defensivo, bateador, dos bases) con bola de goma y bateado con el brazo, en el que nos divertimos montones.
Pero lo que más hicimos durante su estancia fue platicar, beber y fumar (aunque de repente para comer, el flaquísimo Carlos enloquecía y se zampaba un litro entero de yogurt de malta). Una parte de las pláticas era sobre la evolución de la situación en Portugal, que se había radicalizado tras la “Revolución de los Claveles”. Mapes y Carreto, quienes a diario se chutaban todas las noticias al respecto en Il Manifesto, estaban enteradísimos. Otra, que recuerdo bien, era sobre el carácter de la represión política. Carlos argumentaba que era parte natural de la lucha social, y señalaba que cuando militas por un cambio radical, de alguna forma estás pidiendo la represión, que es la primera respuesta que se le puede ocurrir a la burguesía. Lo otro –es decir, el pasaje de la guerra sucia o abierta a la política democrática- era sólo posible porque había posiciones intermedias; de ahí la importancia –decía- de que las fuerzas revolucionarias hagan alianzas estratégicas con las reformistas. Cuando el radical le dice al moderado: “a un lado, a un lado reformistas”, lo que está haciendo es quitar el colchón protector. Es evidente que hablaba a partir de la experiencia argentina, pero pocas veces era específico: digamos que sus frases eran apotegmas aplicables para cualquier condición. La portuguesa, por ejemplo.

También Castañares pasó por la neblinosa ciudad en la que vivíamos y fue víctima del Loco Daniele, quien se le pasaba haciéndole cosquillas. Ahora que la beca había llegado, Casta se disponía a comprar sendos abonos en La Scala y el Piccolo Teatro de Milán. De los más baratos: hasta arriba y de pie. En sucesivas visitas nos contaría de algunos espectáculos que vio y que nosotros sólo conocíamos a través de L’espresso, una de las tantas publicaciones a las que éramos ya asiduos.

En esos días de finanzas resanadas, Janette y yo dimos un paseo de fin de semana por Venecia. La luz del invierno tardío era extraordinaria, como de quimera, como si la ciudad estuviera saliendo de su carácter fantasmal. Las fotos que tomamos eran buenísimas, pero ella se quedó con todas.

lunes, junio 02, 2008

Las ampollas de Campillo y los Padres hermanos

Mexicanos en GL. Mayo


Cinco noticias han destacado en el vaivén de los peloteros mexicanos en Grandes Ligas durante mayo.


La mejor, el extraordinario bateo que ha mostrado Adrián González; la peor, la fuerte lesión sufrida por Yovani Gallardo a principios de mes; la más emotiva, que por fin Jorge Campillo, batallando con ampollas que se secan apenas el día antes de sus salidas, ha brillado en el mejor beisbol del mundo; la económica, tiene que ver con el contrato millonario multianual que liga a Joakim Soria con los Reales de Kansas City, la que quedará para siempre en los libros de los adoradores de la trivia, que a Edgar V. González finalmente se le hizo debutar con San Diego y jugar junto con su hermano menor, Adrián. Los González Sabín son la segunda pareja de hermanos mexicanos que juega en Ligas Mayores (en 1982 lo habían hecho Enrique y Vicente “El Huevo” Romo) y los primeros que lo hacen para un mismo equipo. Son Padres y hermanos.

Aquí el seguimiento del contingente mexicano, siempre de acuerdo con el desempeño acumulado en la temporada:

Adrián González. El slugger de Tijuana encontró la manera de hacerle frente a su difícil parque local, el Petco Park de San Diego. Tirándole a las bolas que van por la esquina de afuera de la zona de strike ha estado bateando por la banda contraria, con resultados extraordinarios. Ya de por sí era contundente de visitante, ahora es temible. Sus números de mayo: 10 cuadrangulares, 29 producidas y .288 de porcentaje. En el año lleva .290, 16 bambinazos, con los que pelea el liderato de la liga nacional y 48 remolcadas –que el 1º de junio se volvieron 50 y lo colocaron en primer lugar. Su porcentaje de fildeo: .998, un solo error en 545 oportunidades.

Joakim Soria. Duró más que Mariano Rivera y que Troy Percival. Sólo Billy Wagner de los Mets, entre la élite de cerradores, tardó más que el coahuilense en aceptar una carrera limpia. Aún así, Joakim lleva 12 salvamentos en otras tantas oportunidades (tendría muchos más de no ser porque para salvar un juego, tu escuadra tiene que ir adelante y en mayo los Reales perdieron 12 al hilo), con un bajísimo 1.16 de PCL. Se le embasa menos de un jugador por inning y los contrarios le batean un mísero .127. El día en que cumplió 24 años firmó un contrato por tres años y 8.75 millones de dólares, con opciones hasta 2014. Según los analistas, aunque el contrato asegura el futuro de Joakim, los de Kansas City se llevaron la mejor parte.

Jorge Campillo. En la historia de ensueño del mes, los Bravos de Atlante le dieron al bajacaliforniano de 29 años la oportunidad esperada por mucho tiempo. Abrió un juego –lo hizo hace años con Seattle, pero salió lesionado en la primera entrada-. Lanzó 6 innings extraordinarios, ponchó a 7, dejó en cero a los Mets y se llevó la victoria. En su siguiente salida sólo duró 4 entradas, porque le salieron ampollas en la mano de lanzar, pero igualmente mantuvo en blanco a Arizona. Las ampollas se poncharon y secaron justo a tiempo para su siguiente salida, y también fue muy buena: apenas admitió un hit –cuadrangular- para llevarse el triunfo ante los Cerveceros. Seguirá luchando contra las ampollas, y los bateadores seguirán viendo visiones ante su mortal cambio de velocidad: dicen que Campillo lanza la invisiball. En el mes, 2-0, 1.14 y 21 chocolates. En el año, 2-0, un minúsculo 0.99, 33 sopitas de pichón y sólo 5 pasaportes.

Jorge Cantú. El de Reynosa se ha asentado como tercera base titular de los sorprendentes Marlines de Florida. Su fildeo sigue dejando qué desear, pero ha estado consistente al bat. Lo más relevante ha sido su nueva actitud, más paciente, más disciplinada, menos obsesionada con el extrabase. Las 19 bases por bolas que ha negociado son noticia: es la misma cantidad que consiguió en toda su estelar temporada de 2005. Tampoco ha brillado en demasía. En mayo su tolete promedió .241, con 5 jonrones y 16 producidas. En el año lleva .271 con 8 cuadrangulares y 26 remolcadas.

Dennis Reyes. Como Joakim, el gordito sinaloense perdió en mayo su cadena de ceros colgados al rival. El especialista zurdo –y antizurdo- de los Mellizos de Minnesota, famoso porque estudia minuciosamente a los bateadores rivales (sabe dónde les duele) y porque, si lo llaman a la lomita, antes le prepara, por cábala, un café a su compañero Juan Rincón., sigue pitcheando bien. De 15 apariciones en mayo, tuvo dos parpadeos a mediados de mes (¿no hizo el café?), uno de los cuales fue una zarandeada e implicó tirar un salvamento. En el año lleva 1-0, con 2.55 de PCL.

Oliver Pérez. A los Yanquis se los tragó vivos, lanzando un partidazo contra sus clientes. También derrotó a los Rojos en otra salida de calidad. Pero en sus otras tres apariciones el de Culiacán fue Oliver Descontrolado Hyde. No perdió dos de ellas porque su equipo reaccionó a tiempo. En el mes tuvo 2-1, pero 5.58 de limpias. En el año lleva 4-3, 4.83, 50 ponches, que son muchos, y 41 bases por bolas, que son muchísimas.

Yovani Gallardo. El 1º de mayo, el michoacano estaba lanzando otro partido de calidad cuando un choque en primera base con Reed Johnson –que arrolló a Yovani- le provocó una ruptura de ligamentos en la rodilla. Fue operado y es improbable que vuelva a lanzar en la temporada (hay una mínima posibilidad). En ese partido tampoco le ayudó el bateo de sus compañeros y también se fue sin decisión. Termina la campaña con un magnífico 1.80 de carreras limpias.

Luis Ayala El de Los Mochis sigue siendo el caballito de batalla en el bullpen de los atareados Nacionales de Washington y el lanzador que ha participado en más partidos en Grandes Ligas esta temporada. Tuvo un mayo irregular, en que ganó un juego, perdió dos y tuvo un PCL de 6.19 carreras limpias admitidas por 9 entradas lanzadas. Esto pone su marca del año en 1-3 y 4.60

Alfredo Amézaga. El slump de bateo en el que cayó el de Cajeme a fines de abril movió a los Marlines a buscar un nuevo titular para su jardín central. Lo encontraron en Jacque Jones hasta el día 22. Entre tanto, Amézaga se lució en un juego contra Atlanta robando extrabases por todos lados, mejoró su bateo y se robó una base. Llegó Jones, lo mandó a la banca… pero está bateando menos que Alfredo, así que tenemos un duelo por esa posición. Amézaga bateó en el mes para .269 con 1 cuadrangular y dos producidas; en el año lleva .252 con su jonrón, 7 remolcadas y un robo.

Esteban Loaiza. El de Tijuana sigue a la baja. Tuvo una sola salida en el mes –un antiduelo de pitcheo con Jorge de la Rosa- y se lesionó. Ya está recuperado pero los Dodgers no lo han vuelto a llamar. ¿Qué harán con los 7 millones de dólares de su salario? Sus números en el año 1-2, 5.62, 9 ponchecitos.

Oscar Villarreal. El de San Nicolás de los Garza ha mejorado notablemente su juego, sus números de mayo son engañosos porque sólo en tres de 12 ocasiones los bateadores contrarios le hicieron daño. Lo que pasa es que en dos de ellas lo destazaron (una vez le metieron 6 carreras sin que pudiera sacar un solo out). En una de su buenas apariciones rapiñó una victoria. En el mes, 1-0, con 4.91 de limpias; en el año: 1-3 con 5.08.

Edgar González. Como era de esperarse, el Edgar que no es hermano de Adrián, fue degradado al bullpen. Todavía tuvo otras dos aperturas en mayo; una aceptable, en la que se fue sin decisión, otra terrible. Como relevista lo ha hecho mejor. El de Nuevo León tuvo marca en mayo de 0-0, con 5.54 de efectividad; en el año lleva 1-2, con 6.17.

Edgar González Sabin. El que sí es hermano de Adrián llegó como utility con los Padres y no lo ha hecho mal, bateando para .304 con 3 producidas en las ocasiones que ha jugado (normalmente en la tercera base). Veremos si esta hermandad de Padres es duradera. Ojalá.

Germán Durán terminó siendo víctima de la Línea Mendoza. Estaba jugando para los Rangers de Texas los juegos con abridor zurdo, pero su .193 de porcentaje (con 1 jonrón y 8 producidas en la temporada) allanaron el camino para otro prospecto. En tanto, el de Zacatecas esperará en la imaginaria.

Jorge de la Rosa, abandonado por los Reales, estaba realizando una campaña muy exitosa en AAA y fue adquirido por los Rockies de Colorado, necesitados de un quinto abridor. Con los de las Rocallosas ha tenido un par de salidas aceptables y tres horrorosas. Ya lo mandaron al bullpen, a trapear innings: lleva 1 ganado, 3 perdidos y 8.39 de limpias.

Luis Mendoza, (0-2, 9.31 de carreras limpias) está en rehabilitación y es posible que se reincorpore a Texas en junio.

Juan Castro (.000, 1 carrera anotada) fue contratado por Colorado, pero aún no hace su retorno a Grandes Ligas.