jueves, enero 15, 2026

Inquietudes de un cuarto de siglo que termina

 


De repente uno se da cuenta de que el tiempo pasa a una velocidad creciente, porque ya pasó un cuarto del Siglo XXI. Uno voltea hacia atrás y entiende, asombrado, que ese cambio de siglo que alguna vez vimos como ejemplo del futuro, ahora pertenece, de plano, al pasado remoto.

Habrá quien diga que no, pero varios tenemos la impresión de que la vida ha cambiado de una manera más profunda en estos últimos 25 años que en otros lapsos similares. Han sido varios los ejes que han cambiado. Daré cuenta de algunos de ellos.

Hace 25 años había un optimismo, que hoy podemos calificar de ingenuo, marcado por el fin de la Guerra Fría. Ese optimismo abarcaba muchas áreas.

Se pensaba, por ejemplo, que las democracias en el mundo se ensancharían y se desarrollarían de manera estable, con partidos tal vez menos ideológicos que antes, pero todavía con programas específicos, ligados a sus orígenes de clase y con proyectos de futuro colectivo. También, que el crecimiento económico mundial en un contexto de paulatina globalización, aunque ya daba señales de ralentizarse, bastaría por sí mismo para continuar sacando a millones de la pobreza.

Se veía en el horizonte la culminación de un cambio schumpeteriano que ya estaba en curso: la disrupción tecnológica que desplazaría unas empresas y sectores dominantes por otros, con un cambio en los modelos de negocio; pero se suponía que sería más amable que el viejo modelo industrial, que sería más integrador y, hasta cierto punto, liberador. Se decía, por ejemplo, que el internet, porque trabajaba en redes y no de manera vertical, era más femenino, menos opresor. Tiempos remotos en los que el módem ocupaba la línea telefónica y sólo unos cuantos sabían qué había un buscador llamado Google.

Se sabía que la era unipolar, con el dominio claro de Estados Unidos, sería efímera. Pero lo común para los analistas era pensar que la principal competencia vendría de la Unión Europea, que estrenaba moneda única. Otros imaginaban una constelación de potencias intermedias e incluían a Japón, algunos a Rusia, muy pocos a China. Se preveía una era de estabilidad relativa.

Un cuarto de siglo después, lo que priva es el pesimismo (al menos en comparación: tal vez lo que haya hoy sea un realismo desencantado). Parte de ese pesimismo es un antídoto a los errores a los que condujo el optimismo. Otra parte, a que los cambios acelerados todavía siguen su curso, hay una gran incertidumbre sobre su rumbo final y, en el inter, a que las posibilidades de acción de ciudadanos y agentes económicos parecen cada vez más acotadas. A diferencia de lo que sucedía anteriormente, cuando las coordenadas ideológicas, con todo y matices, estaban claras, priva la sensación de que no vamos, sino que nos llevan.

Tenemos que, aunque se vota en cada vez más países del mundo, la democracia representativa no se ha fortalecido. Han surgido gobiernos populistas (faccionalistas, se sienten dueños de los derechos y las instituciones, retuercen el principio de mayoría para servir a un grupo, se hacen pasar como encarnación del pueblo y son, casi siempre, personalistas), que buscan perpetuarse en el poder desfigurando las democracias hasta dejarlas en la mera cáscara. Los hay que se dicen de izquierda y también hay de derecha: su común denominador es que se arrogan más representatividad de la que tienen, pasan por encima de los contrapesos que hacen posible la convivencia plural y buscan perpetuarse torciendo las reglas del juego democrático.

Esta tendencia está ligada a otras, que venían de tiempo atrás, pero se han consolidado en este siglo. Una serie de sustituciones: la pantalla sustituyó al libro y, de manera creciente, al periódico; la opinión medida en encuestas sustituyó a la opinión publicada; las redes sociales sustituyeron a la plaza, el influencer, al maestro. Más importante todavía, la política ya no se hace para convencer, sino para seducir.

Al mismo tiempo, se ha ido diluyendo las afinidades y organizaciones de clase social (¡ahora suenan tan siglo XX!), lo que ha impactado a los partidos. Estas afinidades están siendo paulatinamente sustituidas por identidades, con la característica de que, como cada persona tiene una identidad única (nacional, regional, étnica, lingüística, religiosa, de sexo y género, de preferencia sexual y un largo etcétera), acabamos teniendo una miriada de iniciativas enfocadas a la promoción de un interés grupal y, contemporáneamente, una pulverización de lo que antes eran las organizaciones políticas. Vivimos el reino de los partidos atrapatodo (y los que no lo son tendrán más dificultades para acceder al poder).

Por el lado económico, se hicieron evidentes tres cosas. La primera, que no bastaba el crecimiento para hacer un cambio notable en la disminución de la pobreza (menos, cuando se llevó a cabo una suerte de competencia entre varios países, entre ellos México, para ver quién ofrecía la mano de obra más barata). Esto tuvo, a su vez, consecuencias políticas.

La segunda, que la caída en la tasa de ganancia de las industrias tradicionales propició un exceso de capital, que fue en busca de rendimientos fáciles y, en ausencia de una regulación correcta, terminó creando burbujas especulativas que tronaron (fue el caso de la crisis del 2008) y afectaron todavía más el crecimiento económico posterior.

La tercera, que los cambios tecnológicos que definieron un reemplazo en los sectores que jalan a las economías y también en las élites empresariales, no fueron de terciopelo, ni liberadores, ni disminuyeron la opresión. Facilitaron la vida cotidiana en muchas cosas y la complicaron en otras (ándele, haga trámites burocráticos en línea). De manera paradójica, acercaron a las personas y dificultaron la socialización. Pero, sobre todo, incidieron de manera desigual, y no siempre positiva, en la formación de empleos productivos. Las nuevas generaciones viven el mundo del trabajo precario. Sumémosle los efectos que han tenido estos nuevos sectores dominantes en asuntos como el control de los datos de las personas y tenemos un coctel que a varios les sabe mal.

 

La desgracia de los tiempos interesantes

 

Una de las características de la economía que se aceleró en estos 25 años fue la globalización de la producción, que tuvo efectos positivos en el comportamiento económico general, pero que implicó algunas disrupciones sociales, que han tenido consecuencias.

La disgregación de distintas fases productivas en diferentes países implica un ataque patronal contra los trabajadores. La desarticulación del proceso productivo desarticula también al obrero colectivo, único capaz de presentarse como alternativa de dirección a la patronal.

Junto con ello, el proceso de cambio de los sectores productivos dominantes (las industrias tradicionales dan paso a las nuevas, guiadas por la informática) implicó un recambio en la clase trabajadora del mundo. Mientras que nuevas generaciones de técnicos especializados y trabajadores intelectuales ingresaron al mercado de trabajo en los países desarrollados, en los que se integraron de manera subordinada se dio un proceso de calificación parcial de la fuerza de trabajo, con su consiguiente abaratamiento relativo.

La lógica de no intervención económica del Estado, a su vez, provocó que muchas zonas industriales de los países ricos, otrora prósperas, tuvieran una baja sensible en el nivel de vida: los llamados “cinturones del óxido”.

El cambio de motores económicos implicó también un cambio regional, dentro de los países desarrollados, con la correspondiente atracción y expulsión de población, en migraciones tanto nacionales como internacionales. En busca de un mejor nivel de vida, habitantes de los “cinturones del óxido” se mudaron a zonas que prometían más prosperidad y un número creciente de personas de los países menos desarrollados, en donde se competía a partir de la baratura de la mano de obra, o de plano no había empleo, intentó pasar a las naciones ricas.

El optimismo de principios de siglo suponía que, a la globalización de la producción, el comercio y el consumo, terminaría correspondiendo una apertura gradual de las fronteras también para las personas. No fue tan claro. El capital y las mercancías tenían una movilidad cada vez más libre, pero el movimiento de las personas implicaba disrupciones en los mercados laborales difíciles de sostener políticamente.

Adicionalmente, la disminución de la fecundidad en la mayor parte del mundo contrasta con que el boom poblacional continúa en regiones como el África subsahariana, el Medio Oriente y Asia central. El menor nivel de escolaridad de las zonas que expulsan migrantes respecto a las necesidades de las que los podrían acoger, las diferencias culturales y las implicaciones políticas de tener sociedades con ciudadanos con plenos derechos conviviendo con grandes grupos de trabajadores que no gozan de todos ellos, en particular de los derechos políticos, crean un coctel complicado.

A eso se sumó otro factor importante en este cuarto de siglo que termina: la aparición, desde el atentado contra la Torres Gemelas, del terrorismo islámico como amenaza general para Occidente. Las tensiones bélicas, culturales y raciales han proseguido y no parecen tener final.

La combinación se traduce en: 1. La existencia de un sector de la población que se ha visto desplazado de antiguas seguridades: la del trabajo seguro y de por vida (ahora inexistente porque esa industria tradicional está a la baja, o precarizado por las nuevas condiciones laborales). 2. El miedo, ocasionalmente justificado, pero a menudo teñido de racismo, a que las diferencias culturales acaben con un modo de vida al que estaban acostumbrados. 3. El pulsante nacionalista, apretado por los políticos populistas de todos los colores, que tiene también un toque de nostalgia por un pasado que de todos modos no volverá.    

Finalmente, está el factor de la preponderancia de las nuevas tecnologías, que genera al menos tres fenómenos: una creciente desconexión física con los lugares de trabajo, una menor necesidad de fuerza laboral respecto al capital invertido y un nuevo tipo de educación real, en donde la pantalla está sustituyendo la interacción con el maestro y en la que la información puede correr sin verificación alguna.

Si los dos primeros fenómenos pueden provocar tensiones políticas y sociales, el tercero, el de la información y la educación, parece capaz de producir un cambio cultural de gran relevancia. La escuela tradicional es cada vez menos capaz de atender las necesidades y de formar a las nuevas generaciones, y está creando en ellas un malestar cada vez más evidente. Podría decirse que hasta similar al que desarrollaron sus padres, sobre todo en materia económica y de estatus social, al sentirse desplazados de las antiguas seguridades del siglo XX.

Podemos tener una idea más o menos clara de cómo serán los próximos motores, podemos atisbar y medio imaginar cómo se moverán las distintas economías del mundo en los próximos años, podemos -tal vez- conjeturar sobre cuál será el futuro inmediato de la inteligencia artificial. ¿Pero podemos saber cómo se desarrollarán las mentes y los corazones de los niños de hoy, adultos del mañana, si la escuela no cambia a fondo? Podemos encontrarnos con un mundo en el que unos pocos saben moverse y la gran mayoría está desconectada en todos los sentidos, aunque esté pegada a la red.

Nos tocaron y nos tocarán -desgracia china- tiempos interesantes.

 

Nuevos expertos extraviados

 

Ya comenté acerca de lo errado que estaba casi todo mundo, hace 25 años, sobre lo que sucedería en el primer cuarto del Siglo XXI. Ahora que está por terminar, lo lógico es que suceda lo mismo.

En estos 25 años, hemos visto una globalización de la producción, cambio de los sectores productivos dominantes (ahora es la telecomunicación y la informática), grandes migraciones, el fin de las antiguas seguridades económicas y culturales, para un sector importante de la población de los países del mundo.

En consecuencia, hemos vivido un renacer del nacionalismo, el surgimiento de nuevos populismos (disfrazados de muchos colores ideológicos, pero a final de cuentas todos conservadores y con tendencias autoritarias), acompañados de nuevas tensiones regionales y amenazas bélicas de todo tipo (cuando no, guerras genocidas).

Si uno se deja mover por la inercia, puede imaginar que en el cuarto de siglo que está por comenzar, esas pulsiones continuarán, y nos veremos en un mundo con más conflictos, más movido por el nacionalismo, tendiente al proteccionismo, menos democrático. Y con Estados más dispuestos a utilizar a su favor (a favor de los privilegiados políticos y/o económicos de la nación) una capacidad creciente de información sobre la población, para manipularla a placer. La cereza del pastel, que para 2050, en Cuba se alumbrarán con lámparas de queroseno y gobernará tranquilamente un sucesor de Díaz-Canel.

Ante esas visiones, que pueden tener algo de apocalípticas, habría que recordar que los expertos suelen extraviarse, y mirar al futuro con muy poca capacidad de ir muy lejos. Para ello, una anécdota personal. La relaté aquí.

En la primavera de 1988 me invitaron, de parte del Centro de Estudios Prospectivos de la Fundación Javier Barros Sierra, a un foro de “expertos”, que analizaríamos asuntos de política y de economía con una visión de futuro, rumbo al lejano 2010.

Cuando llegué a la reunión me encontré que había muchísimos pesos pesados, de todas las corrientes ideológicas. Había priistas, liberales, grandes empresarios e izquierdistas de todo tipo. Para dar una idea del grupo, baste decir que a mi lado estaba mi amigo Pepe Woldenberg, en la banca detrás de mí estaba Carlos Slim, y junto a Slim estaba Roberto Servitje.

Nos hicieron llenar un largo y divertido cuestionario, en el que se presentaban diferentes sucesos posibles (el crecimiento del PDM, una recesión mundial, una explosión en la central nuclear de Laguna Verde, etcétera), y teníamos que decir qué tan factible era el evento, qué tan deseable y cuándo sucedería, si es que pudiera suceder.      

Lo siguiente fue que cada uno pronosticara lo que iba a suceder en México y en el mundo en los siguientes 22 años, en temas políticos, económicos y sociales. Una tarea nada fácil, porque había que hacer acopio de imaginación. Al final, hubo una discusión colectiva sobre el futuro del país.

Me acuerdo de la pregunta del Partido Demócrata Mexicano porque supuse que iba a crecer rumbo al año 2000; también de que predije una recesión en los primeros años del siglo XXI y que fui de los pocos que creía casi imposible un accidente en Laguna Verde (habrá sido por mi confianza en los compañeros sindicalistas nucleares).

La parte difícil fue hacer la historia del México futuro, porque era obvio que habría varios caminos posibles, y no era sencillo adivinar. Dije, como casi todos, que en el próximo sexenio habría una exitosa renegociación de la deuda, pero en términos generales me fui por el camino lineal. El PRI perdía la mayoría absoluta en las presidenciales de 1994; para el 2000 ya no tenía el control de las cámaras y en 2006 las elecciones se iban a tercios. También dije que los sindicatos iban a perder mucha de su fuerza. Suponía que el bloque soviético se iba a integrar económicamente a Europa –las enseñanzas de mi maestro Riccardo Parboni-, pero no me imaginaba que iba a desaparecer o que Rusia tomaría otro camino. No me imaginé ni el Tratado de Libre Comercio de América del Norte, ni la rapidez con que se movería la globalización, ni la explosión del crimen organizado en México, ni muchas otras cosas.  

Y lo más interesante fue la discusión. En ella, la intervención memorable fue la de Adolfo Gilly. Dijo que era muy complicado hacer el pronóstico del México futuro porque la tendencia natural de uno es pensar linealmente. Y que tal vez éramos como un hipotético grupo de expertos en 1910, que hacíamos prospectiva sin darnos cuenta de que el punto de ruptura estaba a la vuelta de la esquina. De ahí pasamos a platicar acerca de las posibilidades de Cuauhtémoc Cárdenas, y Gilly decía, muy seguro, que superaría el 25 por ciento de los votos. A la mayoría de los asistentes ese porcentaje les pareció excesivo e increíble. Yo, que era de los optimistas respecto a Cárdenas y al futuro de la izquierda, en ese momento suponía algo así como 15 por ciento.

Adolfo Gilly tal vez exageraba, pero en el fondo era quien tenía la razón. El momento que vivíamos era de un cambio más profundo del que imaginábamos.

Tiempo después, los coordinadores del foro me enviaron un documento con los resultados de nuestras respuestas al largo cuestionario (éramos el tercer grupo de tres que se habían reunido) y, más tarde, un libro, redactado después de las elecciones de 1988, que se llama México hacia el año 2010: política interna, editado por Limusa (Dolores Ponce y Antonio Alonso, coordinadores).

De la revisión del cuestionario me impresionaron dos cosas. La sensación de que el PRI y el poder presidencial siempre estarían ahí, incólumes, por el paso de las décadas, y lo perdidos que estábamos respecto a muchas cosas. El grupo de expertos consideró más probable una explosión en Laguna Verde que la aparición de un grupo guerrillero en el sur de México (y, según mis cuentas, algunos de los que en 1988 lo consideraban indeseable, saludaron seis años después la irrupción del EZLN); consideró más posible una pérdida notable en el grado de seguridad alimentaria del país que un aumento sostenido de la inversión extranjera directa; que no imaginó jamás un incremento de poder del Congreso o de los gobernadores (es decir, que los imaginó siempre muy bajos).

El libro presenta varios escenarios posibles. Sólo en uno de ellos el PRI pierde el poder presidencial, pero lo recupera mediante la fuerza, no a través de las urnas. En ninguno se prevé una integración comercial como la que hubo; en tres de ellos –salvo el del golpe- el PRI se democratiza de verdad; en todos subsiste el bloque soviético, que en la realidad no duraría ni dos años. Y sus preocupaciones son en realidad de coyuntura: la obsesión con la deuda externa, la fuerza relativa de los sectores del PRI, el tamaño del sector público en la economía.

Éramos unos expertos extraviados.  Me pregunto qué sucedería hoy en un foro similar.

viernes, enero 09, 2026

Leyendas Olímpicas Invernales: Viktor Ahn (Ahn Hyun-soo)

 

La de Viktor Ahn es una historia particular. Cosechó un total de ocho medallas olímpicas: seis oros y dos bronces; es el único patinador de pista corta en ganar el oro en todas las distancias, y el primero en ganar medalla en todas en una sola edición. Lo más curioso es que tres de sus victorias olímpicas fueron representando a su natal Corea del Sur en 2006, y las otras tres representando a Rusia, en 2014. En medio, y después, hay toda una telenovela y hartos escándalos.

Bajito, delgado, veloz y habilidoso, Ahn Hyun-soo era ya subcampeón mundial cuando hizo su debut olímpico en Salt Lake 2002. No le fue bien. Un cuarto lugar, una descalificación y, encima de eso, fue parte de la famosa carambola que permitió al australiano Steven Bradbury ganar el oro más inesperado Pero el año siguiente ganaría el primero de cinco títulos mundiales consecutivos.  

El patinaje en pista corta es uno de los bastiones olímpicos de Corea del Sur, y la competencia por las plazas es feroz, y no siempre limpia. Durante años, el sistema que privó fue el de las recomendaciones, que derivó en la creación de facciones entre dirigentes deportivos y atletas, provenientes de diferentes universidades. Si querías un puesto en el equipo olímpico o mundialista, había que seguir disciplinadamente a tu facción. La grilla deportiva era durísima.

Ahn Hyun-soo, un graduado de la Universidad Nacional de Deportes de Corea, dependía de la facción encabezada por el excampeón olímpico Kim Ki-hoon. Kim fue forzado a renunciar como jefe del equipo nacional en 2004, por forzar a sus atletas a usar patines de la empresa de su familia. En la Universiada de 2005, Ahn tuvo un conflicto serio con su compañero de equipo Seo Ho-jin, quien le habría dado una golpiza; por ello Seo fue expulsado de la selección nacional, pero fue reinstalado rumbo a los Juegos Olímpicos Invernales de Turín 2006; entonces Ahn decidió entrenarse con el equipo femenil.

En los Juegos de 2006, Ahn obtuvo oro en los 1000 (rompiendo el récord mundial) y en los 1500 metros, así como en el relevo de 5 mil metros. También se llevó el bronce en los 500 metros. Pero el ambiente del equipo era pésimo. Ni siquiera se saludaban, se negaron a comer en la misma mesa y a sentarse juntos en el avión.

Ahn decidió exponer públicamente la situación, poner luz en el lado oscuro del patinaje de pista corta coreano, exhibiendo también que había competencias arregladas. Esto se tradujo, junto con una lesión, en que el campeón olímpico y mundial no fue seleccionado para Vancouver 2010. Un año después, el patinador se transfirió a Rusia, meses más tarde se nacionalizó y se cambió de nombre: ahora era Viktor Ahn.

En Sochi 2014, Ahn consiguió el bronce en los 1500 metros, el oro en los 1000 y en los 500 metros y fue el hombre clave para que Rusia se hiciera del oro en el relevo de 5 mil metros por primera vez en su historia. Se convirtió así en el máximo medallista olímpico de su disciplina.

La intención de Ahn era retirarse tras los Juegos Olímpicos Invernales de Pyongchang, en su natal Corea, pero vino el escándalo del dopaje de Estado en Rusia, y el Comité Olímpico Internacional lo inhabilitó, a pesar de que había salido limpio en los controles. Ahí terminó su carrera deportiva. La leyenda pervive.

jueves, diciembre 18, 2025

Los diez deportistas mexicanos de 2025


1. Isaac Del Toro
2. Osmar Olvera
3. Andrea Becerra
4. Alegna González
5. Uziel Muñoz
6. Yareli Acevedo
7. Gabriela Rodríguez
8. Diana Flores
9. Randal Willars
10. Andrés Muñoz 


(Aquí, la lista de 2024)

Esta lista implica cambios en la de los 10 atletas mexicanos del Siglo XXI


lunes, diciembre 15, 2025

Glorias Olímpicas Invernales: Marit Bjørgen

 


Se dice rápido, pero la noruega Marit Bjørgen es la deportista con más medallas en los Juegos Olímpicos de Invierno, y es la tercera más laureada de los Juegos Olímpicos en general, sólo detrás de Michael Phelps y Larisa Latynina. Ha sido la más grande esquiadora de fondo de todos los tiempos.

Nació en una granja y empezó a esquiar desde los dos años. Competitivamente, inició a los siete. Muy rápido destacó. Inició como velocista, en los sprints de 1.5 kilómetros, pero la edad y un cambio de rutinas la cambiarían de especialidad y la catapultarían a la cima.

Su primera medalla olímpica fue en Salt Lake City 2002: una plata como parte del equipo de relevos 4 X 5 kilómetros. Al año siguiente, en el Mundial, se coronaría campeona en el la prueba de sprint. Ya para entonces era legendario el peso de su entrenamiento. Entrenaba 700 horas anuales (hay que tomar en cuenta que, en verano, la rutina disminuye). Llegarían a ser más de 900.

Los juegos de Turín 2006 fueron un fracaso para Bjørgen, afectada por una bronquitis previa y males estomacales durante el evento. Retiros, un cuarto lugar, un quinto en el relevo y solamente una plata en la competencia de 10 kilómetros estilo clásico.

Su clase, ya notable en los Mundiales, empezaría a mostrarse en los Olímpicos, durante los juegos de Vancouver 2010. Ahí obtuvo tres oros (en el sprint, en el relevo 4 x 5 kilómetros y en la persecución de 15 kilómetros), una plata en los 10 kilómetros estilo clásico y un bronce en la misma distancia, pero estilo libre.

Una de las claves fue cambiar su enfoque de entrenamiento, que siempre tuvo gran volumen. Primero incorporó sesiones intensas de una hora para aumentar su capacidad y luego abandonó ese método para aumentar los kilómetros recorridos, con largas sesiones a intensidad moderada.

Fue super dominante en los Mundiales de 2011 y 2013, en los que acumuló diez medallas de oro. En los Olímpicos de Sochi 2014 reafirmó su poderío, llegando a lo más alto del podio en los 15 kilómetros, en los 30 estilo libre y, para que vieran que no perdió velocidad, en el sprint por equipos.

Decidió ser madre a los 35 años, en 2015, y continuó su carrera deportiva. Después de dar a luz, Bjørgen ganó seis medallas de oro en dos campeonatos mundiales, a pesar de que redujo su entrenamiento en un 25%. Siempre ha insistido en que el atleta debe hacer deporte para sí mismo, no para quedar bien con los padres, el entrenador, la prensa o la opinión pública.

El broche final fue en los Olímpicos de Pyeongchang 2018. En esa sede coreana se hizo del oro en los 30 kilómetros estilo clásico y en el relevo 4 x 5 kilómetros, de la plata en el esquiatlón de 15 kilómetros y de dos bronces: los 10 kilómetros estilo libre y el sprint por equipos.

Haciendo las cuentas, las sumas de metales son impresionantes. 18 oros en campeonatos mundiales. Y, en los Olímpicos, seis participaciones, siempre con algún podio. 8 oros, 4 platas y 3 bronces. Ningún atleta invernal había logrado tanto como ella, que no competía para quedar bien con nadie, más que consigo misma. 

 

lunes, diciembre 08, 2025

Orientarse en un mar de dudas




Mientras leía el libro Mar de Dudas (Grano de Sal, 2025), de Carlos Bravo Regidor, me acordé de un espectáculo que presentó el italiano Giorgio Gaber hace casi medio siglo. Entre otros personajes, Karl Marx se le aparece a Gaber en un sueño, y le hace ver al protagonista que la necesidad de encontrar puntos fijos de dónde agarrarse es nociva. “¡Eso no es marxista!”, le responde Gaber. Marx ya no tiene la cámara fotográfica del siglo XIX, ahora filma la realidad, saca conclusiones y se va, sin revelar sus conclusiones. Al final del sketch, Gaber reflexiona: “A lo mejor, en unos diez años uno se levanta en la mañana y, sin saberlo, se encuentra en verdad sin burguesía, sin clases, sin patrones… pero más en la mierda que antes”. 


No han pasado diez, sino cincuenta años, las viejas certidumbres hace rato que desaparecieron y uno puede sentirse como en la reflexión de Gaber. No hay puntos fijos de los cuales agarrarse y el futuro se presenta nublado, a veces amenazador. Navegar la realidad en esas condiciones es difícil, porque no se divisan estrellas para utilizar el astrolabio. Pero es necesario, porque el tiempo sigue pasando y la realidad no deja de cambiar. Esa navegación es la que intenta Bravo Regidor a través de 14 entrevistas con distintos autores que analizan o comentan algunos de los más complejos problemas que vive la humanidad en estos tiempos. El propósito, empezar a esbozar un mapa que nos permita hacerlo. 

Ninguna de las entrevistas es improvisada, para todas Bravo Regidor se preparó acuciosamente. Y el orden en el que son presentadas en el libro también parece bien estudiado. Todas tienen su interés, pero, como era de suponerse, hay algunas que son excepcionales, algunas son inquietantemente provocadoras (la de Margaret MacMillan) y no falta aquella en la que la persona entrevistada demuestra sus límites y la miopía de su visión (Rebecca Solnit). No por sesgo de formación, sino porque considero que los cambios económicos tienen un papel determinante en la vida presente y futura de las sociedades, me hubiera gustado leer más entrevistas sobre ese tema (la de Branko Milanovic es muy buena, pero el tema económico da para mucho más). Paso a comentar las que me parecieron más interesantes. Otro tema que faltó para completar el mapa es el estado de la educación y su futuro. 

Daniel Innerarity, además de subrayar el fin de las certezas, hace reflexiones sobre la necesidad de gestionar nuestra “ignorancia irreductible” ante este mundo cada vez más complejo, y advierte de los peligros de caer bajo formas de dominio más sutiles de las que conocíamos, como el algoritmo de Google, porque, aunque podamos manejar la digitalización, o tengamos instrumentos financieros poderosos, no somos capaces de gestionarlos o de conocer su impacto en varias áreas de la vida. Innerarity lanza una advertencia en contra de quienes pretenden simplificar las cosas, ya sea reivindicando el pasado o afirmando que representan el avance mientras los otros son el retroceso, porque esa lógica no es compatible con la complejidad del mundo actual. No sirve para seguir adelante (y sin embargo, es la que ha ganado terreno en las últimas décadas).

Innerarity planta una semilla de duda, que irá creciendo en otras entrevistas: el cambio en la definición de la élite, que ahora ya no sólo económica o de poder; también es la del mundo del conocimiento. Los científicos, los cultos, los “sabihondos”, vistos como parte de quienes imponen sus puntos de vista y su lógica a las mayorías, que se resisten a ello.

Nadia Urbinati abunda en sus tesis sobre el populismo, como distorsionador y parásito de la democracia. La gran pregunta es cuándo el populismo deja de serlo y cruza la frontera de no retorno hacia la dictadura. La respuesta de Urbinati es la Constitución, porque el populismo en el poder lo que busca es cambiarla, y hacer que una mayoría circunstancial se haga definitiva. En la Constitución está el punto nodal.

Los populistas, dice Urbinati, “no pueden volverse un gobierno ordinario sin correr el riesgo de ser vistos como parte del stablishment”. De ahí que vivan en campaña permanente, y que usen al Estado para mantener unida a su coalición, “y eso crea corrupción, incompetencia, dificultades económicas, etc.” ¿Qué hacer ante eso? Hacer que sobreviva la disposición democrática y jugar el papel de Pepe Grillo con Pinocho: sembrar y sembrar semillas de conciencia en la opinión pública.

Sobre el qué hacer ante la erosión democrática, la politóloga colombiana Laura Gamboa, da algunas claves, algunas estrellas que aparecen en el cielo encapotado. En vez de centrarse en los regímenes, lo hace en las oposiciones. Estudia por qué las oposiciones fallaron en detener las pulsiones autoritarias en Venezuela y Turquía, mientras que pudieron revertirlas en Colombia y Polonia. Es algo que no tiene mucho qué ver con la fortaleza de instituciones y constituciones previas, y sí con las estrategias.

La conclusión de Gamboa es que las estrategias extrainstitucionales con objetivos radicales terminan siendo contraproducentes, que las estrategias con objetivos moderados contribuyen a salvaguardar el régimen democrático, que los contrapesos de todo tipo son importantes, que ganar tiempo es fundamental (porque el populismo necesita mantener una careta democrática) y que se requieren políticos profesionales que hayan sobrevivido a la caída de los partidos tradicionales. 

La de Iván Krastev era la única entrevista que yo había leído con anterioridad. En el contexto del libro resulta más rica, entre otras cosas porque las muchas preguntas que se hace tienen mejor contexto tras leer las otras entrevistas. Tocaré cuatro puntos. Uno es la idea, a contrapelo de Hobsbawn, de que en realidad vivimos apenas el fin del Siglo XX largo, precisamente porque está empezando algo muy distinto. Otro es la importancia de las protestas, más allá de las elecciones, porque son las que meten los temas a la palestra. Un tercero es que lo que hoy predice la adscripción geopolítica de un Estado no es su comercio, sino con quién comparte los datos. Finalmente, que “el ‘fin de la historia’ convirtió el tiempo en espacio” (o viceversa): emigrar para llegar al “futuro” y votar por la derecha populista para regresar al pasado.

El libro da para pensar y para imaginar. Deja muchísimas más inquietudes. Reseño solamente algunas. Una es que, cuando la pandemia, varios dijimos “esto va a cambiar muchas cosas” y luego medio nos acomodamos sin ahondar lo suficiente. El hecho es que sí las cambió, y lo sigue haciendo. Otra, recordarnos  que quienes se sienten “perdedores” no confían en las instituciones, y que esa sensación (sentirse ganador o perdedor) suele cambiar en el tiempo. Una más, que la indignación no tiene color político. Finalmente, que el pasado no regresa y hay que mirar hacia adelante. Sigue la travesía. 


martes, noviembre 11, 2025

20 películas de los años 40

Avanzamos en el tiempo. Aquí está la lista de mis películas favoritas filmadas en los años 40. Una gran década para la cinematografía mundial.


Monsieur Verdoux (1947)

¿Charlie Chaplin como barbazul y asesino serial? ¡Y en una comedia! Esa negra combinación funciona de las mil maravillas en este filme postbélico. Y recordemos, con Verdoux, que un asesinato hace a un villano; millones de asesinatos, a un héroe.



The Grapes of Wrath (1940) Las viñas de la ira

El gran film de la Gran Depresión. Una película sobre el desplazamiento forzoso de campesinos hacia el Oeste, tras el Dust Bowl, las dificultades que encuentran y la necesidad de mitigar el capitalismo salvaje, con las políticas de Roosevelt. Una película liberal filmada por un enorme director conservador, John Ford.

Casablanca (1942)

Lo fundamental se aplica. Las convenciones cinematográficas se respetan. Pero todo -la historia, los diálogos, las actuaciones, la fotografía- se hace de tal forma, que tenemos el hilo perfecto para una historia de amor y de valores en medio de la guerra. Un film clásico entre los clásicos que nos recuerda que, en la vida, siempre tendremos París. 



Citizen Kane (1941) El Ciudadano Kane

El glorioso tour de force de Orson Welles. Una gran historia contada magistralmente. Renovación estilística en muchos aspectos: el desarrollo del historia, contado en varias capas y por varios personajes; los novedosos ángulos cinematográficos; el tema mismo, su terrible humanidad. 


It's a Wonderful Life (1946) ¡Qué bello es vivir! 

Una película que te hace sentir bien, e ilusionarte con que todo lo que sucede tiene su razón de ser. Un filme totalmente Frank Capra, que te hace pensar -y sobre todo- sentir, que la vida vale la pena. Confieso que, cuando la vi, terminé llorando. Un llanto completo y nutritivo.



The Stranger (1946) El Extranjero

Un gran thriller, un film seco, concreto, con grandísimas actuaciones. El bien contra el mal, sin exageraciones (eso sí, con el delicioso estereotipo de la manía alemana por la precisión). Otra obra maestra de Orson Welles.



 Key Largo (1948) Cayo Largo

Si le puedo poner un adjetivo a esta película es el de emocionante. Personajes de carne y hueso y contradicciones, una sociedad que no es tan ganadora como pretende, y un final, en medio de un huracán, que te pone al filo del asiento. Las actuaciones de Bogart, Edward G. Robinson y Bacall son extraordinarias.



Meshes of the Afternoon (1943) Redes del Atardecer

El único cortometraje de esta lista. Un filme onírico (por lo tanto, surrealista), esta obra de Maya Deren y Alexander Hammid es verdaderamente inquietante. Comentado aquí.



Ivan Groznyj I (1945) Iván El Terrible I

Un gran estudio sobre el poder y el conflicto entre las reglas del sistema y la voluntad del líder carismático. Como en un mural, Eisenstein nos cuenta la historia a través de las imágenes. Al final, resulta un retrato de Stalin, hecho con la sutileza necesaria para pasar la censura.


Una familia de tantas (1949)


La modernidad llega a México y se impone. Lo hace a través de un vendedor de aparatos eléctricos. Muy buen alegato contra las tradiciones machistas en una película que combina drama y comedia de una manera particular. Lo mejor que hizo Alejandro Galindo.



The Heiress (1949) La Heredera 

Grandísimas actuaciones en este drama de época. Olivia de Havilland lo hace tan bien como la heredera poco afortunada que acabamos por verle fealdad donde no la hay, Es la historia de abuso psicológico familiar y de una toma de conciencia femenina que sucede demasiado tarde. Dirigida por William Wyler



The Great Dictator (1940) El Gran Dictador


Una clásica de Chaplin, inolvidable tanto por su humor contra el Eje -la ridiculización es una gran arma política- como por el mensaje final, que todavía hoy es vigente. 



The Third Man (1949) El Tercer Hombre


Un gran filme de misterio, filmado con una cinematografía espectacular: la Viena vacía, espectral y semiderruida que retrata es espejo de una sociedad de posguerra que tiene las mismas características. La atmósfera es el actor principal en esta obra de Carol Reed.



 Hellzapoppin (1941)  Loquibambia 


Casi no parece película de los años 40. Es divertida, despreocupada, caótica, enloquecida. Chiste tras chiste, grandísimos bailes. Te la pasas a gusto de principio a fin. Comentada en esta lista de musicales improbables.



Secret Beyond the Door (1948) El Secreto detrás de la puerta


Un thriller psicológico realizado con una ambientación fenomenal. Suspenso meticulosamente articulado por el director Fritz Lang. Curiosamente, uno se imagina el final, pero igual da ñáñaras. 





La belle et la bête (1946) La Bella y la Bestia


Jean Cocteau nos da poesía en imágenes, con una producción de fantasía, una fábula inmortal es recontada de forma que el juego entre ser humanos o ser bestias tiene una moraleja distinta a la de la historia original. 




The Ghost and Mrs. Muir (1947) El fantasma y la Señora Muir


Una delicia de película. La extraña relación entre una viuda y el fantasma que vive en su casa da pie a una comedia romántica sutil y profunda, con diálogos divertidísimos. Dirige Joseph L. Mankiewicz.





Duel in the Sun (1946) Duelo al Sol 


Este film de King Vidor combina rivalidades fraternales, una mujer cachonda, algo de melodrama, una pizca de análisis psicológico y balazos del oeste. El resultado: mucha diversión. 




Roma, città aperta (1945) Roma, ciudad abierta


Film poderosísimo, dirigido por Roberto Rossellini, que cuenta la resistencia del pueblo romano ante los nazifascistas a punto de la derrota, pero todavía capaces de asesinar inocentes. Realizada en condiciones difíciles, es una obra de ficción que a ratos parece documental. El principio del neorrealismo. 


Double Indemnity (1944) Pacto de Sangre

Clasicazo del film noir, Billy Wilder dirige a una de las villanas más perfectas de la historia del cine, Phillis Dietrichson, con un excelente guión no lineal y tremendas actuaciones (nunca dejó de sorprenderme que Fred MacMurray, el entrañable Profesor Distraído, pudiera ser un villano tan cabal).



Menciones honoríficas:

Fantasia (1940) - Disney

Hostages (1943) -  Frank Tuttle

My Darling Clementine (1946) - John Ford

The Maltese Falcon (1941) - John Huston

Riso amaro (1949) - Giuseppe De Sanctis

To Be or Not to Be (1942) - Fritz Lang

The Philadelphia Story (1940) - George Cukor

Rebecca (1940) - Alfred Hitchcock (he de decir que vi Rebecca después de Secret Beyond the Door, pero es claro que la segunda se inspiró en la del Maestro del Suspenso)

The Magnificent Ambersons (1942) - Orson Welles

Cluny Brown (1946) - Ernst Lubistsch

viernes, octubre 31, 2025

Mi aversión a los cementerios (biopics)


Supongo que no soy la única persona que tiene aversión a los cementerios. Y sé que no está relacionada con una aversión a la muerte. Los cementerios suelen provocarme algo más que tristeza: una suerte de malestar interno que podría emparentarse mucho más con el asco que con el miedo. 

Estoy convencido de que eso proviene de mi primera experiencia al visitar un panteón.

Tenía yo unos diez años y estaba jugando futbol en la calle con mi amigo y vecino José Luis, cuando de su casa salen sus papás y hermanos para ir al panteón. José Luis me dice: "¿Por qué no vienes?". Dije que sí, como si el peloteo fuera a continuar en el cementario. Pedí permiso a mi mamá, y lo obtuve, a pesar de que ella hizo una mueca de extrañeza.
Aquella visita fue al Panteón Español, donde estaban enterrados, en una sencilla cripta, dos hermanos de José Luis que habían muerto de bebés. La familia depositó unas flores y estuvo unos segundos frente a la tumba. A mí me sacó un poco de onda pensar que uno de ellos hubiera tenido mi edad en ese momento y el otro hubiera sido unos cuatro años mayor, pero no pasó de ahí.
Entonces fue que los familiares de José Luis dijeron: "Ahora vamos a misa".
Digo, desde entonces las misas solían provocarme una profunda güeva, pero ¿qué podía yo hacer? Llegamos a la iglesia del panteón y a los lados del recinto, en las paredes, estaban acomodadas las criptas de varios difuntos. Yo pensé, con cierto desasosiego: "Aquí hay decenas de cadáveres. Estamos rodeados por esqueletos". 
Pero eso no fue lo peor. Nos sentamos y, a mi derecha, estaba la cripta de Baby Anthony, quien había nacido y fallecido en 1932. Llamaba la atención porque tenía un bajorrelieve con el rostro de un bebé regordeto. Yo intentaba mirar hacia adelante, hacia el cura y su misa, o hacia el reclinatorio y el suelo, pero el bajorrelieve me llamaba a prestarle atención una y otra vez. Allí adentro, encerrados, había huesos, tendones, cabello de aquel bebé.
De regreso a casa, mi mamá me preguntó qué me había parecido la visita.
- No me gustó -respondí.
- Ah, y yo que pensé que no estaba mal que tu primera visita a un cementerio fuera por alguien desconocido.
 Esa noche tuve pesadillas. Se me aparecía Baby Anthony, movía la manita de izquierda a derecha y de regreso, y pronunciaba, con voz carrasposa: "Ro-rro Ro-rro".

Pasados los años, porque así son los juegos de la memoria, cambié la palabra "Ro-rro"  por "Ba-by" y acompañé la imagen pesadillesca con una canción horrorosa de Grateful Dead que se llama, precisamente, "What's become of the baby?". Habrá sido la combinación de dead y baby. Fue con la palabra "Ba-by" que le conté a mi hija la anécdota de mi infancia, pero Taide mi esposa me recordó que yo se la había contado a ella muchas veces y que la palabra era "Ro-rro". Cierto, la canción esa fea apareció más de una década después de aquella visita.


Después de eso, he intentado pisar los panteones lo menos posible. Pero hay varios recuerdos asociados. Van en orden de aparición.

Estaba yo en la prepa y veníamos en el camión de la escuela de un campeonato de atletismo en el estadio de la Escuela Superior de Educación Física. Pasando frente al Panteón Francés, Simpson, nuestro lanzador de disco, se pone de pie, señala el cementerio y dice: "Cabrones, ahorita nos sentimos muy chingones, pero vamos a terminar en uno de esos".
Recibió unos tres chiflidos, pero la mayoría nos quedamos meditabundos. 

Un buen recuerdo es mi visita, con los amigos mexicanos que estudiamos en Italia, al Cementerio de los Ingleses, en Roma, junto a la pirámide de Caio Cestio. Lugar tranquilo, sin familias que visiten a sus muertos. Y la imagen de una joven, en vestido vaporoso, que deposita una flor en la tumba de John Keats, que tiene el poético epitafio "Here lies one whose name was writ in water".

He tenido que ir, por razones familiares, a tres entierros. En todos ellos he vivido, con distintos grados, momentos de mucha pesadumbre. De igual forma, he ido a velatorios que están pegados a los panteones, lo que puede ser un buen concepto en cuanto a logística, pero me parece de muy mal gusto. También estuve en el Panteón Español para la cremación y la entrega de las cenizas de mi papá. Ahí fui con mi hermano y la reacción de ambos, luego de ver por última vez al viejo, fue salir rápidamente de ahí a comer unas tortas y regresar a recoger las cenizas.

Finalmente, en 2023 Taide y yo fuimos a Gotinga, a visitar a mi hijo Raymundo y su familia. La primera noche nos quedamos en un hotelito cercano a la estación de trenes. Desde la ventana del hotel se veía un pequeño parque. 
A la mañana siguiente, salgo a fumar, con mi café en la mano, me siento en el muro frente al parque y descubro que es un viejo cementerio. Me decido a pasear un par de minutos por ahí. Tumbas de hace dos y tres siglos. Salgo muy tranquilo. Entiendo entonces que lo que me da ñáñaras es la colección de muertos recientes: es el eco del coro de dolientes que aún están vivos.   

Por todo eso, la verdad envidio a quienes no tienen aversión a los cementerios, y no logro entender las verbenas panteoneras en Día de Muertos. 


Ahora que, si quieren algo realmente horrible para Halloween y Día de Muertos, ahí les va esta canción, más fea -en todos los sentidos- que un niño momificado: