lunes, marzo 20, 2023

Nana, centenaria


 

María Adelaida Rodríguez Saura nació en Cárdenas, Cuba, el 20 de marzo de 1923. Eso significa que, a la fecha de esta publicación, habría cumplido cien años. Era hija de un ferrocarrilero y sindicalista, Francisco Rodríguez Gómez, y de una ama de casa muy joven (tenía 19 años cuando tuvo a Nana, la tercera de sus hijos), Adelaida Saura Nodal, Lala. Desde chiquita todo mundo le dijo Nana, salvo su hermano mayor Frank, que le decía Cocoliso.

Cuando Nana era niña, la familia se mudó a La Habana, a un apartamento en la calle de Infanta, en el centro de la ciudad. Contaba Nana que, de niña, desde el balcón de ese apartamento, que estaba en un cuarto o quinto piso, vio una masacre en contra de huelguistas: figuritas que corrían y que caían por las balas de soldados a caballo.

Años después, Nana ingresó a la Universidad de La Habana, para estudiar derecho. Se graduó con honores en 1945. Era salidora, divertida y tuvo muchos novios. Eran tiempos de guerra y se píntaba la rayita en las piernas, para aparentar que llevaba medias. Una vez iba con amigas y su prima Mirta vio un turista guapo al que le gritó: "Americano, tírame un beso". Nana, en cambio, le gritó: "Americano, ¡tírate un pedo!".

A Nana le gustaba la política, y fue muy activa en la política estudiantil de la época. Llegó a ser la única mujer en la dirección de la Federación de Estudiantes Universitarios, en los años en los que el líder de la FEU era un estudiante más joven, llamado Fidel Castro, quien era miembro -como ella- del Partido Revolucionario Ortodoxo, una organización de izquierda populista. En ocasiones, los activistas se reunían en casa de Nana y su mamá les quitaba las pistolas antes de entrar.   

Luego de recibirse -y de rechazar la oferta de matrimonio de un novio que quería que ambos vivieran con la mamá de él-, Nana trabajó como defensora de oficio para casos penales en Camagüey, en el este de Cuba. Vivía en una casa de huéspedes. Un día de 1947, sus compañeras de la casa le dijeron que había llegado un nuevo huésped, un caballero muy guapo, un vendedor, un tal Abelardo Báez. Esa noche, a la hora de la cena, al ver al hombre, exclamó en voz alta: "¿Este es el hombre que me decían? ¡Yo no lo veo tan guapo!". El nuevo huésped de la casa se puso detrás del asiento de Nana, la tomó de los hombros y le dijo: "Te vas a casar conmigo". Ella respondió: "Jamás". 

Tres semanas y una gran cantidad de ramos de flores después, Nana y Abelardo se casaron, aunque la ceremonia religiosa tuvo que ser suspendida, porque una de las exesposas de Abelardo se presentó en la iglesia a hacer escándalo. Se comprobó posteriormente que los dos matrimonios anteriores de Abelardo fueron civiles, y que estaba divorciado. Pero para entonces, la pareja ya no estaba interesada en una boda religiosa.

Abelardo también era del Partido Revolucionario Ortodoxo y se dedicaba a la organización del Sindicato de Perfumistas. Para entonces, la situación política de Cuba se había puesto color de hormiga, así que Abelardo y Nana decidieron mudarse a México, donde vivían casi todos los hermanos del marido, que allí había vivido de adolescente. 

En México, el esposo de Nana tuvo éxito como vendedor de perfumes, primero, y luego como gerente de ventas. Vivieron primero en la capital, luego un tiempo en Monterrey y al final pasaron a la Ciudad de México -con Nana embarazada de su primer hijo-. En México, Nana entró al negocio de los departamentos amueblados (los rentaba vacíos, los amueblaba y decoraba, y los rentaba a un precio más alto), que es algo que le ocuparía toda la vida.  

En los años cincuenta, Nana todavía estaba activa políticamente. Como miembro del Directorio 26 de Julio, tenía escondida propaganda y dinamita en su casa, que viajarían en el Granma para ser usadas por Castro y los rebeldes en su guerra contra la dictadura de Batista.  

Nana tuvo dos hijos: un economista convertido en periodista y un piloto de aviación, que le dieron seis nietos: tuvo la suerte de conocerlos a todos. Cuando triunfó la Revolución Cubana, viajó a Cuba con su hijo mayor, quien entonces tenía cinco años, y le ofrecieron "un puesto muy alto". No lo aceptó, porque Abelardo -en un afortunado arranque de machismo- le dijo que en Cuba "hace demasiado calor". 

Pasaron los años y, mientras su vida en México mejoraba, las cosas en Cuba empeoraban. Varios de sus compañeros de generación fueron ejecutados, otros huyeron del país, otros más obtuvieron temporalmente puestos importantes, sólo para ser purgados más tarde. Enterándose de una y otra historia de terror, Nana perdió su fe en la revolución cubana, dejó de admirar a Castro y pasó a odiarlo y despreciarlo. 

Sin embargo, la Revolución tenía un momento dulce reservado para Nana. Un día de 1968 recibió una llamada de una pareja cubana que quería rentar un departamento. Al llegar a la cita, la señora Báez sintió que conocía al hombre de algún lado. El tipo le rogó por un descuento: como refugiado político había llegado a México con muy poco dinero. Entonces la esposa del hombre dijo algo y lo llamó por su nombre y ahí fue que le cayó el veinte a Nana, quien replicó: "Le he dado descuentos a muchos refugiados cubanos, pero a tí no te lo voy a dar, Pablo N. Cuando fuimos novios, me cortaste porque yo no era de tu clase social. Dijiste que te querías casar con una de tu propia clase. Veo que lo hiciste. ¡Ahora lárgate!" 

"¡Nana Rodríguez Saura!" fue lo que pudo decir Pablo, antes de agachar la cabeza e irse. 

La venganza es un plato que se come frío. Nana platicaba que sentía que flotaba en las nubes en su camino de regreso a casa.

Nana era el alma del vecindario, hacía migas con todo mundo y era activa en cosas de la colonia (todavía hoy algunas señoras mayores dicen: "esto funcionaba bien cuando la jefa del barrio era la cubana"). Ayudó a muchos con su solidaridad, con sus consejos personales liberales y con algunas acciones rápidas que bordan con lo heroico. Tenía azúcar en la cintura y hacía con Abelardo una grandísima pareja de baile. Hablaba todo el tiempo, muchísimo: se le dificultaba quedarse callada. A menudo jugaba con el lenguaje. Fue una madre amorosa. Mucho. Y divertida. Mucho. Tenía buen cuerpo y estaba abiertamente orgullosa de sus piernas y su trasero. Era vanidosa y gastalona (tenía una extraña pasión por las antigüedades). Nunca fue ahorrativa, e impidió que Abelardo lo fuera. Le gustaba decir groserías. Fumaba mucho, bebía muchísimo café y disfrutaba de un trago de tequila de vez en cuando. Le gustaban los restaurantes y no le gustaba cocinar. Le gustaba el azúcar y odiaba la remolacha. Odiaba y temía los trámites burocráticos. Le caían bien los revolucionarios de antes, pero aborrecía a su antiguo conocido Fidel. Leía el periódico todos los días, como plegaria matutina. Leía pocos libros. Era manipuladora, pero fácil de manipular a su vez.  Le encantaba salir de casa ("tengo pata de perro"). Nunca aprendió a nadar. Su dicho favorito era: "Que te diviertas mucho y gastes poco".

La religión de Nana era la de las masas cubanas: una mezcla de catolicismo y santería. Aprendió los ritos santeros de adolescente, con una negra de su barrio habanero. Era devota de Changó-Santa Bárbara, el dios/diosa del sexo, la guerra, el baile, el trueno y el color rojo. Cada 4 de diciembre hacía limpias a su familia, vecinos y amigos, bailando por horas con la música de Celina y Reutilio. Dedicó sus dos hijos a Changó.   

Su negocio de departamentos amueblados tuvo sus años de oro en las décadas del setenta y ochenta. En esos años, Nana también estuvo activa enseñando artesanías y ayudando a mujeres de colonias populares a desarrollar sus propios negocios. Esos también fueron los años en los que pudo viajar: a Europa, a Egipto, a Sudamérica. A partir de los años noventa, su negocio se vino abajo poco a poco. Aún así, se impuso, a finales de esa década, la costosa tarea de sacar a su hermana y a su familia de Cuba. A principios de siglo obtuvo, por fin, la nacionalidad mexicana.

En mayo de 2003, a los 80 años, Nana sufrió un derrame cerebral, que la mantuvo entre la vida y la muerte por más de un mes. Una compañera suya de universidad, que era juez en México, la vio postrada y dijo, melancólica: "Y yo que la recuerdo parada sobre una banca arengando a los compañeros". En ese mes, Nana vio una luz y vio a Lala, su mamá, que le hacía señas de regresar de dónde venía. Por eso, cuando se recuperó, decía "cuando estaba muerta". Su recuperación fue casi total, y los doctores estaban impresionados por su capacidad para volver a hablar normalmente, aunque quienes la conocíamos notamos que tenía un poco de dislalia. Pidió nunca volver a un hospital.

A principios de marzo de 2005, otro infarto cerebral la tiró de nuevo,. Su segunda agonía fue rápida. Murió el 14 de ese mes. En su velorio, además de su familia y amigos de sus hijos, asistió toda la colonia, antiguos inquilinos y anónimas señoras humildes a las que había ayudado décadas atrás y la consideraban su madrina. Sus cenizas acompañan las de Abelardo, custodiadas por la estatua de Changó.  

Quién sabe que hay después de la muerte. La razón dice que no hay nada: al menos hay paz. Pero si hay algo más, entonces -como dijo mi esposa Taide- mi mamá está en el Cielo de los Platicadores, echando desmadre. 

miércoles, marzo 15, 2023

Izquierda y Democracia

 

Cuando José Woldenberg, en Izquierda y Democracia, habla de que existen “por lo menos” dos izquierdas, porque es evidente que hay muchas, hace hincapié en un asunto clave: la aceptación o no de la democracia, que no es otra cosa que la aceptación o no de vivir en un mundo plural.

Hay una frase clave en el libro. La que dice que “el encanto por el autoritarismo proviene de la rancia idea de que existe un sujeto (pueblo, clase obrera, partido…) que porta todas las virtudes y que quienes se le enfrentan no pueden sino perseguir objetivos innobles”.

Esa frase me recordó otra del viejo dirigente eurocomunista italiano, Enrico Berlinguer, que decía que para distinguir quiénes son iliberales, quiénes son autoritarios, simplemente había que señalar que lo son quienes ven intenciones malévolas en toda posición contraria. Por eso, él hablaba de “una democracia de la competencia, y no de la segregación”.

Berlinguer lo hacía, subrayo, en una situación en la que su partido, el Partido Comunista Italiano, era el objeto de esa segregación política: eran excluidos que se resistían a serlo, pero también se resistían a excluir a las otras organizaciones políticas y sociales.

Un problema con esa idea del sujeto único que porta las virtudes es que, a menudo, se convierte en el individuo único: el famoso paso que va de los explotados a la clase obrera; y de ahí al partido, al Comité Central, al Politburó, al líder indiscutido y temido. Círculos concéntricos que terminan depositando todo el poder en una persona.

Woldenberg aborda el asunto por varios ángulos. Uno es el desprecio por la ley, en donde, “al derecho lo convierten en papel mojado. Es para ellos no la base de nuestra convivencia, sino un estorbo para el despliegue de sus deseos”. Se entiende que los deseos son “buenos”, porque detrás de ellos está la voluntad del pueblo, que es uno, sólido, con una escala propia de valores, y casualmente ese pueblo encarnado por el líder, la persona que está en el núcleo de aquellos círculos concéntricos.

Una insistencia -otro ángulo- del libro es que el pueblo no es único, sino diverso, y que esa diversidad estriba su riqueza. Y este es un concepto antitético frente a quienes consideran que hay un solo pueblo, y que su voluntad puede ser interpretada por quien lo representa.

No se trata aquí de normar conductas y decisiones a partir de los diferentes intereses, pulsiones y necesidades que existen en la sociedad, sino de negar, de segregar, de excluir a una parte, que puede ser muy grande. Esa parte es el antipueblo, la antipatria; “sujetos espurios”, les dice Woldenberg.

Y esto, a su vez, nos lleva a la idea del “pensamiento único”, que se opone al pensamiento crítico. El concepto de que hay un solo punto de vista válido y que cualquier disenso es muestra de enfermedad social, de traición o -cuando menos- de contaminación respecto a lo que es “el verdadero sentir del pueblo”. Más problemático todavía es que “el verdadero sentir del pueblo” es el sentir de quien dice encarnarlo: un individuo muy poderoso.

Finalmente tomaré una frase que condensa esta segunda parte del libro: “La pluralidad política es un hecho social; la democracia es una construcción”.

Gran frase. La pluralidad política viene como resultado de las distintas historias individuales. Cada quien tiene un tipo de formación: un origen social y étnico, un sexo, un tipo de escolaridad, una familia que siempre será distinta de las otras, un humus cultural propio, un entorno de amigos y vecinos, una escala de valores. Por lo mismo, cada quien tiene puntos de vista diferentes sobre distintas cosas de la vida social y de la vida cotidiana. Y por supuesto, de la política.

La cuestión es saber si eso nos enriquece como personas o está mal. Si valoramos la diversidad o aspiramos a la homogeneidad. Las democracias suelen apreciar la diversidad; los gobiernos autoritarios apuestan a la homogeneidad. Los demócratas creen que la pluralidad nos fortalece a todos; los autoritarios apuestan por una ideología oficial.

Woldenberg liga esto con la fortaleza o la salud de las organizaciones de la sociedad civil (sindicatos, grupos de padres de familia, organizaciones ecologistas, vecinales o comunales, grupos feministas o LGBTI). La sociedad civil es fuente de pluralidad (y, se ha visto en diversos estudios sociológicos, fuente de bienestar material), pero es vista como un problema o peor, como una amenaza, de parte de quienes buscan la homogeneidad social.

Así, desde distintas aristas, el autor de Izquierda y Democracia nos va dibujando una realidad complicada: tenemos un gobierno que se dice de izquierda, pero que no lo es, y además su componente de izquierda es autoritario: incapaz de aceptar la riqueza plural de la sociedad, tendiente a descalificar sin argumentos a quienes no coinciden con el líder, desdeñoso del derecho, aspirante al pensamiento único y homogéneo, y despreciativo de la sociedad civil y de sus organizaciones.

Se trata de un libro que se lee rápidamente, no sólo por su tamaño, sino porque es entretenido, y Woldenberg tiene la virtud de la claridad. Es didáctico sin ser presuntuoso.

Termino con una opinión de mi cosecha: debería quedar claro que la idea de cavar más hondo las trincheras divisorias en el país sólo conviene a quienes, a cambio de fallar en la conducción del país, apuestan a la política de identidad y a la erosión de las instituciones democráticas como tablas de salvación para seguir en el poder.

El nuevo-viejo nacionalismo excluyente no se irá de manera mágica, como no se ha acabado de ir la democracia liberal. Y cuando se vaya, no dejará las cosas en un estado que permita la vuelta atrás (al otro pasado mítico, el de los liberales). Tendrán que desarrollarse nuevas formas de convivencia política. Ojalá logremos entenderlo.

 

(Texto leído en la presentación de Izquierda y Democracia, de José Woldenberg, Ediciones Cal y Arena)


jueves, febrero 16, 2023

Masiosare, pomporruta, Burundanga y los senos de hombre




Un día, a la hora de las complacencias en una estación del radio del Bajío, llama una señorita para pedir una canción.

-¿Cuál quieres escuchar? -dice el locutor.

-La de los senos de hombre.

-¿Cómo?

-La que dice: “qué bellos son tus senos de hombre”.

Se refería, por supuesto, a “Qué bello”, de la Sonora Dinamita, que en realidad dice: “qué bellos son tus celos de hombre”.

El problema es que, desde entonces, ya no puedo escuchar esa canción sin pensar en un hombre con senos.

Ese, el de cambiar la letra a algunas canciones, ya sea por haberlas escuchado mal, por mala dicción de los cantantes o por razones de juego, tiene su nombre, de acuerdo con la RAE. Pomporruta, que se refiere a una canción falangista española que dice “voy por rutas” (esos señores de la RAE, tan adictos a lo facho y con un ejemplo malito). En Argentina hablan del General Susvín, porque “Susvín culos rompió”. En México, creo, podíamos hablar de Masiosare, un extraño enemigo que aparece en el Himno Nacional (y no faltará quien piense que Masiosare vino a profanar nuestro suelo con unas plantas venenosas que trajo de quién sabe dónde).

Es común que, por diversas razones, cambiemos la letra a algunas canciones. Se trata de un fenómeno estudiado, pero sobre todo divertido, que nos dice que en ocasiones el cerebro del escucha llena los vacíos en oraciones que no entiende. La pomporruta se establece cuando el escucha se queda con la versión equivocada de la canción, poema o frase. A base de repeticiones, el texto se vuelve otro.

Yo tengo claras dos pomporrutas o masiosares personales. Uno es de una canción de Fito Páez, Circo Beat. Yo la primera vez que la escuché, oi “Cinco Mil”… y creo que, a diferencia de lo que sucede con otras pomporrutas, en esta decir “cinco mil” no cambia mucho el significado de la canción.

La segunda pomporruta es de la canción “Burundanga”, que interpreta Celia Cruz, y es heredada de mi madre, a quien le encantaba jugar con las palabras. Para mí, “Bernabé le pegó a Fuchilanga porque a Burundanga le jincha lo pie”. Digo, está clarito: Fuchilanga le hizo una brujería a Burundanga, que le hinchó los pies. Bernabé, amigo de Burundanga, lo defiende. Borondongo es amigo de Fuchilanga y Songo es del bando de Bernabé y Burundanga.

Resulta que es Muchilanga, pero mi mamá usaba Fuchilanga para la canción y para regañarnos a mi hermano y a mí por cochinos. Y en la original, Muchilanga “le echó” a Burundanga. Entonces la cosa se complica, porque ¿qué le echó Muchilanga a Burundanga? ¿Algo que le hinchara los pies o una curación? Si es lo segundo, entonces los bandos son bien distintos: Muchilanga, Burundanga y Borondongo, de un lado; Bernabé y Songo, del contrario.   

Otra pomporruta (ni modo, seguimos a la dictadora RAE) que he escuchado: “En lo alto de una gruta serranía”, en donde ya hay una especificación de que el campamento de la Adelita estaba sobre una gruta en la abrupta serranía.

Hay unas deliberadas, como la de las Ardillitas de Lalo Guerrero, que cantaban villancicos con humor blanco:

- “¿Quién le da posada a este par de gringos?

-¡Pánfilo!, ¡No es par de gringos, es peregrinos!"

Finalmente, están las versiones comerciales de distintas canciones populares que, a fuer de repetición, se nos quedan en la mente y sustituyen a la letra original. Pomporrutas forzadas.

Dos ejemplos personales: no puedo escuchar “Jingle Bells” sin pensar que dice “Ginger Ale, Ginger Ale, para tu jaibol”. Y me costó trabajo regresar a la versión original de “La donna è mobile”, porque en mi mente seguía “…in automobile”, de no sé qué anuncio de mi infancia.

Ojo, no hay que confundir las pomporrutas, masiosares o susvines con los soramini (que son búsquedas, y suelen estar en el mismo idioma) o con las traducciones homofónicas (de las cuales yo tengo un par en este blog).

"Qué bellos son tus senos de hombre" 


jueves, febrero 09, 2023

Néstor Ojeda (y la Brigada Panzer)


Murió Néstor Ojeda. Le dio un infarto al día siguiente de cumplir 53 años. Néstor Lenin.

Yo lo conocí cuando él apenas tenía 19. Era parte del grupito de jóvenes que hacían el suplemento Post900, que se insertaba cada dos martes en El Nacional. El grupo estaba capitaneado por Julián Andrade, e incluía a Arturo Ramos, alias El Trosko, y a otros dos chavos que respondían a los motes de El Diablo y El Monstruo. Los que tenían célula para el periodismo eran Julián, Néstor y Arturo. Utilicé a varios de ellos en el suplemento UNAM-Congreso, que publicó el diario en 1990. Tenían la ventaja de provenir del CEU y conocían los intríngulis de la grilla estudiantil de aquel entonces.

Meses después, Néstor pidió la oportunidad de trabajar como reportero en El Nacional. La carrera no le interesaba tanto: lo que quería era ser periodista. Ahí rápidamente se destacó por su olfato periodístico y su redacción más que decente.

Pasaron años y cosas, y vino la fundación de Crónica. Yo había invitado a Julián (quien también prefirió dedicarse al periodismo) a hacerse cargo de la sección Academia, cuya intención no era meramente la de la divulgación científica, sino también dar cuenta de la política universitaria en varias instituciones. Julián se jaló a Néstor, quien luego pasaría a ser el más destacado de los reporteros de la sección Ciudad. 

Entre las secciones de Ciudad, Academia y Medio Ambiente se formó un equipo de editores que eran muy amigos entre ellos, desde los tiempos de su activismo estudiantil. A los tres de Post900 se sumaron Héctor Gutiérrez, El Negro, y el doctor Rigoberto Aranda. Llegaron a ser muy influyentes en el periódico y se les conocíó como la Brigada Panzer, porque -salvo El Trosko, que siempre ha sido delgado- todos tenían un sobrepeso notable, en particular Néstor y Aranda.

Un día fui a comer con la Brigada a El Horreo, un restaurante español que estaba cerca de la Alameda, que servía un menú tan vasto que la segunda entrada de cinco era un plato abundante de paella. Con dos tiempos un cristiano normal se daba por bien servido, pero el grueso de la Brigada se zampó los cinco.

Había dos cosas que caracterizaban a Néstor, además de ser un buen reportero, responsable y con conocimiento de sus fuentes de información (sólo recuerdo una vez que haya "volado", y eso fue porque lo cruzó la fuente): el inteligente sentido del humor (la acidez era una característica de aquella Brigada) y su buena disposición para el trabajo en equipo. No era de esos reporteros celosos y mamones. Y de su humor, decía, por ejemplo, que su hermana era el doble de Marilyn Monroe, "porque Marilyn pesaba 60 kilos y mi hermana, 120". También era un tipo solidario con sus compañeros.

Néstor dejó Crónica con el siglo, según mis cálculos, y trabajó muchos años en Milenio. Cuando fue ancla del noticiero de televisión de Milenio bajó súbitamente de peso. Después estuvo en Canal 40 y terminó en un proyecto, La Verdad, de Quintana Roo, que conocí poco. La última vez que lo vi, cosa curiosa, fue en la sala de espera de un otorrinolaringólogo. que también trataba a mi hija, Cotorreamos a gusto y nos despedimos sin saber que pasarían años, y que ya no nos veríamos más.

A pesar de su juventud, la Brigada Panzer ha sido más que diezmada. Falleció Héctor Gutiérrez, el Negro, quien llegó a ser editor de Ciudad en Crónica. El Negro no era tan riguroso como los demás compañeros de la Brigada, pero tenía escrúpulos: a menudo llegaba a la junta de redacción con un notón de ocho columnas, pero dos horas después se daba cuenta de que era una volada. El problema era rehacer la portada y su sección, luego del traspié. 

Falleció también Rigoberto Aranda, El Médico de la Salsa (o El Doctor Panzón, que así le puso mi hija cuando era pequeña y Rigoberto venía a revisarla y a recetarle por males menores). Rigoberto coordinó las secciones de Medio Ambiente y Academia en distintos momentos de la vida de Crónica. Su mayor momento de gloria fue cuando envió a análisis la famosa Leche Bety (la idea original del reportaje era criticar el uso clientelar de los alimentos) y se descubrió que no era leche, y además tenía restos de heces fecales. Fue liquidado a la llegada de Guillermo Ortega a la dirección. Pasó a trabajar a tareas de difusión del Foro Consultivo de Ciencia y Tecnología de Presidencia. Luego, ya conmigo al frente de la edición de Crónica, regresó para coordinar un suplemento mensual de Salud. Era veracruzano y beisbolero (valga el pleonasmo), con el único defecto de irle a los Yanquis, Bateaba bien, pero era tan lento que casi nunca llegaba safe a primera. Murió el mismo día que su sobrino Luis Cessa abría un juego para los Mulos de Manhattan.

Y ahora se fue el buen Néstor. 

   

  

 

 

miércoles, febrero 08, 2023

Anclado en los años maravillosos (los setenta)

 


En 1986-87, año sabático, tuve el privilegio de compartir cubículo con Andrea Ginzburg, notable economista, que tenía la sencillez de los sabios. Una tarde, le comentaba cómo, a mi entender, el debate político y cultural en los años setenta era mucho más rico e interesante que el de esos momentos.

Me respondió con una frase extraña sólo en apariencia, mientras esbozaba una sonrisa debajo de su tupido bigote:

-Para mí, Harry Belafonte es lo máximo.

Abundó:
-Todos pensamos que los años de nuestra juventud fueron los más extraordinarios y maravillosos, y de alguna forma queremos volver ahí. Piensa tú, hay quienes tienen nostalgia por los tiempos de la Segunda Guerra Mundial: “Entonces sí estaban claras las trincheras”, dicen, “los buenos de un lado y los malos del otro”.

Por supuesto, Andrea tenía razón. Hay una suerte de idealización de los años de juventud. Todos las tenemos. Está bien, ocasionalmente, rememorarlos con nostalgia, pero no es correcto anclarnos en ellos y, peor aún, cerrar los ojos ante las realidades del presente.

El asunto viene a cuento porque hay suficientes evidencias como para afirmar que el presidente López Obrador se ha quedado anclado en una visión formada en los años setenta, que ha cerrado los ojos ante muchas realidades contemporáneas, y que eso explica muchos de los problemas que se han generado durante su gobierno.

Esto no significa, como han escrito muchos facilones, que AMLO tenga como referente a Echeverría o que quiera repetir su gobierno. En muchas cosas es lo contrario. Aunque López Obrador se haya afiliado al PRI en los setenta, eso no quiere decir que de manera automática haya aprobado todo lo que los gobiernos de entonces hacían. Por eso es conveniente recordar cómo pensábamos los jóvenes progresistas mexicanos en aquellos años: un poco cuál era nuestra cosmovisión.

En primer lugar, estaba la preocupación por la enorme desigualdad que vivía el país. Y se solía atribuir esa desigualdad sólo parcialmente a la falta de desarrollo económico suficiente. Había otros factores que se consideraban igualmente importantes, si no es que más: por un lado, estaba la explotación capitalista y, por el otro, lo que denominábamos como “dependencia frente al imperialismo”.

De ahí surgía un concepto, que venía de años anteriores: el de “liberación nacional”. Sólo afianzando nuestra soberanía, podía México revertir esa situación de dependencia. Y ese particular nacionalismo estaba teñido por un momento histórico: la nacionalización del petróleo. Una curiosa simbiosis entre un sustantivo y un verbo. Pemex, orgullo nacional.

Algunos también hacían frente a la dependencia por el lado cultural. Eso se notaba mucho en la música. Si bien el rock era importante e influyente, a veces se le oponían (el verbo no es casual) la trova cubana, la música latinoamericana de protesta, los ritmos tropicales y la música popular tradicional no comercializada (es decir, ajena a las estaciones de radio y a la TV).

Se vivía plenamente el mundo de la guerra fría, y había una suerte de presión para estar de un lado o del otro. La retórica del gobierno lo colocaba en un “justo medio”, que se expresaba solamente en algunos puntos de política exterior: la dependencia, se decía en círculos universitarios, obligaba a alinearse con EU.

Eran épocas de intervención estadunidense en varios países de América Latina. El golpe en Chile es tal vez el caso más sonado. El compromiso de EU con la democracia era sólo de dientes para afuera. “Es un hijo de perra, pero es nuestro hijo de perra”, era el lema para justificar a algún dictador.

Paralelamente, quienes, por razones de justicia social o por contraposición a EU, sentían que la solución sería el socialismo, tenían la tendencia a justificar la represión, los excesos y los fracasos de los países que se decían socialistas y que en realidad eran dictaduras de diverso calibre.

En ese sentido, el compromiso generacional con la democracia era endeble. Como en México no la había, se veía como algo deseable, pero esencialmente como un vehículo, no como un fin en sí mismo. “Es democrático en el programa” era una manera de decir que algo no había sido decisión de las mayorías, pero, como las beneficiaba (o así se consideraba), eso lo hacía automáticamente democrático.

Junto con eso, estaba la ambición por el desarrollo. Y el desarrollo significaba esencialmente industrialización. A los pocos ecologistas de entonces se les solía argumentar que priorizar la protección al ambiente significaba mantener la miseria del campo y el sufrimiento del campesino. Pasaría tiempo para que cundiera la idea de desarrollo sustentable: al menos en la primera mitad de los años setenta eso era para la mayoría un oxímoron: una contradicción de términos.

A mediados de los años setenta se supo que México tenía grandes reservas petroleras. Hubo entre los jóvenes división de opiniones, pero muchos coincidieron con López Portillo en que vendría la abundancia: sería el detonador del ansiado desarrollo, y a partir de la empresa que el visionario creó luego de la nacionalización.

Se solía pensar en lo colectivo más que en lo individual. Las libertades personales y la realización de la personalidad a menudo estaban supeditadas a los Grandes Proyectos. El feminismo era incipiente -y sólo entre ciertos sectores urbanos y escolarizados-, y los derechos de las minorías sexuales, tema de una estrechísima elite. En cambio, algunos agarraron la onda místico-social de la teología de la liberación.

De finanzas se solía saber poco o nada. Pero la devaluación de 1976 resultó traumática, y en la explicación ganaron las corrientes conservadoras, que la atribuyeron al exceso de gasto gubernamental en la época de Echeverría.

Han pasado más de 40 años de aquellos años que quienes fuimos jóvenes entonces vemos con agrado, a pesar de que en muchas cosas fueron terribles (demagogia rampante, falta de democracia en todos los niveles, guerra sucia, ausencia de muchas libertades individuales que hoy consideramos básicas). A lo largo de esos años cambió México y cambió el mundo.

A través de enormes luchas y de reformas consecutivas, México pasó a ser una democracia, en la que hay alternancia, los votos cuentan y se cuentan. Se forjaron grupos de la sociedad civil, antes casi inexistente, en muchísimos campos y áreas de la vida. El país se industrializó, se abrió comercialmente y sus exportaciones de más valor son productos industriales, no materias primas. El nivel de vida subió.

En esos años aparecieron otros problemas, como el control de varias zonas del país de parte del crimen organizado, con su estela de violencia; el aumento de la contaminación del aire, la tierra y las aguas a niveles alarmantes. Junto con ello, la llegada de la democracia no resolvió el problema de la desigualdad social.

A nivel global, desapareció el bloque soviético, China se volvió capitalista, desaparecieron las dictaduras militares en América Latina (salvo, paradójicamente, las que decidieron seguir supuestos socialismos del siglo XXI), el mundo unipolar de Estados Unidos duró un suspiro. La economía mundial se integró cada vez más. Las antiguas industrias dejaron, a través de crisis, su lugar a otras. El software desplazó al petróleo.

Pero si uno cerró los ojos a esos cambios, seguirá distribuyendo el mundo entre buenos y malos (donde está EU), apostando al petróleo como baluarte de la soberanía, poniendo a la ecología, el feminismo y los derechos civiles como últimas cartas de la baraja, amando los Grandes Proyectos, buscando formas elementales de paliar la pobreza, despreciando la democracia porque al cabo el presidente es el tlatoani, y creyendo que la paridad del peso frente al dólar es lo que más importa en la economía del país. Alucinará que hay quintacolumnistas preparando un golpe como el de Pinochet. También cerrará los ojos ante los problemas, nuevos y no tan nuevos, que surgieron en los últimos 40 años.

Y con esos espejismos, así nos va.

Posdata: Por cierto, si escuchan Banana Boat Song del padre del calipso, Harry Belafonte, los fans de Freddie Mercury se llevarán una sorpresa.


jueves, enero 12, 2023

AMLO, en una nuez


"Ayudando a los pobres va uno a la segura, porque ya sabe que cuando se necesite defender, en este caso la transformación, se cuenta con el apoyo de ellos, no así con sectores de clase media, ni con los de arriba, ni con los medios, ni con la intelectualidad. Entonces, no es un asunto personal, es un asunto de estrategia política”.

La frase de Andrés Manuel López Obrador pinta, de manera simple -y por lo tanto clara- una parte fundamental de su concepción de la política y de las labores de gobierno. Por lo mismo, vale la pena diseccionarla.

En primer lugar, hay que decir que se trata de una frase. De un discurso, tanto en el sentido estricto como en el sentido amplio de la palabra.

Varios analistas -notablemente, Raúl Trejo Delarbre- han subrayado una contradicción entre el dicho y los hechos. El Presidente dice que se ayuda a los pobres. Sin embargo, en este gobierno se ha incrementado la pobreza y los distintos tipos de ayuda social no han sido tan enfocados a las personas que efectivamente los necesitan.

Pero aquí se trata de que el dicho, el discurso, es reiterado machaconamente desde la campaña por la presidencia. Es parte del mantra diario de las mañaneras. Y, aunado a la percepción de la cercanía de López Obrador con los mexicanos comunes, se ha convertido en un convencimiento para millones. Según las encuestas, la mayoría de la gente cree que efectivamente, este gobierno está combatiendo la pobreza. Han creído en los inexistentes otros datos.

Cuando AMLO dice que “va uno a la segura”, es porque considera que hay un intercambio de favores: por una parte, el gobierno ayuda a los pobres y, en retribución a esa ayuda, “cuenta con el apoyo de ellos”, sobre todo en materia electoral. Se trata, según las palabras del político tabasqueño, de algo seguro. De un apoyo sin cortapisas a “la transformación”.

Hay aquí un razonamiento mecanicista. Doy y das, trueque simple. Es lo que en política se define como clientelismo.

Y detrás de ese razonamiento está una concepción limitada respecto a los deseos y necesidades de las personas pobres: lo que quieren, necesitan y agradecen son ayudas. Bajo esa lógica, tiene más efecto la sensación de ser ayudado directamente que la existencia de buenos servicios públicos de educación y salud, la promoción del empleo bien remunerado o la generación de una mejor calidad de vida en las comunidades. Tarjeta del Bienestar habla.

Más importante todavía es que, a cambio de elogios genéricos al pueblo y a tratarlo con respeto, aunque sea solamente en el discurso, no hay ningún propósito de cambiar las relaciones de poder. Al contrario: se trata de cristalizar una relación de dependencia: el paternalismo en estado puro, tan criticado cuando lo ejercía el PRI.

En otras palabras, no cambia la vida, no cambia la correlación de fuerzas: se consolida, pero trocando el deterioro de los servicios públicos por apoyos discrecionales en efectivos. Cambia el discurso. Entraron unos a mandar, en vez de otros. A eso es a lo que AMLO le llama transformación.

Los críticos del Presidente han interpretado la parte de la frase que dice “no es un asunto personal, es un asunto de estrategia política” como prueba de un supuesto desprecio de López Obrador hacia la gente de carne y hueso.

Cuando vemos, por ejemplo, que, en vez de solidarizarse con los deudos de la joven universitaria muerta en el siniestro del Metro, con los heridos y con los trabajadores que ahora gastan más tiempo, dinero y esfuerzo en el traslado cotidiano, AMLO se solidariza con la jefa de gobierno, queda clara la impresión de que la estrategia política sí le importa más que las personas. Pero los seguidores del López Obrador opinan que esa parte de la frase quiso decir otra cosa.

Lo que el Presidente quiso decir, según varios lopezobradoristas, fue no tenía conflictos personales “con sectores de clase media, ni con los de arriba, ni con los medios, ni con la intelectualidad”, pero que enfrentarlos era parte de su estrategia política.

La obsesión de AMLO con algunos periodistas e intelectuales críticos sí deja la impresión de ser personal. Pero también es cierto que el enfrentamiento cotidiano con los sectores nombrados en la frase es parte de una estrategia política: la de trazar, todos los días, una línea divisoria entre las clases populares y los otros grupos sociales.

Al hacerlo, AMLO busca generar tres cosas: una suerte de política identitaria; cierta lealtad, ya no de clase, sino de estrato social y, de manera importante, rechazo a todo pensamiento crítico.

¿En qué sentido política identitaria? Si no soy de clase media o alta, y tampoco intelectual, debo estar con AMLO.

¿En qué sentido lealtad de estrato? No debo pensar en mi posición dentro de la división del trabajo, sino en mis ingresos y mis costumbres, y parte de mi solidaridad es considerarme “pueblo”, sin aspirar a cambiar mi estrato.

¿En qué sentido rechazo a todo pensamiento crítico? En que aquellos, los de las otras clases, los de los medios de comunicación, los intelectuales, van a analizar y criticar al gobierno y sus acciones. Tengo que repudiar esas críticas y, a final de cuentas, rechazar el análisis. Podrían convencerme, y eso me pasa del otro bando.

Fue, sin duda, una frase muy reveladora.

miércoles, enero 04, 2023

O Rei


Ha muerto el Rey y el mundo entero lo lamenta. 

Pelé afirmaba que él y Edson Arantes do Nascimento eran personas diferentes, pero es casi imposible diferenciarlos. Tal vez lo único que los separe es que Edson sí era mortal, porque a Pelé le tocó reinventar el deporte más popular del mundo de tal manera que lo convirtió en una cosa diferente de lo que había antes de su llegada a las canchas.

Decía ese poeta y gran aficionado al calcio, Pier Paolo Pasolini, que “en el momento en que la bola llegó a los pies de Pelé, el futbol se convirtió en poesía”. Con él y con Garrincha, la Alegría del Pueblo, el balompié se convirtió en el jogo bonito.

En la cancha, con su fuerza, su habilidad y su sentido de equipo, Pelé transformaba cosas comunes en momentos mágicos. Forjó una leyenda desde su adolescencia, cuando guio a Brasil a su primera copa del mundo. Capturó el imaginario popular por varias generaciones, hasta que llegaron otros a intentar hacerle sombra. Por lo que se ve, ninguno ha logrado la unanimidad global que en su momento tuvo O Rei.  

Las comparaciones son odiosas, pero el astro brasileño se consagró desde el principio: no fue un crack con posibilidades que por fin comandó a su selección rumbo al campeonato. Era casi un niño cuando lo hizo por primera vez en 1958, fue una pieza rota a patadas la segunda ocasión, en 1962, y para 1970 era un mito viviente que demostró su calidad de inmortal en el que todavía hoy se considera el momento máximo del futbol asociación (y el defensa italiano Tarsicio Burgnich ha de haber soñado a Pelé hasta el último día de su vida).

Tras su retiro, y varios negocios fallidos, Pelé se dedicó, esencialmente, a la publicidad y a las relaciones públicas. Hay quien se lo reclama post mortem, como si fuera impropio. Y hay quien le reclama, normalmente desde un colonialismo bienpensante, que no se haya pronunciado abiertamente contra la dictadura de su país, en sus años de gloria, como si hubiera sido tan fácil. No les importa que Pelé hubiera llegado a la gloria futbolística antes de la dictadura, ni que haya sido promotor, en los años 80, de elecciones directas inmediatas para acabar con el régimen. Allá ellos.

El dato incontrovertible es que Pelé fue una figura clave para generar un aura en torno a la selección brasileña (para mí, el último año de jogo bonito fue 1982, pero hay quienes insisten en creer que pervive). Y fue fundamental para el futbol mismo, que difícilmente hubiera llegado a ser un negocio tan global y tan exitoso como lo es ahora, sin el impulso de ese inmortal.

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En mi infancia, Pelé y futbol eran sinónimos. La primera vez que fui solo al cine -he de haber tenido unos once años-, me senté en la fila de hasta adelante para ver "El Rey Pelé", allí donde una vidente de su pueblo pronosticó que sería el rey del mundo y donde se vio la vida del futbolista desde sus inicios. Todavía le faltaba ganar el Mundial de México.

En aquel entonces, el consenso entre mis amigos era que el mejor equipo del mundo era el Santos de Pelé (así, porque sin él era un equipo cualquiera), y una noche -escuché el partido en un radio de transistores- en un torneo pentagonal el Necaxa lo derrotó 4-3. Años después, me enteré que los jugadores de aquel Necaxa se reunían cada año a recordar esa gloria. Los dos goles del Morocho Dante Juárez, y los tantos del Chato Ortiz y de Peniche. Pero yo creo que el verdadero artífice de esa victoria fue el defensor Pedro Dellacha, quien lesionó a Pelé (en una jugada sin mala intención, decían las crónicas), y el mejor jugador del mundo tuvo que salir de cambio.

Pasaron los años, y el andar fulgurante de aquella selección brasileña del 70, Pelé se fue a Estados Unidos y luego a ser brevemente Ministro de Deportes y, más tarde, anunciar tarjetas de crédito, Viagra (que él decía no necesitar) y mil cosas más. Para los años 90, la verde-amarelha no era ni la sombra: un equipo sórdido, un campeón efectivo pero sin chiste. Después ni eso. ¿Por qué había quienes todavía veían magia de cuentos de hadas? Porque ahí había jugado y se había coronado un rey. Por eso.