martes, junio 24, 2008

Glorias olímpicas: Teófilo Stevenson

Nació en Cuba, descendiente de caribeños anglófonos que emigraron para trabajar la caña. Siempre le gustaron los puñetazos. Tuvo un inicio trastabillante, pero sus primeros triunfos llamaron la atención de Alcídes Segarra, el mítico entrenador, hacedor de campeones olímpicos de boxeo (hay que decir, hoy, que parte fundamental de su mito es que entrenó a Stevenson).
Teófilo era un peleador clásico, que usaba plenamente su estatura y alcance, que sabía defenderse (¿cuántos volados asesinos habrá esquivado?), que usaba bien las piernas y sabía alternar una zurda omnipresente con derechazos demoledores.
En los juegos olímpicos de Munich pasó fácilmente la primera ronda, pero en la segunda le tocó enfrentarse a Duane Bobick, su victimario en los Panamericanos, la Gran Esperanza Blanca de que Estados Unidos mantendría la supremacía en la categoría máxima del box olímpico. Fue un combate memorable: al finalizar el segundo round, Bobick llevaba una ligera ventaja, pero estaba agotado; en el tercero, Stevenson lo mandó tres veces a la lona y el réferi suspendió el combate. Lo demás fue coser y cantar para llevarse el oro.
Si en 1972 fue dominante, en Montreal 1976 sus primeros tres oponentes –incluyendo una nueva esperanza estadounidense- sumaron, entre todos, siete minutos y 22 segundos antes de caer noqueados. En la final, el rumano Mircea Simon huyó todo lo que pudo, hasta que en el tercer round Stevenson lo cazó, le puso una felpa y el manager tiró la toalla.

Stevenson rehusó todas las ofertas para convertirse en profesional. Prefería, según dijo, “el cariño de ocho millones de cubanos” a los millones de dólares que le ofrecían. Esta gratitud al gobierno cubano fue mutua: recibió de éste una buena casa en La Habana, dos automóviles y una casa de campo en Delicias.
Poco después se iniciaron los contactos entre Nueva York y La Habana para la que llamaron "Pelea del Siglo": Teófilo Stevenson contra Mohammed Alí. Los cronistas de la época cuentan que el cubano estaba motivado para ese enfrentamiento. El combate, según los cubanos, debía disputarse regido por las normas de la AIBA, en cinco programas de tres asaltos cada uno, a celebrarse en Estados Unidos. La puntuación de las peleas sería acumulativa, con un saldo final que determinaría el ganador. De producirse un nocaut o un RSC, ahí mismo terminaría el singular duelo, por el que Alí se llevaría una bolsa de tres millones de dólares y la Federación Cubana de Boxeo, que representaba a Stevenson, millón y medio. Los promotores estadounidenses querían una pelea tipo profesional. Las posiciones se acercaron cuando Cuba propuso tres peleas a cinco rounds.
En el ínterin, Stevenson refrendó en Belgrado la corona de campeón mundial amateur obtenida en La Habana, mientras que Alí perdió con Leon Spinks. Se acercaban los juegos de Moscú, que Estados Unidos boicoteó, y no hubo acuerdo sobre la Pelea del Siglo. En los juegos de la olimpiada de 1980 Stevenson volvió a derrotar fácilmente a todos sus oponentes (el medallista de plata, un soviético, festejó no haber sido noqueado).
El tricampeón cubano se preparó para el siguiente ciclo olímpico, pero ahora fue Cuba quien se unió al boicot contra Los Angeles, evitando que Stevenson lograra una hazaña inalcanzable. El de Las Tunas tenía para todavía más, y a sus 34 años se volvió a coronar campeón mundial amateur en 1986, en Reno, Nevada. Pero el gobierno cubano decidió solidarizarse con Corea del Norte y no asistir a los juegos de Seúl. El multicampeón optó por el retiro.
“Alí ha dicho varias veces que habría sido un empate y yo también lo creo. Me hubiera gustado pelear contra él, porque era un boxeador muy técnico, como mis rivales favoritos”, declaró alguna vez Stevenson. Hay que creerles. Son los más grandes. Mohammed Alí, como profesional; Teófilo Stevenson, como la mayor gloria olímpica del pugilato.


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