lunes, noviembre 29, 2010

Fallo Cordera

El viernes 26 de noviembre falleció Rafael Cordera Campos, uno de los discretos grandes constructores de la democracia en nuestro país y un amigo muy querido, particularmente importante en dos momentos clave de mi vida.

Militante del 68 en su juventud, Fallo Cordera fue un importante operador político en la edificación de partidos y sindicatos modernos, pero su gran pasión fue la Universidad, a cuyo servicio dedicó buena parte de su vida y de sus esfuerzos. Entendió la universidad pública como espacio de generación de conocimiento, pero también de transformación social en sentido democrático.

Tal vez porque nunca dejó de ser joven, privilegió sus relaciones con los estudiantes y centró muchos de sus estudios en el tema juvenil. Entendía que los estudiantes eran actores centrales en ese proceso, pero no en el sentido del “movimentismo” catártico, sino en el de la participación consciente en su comunidad, en el uso inteligente del tiempo libre, en la suma de partes diferentes.

Fue, entre otros cargos, Secretario de Asuntos Estudiantiles de la UNAM, Secretario General de la Unión de Universidades de América Latina y el Caribe y Coordinador de Asesores del Consejero Presidente del IFE, durante la gestión de José Woldenberg.

Pero basta de currículum. Fallo era, por sobre cualquier otra cosa, una gran persona. Muy buen conversador, tenía una cualidad extraña –y más entre quienes hacen política-: sabía escuchar, sabía distinguir un tono y comprender.

A Fallo jamás se le escapaba el sentido político de las cosas. Lo encontraba –y te lo mostraba- de los lugares más inopinados. Quizá por eso se interesó más en asuntos sociológicos y políticos que en la economía pura y dura. De él es, originalmente, una frase que –a fuerza de repetirla yo- muchos me atribuyen: “En política económica el sustantivo es política; económica es sólo el adjetivo”.  

Le encantaba la grilla, pero detestaba cuándo ésta se hacía destructiva, cuando se convertía en el cáncer de las sociedades cerradas (y eso es común en la academia, en los partidos y sindicatos, en instituciones como el IFE). Sufrió particularmente las inquinas en el instituto durante los últimos meses del periodo de Pepe Woldenberg al frente del instituto electoral.

Fue, sin duda, el activista más constante de nuestro grupo político de profesores en la Facultad de Economía. Crítico, autocrítico y persistente. Era el enemigo principal de los “vándalos” (“hablan y vuelan los elefantes rosas en el auditorio; es como un show de David Copperfield”, decía) y tal vez el único que tenía tanto aguante como ellos para la guerra de posiciones.

Su punto de vista era que, ante la insistencia pseudomarxista de estudiar la “crítica de la economía política”, nosotros debíamos impulsar el estudio de la crítica de la política económica. Era también parte de su carácter: era práctico, más que teórico.

Tenía un carácter maravilloso. Casi siempre estaba de buen humor. Ahora que lo pienso, se ha de haber tragado demasiados corajes en la grilla (y algunos en la política). Y, tal vez por ello, a cada rato añoraba su Manzanillo natal, la cantina de sus cuates de la infancia, la pesca mayor (y más tarde explicaba cómo determinado personaje en una disputa política picaría con la lógica del pez espada, se clavaría el anzuelo e intentaría arremeter contra la embarcación). Siempre decía que terminando su actual responsabilidad, se iría a vivir a Manzanillo. Pero aparecía otra tarea.   

En lo político casi siempre coincidimos. A menudo eran coincidencias dentro de la coincidencia. Acuerdo hasta en el matiz. A veces hasta llegar al nivel del microgrupo Puedo contar con los dedos las veces que no fue así.

Simpático y sociable, tenía un gran sentido del humor. “Fallo no falla”, decía yo, porque él siempre iba a la reunión, a la fiesta, al reventón, a la asamblea. Debo agregar que preparaba una magnífica paella de pescado.

Siempre con una sonrisa bajo el tupido bigote, te decía una frase y al mismo tiempo entornaba los ojos como diciendo “¿qué tal, cómo la ves?”.  Cierro los ojos y así lo recuerdo.

Cierro los ojos y ahí está, frente al Edificio Rosalino de la UAS cuando lo conocí en 1979, en el bar del Sanborns San Ángel echándonos unas chelas, en su cubículo comentando los partidos del Mundial 86 (compró serie completa para toda la familia), en el Parque del Retiro de Madrid, caminando –y Maca prende un cigarro que tiene entre sus guantes, y mi Raymundo juega con su Santiago y los dos nos vemos a los ojos y nos sonreímos-, en su casa mientras le platico de mis pedos existenciales, en la Tasca Manolo, desayunando, y los meseros le conocían hasta los tics –y en uno de esos desayunos nos sorprende una llamada de Diego desde Manzanillo, le informa que su papá está grave y Fallo sale corriendo, consternado-, en una celebración de su cumpleaños en Xochitepec, o portereando -y ordenando a la defensa- en nuestras cáscaras futboleras en Xochimilco.

Siempre está sonriendo cuando cierro los ojos. Porque Fallo Cordera le sonrió a la vida. Y nos ayudó a sonreirle.

martes, noviembre 23, 2010

¡Sí fue Revolución!


En ocasión del Centenario de la Revolución Mexicana varios analistas han realizado una revisión de la historia, a veces con la intención de acabar con los mitos que nos formaron, y en ocasiones para intentar apuntalar la ideología liberista (que no liberal), ahora tambaleante, tras el fracaso económico del Consenso de Washington y sus seguidores nacionales.   

De esta revisión ha salido claramente ganancioso el periodo porfirista, al menos en un sentido: el del progreso económico nacional, medido en términos de Producto Interno Bruto y de modernización industrial. Y si bien, todo mundo coincide en que las desigualdades en aquella época eran extremas, no ha faltado quien afirme que igualmente habrían sido mitigadas, aun sin el estallido revolucionario. Es la idea de que malamente celebramos “la bola”, la revuelta, el reventón destructivo, y no una revolución social digna de ese nombre.

Me permito diferir. En primer lugar, hay que entender el periodo porfirista como un proceso, que tiene una dinámica diferente en la medida en que se va desarrollando. Si a más de un siglo de distancia empiezan a distinguirse algunas de sus bondades, eso no debe impedirnos ver que lo que fue una expresión progresista en sus inicios, ya para el Siglo XX había entrado en una fase profunda de decadencia, como sistema económico y como régimen político. Y que había un grupo político, entrelazado con las clases dominantes, reacio a admitir esa decadencia y, por lo tanto, a la necesidad de transformaciones de fondo en la economía y en las relaciones sociales.

Se ha manejado –utilizando el “hubiera”- que, si Madero hubiera estado más alerta a la voz fraterna que le pedía cuidarse de Victoriano Huerta, varias de las transformaciones nodales se hubieran realizado de todos modos, y sin tanto derramamiento de sangre.

Ese razonamiento no toma en cuenta un hecho fundamental: el golpe huertista no se hizo en el vacío, sino con el apoyo de importantes intereses económicos nacionales, de intereses políticos extranjeros y de una parte de la opinión pública, que era efectivamente conservadora. De no haber sido Huerta, hubiera sido otro (y aquí soy yo el que utiliza el “hubiera”, pero creo que con más provecho). Y la acción criminal de Victoriano Huerta sirvió para trazar líneas claras, para atizar la rebelión y para convertirla en un fenómeno nacional.

La derrota del huertismo es la de los grandes terratenientes, la del sector exportador, la de la iglesia beligerante. E implicó un giro categórico en términos de los equilibrios de poder en el país.

Buena parte de la nueva crítica revisionista a la Revolución Mexicana hace énfasis en el carácter meramente destructivo de muchas de las acciones. Me vienen en mente los campesinos de Los de Abajo, que entran a la hacienda y destruyen la biblioteca, arrancando como tesoro pornográfico los grabados de Doré de La Divina Comedia, que tienen mujeres desnudas. Son los mismos campesinos que, en la Revolución Rusa, entraban en las mansiones de los grandes propietarios y se cagaban en los tapices de las sillas. Esas desgracias pasan en las revoluciones. Lo importante es ver si hay quiénes son capaces de dotarlas de significado, para que sean algo más que destrucción.

¿Se dotó de significado a la Revolución Mexicana? La respuesta está en la Constitución. Aunque el Congreso Constituyente estuvo dominado por una facción política, sus miembros tuvieron la suficiente sagacidad para proponer un pacto social incluyente. El artículo 27 –y el posterior reparto agrario- no se entienden sin la voluntad de lograr un consenso social profundo, más allá de las diferencias mortales de la coyuntura. Ahí, más que en el campo de batalla, se definió al grupo ganador, pero se delineó también un compromiso, en la doble acepción del término: como obligación y como negociación.

Esto tuvo implicaciones más profundas. Como bien dice Javier Garciadiego, significó que, a diferencia de otros países de América Latina, en México no hubiera conflictos graves entre el Estado y los sectores populares: obreros y campesinos. En naciones en las que los terratenientes exportadores no sufrieron una pérdida tal de poder, se sucedieron las asonadas militares cada vez que esos intereses se veían amenazados. En México, en cambio, la derrota de Huerta y los suyos fue total. Y eso, tras la fiesta de las balas, significó que los cambios posteriores se hicieran en relativa paz.

En términos de la pirámide social, la Revolución implicó incorporar –si bien de manera subordinada- a un tercio de la población a la modernidad: convertir al país de una nación de menos de “un tercio” a una de “dos tercios”, con la tercera parte restante todavía sumida en la miseria. Implicó una industrialización que miraba al mercado interno. Implicó –tras una década de destrucción- tasas de crecimiento muy superiores a la media internacional (pensemos, nada más por referencia, que en medio de la Gran Depresión, y a pesar de sus vínculos estrechos con Estados Unidos, en los años treinta del siglo pasado, la economía mexicana creció más que en la primera década del Siglo XXI).

Por supuesto, con el tiempo, la Revolución fue perdiendo brío. Se convirtió en instituciones. Algunas de ellas han sido pilares de la estabilidad económica y social (el Banco de México, el IMSS, el libro de texto gratuito, por ejemplo). Otras, fueron útiles instrumentos para lograr la paz política y el control corporativo. Y junto a las instituciones, toneladas de propaganda, un uso político de la historia, un nacionalismo que hacía las veces de vacuna contra la democracia y una pretensión de convertir el movimiento en inmovilismo. Las contradicciones del sistema saltaron en pedazos, pero en cámara lenta. El ciclo tuvo que terminar.

Mal haríamos en reducir el legado de la Revolución a la fe democrática de Madero –sería ver la realidad mexicana de principios del Siglo XX con ojos del tercio final del mismo siglo-, porque el movimiento fue mucho más que eso. Tampoco podemos tirar al niño –específicamente, la voluntad de incorporar una proporción creciente de la población a los beneficios sociales de la modernidad- con el agua sucia –la violencia de aquellos años y la larga espera para acceder a la democracia plena-.

Vale entonces, sí, reivindicar los aspectos democráticos de aquella gesta. Pero no se deben olvidar los aspectos sociales, entre otras cosas porque precisamente ese segundo tercio alguna vez favorecido –que hoy componen obreros, clase media-baja urbana, campesinos medios- ha sido tremendamente golpeado los últimos años, particularmente por el lado de los salarios reales y del empleo. En ese sentido, el Centenario no debe ser sólo conmemorativo, sino también un recordatorio de que requerimos renovar nuestro pacto social.

martes, noviembre 16, 2010

Biopics: Bulgaria y la propaganda yanqui


En la estación de tren de Sarajevo había un loquito, que corría de uno a otro lado del largo óvalo en cuyos extremos estaban dos cafeterías. Su obsesión era identificar quién estaba por encender un cigarro, correr, adelantársele y ofrecerle lumbre. Me entretuve a observarlo mientras esperábamos el tren que nos llevaría a Sofía.

Llegamos a la capital búlgara en la noche. El nombre de la ciudad, escrito en cirílico en letras de neón rojo, anunciaba que aquello sería una experiencia diferente. Apenas bajados del tren, nos formamos en una línea para conseguir alojamiento. Como le dije a la empleada que nos íbamos a quedar “dos o tres días”, no nos dio hotel, sino que nos mandó a una pensión familiar, que pagamos por adelantado. A cambio nos dio una tarjeta, que nos pidió nunca perder.

Con esa tarjetita, fuimos a tomar un taxi. La primera sorpresa fue que, al menos aquella noche, había madrazos para abordarlos. Literalmente. Vi gente agarrándose a patadas en la lucha por un lugar. Intentamos tomar uno, y ya nos estaban jalando cuando otro aspirante a pasajero le dio a entender al búlgaro agresivo que nosotros éramos turistas. El auto nos llevó fuera del centro de la ciudad, a una zona de edificios multifamiliares cuadrados, de un gris cementoso, marcados con letras y números, y nos dejó algo así como en el K-11. El departamento estaba monón, una señora gorda era la casera y un par de recámaras estaban ocupadas por árabes. La mujer nos dijo qué tranvía tomar para ir al centro al día siguiente (porque la verdad no había nada, pero nada qué ver en ese vecindario).

Así que al otro día tomamos el tranvía en una mañana nublada y fría. Ni parecía que era verano. Nos llevó por una ciudad limpísima, con muchos parques –algunos de ellos adornados con estatuas del más rancio realismo socialista-, entre pasajeros silenciosos y malencarados. Dimos una primera vuelta por el centro y lo primero que notamos fue la hostilidad de la gente hacia todo lo que se moviera. Muchos portaban chamarras negras imitación cuero. Caminaban dándose empellones. Vi varias librerías, pero en sus vitrinas indefectiblemente se mostraban obras de Teodor Yitkov y de Leonid Brezhnev. Ni siquiera eran de Marx o Lenin. Empezó a lloviznar. Unas mujeres gordas seguían impasibles barriendo las aceras. La lluvia arreció y nos metimos a comer pollo y yogurt, las mujeres seguían barriendo.

Más tarde, decidimos tomar unas fotos. ¿Qué tal una de Patricia frente a la sede del Partido Comunista Búlgaro? Estaba yo por hacer click cuando se me abalanzó un policía, venía encabronadísimo, blandiendo una macana de hierro y gritándome en búlgaro. A señas le pedí que se calmara y le dí a entender que no tomaría la foto, a empujones nos dirigó hacia un pasaje subterráneo… en el que había otra librería presumiendo libros de Teodor Yitkov. Caminamos un poco más por el centro y por supuesto le dijimos que no al tipo que nos ofreció cambiar levs a un precio fabuloso. Para quitarnos el susto, fuimos a tomar un café y nos corrieron a gritos cuando intenté encender un cigarrillo. Volvió a lloviznar y el frío calaba los huesos. Compramos bufandas.

Seguíamos paseando por la ciudad, entre búlgaros hostiles, cuando divisamos que en frente de un edificio había mucha gente. Nos acercamos. Era la embajada de Estados Unidos. Frente a ella, decenas de ciudadanos de Sofía miraban embobados los aparadores. En ellos, fotos de propaganda del American Way of Life, pero hechas al estilo soviético: un anciano obrero metalmecánico sonriéndole a la cámara junto a su máquina, con el overol tapizado por botones con mensajes de todo tipo; un barrio con sus casitas todas iguales, los negros en mecedora en el porche, y un automóvil muy grande enfrente de cada casita; la gente en el estadio de los Halcones Marinos de Seattle viendo el juego de americano. Aquel conjunto era una obra maestra: eso se advertía al pasar la mirada de las fotos a los ojos maravillados de los búlgaros. “Es un obrero, pero se expresa personalmente con pines”, pensé. “Son negros y, según la propaganda soviética, superexplotados, pero viven en casas y no en bloques de cemento, y tienen coche a la puerta”, pensé. “La gente también expresa su individualidad en algo tan colectivo como ir al estadio”, pensé. Volvía a ver los rostros de los ciudadanos de Sofía y entendí que por sus mentes pasaba lo mismo, pero que lo hacía incluso por sus tripas. La puerta de la embajada yanqui era de acero. El edificio era infranqueable: para los búlgaros, el castillo de la gran promesa imposible.

Pocas cuadras después, Patricia y yo concluimos que el lugar era horrible, y que lo mejor que podríamos hacer era comprar el primer boleto de avión que nos sacara de allí en las oficinas de la primera línea aérea que encontráramos. En la agencia de Air France descubrimos que no éramos los únicos. “Sáquenos de aquí en el primer vuelo que tenga”, dijo la pareja que nos antecedió. El primer vuelo que nos convenía era a la tarde siguiente, a Zagreb, Yugoslavia. Así que nos arreglamos para que a la mañana nos dieran un tour guiado por la ciudad. De regreso al edificio gris reparé en una cosa que no había querido ver en el camino de ida: los monumentos del realismo socialista eran de unos bulgaritos, que estaban protegidos por un hercúleo soldado del Ejército Rojo Soviético. Y las señoras gordas seguían barriendo.

El tour, a pie y en inglés, estuvo agradable. Lo más memorable fue la visita a la catedral neobizantina de Alexandr Nevski (que es más impresionante por fuera que por dentro), con la consiguiente explicación de la guía acerca de lo maravilloso que ha sido el pueblo ruso para el pueblo búlgaro –y Nevski, en la película de Eisenstein, es el gran guerrero ruso que derrota al invasor teutón-, matizada con el señalamiento de que el búlgaro San Cirilo fue el creador del alfabeto que lleva su nombre. Por cierto que una cándida australiana, casi al finalizar el tour, exclamó satisfecha: “ya sé cómo se dice restaurante en búlgaro: se dice pectopah”. Varios nos reímos, son las letras cirílicas de “restoran”.

La señora que nos rentó el cuarto tenía nuestros pasaportes, y la importantísima tarjetita con el sello de que habíamos pasado las noches ahí, en una cajita del tesoro. Atisbé el cofrecito y descubrí que en él se escondían dos cajetillas de cigarros Kent. El taxista malhumorado que nos llevó a toda prisa al aeropuerto escuchaba rock metálico en un casete, se acabó el casete y del radio surgió música clásica; el taxista hizo una mueca de asco, dio la vuelta al casete y lo metió de nuevo con fuerza. Percibí que la música clásica era para él algo similar a la propaganda oficial. No nos dio cambio.

Junto a la sala de espera, un pequeño drama. A una joven siria, de un tour masivo, le faltaba en su tarjetita el sello de una de las noches y no la querían dejar salir. La chica lloraba, imploraba en árabe. Llegó el guía del tour, deslizó un par de cajetillas de Kent (parece que era la marca mágica), el agente de migración las bajó discretamente y estampó el sello liberador.

Cuando llegamos a Zagreb, la amabilidad de los oficiales yugoslavos parecía a propósito, como para subrayar diferencias. Al salir del hotel, la tarde estaba por caer. Pasamos por un parque. Tirado en el pasto, un joven descalzo leía una revista. Un señor de traje acababa de comprar el periódico Politika de un kiosco muy bien surtido y se disponía a leerlo en una banca.

-¡Qué bonita es la libertad! –dijo uno de nosotros, pudo haber sido cualquiera.

Tras dos días en Zagreb –recuerdo una plaza grandísima y la catedral techada con la cuadrícula que ahora identifica a Croacia, pero sobre todo un ambiente amigable-, tomamos un autobús para Ljubljana, con su castillo, su hermoso río y sus aires austriacos, donde también estuvimos un par de días, para luego regresar a Módena.

El compagno italiano que había intentado prevenirme de ese viaje para preservar mi ortodoxia socialista no estaba desencaminado. Aquella Bulgaria me pareció un infierno y, si Cuba y Yugoslavia me habían dado una imagen más amable del socialismo real, me había evidenciado que el sistema tenía fallas más severas de lo que creía.

Una década después, ya separados y en vías del divorcio, Patricia me reclamó amargamente que la hubiera llevado a Bulgaria. En ese aspecto, lamento decirlo, tenía toda la razón.


Aquí pudo haber habido una foto de Bulgaria, pero la cámara que compré en Cuba –un artefacto de Alemania Democrática- no funcionaba con los rollos fotográficos occidentales, así que no la hay.

martes, noviembre 09, 2010

Trespatines, reivindicado por las Academias

 En San Millán de la Cogolla se reunieron académicos de la lengua representantes de 22 naciones hispanohablantes y concluyeron en hacer algunos cambios en la ortografía española, que deberán ser ratificados el 28 de noviembre en Guadalajara.

Como suele suceder en esa materia, España derrotó a América algo así como cuatro goles a uno. Decidieron quitarle la tilde a palabras que ahora se consideran monosilábicas, como guión, truhán o huí. Se les ocurrió deshacerse de cuantas cúes fuera posible, y decretaron patéticos cuórum, cuasar y el todavía peor Catar (es decir Qatar), que ni al académico Pérez Reverte le gusta. Le quitaron el acento diacrítico a sólo, que sólo se usará cuando pueda confundirse con solo y consensuaron nombres para las letras: a la ye ya le dicen ye (el único gol americano), pero a la be chica, es decir a la be de vaca, hay que decirle uve, y a la dobleú, algo así como uvedoble.  

Es curioso que, tal vez movidos por la güevonería a la hora de poner acentos, haya sido este último tema, los nombres de las letras, el que más escozor causó. Yo digo que es una imposición imperial-colonialista, liderada por el banco BBVA, tan fácil que es decir “Bedeburro-bedeburro-bedevaca-A” o, todavía más fácil, como en México, “Bancomer”.

En lo personal, me parece que la nueva regla más chusca es la que obliga a juntar el prefijo (sufijo me fijo) “ex” con el sustantivo: exesposa, exprocurador, exalumno. Significa, ni más ni menos, que le han dado la razón a José Candelario Trespatines en su alegato en contra del Señor Juez, en el tremendo juicio de La Tremenda Corte intitulado “Parejiicidio”.

Reseñaremos brevemente el capítulo de aquel programa de radio de los años cuarenta, y se entenderá la reivindicación que han hecho las Academias del pícaro cubano:

Inicia con el Señor Juez, quien está  “contentísimo, porque hoy me encontré con una gitana que me leyó las líneas de la mano y me dijo que se me va a curar el reuma, me voy a sacar la lotería y que el año que entra me van a nombrar magistrado… esa gitana era sincera, porque se emocionó tanto y me abrazó y todo, y yo soy un gran psicólogo para que usted lo sepa”.

El juicio es por robo y estafa, A Nananina le robaron unos vestidos. El juez pregunta:

-¿Los vestidos eran del tipo chemise?
 -No eran de ningún tipo, eran mío –responde la gorda.
-¿De qué modelo?
-No eran de ningún modelo, eran mío, ya no é mi época de modelar.

Sucede que Nananina entregó esos vestidos a Trespatines y su Mamita, para que los repartieran y nunca llegaron a su destino.

-Los vestidos venían envolvidos y Mamita los desenvolvió –empieza a explicar Trespatines.
-Envueltos –corrige el juez.
-Los vestidos venían envuelto’, y Mamita los desenvueltó.

Sigue una discusión barroca y desternillante, hasta que el juez exclama:
-No lo puedo entender, porque uste’ habla en chino.
-¿Qué cosa, que yo hablo en chino? ¿Y poqqué el chino de la lavandería no me entiende? Yo me canso de decirle dame la ropa y te la pago la próxima semana y el chino dice: “mi no entiende”.

Trespatines entonces entrega al juez “una tarjetica del restablecimiento de nosotro, por si necesitas mandar una cosa para el anterior, pa’l campo”. La tarjeta reza: “Expreso Trespatines y Mamita. Reparto rápido de mercancías.”

Pero Nananina insiste:
-No entregaron lo’ paquete’. No señor, se lo' cogieron.

Toca el turno acusador al gallego Rudecindo Caldeiro y Escobiña:
-Tengo un cine en el reparto La Verdolaga, dotor. Tenía seis ventiladores pero me los rubaron, un desgraciao en cuanto apagan la luz, desturnilla los ventiladores y se los lleva. (Trespatines tiene seis ventiladores en su cuarto, aunque nunca va al cine de Rudecindo, pero Mamita va todos los días)... 
-Pensé en poner un extractor de aire, -continúa el gallego- y Trespatines me diju que me vendía un extractor en 90 pesos, pero me trajo un montón de herros viejos que no servían para nada.

Trespatines exige que Nananina describa los vestidos robados:
-Lea la lista, pero despacio para que no haya confesiones.
-Confusiones –corrige el juez.
-Para que no haya horror.
-Error.

La descripción es en verso, así como la respuesta del pícaro acerca del destino de los vestidos. Uno lo vendió, otro lo empeñó, otro lo dio a Cucusa y el último a Mamita, porque “la tarjeta lo dice claro. Nos la' repartimo' rápidamente". 

El juez dice que es un robo, porque ellos tenían una agencia. 
La respuesta de Trespatines hoy sería aceptada por las Academias:

-¿Cuál agencia? Pero si el expreso soy yo chico, poqque yo estuve preso pero ya no lo estoy, de manera que ahora soy un expreso.

-¿Y los hierros viejos que le dio a Rudecindo?

-Eran parte de un tractor de obra pùblica que se despeñó pa’bajo y se desbarató. Eso es un extractor.

El programa termina con una confesión de Trespatines:
-Mamita tiene ahora un negocio que está ganando lo que quiere. Anda por allí vestida de tinaja.
-Gitana.
-Sí eso. Está leyéndole la mano a lo’ comebola. Ella le’ dice una pila de mentira’…  pero el negocio de ella no es ése, cuando se emociona, parte p’arriba, los abraza y le’ quita la cartera…

En fin, los cambios a la ortografía prosperarán sólo en la medida en que los hablantes los asumamos. Pero, como lo demuestra en este ejemplito de La Tremenda Corte, el español es mucho más vivo. Así lo entendió Cervantes:

“—Eso de erutar no entiendo —dijo Sancho.
Y don Quijote le dijo:
Erutar, Sancho, quiere decir ‘regoldar’, y este es uno de los más torpes vocablos que tiene la lengua castellana, aunque es muy sinificativo; y, así, la gente curiosa se ha acogido al latín, y al regoldar dice erutar, y a los regüeldos, erutaciones, y cuando algunos no entienden estos términos, importa poco, que el uso los irá introduciendo con el tiempo, que con facilidad se entiendan; y esto es enriquecer la lengua, sobre quien tiene poder el vulgo y el uso.”


martes, noviembre 02, 2010

Biopics: Split, Mostar, Sarajevo

Durante aquella estancia dimos otras cortas vueltas por Italia. Todas estuvieron muy bien. Una fue de pisa y corre a Verona. Compramos un litro de Chianti, un kilo de pan y otro de prosciutto para comer allá. Luego tuvimos que comprar como cuatro litros de agua, porque –descubrimos entonces- el Chianti no se lleva con el prosciutto y te genera una sed…. Otra fue de poco más de un día, a Florencia, donde me intoxiqué ligeramente y Patricia se preocupó mucho. La tercera, de dos días, a Venecia. También fuimos, con Claudio, a Pistoia, y nos tocó en suerte que era el día de la Giostra dell'Orso, una competencia entre los rioni (los barrios) de la ciudad, que se desarrolla en la plaza central, en la que caballeros a la usanza medieval compiten intentando pegarle con la lanza a un objetivo, "el oso". Los nombres de los barrios-equipos son magníficos: Dragón, Grifón, Ciervo Blanco, León de Oro. Lo mejor fue que aquello acabó en bronca entre los participantes. Como en el medioevo, supongo. 

Después de eso, partimos hacia Yugoslavia. La idea era visitar tres ciudades de ese país y luego lanzarse una semana a Bulgaria. Algún compagno desaconsejaba la visita a Bulgaria, “porque todos los compañeros que van a los satélites soviéticos llegan decepcionados”. En Ancona tomamos un barco para Split, en la costa adriática.

En Split, una ciudad blanca, de grandes baldosas, con aires venecianos, pero también medievales, nos quedamos en un hotelito junto a la plaza central. Visitamos el mauseoleo de Diocleciano y, sobre todo, caminamos por sus calles empinadas, que a menudo tenían bonita vista al mar. Comíamos en restaurantes privados, y era divertido intentar adivinar qué se escondía detrás del menú en serbo-croata. Una vez pedí filet paprika y srbski fazol, bajo el supuesto de que eran un filete con paprika y frijoles serbios. Con gran sorpresa mía, sirvieron chiles morrones rellenos y frijoles refritos.

Esa no era la única semejanza. En Split, caída la tarde la gente paseaba por el malecón o por las plazuelas, y en sus alrededores se instalaban vendedores ambulantes con antojitos parecidos a los mexicanos. Resultaba un tanto extraño caminar por las calles provinicianas y comerse un elote (sostenido con su palito, cual debe ser), mientras a tu lado todos hablaban un idioma que te era muy ajeno.

De Split tomamos un camión hacia Mostar. El camión estaba llenísimo y apestaba. En Mostar encontramos alojamiento en una casa de estudiantes vacía por el verano. Al entrar al cuarto descubrí que el que apestaba era yo. Sucede que me había comprado unos tenis chinos en Roma, baratísimos. La propaganda decía que los chinos de las fotos oficiales del maoísmo reían tanto porque llevaban puestos esos tenis.La verdad, eran comodísimos. Pero el día antes de nuestra partida de Split había llovido y al pasar por algún charco, el agua hizo cortocircuito con la goma con la que estaba pegada la suela y generó aquel hedor. Entonces comprendí por qué los chinos luego hacían revoluciones violentísimas.

Recuerdo a Mostar como una ciudad con mucho verde. Será por las montañas que la rodean o por el parque que había que cruzar para llegar a nuestro alojamiento. También como un lugar de callejuelas empedradas. Pero sobre todo recuerdo estar tomando café turco junto al viejo puente de piedra que cruza el río Neretva, y que sería destruído en la guerra civil yugoslava años después. Allí empezamos a ver la influencia otomana en los Balcanes y compramos un bonito juego de tazas de café.

De allí nos fuimos a Sarajevo, que recuerdo como una de las ciudades europeas más interesantes que conocí. En Sarajevo nos quedamos en una pensión, la casa de una señora en la calle de Presidente Mazaryk –se nos hizo chusco el detalle- que tenía unas sábanas con un encaje muy fino. A dos cuadras de esa pensión estaba el puente de Gavrilo Princip, nombrado en honor del asesino del Archiduque Francisco Fernando de Austria; el magnicidio que desencadenó la I Guerra Mundial. Uno tiende a pensar que los grandes eventos de la historia tienen lugar en escenarios espectaculares. Pero el puente era chiquito; y el río que atravesaba, estrecho y poco profundo.

Una de las cosas maravillosas de Sarajevo era su división en partes, que a veces estaba bien definida, en ocasiones matizada y en algunas partes era abrupta. Estabas en una ciudad perfectamente mitteleuropea, caminabas unas cuadras y te internabas en una medina musulmana, creías que no habías salido de allí y te encontrabas en una ciudad de edificios modernos. Una lógica de sueño. Entre negocios, mezquitas, catedrales, multifamiliares, parques que eran cementerios musulmanes, cafés turcos y monumentos civiles, el conjunto formaba una combinación arquitectónica única, y la ciudad te daba una sensación muy estimulante de diversidad. Y de convivencia en esa diversidad.

En un café, un señor muy amable nos dio una explicación que acomunaba cada estilo arquitectónico con una religión. Un tercio de los habitantes de la ciudad era musulmán, otro tercio era católico y otro, nominalmente ortodoxo, pero comunista en la práctica.

Recordé esa breve plática de café en marzo de 1992, cuando se dieron a conocer los resultados del referéndum que proclamó la independencia de Bosnia Herzegovina. No dudé en escribir que vendría una guerra civil y que las diferencias religiosas harían que el conflicto fuera particularmente cruel. Desgraciadamente, así fue. Los territorios de aquel viaje de 1979 nunca más serían los mismos.