miércoles, octubre 12, 2011

(Biopics: Un partido de la Anabe)


En 1980 cambió el beisbol mexicano. Los peloteros se habían organizado en una asociación sindical, que reclamaba la aplicación de la Ley Federal del Trabajo, tras el reconocimiento constitucional de que los deportistas profesionales son trabajadores. A algunos dueños de equipos de beisbol no les gustó que surgiera la Asociación Nacional de Beisbolistas y ejercieron todo tipo de presiones en contra de ellos, incluída la detención arbitraria, en Veracruz, del equipo completo de los Pericos de Puebla.
Un hecho menor, el despido del receptor de los Tigres, Vicente Peralta, culpable de sindicalismo, fue la chispa que incendió el cuadro y los jardines. El 1º de julio de ese año, los jugadores de los Diablos y del Puebla se negaron a jugar hasta que no se restituyera a Peralta y fueron, a su vez, despedidos de inmediato. Tras pocos días, los 20 equipos de la Liga Mexicana se habían reducido a 6, y esos estaban parchados, porque varios de sus peloteros habían sido dados de baja. Los dueños actuaron con toda prepotencia y la ruptura fue definitiva, aun tras la intervención conciliatoria del Presidente de la República.
Al año siguiente surgió la Liga Nacional, conformada por peloteros de la Anabe, ayudada por algunos gobiernos locales, agrupaciones sindicales y empresarios interesados en abrir brecha en plazas beisboleras que no habían tenido equipos en la Mexicana. La Nacional tenía a los mejores jugadores. En particular, contaba con todo el pitcheo de calidad y pintaba para ser una liga extraordinaria. Una de las sedes que se le complicó fue el Distrito Federal, porque la Anabe no contaba con la simpatía del regente capitalino, Carlos Hank González. Tras arduas negociaciones, los Metropolitanos Rojos finalmente pudieron jugar en el Estadio de la Ciudad de los Deportes (ahora conocido como Estadio Azul).
Allí recalamos a uno de los primeros juegos varios aficionados mapaches al beis. Recuerdo que, entre los fans de hueso colorado del MAP, tigristas éramos Gustavo Gordillo, Antonio Ávila y Salvador de Lara, mientras que Pepe Woldenberg, Jorge El Biólogo Hernández, Manuel Martínez y Arturo Balderas, entre otros, eran diablistas. Los Mets Rojos ahora nos unificaban, con la ventaja para los diablistas del color, de que su escuadra había liderado el movimiento disidente (dirigido por el infielder de los Diablos, Ramón Abulón Hernández) y de que algunos Tigres fueron esquiroles (particularmente el lanzador José Peluche Peña, quien accedió a encabezar el sindicato blanco, la Asobepro).
El estadio tenía una buena entrada, pero por algo el beisbol se juega en un diamante y el fut en un campo rectangular. El jom estaba aproximadamente en la zona de un banderín de corner y la distancia del jardín izquierdo era notable (había que batear a lo largo de la cancha de futbol y más), pero la del jardín derecha era ridícula: cualquier elevadito se convertía en jonrón. Los rivales fueron los Tuzos de Zacatecas y el juego terminó siendo de alto carreraje por la feria de cuadrangulares: los zurdos trataban de jalar la pelota; los derechos, de batear atrasado.  
En una de esas, milagro de milagros, un batazo de faul cae hacia donde nosotros estábamos sentados y la recoge un niño que venía con nosotros, sobrino de Woldenberg. Se pone feliz. Peticiones de que devolvamos la bola. La Anabe es pobre y no tiene muchas. Alegato de nosotros de que la atrapó un niño. El sobrino está al borde del llanto. Rápida negociación del Biólogo Hernández: devolvemos la bola nueva si al niño le regalan una vieja, firmada por todos los peloteros de los Mets. Acceden y, al rato de la devolución, llega la pelota firmada.
“¡Cómo han pasado los años!”, pensé cuando ese niño, Salomón Chertorivski, fue nombrado Secretario de Salud por el presidente Calderón.
La Anabe y la Liga Nacional duraron hasta 1984, cuando los problemas financieros –el país había entrado en una crisis económica- acabaron con ella. En el Distrito Federal nunca tuvo una sede decorosa. La Liga Mexicana tampoco volvió a ser la misma, sobre todo en lo que respecta al interés del público. En 2004, Ramón Abulón Hernández y Jorge El Biólogo Hernández publicaron un libro, El brillo del diamante (Ficticia Editorial y Universidad Veracruzana) que relata los años gloriosos de la pelota en nuestro país. Significativamente, el libro se detiene prácticamente en 1980, porque allí terminaron los años de gloria. Al final, los autores evocan un nuevo “campo de los sueños”, en el que se juntan las estrellas de varias generaciones.

Del por qué la Petro le ganaba a la Maya

En uno de esos días en que hablábamos de beisbol –era también el primer gran año del Toro Valenzuela con los Dodgers-, Toño Àvila se enteró que yo había jugado en la Liga Petrolera y me preguntó, casi a botepronto, si era verdad que había una caja de manoplas porque los niños no tenían una propia.
-Es cierto –le dije-, pero tal vez menos de la mitad de los niños usaban la caja. La mayoría teníamos manopla.
Entonces me dijo que él, como Salvador De Lara, había jugado para la Liga Maya, y que su manager les decía: “¡Vean, muchachos, qué disciplinados son los de la Petrolera!”, “Vean como se están sentaditos en el dugout”, “Esos muchachos pobres, con jiotes por la desnutrición, que usan manoplas del Huevito Álvarez que sacan de una caja de cartón, ¡con qué pimienta juegan! ¡Cuántas ganas le echan! ¡Aprendan!”.
Cuando nosotros los de la Petro veíamos llegar a los pirruris de la Maya, los percibíamos grandes y poderosos. Además, jugaban muy bien. Esperábamos ser derrotados. Sin embargo, quién sabe por qué, de manera recurrente aquellos cometían algún error mental y nosotros terminábamos por llevarnos el juego. Ese día comprendí por qué: su manager los derrotaba antes del partido.

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