jueves, enero 16, 2014

Biopics: El terremoto de 1985 (y un sueño)



Nos acabábamos de despertar la mañana del 19 de septiembre, cuando sentimos los primeros jalones del terremoto que fijaría para siempre esa fecha en la memoria de la ciudad. Patricia estaba convaleciendo de una operación y también estaba en la casa su mamá, doña Nettie, que había ido a unas consultas al Centro Médico. Nos dirigimos de inmediato al umbral del departamento –se pensaba entonces que los quicios eran lugares seguros-, abrimos la puerta y nos sentamos. Yo, con Camilo en mis piernas.

Raymundo, que estaba junto a nosotros, me pregunta, un poco preocupado: “¿Esto es un terremoto, papá?”. Días antes habíamos leído acerca de los sismos en una enciclopedia infantil que al niño le encantaba.

-Es un temblorcito –respondí, tranquilizante.

Pero seguía temblando, y se escuchaba el retumbar de la tierra debajo de nosotros. El edificio, nos habían dicho, tenía un dispositivo antisísmico, pero yo estaba seguro de que no tenía mantenimiento.

-Sí es un terremoto –corregí- y está bien fuerte.

Se fue la luz segundos antes de que la tierra se calmara. La verdad, yo la había pasado peor en un terremoto de 1981, en el que el cuadrado de las paredes se convertía en trapezoide. Patricia revisó el teléfono. No servía. Entonces se fue a bañar.

Media hora después –sin tener idea de la magnitud de lo que ocurría en la ciudad- me encaminé a llevar a Rayo al kínder. En el camino, todos los automóviles estaban detenidos; la gente, absorta, escuchando la radio. Empezó a hacérseme obvio que el jardín de niños iba a estar cerrado.

Entonces pasé a la tienda del suizo, que estaba iluminada precariamente con velas, a comprar pilas para el radio de la casa. Allí escuchamos la famosa narración de Jacobo Zabludovski, que en ese momento describía una Zona Rosa envuelta en el polvo y el caos, con personas atrapadas bajo las construcciones derruidas. De inmediato pensé en mi papá, que trabajaba administrando un edificio en la esquina de Liverpool y Florencia. En la esquina había una cabina telefónica pública y de seguro servía, porque se había formado una cola.

Esperé minutos que se me hicieron eternos. Después, mi papá no contestaba, así que pensé en caminar hasta allá a ver qué había sucedido. Pero antes, llamé a mi mamá, que sí estaba; me dijo que se había asustado mucho, pero que mi papá se había puesto en contacto con ella. El terremoto lo había agarrado en el coche, y al edificio no le había pasado nada.

Pasaron las horas y nos fuimos dando cuenta del tamaño de la tragedia. Yo me sentía entre la espada y la pared, porque tenía una convaleciente, una enferma y dos niños pequeños en casa. Todo lo que hice fue llevar unas cobijas a un centro de acopio.

La noche del 20, estaba yo escribiendo una carta a mis amigos italianos Paolo y Anna; copiaba un mapa que había aparecido en una revista Playboy de meses atrás, que pronosticaba con macabra exactitud qué partes de la ciudad de México resultarían más golpeadas con un gran terremoto (lo que habían sido el lago y los canales), cuando tocan la puerta. Un alumno al que le había rechazado su tesis me entregaba la nueva versión. Tan desesperado estaba que no tuvo en cuenta la situación. Apenas acababa el joven de salir y que vuelve a temblar. Una réplica muy fuerte.

Todos volvimos a hacer lo mismo, y apostarnos junto al umbral, con la puerta abierta. Camilo en mis piernas… y también Raymundo, que brincó a mi regazo a los pocos segundos.

De nuevo se fue la luz. En el radio corría todo tipo de noticias. Cuando escuchamos que el Ejército estaba desalojando la colonia Roma, tomé la decisión de ir allí, donde vivía Felipe –el hermano de Patricia- y su familia.

Fue un viaje a pie muy alucinante. Crucé parte de la Nápoles y la Escandón, que estaban a oscuras, pero intactas. Entonces me adentré en la Roma, ví las primeras paredes con grandes rajaduras, los primeros escombros. La gente emprendía la huida. Muchos estaban en la calle, en los camellones, preparándose a acampar. Pasó un vocho lleno de cajas y maletas: del lado del copiloto salía una mano que soportaba, con trabajos, un viejo espejo. Vi mi figura atravesar ese espejo. La mayor parte de la gente iba a pie, porque se escuchaban rumores –gritos, más bien- de que había grandes fugas de gas. Yo no percibía más olor que el del miedo ajeno. También había soldados, pero parecían extraviados, sin saber qué hacer. ¿Eran ellos los que estaban desalojando a la gente?

A una cuadra de donde vivía Felipe había un edificio totalmente destrozado. En la banqueta, un joven estaba sentado en un banquito, con las manos en la cabeza. Frente a él, un pequeño librero, salvado del desastre, con libros de ciencia-ficción.

Por fin llegué. Felipe no estaba, porque había ido a revisar unos inmuebles a Tlalpan, pero sí su mujer María Cristina, con los nervios destrozados y dispuestísima a irse. Vivían en una suerte de condominio horizontal, y a sus espaldas estaba un edificio de teléfonos cuya pared trasera se había venido parcialmente abajo, dañando las casitas más cercanas (a ellos apenas les tocó una lluvia de piedras pequeñas sobre el techo). Pusimos sus enseres en el vocho de María Cristina, subimos a los niños y nos fuimos empujando el carro (varios lo hacían, no fuera a ser cierto lo del gas) hasta alcanzar Insurgentes, que también estaba a oscuras.
La paranoia era tal que de en un edificio noté una gran hendidura, de cuyos lados salían chispas. Agucé la vista: eran unas franjas tricolores septembrinas que caían del edificio de gobierno.  

Esa noche dormimos todos como gitanos. A Camilo lo pusimos en el corralito exactamente debajo del umbral, para que fuera el más seguro. Lo más extraño es que Felipe estaba casi contento: “Qué bonito ver a la familia reunida”, dijo.

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Mucho se ha hablado de los efectos sociales que tuvo ese tremendo sismo, particularmente entre los jóvenes, “la Generación del Terremoto”. Me quedó claro que el gobierno fue rebasado por la población, y mostró una gran incompetencia, no pudo  siquiera comprender las necesidades de ayuda y de información. Ese gobierno soberbio, que pretendió siempre minimizar la tragedia, mientras la gente se organizaba por cuenta propia, perdió el respeto de la población capitalina. Fue un respiro de independencia en medio del polvo y la muerte.

Pero los traumas tardaron en irse largo rato.

Sueño 31 – 7 de noviembre 1985 – Kindertotenlieder II

Mientras me dirijo a mi casa (que es la casa de mis padres) veo, en un lote baldío rodeado por un cascarón de casa, una montaña de cuerpos humanos mezclados con el cascajo. Recuerdan las fosas comunes de Auschwitz. ¿Son cuerpos o son maniquíes? ¿Son niños o son muñecos?


También enfrente de casa de mis padres (que es donde vivo en el sueño) hay una pila de cadáveres de niños entrelazados y rodeados de piedras, polvo, loza y varilla. Murieron en el terremoto. Hermann Bellinghausen los puso allí.


Aterrado, pero también preocupado porque Raymundo (que está por regresar del kínder) se pueda impresionar, voy, sinceramente molesto pero en verdad no muy enojado, a reclamarle a Hermann por qué los puso allí.


Dice que ahí colocó sólo cuerpos bien conservados. “Hubieras visto otros, quemados por la espalda o con la cabeza colgando. Agggh!” Y hace una mueca de asco. Su explicación me parece insuficiente, pero termino por admitirla. Al hacerlo, despierto.

1 comentario:

Tomás Sampedro dijo...

Hola, llevamos trabajando en el documental "1985: HÉROES ENTRE RUINAS" mas de 2 años y realmente hemos tenido que ver muchas imágenes muy duras y puedo hacerme una idea (porque no es lo mismo que haberlo vivido) de lo que pudo ser pero lo que realmente me impactó fue el ver cómo la gente se unió, como se ayudaron unos a otros y eso es lo que más nos impulsó a seguir con el proyecto. Queremos dar un homenaje como se merece a todas esas personas que ayudan a otras en situaciones de catástrofe. Aunque no se crean héroes... para nosotros lo son. ¡Muchas gracias HÉROES! :D
Aquí les dejo el tráiler para que puedan ver de qué va el documental.
https://www.youtube.com/watch?v=QReU11hQg1U