jueves, abril 28, 2011

Biopics: La revista Solidaridad


La revista Solidaridad había nacido, como órgano de los trabajadores electricistas, en 1937, durante la efervescencia cardenista. Había cobrado un nuevo impulso en la segunda mitad de los años setenta, a partir de las movilizaciones obreras encabezadas por la Tendencia Democrática del SUTERM, y los propósitos unitarios del dirigente Rafael Galván. El concepto central que manejó Galván era que los sindicatos, democráticos e independientes del gobierno, tuvieran un papel primordial en la reorientación de la economía nacional, que la hiciera menos injusta y dependiente. Era un líder obrero con proyecto de nación.  Ese proyecto, en lo esencial, era una actualización y puesta en práctica de los principios más progresistas de la revolución mexicana. Fue un personaje de enorme influencia entre diversos grupos de activistas de izquierda, entre ellos, los del Consejo Sindical. 

Fui invitado por Raúl Trejo a incorporarme a las tareas de la revista. Colaboré en un par de números antes de la muerte de Galván, el 3 de julio de 1980. Tras ésta, se creó el Instituto de Estudios Obreros Rafael Galván y se decidió que la publicación, mensual, tuviera una “nueva época” (sería la cuarta),  en la que tuve un papel más activo, y en la que aprendí muchos elementos básicos del periodismo profesional.

Las juntas de redacción se llevaban a cabo un par de veces al mes en la hermosa casona de los electricistas, en Zacatecas 94, colonia Roma. El director era Adolfo Sanchez Rebolledo (Fito), el jefe de redacción era Raúl, asistido por los eficientes Rosalinda Flores y José Luis Gutiérrez Espíndola. Recuerdo como los más activos del comité de redacción a Ana Galván –hija del fallecido dirigente-, Enrique Contreras Montiel (Efraín), Hermann Bellinghausen y Julio Pliego, además de mí. También participaban Fallo Cordera –que solía poner buenas dosis de humor-, Luis Emilio Giménez Cacho, Mónica Navarro, Paquita Calvo, Alejandro de la Garza y Ramón Varela, entre quienes recuerdo. El caricaturista se apodaba Maral.

La intención de la revista era doble. Por un lado era la “voz de la insurgencia obrera y popular”, es decir, del Movimiento Sindical Revolucionario, que aglutinaba a varias organizaciones y corrientes cercanas al galvanismo. Por otro, pretendía ser un instrumento de información y formación política. Con una visión obrerista, intentaba dotar a los trabajadores de herramientas de análisis y de acción. Tenía normalmente un par de artículos largos –casi siempre sobre el movimiento obrero- una sección dedicada al campo, otra relativa a la política internacional, cuestiones de política mexicana, la normalmente muy larga “bitácora sindical”, que reseñaba las diferentes luchas obreras a lo largo del país, secciones de economía y salud, alguito de cultura y notas misceláneas.

En el sentido de los propósitos de la publicación, asumí mi tarea principal dentro de Solidaridad, que eran las cuestiones económicas. Introduje la sección “Traducir la economía”, que intentaba explicar, en lenguaje sencillo, cosas como la diferencia entre salario nominal y salario real, el significado de la inflación o del déficit público y que también buscaba interesar a los trabajadores en la situación financiera de las empresas para las que trabajaban, de forma de que pudieran exigir lo conducente sin ahorcar a su fuente de trabajo, pero también sin ser engañados respecto a falsas situaciones críticas (los empresarios suelen decir “perdimos tantos millones”, y a veces es cierto, pero a menudo significa “dejamos de ganar tantos millones”). También invité a algunos economistas para que escribieran breves ensayos y organizamos mesas redondas con “los economistas de Solidaridad” –un grupo formado esencialmente por profesores de la Facultad afines- para discutir algunos problemas de la economía nacional y publicar lo esencial de esas reuniones.

Pero no sólo me metía con las cuestiones económicas. A menudo me encontraba escribiendo sobre temas tan disímbolos como la aviación, iniciativas legales sobre cantinas o la educación superior, o sugiriendo el contenido de alguna caricatura.

Las juntas eran animadas y participativas, con espíritu de equipo y pocas diferencias de fondo. Fito y Raúl tenían la virtud de saber ordenar lo existente y preparar con tiempo los números siguientes; casi nada se hacía al aventón y muy pocas cosas al botepronto. El resultado era un producto editorial digno, con una línea política clara, bien ordenado y bien pensado. Estoy seguro de que cumplió con sus objetivos. Y para mí fue una gran escuela. Me gustaría también decir que era ameno, pero mentiría rotundamente. A los ojos de hoy, algunas de sus lecturas son como un tabique. 

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