martes, agosto 14, 2007

Biopics: Entre el rollo y la revolución chilena

En cuarto semestre me inscribí en un montón de materias. Con las que había adelantado se me cuatrapearon los horarios. Eso significa que las materias no siempre fueron las más idóneas ni con el maestro más adecuado.

Tomé Comercio Exterior con el viejito Colina Barranco, Moneda y Banca con el viejito Lobato y Política Económica –una optativa- con Fernando Carmona, un miembro del Instituto de Investigaciones Económicas. Si con los dos venerables aprendí muy poco, con Carmona no aprendí nada. Un apunte en mi cuaderno de entonces: “esto es puro rollo, pura pinche ideología”. Y eso que en aquella época estaba yo muy ideologizado.

Llevé Desarrollo Económico con Levín, y la clase era interesante, pero no la gran cosa; Historia Económica de México I, con Pablo Pascual, un tipo divertido, que dejaba muy buenas lecturas, pero preparaba mal sus clases; Teoría III con Moguel, y era la misma revisión del marxismo y Marxismo II con Jaime Ros, donde estudiábamos valor y distribución, combinando a Marx con los clásicos ingleses. Esa materia fue –junto con las lecturas de historia y algún comentario inteligente de Levín- lo único que académicamente valió la pena de aquel periodo.

El verdadero tema de discusión del momento era lo que estaba pasando en Chile. La revolución con vino tinto y empanadas estaba metida en problemas, que seguíamos apasionadamente. Por una parte, el entusiasmo con la cogestión, con las medidas sociales, con la idea de una gran alianza (“bloque hegemónico”, hubiera dicho Gramsci) expresada en la Unión Popular, que propugnaba por transformaciones profundas sin recurrir a la violencia y usaba los instrumentos del Estado democrático. Por la otra, la preocupación por los efectos macroeconómicos de la política de Salvador Allende (el déficit fiscal creciente) y por la reacción desmedida de la burguesía, a ojos vista cada vez más dispuesta a acabar de un plumazo con el experimento chileno.

Esas eran las grandes contradicciones. Pero también estaban las “contradicciones en el seno del pueblo”. En la escuela las mayores discusiones eran sobre la conveniencia de profundizar o no el socialismo, de armar a los obreros o seguir apostando por la vía institucional. No sólo los “momios” eran tema; también lo era el MIR, el Movimiento de Izquierda Revolucionaria, situado a la izquierda de la Unidad Popular: ¿Ayudaban a radicalizar el proceso o en realidad lo estaban torpedeando?

No sabíamos hasta qué grado, pero intuíamos que nuestras mismas largas discusiones se reproducían en Chile a gran escala. Sólo que allí tenían el efecto de paralizar a las fuerzas revolucionarias y allanarle el camino a los momios. En Economía, como en la clase de Carmona, sólo era “puro rollo, pura pinche ideología”.

El periódico –leíamos el Excelsior de Julio Scherer- fue paulatinamente diciéndonos qué es lo que iba a pasar. Era cuestión de días para que hubiera un gran derramamiento de sangre. Aún así, el 11 de septiembre no lo queríamos creer. Lloré al ver que bombardeaban el Palacio de la Moneda y escribí un poema muy malo que no reproduciré en estas páginas.

Tres días después, asistimos a una gran manifestación (más del triple de cuantos habíamos ido a la del año anterior, contra Nixon). Estábamos muy encabronados, pero queríamos aferrarnos a toda esperanza. Así que cuando Pablo Gómez dijo que el leal general Prats estaba al frente de un batallón obrero que se enfrentaría a los golpistas, aplaudimos a rabiar. Era falso. Prats sería asesinado y nuestras esperanzas, sepultadas.

Sólo muchos años después me puse a meditar sobre esa frase del orador aquel 14 de septiembre: algunas personas poseen la facultad de decir mentiras sin recato, manipular a la masa de seguidores, así sea por unos minutos, les causa un extraño placer. De otra manera no me lo puedo explicar.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Como siempre espléndido, también conmovedor. Imaginar a ese muchacho con esperanzas realmente toca el corazón. No cabe duda, somos lo que hemos vivido y obsequiamos lo que somos. Gracias por ese regalo y mi admiración por ese background. Besos
Ziggymoon

Hugo dijo...

Mire, doctor, por dónde viene uno a enterarse de las cosas: yo estuve en esa misma marcha, a mis quince inexpertos años, en el contingente de Ciencias.
Y yo también me sentí apabullado con las imágenes (casi casi en vivo) del bombardeo a La Moneda.
Un abrazo,
Hugo