jueves, agosto 23, 2007

Biopics: Tres viajes

Un galgo rumbo a Nueva York

Janette llegó a México en sus vacaciones, se quedó en la casa y la pasamos muy bien, aunque ella estaba mucho con Víctor mientras yo andaba en distintos rollos. Onda de que llegaba yo de la Universidad y me los encontraba dizque bailando ballet frente a un espejo en el hall de la casa. Meses después, descubrí en un entrepaño un estudio fotográfico que Víctor había hecho de Janette en esos días.

Con el pretexto de que así nos ahorraríamos unos dólares, Janette y yo decidimos que su regreso (y mi ida) a Nueva York fuera en camión. A Víctor no le dio tiempo para acompañarnos, como era su propósito.

Fue un trayecto interesante, de varios días, muy cansado, en el que perdimos la noción del día y de la noche. Cruzamos el continente en el Greyhound, entre sueños y despertares: un amanecer ocre y deprimente en Tulsa, Oklahoma; el verdor de los campos de Missouri y una máquina expendedora de condones en Joplin, Missouri; la vista del Gateway Arch de San Luis, de nuevo extranjero, en una tarde lluviosa; la fila de fábricas en la entrada de Pittsburgh, los bosques multicolores desde ahí hasta Nueva York. Esos días hoy son en la memoria sólo una ráfaga.

A los pocos días de nuestra llegada, estalló la Guerra de Octubre (o de Yom Kippur) y era una sensación extraña ir al supermercado y escuchar en las bocinas los partes de guerra, siempre parciales. ¿Estaba yo en Estados Unidos o en Israel? La chocante sensación de estar en un país en guerra cuando sabes que no está en guerra (en esa guerra, al menos).

Una noche, con la familia Saddy en pleno, vimos la transmisión en vivo de una sesión en Naciones Unidas. La mayoría de los representantes pedía que se respetara la Resolución 242: el retiro de Israel de los territorios ocupados en la guerra de 1967. En eso tocó hablar al delegado de Arabia Saudita quien, en vez de abordar el problema de las fronteras de Israel, se puso a hablar de hot-dogs y minifaldas. Era una crítica mordaz y radical a la pretensión estadounidense de imponer su cultura, hecha en el corazón de Estados Unidos por el representante de la nación más fundamentalista del Islam, en ese entonces. La transmisión, hasta ese momento, había respetado a todos los oradores: le quitaron el audio al saudita y el comentarista resumió la parte previa de la discusión y terminó glosando: “pero el representante de Arabia Saudita parece ser el Don Rickles del Consejo de Seguridad”. Don Rickles era un cómico famoso.

Todos nos levantamos indignados de nuestros asientos. El señor Saddy decía, a gritos, que aquello era censura, y llamó a la cadena de televisión. La señora Saddy, más profunda, señaló: “no nos gusta escuchar lo más importante, por eso estamos condenados”.

Cuyutlán, Melaque y Anexas

Creo que regresé un jueves de Nueva York (en avión, el famoso ahorro había sido marginal y no valió la pena), y al siguiente sábado ya estaba en ruta para otro viaje –lo que también habla de lo mucho que me interesaban las clases.

Eduardo Mapes me invitó a ese rol, con una banda amplia de satelucos, compuesta en su mayoría por estudiantes de Ciencias Políticas. Eramos como ocho chavos y cinco chavas, acampamos en la playa de Cuyutlán, sede de la famosa Ola Verde de Colima, y luego nos lanzamos hacia Melaque y otras playas cercanas. Un rollo bastante alivianado, aunque había un cuate muy denso de Filosofía, que tuvo desavenencias con nosotros y se fue, dejando tras de sí, para nuestro sagaz esparcimiento, un cuadernito de poemas ridículamente malos. Había uno digno de una visión extrema de Chungtar Chong:

Chip chip
La lluvia caía
Chip chip
Y yo me moría
Chip chip
Era la agonía
Chip chip
Chip chip

En un paradero de un pueblito de la costa, mientras tomábamos licuados de plátano con Choco Milk, nos enfrascamos en una discusión, típica de la época, con otra banda de estudiantes de Políticas. Ambos grupos habíamos leído y disfrutado 1984, de George Orwell y Un Mundo Feliz, de Aldous Huxley, pero nosotros decíamos que nuestra realidad se parecía a 1984 y ellos, que a Un Mundo Feliz. Estábamos de acuerdo en que se reprimía el amor, pero nosotros decíamos que la clave del control que se ejercía sobre nosotros estaba en la propaganda, el lenguaje y el totalitarismo político; ellos, que estaba en la tecnología y en la masificación. Sigo pensando que, en ese momento, teníamos la razón –y que la novela de Orwell es muy superior-, pero con los años he venido a dudar si ellos no vislumbraban mejor los problemas que tendría la humanidad en el futuro.


Oaxaca

En las vacaciones de diciembre de 1973, salimos en minigrupo a Oaxaca. Fuimos Eduardo Mapes, Jorge Carreto, Patricia Bracho y yo. Mapes había seguido perreando tras la Bracho aun después de que ella desertó de la UNAM (una vez me llevó a la Ibero a ver con ella la película Metrópolis de Fritz Lang; el ambiente en el auditorio de la UIA esa tarde era el mismito que había en el Cine Polanco la vez que fui a ver Let it Be: vil desmadre adolescente). Supuestamente iría también con nosotros Susana Duprat, la Sister, una amiga de Carreto, tijuanense, muy buena onda, estudiante de psicología y a quien le gustaba lanzar estrellitas en la mesa para gozar el espectáculo de cómo se esparcían. También iba a ir Hermann Bellinghausen. Susana se fue a su tierra; Hermann llegaría unos días después.

Monte Albán, como siempre, estuvo pocamadre: nos quedamos hasta que nos corrieron. A Patricia los indios le seguían dando asquito y era divertido molestarla diciéndole que empezaba todas sus frases con “ay”.

-Ay, no es cierto –decía, y en el momento se daba cuenta y se botaba de la risa.

Una vez quemamos mota y la Bracho hizo un oso. Se puso a llorar, a hablarle en portugués a un novio brasileño que había tenido en el verano. La verdad, se vio muy malita, aunque se molestara de mis burlas. Cambió de cama para consolarse.

Al día siguiente llegó Hermann, rolamos dos días más, que le bastaron a él para concluir: “Yo siempre había viajado para conocer lugares; ustedes viajan para conocerse”.

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